Cada carrera era su vida reducida a un puñado de minutos, una pelea donde los músculos le ganaban el pulso a sus demonios personales.
Rosa corría y corría, con sus patas largas de gacela esbelta, su melena pelirroja al viento.
La primera zancada se llamaba inocencia perdida, acné a borbotones, tristeza de domingo.
La segunda zancada se llamaba hospital, Ernesto lleno de cables y tubos como un muñeco pálido, el olor aséptico de los pasillos verdes.
La tercera zancada se llamaba desazón. Un correo electrónico sin responder, alguien a quien echaba de menos como a una canción que siempre debía seguir bailando.
La cuarta zancada se llamaba adelante. La lesión de la rodilla, las pastillas, la superación lenta como un cuentagotas.
Rosa llegaba a la meta y sonreía. No ganaba la carrera, le ganaba a aquellas zancadas.