Me ocurre que cuando corro en la San Silvestre Salmantina duermo nervioso. Tengo que bajar de 35 minutos.
En la salida, estiro poniendo los talones encima de una valla. Es cuando me doy cuenta que llevo una zapatilla de cada color, pero… ¡horror!, también un calcetín de cada color.
Como no tengo tiempo de volver a casa, tomo así la salida.
Llegó por fin a la Plaza del Alto Rollo. Había rebajado mi marca y me dijeron que tenía que subir al podio. Pensé que había quedado el tercero, pero no. El tercero se puso enfermo, el cuarto se había ido con su novia a celebrarlo…, así que me dijeron: Sube tú. Me aplaudió todo el mundo a rabiar. ¿Por mi carrera? Me costó darme cuenta que me vitoreaban porque llevaba una zapatilla de cada color y un calcetín de cada color, que no casaba con ninguna de las zapatillas.