Cada tarde mi madre me soltaba su recomendación:
—Pon las zapatillas en la ventana para que tu habitación no apeste.
Resignado, las ponÃa sobre el alféizar para aligerar los vapores mefÃticos de mis pies.
La vÃspera de la San Silvestre hice el recorrido oficial esquivando a la gente, tomando nota de las calles, los bolardos y todo aquello que podrÃa dificultar mi carrera. Cuando volvà a casa, la voz de mi madre:
—Saca las zapatillas…
Me acosté pronto. Fue una noche de pesadillas: alguien me robaba las zapatillas y debÃa correr descalzo… Me desperté sobresaltado y fue un alivio saber que habÃa sido un sueño.
Madrugué para llegar temprano e ir calentado los músculos; fui a buscar las zapatillas pero mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que me faltaba una: un par de urracas andaban picoteando sobre un tilo los vivos colores de la suela.
—¡Eh, mi zapatilla, malditas ladronas!