27 DE DICIEMBRE DE 2026

Cada tarde mi madre me soltaba su recomendación:
—Pon las zapatillas en la ventana para que tu habitación no apeste.
Resignado, las ponía sobre el alféizar para aligerar los vapores mefíticos de mis pies.
La víspera de la San Silvestre hice el recorrido oficial esquivando a la gente, tomando nota de las calles, los bolardos y todo aquello que podría dificultar mi carrera. Cuando volví a casa, la voz de mi madre:
—Saca las zapatillas…

Me acosté pronto. Fue una noche de pesadillas: alguien me robaba las zapatillas y debía correr descalzo… Me desperté sobresaltado y fue un alivio saber que había sido un sueño.
Madrugué para llegar temprano e ir calentado los músculos; fui a buscar las zapatillas pero mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que me faltaba una: un par de urracas andaban picoteando sobre un tilo los vivos colores de la suela.
—¡Eh, mi zapatilla, malditas ladronas!