XI - 2023
1. PROPÓSITOS IGUALES
Gonzalo Prieto Barrera
-¿..Porqué corriste...?
-Por salud- Jadeante respondió el obeso ejecutivo, devoró el último bocado antigrasa y se fue escoltado por imponentes guardaespaldas.
-..¿ Y tú porqué corriste...?
-Por salud- Jadeante respondió el escuálido hombre, devoró el último bocado de un mendrugo y se fue escoltado por demacrados policías.
2. GENÉTICA Y MENTALIDAD
Julio Isaac Sánchez Villanueva
Raghú se preparaba para correr por enésima ocasión la carrera de “San Silvestre Salmantina”, la reflexión en su mente era el dilema de no aceptar sus circunstancias anteriores concibiendo otro fracaso más en su historia deportiva, pues al recordar sus eventos anteriores, en los que, aunque efectuaba importantes variaciones, siempre volvía a perder, como si se tratará del “uróboros” que, al concluir de devorar su cola, se convertía en un incesante volver a empezar.
Pero ahora, el día prometía una gran sorpresa, pues en su laboratorio de biología experimental había logrado fortalecer su genética como un “guepardo”, por lo que, el ser más rápido ya no era un concepto ajeno e incomprensible y ganar la carrera era ahora posible, sin embargo, la complejidad del hecho le perturbaba, pues estaba latente la posibilidad de no poder romper la continua apatía de no triunfar al no cambiar su presente mentalidad.
3. GENÉTICA Y MENTALIDAD
Julio Isaac Sánchez Villanueva
Raghú se preparaba para correr por enésima ocasión la carrera de “San Silvestre Salmantina”, la reflexión en su mente era el dilema de no aceptar sus circunstancias anteriores concibiendo otro fracaso más en su historia deportiva, pues al recordar sus eventos preliminares, en los que, aunque efectuaba importantes variaciones, siempre volvía a perder, como si se tratará del “uróboros” que, al concluir de devorar su cola, se convertía en un incesante volver a empezar.
Pero ahora, el día prometía una gran sorpresa, pues en su laboratorio de biología experimental había logrado fortalecer su genética como un “guepardo”, por lo que, el ser más rápido ya no era un concepto ajeno e incomprensible y ganar la carrera era ahora posible, sin embargo, la complejidad del hecho le perturbaba, pues estaba latente la posibilidad de no poder romper la continua apatía de no triunfar al no cambiar su presente mentalidad.
4. Superhéroes
Florentina González Martin
Nunca olvidaré aquella primera vez que llevé a mi hijo a la San Silvestre salmantina. Me había costado horrores convencerlo para participar, porque...si no había cole, ¿ para qué le hacía madrugar? Y siempre era más apetecible ver los "dibus" en la enorme pantalla del salón y disfrutar de sus Superhéroes preferidos,a los que siempre quería imitar.
- ¡Mira,Hugo,acabamos de adelantar a Superman!
- ¡Arre,arre,papá! -me espolea mi reanacuajo de cuatro años,entusiasmado-¡Que nos pilla la tortuga Ninja! -señala a mi derecha con su dedo regordete, riéndose sin parar, mientras observamos cómo nos sobrepasa un caparazón verde con máscara violeta para los ojos.
-¡A por ellaaaa...! -exclamo, dejándome llevar por su ilusión -¡Que no escape!
-¡Eh,túúúú...!¡Donatello! -grita a pleno pulmón desde mi grupa y ante mi sorpresa -¡Que mi héroe es mi papááaa...!
5. EL TRIUNFO.
Miguel Ángel Carcelén Gandía
Había trastabillado nada más comenzar el cross y el dolor que sintió al doblarse el tobillo se hizo casi insoportable a mitad del recorrido. Miraba el cronómetro y los ojos se le aguaban. Intentó centrarse en la bonita imagen que conformaba la niebla sobre los humedales, pero los continuos adelantamientos lo devolvían a la realidad. Su intención de lograr una meritoria posición dentro de la categoría de veteranos se alejaba a pasos agigantados. ¡Qué pésimo broche para toda una carrera dedicada al medio fondo! Rebasaba en más de una hora el tiempo previsto, pero no abandonó. Aunque fuera a rastras, pero estaba decidido a terminar la última competición de su vida. Y lo logró.
Llegó el último.
Y entonces lo comprendió.
Como siempre, junto a la línea de meta, vio a su mujer, aplaudiendo, animando, sonriendo, orgullosa…
Así había sido siempre, aunque él hubiese necesitado décadas en percatarse de ello.
6. ÚLTIMO DÍA DEL AÑO
JUAN CARLOS REBOLLO HERRERA
La piedra dorada de los edificios perdía su genuino color, los rayos de sol eran escasos en el frio invierno que ya era pleno pero las calles se llenaban de colorido el último día del año, los corredores surcaban animados las calles y rúas helmánticas.
Cámara en mano, camino despacio por la Compañía, a lo lejos, atisbo una masa colorida que se acerca rauda hacia mí y aprovecho para captar el momento, una, dos, ...cientos de instantáneas en muy corto tiempo.
A mi llegada a casa, reviso todas las fotos en mi ordenador, me sorprende una de ellas, doce conchas como doce uvas formaban el fondo de aquel encuadre repleto de corredores en primer plano, ¿Fue casualidad?.
El nuevo año se acerca ya.
7. POR UN CRUCE DE MIRADAS
ISABEL GARCÍA VIÑAO
Julio, un corredor veterano de la San Silvestre Salmantina, durante las navidades, visita todos los días la rana de la fachada de la Universidad de Salamanca. La leyenda dice que ayuda a contraer matrimonio. Sin embargo, su deseo es el contrario: separarse. Separarse de su mujer insoportable que le recrimina su comportamiento en la Salmantina: Que si eres amable y atento con los corredores y la organización; colaborador, respetuoso y franco; demasiado buen compañero y servicial … Pero conmigo, ¡que si quieres arroz Catalina!
Llega el último domingo de diciembre. En el calentamiento preliminar de la carrera, Julio cruza su mirada con otra veterana. Salta la chispa. Esa mirada, que le produce la sensación de que varios ciempiés bailan en su estómago, le da las fuerzas para separarse y el batracio para volverse a casar.
¡Nunca es tarde ni para carreras ni para otros menesteres!
8. Se mete en la madriguera
Gerardo Guinea González
Las gotas saladas que habían nacido en mi frente, dormían esparcidas sobre el asfalto. Mi corazón, como un caballo desbocado, bombeaba sangre a mis rodillas magulladas. En lo alto, la Cruz de San Ignacio, parece apiadarse de mí. Literalmente, crucé la meta volando para caer unos metros más adelante sobre el alquitrán del Paseo de San Antonio. La voz de mi infancia resuena en mi cabeza. Aquella que me decía, cuando me enseñaron a atarme las zapatillas, “y el conejo, después de dar una vuelta al árbol, se mete en la madriguera”. En mi pie, un cordón desatado, culpable de mi tropiezo, se ríe burlón.
9. La mascota de San Silvestre
Socorro Retamero Olmos
Bajo el frío sol de San Silvestre, los atletas atraviesan la ciudad engalanada de navidad. Corren dichosos, sudorosos, orgullosos… triunfantes todos.
Desde lo más alto del campanario de la catedral, una triste cigüeña, sola en el nido, otea la marea de corredores. Sus viejos ojos se confunden: «su bandada ya migra hacia tierras más cálidas», piensa, y, uniéndose al esfuerzo colectivo, se pone en pie sobre sobre sus patas reumáticas, despliega sus cansadas alas, e inicia el vuelo. Desciende despacio, sobrevuela a los participantes más rápidos en sentido inverso, se sitúa a la cola, y los sigue hasta la meta.
10. CIFRAS Y LETRAS
Ángel Saiz Mora
Los altibajos de su cerebro son imprevisibles, pero allí estábamos, con pantalón corto, en el cajón de salida de la San Silvestre Salmantina.
Rodeada de números, mi madre sonreía. Antes de que yo ajustase el dorsal a su camiseta con imperdibles, ella había sumado la cifra, también las de otros corredores, un cálculo más divertido que los ejercicios recomendados por la doctora para retrasar su demencia progresiva.
Pasada la alfombrilla de salida, vino a su memoria que en el paseo de San Antonio se le declaró mi padre, que en el del Rollo dije mi primera palabra. El ejercicio suave sobre calles empedradas y asfalto mejoraba su estimulación cognitiva.
Nunca pensé que las dos entraríamos juntas en una línea de meta, llena de gente que aplaudía a una anciana entrañable y a su hija.
Esa noche se acostó emocionada, no menos que yo, después de escribir este microrrelato.
11. MI GRAN PRUEBA
CARMEN
Algo marcha mal. Hace rato que dieron la salida de la Sansil, y estoy retrocediendo en lugar de avanzar. Llevo preparándome todo el año para este día y, sin embargo, no he podido evitar regresar por donde vine. Los que se hayan percatado estarán pensando que no estoy bien de la cabeza. Un tío como yo, atleta habitual de esta carrera, con varios primeros puestos, ocupando un lugar privilegiado en la cabeza del pelotón y, llegado el momento, entorpeciendo la salida, para abrirme paso entre la marabunta y correr en sentido contrario. ¡Debo estar majara! Aparte de descalificarme y sancionarme, estoy seguro de que me prohibirán volver a participar. ¡Madre mía!, pero ¿por qué? Ha sido algo instintivo. Noté un runrún en mi cabeza, un malestar en el estómago. ¡Dios mío, ya recuerdo…! Dejé un fuego encendido. Mi hijo duerme. Suenan las sirenas. Acelero. Debo llegar antes que ellos.
12. ¿Correrías?
Esperanza Tirado Jiménez
Mirar al cielo de Salamanca, entre las torres. Y entonces despistarte de la ruta trazada, casi perder tu dorsal y pisarte los cordones de las zapatillas por querer seguir los pasos de tantos ilustres anónimos que dejaron su huella por las piedras de estas calles. Doblar cada esquina, imaginando encontrar a un ajado Lazarillo hambriento de justicia, o a un Unamuno soñando con formaciones de cocotas nada vulgares. Colarte en un jardín de la mano de una Celestina, en pos de un ‘apaño’. Despertar al frío de la mañana invernal, arañando tus latidos. Y concentrarte en tus pasos; adentrándote en una marabunta de almas en movimiento, gritos de ánimo y disfraces a todo color. Si tú estuvieras allí, en diciembre, ¿Correrías?
13. LA RALIDAD
ENRIQUE SANTANA SOTO
Mis padres apuntan que para qué corro. Marchar a Salamanca, nada más para correr, no lo entienden. Llevo meses preparándome para correr el fin año, después de que me lastimé la rodilla en una bajada escurridiza, cuando un perro quiso morderme, lo hizo.
Mis hijos y mi esposa creo que me comprenden. Al menos no me objetan, me regalaron unos tenis el día de mi cumpleaños. Me acompañan con la dieta. A veces, me levantan cuando suena el despertador y no me despabilo.
Sé que puedo desplomarme en los primeros kilómetros, pero tengo la preparación y la voluntad para seguir adelante. Enfrentar mis pensamientos de
Mi sueño es terminar en primer lugar. Mi realidad es terminar la carrera. Esto es suficiente.
14. Una duda
Francisco Leal Amado
Estaba atándole los cordones cuando salió con aquella ocurrencia.
-Papi, ¿también hay una carrera que se llama San Piolín?
-¿Cómo? -respondí.
-Si esta es la San Silvestre, con más razón habrá una del pajarito, ¿no? Es a él al que persigue el lindo gatito -argumentó.
-Pero a nosotros no nos persigue nadie, cariño.
-¿Y eso qué tiene que ver? -contraatacó.
Razón no le faltaba. En todo.
Ya preparados para la salida, me acordé de él, que me había inculcado la tradición de correr esta carrera en familia. Y no pude sino sonreír, con amor no disimulado. Algunas preguntas comprometedoras más tarde, la carrera arrancó y miré a Jorge, que salió como una centella hacia adelante.
-Vamos, papá. ¡Me pido Piolín!
-¡Ven aquí, pajarete! -grité mientras corría hacia él, con una intensidad media para no llegar desfondado a la meta.
Y en esta ocasión lo pillé.
Este niño está para comérselo.
15. Superando la paradoja de Zenón.
Mauricio Gerardo Rodríguez Cobas
Primeros cien metros, mi sangre hierve como nunca. Esta presión en mi pecho, con la mirada fija sobre la meta, hace que mis piernas cobren vida propia. Con cada paso me siento estático, y que en cambio empujo a la tierra misma con las pisadas que doy. A pesar de estar rodeado en una multitud enorme, con mismos objetivos, en este coloquio no hay fiereza suficiente para acallar mi embestida; en la pista, es así. En un instante que el mundo desaparece, a tan solo 100 metros de la meta, con cada segundo que pasa, la pesadez en mi cuerpo entero me grita que descanse, pero ese fue el pecado de Aquiles en aquella paradoja con la tortuga, y a tan solo cien metros de atraparla, no perderé el mismo ahínco con que comencé. De pronto, 10 metros, un centímetro, he llegado, ¡y la multitud enloquece en San Silvestre Salmantina!
16. TODO EL MUNDO MIENTE
Gloria Fernández Sánchez
Aparca la moto. Llega desde el campus Miguel de Unamuno: el doctor House se dispone a correr la San Silvestre. No importan el infarto muscular de su pierna derecha, ni el bastón en llamas, pues el tratamiento de ketamina va a funcionar hasta fin de año. Por si acaso, porta con él su alijo de Vicodin. Pero las normas son de obligado cumplimiento. Con buenos modales le retiran el bastón. Corre en éxtasis bajo la euforia de quien se ha visto paralizado. Intuye las señales de llegada como en un trance onírico. Es el tercero en traspasar la meta. Se acercan sanitarios para la prueba de tóxicos.
—¿Cómo se atreven? ¡Hace mucho que dejé las drogas! —grita en un aceptable castellano.
Ante su prestigio, se retiran. Sube al pódium, exhausto. Y mientras le colocan su medalla, sonríe. «Todo el mundo miente. Todos. Todos››.
17. LA PERSECUCIÓN
Marcos Maggi
Nunca te conocí, pero sigo corriendo contigo en la San Silvestre Salmantina.
Voy siempre en el pelotón del medio, procuro no perderte de vista y que tú no me veas. Es la costumbre, porque si fuera a tu lado, tampoco me reconocerías, aunque tal vez notarias demasiado el amor en esta mirada, en los gestos, en la proximidad de mi carrera con la tuya.
Por eso cada año me escondo entre el grupo mayor de atletas y, ni bien atraviesas la meta, finjo cansancio, abandono y me marcho por un costado del circuito.
Soy detective. Me enamoré de ti hace 10 años, cuando tu esposo me contrató para seguirte.
18. Atletas
Rafael Souza Farquharson
Sudor, esfuerzo, frío, calor, intensidad, transición, cambio, adaptación, dolor, alegría, Pasión, motivación, voluntad, permanencia, constancia, precisión, firmeza, perseverancia, control, fuerza, destreza, inteligencia y al final atletismo.
19. CUATRO ESTACIONES
ANA MARÍA ABAD GARCÍA
Últimamente he estado teniendo sueños extraños.
En primavera me despertaba de madrugada con la absurda sensación de tener cuatro patas y haber pasado la noche recorriendo las llanuras a galope tendido. Cierto hormigueo en mis pies me dejaba un regusto inquietante, aunque mi mujer parecía complacida con mi mayor fogosidad en el lecho.
En verano dormía mal, agitado, siempre con un arrollador impulso de saltar por la ventana y planear sobre las casas. La aparición de plumitas pardas por los rincones no contribuía a mi tranquilidad de espíritu.
En otoño, el rumor de los riachuelos me anegaba el cerebro y me impelía a nadar contra corriente. Mi piel se desescamaba continuamente, y un ligero tacto membranoso en los dedos me tenía preocupado.
Finalmente, el invierno me devolvió el sosiego: ni aletas, ni alas, ni cascos, tan sólo dos piernas y la San Silvestre, tan sólo un corredor más entre tantos.
20. Temblores de iniciación
Juanma Velasco Centelles
Me sobrecoge mi timidez de principiante. Y lo masivo de indumentarias deportivas. He preferido correr en solitario pese a la numerosa oferta de lazarillos.
Medio estiro. Las doce y veinticinco. Apenas cinco minutos para el comienzo de la San Silvestre de mi Salamanca, mi debut competitivo.
Evoco las palabras del neurólogo y sonrío.
El hormigueo, como radiación de fondo, sigue acantonado en la pierna derecha.
A mis 34, menos todavía que popular por mi pobre nivel atlético, pero más que singular por mi nueva condición fisiológica, debuto con la pretensión de reiterarme en sucesivas ediciones, pero el destino dicta sentencias con ojos vendados.
– Desaconsejo tu participación. No podrás terminarlo –restallan ahora esas palabras en mi consciente temeroso ante lo inminente.
Se equivocaba. El diagnóstico, tres meses atrás, de Parkinson prematuro ha vuelto implacable mi determinación de concluir esta trigésima edición.
Arrecia un disparo. Me estremezco y no interviene el frío.
21. Flash
Miguel Marinovic Sfeir
¡Bang! Adrenalina a tope. Pulso musical. Frente sudada. Brazos meciéndose. Inhala. Exhala. Inhala. Exhala. Flashback: punzada en el aductor. Flashback: grito desgarrador. Flashback: suelo frío. Flashback: luz en el quirófano. Flashback: silla de ruedas. Flashback: rehabilitación. Flashback: pasos de bebé. Flashback: disciplina. Flashback: perseverancia. Flashback: pasos de hombre. Flashback: entrenar. Camiseta mojada. Sorbo de agua. Último kilómetro. Mente turbada. Visión difusa. Ritmo inestable. Piernas temblorosas. ¿Y el aductor? ¡El aductor! Ve la meta. Le aprieta el pecho. No se detiene. Un poco más. Le queman los pies. Otro poco más. Se tambalea. Cruza. ¡Lo logró! Detiene su cronómetro. Se deja caer. Mira al cielo. Sonríe. Respira. Baja las palpitaciones. Se levanta. Está tieso. Camina con dificultad. Abraza a su familia. Derrama lágrimas. Agradece. Sin podio, pero campeón. Flash forward: ¡Bang!
22. Debajo del reloj, como siempre
Manuel Benito Ingelmo
Los chicos de mi colegio teníamos poco en común, solo que CRECIMOS juntos. En Navidades nos gusta quedar para ver cómo panzas y calvas crecen de forma acompasada. Un año, Paco, al que habíamos perdido la pista, nos citó en esas fechas. Como siempre quedamos debajo del reloj, el domingo a las 12. Ninguno sabíamos que ese día era la San Silvestre. Cuando llegamos, unas vallas nos impedían reunirnos. Empezaron a llegar los primeros atletas y unos minutos más tarde de las 12 pasó Paco. Le reconocimos rápido. Venía corriendo con otros 5.000 atletas y con una pancarta que decía: “Una cañita en la meta”. Nos chocó la mano uno a uno, a cada lado de la valla. Ahora cada año quedamos debajo del reloj. Y después de correr 10 kilómetros, nos tomamos una caña, y si se tercia, un cocido. CRECIMOS juntos y en paralelo.
23. Yo al igual
Pablo Pérez Moya
Una gota de sudor frio resbalando por tu cuello lo es todo. El instante previo a cruzar la línea; los vítores, la emoción, la hermandad. Sientes como desciende y tragas, previo al último esfuerzo. Al otro lado te esperan.
El tiempo se congela y ves sus expresiones. Alegría, orgullo, ánimos. Les pertenece a quienes al delante permanecen y a los que aún están por cruzar. Y te pertenece a ti, que has esperado todo un año para llegar hasta ahí.
Cruzas y la gota termina de caer junto a las demás. Sonríes y el júbilo y la realización también se apoderan de ti. Lo celebras junto a quienes abrazas.
El primero ya cruzó la línea hace mucho. Pero eso da igual. Las sensaciones te invaden de la misma forma. Porque esta también es tu carrera.
24. no tuve mas remedio que parar
ANTONIO OLMOS BELMONTE
Llegando al antiguo puente romano no pude menos que admirar el maravilloso e icónico verraco de piedra granítica. Esto a su vez me hizo recordar el pasaje del Lazarillo de Tormes que, cuando iniciaban su camino aquí mismo, antes de cruzar el puente, el ciego le gasta una broma haciendo que Lázaro se acerque a la piedra y le da un gran coscorrón. Pensar esto hizo que me diera la risa y no tuve más remedio que parar. Y ya parado, admirar embobado el impresionante puente de piedra que dicen construyó el mismísimo Hércules. ¿Quién me puede reprochar tomar el tiempo necesario para contemplar tan enorme belleza? ¡Vale que estoy corriendo la San Silvestre! Pero ¿y qué? esta carrera se hace cada año, pero admirar aquello sólo…cuando me apetezca, que soy de Salamanca. Nada, no cuela. De aquí a meta se me ocurrirá alguna escusa mejor.
25. La Tribu
Ana Bernal
Siempre he corrido entre bosques de hayas de castaños; prana de árboles que recorre mi cuerpo y me llena de vitalidad y presencia.
Hoy, sin embargo, participo en la carrera urbana de las Navidades. Nunca se me ocurrió pensarla como una carrera donde una se descubre a sí mismo, como cuando corro entre árboles. Y nunca , pero nunca, se me ocurrió sentir a la masa de público como a mi tribu q con sus gritos de ánimo me decían que estaban conmigo en mi dolor y en mi reto, y q al fin y al cabo, ellos y yo… ¡éramos lo mismo!
26. Abuelo
Rodrigo García Barquín
En la última tarde del año, Salamanca se llenó de corredores ansiosos por la San Silvestre. Ana, una joven atleta, se encontraba nerviosa en la línea de salida. La carrera representaba un desafío personal y una oportunidad para honrar a su abuelo.
La multitud rugió cuando comenzó la carrera, pero Ana no estaba sola. A su lado, su abuelo, con canas y sonrisa en el rostro, la acompañaba. Juntos, cruzaron las calles de la ciudad, compartiendo risas y esfuerzo. Cada zancada era un vínculo entre generaciones.
A medida que se acercaban a la meta, la emoción llenaba sus corazones. Cruzaron la línea de llegada tomados de la mano, una imagen de amor y unidad.
En esa noche mágica, Ana comprendió que la San Silvestre Salmantina era mucho más que una competición; era una oportunidad para compartir momentos especiales con aquellos que amaba.
27. Renacer
Jesús Espeso Arroyo
El último día del año, la San Silvestre Salmantina aguarda. En la línea de partida, mi corazón galopa al compás de la multitud. La carrera comienza con un estruendo. Los primeros kilómetros se pasan entre risas y ánimos, pero la fatiga llega al ecuador.
Lucho contra mis propios demonios, en compañía de desconocidos que se vuelven camaradas. La Cuesta de Moneo parece insuperable, pero la euforia de la multitud me impulsa.
A un kilómetro de la meta, el agotamiento acecha, pero recuerdo la resiliencia que esta carrera ha ido forjando en mí. Cruzo la meta con una sonrisa, rodeado de vítores.
No es solo una carrera, es un viaje emocional, una lucha contra uno mismo, una celebración. Cada año regreso para renacer y descubrir la fuerza que habita en mí.
28. INFLUENCER
RAÚL GARCÉS REDONDO
Antes de tomar posición en la línea de salida, le recordó las instrucciones a su pareja una vez más. Era muy importante que las siguiese a pie juntillas. Tener tantísimos seguidores implicaba una gran responsabilidad. En avenida Mirat, fotografía de frente, a la altura de la Plaza Mayor instantánea desde atrás, llegados al Puente Romano, una panorámica general, primer plano de las zapatillas en Libreros …. Cuando finalizó la carrera, envuelta en sudor y las pulsaciones martilleándole la sien, decidió que el año próximo también ella participaría en la San Silvestre.
29. La noche de las zapatillas
Antonio Ruano Gómez
La noche de las zapatillas.
Bajo un cielo estrellado y el cálido resplandor de las farolas, la ciudad de Salamanca cobró vida en la noche de San Silvestre. Enfundados en sus mejores zapatillas deportivas, llenos de energía y entusiasmo.
El rugido de la multitud anunció la salida de la carrera. Luces destellantes de linternas y zapatillas iluminaban las calles mientras los corredores avanzaban. A lo largo del recorrido, bandas de música tocaban melodías festivas y espectadores vitoreaban a los participantes.
El corazón de Salamanca latía con fuerza. La San Silvestre se convirtió en una noche de solidaridad, superación y alegría, donde jóvenes y mayores compartían el espíritu de la competición. Al cruzar la meta, los corredores se abrazaban, exhaustos pero felices.
Salamanca demostró que la unión, la pasión y el esfuerzo pueden crear un evento inolvidable que une a una ciudad y la llena de magia en la víspera de un nuevo año.
30. Sin pausa
Ana Isabel Velasco Ortiz
Seguía corriendo. Era lo único que podía hacer. Primero fue el calor intenso que secó ríos y fuentes. Luego, la lluvia persistente que trajo tormentas y huracanes. Al poco, la tierra se heló bajo mis pies. Todo quedó destruido, naturaleza, pueblos, ciudades y gentes. Los supervivientes huíamos en busca de cualquier refugio inexistente.
Sabía que aquello era el final, debía encontrar la salida y sentía que aún me quedaban fuerzas para alcanzar el destino deseado.
Una luz tenue me llegó e intuí que debía aprovechar ese resquicio de vida. Mi cuerpo rasgó la pantalla y, sin dejar de correr, atravesé el patio de butacas entre murmullos y miradas atónitas. Alcancé la calle y me incorporé a la San Silvestre salmantina.
31. La grande bellezza
Felipe Muñoz Natera
En medio del estruendo de zancadas y el palpitar de su corazón, avanzaba por las calles de Roma. El suelo caliente quemaba sus pies descalzos, pero él no se detenía. Cada paso era un tributo silencioso a su infancia en Etiopía, donde corría para cuidar a sus cabras y escapar.
El mundo se maravillaba ante su hazaña, pero pocos conocían su lucha. Había superado la adversidad, incluso una parálisis temporal que amenazó con robarle la capacidad de correr. Cerrando los ojos por un breve instante, recordó esos días oscuros en el hospital, con una fuerza de voluntad inquebrantable para recuperarse.
Cuando cruzó la línea de meta automáticamente se convirtió en un símbolo de la resiliencia humana. No solo había batido récords, había demostrado que ningún obstáculo era insuperable. La multitud rugió en admiración, pero la verdadera victoria de Bikila todavía estaba por venir...
32. El espíritu final
MARCOS PÉREZ BARREIRO
La soledad del corredor de fondo es la antítesis de Carros de fuego. Es decir, en la primera película, uno corre para ganar él y, en la segunda, uno corre para que ganen todos.
Algo parecido sucede en la San Silvestre Salmantina. Uno corre para ganar él, pero, en realidad, uno corre para celebrar que corren todos. Ya que, cada vez que llega el veintiséis de diciembre, yo corro para sentirme acompañado. Porque me importa mucho lograrlo, y, además, deseo participar de una experiencia de entusiasmo múltiple. De una fecha, que está marcada en el calendario de la cocina de mi casa, en color blanco. El blanco de un dorsal que me recordará, cuando finalice el año que, por fin, lo he conseguido.
He conseguido alcanzar el espíritu de dos películas tan fundamentales que, su salida, es la meta de un año, en el que he vencido a la soledad.
33. Silvestre, veterano corredor
Joaquín Iborra Mateo
Mi padre, según una tradición muy arraigada en el mundo rural, me puso el mismo nombre que a mi abuelo y a mi bisabuelo: Silvestre. Ya se pueden imaginar que el nombrecito me ha perseguido toda la vida. Decir que el nombre me ha marcado sería excesivo, pero es que Silvestre tiene muy mala abreviatura en español, ni Silves ni Vestre funcionan.
Cuando gané mi primera san Silvestre, ya en la categoría de veteranos, el comentario inevitable al entregarme el trofeo era «¡con ese nombre estaba claro que tenía que ganar!».
En cada san Silvestre que he ganado desde entonces el comentario se repite. Se repite tan inevitablemente que ya tengo preparada una respuesta para la ocasión: «¡Lástima no haber nacido mujer y que me hubieran puesto de nombre Olimpia!».
34. VICTORIA
HEBERT POLL GUTIÉRREZ
En sus marcas, listos, fuera y…va en búsqueda de la gloria. La San Silvestre Salmantina cambiará su vida. Es más positivo que nunca, si ha derrotado tres veces en otras competencias a los casi invencibles Alberto Sánchez Pinilla, Ángel Fernando Oliva y al doble campeón olímpico Eliud Kipchoge, sin utilizar sustancias prohibidas, no hay dudas, será el nuevo campeón.
Se acerca a la recta de la verdad. El público grita su nombre. El triunfo está cerca. Sus adversarios no pueden alcanzarlo. De repente, sale de su carril, brinca una valla, se agarra de un fornido policía y grita como tenor en concierto: ¡Asilo Políticoooo!
Todos lo maldicen. Pero a Luis no le importa nada. Sonríe y mira al cielo:
Madre, lo logré. Soy libre…libre…libre.
35. La carrera de la vida
Silvia Asensio García
A sus casi ochenta años, Jorge se preparó para la carrera que siempre soñó, la San Silvestre. Mientras avanzaba por el camino, su cuerpo se volvía más ligero, sus arrugas se suavizaban y su cabello se oscurecía. El tiempo se desvanecía y él retrocedía décadas.
De repente, estaba en su juventud, corriendo hacia sus amores perdidos y sus sueños. Pasaron los años en un parpadeo y se encontró en la infancia, trotando hacia la casa de sus padres y el olor a comida casera envolviendo el aire.
Continuó avanzando, atravesó el umbral de su nacimiento, donde sus padres lo recibieron con amor y alegría. Las risas de los amigos y familiares llenaron la estancia mientras el bebé Jorge lloraba. Finalmente cruzó la línea de meta donde los vítores y aplausos lo rodearon. Él miró hacia atrás con una sonrisa agradecido por la ayuda de Caronte.
36. OFERTA
Luis San José López
Hubiera dado la otra pierna por poder correr, otra vez, la San Silvestre Salmantina junto a ella.
37. Tiza y piedra
Jorge David Bárcena Vallejo
En la trigésima carrera San Silvestre Salmantina conocí a Poli. Se había tropezado y se encontraba dolida de su tobillo izquierdo, como solo me había inscrito por diversión, me detuve a apoyarla. No era nada grave y con una venda que llevaba en mi rodilla envolví su tobillo, recordando mis clases de preparatoria de primeros auxilios, pero realmente fue el efecto placebo el que más influyó a que ella continuara con la carrera.
Acabamos lo poco que faltaba a paso lento, era igual a la Maga de Cortázar, si hubiese leído Rayuela después y no antes de conocerla, me hubiera deprimido más el desenlace. Fantaseaba en todo momento, su pasado era parecido e incluso era madre soltera de un pequeño niño. Le pregunté si su hijo estaba enfermo. Contestó que no. Lo más impresionante es que su segundo nombre era Lucía. Espero no convertirme en Oliveira.
38. Retrato velado
Nelson Acevedo Betancourt
Feliz la nieta con el regalo pensando en la “Salmantina” y las fotos, aunque más feliz el abuelo ajustando el obturador.
Muy prolijo le enseña el arte de insertar el rollo y como captar bellos paisajes.
_ Hija, hazle un paneo al km 38, dicen que la carrera termina por aquí y prepárate bien para el evento como lo haría la mejor competidora. ¡Ésta la ganamos!
Luego de rotas las cintas;
_ Abuelo, tres de las buenas se velaron, se están saliendo del recuadro. Mejor será que las bote. Me viene más el atletismo.
Y abstraído el abuelo; _ guárdalas hija, son las mejores. En ese velo va el aliento y la zancada de los que ya no están;... ¿alcanzas a ver a la gran Ana Isabel, los tenaces Basas, y la buena de Aljomar?
_ Sí abuelo, guardémoslas, hoy aprendí que sin pasado no se retrata el presente.
39. EL OBJETO MÁGICO
Francisco
Aquel era un gran día. Tras tres intentos fallidos, era su momento. Había llegado a Salamanca en 2019 en busca de una vida mejor. Pero hasta ese año, poco había cambiado.
Un mes antes de la San Silvestre, su sueño se hizo realidad. Esa mañana se armó de valor y marchó hacia la jungla. Nunca había estado en un sitio así, lleno de tiendas en las que la gente gastaba demasiado. No los juzgaba, él iba a hacer lo mismo. Anhelaba aquel objeto mágico que le haría flotar. Y allí estaban, tras una pared de cristal, relucientes, llamándole para que se hiciera con ellas. Los meses de sacrificio habían llegado a su fin. Sus ojos las anhelaban, tenían que ser suyas.
Como salidas del horno, con ese desconocido olor a nuevo, Bongani se enfundó sus zapatillas y sintió como sus pies rugían de felicidad. ¡Estaba listo para volar!
40. ¡ Recordando a Ángel Basas !.
Carlos Miguel Herrera Molpeceres
¡ Todos los años disputaba la San Silvestre de Salamanca, acompañado o sólo, el último domingo del año; la prueba más ilustre del atletismo salmantino !. ¡ El había sido una vieja gloria del atletismo charro !. Campeón de España de triple salto y ahora en los servicios médicos de la "Real Federación Española de Atletismo" ;laboraba como fisioterapeuta. Una persona y un atleta excepcional, amigo de sus amigos, y que irradiaba felicidad y alegría; así era Ángel Basas al que todos echaremos en falta. ¡ Descansa en paz amigo Ángel, tu hijo también, y la joven ciclista vallisoletana, Estela Domínguez, también !. ¡ Qué pena, fallecidos en la maldita carretera !.
41. RECUERDOS
Mari Jose Olite Merino
Comienzo la San Silvestre por esas calles plenas de embrujo. Giro levemente la cabeza para contemplar la imponente fachada de la Universidad Pontificia donde resuenan los ecos de las clases de antaño. Me invade una cascada de emociones. Han transcurrido treinta años desde que mis sueños vagaran por esos pasillos. Me ruborizo al pasar por la Casa de Las Conchas, testigo cómplice de mi primer amor. Bajo la tenue luz de las farolas imagino una carroza que porta una bella dama hacia su cita prohibida; los caballos al galope, el cochero embozado en su negra capa. Vislumbro la meta, el cansancio aparece, un último esfuerzo ante la estatua del que en otro tiempo anunciaba su regreso con aquel "decíamos ayer...". Sonrío y pienso: el tiempo no existe.
42. El corredor del fondo
Ramon González Reverter
EL CORREDOR DEL FONDO
¿Qué mejor manera de acabar el año que participando en una “San Silvestre”? De modo que me he inscrito en la popular carrera salmantina. Sin embargo, debo advertir que no soy un corredor de fondo, la élite de atletas profesionales cuyo tesón les convierte en centauros del asfalto que devoran kilómetros hasta la meta, sino el corredor del fondo. Sí, habéis leído bien. Soy de los de atrás del cajón de salida, en las últimas filas. No pretendo ganar, ni siquiera competir para mejorar marca. Mi propósito es disfrutar de la actividad física y compartir experiencias con cuantos me rodeen a lo largo del recorrido. Tan solo deseo mantener encendida la llama de la esperanza para sentirme vivo, porque cada día es un regalo que debemos aprovechar y la vida es demasiado preciosa para abandonarla sin haberle sacado todo el jugo.
43. TERAPIA
Juan Antonio Vicente García
Llevaba unos días con ciertas molestias en los pies, pero lo de esta mañana ha sido concluyente. Me he levantado con este picor, escozor, o qué sé yo, que conozco de otras veces. Una vez que empieza va subiendo poco a poco por las piernas. La sensación es extraña, placentera por la activación creciente de los tejidos y de la circulación sanguínea, e incómoda, porque cuando empieza a ser excesiva, solo se calma si me muevo. Sé cómo va a acabar esto, levantándome cada mañana y saliendo a correr, así aguanto el resto del día. Cuando veo a otras personas que corren me pregunto si lo harán también como terapia. Este mal, como mi contrato, es indefinido discontinuo, empieza en septiembre y acaba con la San Silvestre Salmantina. Nadie tiene una respuesta médica, bueno sí, mi psiquiatra, todo está en mi cabeza y el poder de atracción de la carrera.
44. Carrera por la vida
José Gómez Rodríguez
Mientras corría rememoró la firme determinación que le impulsó a practicar atletismo meses atrás. El objetivo no era reducir la obesidad ni mejorar el estado físico, sino insuflarse de optimismo para poder transmitir las ganas de luchar a la persona que más amaba.
Quiso reservar fuerzas y disminuyó el ritmo. Daba igual si lo superaban, el único propósito era mostrarle que la rendición no era una opción. Cerca del final aumentó la velocidad. Cuando la vio entre el público se despojó del gorro rosa que cubría su cabeza, rapada esa misma mañana. Al reconocerlo, ella rio por primera vez en mucho tiempo y correspondió quitándose el pañuelo que ocultaba la caída del cabello por efecto del tratamiento. Aceptó la invitación a acompañarle abrazados y, en suave trote, llegaron felices hasta la meta de aquella San Silvestre que sería el inicio de la carrera por la vida que juntos ganarían.
45. Los sueños se hacen realidad
Iraldo Ramírez Tapanes
Los sueños se hacen realidad
Javier vivía con su abuela en una isla. Desde joven tenía sueño guardados en un lugar especial, el corazón. Pero era rebelde,fumaba y bebía. Más de una vez tuvo problemas con la policía, sin embargo, ha desidido practicar atletismo. Tendido sobre la verde grama del estadio soñaba con los ojos abiertos. Sonó el disparó y arrancaron los corredores..." Los sueños se hacen realidad"-le decía su abuela.
España.
Llegó a Madrid y fue recibido sin quitarse el polvo del viaje, entonces se interesó por la carrera de San Silvestre. Lleno la inscripción y pago lo estipulado.Recibio el dorsal con el mismo número que portara uno de los grandes de su país en las Olimpiadas de Montreal en 1976.
Había hechos cambios en su vida.No tenía pretensiones de ganar. Lo importante era correr para atrapar esos sueños guardados en un lugar especial,el corazón.
46. Sobre mi pecho retumban los corazones
Maria Mercedes Pailles Vergara
Recibí del abuelo su amor al deporte. Férrea disciplina llevándolo a caminar sobre las manos a los ochenta años. Su señorial cuello de oso y porte de atleta se asomaba entre sus pasos. Los años de campeón olímpico fueron despertando un mundo de posibles.
Dentro de la gimnasia rítmica, los aros requieren toda la coordinación y destreza. Aquella foto del abuelo jugueteando con los amigos después de la práctica cotidiana, se fue metiendo a mi alma. Su historia de campeón olímpico despacito me habitó Sus aros se volvieron mis piernas y delirantes ante el vuelo por el atletismo les crecieron alas. La disciplina del atletismo me salvó una y mil veces. Cuando rendida, sentía perderme, pensar en el abuelo me llevaba a tomar vuelo y no claudicar. La gran carrera Salmantina está cerca, late entre los corazones de los concursantes y mi pecho retumba, más allá de esta vida.
47. Correr por el cáncer
Natalia Díaz S.
Nunca había corrido, sobre todo porque me daba pereza, pero todo cambió: tras el diagnóstico de síndrome de Lynch, decidió que correr era la mejor opción, y empezó a practicar todas las tardes. Su primera gran carrera fue la San Silvestre salmantina, aquel mes lleno de vida. En su memoria, aquellos tiempos de hospital, aquellas tardes donde creyó que todo estaba perdido. El sol de la ventana. Y desde aquel día, puedes verla cerca de la Catedral, siempre corriendo, y siempre viviendo.
48. «La Meta de la Esperanza»
Jose Alvarez Nuñez
En la oscuridad de la fría noche salmantina, Paula, una corredora inquebrantable, se desvanecía, sus pasos titubeaban. La San Silvestre parecía una ilusión distante, pero su mirada fija en el arco de meta irradiaba un anhelo inquebrantable. A su lado, Carlos, un joven voluntario, sintió la determinación de Paula y, con voz suave, le brindó aliento. "Vamos, estás casi ahí, no te rindas".Con lágrimas de esfuerzo y determinación, Paula apretó los dientes, cada paso resonando con la voluntad de vencer. El resplandor de la meta se acercaba, y una multitud se unió para animarla. Cruzó la línea con un último aliento, abrazando a Carlos en gratitud.En ese instante, comprendió que la San Silvestre no solo era una carrera, sino un símbolo de resiliencia y apoyo, donde cada zancada era un paso hacia la esperanza y la superación.
49. Dorsal 016
Juan Luis Gómez de Antonio
La decisión está tomada, hoy es el día, día en el que otro comienzo se abre paso a través del ansiaso final.
Salgo de casa y me topo con gente, mucha gente corriendo. Caigo en la cuenta de que hoy es la San Silvestre Salmantina. En el suelo hay un dorsal, el 016, lo cojo y corro; pero no es una huida, solo es urgencia por abrir una nueva puerta.
Los únicos golpes que quiero escuchar a partir de ahora son los de las zapatillas contra el asfalto, los de mi acelerado corazón alcanzando la salida, la salida a una nueva vida.
(016 teléfono de atención a víctimas de violencia de género)
50. FORMULA MAGISTRAL
UVA
La receta del Doctor Collado llegó a la Farmacia con el tratamiento.
-Corra usted la San Silvestre Salmantina y se le pasarán todos los males.
La farmacéutica dudó si decirle que de eso allí no tenían.
-Le prepararé su fórmula magistral.
En la rebotica mezclaron trozos de zapatilla, pizcas de dorsal, onzas de sudor y un diente de prisa. El sabor final era amargo, pero nadie había dicho que curarse no requiriera sacrificio. Tragaba a cucharadas soperas. Preguntaba si ya era el día, con la esperanza de que al correr, iría dejando atrás hasta las piedras del riñón.
Salió de la meta casi volando. Al terminar la carrera declaró que se le habían pasado todos los males (los antiguos) pero que le dolían los huesos a rabiar. Y que no era de recibo tener que esperar un año (hasta la siguiente San Silvestre Salmantina) para tener vida.
51. FORMULA MAGISTRAL
UVA
La receta del Doctor Collado llegó a la Farmacia con el tratamiento.
-Corra usted la San Silvestre Salmantina y se le pasarán todos los males.
La farmacéutica dudó si decirle que de eso allí no tenían.
-Le prepararé su fórmula magistral.
En la rebotica mezclaron trozos de zapatilla, pizcas de dorsal, onzas de sudor y un diente de prisa. El sabor final era amargo, pero nadie había dicho que curarse no requiriera sacrificio. Tragaba a cucharadas soperas. Preguntaba si ya era el día, con la esperanza de que al correr, iría dejando atrás hasta las piedras del riñón.
Salió hacia la meta casi volando. Al terminar la carrera declaró que se le habían pasado todos los males (los antiguos) pero que le dolían los huesos a rabiar. Y que no era de recibo tener que esperar un año (hasta la siguiente San Silvestre Salmantina) para tener vida.
52. Suave y Ligero
Antonio Fernández Salamanca
Es previsible imaginar que esta locura acabe en urgencias, y yo conectado a un pulmón artificial.
En plena decadencia cincuentona, y renegando del tiempo, tráfico, políticos, gurús iluminados, colesterol, y mis bolsillos vacíos, me acabo de “disfrazar” de atleta. No voy a dar detalles del cuerpo. Mi forma física huyó despavorida hace años cuando se me ocurrió calzarme unas zapatillas, y realizar un simulacro de estiramientos. Otra cosa bien distinta es mi espíritu: competitivo y ganador. Un león enjaulado.
La última vez que corrí fue en una manifestación antinuclear en los 90, pero este Fin de Año Salmantino va a suponer un punto y aparte en mi camino al Olimpo. Un pedacito de gloria, un sueño para enmarcar. Al menos, que un amigo benevolente, me haga una foto en la salida ¡En la salida, eh!
53. LA CINTA
Miguel Angel Zarzuela Ramírez
Se coloca los auriculares, estira calcetines y cuádriceps, calienta tímidamente y aborda la cinta. Con la mente puesta en la carrera de Salamanca, cierra los ojos.
Hoy corre hacia el Sur.
Llega a una playa tranquila de arenas blancas situada, esta vez, en la costa de Syldavia. Se cruza con Luis, su compañero de trabajo, que le regala un gesto mínimo de complicidad. A continuación, son sus hijos los que corren en dirección opuesta mientras le ignoran y discuten por la consola. Y, precedida de una lluvia fina, aparece también Amanda, la divorciada del tercero... Tras la ducha, ataca el día con energía, satisfecho con el progreso de su preparación para la carrera de Navidad. Protagoniza la reunión de las nueve y recibe la felicitación de su jefe.
Y observa que, en las suelas de los impecables mocasines negros de Luis, aún queda un poco de arena…
54. Pasos ancestrales
MARCELO GALBÁN GALBÁN
Había quedado rezagado, cuando un callejón oscuro apareció a mi derecha. Algo me hizo desviarme del trayecto establecido, y aparecí en una plaza que no recordaba haber visto antes. Allí, bajo un arco de piedra, descubrí una imagen inquietante: un retrato de mí mismo, en la San Silvestre; junto a él, otro corredor, una figura borrosa. Intrigado, seguí las pistas que el cuadro sugería. De plaza en plaza, callejón tras callejón, exploré Salamanca como un laberinto tridimensional. Finalmente, llegué a un antiguo edificio que ocultaba un secreto. Al entrar, encontré un vasto archivo lleno de fotografías. El misterioso corredor borroso era un antepasado mío. Este hallazgo reveló que la carrera tenía profundas raíces en mi familia.
Horas más tarde crucé la meta, pero ya no quedaba nadie allí. Di los últimos pasos y miré a mi alrededor. Mis antepasados concluían también, felices, fantasmales y cansados, levantando sus brazos, sus carreras.
55. RIVALES
Rafael Soriazu Gual
Se conocían.Habían tenido sus más y sus menos a lo largo de los últimos años y a veces no muy deportivamente.Los dos iban ligeramente destacados,solo quedaban unos metros para finalizar pero...Uno tropezó y cayó.Fácil lo tenía el rival,pero él no ganaba de esa manera.El tropel de corredores les superó,mientras el rival ayudaba a su compañero a levantarse.Juntos cruzaron la línea de meta entre los aplausos del público.
56. LA BATALLA
Jesus Maria Tadeo Venturini Madrigal
Compartiré un campo con muchos, a cada uno enfrentaré, tomaré mis armas, blandire mi alma, a cada uno derrotaré. Partiré mañana, rodeando el alba, camino a batalla, camino a vencer. Preparado voy, por años entrene, conociendo de esta grandiosa lucha, a la cual mi vida dedique. Voy sin lugar a dudas, a esta contienda ruda, afrontando el destino para el cual me forme. Hurgando en mis fuerzas, desenvaino potencia, la cual uso con paciencia en el transcurso de la competencia, llevándola con ritmo, corazon y valor. Momento a momento lo tomo con vigor, compito en tus calles, en tu plaza y jardín, compito en San Silvestre Salmantina, competencia que devuelve vida y otorga valor al combatir.
57. El corredor silencioso
Marta Guerrero Mancilla
Andy, un hombre de pocas palabras, siempre había sido conocido por su silencio. A pesar de ello, su corazón latía con una pasión inquebrantable por la San Silvestre Salmantina. Durante años, la había observado en silencio, sintiendo una conexión profunda con los corredores.
Un año, decidió participar en la carrera. Vestido con su camiseta negra y pantalones deportivos, se unió a la multitud, quien se preguntaba por qué había decidido correr.
A medida que se acercaba a la meta, Andy sacó un papel arrugado del bolsillo. En ese papel, que desplegó con cuidado, había escrito un mensaje: "Correr es mi forma de hablar".
Todos quedaron conmovidos y lo recibieron con un aplauso ensordecedor. Andy demostró que, a veces, las palabras pueden ser innecesarias para expresar lo que llevamos en el corazón.
58. CORRE, VIVE
Marco Antonio Fondevila Gil
Nunca fue muy constante en sus propósitos hasta esa fría noche de febrero, tirado en el suelo, dolorido, intentando entender porque en un segundo pasas de cruzar la calle a salir volando por encima de un coche. También agradeció poder ver sus ojos, los de sus pequeños, los de ella, -gracias- repitió una y otra vez.
Camino al Hospital supo entender que no hay que perder tiempo, quizás no haya una segunda oportunidad, se acordó de su amigo Javi, -no dejes de correr- le decía. Sin duda no recuerda una sensación tan placentera como el día que finalizo sus primeros 21 kilómetros de entreno. De acuerdo amigo, como siempre hablamos: nos veremos en Salamanca, vamos a la San Silvestre.
Hay algo mágico en esta ciudad, no te temo Cuesta de Oviedo, solo temo no poder correr, no poder verte Salamanca, no poder buscaros en la meta, recuerda vivir… ¡CORRE!
59. Trazando caminos
MARIACRUZ CHAVARRIAS MARTIN
El esperado día finalmente había llegado. Estaba en la línea de salida, una mezcla de nerviosismo y emoción recorriendo todo mi cuerpo. A pesar del frío penetrante que calaba hasta los huesos, sentía cómo las gotas de sudor se deslizaban por mi espalda. Entonces, de repente, el mundo se detuvo cuando resonó la señal de partida. Mi mente se despejó y en un instante, reviví todos los acontecimientos que habían marcado este año.
Fue un año desafiante, marcado por una ruptura que dejó cicatrices profundas. Pero, entre las sombras, lo más valioso fue el encuentro con personas extraordinarias durante mis carreras nocturnas. La brisa fresca acariciando mi rostro y la tensión en mis músculos por el esfuerzo actuaban como un bálsamo para mi mente, permitiéndome finalmente conciliar el sueño.
Gracias compañeros de la noche, vuestros relatos inspiradores me han dado la luz en medio de la oscuridad.
60. CARRERA MARCHA ATRAS
VICTOR BAILON LORENZO
CARRERA MARCHA ATRAS
En una mañana fria de invierno, dos amigos ya sesentones se disponían a correr como otro año mas la habitual “ san silvestre salmantina”, después de sus estiramientos calentamientos y series cortas , empezaron a trotar y con la referencía del Garming de uno de ellos iban a una medía de 5,30 el kilómetro, pasando el primero uno de los amigos dijo al otro
‑‑‑‑‑‑ Es curioso la cicatriz que me hice el año pasado, me ha desaparecido del brazo….
Pasando el segundo kilómetro el otro amigo comentó:
‑‑‑‑‑Tambien es extraño las molestias que me empezaron aparecer por condromalancia hace dos años, ya no las tengo ni las siento…….
Y asi cada kilometro algo extraño sucedía en sus cuerpos cuando al final llegaron a la meta después de 10 kilometros, y alguien que les conocía dijo:
‑‑‑‑‑‑No puede ser posible son Lucas y Miguel pero con 10 años menos.
FIN
61. La Triplista
Nacho Tapia Vicente
Ella era atleta profesional. En su país, los bebés que reunían condiciones genéticas para alguna especialidad atlética, eran entrenados duramente desde la infancia. En su caso, triple salto. El problema de tal especialización era el casi nulo desarrollo de otras disciplinas.
Se había trasladado a Salamanca este año. Y la convencieron para correr la San Silvestre. Comenzó la carrera y, tras quince pasos de aceleración, se impulsó para efectuar los tres saltos de marras. Aterrizó en el duro y frío asfalto; unos rasguños, pero tenía afán de superación. Se levantó y, de nuevo, procedió con la rutina. Más de doscientas repeticiones después, consiguió atravesar la línea de meta. El atronador aplauso del público compensó con creces el dolor de su cuerpo, desollado tras tantos intentos.
Estaba tan eufórica, que recomendaría la experiencia para el año siguiente a sus mejores amigos compatriotas: Mirun, discóbolo y Sargiil, saltador de pértiga.
62. Veo La Pértiga
Brenda Hormiga Batista
Quise darme por vencido tantas veces.
Lo hice porque he marchado y lo he hecho sin parar. Me he atrevido a saltar más que las vayas, los obstáculos, las situaciones, o problemas con las que me enfrento a diario. Salté, corrí… Y aun así, quise dejarlo todo a la mitad. Pero me levanté, me superé, resistí, y solo no mire atrás ni me rendí, porque constantemente veo la pértiga. Veo a mi familia, a todos aquellos que están para sujetarme, cuando prácticamente siento que se me viene el mundo en cima. Y eso me motiva a insistir. Porque de todo público que un atleta como yo pueda tener para avanzar, ellos son mis pilares fundamentales a la hora de apoyarme, impulsarme y hacerme descansar. Por ello, aunque a veces puedan menguar las fuerzas, me lo creo, creo que puedo hacerlo y mejor que como ya lo he hecho.
63. El Legado.
Nicolás Cabrera García
Mientras avanzaba con buen ritmo, con paso firme e inquebrantable, me perdí entre mis elucubraciones: Tanto esfuerzo, las corridas en las madrugadas, al sol y al agua para hacer los mejores tiempos y medir los progresos, ahora, al fin, estaba a punto de triunfar, respiraba al son de mis pasos, jadeaba, seguía aún con fuerza, la Salmantina será mía.
Volví de mis pensamientos, los asistentes coreaban mi apellido, quedaban poco menos de 100 metros, tome mi último aire, apresuré el paso, la línea de meta estaba a dos brazadas, crucé el listón, gané, ganamos, solté la radio con la que le estaba haciendo el seguimiento a mi hijo, entre la multitud lo alcance a ver, a lo lejos le grité:
_ Lo hicimos, nuestro apellido quedará en la historia.
Aunque el atleta era mi hijo, era como si hubiese corrido yo, él había hecho realidad mi sueño, ganar la carrera.
64. Venceré
JOAQUIN JOSE SANTOS LOPEZ
El pitido indicaba el inicio de la San Silvestre Salmantina, siempre la había corrido y pese a las dificultades de este año estaba decidida a llegar a meta.
Corría lentamente, relajada, disfrutando de los monumentos de mi bella ciudad. A mitad del circuito mi cuerpo empezó a flaquear, todavía estaba recuperándome de la última quimio y sentía una especial dificultad ante aquel esfuerzo. Los gritos de aliento de mis familiares alejaban la flaqueza y me imprimían fuerzas renovadas, podía continuar.
En el último kilómetro apenas podía caminar, a tan sólo unas decenas de metros de la meta avanzaba tambaleándome en zig zag. Caí de rodillas, escuchaba los gritos de ánimo, me arrastré, al menos esto no iba a cambiar, este año volvería a pisar la línea de meta. Exhausta y atendida por los servicios sanitarios una enorme sonrisa iluminaba mi rostro. Hoy sí había ganado.
65. ZAMORANOS AUUU
vanessa sahagun frontela
ZAMORANOS AUUUU
Levantandose por la mañana, cinco amigos de zamora se disponían a participar otro año mas en la prueba “ SAN SILVESTRE SALMANTINA”, estos amigos pasaban ya de los cincuenta y muchos años, tenían achaques, dolores lesiones duras del pasado laboral de cada uno, pero llegados el momento se presentaron bien equipados deportivamente, con sus relojes cronometros, y llegando a la meta inicial y mirandose unos a otros se dijeron en voz alto:
‑‑‑‑‑‑‑QUE SOMOS
‑‑‑‑‑‑‑‑ZAMORANOS
‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑AUUUUUU
Terminaron la carrera con un gran tiempo 47 minutos 30 segundos, a una medía de 4,6 el kilometro, contentos de poder hacerla cada año con salud y energías renovadas dieron un abrazo a todos los participantes como grandes compañeros que se consideraban y pidieron perdón por esa muestra de “ Exaltación zamorana”.
FIN
66. PEGASO
ANTONIO BELIZON REINA
PEGASO
Se acercaba el día.
Lo tenía casi todo preparado. Había memorizado el circuito, las calles, las avenidas, las plazas, paseos, bulevares, cuestas y la meta.
Lugares donde coger una botella de agua, sitios donde aumentar el ritmo, momentos donde dejarme ir y disfrutar.
Zapatillas Puma, con garras para pisar fuerte sobre el asfalto. Camiseta con publicidad, esta vez era la ONCE quién patrocinaba.
Tan solo faltaba el factor más importante, aquel por el que estuve luchando durante años y por fin, al cumplir los quince, me lo permitieron y lo adiestré a base de entrenamientos antes de la carrera.
Mi media naranja, mi perro Pegaso, iba a tirar de mí, me conduciría a través del laberinto de mi mente, de mis ojos ciegos y me llevaría hasta el final, esperando los vítores de aliento de los aficionados.
Ese será mi premio, terminar y besar a Pegaso.
Se lo merece.
67. Atleta africano de élite.
Pola Gutiérrez Alegre
Javi me tiene preocupada. Ahora dice que ser mecánico está bien pero que lo que él realmente quiere es ser un atleta africano de élite. ¿Atleta africano? ¡¡Pero si nació aquí, en Salamanca!! Dice que todos los días entrena para correr la San Silvestre de este año. Da tres o cuatro vueltas a la manzana antes de ir al taller, y ya se ha comprado unas superzapatillas, supercaras, que pesan menos de cien gramos y una camiseta biométrica de compresión. Le queda algo ajustada para sus noventa y tantos kilos, que no son precisamente de músculos, pero dice que en cuanto se quite de las tapas y de las cañas de cerveza conseguirá el peso adecuado. En la última media maratón que participó consiguió llegar a la meta. En que puesto no me lo dijo. Él está ilusionado y feliz. Y yo estoy muy preocupada.
68. El indispensable apoyo familiar
Paloma Hidalgo Díez
Tras meses de exhaustivo entrenamiento, ya solo faltaban dos noches y un día para la San Silvestre. Y ahí estaban los míos para ayudarme a estar relajada. Los ronquidos de Juan, estridentes como pocas veces, las pesadillas de la pequeña, Los ladridos de Connor (tener gatos en celo en el vecindario le desbarata), la emisora de radio que escucha mi padre para conciliar el sueño, al volumen necesario para hacerlo sin audífonos, y la llamada del mayor, a las cuatro de la madrugada, para decir que su coche no arrancaba, consiguieron que ayer cayese redonda a las ocho de la tarde, que haya dormido esta última noche del tirón, y que ahora, espere la salida en este cajón más fresca que un pimpollo, ilusionada con brindarles, si ya no una victoria, soy optimista pero no tanto, sí una llegada a la línea de meta aunque sea con la lengua fuera.
69. Es el camino lo que importa
Gustavo Martínez Fernández
Un tropezón inoportuno, y sus huesos en el suelo. Había parado el golpe con las manos y, ahora, el dolor le parecía insoportable. Miró sus rodillas y vio algo de sangre. A pesar del panorama, se resistía a abandonar; permaneció en una inevitable postura de genuflexión para tratar de recuperar sus fuerzas mientras escuchaba el sonido de su respiración inundando el aire. Se dijo que no podía más.
—¡Vamos, abuelo, que ya se ve el Paseo de San Antonio! —exclamó impetuosamente una voz junto a él.
Levantó la cabeza y vio a su nieto. Ocupado como estaba en sus negocios, no acostumbraba a participar en esos eventos, pero… allí estaba. Aceptó su mano, se incorporó y reemprendieron la marcha. La cortina de humedad en sus ojos apenas si le permitía vislumbrar la pancarta de meta, pero no importaba…
70. LÍNEA DE META
Leire Verdugo Periáñez
Salió de la consulta en estado de shock. Fue una noticia inesperada.
Sin dudarlo un segundo y, a pesar de sentirse exhausta, cogió las zapatillas que había guardado meses atrás y se presentó en la San Silvestre. Siempre participaba, pero precisamente ese año no era una opción que había podido valorar.
Esa sería una carrera única, aquella que le había otorgado la vida sin preguntar.
Su objetivo no era llegar la primera, sino cruzar la línea de meta.
Inició el trayecto con un semblante radiante. El pelotón se reflejaba sobre la marea de sus ojos.
Con dificultad, pero manteniéndose firme, llegó al final, deslizó las manos con decisión hacia la nuca y deshizo el nudo. Aprovechó la suave brisa para hondear su pañuelo en señal de victoria. Llevaba la paciencia, la valentía y la perseverancia por bandera.
No le importó llegar la última; fue la primera en nacer ese día.
71. La carrera
Ramón Adriano Rivera Salvador
La carrera
-Avanza muchacho, avanza.
-Ponle corazón a esas piernas.
-Aprovecha la bajada, déjate rodar, no tengas miedo.
-Hazlo como lo entrenamos al subir, todo el cuerpo, que tus dientes, tus orejas contribuyan.
-Falta poco, estas muy atrás, debes pasar sólo cien o ciento cincuenta atletas.
-No me avergüences, eres hijo de un campeón.
-¡Son doscientos mil dólares coño!
-Me juraste que serían nuestros.
-Tú Madre estaría orgullosa.
-! Esfuérzate, marica!
Esas palabras le hirieron profundo. Tenía dos opciones: dejar la carrera, decepcionar a su padre, a su madre muerta, e irse de su casa quien sabe a dónde, o esforzarse hasta desfallecer; quizá morir.
72. Mi orgullo
María Daniela Larrea Bustos
El paseo de San Antonio está repleto. No cabe un alfiler. Le doy la espalda a la iglesia, me apretujo entre la gente para ver más de cerca a los corredores. Los familiares y amigos los alientan con gritos y pancartas. Los niños pequeños se suben a los hombros de los padres para participar de la fiesta callejera y ondear al viento sus banderines. Busco en la multitud a mi padre, un hombre septuagenario al que la vida no lo logra botar. Un hombre que despierta cada mañana y entrena su cuerpo cansado buscando estrujarle hasta la última gota de vitalidad y que busca desafíos cuando tiene la vida resuelta; un hombre que no se rinde y que se esforzará por cruzar el listón de la meta con los brazos en alto y una sonrisa. Buscará en el público la aprobación en los ojos de su hija. Me encontrará orgullosa.
73. ¿Qué hay de ellos? Mande Bushemich
Daniel Esteban Cardoso
A lo largo de los años la gente siempre ha recordado de los ganadores de la San Silvestre, pero ¿y quién se acuerda de los no ganadores? ¿Qué hay de ellos? Aquellos que vuelven con las manos vacías después de no haber conseguido su objetivo tras años de dedicación. La gente suele decir que, por lo menos, lo han intentado, que ya lo conseguirán, que solo hay que esperar. Pero no sabemos lo que es levantarse al día siguiente, de ver que no has pasado la meta el primero sabiendo que te has esforzado al máximo, pero no ha servido para nada, pensando que no sirves para esto. Porque hay quién participa para pasar el rato con amigos, pero también están los que se jugaban mucho y no lo han logrado, que han perdido su oportunidad, que nunca podrán superarlo mentalmente. ¿Qué hay de ellos? 3 segundos, Mande Bushendich.
74. Non plus ultra
Diego Cruz Guerrero
Al percatarse el escritor de que apenas disponía de 150 palabras para llevar a su protagonista a la gloria de la San Silvestre Salmantina, sin pensarlo dos veces lo colocó varios metros más adelante de la línea de salida para asegurar, sin dificultades ni demoras, la victoria.
El protagonista advirtió aquella considerable ventaja y su ser competitivo le hizo retroceder más allá de la línea, quedando muy por detrás de todos al arrancar. Esta decisión desajustó el resto de la trama que tenía prevista el escritor, quien, para evitar controversias sobre su trampa fallida, se desentendió del microrrelato.
Contra todo pronóstico, el protagonista, mientras tanto, remontó la carrera, pero por más que corrió nunca vislumbró la línea de meta. Previsiblemente, al renunciar el escritor a su creación, no había ya un punto final que alcanzar. Cuentan que los espectadores quedaron, en la meta, esperando al ganador de este año.
75. Non plus ultra
Diego Cruz Guerrero
Al percatarse el escritor de que apenas disponía de 150 palabras para llevar a su protagonista a la gloria de la San Silvestre Salmantina, sin pensarlo dos veces lo colocó varios metros más adelante de la línea de salida para asegurar, sin dificultades ni demoras, la victoria.
El protagonista advirtió aquella considerable ventaja y su ser competitivo le hizo retroceder más allá de la línea, quedando muy por detrás de todos al arrancar. Esta decisión desajustó el resto de la trama que tenía prevista el escritor, quien, para evitar controversias sobre su trampa fallida, se desentendió del microrrelato.
Contra todo pronóstico, el protagonista, mientras tanto, remontó la carrera, pero por más que corrió nunca vislumbró la línea de meta. Previsiblemente, al renunciar el escritor a su creación, no había ya un punto final que alcanzar. Cuentan que los espectadores quedaron, en la meta, esperando al ganador de este año.
76. RECORRIDO HISTÓRICO A PLENO PULMÓN
Marcos Manuel
Es la primera vez que me enfrento al reto de recorrer lugares emblemáticos de la ilustre ciudad de Salamanca participando en la San Silvestre Salmantina.
Esta ruta deportiva por la ciudad monumental me abrirá los ojos y podré contemplar tanta belleza respirando a pleno pulmón los aires que abrazan sus murallas medievales.
Cruzaré el puente romano sobre el Tormes dejando a un lado los restos de la iglesia de San Lorenzo y seguiré camino agradeciendo no haber experimentado calambres o un bajón de glucosa.
Sé que mi mirada se distraerá bordeando el Parque Arqueológico del Botánico junto a las fachadas de un convento y una iglesia evocadores.
Espero estar a la altura del recorrido y cuando pase por el Palacio de Monterrey, que sea con suficientes fuerzas para poder terminar la carrera dignamente.
¡Mucho ánimo! Disfrutemos juntos del deporte y de esta noble y hospitalaria ciudad de Salamanca.
77. El devoto
Ramón Ferreres Castell
Aún pervive en nuestro recuerdo la emoción del bueno de Juan cuando nos propuso apuntarnos a la San Silvestre de aquel año, un entusiasmo que desapareció de su rostro al cruzar la meta el último de nuestro grupo de amigos. Tras el decepcionante debut, decidió prepararse a conciencia visitando a diario cuantas iglesias podía ―hay una vasta oferta en Salamanca― para pedirle a San Silvestre que le diera fuerzas. Como todavía no tenía carné, iba corriendo de una a otra sin importar el calor, la lluvia o el frío. Al año siguiente nos ganó a todos. Convencido de que el santo era el único responsable de su logro, mantuvo el ritual diario hasta convertirse en una firme promesa del atletismo salmantino, y llegaron las ofertas para hacerse profesional; pero el bueno de Juan ya había decidido cambiar las zapatillas y la camiseta por las sandalias y el hábito.
78. La ciudad de las carreras eternas
Víctor Valdesueiro Bernabé
Antes de la cena familiar, de las uvas y del champán; nada mejor que rendir homenaje al año que agoniza corriendo la San Silvestre.
Y para carreras, como Salamanca ninguna.
Ciudad emblema de carreras y grados, de medallas y medallones, y de monumentos que reflejan la luz como el metal del vencedor.
Por sus calles corrieron grandes atletas. Como por ejemplo Francisco de Vitoria, que ganó su carrera contra los que no querían derechos para los indígenas americanos. O los comuneros de Castilla, que participaron en una temeraria competición frente a los musculosos corredores de un Rey. O el inmortal Miguel de Unamuno, quien intentó vencer a un futuro que iba a teñir de sangre su país y, en la recta final, viendo que no le quedaba resuello para el sprint, alzó la voz desde el Paraninfo de la Universidad y su grito alcanzó la eternidad:
— ¡Venceréis, pero no convenceréis!
79. La carrera de invierno y contra el invierno.
Maria Cruz Lorenzo Luengo
Como cada diciembre, cientos de atletas se disponen a celebrar la fiesta del atletismo charro.
Desde lo alto del Cerro de San Vicente, pero tres mil años antes, un grupo de cazadores también prepara una batida.
Un disparo y un grito del líder marcan la salida. Los pájaros cercanos, asustados, levantan el vuelo.
Unos activan sus pulsómetros mientras otros agarran sus lanzas, y comienzan a correr contra el crono y el hambre.
Las pisadas en la nieve y las agitadas respiraciones resuenan como una locomotora. El frío viento de la sierra convierte las exhalaciones en el humo del convoy.
Tras diez kilómetros, unos vislumbran la meta; otros un mamut en las gélidas aguas del Tormes.
Al día siguiente habrá deportistas con tendinitis y algún cazador muerto bajo las patas del enorme paquidermo.
La llegada es ajustada pero la foto finish no deja dudas: Este invierno habrá carne y grasa suficiente.
80. Alma de piedra
M Salvador Muñoz
Desde su pétrea existencia observa durante decenios la San Silvestre. Los mortales, con su cansino trotar, le exasperan, podría vencerlos sin dificultad, mas no es tiempo para un condicional. Con titánico esfuerzo arranca su cuerpo del capitel y se deja caer sobre el pavimento. Con fiereza le quita el dorsal a un incauto disfrazado de rana que, saltando, huye despavorido.
Todos alaban su disfraz. «Vosotros, sí que estáis disfrazados, carne perecedera en vuestra fugaz existencia», piensa con una mueca irónica.
Ante el júbilo de los presentes se alza victorioso. Con ansiedad saborea el triunfo, pero el tiempo apremia y la oscuridad ya se cierne sobre la catedral. Con premura trepa por la fachada hasta su lugar de descanso, junto a él, su trofeo perdurará ya para la eternidad.
En el silencio de la noche se escuchan lamentos quejumbrosos: congéneres del campeón retorciéndose de envidia esperando su oportunidad el próximo año.
81. Su primera vez
Sebastian Alejandro Venancio Garfunkel Ruades
La anciana vistió deportiva para saldar aquella promesa: no morir sin correr la San Silvestre Salmantina.
Curvada en primera fila, apoyada en su bastón, avanzó al oír la señal, dejándola atrás la multitud y golpeándola el 13 sin intención, haciéndola tropezar. Vengativa, apuró el trote, sin quitar vista de aquel borroso corredor de número indescifrable para su miopía. Se agitó, oxigenó sus venas y sudó por primera vez en años. Sus varicosas piernas vigorizaron y su cadera enderezó chasqueando, lanzando un berrido y dentadura postiza, aliviando el nervio ciático. Quemaba calorías y sus riñones filtraban como refinería, bajando el colesterol, subiendo la presión y apurándola su incontinencia.
Aceleró rejuvenecida, alcanzándolo a metros del final, para sorpresa del 13, decorando su rostro surcado una diabólica y desdentada sonrisa. Le atravesó el bastón “fortuitamente”, tumbándolo, y cruzó la meta, obteniendo el primer puesto, salud abundante y una denuncia penal.
82. SIN PENA NI GLORIA
Ana Isabel Rodríguez Vázquez
Los últimos veinte años de mi vida, he participado en la San Silvestre Salmantina. Esta vez es un poco diferente, quizás sea mi última oportunidad. Me costó levantarme, pero aquí estoy, rodeado de corredores que no reparan en mi presencia. No es nada nuevo, siempre he sido un tipo discreto, de los que pasan desapercibidos. Corro ligero, será que no me pesan las carnes. Me entrego en cuerpo y alma y llego a la meta entre los diez primeros. Después regreso al lugar que me corresponde. Estoy muerto, pero hago un último esfuerzo y coloco con cuidado la lápida de mármol que lleva mi nombre. Me duelen todos los huesos. Seguro que mañana estaré hecho polvo.
83. ¡Victoria!
Alejandro Chang Hernández
¡La visión se torna borrosa! ¡Los latidos del corazón se suceden como alocado galope de corceles! ¡Los pies se niegan a seguir adelante! La respiración entrecortada obliga a acelerar las inspiraciones, buscando el máximo de aire que inunde los pulmones. ¡Cuánto dolor y calambres en cada músculo del cuerpo! Los ojos se levantan buscando anhelantes la tan ansiada línea de cal que indica el final del tormento. En un último esfuerzo, el cerebro envía una orden espartana a todo el sistema nervioso: ¡adelante, no importa el cansancio ni las cortantes punzadas! Diez metros, nueve, ocho... ¡Victoria!
84. Mente y cuerpo sano.
Joice Chilaúle
Salí con Una botella de água, exhalé el dolor del sol y apreció la belleza de la naturaleza: corriendo, caminhando y saltano. Me quedé en un rincón del campo, teniendo control sobre mi cuerpo. Me disfrazé de Silvestre Salmantina corriendo en una pista, para ser Estrella en la compentición, y gané Una mente sana, en un cuerpo sano.
85. CONDUCTOR BORRACHO
Luis
CONDUCTOR BORRACHO
Encontrarse allí y sentir las mariposas en el estómago era una sensación única, le encantaba, pero aquella San Silvestre Salmantina sería especial, su hijo Alejandro la correría por primera vez tras el accidente.
Era el momento y lo miró con orgullo de padre. Se guiñaron el ojo cómplices.
-Te echo una carrera abuelete –le lazó el reto con desvergüenza.
-Nos vemos en la meta -le contestó justo en el momento en que sonaba el pistoletazo de salida.
Ambos disfrutaron el uno del otro, el invierno salmantino te regala las ganas de correr en un entorno cuyo recorrido es evocador y hermoso.
El camino recorrido había sido duro, miles de horas de rehabilitación en las que habían trabajado, sufrido y llorado juntos, Alejandro como paciente, su padre como fisioterapeuta. Habían logrado eludir las ruedas de por vida, y aunque sus tiempos fueron alejados del primer clasificado ambos se sentían vencedores.
86. Adelante, uno más
Nagore García Velázquez
Una persona muy sabia me regaló una vez el consejo más valioso que haya recibido jamás: cuando creas que no puedes más, que las piernas no responden sino a la extenuación y la traidora inercia, contraria a toda física, invita a frenar y rendirse, tan solo piensa en dar un paso. Uno.
Así he aprendido que cualquier tarea, desafío, cualquier distancia, se doblega silenciando el paralizante miedo al horizonte y fijando una nueva meta en lo inminente.
No te detengas, un paso más. Uno.
Con esa consigna grabada a fuego me enfrento este año, con ilusión a raudales, a la que va a ser mi primera carrera de atletismo tras aciagos años condicionados por la enfermedad. Dudas razonables me invaden pero no impedirán la zancada que persigue a la anterior.
No ganaré, sé que venceré.
No perderé, sé que llegaré.
87. La luz bajo la puerta
Guillermo Sanz Lahoz
Inquietud, incertidumbre, oscuridad. Mil miedos, mil temores al acecho. De pequeño a grande tanto en edad como en tamaño de tus miedos, pero siempre sales ileso. Una lesión evitada, un familiar o amigo que tarda en llegar, una casa en silencio o el sentimiento de un domingo por la tarde. Mil sensaciones y mil alivios. Recuerdas que tras una salida hay una llegada, que tras un paso va el siguiente, que tras un susto hay relajación y que, como cuando eras pequeño, siempre acabas viendo cómo se enciende la luz bajo la puerta.
88. EL ABUELO DOMINGO
ALÍNIZ
«Para mí sería un orgullo, Manolín, que mi nieto corriera la San Silvestre Salmantina. Correrla digo, ¿eh?, tampoco hay por qué llegar el primero». Escuchas eso una vez y vale, pero lo escuchas mil… porque el abuelo Domingo es capaz de aburrir a las amapolas. «Ya está abierto el plazo de inscripción», volvió a la carga un día; y otro, y otros más. Así que, aquí estoy, peleando en la carrera. Y ahí tengo al abuelo, aguardándome para hacer juntos el Puente Viejo, ¡qué ocurrencia, por favor!
213 nos adelantan en el trayecto, pero qué le vas a pedir a sus 86 años. Al final, me clasifico el 728. Pero si a 728 le restas 213, no está mal para casi no haber entrenado. Además, puede que los 213 del Puente Romano fueran más, que no estoy yo muy seguro. El próximo año tendré que poner más atención al contar.
89. La vida que te inventé
MARÍA SERGIA MARTIN GONZALEZ
Me encomendé a San Silvestre antes de comenzar la carrera. Besé mi dorsal. Te miré. Me miraste y, de improviso, sinuosas montañas blanquearon sus cimas. Pero no eran nieves, sino los claroscuros de Plaza de España. Tampoco volaban grullas, aunque algo mágico agitó el aire cuando en Esperabé rocé tu mano y todo se precipitó... Te pedí matrimonio en la Charrería. Dijiste que sí. Nos besamos en Balmes. Tuvimos una preciosa hija. Se hizo escritora. Nos dio dos nietos. El pequeño, músico. Para nuestro aniversario compuso Veracruz, una hermosa sonata. La mayor, arquitecta. Construyó una casa en Comuneros. Como soñábamos. Me sonreíste con picardía en Cuatro Caminos, segundos antes de que una inoportuna zancadilla me hiciera trastabillar frente a la meta. Te vi alejarte entre ovaciones y flashes; sin volver la cara; abrazada a un tipo que, de rodillas y con una estúpida banda de música, acababa de pedirte matrimonio.
90. TAN CERCA
Javier Rodríguez Rodríguez
Sé que no me ha visto, por eso me permito el lujo de pegarme a ella hasta conseguir que las punteras de mis zapatillas laman casi los talones de las suyas. Todo esto es muy raro. Sí, correr una San Silvestre detrás de la mujer que te acaba de abandonar, —pero de la que sigues enamorado—, así, de incógnito, sin que ella no pueda ni siquiera imaginárselo, es realmente muy extraño, pero también es verdad que, si el amor mueve montañas, cómo no va a mover a un sedentario irredento como yo…
Pasado mi arreón inicial, me deja atrás con facilidad. La veo alejarse, al igual que lo ha hecho en mi vida.
No puedo más, no terminaré la carrera. Da igual, ésta nunca podría ganarla.
91. Una vez más
María Mora Muñoz
Justo sobre la línea de salida, una vez más. Tan solo una única vez más. Cierro los ojos y respiro profundamente. Miles de recuerdos se agolpan en mi mente. Llegó el momento de decir adiós, de cerrar el círculo que abrí hace ya sesenta y un años. En esta ciudad donde todo empezó. Aquella carrera no la gané pero jamás olvidaré el orgullo en el rostro de mi madre. Desde aquel momento revivo la adrenalina de los minutos antes de la salida, la satisfacción de llegar a la meta y el abrazo de mi madre al terminar la carrera una y otra vez. Hoy, en la San Silvestre Salmantina a la que acudo año tras año, me despido de una vida llena de disciplina, ilusión, superación y retos. Anhelando aquellos años de oro olímpico que trajeron la más profunda felicidad a mi familia arraigada en la cuna de la humildad.
92. El amor a movernos
BRAYAN ESTIVEN OSPINA ALVAREZ
El movernos es ese motor que nos levanta, lo que hace que avancemos hacia adelante sin detenernos, orientados con el único propósito de dar todo de nosotros, de dejar hasta la última gota de sudor, que aunque tengamos dolores y calambres no nos rindamos, no decaigamos ante la lucha, aunque nos quedemos sin energía hay que terminar, no rendirnos hasta completar nuestro recorrido, porque así somos, apasionados, enfocados y mentalizados en alcanzar nuestro objetivo, porque es más que una simple carrera, es una prueba personal de que podemos lograr lo que nos propongamos y salir ganadores.
93. El año que triunfé en la San Silvestre
Miguel Escudero
Voy a ganar la San Silvestre Salmantina, me dije. Todo es una cuestión de confianza. El entrenamiento, y la genética, tampoco vienen mal. Pero sobre todo confianza. Que tengo 46 años y el colesterol alto, pues más grande es el reto. La vida son retos. Así que ahí estaba yo, en la salida, con mis zapatillas nuevas y mi barriga prominente. A mitad de recorrido, cuando mi confianza brillaba por su ausencia y estaba a punto de abandonar, conocí a Maite. Y corrí a su lado hasta la misma línea de meta. Después me dio una lipotimia y casi me muero. No hay triunfo sin sacrificio.
94. Pasos de perseverancia
Giovanni
Era la mañana del último domingo del año y las calles de Salamanca estaban llenas de corredores ansiosos por participar en la San Silvestre Salmantina. entre ellos se encontraba Luna, una joven soñadora y disciplinada que no dejaba pasar la oportunidad de sumarse a esta carrera emblemática.
Mientras avanzaba por el recorrido, Luna sintió un tirón incomodo en el calzado izquierdo. Miró hacía abajo y se dio cuenta de que las agujetas de su zapato se habían aflojado. a pesar de la molestia, decidió no detenerse y seguir corriendo.
En medio de la competencia, reflexionó sobre la vida que llevamos. Nadie ni nada es perfecto, siempre habrá obstáculos en nuestro camino. Sin embargo, debemos aprender a seguir adelante con lo que tenemos, sin dejar que los pequeños contratiempos nos detengan.
Con el viento en su rostro y el sonido de los aplausos de los espectadores, Luna logró llegar a meta.
95. Los milagros de San Silvestre
Paula Hernández Burguete
Dejaba atrás el paseo de San Antonio y avanzaba a paso ligero hacia el siguiente nivel del recorrido. En el Bulevar San Francisco, descubrió un gatito a punto de ser aniquilado por un viejo tubo de escape. Tiró de él suavemente y el animalillo comenzó a seguirle. Poco a poco se fueron uniendo otros mininos a la carrera. En la Plaza de San Antonio, se cruzó con dos hombres que llamaron su atención. Uno era ciego de nacimiento, pero trataba de seguir el curso de la carrera, hasta que, con su bastón, palpó las harapientas vestiduras del flautista de Amelín gatuno. La primera imagen que vieron los ojos del invidente fueron las de otro lisiado, también con su bastón, saltando de alegría. ¡Saltando! ¡Un paralítico! Ambos se miraron, dubitativos, y se preguntaron si aquel vagabundo que cruzaba la línea de meta con su séquito de gatos sería realmente San Silvestre.
96. LAS HUELLAS DEL PASADO
Silvia Oller Jurado
Mariano, un anciano de cabellos plateados, cuidaba un rincón especial en su hogar: un altar de fotos de sus hijos y nietos. Sin embargo, una imagen destacaba sobre las demás: una fotografía en blanco y negro de la San Silvestre Salmantina.
Mariano solía correr como el viento en su juventud, y aquel evento era su glorioso escenario. Cuando contemplaba esa foto, una sensación de anhelo y satisfacción lo invadía. Recordaba la brisa fresca, la euforia de la carrera y la alegría en su corazón. Esa imagen era un vínculo con su juventud dorada, un recordatorio de que el tiempo no podía borrar por completo aquellos momentos.
En su mirada, aún ardía el espíritu del corredor que alguna vez fue, conectando su pasado con el presente. Esa foto era su mayor tesoro, un portal a su juventud que siempre perduraría en su corazón.
97. GALOPANTE ETERNO
Alejandra Matute Emperador
La luz del alba y el gélido frío del invierno salmantino me acompañaban en las primeras horas del día. Había llegado el momento. Le prometí que su tradición nunca moriría. Papá me pidió cuarenta y cinco días antes que continuara galopando la “San Silvestre” por él. Unos minutos después dejó de respirar. Ese maldito cáncer me lo arrebató, pero jamás se marcharían sus ganas de acudir a la cita del último domingo del año. El recuerdo me invadió de dolor y emoción contenida. Una lágrima cayó por la mejilla hasta salar mis labios. Durante mis 36 años de vida le esperé en la meta. Ahora era yo quien cogía su testigo, segura de que mi galopante eterno me guiaría y acompañaría por las calles de alma robusta de la dorada Salamanca de Unamuno.
98. Ella
Edgar Romero Cabrejos
No me importa si ella gana. Yo la admiro más que nadie y estoy siempre en la meta, esperando que llegue, sea primera o entre las últimas. Me encanta verla correr, porque es igual a una grácil paloma alzando vuelo, hermosa como ninguna otra. Tengo mi cuarto repleto de fotos de ellas. En todas las carreras me he tomado selfies a su lado porque me encanta el brillo de sus ojos, su sonrisa y su carita de ángel. Ella no se molesta que le tome tantas fotos y siempre ríe y hace fulgurar sus pupilas tanto o más que los luceros. Hoy estaré allí, también, en la San Silvestre Salmantina, aupándola a ganar, vivando su nombre y me tomaré otra foto, apenas cruce la meta. Y seguramente ella me dirá, coqueta y sin dejar de reírse, "ay papá, tú siempre apoyándome" y volveré a ser feliz, aún ella no gane.
99. Dejad a los niños
Alfonso Pliego Santos
Los ve a todos desiguales, únicos, ejemplo de la riqueza que hay en la diversidad; sin distinción de sexo, raza, condición social. Caras alegres, ansiosas, emocionadas: todas con deseo de participar y ganar –o perder, no les importa— esa carrera de 1070 m.
Siente que todos son sus hijos, como también lo son los que masacra a diario el sionismo en Palestina ocupada. Entendió hace mucho que quien tiene un hijo sabe que toda niña y niño son sus hijos, todos hermosos, fulgurantes, hasta que el mundo del adulto los va prejuiciando, uniformando mentalmente.
Cuando los mira esperanzados en esa línea de salida en Salamanca, comprende las razones del carpintero aquel de Galilea que ordenaba que los dejaran acercársele, ya que ver tantos rostros vivaces es como asomarse al reino de los Cielos. Ahora, con los ojos ahítos y húmedos, el viejo puede dormir… eternamente.
100. Guepardo
Mayte Blasco Bermejo
“Si pudieras pedir un deseo, ¿cuál elegirías?”, te preguntó tu hijo mientras jugabais a Aladino con la vieja lámpara de aceite que la abuela guardaba en el desván. “Correr como un guepardo”, respondiste. “¿No preferirías ser un galgo o un caballo?”, te preguntó él. Ahora, con un insólito acelerón inicial, te colocas el primero de la carrera. “Los guepardos ganan siempre porque pueden acelerar de cero a noventa en cuestión de segundos”, le explicaste al niño aquella tarde. Una brisa seca, demasiado cálida para estas fechas y estas latitudes, te roza la cara. Pronto dejas atrás al resto de corredores. El suelo adoquinado se llena de un polvo amarillento y los edificios renacentistas adquieren la forma arbórea de viejos baobabs. Una pelambrera punteada asoma bajo tu dorsal con el número veintiocho y, a escasos metros, un avestruz inquieto amenaza con robarte el primer puesto de la meta.
101. Foto finish
Tomás Piedra Pérez
Los datos tienden a ser fríos. Diez mil metros son diez kilómetros, seis millas y pico, más de treinta mil pies. Más allá de equivalencias, diez mil metros es la longitud exacta de la San Silvestre salmantina y la distancia correspondiente a una prueba de fondo; no a una de esas competiciones de velocidad en las que los corredores dan zancadas en el aire y llegan tan igualados que parece que por fin se encontraron con su hermano siamés separado al nacer. Tras casi diez mil metros en cabeza, yo descubrí un segundo cuello pegado al mío y que me salía otra pierna derecha de la cintura a escasos centímetros de cruzar la meta en el paseo de San Antonio. Dicen que no había sucedido jamás. Quedé segundo por media uña o un suspiro fuera de lugar. Los datos son fríos, pero la foto finish te congela el alma.
102. LOS ROSTROS
MIGUEL PAZ CABANAS
Muchos se preguntan por qué sigo corriendo a mis ochenta años. Podría sugerir que por hábito, por superar un reto Guinnes, o por puro tesón. También -lo cual, es cierto- porque creo que te hace sentir en comunión contigo mismo y el mundo. Pero hay otra razón que nunca he revelado. Cuando corro, me acuerdo de sus rostros. Me refiero a los jóvenes que salían de las trincheras. La gente ignora que, en las guerras, lo que hacen los soldados la mayoría del tiempo no es combatir, sino correr: escapando de las balas, del miedo, del horror. Muchas veces, para salvar a otro compañero.
Yo me acuerdo de las caras de aquellos que salvé o me salvaron y, también, de quienes no siguieron. Sobre todo, de las de estos últimos: es como si, corriendo al final de mi vida, les otorgase una segunda oportunidad.
103. LA GANADORA
MARIA NIEVES SORIA SOMOLINOS
La ranita fue la primera en cruzar la meta. Todos la vieron pasar como una exhalación entre los corredores. Nadie se lo explica. Ella jura y perjura que escuchó la voz de Unamuno diciéndole: Corre, vence y convence.
104. Con los pies en el aire
Gerardo Báez
A mitad de la carrera La San Silvestre Salamantina, Daniela siente retumbar su cuerpo entero. En cada zancada, en cada inhalación y exhalación. Gotas de sudor implacables saltan al vacío. No era una atleta profesional, pero había entrenado duro para este momento.
Se detiene en La Plaza Mayor de Salamanca, miles de corredores avanzan a su lado. A lo lejos, escucha la celebración de la comunidad. Alguien le ofrece hidratarse, y al hacerlo se recarga también con la euforia de la gente que le recuerda cuál es la verdadera recompensa.
Con cada zancada, Daniela siente sus pies en el aire. Siente que todo el esfuerzo vale la pena.
105. Los sueños se hacen realidad
Iraldo Ramírez Tapanes
El joven vivía con su abuela en una isla del Caribe.Desde niño tenía sueños guardado en un lugar especial. Pero era rebelde, fumaba y bebía. Más de una vez tuvo problemas con la policía,sin embargo ha decidido practicar atletismo. Tendido sobre la verde grama del estadio soñaba con los ojos abiertos " Los sueños se hacen realidad"-le decía su abuela. Llegó a Madrid y fue recibido sin quitarse el polvo del viaje, entonces se interesó por la carrera de Silvestre Salmantina, cumplió con los requerimientos y recibió el dorsal de competencia con el mismo número que portara uno de los grande de su país en las Olimpiadas de Montreal en 1976.No tenía presentesiones de ganar. Lo importante era correr para atrapar los sueños guardados en un lugar especial, el corazón.
106. Pies alados
Fran Nore
Empezar a paso lento no era seguramente una idea que tuvieran en mente los demás participantes de la carrera.
Intenté con determinación precipitarme lo más rápido posible rasgando el aire ante la mirada atónita de los jueces que descubrieron que volaba en el espacio.
Los competidores respiraban agobiados, exhaustos y angustiados de no poder ni lograr alcanzarme.
He soñado esto antes, que tengo pies alados, ahora en esta competencia este sueño es real.
107. My Only Friend, The End
Manuel García Sierra
Ella siempre usa música para aislarse de los espectadores. Con las primeras notas de Light My Fire, enfila la recta y descubre que va rezagada.
Las corredoras experimentadas saben que cada carrera son varias carreras, atravesando portales: la puerta celestial de segregar endorfinas, la puerta atormentada de intentar olvidar las punzadas, la puerta tentadora que invita a la deserción y, por fin, la puerta del paroxismo que conduce al otro lado. Break On Through.
Amplía la cadencia. Los pulmones comienzan a enviar señales de alarma y el dolor desgarra. «Más, un poco más». Aparece la reducción tubular del campo de visión, la descarga interna con ese efecto casi imposible de explicar salvo a otros atletas, un paréntesis entre la lógica de la capacidad fisiológica agotada.
Entonces, sus piernas dejan de ser suyas y en pleno éxtasis de inmersión… se oye un llanto.
La matrona exclama: ¡Niña, es una niña!
108. Persevero, ergo sum
María Nieves Angulo Salazar
Quod natura non dat, Salmantica non praestat. ¡Ay! Bien lo sé yo, eterno alumno de Clásicas a quien el latín se le atragantó allá, a comienzos de sus estudios universitarios. Pero el latín, como Dios, aprieta pero no ahoga. Así pues, con el resuello que aún me queda, voy a intentar, de nuevo, una proeza que me rehabilite a ojos de los parientes, la comunidad educativa y mi propia estima: participaré, otra vez, en la San Silvestre Salmantina. Porque, eso sí, la naturaleza me ha dotado de grandes dosis de constancia y la ciudad me presta regularmente oportunidades de demostrarlo, tanto en el ámbito deportivo como en el académico. Y, a lo mejor, un año de estos gano la carrera. Y, a lo mejor, un año de estos incluso apruebo latín. No olvidemos que Animus hominis quicquid sibi imperat, obtinet.
109. Trayecto hacia la línea de salida
Gabriel Camero Martin
Sin zapatillas estiró las piernas contra el salpicadero. Remueve sin ganas la fiambrera con tallarines que cocinó la noche anterior mientras su padre conduce sin decir esta boca es mía y en batalla por bajar decibelios a la radio e imponer su música clásica.
Ambos se dirigen hacia la línea de salida. Surge una señalización: que en menos de cien kilómetros llegarán a Salamanca. Y todos los nervios posibles se van acumulando en aquel habitáculo tras meses de entreno y series de fuerza, cuadrar horarios y robar tiempo a la vida para preparar aquella carrera: la San Silvestre.
- No tengo hambre - dijo al fin.
Una ganadería de bravo a la izquierda del paisaje, con el pasto helado.
- Recuerda lo que te ocurrió el año pasado...
Suspiró.
Observó los tallarines rehogados en el aceite de una lata de atún, se palpó con fuerza los músculos de las piernas y masculló algo para sí.
110. LA CENA
Lola
El ciervo ya está en la olla, con sus níscalos y sus piñones. Mientras espero a que suba la válvula de presión miro por la ventana de la cocina. Siguen pasando por la calle cortada. Cada vez menos. Cada vez a un ritmo más cansado. ¿Llegará a la meta toda la gente que se apunta? La San Silvestre Salmantina. Cuando vivía mi madre siempre bajábamos a jalear. Ella se empeñaba en llevar un cencerro. A mí me avergonzaba un poco tanto ruido. Sube la válvula. Apago. Dos gotas caen sobre la encimera de la cocina: una, por el sudado del vaho en el cristal; la otra, de mi interior. Mis ojos desbordan nostalgia de mi madre.
111. LA CENA
Lola
El ciervo ya está en la olla, con sus níscalos y sus piñones. Mientras espero a que suba la válvula de presión miro por la ventana de la cocina. Siguen pasando por la calle cortada. Cada vez menos. Cada vez a un ritmo más cansado. ¿Llegará a la meta toda la gente que se apunta? La San Silvestre Salmantina. Cuando vivía mi madre siempre bajábamos a jalear. Ella se empeñaba en llevar un cencerro. A mí me avergonzaba un poco tanto ruido. Sube la válvula. Apago. Dos gotas caen sobre la encimera de la cocina: una, por el sudado del vaho en el cristal; la otra, de mi interior. Mis ojos desbordan nostalgia de mi madre.
112. Meta y final
JOSÉ LUIS BARROS JUSTO
Correr la San Silvestre Salmantina es como rememorar mi propia vida. La salida es un cúmulo de emociones, estoy lleno de energía y tengo un largo camino por delante. El primer tramo resulta fácil, como esa infancia feliz, ajeno a los problemas que me esperan. La carrera continúa, el recorrido empieza a ser complicado. Me recuerda a una madurez en la que tuve que hacer frente a las dificultades y seguir adelante sin tirar la toalla.
El último trayecto es el más duro. La meta está ahí, muy cerca, y el tiempo ha pasado demasiado rápido. Como esa vejez, en donde las fuerzas flaquean, y no sabes si llegar al final es una victoria.
113. Promesa
Enrique Manuel Milanés León
Goloso de aventura, el escritor se informó sobre la San Silvestre y, entre anécdotas y laureles, encontró la historia del atleta inverosímil que, tras laborioso sedentarismo, pretendía pagar la promesa hecha a sus dioses íntimos: si frenaban el cáncer de su pequeña, nada le pararía hasta la meta. Le cumplieron; ahora debía hacerlo él.
El día llegó trotando. Los corredores parecían segadores de aplausos entre surcos de salmantinos. Con más sudor que ideas, el escritor buscaba cómo tachar los calambres. Apuraba las zancadas cuando apareció a su lado un rival, pleno de libras y huérfano de pulmones, que le desafiaba descaradamente sobre el asfalto.
Enseguida lo reconoció: era el hombre de la promesa. Fingió ajustar una zapatilla. Lo vio achicarse rumbo al objetivo. Ninguno de los dos ganaría trofeo, pero él sintió que nadie tenía derecho a disputarle un lugar al campeón que buscaba el abrazo de su hija.
114. Su carrera
Javier Cabello Urquia
Llevaba todo el año preparándose para la primera carrera de su vida, soñaba con el premio. El estallido de las 12:30 desató el júbilo, pero Ángel pensó que lo mejor era dosificar sus fuerzas en los kilómetros iniciales. Al entrar en la Plaza Mayor, algunas farolas comenzaban a iluminarse. Absorto, siguió hacia delante. Al pasar por la Casa de las Conchas, una densa niebla cegadora invadía la Calle de la Compañía. Creyó que era el momento de acelerar para colocarse en cabeza. Bajaba como un rayo el Paseo de la Estación. De las viviendas surgía olor a lechazo asado y unas voces televisivas familiares… ¿Eran las de Ramonchu y Anne Igartiburu? Ángel avanzaba ensimismado, directo hacia la meta. Cuando la atravesó, en solitario, pensó que había quedado en primera posición. De repente, decenas de fuegos artificiales explotaron en el cielo estrellado. Había ganado, estaba seguro… ¿Qué otra cosa podría ser?
115. TRAS LAS HUELLAS DEL ÉXITO
RAFAEL
Era mi primera carrera y los nervios me atenazaban antes de la salida. Quería creer que me encontraba físicamente preparado para terminar la San Silvestre. Sin embargo, un veterano corredor me advirtió de la importancia de la resistencia psíquica. De evitar que los pensamientos negativos relativos al cansancio, al esfuerzo, al sinsentido del sufrimiento banal ocuparan mi mente. Por suerte, al llegar al Paseo del Rollo, las mallas negras que envolvían unos glúteos espectaculares absorbieron mi atención. Llevaba mi mismo ritmo y en la camiseta lucía su nombre -Cris- bajo una melenita rubia, corta y suelta, como a mí me gusta. Con los codos defendí mi posición de privilegio hasta la meta y concentré mis percepciones en esos cadenciosos y cimbreantes movimientos de un cuerpo de ensueño. Al terminar, de entre el público una voz llamó su atención: ¡Cristian! Y un mozo con bigote rubio, corto y suelto se volvió.
116. DOBLE VICTORIA
Ingrid Arbussé
En la agotadora carrera de San Silvestre, Martín se debatía entre la euforia y el agotamiento. Sus piernas ardían, pero su arrojo lo impulsaba hacia la meta. Sin embargo, un grito lo detuvo. En medio de la multitud, un hombre mayor tropezaba y caía. Martín dudó un segundo, su récord personal en juego, pero sus instintos le dominaron.
Retrocedió y levantó al hombre. Era Don Emilio, un veterano atleta que nunca se había perdido una San Silvestre. El público rugía con entusiasmo cuando Martín y Don Emilio cruzaron la meta juntos, brazo a brazo.
La ovación fue ensordecedora. Martín había perdido la carrera, pero había ganado algo más valioso; la admiración de todos y la satisfacción personal de haber aprendido una lección. En la carrera de San Silvestre, la verdadera victoria no siempre está en cruzar primero la línea, sino en la humanidad que mostramos en el camino.
117. Por mí y para ella
Maria Silvia Barro
Su abuela había sido una atleta muy reconocida, con escasos recursos económicos pero con mucho apoyo y acompañamiento familiar. Las medallas y trofeos aún estaban expuestos en una vitrina en el comedor de la antigua casona. La admiración de Felipe hacia su abuela Clara era gigante. Soñaba despierto con ser como ella, aunque ya no pudiera estar para acompañarlo, el coronavirus también lo había privado de su presencia. Lejos de desanimarse, el dolor redobló sus sueños, se preparó íntegramente, todos los días, superándose cada vez. La inscripción a la competencia estaba por finalizar, sólo faltaba un último suspiro para animarse. Esa mañana, al despertarse con el primer rayito de sol entrando por la ventana, pudo vislumbrar a través de la misma, que el gran cactus de su abuela había dado una flor hermosa, blanca, aterciopelada... no había dudas que ella lo estaba acompañando para dar el gran paso.
118. El retrato
Angelina Betsabeth Salas Obando
-Magnifica- lo único que pude expresar ante este deleite de arte. Un regalo de mi querido taita en paz descanse, la imagen de una bella dama que te cautivaba al instante ,todos me halagaban por el pedazo de cuadro que adornaba mi morada .Se me había vuelto una obsesión verle cada día desde la mañanita hasta la llegada del alba ,en mi mente solo estaban esos ojos tan profundos que se te entraban hasta el alma .Mis compadres asombrados por mi porte de huesos me dijeron -deja esa obsesión de obsérvala- .Hasta el día que ella salió de su cautiverio jalándome y con una sonrisa entre sus labios me dijo :- ahora eres tú quien adornara ese retrato- marchándose mientras yo solo podía observarla.
119. Corriendo para no dejar de correr
Manuel González Leyte
Serán silvestres las normas. El perímetro del ombligo del mundo. Serán diez mil segundos. Metro a metro. Pelo suelto. Correremos una maratón en nuestro metro cuadrado. Yo empujo, tú te deslizas suavizando. Tus pasos dentro de mis pasos. Suma de latidos. Tu corazón contagiando al mío. Al ritmo de nuestra batería gira la percusión de suelas y adoquines. Tu cara oculta, visibles los dorsales. Te hago llegar imágenes. El bote de sal que el sudor arranca de las camisetas a los colores. Te hago llegar sonidos. Roce, codos, cordones. Estornuda de nieve la mañana. Ilusión, vaga felicidad. Escalofríos en la piel caliente. Espiral de cipreses blancos. Se estira mi vientre, los minutos, los metros. Iones, discusiones, geles, contradicciones. Zancadas con eco. Cuádriceps arriba, Tormes abajo. Las carreras pasadas, cómo vendrán las que vengan. Siempre discontinua la línea de meta, siempre deseando que continúe y regrese, corriendo para volver a empezar…
120. Un intento, nada más
Teresa Rodríguez Mendo
Su primer intento había sido un impulso. No lo había meditado, simplemente salto. Aquel día un corredor lo vio y no dudó en lanzarse a las gélidas aguas del Tormes a por él .
Unos meses después, se lo cruzó mientras corría por el paseo fluvial. Corría sin control para olvidarse de su asco de vida y centrarse en respirar. Cuando paró para recuperar el resuello, Miguel lo alcanzó.
Le ofreció entrenar dos veces por semana con él. Fue un maravilloso comienzo. Empezó a entender su cuerpo; por fin tenía una meta clara cuando se levantaba de la cama. Quería correr una de las grandes con Miguel, solo quería terminar la San Silvestre.
Los imperdibles le temblaban en las manos, lo había logrado, había terminado. Aquel primer intento se quedó en eso, en el único intento. Miguel lo sacó del río y el atletismo le devolvió la vida.
121. X
Jesús Francés Dueñas
El cronista salmantino, famoso por su proverbial pasión por los detalles más nimios, su amor enfermizo por las sutilezas, su tendencia al matiz minúsculo y a la baladí menudencia, cual obsesivo miniaturista medieval, ubicó al protagonista en la recta final del éxito, gozando de los adjetivos (esdrújulos generalmente) propios de la gloria: épico, mítico, histórico. Etcétera. El ganador corría a paso firme, sabiéndose triunfante de una Sansil dura pero brillantemente contada por el narrador omnisciente, que ya notaba en sus sienes el peso leve de los laureles y el otro peso, no tan leve, del oro colgándole del cuello. Y fue poco antes de la meta, donde acaba el párrafo y empieza la tragedia, que el periodista cuidadoso tropieza con su borrón sin cuenta nueva y escribe que el corredor inspira y expira y esa equis maldita mata por descuido al ganador justo antes del punto final de la crónica.
122. Sueños
Begoña Rodriguez Pereira
Era un domingo de verano, hacía calor, en época de siembra es el único día que no se trabaja, que dirán los vecinos. Después de echar la siesta y cuando ya baja el calor, voy a sentarme en el banco con la Puri y la Maria, a la fresca. Nos reímos y recordamos de cuando éramos jóvenes, la María era la presumida, con sus joyas, y la Puri, la que siempre llegaba tarde.
- Recuerdas, de cuando íbamos al baile, los chicos no se arrimaban mucho, eran muy respetuosos.
(Risas)
Se abre la puerta y allí estoy, viendo a la nada y reviviendo ese verano del año 1948, porque no recordaré mi nombre, pero los recuerdos de juventud regresan para alegrar mi mundo descolocado
123. VADE RETRO
Modes Lobato Marcos
Soy un paria, un leproso del que todos se alejan.
Y mi único deseo es ser aceptado por algún corredor, en la San Silvestre Salmantina.
Sin embargo, mi sueño se esfuma, como una cencellada en verano, cuando me arrojan al basurero de los rechazados.
Entonces quiero llorar, pero no puedo hacerlo.
Porque solo soy un dorsal.
Un dorsal que lleva impreso el número 13.
124. Un año de espera, diez mil metros soñando
Juan Santos Cánovas Carayol
Deportivas limpias, pantalón doblado y el dorsal sobre la camiseta, ligeramente perfumada. Quince años participando, preparándola con mimo durante meses, doce en realidad. Entrenando por caminos y parques. Al acercarse diciembre retiraba grasas y azúcares de su dieta, iba a la peluquería y se cortaba el pelo ya encanecido. La noche anterior no dormía. Llegaba temprano. Saludos, ánimos, anécdotas. Saludos, nervios, más saludos... Calentaba, se situaba nervioso en las filas delanteras y comenzaba con su ritmo lento, constante. Le adelantaban... le adelantaban... le adelantaban... Entonces aparecía, le miraba y sonreía, como si el cansancio no fuese con ella. Hechizado, devolvía la sonrisa y realizaban la carrera juntos, sin hablar, acompasando su corazón, mirándose a los ojos, sonriendo durante casi diez mil metros, hasta que la línea de meta los despertaba. Los felicitaban por separado, y la luz de sus ojos se apagaba lentamente hasta la próxima San Silvestre Salmantina.
125. El Milagro de San Silvestre.
María Luisa López González
Entonces me pesaba tanto el alma, que podría decirse que padecía «lastimosidad mórbida». Con suerte lograba dar unos pocos pasos arrastrando los pies. Eso, si conseguía levantarme.
Aquella mañana, a la altura del Paseo de San Antonio, me invadió una suerte de euforia indescriptible. Algo prendió dentro de mí. Algo rugiente y poderoso que me impulsó a correr desatada.
A cada zancada se iban desprendiendo, primero, la capa externa, la más gruesa. Luego le siguieron todas las demás. Llegué a sentir tal ligereza, que os juro que mis pies despegaron del suelo. Volé.
Por supuesto, a pesar de alcanzar el primer puesto, fui descalificada por carecer de dorsal y culminar en paños menores.
Poco importa. El caso es que se obró el milagro: el milagro de San Silvestre.
Desde entonces, no hay meta que se me resista.
126. UNA SANSIL DIFERENTE
Yolanda Nava Miguélez
El recorrido está marcado. La fecha se acerca. En mi estómago la emoción burbujea esperando el momento. Cuando llega el día me lanzo a la carrera y, aunque bajo mis pies no hay asfalto, mis pasos son, si cabe, más firmes que nunca. Llego a la meta feliz, no he vacilado en ningún momento. He rodeado el palmeral, he recorrido la zona de césped que hay más abajo para continuar por la playa hasta llegar al montículo rocoso que marcaba el final. He sido el primero. Ventajas de ser el único poblador de esta isla y, aunque el escenario no ha sido el de otros años, el sentimiento ha sido el mismo.
127. A LA DESESPERADA
MARÍA SOLEDAD GARCÍA GARRIDO
El rumor corrió como la pólvora y a ninguno de los que estábamos allí nos hizo gracia alguna. Un rato antes de comenzar la carrera, mientras calentábamos dando saltitos para espantar el frío de Salamanca, todos comentamos que era mezquino que el colega participase en la competición, que era como si Pérez Reverte se presentara al certamen de microrrelatos de la San Silvestre Salmantina o, como soltó Pepón, si Shakira se personase a un casting de monitora de zumba de la Asociación de Vecinos del Barrio Oeste. El menda tenía a media ciudad revolucionada, y el alcalde estaba planteándose ponerle una placa en algún lugar destacado.
Yo nunca perdí la esperanza de llegar el primero. Llevaba todo el año entrenando, por eso, cuando avisté la meta, camuflado con mi peluca blanca, no dudé en dar un empujón a Usain Bolt y esprintar como alma que lleva el diablo.
128. Sorda y ciega
Eyrela Urbina Valdelomar
No miro nada a su alrededor, por más que busco e intento, hasta que se quedó quieta, alguien le ayudo, la instruyo, le enseño a mirar con las manos y a escuchar con el corazón. Logro ganar grandes campeonatos y merecidos reconocimientos, aunque al principio mucha gente dudo y a pesar que ciega y muda nació no fue razón para que su voz no llamara la atención.
129. Ciclo de la vida
Carlos Santiuste Romero
Nada más llegar a la meta de la San Silvestre salmantina, una corredora levanta una botella de agua como si fuera un trofeo. El sabor a sangre en la boca le recuerda que ha logrado su propósito, llegar sin una gota de fuerza. No ha sido fácil, nadie sabe lo que ha sufrido. Abre la botella y sorprendentemente el agua desaparece, como si un espíritu la hubiera absorbido.
Miles de años antes, en el cerro de San Vicente, una chamana levanta con ambas manos un cuenco vacío mientras canta al espíritu del oso cavernario. La tribu observa con sorpresa cómo un chorro de agua aparece de la nada y llena el cuenco. No ha sido fácil, nadie sabe lo que ha sufrido. A la chamana no le sorprende la aparición del agua, pero sí escuchar las pisadas de cientos de hombres y mujeres corriendo a través del tiempo.
130. La Escapada
Maximiliano Schneider Valenzuela
La casa amaneció con un grito de espanto, ¡Abuelo no está! Buscamos por todos lados en vano, mi madre alteradísima me ordenó buscarlo afuera; era extraño. El viejo, siempre postrado, no aparentaba mucha vitalidad ni futuros años de vida, y aún así desconocíamos su paradero.
La calle me asaltó repleta de transeúntes, un mar de personas bañadas en una algazara pese al frío de diciembre.
Apoyado sobre un muro encontré el bastón del abuelo, me sumergí entre la multitud que llenaba la calle Valladolid y forzado, seguí el trote de las personas.
Lo ví, ¡El viejo estaba trotando! entusiasmado saludaba a los vecinos y la gente le vitoreaba.
– ¡Te lo dije! –gritó sonriendo cuando me pude abrir paso cerca suyo –no me perdería mi última carrera de San Silvestre por nada.
Fue el momento de su vida.
Y ese recuerdo lo llevo conmigo siempre cuando la carrera está por comenzar.
131. Un regalo para Martina
Pedro Calafat Deliperi
Oye, también Papá Noel se equivoca a veces. Ya sabes, ahora hay millones de niños esperando sus regalos y las cartas le llegan por correo, email, chat y hasta por vídeo. Además, no solo deja los regalos en las chimeneas, sino que tiene puntos de entrega y lockers. Pero lo importante era que Martina, que estaba enferma, recibiera su regalo. La pobre se había llevado un chasco enorme al ver el calcetín vacío. Así que Papá Noel se puso las pilas y corrió hasta Salamanca con su bolsa a la espalda. ¡Y vaya sorpresa se llevó al ver a tanta gente animándole y vitoreándole! Incluso le dieron una medalla. Después siguió su camino y logró entregar el regalo a Martina. Al día siguiente, los periódicos titulaban: "Papá Noel gana la San Silvestre Salmantina, y Martina por fin tiene su regalo".
132. Corre, no importa el porqué
Inca Ripoll Ribera
¡Ahí está, no la mires, hazte el duro! - piensa Hugo al verla corriendo unos metros por delante de él. Se yergue, hace un esprint y la adelanta, fingiendo que 2250 metros no son nada para él, aunque sí lo son. La última vez que tuvo que correr fue en clase de Educación Física, y fingió una torcedura de tobillo para escaquearse. Pero la necesidad agudiza el ingenio, y merecerá la pena, si así logra que Paola se fije en él. ¡Lo que tiene que hacer uno por amor! Lleva ya dos kilómetros, le queda solo el pico, y ya siente como el corazón le palpita en la sien, casi igual de rápido que cuando la conoció, el primer día de clase. Doscientos…¡Doscientos cincuenta! ¡Lo he conseguido! ¡Guau, qué subidón! Oye, pues me ha gustado, no está tan mal esto de correr, voy a darle una oportunidad.
133. Huellas imborrables
Eva Fernández Artime
Veo muchas huellas humanas repartidas por el suelo y en grandes grupos que se suceden hasta los diez kilómetros. Percibo la esencia de un olor a valentía, sudor, esfuerzo y compañerismo que se extiende por un largo recorrido y que me gustaría poder llegar a sentir. Una tradición protagonizada por seres del pasado que sacrificaban su espíritu y daban lo mejor de sí en una carrera, a la vez que compartían una gran pasión por el arte de correr.
Es el año 3054, y mi equipo de historiadores y yo estamos tratando de averiguar qué es este hallazgo para poder recrear la misma sensación de felicidad que originó ese momento. Durante los últimos siglos la tristeza se ha apoderado de las civilizaciones y esto podría darnos un atisbo de esperanza.
Tras unas horas de reflexión, ¡empezamos a correr!
134. La ciudad que nos lleva
Angel Cristobal Noriega
La Puerta de Zamora nos recibe aún frescos y nos abre la ciudad. La Plaza Mayor respeta que hoy no paremos, pero San Pablo y San Gregorio sí que acompañan nuestro descenso. El Puente Romano nos franquea el cruce del Tormes, que nos aplaude su doble paso. San Vicente nos da alas desde el Cerro haciéndonos volar por la Vaguada de la Palma hasta rodear el Palacio de Congresos. Fray Luis de León nos aplaude al paso por la Universidad mientras la rana, orgullosa, nos condecora licenciándonos un curso más. Las Conchas replican nuestras pisadas mientras nos vamos alejando del centro y subimos Villamayor para descender luego la Avenida de Portugal. En la Plaza de España nos esperan nuestros amigos Comuneros para llevarnos en volandas hasta el Alto del Rollo. En el paseo nos espera el mismísimo San Silvestre, feliz de acompañarnos a meta para dar fin a este 2023.
135. HASTA QUE LA VIDA NOS SEPARE
Rosa Mateos García
A mi marido le encanta la San Silvestre Salmantina.
Por eso, todos los años sale de su tumba para participar en ella.
La primera vez que vino a casa, me asustó.
Pero ahora mido el tiempo en latidos de corazón, deseando verlo de nuevo.
Y a su llegada nos amamos como dos adolescentes. Después le doy su ropa de deporte y le gasto alguna broma: "corre con cuidado, no sea que resbales y te mates". Y una galerna de risas y besos azota nuestro hogar.
Tras la carrera, vamos a comer, porque el pobre se ha quedado en los huesos.
Y, al caer la tarde, nos acercamos al cementerio y allí nos despedimos hasta nuestro próximo reencuentro.
Pero anoche todo mi mundo cambió y ahora me siento feliz.
Porque sé que este año correré la "San Sil" con él.
136. Mar de alcance
Jesús Jiménez Reinaldo
Recuerdo cientos de besos antes de quedarme dormido, acogido en los brazos de un mar en calma. Cuando desperté, días después, conservaba un rastro salino en los labios. No todo había sido un sueño.
Del océano de palabras y gestos la marea me trajo los restos de aquella travesía y depositó en la arena de mi espejo unas deportivas y el número de un dorsal tal vez como salvoconducto al paraíso.
Y ahora estoy aquí, engullido por esta multitud acuosa, lanzado a la inmensidad de la bola de cebo, sin más orientación que la que marca el cardumen, buscándote como un náufrago, tablón al que me asiré para no ahogarme.
La noche castellana es fría y seca. Mis mejillas, enrojecidas, aún sienten la nostalgia de tus branquias y mis ojos te buscan entre los nadadores oscuros. Sería una victoria llegar a la meta contigo o, incluso, detrás de ti.
137. CAROL, YA NO SE ESCAPA, CORRE
Eugenio Quintanilla Alfaro
Carol es una niña de dieciséis años y corre desde siempre, sin ser cons-ciente de ello o quizás sí. Nació con una discapacidad intelectual leve. Con cuatro años fue diagnosticada con un trastorno del neurodesarrollo. Desde muy pequeñita, mi hija sufre acoso escolar. Como conducta de evitación, como catarsis, salta la valla de su colegio y se va a la playa y corre, atrapada en su inquebrantable necesidad de huir. Corre como acto reflejo, con su espíritu in-domable.
Yo soy su padre y su entrenador. Creamos vínculos indisolubles. Carol ya no salta la valla. Cambiamos los códigos. Entrenamos juntos, en la playa y al salir del colegio. El deporte desde lo esencial,con sus sensaciones y el entrenamiento como la mejor terapia para aumentar su autoestima. Con toda esa alegre efervescencia, cuando el tiempo se detiene y solo está la atleta y su excusa para ser libre.
138. Tocarse
Rafael Fuentes Pardo
Coincidimos en la salida de la San Silvestre, me llamó la atención que estuvieran tan juntos pero no se dirigiesen la palabra o intercambiaran miradas. Parecían en buena forma física pero ajenos por completo a la competición, como si estuvieran allí por cualquier otro motivo que no fuera correr. Se limitaron a trotar, manteniéndose en medio del pelotón, conmigo a cuatro cuerpos de distancia, siempre juntos, sin llegar a perder el ritmo o el aire, como si ensayaran una coreografía. Tras entrar en la meta por fin se separaron y no volví a verlos hasta dos semanas después. Fue en las páginas de sucesos, los abogados del marido de ella alegaron que los había cogido infraganti, pero los forenses no encontraron restos de intercambio de ADN y las fotografías de los cadáveres solo mostraban todo lo cerca que pueden estar dos personas sin llegar a tocarse.
139. No le des cuerda
Jorgelina Mercedes Guadalupe Contreras
Quiero decirte que si me ves correr, no es porque me guste, no es porque sea buena en atletismo, y tampoco tiene que ver con vos; es el tiempo quien me impulsa. Quiero correr porque la infancia es como una carrera de velocidad, desde los primeros pasos, que mi adolescencia fue una carrera de vallas y algunas no las llegue a saltar, que mi juventud se asemeja a una carrera de medio fondo, exigiendo resistencia, esa que duele, esa que no te permite avanzar, que la adultez se convierte en una maratón, una prueba de persistencia, pero yo me quede sin paciencia y llega la vejez, que se compara con una carrera de relevos, porque somos testigos de cada momento, testigos de la vida y testigos de este tiempo que nos obliga a correr, a caer, a olvidarnos, a cambiar, ese tiempo que queda y ese tiempo que no tengo.
140. CARRERAS QUE PERDURAN
Natividad Villar Martínez
Mientras Roberto se abrocha las deportivas, la emoción le embarga como la primera vez. La noche previa había preparado minuciosamente sus pantalones cortos deportivos, así como su camiseta transpirable. De pronto es consciente de un último elemento que cumplimente su indumentaria, el dorsal, este año lo hará con el ochenta y cuatro. El reloj marca las once, a solo media hora hay que partir para empezar con el calentamiento. Intenta dirigirse a la puerta de salida de la habitación pero sus piernas no responden, en ese momento irrumpe en la habitación la cuidadora que acaba de iniciar turno.
-Roberto, buenos días, ya le acerco su andador y no se sofoque que llegamos con tiempo, hemos puesto la televisión en el comedor y aún los locutores están retransmitiendo los datos preliminares a la carrera.
-No olvide mi dorsal, lo hice ayer en manualidades, lleva el año que corrí por primera vez.
141. El triunfo de la amistad
José Alberto Ruiz Cembranos
Marta, una apasionada fotógrafa, quiso inscribirse en la San Silvestre Salmantina para poder documentar gráficamente la actuación de Teresa, una favorita a la victoria. Aunque Marta no era deportista, quería inmortalizar lo que esperaba ser el gran día de su amiga.
Sorprendentemente, Marta logró seguir el ritmo de Teresa, quien había entrenado rigurosa y disciplinadamente para el evento. Capturó cada paso de la carrera de su amiga con unos primeros planos impresionantes. Mientras avanzaban por las calles de Salamanca, Marta también aprovechó para registrar desde un punto de vista único el espíritu festivo que inundaba la ciudad.
A medida que se acercaban a la línea de meta, Marta, emocionada por el ambiente, quiso adelantarse para capturar la victoria de su amiga desde una perspectiva privilegiada. Lo que finalmente fotografió fue la expresión de incredulidad de Teresa al observar que Marta era la primera participante en cruzar la línea de llegada.
142. Gente de carrera
Miguel Ángel Moreno Cañizares
Desde niño su vida ha sido una continua carrera. Incluso en el feto, le bullían las ganas de nacer cuanto antes. Tal vez por eso fue sietemesino. A su madre maldita la gracia le hizo, como que con apenas un año diera los primeros pasos y se recorriera la casa a toda prisa. Desde entonces no ha parado, como quien dice. Culo inquieto, le llamaban. No siempre en la buena dirección.
Corre que te corre, con 13 años y por malas influencias, salió escopetado de la tienda de música con los walkman de última generación. Le siguieron los Mp3, smarthphone, Iphone, también zapatillas de marca…lo que surgiera. Nadie le alcanzaba.
El tiempo le ha convertido en un corredor de fondo reinsertado. Hoy ha ganado la San Silvestre Salmantina y, tras recibir el trofeo, ha seguido corriendo hacia Topas. Se echaba encima la hora y aún no tiene el tercer grado.
143. Pisadas en el Puente Romano
Francisco Jimenez Vilchez
En cada víspera de Año Nuevo, la San Silvestre Salmantina despertaba la ancestral Salamanca. Mientras el sol doraba la Universidad y la Plaza Mayor, los corredores se preparaban, respirando la historia que flotaba en el aire.
Julia, una médica local, ató sus zapatillas recordando a aquel paciente que le habló de la importancia del deporte para el corazón. No solo el órgano que late, sino también el que siente.
Corriendo sobre el Puente Romano, sintió la fuerza del río Tormes bajo sus pies, el susurro de la piedra y el compromiso de cuidar ese aire puro para generaciones futuras.
Al cruzar la meta, con el sudor mezclado con la brisa salmantina, Julia no solo celebró una carrera. Celebró la salud, la historia y un Salamanca siempre verde.
144. «EL CAMPEÓN»
JUANA YANGUAS ROMERO
No tengo remedio, y lo sé. Y conste que lo digo con orgullo. Esta mañana mi mujer me ha preparado la ropa y me ha dicho que en esta edición ella también corre conmigo. El año pasado, Luis, nuestro hijo, se resfrió y cuando le subió la fiebre, no pudo venirse. Corrí y quedé de los últimos. Nos estuvimos riendo todo el día porque yo le había asegurado que lo haría fenomenal.
Pero en esta ocasión, puede que la suerte nos acompañe. Mi hermano estará entre el público con nuestro hijo. Todo está preparado para la carrera, incluida mi silla de ruedas y mi ilusión.
145. COMO UN NIÑO CON ZAPATOS NUEVOS
Jesús Alberto Cabrera Hernández
Como si del mejor regalo de Reyes se tratase. Así fue como recibí la noticia que el profesor de gimnasia me dio aquel diciembre del 83: Díaz, mañana te unes al grupo para correr en el Cross de Navidad.
Cuarenta años después aún recuerdo la cara de aquel niño pletórico por competir y por qué no, por ganar. Alguien tendría que hacerlo y yo estaba entre los elegidos para intentarlo. Hoy, preparándome para estrenar mis nuevas zapatillas y participar en mi segunda carrera, percibo un bis a bis entre mis nervios y unos escalofríos que invaden este lesionado cuerpo. No es por el frío de Salamanca, no, igual me sucedería en la media maratón de São Paulo. El paso del tiempo me ha puesto otra vez en la línea de salida, pero en esta ocasión mis sentimientos son distintos. Más viejo sí, con menos ilusión, no.
146. San Silvestre Salmantina
María Cristina Leites Rodríguez
Hace cincuenta y tres años que no corro, desde ese accidente que cambió mi vida y me llenó de miedo. Sin embargo, aquí estoy, desde hace un tiempo me estuve preparando, hoy corro en la San Silvestre Salmantina. Desde el punto de salida veo a toda la gente alrededor y aunque ellos no lo saben me acompañarán a volver a sentirme vivo. Comienza y mientras toca el aire en mi frente, siento que mis piernas se hacen más ligeras. Noto mis manos jóvenes y me veo de dieciséis de nuevo, mientras corro hacia la meta mi corazón late rápido no solo por el ejercicio también por la emoción. No tengo prisa en llegar, este es el premio que disfruto.
147. Por qué corro
Ignacio Hormigo de la Puerta
Escucho el pistoletazo de salida y corro. Corro por el puro placer de hacerlo, corro por la dicha de sentir el baile enloquecido de las endorfinas en mi cerebro, corro porque si no lo hiciera, la vida tendría mucho menos sentido.
Avanzo empujado por un hambre acuciante, una necesidad irrefrenable de devorar un metro detrás de otro hasta lograr que sumen diez mil, sin buscar otra recompensa en ello que la de saberme vivo.
Siento la respiración de un animal con miles de cabezas acariciándome la nuca, pero no pienso mirar atrás. Me limito a disfrutar de la inmensa suerte de estar aquí y ahora, dejándome llevar por el aliento del público y por la cadencia que marcan mis zancadas al percutir en el asfalto de Salamanca.
Cierro los ojos, alzo los brazos y dejo que la cinta de meta me abrace el pecho como lo haría una madre.
148. CUESTIÓN DE SUPERVIVENCIA
ERATO
CUESTIÓN DE SUPERVIVENCIA
No dudo que tu aceleración supere a la mía ni que en la lucha cuerpo a cuerpo no puedo esperar favor de la fortuna -pensaba el hombre de las cavernas mientras huía del oso hambriento-.
(Vista la cosa así se diría que la suerte del corredor estaba echada, pero en esta lid las cartas estaban marcadas, la fiera no sabía que perseguía además de al atleta más rápido de la aldea, a un tramposo.)
Tengo tomada la medida de este cross -pensaba el atleta-, dosificaré el esfuerzo y justo cuando estés ante la penúltima zancada el enramado de cañas aguantará mi peso pero tú caerás vencido al foso trampa. Acudirán entonces los atletas más lentos (lo importante es participar) y valiéndose de piedras harán el resto (cuestión de supervivencia). ¿Quién dijo que correr es de cobardes?
149. Carrera de abrazos
Alba Díaz López
Había una vez en Salamanca una tradición muy querida: la carrera de San Silvestre. Cada año, el último día de diciembre, toda la ciudad se llenaba de emoción y alegría. Desde días antes, los corredores comenzaban a prepararse, entrenando para esta especial competencia.
El día de la carrera llegó, y el ambiente vibraba con energía. Miles de personas se reunieron en la Plaza Mayor, donde se daba la salida. El sonido del disparo llenó el aire y los corredores se precipitaron hacia las calles de la ciudad. Los espectadores los alentaban con aplausos y vítores, creando un ambiente festivo.
En el recorrido, los corredores pasaban por los bellos monumentos y calles de Salamanca, sintiendo el espíritu navideño y la emoción del fin de año. Al llegar a la meta, una gran ovación los recibía, premiando su esfuerzo y dedicación.
150. CARRERA DE RELEVOS
Margarita del Brezo
—Cuánto falta, mamá —es la enésima vez que lo pregunta. El sudor le empapa las pestañas; también alguna lágrima atrevida que se apresura a borrar con las manos. Le ajusto el dorsal.
Resopla. Tiene los mofletes colorados por el esfuerzo. La herida de su rodilla ha dejado de sangrar. Cuando le echo hacia atrás el pelo que se le pega en la frente me dedica una minúscula sonrisa.
—¿Queda mucho?
Corro a su lado adaptando mis pasos a los suyos. Hacemos una parada y damos buena cuenta del avituallamiento. Al dejar atrás el Paseo del Rollo es él quien tiene que adaptar sus pasos a los míos. En el último repecho me coje de la mano y tira de mí con suavidad.
—Yo ya he cruzado la meta, hijo. Ahora sigue tú. —A medida que se aleja, desafiando todas las leyes de la física, se hace cada vez más grande.
151. El rumoroso viento
Gustavo
Esa voz, constante y a veces molesta, como un suspiro en mis momentos de incertidumbre, me convoca, disimuladamente a ser un héroe para mis propios pasos, para mi andar cansado, a dar el siguiente movimiento, sentir la brisa en el rostro, a pesar del cansancio, sin importarme a donde el rumbo me lleve, solo me dejo ir.
La misma voz que me produce nostalgia, una deliciosa que me calienta los órganos, no dejo de escucharla y ella no deja de susurrarme poemas de salvación, noches de risas y un sol radiante en la orilla de la playa. Seguir adelante, correr, triunfar sobre mis huesos viejos y me mente consumida.
152. Fiesta Navideña
Saúl
Es verano los “artistas” diseñan el mejor cartel, viene el otoño con “escritores” que activan sus neuronas para expresarse con un pequeño fragmento. En noviembre apertura de inscripciones, nadie quiere quedarse sin dorsal. Diciembre, los “pro” optimizan el entrenamiento, “domingueros” reservan la cita, “principiantes” ilusionados con terminar, “carnavaleros” buscan su mejor disfraz, las cámaras se ponen a punto para las mejores fotos. Llega la fecha y todos están nerviosos por participar. ¡Preparados! ¡listos! ¡ya! Diez mil metros por delante, corredores, aficionados, fotógrafos, público y viandantes de la ciudad diez kilómetros para correr, aplaudir y animar a cada participante. La ciudad se echa a la calle y multitud de personas son felices derrochando alegría en un ambiente navideño de mucha diversión. Al final todos consiguen el objetivo. DISFRUTAR.
153. Una Meta En Lo Nada Imposible
Jose Antonio Sánchez Sayago
Los demonios de la depresión se comían mi mente. Me vi envuelto en un peso que no me hacía verme feliz. Perdí la fe. ¡Hagamos un reto!, dijeron mis amigos. Prepárate para la San Silvestre Salmantina. No tengo fuerzas, decía mi debilitada autoestima. ¡Tú puedes!, decían los que nunca me abandonaron. Tras luchas encarnizadas contra mi cerebro, conseguí saldar el reto. No importa si primero o último. Ahí estuve y nunca olvidaré a esa joven chica de las inscripciones que me dijo, ¡Suerte, todo irá genial!. Corrillo de mis amigos aplaudiéndome con sus rostros llenos de rabia y semi lágrimas ante lo que habían vivido después de tantos esfuerzos por mi bienestar. Hoy, por suerte, eso es una anécdota de mi pasado. Una anécdota que me enseñó de que siempre hay un punto de partida para resolver los problemas y el mío fue Salamanca y su particular San Silvestre.
154. EL BALANCE DE SAN SILVESTRE
Xavier Pérez Escobar
Aunque tengo una férrea fuerza de voluntad con mis estudios, el inglés o incluso la guitarra, ésta se desvanece en cuanto mi determinación consiste en hacer ejercicio. Soy incapaz de cumplir el objetivo de mejorar mi forma física, salvo con la san silvestre salmantina. Llevo ya seis años participando y recordando que el propósito, aunque incumplido, continúa vigente. Me gusta acabar el año corriendo. El frío me hace sentir vivo y, mientras corro, repaso mentalmente el año que acaba de pasar. Lo positivo y lo negativo. Me sirve de terapia para ordenar mis ideas. Tengo la sensación de que las piernas son autónomas de mi mente y, mientras ellas avanzan, mi cabeza aprovecha para hacer un balance de lo vivido. Finalmente, llego a la meta con un resultado modesto, pero me siento triunfador. Objetivo conseguido, cuerpo y mente me lo agradecen.
155. La carrera de su vida
Goretti Pérez Ruiz
La estuvo buscando por toda la casa. Debajo de la cama, en el cuarto de la lavadora, incluso en la caseta del perro, pero no aparecía. No le hacía falta correr para sudar como una desesperada, que es lo que estaba pasando, porque la realidad era que si la zapatilla no salía a tiempo de su escondite ella iba a tener un problema. Otro más.
Rebuscaba en el armario de la entrada cuando, de repente, escuchó el sonido de la llave en la puerta y el sudor frío invadió todo su cuerpo. Aterrorizada, tomó la decisión de salir de allí por la puerta del balcón, decidida a hacer la carrera de su vida, con una zapatilla menos o con ninguna.
156. Lazarillo de Tormes
Angel Toribio Sevillano
La sensación de estar en otra San Silvestre más se desvanece al cruzar los arcos de la Plaza Mayor. Hasta ese momento la mañana es gélida, el sol no templa lo suficiente y el cuerpo no ha entrado todavía en calor. Es entonces cuando se experimenta un desbordamiento emocional, similar al del síndrome de Stendhal, por sobreexposición a decorados maravillosos: las vistas desde el Puente Romano, el encuentro fugaz con el pórtico de la Catedral desde Libreros, la admirada ranita de la fachada de la Universidad, el imponente cruce de la Casa de las conchas y una Fonseca que sigue igual de triste y sola. Al cruzar la meta me fundo en un abrazo con mi compañero, amigo y lazarillo, al que no podré agradecer lo suficiente que me preste sus ojos para soñar los paisajes, y este, sin duda, ha sido un marco incomparable.
157. Logros
Verónica Alonso Goday
Era un día fresco y soleado en Salamanca. ¿Por qué no? Le preguntó él. Creo que mi cuerpo no lo va a resistir, me da un poco de miedo, respondió ella. ¿Miedo? Sabes que podes abandonar cuando quieras, no le tenes que demostrar nada a nadie corazón, dijo él. Si lo sé, pero solo quedan dos meses para la inscripción, no creo que logre entrenar para llegar a tiempo, alegó ella. Mañana mismo empezamos, acotó él con entusiasmo, y vamos progresando semana a semana, yo voy a entrenar a tu lado, afirmó él. Es que no creo que pueda, dijo ella bajando la mirada. Él la tomó del mentón y se aseguró el contacto visual. Amor, si lograste dejar de fumar, puedes lograr cualquier cosa. Y la beso.
158. Corriendo por sus sueños
Jackelin Velasquez Hernandez
Conocí aun niño con una peculiar personalidad, su nombre es David, un día sabado su mejor amiga lo invito a sus practicas de atlestimo, él para apoyarla dijo que si. Llego a la hora y él entrenador se dirigió y le pregunto si le gustaria entrenar, lé parecio buena idea nunca habia corrido. Miró la pista y sus piernas temblaban eran muchos metros, ese dia se anuncio que tendrian una primera Competencia en muy pocos dias, sin muchas practicas decidió aceptar el reto.
Llego el dia esperado nervioso palpitaba su corazón, la voz de su hermana gritando euforica! Empezo a correr era verlo brillar, ganando el segundo lugar, se acerco a él una Campeona de Atletismo a felicitarlo por el esfuerzo que hizo lo motivo, quiere ser como ella, ser un campeon, es un niño con un gran alma corriendo por sus sueños y ahora sigue soñando para correr.
159. LA ESTRATEGIA DE LA ADRENALINA
ESTEBAN TORRES SAGRA
Me ha parecido reconocer a Mario en la salida, pero se me perdió entre mil rostros que no paraban de subir y bajar acompañando los saltitos del calentamiento. Luego creí verlo adelantarme por la derecha. Más tarde fui yo quien rebasé su posición; aunque, como el sudor en los ojos me escocía, no podría jurarlo. Llevaba sin saber nada de él desde que me dejó por Marga.
Ralentizo mi ritmo para que me alcance. ¡Ya viene! Cuando se pone a mi altura, cierro los ojos y le digo todas las perrerías que llevo guardando desde entonces. Cuando abro los ojos, después de insultarle a ciegas, me disculpo avergonzadísima con el pobre señor, porque no es él, y me alejo como una centella por la adrenalina, como si acabara de empezar la San Silvestre.
Es mi arma secreta para el arreón final. El año pasado, con esta misma estrategia, quedé quinta.
160. OTOÑO
SALVADOR VAQUERO MONTESINO
Esperando que más pronto que tarde dejes de llorar por él, regreso cada día. Y te encuentro ahí, sentada a su lado, aunque se pase el tiempo mirando ensimismado a las musarañas, ajeno a tus muestras de amor, como deseando escuchar de nuevo los aplausos de cuando ganó la San Silvestre salmantina, hazaña que nos ha repetido tantas veces. Sabes que nada volverá a ser igual, pero te conformas con esos momentos en que todo lo parece y te mira de reojo sin atreverse a dirigirte la palabra, como cuando se sentaba detrás de ti en el instituto. Te he visto agarrarle de la mano y acariciar su rostro, susurrándole palabras de amor, en esos instantes de efímera lucidez en los que sueñas con verle correr de nuevo, mientras observas su rostro ilusionado en el espejo de la habitación, junto a la tarta y las velas por su noventa cumpleaños.
161. Un regalo para Martina
Pedro Calafat Deliperi
Oye, también Papá Noel se equivoca a veces. Ya sabes, ahora hay millones de niños esperando sus regalos y las cartas le llegan por correo, email, chat y hasta por vídeo. Además, no solo deja los regalos en las chimeneas, sino que tiene puntos de entrega y lockers. Pero lo importante era que Martina, que estaba enferma, recibiera su regalo. La pobre se había llevado un chasco enorme al ver el calcetín vacío. Así que Papá Noel se puso las pilas y corrió hasta Salamanca con su bolsa a la espalda. ¡Y vaya sorpresa se llevó al ver a tanta gente animándole y vitoreándole! Incluso le dieron una medalla. Después siguió su camino y logró entregar el regalo a Martina. Al día siguiente, los periódicos titulaban: "Papá Noel gana la San Silvestre Salmantina, y Martina por fin tiene su regalo".
162. Esa era su victoria
Giovanna de la Hoz Baños
No pudo contener la sonrisa al enfilar la última recta. La línea de meta al fondo, el público entorno al vallado, el speaker anunciando su llegada. Tuvo que pellizcarse para demostrarse que no estaba soñando. Apenas unos metros más. Al borde de la pájara y con una técnica de carrera ya inexistente, consiguió sacar fuerzas para no detenerse. Se supo ganadora antes de cruzar la línea de meta. Los gritos de ánimo de los presentes. Había conseguido batirse a sí misma. Antes de que le diagnosticaran un cáncer, ella nunca había corrido, pero tras la amputación se prometió que haría con una pierna lo que nunca hizo con dos. Y lo había logrado. Esa era su victoria. Continuó corriendo, brazos en alto, directa hacia el grupo de corredores que ya habían concluido la carrera. Había terminado su primera San Silvestre con una pierna.
163. DISFRUTANDO CADA KILÓMETRO.
Jose Antonio Hernandez Coria
El primer kilómetro, con la emoción, los empujones y el manejo del pulsómetro que me compré en el Black Friday, ni soy consciente de haberlo corrido. El segundo es cuesta abajo. El tercero, de puente a puente y corro porque me lleva la corriente. En el cuarto adelanto a mi vecino que está federado. En el quinto está el avituallamiento. En el sexto puedo ver el balcón de mi casa. En el séptimo me espera aplaudiendo mi hijo. En el octavo me ayudan todos los Santos porque vuelve a ser cuesta abajo. El noveno dicen que te lo da la carrera. Y el último es para disfrutarlo. Y de postre una naranja…
164. Caucho y Amor
Daniel Solaguren
Mi madre practicaba atletismo desde que yo era pequeño y a menudo me sorprendo a mí mismo recordando con nitidez, en los momentos en los que me entrego a la dolorosa actividad de la memoria, el aroma del café por la mañana, la textura de la licra de su malla, el trayecto en coche hasta el recinto y los gritos eufóricos del público. Si ganaba o perdía era lo de menos; yo era feliz viendo a mi madre correr alrededor de la pista de caucho. Al pasar por la grada donde me encontraba, me lanzaba un beso al aire; yo lo atrapaba y se lo devolvía. Ella sonreía. Pero ahora ella ya no está, y sin embargo recuerdo su rostro cada vez que me topo con una pista de atletismo. En esos momentos siento su abrazo tierno, su caricia al despertarme, y su olor a café y amor. Mucho amor.
165. Gadget «inteligente»
Ángeles Ramos González
1 de enero 2024, Gaceta del “Tesnoruner”.
Este año la San Silvestre Salmantina siguió en la vanguardia tecnológica y distribuyó generosamente un gadget inteligente entre sus participantes:
… ¡Quítate de en medio,so lento! ¡Voy a empeorar mi marca en 10 segundos!... ¡Pero dónde irá ese “Kipchoge”, parece que va explotar!... ¡Cómo corre la tía, a ver si aguanto su ritmo hasta el Puente Romano y me declaro!... ¡Qué dominguero! Con esas zapatas chillonas se le ve en la meta desde el Alto del Rollo, ¡Con tal de fardar, seguro se ha pulido la extraordinaria de Navidad! … ¡Voy a ganar!, ¡te lo dedico abuelo!, ¡gracias por enseñarme a correr en el Aldehuela junto a ti!
Acabamos este articulo con una reflexión: ¿Estamos seguros de que la camiseta “inteligente”, capaz de detectar TODA la actividad neuronal de los corredores y proyectarla en sus espaldas, ha sido una buena idea?
166. Las mañanitas
Gustavo Forcada Chabrera
Mi cuñado soltó la frase a bocajarro con esa mirada abigarrada que igual despierta compasión como condescendencia: “las carreras se ganan la noche antes”. Y aunque tu mente esprinte para olvidar ese dechado de perfección, lo tremendamente puñetero es que esa noche, ahora, dos y media de la madrugada, sus sentencias comienzan a dar zancadas por la almohada. A “por Rúa Antigua ya te sacaré tres minutos” le sigue, muy de cerca, un “no acabo de ver que estés progresando con ese amigo tuyo mexicano que va de entrenador”. Y así, se van picando todas sus ocurrencias hasta el punto kilométrico de las cuatro de la mañana cuando hace acto de presencia el demoledor comentario que un día me susurró a la oreja palmeándome la espalda: “te haces mayor para la San Silvestre”. Llamo por teléfono. Las cinco. Espero que los mariachis no se equivoquen de chalet. Este año, gano.
167. Palabras de ánimo que entristecen el alma
Jorge Dominguez Berenguer
Sudo. Quedan pocas horas para acabar el año, y el viento es frio en Salamanca, pero sudo. Agito la cabeza, confundido. No se por que he parado. Iba en el primer grupo, llevaba buen ritmo, no estaba cansado. Pero he parado. Miro a mi alrededor. Estoy sobre el puente romano. La gente que viene a vernos, a animarnos, grita. Me giro y observo la catedral. Intentan motivarme, apoyarme.
Pero ellos no lo entienden. “¡Ánimo, ya casi estas!”, “¡Vamos! ¡Que ya no queda nada!”. Creen que son fuerzas lo que me falta.
Pero ellos no lo entienden. A veces las palabras con buena intención son las que más duelen. No son ánimos ni fuerzas las que escasean. Son kilómetros. Miro a la gente de nuevo y sonrío. Ahora entiendo por que he parado. No quiero que acabe. Empiezo a correr de nuevo, y disfruto cada metro como si fuese el último.
168. Just do it
Miguelángel Flores
Después de llevar horas en la misma postura, se puso de pie unos instantes. Cuando el patrón se ausentaba por momentos, se cubrían unos a otros, y esa era la única forma de aliviar el cansancio. Balanceándose, se masajeaba las corvas de las piernas con unas manos de dedos entumecidos, pegajosos de encolar y sujetar esas sonrisas estúpidas a unos zapatos que, según contaban, en algunos países se usaban para correr y jugar. Como si para eso, pensaba él, lo imprescindible fuera llevar calzado.
Meses después, a miles de kilómetros, en la San Silvestre Salmantina, otro niño cruzaba la meta con esas mismas deportivas de marca, fabricadas lejos y con tanto sacrificio. Emocionado, buscaba a su abuela, que siempre creyó en él y que, con su pequeña pensión, se las había regalado. Para que pudiera correr como el que más, decía ella, y en las mismas condiciones que los otros.
169. La carrera del inconforme
– ¿Por qué corres?–le preguntó el gato a Inés mientras corría a su lado.
–Es la carrera Salmantina, entrené todo el año para la San Silvestre, y tú ¿por qué estas aquí?
–Pues yo te vi entrenado en el patio, pensé que sería divertido acompañarte; aunque me están doliendo las patas ahora soy solidario contigo, vine a animarte; al final lo haces por deporte, no creo la gente corra por su vida como nosotros.
–Eso dices tú, sin embargo te metiste anoche en mi cocina y probaste mi sopa.
–Y si a ti te gusta probar siempre lo mismo y que todos los días sean iguales: ¿Por qué entrenas todo el año y corres hoy? A mí me pasa lo mismo con tu estofado, puedo conformarme con lo que me das pero entreno todo el tiempo para robarte el placer de correr por tu cocina.