Allà estaban, abandonadas al fondo del armario,en la misma posición que cuando su padre las guardó un año antes. Enterradas entre cajas viejas de zapatos. Recubiertas de un polvo que no era como el de los caminos de antaño. Su color amarillo fosforito parecÃa apagado, sin fuerza. En sus suelas todavÃa se podÃa ver incrustada alguna de las chinitas del empedrado del centro de Salamanca.
Allà fue su última batalla contra el crono. Disfrutaba sintiendo el viento en su cara, volando sobre el asfalto de cualquier ciudad, conociendo el mundo y su gente a golpe de zapatilla. Hasta que el corazón dijo basta aquella mañana de Año Nuevo. Durmiendo, sin esfuerzo ni dolor, sin avisar.
Él las dejó allÃ. Continuaban esperándole. “Quizás no debiera… nunca lo he hecho…no merecen ser solo un recuerdoâ€. Aunque ya es Nochevieja, vuelve la Salmantina, es su momento. â€Â¿Me las prestas papá? â€.