Se fija en un participante. Observa las impolutas deportivas y piensa: 200€. Lucen impecables. Se fija en las suyas: no superan, ni de lejos, los 50€. Asume, con deportividad, que la diferencia económica es abismal, pero sabe que ello ni implica mejores resultados. Su calzado deformado (adaptado al pie, matiza), su camiseta ancha a consecuencia de las múltiples lavadas y los calcetines desbocados, son muestras inequívocas de su pasión por correr. Le echa una última ojeada. No calienta; mal síntoma.
La confirmación le llega al finalizar la carrera, cuando lo ve apoyado en una señal de tráfico, braceando en busca de oxígeno, zapatillas en mano, los pies al aire, talones con llagas. Se detiene, agarra su brazo y le ayuda a buscar un lugar fresco. Después le regala un consejo: jamás estrenes calzado en una carrera.