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El jurado del XIII concurso de microrrelatos San Silvestre Salmantina estuvo integrado por:
El jurado reconoció la excelente participación en esta XIII edición, en que no solo se mantiene la tendencia al alza de los relatos presentados cada año, sino que su número se ha incrementado de manera extraordinaria pasando de los 369 relatos de 2024, a los 611 de esta edición.
Otro aspecto significativo fue lo ajustado de las votaciones pues, en los puestos con derecho a premio en metálico, se produjo un triple empate entre los votos obtenidos y el número de jueces que los votaron, que tuvo que resolverse por el voto de calidad del profesor Escandell, presidente del jurado. Una muestra más de la igualdad en los relatos más valorados es el texto que merece la mención especial, que no consiguió entrar en el podio final por un solo voto de diferencia.
Se indican a continuación, los relatos destacados y la relación de otros que también obtuvieron votos del jurado. Su publicación en la revista, como se establece en las bases, queda condicionada al espacio disponible y que en esta edición se realizará exclusivamente en formato digital.
Primer premio
Nadie lo sabe, pero soy un atleta de élite.
Entre abril y junio logré cruzar el desierto recorriendo la distancia de doce maratones. En julio me hice especialista en salto de altura y traté de saltar la valla, pero fracasé. Fue entonces cuando me hice nadador en aguas abiertas para cruzar hasta Melilla.
En otoño conseguí llegar a la península donde me convertí en atleta de marcha para recorrer a buen ritmo la distancia entre Algeciras y Madrid. En la capital me hice velocista de 100, 200 y 400 metros, dependiendo de lo insistentes que fueran los agentes de policía.
Por fin, en diciembre he llegado a Salamanca y, como lo único que sé hacer es correr, me he apuntado a esta carrera, la llaman la San Silvestre y parece que hay premios importantes. No creo que gane, pero estoy seguro de que, una vez más, llegaré a la meta.
Segundo premio
Lo primero que hago es ponerme el dorsal. Luego me recoloco la hoja de parra y, con ayuda de una pequeña rama de alcornoque, sujeto mi melena en un moño, arranco una manzana del árbol prohibido y la mordisqueo mientras me dirijo con parsimonia a la línea de salida. Adán ya está allí, haciendo ejercicios de calentamiento que solo interrumpe para lanzarme una afilada sonrisa de superioridad en cuanto me sitúo a su lado. Al oír la señal divina, echamos a correr. Desde el puente romano, la serpiente, puesta en pie, sostiene una pancarta con frases motivadoras; parece una señal de tráfico vista de lejos. A medida que me acerco a su posición, la balancea. Es la señal acordada para que yo baje el ritmo y él pueda ganarme otra vez. Pero este año no pienso caer en la tentación. Ya es hora de cambiar el argumento de esta historia.
Tercer premio
No sé ya cuántos años hace que viene ocurriendo el prodigio, siempre la misma noche. Se resquebrajan los cuartos traseros del lince, las plumas de la cigüeña y la escafandra del astronauta. Agita las pinzas el cangrejo y se relame el dragón fabuloso. Estiran, impacientes, sus miembros agarrotados y una nube de polvillo áspero se eleva en el aire. Se desprenden las garras de la hojarasca pétrea. Palpitan los corazones hasta que la liebre sacude una oreja y el resto asume la derrota. El gallo, en su torre, alza la quilla y ensancha el pecho para anunciar la salida.
Pero este año hay novedad. Se ha cansado la ranita de ser mera espectadora. Salta del cráneo pulido, de un brinco se planta en la Plaza y de otro en la línea de meta.
―Dichosos advenedizos ―croa altiva la batracia, mientras le llueven vítores de alabanza y laureles platerescos.
MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO
Don Pío se calzó las zapatillas bajo la mirada crítica de todos ellos y salió a la calle entre murmullos reprobadores. “¿Dónde va, alfeñique, con esas patitas de alambre?”, se burlaba la patrona de la pensión. “Hijo, correr tú… Siquiera tu hermano…”, argüía su anciana madre. “Deja que haga el ridículo, mujer, así aprenderá”, refunfuñaba el padre, ya difunto. Y su antiguo profesor de gimnasia: “Un fracasado: en el deporte y en la vida”. Palabras coreadas por las risas de los compañeros.
Con semejantes moscardones flanqueándolo, nuestro hombre tomó la salida ―su primera San Silvestre―. Dio esquinazo a la patrona en la Plaza Mayor; sus progenitores quedaron rezagados en La Palma. En cuanto a profesor y secuaces, confundieron su camino en el Paseo de la Estación.
En fin: sin resuello, pero pundonoroso, don Pío cruzó la meta aclamado por el público. Volvió la cabeza y suspiró, feliz: nadie lo seguía.
Luis Uriarte Montero
Mientras corro en la San Silvestre, recuerdo tu sonrisa, esa que miraban los niños en el borde de tus labios, era contagiosa, el bar donde nos conocimos en Salamanca lo cerraron, la estatua de la plaza por la que corro se te parece, no estás y no caben más nostalgias, al llegar a la meta me siento mejor pensando de nuevo en ti al correr a mi lado para siempre.
Jesús Marcos Martin
Habita en ti desde que te iniciaste en el arte de correr. A pesar de que su nombre pudiera indicar lo contrario se ha hecho muy grande a medida que han pasado los años y has ido gastando zapatillas por asfalto, caminos y montañas. Compañero de fatigas incansable es quien mejor conoce tus anhelos y futuros retos y también quién te ha llegado a corroer por dentro cuando no podías disfrutar de lo que más te gusta. Si eres corredor sabes que ese gusanillo que hay en ti te acompañará siempre y que la única forma de apaciguarlo es hacer lo que mejor sabes.
victor bailon lorenzo
LLegó el día. Los animales del bosque se levantaron temprano , era el día de la San silvestre Salmantina . Reunidos junto a la meta. La jirafa, la mas alta del bosque, vestia zapatillas amarillas. El zorro zapatillas a cuadros, la cebra rosadas , y el mono, unas verdes . Cuando la carrera iba a comenzar, la tortuga, con zapatillas blancas, se acercó al grupo. Todos se rieron , pero ella dijo: “No importa si soy la más lenta, lo importante es participar”. Y , con alegría , comenzó la carrera. La tortuga, con paso lento , comenzó adelantar a los demás. Los animales se sorprendieron al verla avanzar y se esforzaron aún más, pero la tortuga seguía ganando . Cruzó la línea de meta el primero . Todos aplaudieron y aprendieron una valiosa lección: la perseverancia y la amistad son más importantes que la velocidad
FIN
GLORIA FERNÁNDEZ SÁNCHEZ
Alicia corre detrás del conejo blanco. Observa, a través de la bruma, al Rey, Fray Luis de León, y a su Dama, la Universidad. El escaque es siempre caótico con las dos torres (la Catedral y San Isidoro), caballos, obispos y cientos de peones como ella. La niña lucha por una victoria pues es su única salida de este mundo.
Pronto comenzará la Nochevieja: “Es tarde. Es tarde”, grita el conejo. Ojalá no vistiese ese almidonado trajecito y los zapatos de charol, murmura Alicia. Ve una casilla desocupada al fin del tablero. Allí se convierte en Dama y su velocidad crece.
Le es concedida una medalla y los vítores se expanden. La jovencita ensaya una reverencia cortés. Entonces una mínima puerta se descubre. Se agacha Alicia y baja por un túnel casi infinito hasta el jardín de su casa y centuria, donde una gran fiesta despide al Año.
Eduardo Duro
Desde aquí intento atrapar el alma de los viandantes. Recuerdo cuando los niños llegaban con chanclas hechas con los neumáticos de los automóviles. San José me dio la fuerza necesaria para restaurar una Prosperidad que se hundía en el pasado de sus nostalgias. Mi naturaleza no fusionaba bien con dogmas que se disfrazaban en reglas absolutas y con radicalismos que enmascaraban iras individuales no resueltas. Me quedé atrapado en esta casa del Paseo de San Antonio al rebelarme contra el sistema decimonónico y porque lo temporal nunca me interesó. Cada 31 de diciembre me asomó al alféizar y veo a centenares de corredores. Se ayudan, si uno cae alguien le ofrece una mano amiga, esbozan sonrisas cómplices al llegar a la meta. Yo les lanzo onzas de chocolate para animarles y les doy ánimos. En latín y en griego, faltaría más, que el deporte no está reñido con el intelecto.
Raúl Garcés Redondo
Soy un tramposo. Lo he sido toda mi vida. En la escuela me servía de chuletas durante los exámenes. En casa, culpaba de los destrozos a mi hermano pequeño o a Canelo, nuestro perro. Por eso cuando anuncié para impresionar a aquella estudiante griega de intercambio, que participaría en la San Silvestre, tenía claro que utilizaría algún atajo. Ya me veía, recibiendo las felicitaciones de Ariadna en forma de beso de tornillo, entre los aplausos del público arremolinado en la línea de llegada cuando abandoné el recorrido para adentrarme en las calles salmantinas. Y aquí sigo todavía, perdido en un laberinto de callejuelas, sintiendo por momentos un bramido aterrador a mis espaldas.
Gonzalo Prieto Barrera
" Aquí yace el extraterrestre atleta al que llamaron; E L H I
J O D E L
V I E
N T..................
. . . . . . . .
LUCIA ALCAZAR LARA
UN DESEO HECHO REALIDAD
Todas las noches, Manuel soñaba con correr la San Silvestre Salmantina. Sentía el frío en su rostro, el ritmo de sus pies golpeando el asfalto, y los gritos de ánimo a su alrededor. En la vida real, sin embargo, estaba atrapado en una silla de ruedas desde hacía años.
Una noche, el sueño fue tan vívido que, al despertar, sus piernas seguían moviéndose. Asombrado, se levantó, tambaleante, y salió a la calle. El cielo aún estaba oscuro, pero las luces de la ciudad brillaban. Comenzó a correr. Sus pies, antes inmóviles, ahora lo impulsaban con fuerza.
Corrió sin detenerse, cruzando la meta mientras la gente aplaudía. Pero cuando el eco de las palmas se desvaneció, la duda lo envolvió: ¿seguía soñando o era todo real? Miró sus manos temblorosas, y la respuesta nunca llegó.
Quizás, en el fondo, no importaba.
Álvaro A. Yáñez
El aire frío de diciembre golpea mi rostro, pero no me detiene. Es la primera edición de la San Silvestre, 1984. ¡Qué emoción! A mi lado, una chica corre en silencio. No la conozco, pero su presencia es cálida, como si siempre hubiera estado allí.
Los edificios antiguos se deslizan como sombras. Los detalles son borrosos, como si estuviera corriendo en un sueño. Intento recordar por qué esta carrera es tan importante, pero los pensamientos se me escurren.
Estoy cansado. No sé qué hago corriendo. Sin pensarlo, me detengo y la chica se para conmigo.
—¿Por qué corremos? —pregunto, con un nudo en la garganta.
Veo cómo sus ojos se encharcan y me acaricia la mejilla con ternura.
—Estamos en la trigésimo novena edición de tu carrera, abuelo.
No entiendo nada. La miro confuso, dudo de todo, respiro y me pongo a correr… como siempre.
Carmen Blanes Valdeiglesias
Corría y corría, y a lo largo de Gómez Ulloa avanzaba ingrávido y medio en volandas como se avanza en los sueños, pletórico porque su mente de corredor de fondo rechazaba todo lo que no fuera ese movimiento propulsado por una íntima convicción, y si al llegar al Paseo de San Antonio rompió la cinta fue porque en ningún momento pensó en la meta sino en el camino.
Juanma Velasco Centelles
Crujo.
Pero no me rasgo. El frío resultante de la persistencia de la niebla finidecembrina no ayuda a paliar un endurecimiento articular fruto de mis años.
No aspiro a ocupar posición alguna. Solo correr. Llegar. Sentir. Sentirme salmantino. Quizá solo sentirme vivo.
Los míos me han advertido que esta debería ser la última edición. Advierten los quejidos de mi rodilla derecha y de mi cadera izquierda.
–No tienes edad de prótesis –apostillan.
Aunque les he contemporizado que sí, solo yo sé que quiero cantarme y contarme las cuarenta San Silvestres salmantinas.
Las he corrido todas. Sin una solo vacío en el contador. Las 38 anteriores y la inminente actual. Desde mis 25 hasta mis 64. Incluso con buenos registros en los años soleados de mis cuádriceps.
Suena el disparo y dejo de percibir cualquier molestia fisiológica. Muchos delante de mí. Otros tantos detrás.
Me falta una.
O quizá más.
Joaquín Rodríguez Fernández
La luz del sol se divide en las almenas. Sus planos cenitales se ordenan al compás de secretas enumeraciones, formando contraluces que se abrazan a las paredes de las catedrales como líquenes resecos tratando de sobrevivir en la metamorfosis callada de la luz sobre las vetas de oro de la piedra. El río Tormes se desplaza como una lengua de plata siguiendo el sol hacia Poniente, cruza en silencio bajo los arcos del Puente Romano y los pájaros sobrevuelan la ciudad como estrellas fugaces. El silencio que reina en las calles de la ciudad sigue de cerca nuestros pasos, escucha cómo jadeamos y sudamos corriendo sobre el pavimento. La San Silvestre Salmantina es como la vida, un desafío solidario, una carrera hacia la eternidad.
VERDI
En horario laboral entreno a fondo para la San Silvestre Salmantina. Tengo tanta faena que no paro de correr. Lejos de desfondarme, me tomo con deportividad ese “dos por uno” que me permite ahorrarme lo del gimnasio a fin de mes. Eso sí, en cuanto salgo del curro, camino a paso de burra por San Antonio, el Bulevar y casi no me llevan las piernas para llegar a Gómez Ulla. Para cuando llego al club, se han agotado los dorsales. Y no creo que pueda inscribirme nunca salvo que la salida esté en mi Oficina o encuentre de una vez la meta para poder descansar un poco.
Miguel Angel Sousa Crego
San Antonio estaba engalonado como siempre por estas fechas.He invertido segundos,minutos, horas, días e incluso meses. Y aquí estoy, preparado sin saber cómo lo voy a hacer, y me da igual.No está en mi mano, sólo puedo hacer el máximo,dar lo mejor de mi.Tengo 85 años y mi meta está cerca. Me pongo las zapatillas. Ya están aquí, la pequeña de tres años dice que está preparada. Yo también.
Jorge Juan Codina Ripoll
—¡Ay, Dios! Estoy agobiada; hay mucho gentío empujando… ¡Vamos, cariño! ¡Continúa!… ¿Qué? ¿Te duele el costado? Eso es flato. ¡Respira hondo y pisa fuerte! ¡No pares! ¡Queda poco!… ¡No te oigo bien! ¡Gritan como locos!… Sí, pasada la pancarta de llegada, a la derecha… No sé, a unos cincuenta metros… ¡No! ¡Estoy bien! ¡Tú sigue corriendo!… ¡Uf! ¡Qué calor hace aquí! ¡Necesito aire!… ¡Venga, el último esfuerzo! ¡La meta está ahí!… ¿Cómo que no has llegado todavía a la plaza de San Antonio?… ¡Ay, no! ¡Tienes que subir el ritmo o nos darán las uvas!… ¿Que si estoy segura? Es la tercera vez que rompo aguas, ¿recuerdas?… No, no cuelgo.
Escucho sus palabras agitadas, siento sus latidos y esas dichosas contracciones… ¡No me queda espacio para girar…!
Aun así, creo que hoy ganaré mi primera carrera. Y mamá será estupenda: ya me está animando incluso antes de nacer.
Omar Rosa González
No le cuentes a mi hijo, fue el mejor deportista de su carrera, ganó la Maratón, cree que lo heredó de mí.
Cuando joven practicaba con mucha constancia. Se acercaban los juegos estudiantiles. Llegó el momento de la competencia, ya en la pista, listos para los 800 metros, observé los competidores: había un negrito descomido, otro de la edad de mi tío abuelo, una parejita que parecían dos tortolitos, también estaba un gordo. Al menos a este gordo le gano, pensé. Comenzó la carrera y fue como cuando vas en un avión que te parece que no te mueves. Los vi pasar por mi lado uno a uno. Entraron a la meta casi un minuto antes que yo. La premiación fue así:
• Cuarto lugar: el abuelo de las pistas,
• Tercer lugar compartido: tortolitos,
• Segundo lugar: negrito descomido,
• Primer lugar: Gordo.
Recuerda no contarle a mi hijo.
Alba
El aire frío de diciembre envolvía las calles de Salamanca, pero el calor humano lo contrarrestaba. Miles de corredores, ataviados con disfraces y sonrisas, llenaban la ciudad con una energía festiva. La San Silvestre Salmantina era mucho más que una carrera: era una tradición, una celebración. Las campanas de la catedral resonaban en cada paso, mientras familias y amigos alentaban desde las aceras. Cruzar la meta no era solo un triunfo personal, sino el cierre perfecto del año. En cada zancada, los corredores dejaban atrás lo viejo, avanzando hacia un nuevo comienzo, llenos de esperanza y alegría.
JUAN MOLINA GUERRA
El grupo peludo, de aspecto simiesco, aguarda, silencioso, en la espesura. En sendas manos la lanza de sílex y el puñal de obsidiana. Pareciera que esperasen una señal. De repente, suena un estampido y el grupo emprende una alocada carrera, campo a través. Pronto, los más jóvenes y fuertes se colocan a la cabeza. Los más viejos y débiles comienzan a rezagarse. El que parece más cansado le dice al que corre a su lado: “ya no estamos para estos trotes”. Su compañero de fatiga, apenas sin aliento, le contesta a duras penas: “…pues esto tiene trazas de durar, amigo.” Por delante del grupo, levantando gran polvareda, un mamut huye, despavorido, por el cerro de San Vicente sobre el río Tormes.
DEEPAM REYERO RODRÍGUEZ
Las piernas pesaban toneladas, los pulmones ardían. El reloj marcaba los segundos que lo separaban de la meta. ¿Podría más? Dudó un instante, pero al ver a los niños animando desde las aceras, recordó por qué corría. La San Silvestre era más que una carrera; era una tradición. Con un último esfuerzo, cruzó la línea de meta. La medalla colgada en su pecho era un premio a su esfuerzo, pero más aún, a su espíritu.
El gentío lo ovacionó, una ola de calor humano que lo envolvió. La euforia inicial dio paso a la sensación de satisfacción. Lo había logrado, pero más allá de eso, había conectado con algo más profundo: la comunidad, la superación personal, la alegría de compartir un momento único. Al mirar hacia atrás, vio la ciudad iluminada, las luces navideñas titilando como pequeños fuegos artificiales. Salamanca, se había convertido en su mayor aliada.
Antonio Arteaga Pérez
Irene entra en el Paseo del Rollo para afrontar los últimos tramos de la San Silvestre, con el sudor cayéndole sobre los ojos, y los recuerdos del accidente vuelven con fuerza: la noche lluviosa, el coche patinando, el crujido del metal y el dolor insoportable en su pierna. Los médicos le advirtieron que no sería fácil volver a caminar, y mucho menos correr.
Durante meses, luchó contra el dolor y la desesperación de la rehabilitación. Cada paso era insoportable, y cada día las ganas de rendirse eran mayores. Pero no lo hizo. Poco a poco, los pasos se convirtieron en carreras cortas, y estas en kilómetros por Salamanca.
La meta está cerca. No va en primer lugar, ni siquiera cerca, pero no le importa. Cuando cruza la línea de llegada ve a sus amigos, animándola con gritos y aplausos. En ese momento, Irene sabe que ha ganado. Su propia carrera.
ENRIQUE
Faltaban pocos minutos para la salida de la San Silvestre Salmantina. El termómetro marcaba temperatura negativa, pero me sentía inmune al frío. Apuré esos últimos minutos hablando con Laura, no controlando mi locuacidad. Estuve a punto de confesarle lo que sentía por ella, pues llevaba enamorado de Laura desde hacía 10 años, cuando compartimos clase en la facultad. Pero nunca tuve valor de decirle nada, a pesar de tantas horas compartidas en Salas Bajas.
Notaba mi corazón como si fuera a salirse del pecho, y cada vez que miraba a Laura estaba más nervioso. Salí muy acelerado en cuanto oí el disparo de salida, cegado buscando la meta en San Antonio, aunque faltaban más de 9 kilómetros. Seguí a un ritmo que me asustaba, y en el Puente Romano miré hacia atrás, buscando a Laura. ¿Sería Laura mi aliciente para bajar al fin de 36 minutos en 10 kilómetros?
Jessica Rodríguez Sánchez
Noto el latido de mi corazón. Cierro los ojos y siento como entra y sale la sangre al ritmo de pulsaciones cortas y lentas como si de un baile frenético se tratase. Mis piernas, tensas, esperan el pistoletazo de salida en un ambiente que danza entre lo festivo y lo competitivo. Oigo risas, algún chascarrillo y noto perfumes variados que atraviesan el frío y que hacen que me pique la nariz. Inspiro, expiro y, despacio, abro los ojos. Los tuyos me atraviesan entre el gentío. Te esperaba. Un año más, estás aquí. Comienza la San Silvestre. Correr nos hace libres y, una vez más, tú, yo y Salamanca corremos hacia la libertad.
Javier Fragoso Nieto
—Treinta y uno de diciembre, un año más. Aunque esta vez es, si cabe, más especial que nunca —pensó mientras realizaba ejercicios de calentamiento—. No pude correr las últimas ediciones, pero siempre tuve presente que retornaría con más fuerza, con más vitalidad; resurgiendo cual ave fénix de mis cenizas con el mismo brío con el que los brotes primaverales hacen resucitar a los árboles del frio letargo del invierno.
Esta Nochevieja regreso a mi casa, regreso a mi carrera. Sé que galoparé con acérrimo pundonor, mas no ganaré la San Silvestre Salmantina; pero mi derrota no será tal, pues este año ya vencí en la carrera de la vida con el apoyo de los míos, con la inexorable ayuda de mi oncólogo y con la férrea convicción de que mis piernas aún tenían muchas zancadas que dar, a pesar de los designios de un, en ocasiones, poco magnánimo destino.
Paloma Lafuente Gómez
Agarrados de la mano entráis juntos en la línea de meta. Lo haces al lado de ella, el amor de tu vida, tu mujer, tu compañera, tu confidente, la madre de tus hijos, tu todo, una vida entera de aciertos y luchas compartidas. Un mechón dorado cae por su rostro empapado de sudor y un grito en el aire os da la bienvenida. Enfrente están sus hijos y nietos llenos de felicidad dan saltos bajo la mirada atenta de los habitantes de Salamanca.
—Ramiro es el anciano más longevo de la residencia, cada diciembre se asoma a la ventana para ver la San Silvestre y dice que sueña.
Héctor Rodríguez Sánchez
-Me temo que no tiene cura.
-¿Existe, al menos, alguna manera de calmar los síntomas?
-Su reloj GPS le delata, la "coderroralgia" está en fases avanzadas. Pero no tiene de qué preocuparse, este trastorno es más común de lo que piensa. Las últimas evidencias sugieren que compartir su entrenamiento en redes sociales o inscribirse en la próxima carrera popular alivian de manera considerable la ansiedad ocasionada por la necesidad de calzarse unas deportivas.
-Eso me tranquiliza. ¿Cuándo tendría que empezar a preocuparme?
-En los casos más graves, la persona siente la obligación de mejorar sus marcas cada fin de semana, comienza a sumar kilómetros hasta completar una maratón, utiliza términos técnicos que no llega a comprender y se une a otro grupo de corredores que se autodenominan como "runners". Llegados a este punto, no hay vuelta atrás.
-Yo lo único que quería era completar la San Silvestre Salmantina...
Vicente
Aún universitario, corría la San Silvestre de Pamplona, mi ciudad natal. Disfrazado con un casco vikingo, un jersey de punto y un hacha de plástico, hacía las delicias de los niños, que exaltados, reían, implorando un saludo. Otros —no tan niños— exclamaban: «¿Qué? ¿La parienta te ha puesto los cuernos? ¡Ja, ja, ja!».
Tiempo después empecé a correr en Salamanca: todavía recuerdo los flashes y fotos en Libreros y en la Plaza Mayor; y, ya en la «meta», aquellas esperadas palabras: «¡Hala, campeón! ¡Que también hoy vuelves a batir todas las marcas!... ¡Una vez más llegando por los pelos al trabajo!».
Han pasado los años. Anciano, y llevando la mano a mi frente despoblada, echa a correr por mi pluma la tinta. Pues, como Silvestre, aún tengo «puestos los ojos en la meta, sigo corriendo hacia el premio...» (Fil 3, 14). Y nunca será tarde, pues la dicha es buena.
María Nieves Angulo Salazar
Don Pío se calzó las zapatillas bajo la mirada crítica de todos ellos y salió a la calle entre murmullos reprobadores. “¿Dónde va, alfeñique, con esas patitas de alambre?”, se burlaba la patrona de la pensión. “Hijo, correr tú… Siquiera tu hermano…”, argüía su anciana madre. “Deja que haga el ridículo, mujer, así aprenderá”, refunfuñaba el padre, ya difunto. Y su antiguo profesor de gimnasia: “Un fracasado: en el deporte y en la vida”. Palabras coreadas por las risas de los compañeros.
Con semejantes moscardones flanqueándolo, nuestro hombre tomó la salida ―su primera San Silvestre―. Dio esquinazo a la patrona en la Plaza Mayor; sus progenitores quedaron rezagados en La Palma. En cuanto a profesor y secuaces, confundieron su camino en el Paseo de la Estación.
En fin: sin resuello, pero pundonoroso, don Pío cruzó la meta aclamado por el público. Volvió la cabeza y suspiró, feliz: nadie lo seguía.
ESTEBAN TORRES SAGRA
Me gusta narrar, correr menos. Aunque para redactar con conocimiento de causa he de vivir las sensaciones. Soy escribidor de experiencias, ergo necesito un dorsal.
Luego elucubro que el plazo termina en noviembre y que la carrera es en diciembre. ¡Maldita cronología!
Leo microrrelatos enviados por otros para empaparme de detalles.
Aunque vivo en Madrid, me pongo ropa cómoda y comienzo a entrenar. Correr debe ser igual en todos sitios, creo.
Me he aprendido de memoria el recorrido salmantino y superpongo las imágenes de cada escenario sobre el paisaje madrileño.
El primer día, cuando estoy -mentalmente- a punto de culminar la calle Mérida y ya mis piernas flojean, entro en la cafetería de Silvestre, en Leganitos, y me pido un chocolate con porras.
Mañana a ver si llego al final de Gómez Ulla y compro unas lentejas de la Armuña en la tienda de los Hermanos Salamanca, cerca de Callao.
ESTEBAN TORRES SAGRA
Me gusta narrar, correr menos. Aunque para redactar con conocimiento de causa he de vivir las sensaciones. Soy escribidor de experiencias, ergo necesito un dorsal.
Luego elucubro que el plazo termina en noviembre y que la carrera es en diciembre. ¡Maldita cronología!
Leo microrrelatos enviados por otros para empaparme de detalles.
Aunque vivo en Madrid, me pongo ropa cómoda y comienzo a entrenar. Correr debe ser igual en todos sitios, creo.
Me he aprendido de memoria el recorrido salmantino y superpongo las imágenes de cada escenario sobre el paisaje madrileño.
El primer día, cuando estoy -mentalmente- a punto de culminar la calle Mérida y ya mis piernas flojean, entro en la cafetería de Silvestre, en Leganitos, y me pido un chocolate con porras.
Mañana a ver si llego al final de Gómez Ulla y compro unas lentejas de la Armuña en la tienda de los Hermanos Salamanca, cerca de Callao.
Inmaculada Fajardo Navarro
Cuenta la leyenda que desde hace treinta años habita en tierras castellanas una criatura mágica y cada treinta y uno de diciembre sale a dar un caprichoso paseo de diez kilómetros por las inmediaciones de Salamanca.
Gentes de todas las edades acuden a contemplar tamaño espectáculo.
Su cuerpo está formado por más de cuatro mil escamas de vibrantes colores y para desplazarse cuenta con miles de pies de diminuto tamaño. Carece de morfología definida y a medida que avanza en su andadura su cuerpo va cambiando de forma y va serpenteando para adaptarse a las sinuosas curvas del camino.
Su respiración es acompasada y en cada inhalación se nutre de briznas de la rica historia que rezuman estas tierras preñadas de tradición y pasado.
Cuando termina su hazaña, la criatura multicolor desaparece nuevamente. Algunos aseguran que todo esto es producto de la magia. Y yo, lo creo firmemente.
Silvia Asensio García
En la noche de San Silvestre, las calles de Salamanca se transformaron en un río de luces y colores. Los corredores, ataviados con disfraces extravagantes parecían flotar sobre el adoquinado, como si el tiempo se hubiera detenido. Entre ellos, Lucas, que se sentía más fuerte con cada zancada que daba gracias a su capa de superhéroe.
De repente, un aroma a chocolate caliente lo envolvió, guiándolo hacia una pequeña pastelería que nunca había visto. Al entrar, las paredes estaban cubiertas de dulces que danzaban al compás de una melodía encantadora. La dueña, una anciana de ojos brillantes, le ofreció un trozo de tarta que prometía cumplir un deseo y con el corazón medio desbocado, pidió ser el corredor más rápido. Al morder la tarta, se dio cuenta de que ya no corría; volaba, dejando atrás la tierra y justo en ese momento, atravesó la línea de meta.
Silvia Asensio García
En la noche de San Silvestre, las calles de Salamanca se transformaron en un río de luces y colores. Los corredores, ataviados con disfraces extravagantes parecían flotar sobre el adoquinado, como si el tiempo se hubiera detenido. Entre ellos, Lucas, que se sentía más fuerte con cada zancada que daba gracias a su capa de superhéroe.
De repente, un aroma a chocolate caliente lo envolvió, guiándolo hacia una pequeña pastelería que nunca había visto. Al entrar, las paredes estaban cubiertas de dulces que danzaban al compás de una melodía encantadora. La dueña, una anciana de ojos brillantes, le ofreció un trozo de tarta que prometía cumplir un deseo y con el corazón medio desbocado, pidió ser el corredor más rápido. Al morder la tarta, se dio cuenta de que ya no corría; volaba, dejando atrás la tierra y justo en ese momento, atravesó la línea de meta.
Román Ksybala
Las maratones se estaban volviendo cada vez más competitivas, y el clima entre los atletas era desagradable y agresivo. Algunos mentían sobre su sexo, otros sobre su edad, había quienes cortaban camino a escondidas y quienes iniciaban la carrera ocultos en el tramo final. Y en el comienzo de la prueba se registraban empujones, codazos y zancadillas.
Desde lo alto, los dioses se hartaron de ese espectáculo desleal, y decidieron aplicar un correctivo. Contaminaron todas las botellas de agua a lo largo del trayecto, y si alguien llevaba agua propia, la contaminaron también.
Pronto los competidores se vieron invadidos por una inmensa alegría y un irreprimible amor por el prójimo. Perdieron todo interés por la prueba, y dejaron de correr. El anochecer los encontró sentados en el suelo, abrazados, riendo y cantando, algunos enamorados, y todos olvidados de la maratón.
No hubo ganadores. Nadie cruzó la meta.
Manuel Simó Tarragó
No recordaba quién lo había escrito, pero en el archivo de su memoria salía a flote con frecuencia un pensamiento que constituía para él un auténtico emblema: toda la vida el hombre lucha contra la muerte y al fin pierde la pelea, habiendo sabido que la perdería...
Se dijo y se deseó a sí mismo que si tenía que perder inexorablemente fuera con dignidad; y el destino le alargó la vida hasta los noventa años. Tuvo un adiós muy digno: le amaba todavía una buena compañera de vida y unos hijos que le adoraban. Había tenido mucha suerte.
Ana Isabel Velasco Ortiz
Voy de carrera en carrera. De alguna manera, estoy cerca de los participantes y, después de tanto tiempo, aún me conmueven sus penas, alegrías, inquietudes…
Algunos temen no alcanzar la meta, otros, se afanan en mejorar tiempo y posición y yo, insisto en que lo importante es disfrutar el recorrido, sentir el entusiasmo, el calor de la gente.
Hoy, treinta y uno de diciembre, estoy en Salamanca. La corredora lleva el pesado dorsal de la soledad y se pregunta qué hace allí, susurra que es mayor, que las piernas no le responderán, que ha sido una mala idea… Otro corredor se acerca, le busca las pupilas y dice que es una bonita mañana, ella sonríe y… yo, espero verles cruzar juntos la línea de meta… y, una vez más, sentiré que no hay nada como ser San Silvestre, ese espíritu errante que hace latir el corazón de los corredores.
Alicia Ríos del Valle
Bajé las escaleras al trote, no podía esperar a que llegará el ascensor. Mi madre, disimulando la emoción que le producía mi júbilo infantil, aguardó paciente a que llegara la eficaz máquina. Yo la esperaba en el rellano con la puerta abierta, oyendo ya el murmullo de la gente que acudía al Paseo de San Antonio. Me agarró de la mano y seguimos la misma dirección que aquel desfile alegre de zapatillas de colores que me había cautivado desde niño.
Mamá había participado otros años como atleta de élite, pero este año mi regalo de Navidad era correr junto a ella la Sansil. Me sentía muy afortunado porque esto era una cosa entre los dos. Mamá no me lo decía, pero le enorgullecía que yo, el más pequeño de sus hijos, hubiese elegido el atletismo como disciplina deportiva. Su deporte. Nuestro deporte. ¡A correr!
Raúl Díaz Barrios
Mis días de gloria se cuentan por kilómetros, pero hoy, en la Sansil, será mi última carrera. Mis costuras se tensan al sentir el primer impacto contra el asfalto; reconozco ese trote firme, el que nos llevó a la meta más difícil. Avanzamos entre la multitud, el aire frío se cuela entre mis tejidos. Escucho como mi dueño jadea, pero no se rinde; sabe que esta despedida merece un final épico. Cada zancada es una sinfonía de resistencia, una melodía donde él me marca el compás. El recorrido es una nostalgia palpable, y al cruzar la línea de meta, sé que he cumplido mi misión. Mi suela desgastada resuena en el último paso, mientras él me mira con una sonrisa agradecida. A partir de hoy, seré un recuerdo en un rincón de su armario.
VICTOR MANUEL VALDESUEIRO BERNABE
Este año se presentaba a la prueba en mejor forma que nunca. Había recorrido cientos de kilómetros a lomos de libros de todo género.
Con las zapatillas impolutas y el lapicero recién afilado, encaraba la prueba con la misma inquietud con la que un escritor se enfrenta a un folio en blanco.
El pistoletazo de salida puso todo su ingenio en marcha.
Comenzó con una metáfora, exhalando con fuerza el frío aire de diciembre, como si de una locomotora de vapor se tratara.
Gracias a las sinécdoques adelantó a otras plumas menos atrevidas; y con las hipérboles sus ideas surcaron renglones y párrafos a la velocidad de la luz.
Subiendo una bajada, dejó atrás a una antítesis; y con la anáfora divisó la meta. Meta ansiada, y meta deseada.
Esprintó para alcanzar el punto y final.
Había competido dignamente contra las figuras más reconocidas y universales.
Carlos José Esguevillas González
Este año estaba en plena forma. Tras una buena salida y un sprint hasta Plaza España, ya iba por delante de la multitud. Mantengo el ritmo subiendo por Mirat, cuando otro corredor me flanquea y casi me derriba con su tamboril. Con una mano en la gaita y la otra ajustándose el sombrero, me hace un gesto de disculpa antes de acelerar y rebasarme.
Aprieto el paso, pero le sigo con dificultad. Sus altas botas se mueven con una ligereza imposible, y por un momento dudo si corre o baila. Perdida la concentración, y sin resuello, con gran esfuerzo logro alcanzarlo. Se gira hacia mí y dice, con una sonrisa que me devuelve el aliento: —¡Vamos, chaval, hasta la catedral!
Nos lanzamos juntos y volamos por el recorrido.
Lo último que vi fue su silueta trepando la torre. Al cruzar la meta, una estruendosa charrada resonó desde lo alto.
Javier González Delgado
Berna no puso buena cara cuando Amaro le dijo que correría la San Silvestre.
En el primer día de entrenamiento apenas pudo completar dos kilómetros, el corazón se le salía por la boca y las piernas se transformaron en barras de plomo. Lo que al principio le pareció una buena idea pronto se convirtió en un reto mental y físico que no calculó. Berna no disimulaba su enojo, disgustada porque el sobrepeso de Amaro a ella no le importaba. Él siguió el plan de ChatGPT renunciando a muchas cosas; las tardes de sofá, los dulces de Salamanca y, sin quererlo, los mimos de Berna.
Diez kilómetros en una hora y quince minutos, con la respiración entrecortada observaba los cuerpos de los corredores premiados; “qué duro, pero qué bien que lo conseguí”. Alguien le estiró del brazo, se giró, Berna sostenía una bolsa de obleas de Cipérez que tanto le gustaban.
JOSÉ FERNANDO CUENCA GÓMEZ
Era otoño cuando la vi por primera vez. Aún no hacía frío y era agradable correr tras ella por el parque de los Jesuitas.
La cola de caballo del color de la caoba oscilaba como un péndulo, hipnotizándome, haciéndome perseguirla entre los abetos.
A veces una lluvia fina, tibia, nos acompañaba hasta el verraco, cruzábamos el Tormes y tras recorrer su ribera, regresábamos a la ciudad aún somnolienta.
Hoy, sin embargo, hace un frío que pela, y aunque es medio día, el cielo azul parece congelado.
Ensimismado en su belleza tardo en descubrir que ya se ha dado la salida. Persigo su cabello por las calles y plazas de la ciudad. Como un faro la cola caoba me orienta y me hace progresar entre la multitud menguante. Hasta que mis pulmones estallan y dicen basta.
A lo lejos, impotente, veo como el cabello de fuego se aleja por la avenida.
Francisco Durán Asensio
Nos conocemos de coincidir en las carreras de la ciudad y de los pueblos cercanos. Coincidimos con frecuencia y nos alegra vernos en el arco de salida.
Aunque nuestras camisetas son de clubes diferentes, nos saludamos y nos preguntamos por las lesiones, por cuál será la próxima, por el tiempo que pensamos hacer y nos deseamos suerte.
Preguntamos por al que hace algún tiempo que no vemos y echamos de menos a aquellos que ya no están y con los que compartimos tantos sudores año tras año. Animamos a los de delante cuando nos cruzamos y siempre hay una palabra de ánimo para el que no va como quisiera y necesita un empujoncito moral.
Completan nuestro valioso equipo variopinto el fotógrafo habitual, los jueces de la federación y el spiker.
Curioso grupo de personas que hemos sabido conjuntar la amistad y el deporte que nos une y con el que disfrutamos.
Verónica Inés Velo
Las coloridas guirnaldas ornamentan el predio,
huele a laureles de excelencia.
Las burbujas del dorado brebaje se aprestan para deleitar con su exclusivo néctar
la superación,
la elevación,
la resurrección de la pasión por el rendimiento máximo.
Las doctas calles testimonian una vez más la celebración de lo impactante: no se trata de un juego ni de un deporte.
Corremos por proeza,
como un acto de rebeldía,
como acta de posesión,
como la huella que certifica que estamos vivos.
Constituímos una mañana embriagante de espíritus de lo más sobresaliente del orgullo hispano transformado en oxígeno vivificante que comienza ya a circular por nuestras venas.
Aguardamos el disparo que nos abrirá las tranqueras de nuestra elevación. Sudor intenso, pieles húmedas de esfuerzo, palpita al unísono la potente fuerza de la raza en auténtica fusión. Surge la magnánima y sublime exaltación.
Nos posee lo excelso. Nos embriaga Salamanca.
Edgar Henry Rodríguez Flórez
El nerviosismo se apodera de todos los participantes, todos trotamos en el sitio de salida; El olor a sudor, se siente en el ambiente, le susurro a mi amigo, Juanca:
¿Si esto es en salida, como será cuando termine la maratón? por eso mi amigo, tenemos que llegar de primeros, dibujando una amplia sonrisa.
Por fin la largada, todos salimos despavoridos, como si nos persiguiera una fiera salvaje, o peor como si fuera una carrera de 100 metros planos. Juanca me alcanza y me detiene de un brazo, tranquilo que haces? Recuerda que es la maratón, dosifica tus fuerzas.
Por fin alcanzo a ver la meta, con mi rostro desencajado, trato de sonreír; ¡¡¡ lo logré, lo logré!!!, al despertar, ¿Me veo con mangueras y tubos por todo lado, pregunto qué día es hoy? Sorprendido me digo: que carrera más larga, me tomaron el tiempo, con almanaque.
GLORIA LLANES FERNÁNDEZ DE LA CUEVA
Me siento en calma, abstraída por algo que no sabría definir, solo diviso de forma rápida y fugaz la majestuosidad de una gran ciudad.
Veo mis propios pies bien ataviados, percibo una fuerza interior que me domina, ganando cada segundo más vitalidad y presiento que va a ocurrir algo grande.
Aparece ante mí El Paseo de San Antonio susurrándome que me apremie, Canalejas me ovaciona y continúo, sin dar ni un solo paso, recorriendo avenidas y calles. Me atrae la Plaza Mayor reteniéndome para mostrarme su belleza y siento que me empuja hasta el Puente Romano donde el Río Tormes espera paciente para atemperarme y me ayuda a convertirme en soplo para poder concluir.
He terminado y lejos de sentirme vacía, me encuentro inmensamente llena. Complacida por la oportunidad brindada, reconfortada por la “vivencia” y confundida por la vuelta a la calma, suena el despertador.
¿Podré volver a soñarla?
Ana-Daniela Durbac
Cada paso significaba entrar en otro mundo. Cada paso era libertad y motivación, que, después de tantos momentos de ausencia, me unían. Era como si me hubiera acercado a la verdadera felicidad, corriendo a abrazarla con fuerza.
A mi alrededor, la gente había desaparecido, la ciudad se había vuelto invisible, parecía que ni siquiera habían existido; Era solo yo en mis propios pensamientos, escalando una montaña de felicidad. Mi corazón se convirtió en un semental ganador de la competicion, que galopaba libre y salvajemente. Respiré el aire fresco que me embriagó de alegría y energía. Mira al cielo. Las nubes corren contigo, el sol te mira y te envía cálidas sonrisas.
"San Silvestru Salamanca, ¡cuánta libertad me das! ¡Cómo te adoro!" - Me dije a mí mismo, sabiendo que el espíritu del maratón me escuchaba desde algún lugar, con el alma llena de satisfacción.
Mari Jose
Dicen que Salamanca es una ciudad mágica, plena de historia, arte, embrujo y misterio. La visita ha superado todas mis expectativas. Mi imaginación se desborda ante tanta belleza. Ahora, para completar mi sueño, en el punto de salida para correr la San Silvestre, respiro profundamente, ajusto las zapatillas, saboreo todos los olores, suenan las campanas. Mis músculos están preparados. Comenzamos. No sé dónde piso, pero corro, corro y corro. Escucho jadeos a mi alrededor que se funden con los míos. Pongo mi alma entera en este desafío. El tiempo se detiene, hasta que mi guía se funde conmigo en un largo abrazo, retira el cordón que nos une y me felicita: "lo has conseguido".
Raquel
Una multitud de cuerpos se apelotona en la línea de salida. La carrera va a dar comienzo.
Ella está en un rincón apartado, teme mezclarse entre ellos y salir malparada.
Se siente diminuta, poca cosa, insignificante.
Sabe que no tiene ninguna posibilidad, conoce perfectamente sus limitaciones, aún así, no cejará en el empeño de terminar lo que está a punto de hacer.
El silbato activa los tímpanos de los participantes y enciende la adrenalina de cada poro de su piel de cristal translúcido, débil, sudoroso.
Todos empiezan a correr.
Y ella, asomando tímidamente sus ojos acuosos por el borde de sus antenas, se pone en marcha lentamente, dejando un rastro húmedo de esperanza y tesón, arrastrando una mochila donde esconde lo más profundo de su ser.
La pequeña hembra de caracol pondrá rumbo hacia la meta salmantina con el firme propósito de sobrevivir un día más, una carrera más.
Fátima Fernández Méndez
La carrera de todos
“No sé si llegaré al final.”
Sergio apretó los dientes. En el kilómetro cinco, cada paso era un golpe contra su rodilla gastada. Pero la mirada de su hija en la meta lo arrastraba.
“Vamos, mamá, ¡tú puedes!”
Lucía, seis años, las mejillas rojas por el frío. Grita y agita su bufanda mientras busca entre los corredores el rostro de su madre, que prometió llegar esta vez.
“Un año más. Pero esta vez, la corro por ti.”
Julia ajustó la cinta en su brazo. La foto de su hermano, sonriendo, la acompañaba desde la línea de salida. Y sentía sus pasos junto a los suyos, aunque él ya no estuviera.
“Los corredores pasan como el tiempo.”
La ciudad, expectante, vibraba en cada esquina. Los aplausos. Las calles. Como siempre, testigos de otro fin de año.
Andrea Núñez-Torrón Stock
Verdor luminoso. Amanecer. Tejados escarchados. Hielo en la ventana. Pan con aceite. Café caliente. El árbol de Navidad. Quietud en la casa. Pájaros despiertos. Los niños dormidos. El beso del perro. Anudarse los tenis. Morder un plátano. Hojear el periódico. Estrenar la calle. Arranca la carrera. Un pie detrás del otro. El tiempo paralizado. Un cielo azul eléctrico. Salamanca invernal. Celebrar el camino. Dedicar la meta a los que se fueron. Sentir el espíritu galopar por dentro del cuerpo. Deshojar un año más.
Alberto Palacios Santos
Nadie lo sabe, pero soy un atleta de élite.
Entre abril y junio logré cruzar el desierto recorriendo la distancia de doce maratones. En julio me hice especialista en salto de altura y traté de saltar la valla, pero fracasé. Fue entonces cuando me hice nadador en aguas abiertas para cruzar hasta Melilla.
En otoño conseguí llegar a la península donde me convertí en atleta de marcha para recorrer a buen ritmo la distancia entre Algeciras y Madrid. En la capital me hice velocista de 100, 200 y 400 metros, dependiendo de lo insistentes que fueran los agentes de policía.
Por fin, en diciembre he llegado a Salamanca y, como lo único que sé hacer es correr, me he apuntado a esta carrera, la llaman la San Silvestre y parece que hay premios importantes. No creo que gane, pero estoy seguro de que, una vez más, llegaré a la meta.
Álvaro Rodríguez Real
Llovía, pero eso no me importaba, así que me subí la capucha, cerré la puerta de casa y me lancé.
El primer paso fue firme. El segundo aterrizó en un charco. Me empapó el zapato y me detuvo unos preciosos segundos. Miré atrás, pero no podía detenerme, así que arranqué a toda velocidad.
Mis pies volaron por el asfalto hasta que encontraron tierra mojada. Mis pulmones estaban ya completamente abiertos, así que empecé a sentirlo todo.
Mi miedo. La lluvia. Mis dudas. La hierba. Mi odio. La chaqueta. Y mi inquieto corazón colándose por cada poro de mi cuerpo y excretándolo todo fuera de mí.
Era lo que necesitaba. Era lo único que necesitaba. Y esprinté cerrando los ojos, sabiendo que, por unos instantes, sería más rápida que mi pasado, que mi memoria. Y por una vez, no fueron lágrimas lo que empapó mi sonrisa.
Irene Coll Vilella
He vivido tiempos raros, complicados, aunque los últimos meses parece que la vida me ha vuelto a sonreír. Me gustaría hacer un buen cierre de año, olvidar todo lo ocurrido. Me planteo una pequeña escapada en algún lugar tranquilo, bonito y acogedor. Salamanca siempre me trae buenos recuerdos. He visto que el día 31 de diciembre celebran la "San Silvestre Salmantina". ¿Qué mejor plan para cerrar esta etapa que proponerme un pequeño reto?
31/12/2024
Punto de salida; emocionada. Me temblaban las piernas y el corazón parecía un caballo desbocado. El frío en la cara, insoportable. Me lloraban los ojos y la nariz aguantaba en su sitio por vergüenza. Salí, paso a paso, poco a poco, con cada zancada dejaba atrás los malos momentos, los pisaba fuerte y los lloraba con rabia. He llegado a la meta renovada y sintiéndome un poco Salmantina, si me dejan.
Ivan Moreno Fernandez
Séptimo. No importa cuántos llegaron antes o después. Una solitaria lágrima recorrió mi mejilla, no di permiso a más. Justo hoy no. Quería que al mirarme, viera la misma sonrisa que siempre guardo para él. Exactamente la misma que dibujaba su fatigado rostro. Llevaba toda su vida por debajo del cero, dichosos percentiles y dichosa sociedad que señala al diferente y lo juzga sin rascar más allá de la superficie. Mi hijo no crece físicamente, ningún médico encuentra la causa. Al principio, él inclinaba su cabeza hacía arriba y cuestionaba. Eres así, hijo, no podemos ni tú ni yo cambiar nada para aumentar tu estatura. No tenía más respuestas y continuo sin ellas. Después, la siguió inclinando pero para reír, desafiar, sorprender, celebrar y enseñar, sobre todo esto último, que la actitud multiplica, que eres cómo te sientes, que no sólo gana el primero. Corre, hijo, nunca dejes de hacerlo.
Heidy A. Ventura Huanca
Define que es una carrera si deseas ir a donde todos van, San Silvestre Salmantina no es solo una competición, es una causa y un objetivo, mi objetivo, y cómo deseo correr es mi forma de sentir la vida, porque decidí que correré aquí, incluso solo, incluso si el día anterior fue el peor día de mi vida, cuando corro no pienso nada, miro adelante, inhalo... exhalo, mentón arriba y a seguir, que falta poco y puedo ver la meta.
Ellos están esperándome ahí, al igual que el año pasado, al igual que alrededor de hace cuarenta años, con las mismas energías, incluso lo que nos sigue uniendo es la misma meta. Incluso si corro solo, ellos seguirán y yo seguiré con ellos. Porque es más que una carrera, más que una fundación... es parte de mi familia.
Lucía Cáceres Jiménez
El último suspiro
Cada 31 de diciembre, la ciudad de Salamanca se transformaba. Las calles adoquinadas, bañadas en una neblina fría, se llenaban de corredores ansiosos por la San Silvestre. Marta, con su dorsal número 136, apretaba los cordones de sus zapatillas. Había corrido esta carrera por veinte años, pero este año era diferente. A sus 65 años, el diagnóstico de su corazón frágil flotaba en su mente como una nube negra.
El disparo de salida resonó y los corredores avanzaron. Marta sentía el viento helado en su rostro, el eco de la multitud alentando desde las aceras. A mitad del recorrido, sus piernas se aflojaron, pero no se detuvo. “Solo un kilómetro más”, se dijo.
Al cruzar la meta, una lágrima solitaria recorrió su mejilla. Sabía que era su última carrera, pero también la más hermosa.
Esperanza Tirado Jiménex
Reunidos, por fin en la línea de salida, nos presentamos.
Somos los otros corredores.
Los que corrieron menos en cada edición de la Sansil.
Los que la noche antes miramos el dorsal de reojo y nos íbamos a dormir. Pensando en que, tal vez, algún fin de semana después del verano, deberíamos haber entrenado, dando un par de vueltas siquiera, por el Paseo de El Rollo. Para no agarrotarnos al tercer paso.
Somos esos que salen de casa al filo del comienzo de la hora de la carrera, estrenando esas zapatillas tan chulas que Papá Noel nos dejó debajo del árbol.
Somos aquellos que nunca subirán al podio de los ganadores.
Somos todos esos que celebramos la carrera como si todos los premios nos los lleváramos nosotros.
Y es que nuestra meta está bien cerca: vivir la emoción de ese día.
Essler Francisco Mendoza Bello
En Salamanca, la vida de un atleta, al igual que la de un poeta, la meta siempre será la misma; cruzar la línea de llegada, uno para besar a su amada, el otro, la San Silvestre Salmantina, cruzar su delgada línea, con honores y gallardía.
Hoy me toca ser ambos; guerrero y trovador, de un verso que voy cantando: “sé que el sabor de un beso no desaparece con dos, cuando ese beso, en Salamanca, fue un beso de vos”, y así, enfocado, me dirijo hacia la meta, diviso el atardecer, mientras pienso en tus idílicos; ojos claros.
Essler Francisco Mendoza Bello
En Salamanca, la vida de un atleta, al igual que la de un poeta, la meta siempre será la misma; cruzar la línea de llegada, uno para besar a su amada, el otro, la San Silvestre Salmantina, cruzar su delgada línea, con honores y gallardía.
Hoy me toca ser ambos; guerrero y trovador, de un verso que voy cantando: “sé que el sabor de un beso no desaparece con dos, cuando ese beso, en Salamanca, fue un beso de vos”, y así, enfocado, me dirijo hacia la meta, diviso el atardecer, mientras pienso en tus idílicos; ojos claros.
Cinthya Paola Valdez Ahumada
Los rayos del sol en la cara y el sudor en mis ojos no me limitan, tenemos que terminar la carrera juntos amor mío, el corazón que me diste en vida me da la fuerza para cumplir la promesa.
Melissa Garcia Roldan
Para Marcos, participar en la tradicional San Silvestre Salmantina constituía su anhelo nocturno, aquel que el trágico accidente del 98 le había vedado alcanzar. Este año, sin embargo, estaba resuelto a culminar la carrera que tanto temor le había infundido.
Con resolución en la mirada, Marcos se lanzó hacia adelante, avanzando pausadamente, pero sin permitir que nada lo detuviera. Los clamores del público retumbaban en su pecho, como un ímpetu más poderoso que el agotamiento. Paso a paso, kilómetro a kilómetro, sorteaba cada escollo, mientras la adrenalina lo propulsaba y el orgullo inflamaba su espíritu.
Y antes de siquiera advertirlo, había cruzado la meta, envuelto en aplausos y vítores. Marcos comprendió que no había corrido solo: cada aliento a su alrededor había sido parte de su vigor. Sonreía exultante hasta el llanto, mientras sus manos, curtidas por el esfuerzo de maniobrar el aro impulsor, acariciaban su desgastada silla de ruedas.
María Campra Peláez
Llevaba entrenando meses, había conseguido adelgazar más de lo que pensaba y ya había bajado de obesidad a sobrepeso. Todas las tardes corría por el tartán alrededor de una comunidad de atletas entre los que había hecho amigos. Ellos me instaron a que corriera los diez kilómetros de la San Silvestre. Ya estaba preparada.
La carrera empezó rodeada de muchos de mis compañeros, conseguí un buen ritmo y pronto me puse entre los primeros puestos. De repente algo empezó a ir mal, se me nubló la vista y las fuerzas empezaron a fallar. Caí sin darme cuenta, me levanté y seguí dando tumbos. A 100 metros de la meta detrás de mí oí una ovación. Miré para ver a los demás corredores gritando mi nombre sin adelantarme. No gané la carrera, gané mucho más.
María Campra Peláez
Llevaba entrenando meses, había conseguido adelgazar más de lo que pensaba y ya había bajado de obesidad a sobrepeso. Todas las tardes corría por el tartán alrededor de una comunidad de atletas entre los que había hecho amigos. Ellos me instaron a que corriera los diez kilómetros de la San Silvestre. Ya estaba preparada.
La carrera empezó rodeada de muchos de mis compañeros, conseguí un buen ritmo y pronto me puse entre los primeros puestos. De repente algo empezó a ir mal, se me nubló la vista y las fuerzas empezaron a fallar. Caí sin darme cuenta, me levanté y seguí dando tumbos. A 100 metros de la meta detrás de mí oí una ovación. Miré para ver a los demás corredores gritando mi nombre sin adelantarme. No gané la carrera, gané mucho más.
Manuel garcía González
- ¿Estas preparada?
- Bueno, el tiempo no pasa en balde y debo reconocer que el año pasado acabé hecha polvo, pero… la sensación al llegar a meta fue maravillosa.
- En la anterior edición, no ganamos nada, quedamos a mitad de tabla.
- ¿Qué no ganamos nada? Ganamos lo más importante que se puede ganar, ganamos respeto.
¿No recuerdas como nos miraban en el parque los días posteriores a la San Silvestre?
- Si eso es cierto, sobre todo las pijas esas que no sirven para correr, solo para lucir marcas.
- Es cierto, su mirada era una mezcla de envidia y odio.
- Y cuando nos cruzábamos con alguna deportista de élite, si nos reconocía de la carrera, nos saludaba. Se me ponen los cordones de punta.
- En cualquier caso, da igual lo que opinemos, solo somos un par de zapatillas.
victor bailon lorenzo
Cada 31 de diciembre, las calles de Salamanca se llenan de corredores y espectadores para la San Silvestre Salmantina. Este evento, que ya cuenta con casi cuarenta ediciones, es más que una simple carrera; es una celebración de la comunidad y el deporte.
María, una joven atleta, se prepara con entusiasmo. Este año, corre en honor a su abuelo, quien le enseñó a amar el atletismo. Al sonar el pistoletazo de salida, María siente la energía de la multitud y el espíritu festivo en el aire. A medida que avanza por las calles históricas, recuerda las historias de su abuelo sobre las primeras ediciones de la carrera.
Al cruzar la meta, exhausta pero feliz, María se siente conectada con su ciudad y su familia. La san silvestre es algo mas que un tradición para Maria, es el nexo de unión eterno con su abuelo ya fallecido.
VICTOR BAILON LORENZO
En la San Silvestre Salmantina, las calles de Salamanca cobran vida con la emoción de los corredores. Entre el bullicio de la multitud, Rosa, una joven atleta con sueños en sus zapatillas, siente la adrenalina corriendo por sus venas, la carrera comienza y Rosa avanza con corredores de todas las edades,Por supuesto. Rosa, con el viento acariciando su rostro, avanza por las estrechas calles empedradas. El reloj marca los últimos minutos del año, y su corazón late al ritmo de los pasos. A lo lejos, ve el arco de la Plaza Mayor, iluminado como un faro de esperanza. Rosa acelera, dejando atrás a otros corredores. Cruza la línea de meta con una sonrisa radiante, sintiendo que ha ganado más que una carrera. En ese instante, Salamanca se convierte en su hogar, y la San Silvestre en su tradición más preciada
JOSE LUIS SORIA BARBÉ
El golpe chirriante en los barrotes, me levantaron del camastro hundido, hoy treinta y uno de diciembre en esa celda escarchada donde las fechas no tienen sentido. Me miré en el espejo picado por la humedad y vi mi rostro desolado por la angustia de la desesperación. Giré la cabeza a mi izquierda con el único propósito de mirar por la ventana y borrar por un momento esas vallas electrificadas y el césped helado y pintar sobre ella ante mis ojos el Paseo San Antonio, la Avenida Maroto, la de Comuneros, la Plaza del alto Rollo…Recordar mi última San Silvestre. Las calles llenas de orgullosos atletas con el único fin de llenar un hueco en esa carrera y cumplir su propósito. Bajé la mirada a mi pecho y volví a la cruda realidad; había cambiado mi dorsal de libertad por un nuevo dorsal, el de recluso.
Lara Siscar Morell
El día había llegado. Aquella mañana, Salamanca despertó con un brillo especial y miles de corredores se agruparon en la linea de salida, ansiosos por aquello con lo que llevaban tanto tiempo soñando. Todos y cada uno de ellos, desconocidos, compartían una meta y una pasión en común.
Sandra se agachó para atarse los cordones. No había conseguido pegar ojo en toda la noche y los nervios la estaban traicionando. El sonido del disparo la sacó de sus pensamientos. Todos los participantes empezaron a avanzar al unísono, como un torrente humano.
Cada paso la acercaba un poco más a su objetivo; aquello por lo que se había pasado tanto tiempo entrenando. Ya casi había llegado. Rodeada de sus compañeros, cruzó la meta, sintiendo una mezcla de agotamiento y euforia. Y después… silencio.
Se dio la vuelta extrañada. La multitud había desaparecido. Se hallaba totalmente sola en mitad de la calle.
JAVIER DE VEGA GARCIA
Vieron caer los pedazos del autobús, desperdigándose por toda la ladera. Los cristales volaban, clavándose algunos en los habitantes de la arboleda y otros yaciendo junto a los arbustos menores.
Todo el equipo falleció casi al instante. Todo el equipo menos Urtain, de nueve años.
Mientras se ataba las zapatillas recordaba aquel accidente y se repetía en una sucesión de fotogramas imaginarios como ganador de la carrera.
Al salir resbalo debido al rocío que estaba depositado sobre los adoquines, pero eso no le impidió tomar la delantera pasados unos metros. Doblo la primera curva y cuando se quiso dar cuenta ya cruzaba la línea de meta en solitario.
Asomaron en perfecta cuenta una lagrima por cada uno de sus amigos no presentes ya entre los vivos.
A sus cincuenta años por fin había logrado realizar la promesa incumplida. Por fin podía descansar, y volver a reunirse con ellos.
PEDRO VALDESUEIRO GARCIA
Era tan competitivo que, por recomendación del cardiólogo, había decidido rivalizar únicamente contra sí mismo.
Se acabaron los piques y exigencias.
Con el pistoletazo de salida activó el pulsómetro y fue recorriendo los primeros kilómetros según los tiempos establecidos.
Si algún corredor le sobrepasaba, respiraba profundamente cinco veces y continuaba a su ritmo.
Al girar para encarar la última recta, el sol que estaba en pleno ocaso se colocó a su espalda proyectando una descarada sombra que le adelantó sin ningún tipo de miramiento.
Herido en su orgullo, no estaba dispuesto a dejarse vencer también por ella.
—Estoy compitiendo contra mí mismo—Se justificó.
Esprintó con el corazón latiendo como un tambor en pecho y sienes, pero no fue capaz de alcanzarla y entró pisándole los talones.
La aprovechada sombra desapareció repentinamente cuando, ante sus ojos, apareció la inmensidad de un cielo sobre el que pronto caería la noche.
Yago Merono Onate
Todavía no está claro qué pudo suceder para que ese día aparecieran en la San Silvestre un montón de corredores disfrazados de la forma más extravagante. Había participantes con tres piernas, otros con ojos rodeando su enorme cabeza y uno especialmente horroroso, con forma de gusano, que, a pesar de eso, tomaba las curvas con envidiable habilidad. El público reía, condescendiente, pero, de hecho, fue éste último quien resultó ganador de la carrera. Entonces ya no hacía tanta gracia. Tal vez los organizadores se excedieron facilitando inscripciones, o surgió algún conflicto con la difusión por internet. El caso es que a la hora de entregar los galardones, ya en el podio, el gusano se negaba a quitarse el disfraz, con el agravante de que no se le entendía nada. La cosa se fue calentando hasta que, con el corredor inmovilizado por cuatro agentes, lograron desvelar su identidad: planeta Kepler-186f.
Darío Pérez Montiel
Al completar la XL edición de la San Silvestre Salmantina, tengo un recibimiento de lo más inesperado.
—Nosotros hemos llegado hace quince minutos —me indican quienes parecen ser los ganadores de este año.
Busco con la mirada a mi familia mientras me recupero del esfuerzo realizado y de la impertinencia.
—Nosotros hemos llegado hace veinte minutos —les oigo molestar a otro atleta y casi se me atraganta el último trago a mi bebida isotónica.
Conforme me cambio de zapatillas y de camiseta, sigue apestando la misma cantinela.
—Nosotros hemos llegado hace cuarenta minutos —le dedican sin piedad a un veterano corredor.
—Yo llegué hace cuarenta años —les responde exhausto pero feliz ante el abrazo colectivo de sus nietos. Se quita el dorsal, lo enrolla y se lo entrega cual testigo.
«Otros llegaron antes —pienso para mí—, y nos enseñaron cuál es el verdadero triunfo».
Arturo Sobreviela Lozano
Os contare la historia de Ramón, aquel joven sin vocación, siempre melancólico y sin dirección. Pero un día, en pleno invierno helado, vio la San Silvestre y quedo asombrado. Se ato las zapatillas con decisión y aunque el camino fuera todo confusión, en cada tarde fría Ramón persistía, lleno de energía. Llego el gran día, la carrera final. Las piernas de Ramón comenzaron a temblar mas su corazón ya no podía parar. Al cruzar la meta sin ser el primero, Ramón sintió que era un verdadero guerrero y ahora os cuento, con admiración, como aquel joven sin vocación hallo en la carrera su propia razón, y en cada zancada, su liberación.
Iraldo Ramírez
Sus manos tocaron la vieja fotografía y los recuerdos llegaron, aligerando la tristeza. Fue una mañana de diciembre, cuando le servio de guía a su padre en la carrera de San Silvestre Salmantina. Aún,siente el calor de la gente, el paso por las calles, la camiseta impregnada de sudor y la mirada en el reloj buscando la certeza de que, llegarían hasta el final. Unas cuantas zancadas y la meta. No ganaron los primeros lugares, pero si la satisfacción de haber ayudado a su padre con principio de Alzheimer cumplir unos de sus sueños. Ahí está, sonriente en la fotografía.
Iraldo Ramírez
Sus manos tocaron la vieja fotografía y los recuerdos llegaron, aligerando la tristeza. Fue una mañana de diciembre, cuando le servio de guía a su padre en la carrera de San Silvestre Salmantina. Aún,siente el calor de la gente, el paso por las calles, la camiseta impregnada de sudor y la mirada en el reloj buscando la certeza de que, llegarían hasta el final. Unas cuantas zancadas y la meta. No ganaron los primeros lugares, pero si la satisfacción de haber ayudado a su padre con principio de Alzheimer cumplir unos de sus sueños. Ahí está, sonriente en la fotografía.
Marcos Fernández Solís
La licra negra realza su cuerpo, trabajado todo el año en el gimnasio que tiene frente a la oficina. No sabe por qué ha traído los cascos, hoy no va a usarlos. Todos esos momentos solitarios, sudando entre el sudor de otros mientras escuchaba listas de reproducción creadas de forma automática, confluyen en las pocas horas de hoy. Se supone que vendrán los del trabajo. Ella también. Hace bastante frío, incluso para ser hoy. La licra realza más que calienta. Empieza a estirar mientras espera.
Llegan todos juntos. Había ensayado un poco algunas cosas que decir si llegase ella primero. Pero puede que sea mejor así, no sabe si habría sonado totalmente espontáneo. Ella no lo saluda. Bueno, es lo normal, todavía no los han presentado. En la carrera se pondrá cerca, y ya hablarán en las cervezas de después, era el plan original.
Este año es el año.
María Manrique Biain
Antes de devorar las uvas y empacharse a champán, otro deber mucho mayor me llama. Me enfundo las zapatillas, a las que Matusalén vio nacer, y me subo los calcetines hasta casi las rodillas.
Salgo del piso de estudiantes, llaves en mano, y escruto mi reflejo en el espejo. Cual bandido, me cubro el rostro con la bufanda. El cuerpo me suplica un resguardo ante el frío, pero el abrigo permanece colgado en el perchero de casa.
El ascensor baja pisos, al igual que el 2024 ha consumido los días. Por fin es 31 de diciembre. Por fin es la San Silvestre Salmantina.
Dos jóvenes, uno seminarista y el otro a una nariz pegado, me esperan, vestidos totalmente de negro. Llevamos un dorsal adherido al abdomen. Chocamos los puños, y ponemos rumbo al Paseo San Antonio.
3577, 3578 y 3579.
El bueno, el feo y el malo.
¿Quién llegará primero?
MIGUEL ANDRES CALLE SEMPERE
El muro era infranqueable y la concertina que lo coronaba insuperable. Aquel campo de concentración se había llevado por delante las ansias de libertad de muchos compañeros de cautiverio quienes, desesperados, habían tratado de escapar.
Recuerdo a un muchacho que corría por el interior del recinto cada mañana. Con la naturaleza como adversaria los tendones sufrían bajo la piel, los músculos se manifestaban con desgarros silenciosos y las ampollas pasaban a convertirse en la menor de sus preocupaciones. Corría sin cesar, espantando el dolor a cada zancada.
Una tarde desapareció sin decir adiós. Probablemente rumbo a la chimenea donde la las llamas darían buena cuenta de su cuerpo hasta convertirlo en cenizas. Más adelante, nos enteramos de que logró fugarse.
Años más tarde, disfrutaba de la lectura de un periódico deportivo donde logré identificar una fotografía. Indiscutiblemente era él… el joven corredor, había ganado la San Silvestre Salmantina.
Ramón Ferreres Castell
Quién me mandaba hacerme amigo del alumno noruego de intercambio. Cada mañana se lo veía correr solo por el campus antes de clase, así que, como también me gusta el atletismo, comencé a acompañarlo. Una cosa llevó a otra y lo inscribí en la San Silvestre Salmantina. Creo que no me entendió cuando dije: «Venga, correremos la SAN Silvestre, yo a lo FERMÍN Cacho y tú a lo Jakob Ingebrigtsen», a veces se queda solo con algunas palabras, porque apareció vestido de mozo sanferminero. Lo que me costó hacerle entender que era una carrera popular. Tras cambiarse, pudimos tomar la salida. Parecía más calmado hasta que echó la vista atrás para controlar a los perseguidores y puso pies en polvorosa mientras me gritaba: «¡Mentirosooo!».
Su marca ha sido la gran sorpresa de la edición, y el concurso de disfraces lo ha ganado por unanimidad el grupo «Manada de toros».
Javier Lage Neira
El aire frío de diciembre apenas lograba calmar la excitación que sentí al comenzar la carrera. A mi alrededor, el bullicio de los corredores me envolvía, todos estábamos alineados, esperando el disparo de salida. Desde el inicio, me lancé a toda velocidad, sintiendo el pavimento bajo mis pies mientras el viento me golpeaba la cara. Mi corazón latía con fuerza, empujado por la emoción y el esfuerzo.
Mis músculos ardían, pero la emoción era mayor. No me importaba el cansancio, lo único que tenía en mente era seguir adelante, más rápido, porque en algún lugar de la multitud había visto a mi padre. Lo había olido antes de verlo, y ahora todo mi ser se concentraba en alcanzarlo. El bullicio, las risas, los gritos animando... todo lo impulsaba. Finalmente, allí estaba, mi padre. Lo alcancé con una explosión de alegría.
Y entonces, moví la cola.
Miguel Ángel Moreno Cañizares
Revisó el paquete de tabaco y comprobó que sólo le quedaba un cigarrillo. Se lo fumaría después de ganar al día siguiente la San Silvestre Salmantina, una cuenta pendiente desde hacía treinta y ocho ediciones. Sí, era el participante más fiel a la carrera, pasando por todas las categorías, y a sus 69 años aún conservaba esperanzas y energías para conseguirlo. Se veía con posibilidades.
Los colegas le preguntaban cómo un fumador empedernido terminaba la prueba cada año. Su respuesta era concluyente: sólo las ganas de correr, aunque fuera con los pulmones negros. Pero le faltaba vencer. A su esposa le hizo una promesa: el 31 de diciembre daría la última calada. De hecho, tenía comprados los parches de nicotina y había dejado un hueco en el aparador para el trofeo. A punto de alcanzar la meta, alejado de la victoria, pensó en dónde había escondido otra cajetilla.
Daniel Estrada Ramírez
Primero gateó bajo la atenta mirada de su madre, siempre lista para recogerla en cada caída. También fue ella quien le enseñó a caminar, con un pie delante del otro, hasta que llegó el momento de correr. Así, le mostró que no solo se trataba de velocidad, sino también de constancia y fortaleza.
Años después, su pasión la llevó a la San Silvestre Salmantina, donde el frío de diciembre y el bullicio de la Plaza Mayor no pudieron detenerla. En cada una de sus zancadas resonaba el eco de las enseñanzas de su madre: "¡Un último esfuerzo María, ya lo tienes!".
Finalmente, con el pulso acelerado y la frente bañada en sudor, cruzó la meta. Entre la multitud, su mirada solo pudo encontrar la sonrisa orgullosa de su madre, quien la había acompañado desde el primer paso hasta el último metro en Salamanca.
Marcos Llemes
He perdido. Un tramposo me ha robado el primer lugar.
La recta final me esperaba a pocos metros. Estaba a punto de ganar cuando se apareció por detrás, me apartó de un manotazo y cruzó la meta.
No es justo. He perdido incluso siendo mejor que todos ellos. Mejor que él, a quien ahora veo con la medalla colgando del cuello, rodeado de cámaras y hablando de disfrutar la experiencia de correr la San Silvestre Salmantina sin importar el resultado.
La sangre me hierve de furia. Esto no puede quedar así. Avanzo enfurecido entre el gentío y me impulso hacia él con las alas abiertas. Sobrevuelo su cabeza y le echo una cagarruta en la frente. Veo caras de asco y escucho carcajadas. Solo entonces, me alejo volando hacia el bosque.
Que se quede con la medalla; nadie recordará su nombre.
Hoy la gente hablará de mí.
Miguel Ángel López Muñoz
Todos los años, desde que es capaz de recordar, ha visto a su madre participar en la San Silvestre Salmantina. Doce años, uno detrás de otro, en los que terminaba diciembre corriendo, luchando por sacar adelante a su hija, por superar los golpes de su marido, por vencer al tumor, a los bancos, a la tristeza, a la vergüenza de tener que acudir a un comedor social. Corriendo cada año, siempre hacia delante, nunca mirando atrás, nunca desfalleciendo.
Ahora, con sólo cincuenta y cinco años, es su madre la que no es capaz de recordar. Es su madre quien no logra rememorar por qué corría una vez al año. Pero no importa. Ya no. Porque como en las buenas carreras de relevos, será su hija quien tome su lugar.
Y su madre mirará orgullosa, y tal vez hasta llorará. Aunque no consiga entender porqué lo está haciendo.
Aurora Rapún Mombiela
La mujer seria, de rutinas férreas y constancia a prueba de bombas grita su frustración mientras coloca los brazos en cruz para sujetarse a pulso y no caer en el abismo. Hace años que corre la San Silvestre en Salamanca, como debe ser. Siempre queda en buena posición, como en la vida. Todo medido y controlado, todo previsto. Pero hoy se encuentra floja por lo que acepta uno de esos geles del demonio. Para aguantar: “ya dormirá después, ya descansará cuando se muera”. Y eso es lo que siente en cada pisada, en cada golpe contra el asfalto. Que se le va la vida, que se le escapa. Y, mientras un indio y una vaquera la adelantan, insultantemente sonrientes, como si fueran de carnaval, ella cambia su trayectoria y corre en diagonal, en busca de la salvación tras una puerta de plástico verde, a pocos metros de la recta final.
FRANCISCO JAVIER VICENTE SANCHEZ
Siglo XX. Unos veinteañeros hermano nº2 y servidor, decidimos participar en la mítica San Silvestre. Para entrenar, calculamos las dimensiones de un campo de fútbol: 30 vueltas equivaldrían a 10 kms. LLega el día D, en el primer km pierdo de vista a mi hermanito, a la par, racimos de corredores me superan inapelablemente. Avanza el recorrido, al 6º km, ni rastro de mis fuerzas, miro atrás y veo que me acecha el coche escoba, deseando barrerme. Por fortuna, en ese momento se cruza mi domicilio en mi camino, e, interpretando libremente la sentencia "una retirada a tiempo es una victoria", quedo depositado en él.
Décadas después, aprovechando mi crisis de los 40, vuelvo a intentarlo, esta vez, consigo cruzar la meta. Desde entonces unas 30 carreras más, con otras tantas camisetas conmemorativas rebosando el cajón, mientras, los aplausos y ánimos del público siguen resonando en mis oídos.
Marisol Mongelós
Había comenzado la noche anterior. Estaba paseando a Canelo, cuando una parejita se detuvo a su lado. La chica se agachó y dijo con voz infantil: “¡Pero qué bonito eres! ¿Estás perdido?”
Se apresuró a regresar a casa para observarse tendidamente en el espejo. Que finalmente estuviera ocurriendo le pareció increíble pero sensato.
El día de la carrera, terminó de suceder. El cielo estaba dorado y el aire, espeso. Inusitadamente, no se miró los pies al correr. Ni a los lados. Miró al frente. Se olvidó de los otros corredores. Dejó que los ruidos la atravesaran sin crisparse. Permitió la fugacidad de toda imagen interior sobre el pasado y sobre el futuro. Puso un pie frente al otro, un pie frente al otro… y, por primera vez en su vida, llegó primera a la meta. Qué momento más curioso para volverse invisible.
Concepción Peña Cárdenas
En casa comienza,días antes del ocho de diciembre,la decoración de nuestro árbol.Mis dos nietas,Esther y Alma entran en el salón bailando su famosa coreografia, y una canción suena....
"Todo lo que quiero por Navidad es a ti'
!Gritan!!Abuela,ya comienza la carrera!
Pablo(abuelo adoptivo)abre la caja que cobija el entusiasmo, y mi hija Vero las luces desempolva, Yuri,saca de su chistera,la estrella q ilumina, los grandes ojos de su hermanita Emma.
El reno, bautizado como "Rodolfo",se deja montar con cara seria y diligente;apabullado, corre tan rápido que parece entrenar para la "San Silvestre Salmantina" inspirado por las notas de "MI Burrito Sabanero"
Suenan con panderetas los villancicos, y nuestro pobre árbol desnudo ya, y con restos de resaca navideña, aparece disfrazado de un señor simpático y con barba blanca q les ha regalado con ilusión, bolas lazos,y espumillón.
Ainara Cepa
Ahí estaba mamá, junto a la línea de meta, esperándome con los brazos abiertos. Cuanto más corría, el cansancio la hacía desvanecerse, como un espejismo. Estaba a punto de tocarla, pero cada paso la alejaba. Recordé su voz, la última vez que la oí: “Siempre estaré contigo, aunque no me veas”.
Corría con el alma desgarrada, deseando que este esfuerzo me devolviera lo irrecuperable. Al cruzar la meta, la verdad me golpeó: nunca podría volver a tocarla. Sin embargo, su amor, ese amor indestructible, viviría en cada latido de mi zancada.
Rafael Fuentes Pardo
Aunque mis hijos me recomendaron no hacerlo, me apunté a la San Silvestre y me fui para Salamanca. El día de la carrera me descolgué enseguida del pelotón, y como no conocía la ruta, acabé en un descampado, en las afueras de la ciudad. A lo lejos vi a un hombre trabajando y me acerqué a preguntarle cómo regresar al circuito. Estaba muy atareado arrojando cosas a un pozo que parecía no tener fondo: desde smartphones a ministros pasando por patinetes eléctricos y algún que otro especulador de suelo público. Pregunté por qué lo hacía y él, a su vez, por qué corría la San Silvestre. Me toqué la barriga y contesté que para aligerarla. Asintió con la cabeza y añadió que él lo que aligeraba era el mundo, para que el todo se quedase en algo razonable y el vacío se pareciera a asomarse a una azotea.
Jesús Jiménez Reinaldo
Me emociona asistir al momento en que mi madre me busca en el listado que publica el periódico con los resultados de la San Silvestre Salmantina. Todos los años empieza por el último, desde que en mi primera participación terminara el octavo por la cola. Desde entonces, he entrenado como un jabato y ahora tiene que recorrer más de la mitad de la lista para encontrarme.
Es un trabajo duro para sus ojos, afectados por la degeneración macular húmeda, pero ella, como yo, tampoco se da por vencida. Antes apenas podía leer los titulares y, ahora, con la ayuda de unas lentes y unas inyecciones, se devora el periódico si algo le interesa.
—Quiero que aún me lo pongas más difícil— me dice sonriendo.
Por eso, cuando corro, de ella son mis piernas y son míos sus ojos. Por ósmosis familiar. Porque en la lista saldremos retratados los dos.
Rosa Mateos García
Salamanca. 31 de diciembre. 2024.
Tras concluir la carrera deportiva, empezó otra carrera por la vida.
Pero, después de una exhaustiva búsqueda, la policía sólo encontró mi dorsal.
Francisco Javier Cirilo Martín
Estos últimos meses, veía a mi padre especialmente motivado cada día que salía a preparar la San Silvestre un año más. Para él, el último Domingo de Diciembre siempre ha sido especial, ya que podía disfrutar con sus amigos de su querida ciudad haciendo lo que más le gusta, deporte en muy buena compañía. Para él, la San Silvestre Salmantina no era solo una carrera, era una celebración. Poder pasar corriendo por la Plaza Mayor, el Puente Romano, por las calles repletas de gente animando y aplaudiendo, es el mayor premio que puede tener, ya que significa que siguen pasando los años y ahí está, cumpliendo un año más, compartiendo zancadas con veteranos y noveles, todos ilusionados por terminar.
Al preguntarle por la especial ilusión que tenía, me contestó con una sonrisa…este año se da una casualidad, el 29 de diciembre es mi cumpleaños, ¡¡¡por lo que DOBLE FELICIDAD!!!
José Antonio Rosano Calvillo
¿Qué piensas cuando corres? Hay quien extrae energía de unos auriculares, como si un hechizo les embriagara dotándoles de un poder extraordinario para alcanzar la meta. Los hay por otro lado que se dedican, suspirantes, a contar cuántos kilómetros quedan para terminar y celebrar el hito con una cerveza en buena compañía. También están los expertos atletas que, deseosos de mostrarse a sí mismos (y al mundo) los resultados de su entrenamiento, se colocan desde el inicio en las primeras posiciones y no ceden, superando sus límites en cada zancada. Hay por supuesto quienes son capaces de desconectar mente y cuerpo, y maravillarse ante los sonidos de la naturaleza mientras avanzan en piloto automático.
Seguramente, todos ellos fuiste tú en alguna ocasión. Y ahora te encuentras en plena carrera absorto al ver en los demás estas otras versiones de ti. Pero y hoy, ¿qué piensas cuando corres?
Anna Beth López Ford
Hoy un hombre que no conocía de nada me iba a chocar la mano en la calle, o eso pensaba yo, porque le choqué la mano y me miró muy extrañado. Resulta que iba a parar un taxi, y yo muerta de la vergüenza, le intenté explicar que yo también iba a parar un taxi de la otra acera, se giró y vió que la única carretera era esa, y cuando quiso darse cuenta, yo ya había echado a correr. Resulta que él era un atleta famoso, que se dirigía hacia ella San Silvestre. La gente dice que se me cayó el DNI a su lado y él lo cogió y ahora me buscan por todas partes para devolvérmelo. Ahora he cogido un taxi yo y estoy de camino al aeropuerto, en unas horas estaré volando hacia Nueva Zelanda a iniciar una nueva vida.
Andrea Sofía Durán Baca
—¿Y por qué continúas si estás sangrando?
—Porque una caída sólo es un obstáculo, pero sigo viendo el camino, sigo viendo la meta.
—Pero aquello está muy lejos.
—En mi mente está muy cerca.
—Pero todos te han superado, apenas vas comenzando después de la estrepitosa caída.
—Es que no importa que tan lejos o tan cerca estén los demás, confío en la dedicación de mi cuerpo, en la fuerza de mi espíritu y en la perseverancia de mi mente. Esto no es una competencia contra otros, es contra uno mismo.
—¿Y eso vale la pena?
—Si hoy hago un minuto menos de lo que hice el año pasado; sí, entonces habrá valido totalmente la pena.
El niño vio pasar al atleta con orgullo determinado, con las rodillas y las manos raspadas. Comprendió que cada año, era ese hombre quien ganaba la carrera, y quizá el siguiente, podría ganarlo él.
Simon Hayde Houston
Se resalto la ya conocida trayectoria de este certamen estimulando asi el interes deportivo de muchos por ser parte de este proyecto ya tradicional, teniendo como escenario el atractivo paisaje natural y no natural de la trayectoria de la ruta atletica.
Ángel Saiz Mora
Mi terapeuta lo intentaba, pero es difícil convencer a alguien con manía persecutoria de que en una carrera como la San Silvestre Salmantina nadie sigue sus pasos. Además, estaba convencido de haber escuchado a mi espalda: «¡No le perdáis!».
Correr no es de cobardes, aunque el miedo hizo que fuera deprisa. Si hubiese tenido valor habría saltado por el Puente Romano para escapar. Tampoco me atreví a lanzarme desde el Puente Sánchez Fabrés y huir por el Tormes.
Me alcanzaron en la meta del Paseo de San Antonio. Llenos de admiración, dijeron que había sido una liebre estupenda.
No podía imaginar que iban a invitarme a formar parte de su club de atletismo. Menos aún que, años después, jugaría a la oca con una hija, mía y de Olga, mi psicóloga. Ambas me enseñan a vivir sin injustificados delirios, a dejarme llevar por su buena corriente.
SALVADOR VAQUERO MONTESINO
Ponerse en la salida es ya una victoria, y ella lo sabe. Está feliz, entre tantos corredores, aunque no está nerviosa porque no le importa llegar la primera ni superar ninguna marca personal. Para ella la San Silvestre Salmantina es otra cosa. Significa demostrarse que sí puede hacerlo sola, sin que la lleven de la mano a ninguna parte. Porque ya es independiente y no quiere depender de nadie jamás. Respira al oír el comienzo y deja que sus pies le lleven por el recorrido, disfrutando cada uno de sus pasos, camino de la meta. Cuando cruza el final está llorando, pero de felicidad. Sólo desearía que, de alguna manera, él sepa que ella ha estado allí y, desde su celda, comprenda que jamás le permitirá regresar a su vida ni volver a maltratarla, como antes.
Silvia Solá Selles
Se lo había prometido así que ahí estaba yo, la persona que nunca jamás antes había corrido, ni siquiera para coger el bus que se le escapaba.
Pero ese 31 de diciembre esa carrera significaba todo, su gran victoria, así que era la mejor de las torturas que me podía imaginar.
Y ahí estábamos las dos, sobre las calles de nuestra ciudad, calzadas con nuestras zapatillas empezando a rodar.
Ella, con su pelo corto que empezaba de nuevo a brotar, preciosa e ilusionada. Y yo, siguiéndola como podía, intentando respirar, sin tiempo a ver ni por donde andaba.
De repente, se giró, me cogió de la mano y señaló.
Enfrente una pancarta enorme rezaba: “María eres grande! Campeona, has ganado”.
Toda su gente estaba ahí, esperándola a cruzar la meta. María había ganado la más grande de las carreras.
Daniel Soufi Oliveros
El mejor corredor del mundo ha venido este año a la San Silvestre Salmantina. Quiere pasar desapercibido. Llevará un dorsal concreto, que podría haber sido otro cualquiera. Unas gafas de sol, en el improbable caso de que la luz de la tarde deslumbre. Una camiseta térmica porque le han dicho que seguro hará frío. El mejor corredor del mundo quiere ser uno más, no aceptará que se celebre ningún evento en su honor, ni asistirá a ningún encuentro privado con el alcalde. Los que mejor le conocen aseguran que es tan terco y habilidoso en su empeño por hacerse invisible que ni siquiera ellos podrán reconocerle, perdido entre la multitud. Cruzará la meta en el momento oportuno, ni antes ni después de los primeros, sino justo cuando nadie se dé cuenta. Es el mejor corredor del mundo.
ANTONIO BELIZÓN REINA
Llevo ya varios años concursando en estos relatos o lo que es lo mismo participando en la San Silvestre Salmantina. Hasta ahora, tanto una como otra, no me sacan de la mediocridad de mi narración o de la carrera.
La última del 2023 no fui capaz ni de tener mención especial en los relatos, ni tampoco entrar entre los cien primeros al final del recorrido. Yo lo achaco a mi falta de fondo físico a mis setenta y dos años por un lado y posiblemente a mi barroca elección de vocablos y adjetivos por otro.
Lo cierto es que nunca me ha preocupado el resultado final, ni la de un concurso literario, ni tampoco comprobar la hoja de clasificación final de un cros, de todos modos estoy dando la sensación de que me interesa ganar alguno de los dos, cuando lo importante es participar.
Reinerio Portales Hernández
—Fue más que una simple carrera —declaró.
Tales palabras traían consigo experiencias inolvidables. Diego decidió participar por iniciativa de sus amistades. Mientras corría le invadió una sensación extraña. El concepto de forastero desaparecía ante la avalancha de personas que trotaban bajo una misma bandera: la hermandad. Era como si quisiesen alcanzar al año nuevo mientras que el viejo, ya sin fuerzas, se quedaba rezagado. Fue tan divertido que se entristeció cuando el certamen llegó a su final. "Nunca pensé que me enamoraría", le susurró a la almohada. Cerró los ojos y soñó con el momento de volver a correr hacia la felicidad.
Lucía Laín Claësson
Último domingo del año. Aurora ha entrenado muy duro para la ocasión. Respira hondo, suena el pistoletazo de salida y la carrera se abre paso entre la multitud. Atrás queda todo: las voces de ánimo, los aplausos, la expectación... Las pisadas se vuelven sordas sobre la piedra milenaria. Tan solo escucha su respiración. Correr es un proceso complejo, el cuerpo en movimiento: apoyo, impulso y recuperación. Su zancada se hace cada vez más amplia, desafiando al tiempo. Ciento ochenta pasos por minuto, cadencia y corazón. No lejos queda la catedral. Recuerdos, desdichas, alegrías y el cerebro a máxima oxigenación. No ha sido un buen año para Aurora. La carrera es la meta y el mejor punto de partida. Atrás queda lo vivido, su cuerpo en movimiento es su verdadero presente. Aurora es una corredora más entre miles de participantes. Dorsal 322. La meta está cerca. Un nuevo año por delante.
MIGUEL ÁNGEL CORDENTE TRIGUERO
Hizo unas sentadillas y respiró con fuerza. Movió los brazos como si fuesen aspas de molinos, se abrazó y se relajó. Luego se apoyó en el muro, dobló una rodilla, dobló la otra. Se dijo que no debía tener miedo; era fuerte, era una mujer decidida, capaz de combatir los insultos más soeces, las manos que la investigaban en el autobús o en las aglomeraciones de los conciertos. Dobló el cuerpo, tocó su pie derecho con la mano izquierda, dejó que el cuerpo se relajara, realizó unas torsiones, dio unos saltitos, comprobó sus zapatillas. Se dijo que sus jefes y compañeros de trabajo no volverían a proponerle ninguna necedad, ninguna ordinariez; no lo permitiría. Acabó con una flexiones contra el muro y acariciándose los brazos. Luego corrió bajo la pancarta de salida; comenzaba la San Silvestre; esta carrera no sería una huida.
Marta Justo Encinar
¡Ojalá, lo pueda seguir escuchando y sintiendo por muchos años más! Porque correr con ellas no es sólo mágico, inexplicable y maravilloso, correr con ellas, no es sólo poner un pie delante del otro, no sólo es sudar, cansarte y llegar a la meta. Correr es compartir con vosotras, saborear cada km con ilusión, disfrutar de aquella ciudad donde estudié “Salamanca”, que tanto me dió, y que tanto recuerdo. Correr es disfrutar del ambiente de esta ciudad, de su gente, los Salmantinos - Los Charros, de los aplausos en el Paseo de San Antonio, la Plaza Mayor y la zona de Libreros. No hay más, tiene de todo, la excelencia es aquí.
Terminar con satisfacción, ilusión, llegar a la meta, abrazarnos y decir: “el próximo año volveremos a estar aquí”. Ahora nos queda “seguir”: a por un buen tostón y unos ricos chochos charros.
CRISTÓBAL MARTÍNEZ HARO
¿Papá, por qué corres? Le preguntó con cara torcida de extrañeza el niño. Te veo sufrir y resoplar en cada zancada, en la terrible caída después de suspenderte en el aire y soltar un suspiro de alivio al pisar de nuevo el duro asfalto. De verte sudar el dolor acumulado en cada rincón de tu cuerpo, de retorcer tu rostro luchando por no llorar.
El padre cogió a sus cinco años de carne propia y lo plantó delante de su cara. Corro por la alegría, dijo con voz plana y sincera. Por huir de los complejos y miedos que me persiguen. Gritarle a mi cabeza que no se preocupe por la mediocridad. Para que mi alma entienda que estoy sano y capaz de superar todos los fracasos, incluido el de perder. Por estar vivo. Porque amo mi libertad y la tuya.
El niño miró y no habló más esa mañana.
Goretti Pérez Ruiz
Había llegado la hora. Isabel se enfrentaría a la mañana siguiente al reto de su vida, correr la San Silvestre entre una multitud de corredores y público entregado.
Llevaba una hora sentada en aquel tronco, mirando fijamente el dorsal y sudando como nunca lo había hecho antes, pero se lo había propuesto y estaba decidida a cumplirlo. Era el momento de superar su fobia a la gente.
Habían pasado tres horas más e Isabel seguía en el mismo sitio, impertérrita y aterrada, hasta que, de golpe, le sobrevino un punzante dolor de cabeza.
Saltó del tronco y, enseñando las fauces al mundo, soltó un grito lleno de rabia. Eran las 5 de la mañana y su rugido despertó a toda la ciudad.
Isabel se colocó el dorsal y se dirigió al punto de salida, dispuesta a hacer la gran carrera de su vida.
María Sánchez Valcarcel
El ambiente está cargado de nerviosismo, comienza la carrera y pronto esa marea de gente se va disolviendo, a mitad de carrera me arden los pulmones y los músculos me gritan que pare, todavía queda mucha carrera y las fuerzas empiezan a desvanecerse ya casi no puedo seguir corriendo. Me detengo y apoyo las manos en las rodillas, siento una mano cálida en mi espalda, levanto la cabeza y miro como un hombre sonriente, me ofrece una botella de agua.
— ¿Seguimos?
—No puedo más abandono
—No abandones, puedes conseguirlo, inténtalo.
Sonrió y sigo avanzando a pesar del cansancio, del dolor en mis piernas, ya queda poco, veo la meta tropiezo y caigo dos mujeres se acercan ayudándome a ponerme en pie, sigo avanzando con paso tembloroso hasta cruzar la línea de meta donde me dejo caer en el suelo.
Estanislao Pan García
- ¡Si hay recesión, lo suyo es que intervenga el gobierno! ¡Es crucial! -jadeaba Sonsoles-. ¡Sin gasto público la demanda no va a ninguna parte!
- ¡Así estás creando deuda!¡Si no tienes cuidado puedes acabar con un déficit fiscal e inflación! -respondió Gabriela, sudando.
- ¡Vamos, que ya lo tenéis! -exclamaron desde el público. Ellas lo ignoraron.
- ¡Tienes que estimular la economía de alguna manera!
- ¡Te arriesgas a que la gente no se esfuerce y se acostumbre a tener al estado de colchón! ¡Un país no puede funcionar así!
- ¡Ganadoras! -gritaron. Ambas se giraron para mirar. Habían cruzado simultáneamente y a toda velocidad la línea de meta de la San Silvestre Salmantina. Bebieron de las cantimploras, jadeando.
-Ni me había dado cuenta de que ya llegábamos... -dijo Sonsoles, apretándose el estómago.
- Es que la conversación era demasiado interesante... -replicó Gabriela, agotada, apoyada contra un árbol.
Maribel Vicente Díez
Unos chavales, a los que seguramente sacó veinte años, me miran con ojos de ternero cuando me ven salir del portal embutida en una bolsa negra de basura. Hace frío a pesar de ser casi las diez, pero no me importa, sé que enseguida dejaré de sentirlo. Mis zapatillas suenan a trote ligero por la acera que va de Buenos Aires a Tejares y mis pupilas se llenan de las imágenes del camino. Poco después, llego al arco de salida, rompo el plástico y dejo al descubierto mi atuendo fosforescente, casi, casi como doce horas más tarde hará la Pedroche. Pero a mí no me mira nadie. Tampoco me importa. Justo cuando suena el disparo de salida me beso el anillo de mi mano izquierda y empiezo a correr. No estoy sola porque siempre vas conmigo.
Alberto Bravo Sánchez
En la atmósfera celular, las mitocondrias precisan de las moléculas de oxígeno, al igual que los molinos, del viento que hace girar sus aspas, con idéntico objetivo: proporcionarnos energía con la cuál disfrutar de la vida.
En la riada de corredores que forman la “San Silvestre Salmantina” los espectadores también buscan a sus familiares y conocidos mientras estos tienen a sus mitocondrias trabajando al máximo rendimiento. Estas “bacterias”, en simbiosis con nuestras células, dictarán sentencia y elegirán al ganador y a la ganadora de la San Silvestre por su eficacia energética.
Aunque en el atletismo el segundo es el primero de los perdedores, en esta carrera popular todos salen victoriosos por el mero hecho de activar el orgánulo celular que convierte cada bocanada de aire en zancadas porque… Cruzar la meta es cuidar la salud.
OLGA PEREA CABRERA
El cielo se tiñó de estrellas y luces titilantes la noche de San Silvestre. Miles de zapatillas, unidas por la adrenalina, pisaron las arterias de Salamanca. Ana, con su disfraz de superhéroe, sonrió al ver a los niños aplaudir. No corría por el tiempo, sino por la esperanza.
A cada kilómetro, su mente viajaba: recordaba las mañanas frías, el sudor en invierno y las risas compartidas en el parque. A su lado, un anciano resoplaba, pero su mirada era un faro de determinación. El abrazo del esfuerzo, la solidaridad en cada paso, y la meta no era un fin, sino el comienzo de un nuevo propósito. En esa noche mágica, las diferencias se desvanecían, unidos en un solo latido. Cuando cruzó la línea, no solo había terminado una carrera; había celebrado la vida, el compañerismo y el poder del esfuerzo colectivo.
M. Salvador Muñoz
No somos un mito ni una leyenda. Desde la primigenia de los tiempos hemos coexistido con vosotros, los humanos. Nos hemos adaptado para sobrevivir. Ahora no seccionamos yugulares; la sangre de otros animales es menos sabrosa, pero suficiente para subsistir.
Mis músculos están algo entumecidos, pero llevo una eternidad preparándome para la San Silvestre. Cada noche corro el trayecto y mis tiempos empiezan a ser competitivos. La noche anterior al evento, cruzo mis huesudas garras, para que el humano del tiempo no pronostique un día soleado.
Los elementos me son propicios, las nubes mis aliadas. Empieza la carrera. Podía convertirme en murciélago y ganar de calle, pero no sería ético. La meta está cerca, y cuando creo que la victoria es mía, un joven me adelanta y quebranta mi sueño. El ganador sonríe. Lo conozco, maldigo su alcurnia y solo pido que no os lo encontréis si hay luna llena.
Jorge Barrecheguren Fernández
En los últimos metros, cuando ya no quedaban más fuerzas que las del impulso, lo sentí. No era fatiga, ni frío, sino la certeza de que algo, o alguien, me seguía. No miré atrás. Nunca lo hacía. Sabía que en las carreras uno no mira atrás, que la distancia siempre se mide hacia adelante.
El ritmo de mis piernas no era mío. Era como si hubiera cedido el control a un pulso más viejo, más profundo. En las esquinas, las sombras de los edificios parecían inclinarse, observando, expectantes.
Aceleré. Quise terminar antes de que él —quienquiera que fuera— me alcanzara. Al cruzar la meta, respiré hondo. Pero algo faltaba. No el cansancio, no la gente. Era como si la carrera aún continuara, invisible, dentro de mí.
Tal vez nunca dejé de correr.
Alba Kiernans Garcia
Cada 31 diciembre, la San Silvestre Salmantina recorría las calles empedradas y se llenaban de corredores charros, abrazando la historia de la ciudad bajo un cielo de invierno y dispuestos a despedir el año con sudor y sonrisas. La San Silvestre Salmantina no era solo una carrera; era un ritual, una despedida al año y una bienvenida a los sueños pendientes.
Para Manuel, corredor aficionado, se le venía el recuerdo de cómo empezó de niño y como ahora volaba con cada zancada.
El frío golpeaba fuerte, pero el bullicio y calor de la multitud lo impulsaba, creando una atmosfera única. Cada zancada sobre las piedras históricas era un paso hacia algo más grande.
Al final, no importaba el puesto ni el tiempo. Javier entendió que lo importante no era llegar primero, sino hacerlo con el corazón lleno, como un verdadero charro, con la fuerza y el orgullo de su tierra.
JULIAN RUIZ GRANADOS
NOCHE BRAVA
El burel clavó en mi sus ojos moros olfateando el miedo. Su casta emblemática gritaba ¡Olé!
Quedé paralizado cuando el toro de Lidia lanzó con sus patas chispas y guijarros de la tierra navarra dispuesto al ataque.
Su piel de ébano brillaba cómo el ónix cuando los rayos lúbricos lunares abrazaron su envés para hacerlo más irreal y más lívido. Su encornadura acaramelada rayó el manto de la noche, entonces, las castañuelas de sus patas sonaron en el tablado del llano...
En esos momentos recordé mi participación en la carrera de san Silvestre en Salamanca y como logré posicionarme dentro de los finalistas.
Podía huir… pero…
Retrocedí unos pasos… decidido tomé velocidad.
... y se lanzó contra mí.
Llovieron claveles rojos en el ruedo del campo libre.
José Gómez Rodríguez
La San Silvestre de Salamanca es el acontecimiento que mejor me define y que ha aglutinado las experiencias más entrañables de mi vida. De hecho, soy feliz entre las piedras doradas de la ciudad que me vio crecer, rodeado por amigos y de una familia a la que logré inculcar la afición por esta carrera que hermana los valores humanos y físicos del deporte con los propios de la época navideña. Precisamente, estando a punto de la salida, me invade una intensa emoción, acrecentada por el entrañable gesto que mis hijas y nietas muestran al levantar sus caras al cielo. Desconocen que el tiempo y el espacio ya no importan. Tan solo mi esposa siente que vuelvo a estar cerca de ellas. Cruzamos las miradas y desde la acera me dedica una cariñosa sonrisa que yo correspondo lanzándole un beso que permanecerá en la eternidad.
FRANCISCO ANTONIO BRERA RODRÍGUEZ
Corría descalzo, casi desnudo, únicamente unos andrajos de ropa cubrían mi cintura. Barba larga, sangre coagulada en mi rostro, en mis piernas endebles, en mis manos huesudas. Corría y corría escondiéndome en la niebla salmantina donde ninguna persona conoce a la otra.
Me percibía escapando del Rollo de la Alamedilla, despojándome de las ataduras que mordían mis muñecas. Corría por el antiguo convento de las Bernardas hacía la plaza de la Verdura, una silueta triste, un pobre desdichado, un reo de la justicia, corriendo, huyendo sin parar.
Despierto de la pesadilla, ya no corro para huir, pero nunca olvido aquella primera carrera de San Silvestre cuando mis padres me explicaron el cometido del rollo y la picota.
David Tordable
Su suela, gastada por innumerables juegos callejeros, había visto más calles de Salamanca que cualquier otro niño. Hoy, sin embargo, tenían un nuevo propósito: contemplar la San Silvestre. Desde los pies de un pequeño, observaban con envidia a los corredores que pasaban a toda velocidad. Los colores brillantes de los dorsales y la energía de la multitud los hacían soñar.
Cuando un grupo de niños comenzó a correr en paralelo a la carrera, las zapatillas no pudieron resistirse. Con cada zancada, sentían la ilusión de alcanzar la meta. El viento les azotaba el rostro, llevándoles el olor a sudor y a adrenalina. Por un instante, fueron parte de aquella fiesta. Pero al final, regresaron a sus pies, contentos de haber vivido esa aventura, aunque fuera desde la acera. Sabían que la próxima San Silvestre volverían a soñar con cruzar la línea de meta.
Pedro Maya Álvarez
El frío diciembre abrazaba Salamanca, pero el calor de la multitud en la Plaza Mayor era palpable. Entre el bullicio y los cánticos, sus ojos se encontraron. Ella, con el dorsal ondeando al viento, y él, en la línea de meta, cámara en mano. Una mirada, breve pero intensa, que traspasó la distancia y el tiempo. En ese instante, el deporte se convirtió en excusa, la carrera, en un pretexto. La San Silvestre Salmantina, más que una competición, era un puente entre dos corazones. Con cada paso, ella se acercaba a él, con cada disparo fotográfico, él se acercaba a ella. Al cruzar la meta, su sonrisa fue la única medalla que importó. Y así, bajo el cielo estrellado de Salamanca, el amor floreció, tan rápido como el último aliento de aquel año.
Sandra Sanz Gálvez
La luz del sol acariciaba mi piel, el aire agitaba mi cabello. Olía a asfalto, sudor y hierba recién cortada. Rostros desconocidos aplaudían, gritaban, llenándome de energía. La libertad en mi pecho era tan intensa que dolía. Los corredores me adelantaban. Intenté hablarles, pero, como siempre, me faltaba el aliento. Me limité a disfrutar. Al fondo, la meta brillaba. Solo un poco más, pensé. Un esfuerzo más. El calor de los aplausos retumbaba como tambores de guerra. Un poquito más…
Cuando al fin llegamos, vi la cara de mi padre, sudando, sonriendo. El cansancio en sus ojos no opacaba su felicidad. Me dolía la cara de tanto sonreír.
— Gracias — pude decir al fin, mientras me besaba la frente y empujaba mi silla de ruedas hacia mamá, que nos esperaba con un par de botellas de agua.
ANTONIA SÁNCHEZ RIVAS
En la espectante linea de salida perciví a un conocido atleta vieznamita. Enseguida fui consciente del hintrincado discurrir junto a los chirimvolos desde Canalejas a Puerta Zamora. Plaza Mayor, mi vertijinoso ritmo no me impidió ver a un niño vitongo junto a sus projenitores. Jardines de Colón, casi me doy de bruces con alguien disfrazado de arlekín. Puente romano, un suplicio, me sentía agoviada y enguyida en la riada de corredores. Esa densa admósfera se desvaneció pronto al contemplar un caballo saludándonos, haciendo la corbeta en la orilla. De vuelta a la urbe, volví a sentirme eshausta y descolluntada subiendo la cuesta de Moneo. El descenso, desde el ovelisco de don Bosco hasta la Alamedilla, supuso una travesia con el viento en popa. Superé la insufrible subida de Comuneros con un puñal clavado en el pecho. Meta, éstasis al comprobar que había encontrado 20 palabras con errores ortograficos.
Beatriz García Sánchez
No sé ya cuántos años hace que viene ocurriendo el prodigio, siempre la misma noche. Se resquebrajan los cuartos traseros del lince, las plumas de la cigüeña y la escafandra del astronauta. Agita las pinzas el cangrejo y se relame el dragón fabuloso. Estiran, impacientes, sus miembros agarrotados y una nube de polvillo áspero se eleva en el aire. Se desprenden las garras de la hojarasca pétrea. Palpitan los corazones hasta que la liebre sacude una oreja y el resto asume la derrota. El gallo, en su torre, alza la quilla y ensancha el pecho para anunciar la salida.
Pero este año hay novedad. Se ha cansado la ranita de ser mera espectadora. Salta del cráneo pulido, de un brinco se planta en la Plaza y de otro en la línea de meta.
―Dichosos advenedizos ―croa altiva la batracia, mientras le llueven vítores de alabanza y laureles platerescos.
Francisco Javier Rodríguez Santos
La mañana, pese a la agitación generalizada, había despertado triste. Su incesante llanto sobre los adoquines del Puente Romano había puesto en apuros a varios intrépidos. Carlos no fue una excepción; para quien arrastra una mochila tan sumamente pesada cualquier escollo representa un desafío.
La marcha a osados trompicones de este cuasi septuagenario contaba, como no, con aguerridos detractores – el delirio romántico soñador argüían −, y con partidarios entusiastas. Estos velaban por su entereza en las cuestas próximas a ese parque por el que gustaba pasear a tan afamado literato.
Las últimas zancadas fueron las más difíciles, no por cuestiones técnicas, sino porque, por paradojas de la vida, frente a esa parroquia fue donde se llevaron por delante a quien empujaba, su carga y motor. El milagro y la victoria, pese a todo, seguía siendo poder disfrutar de quien te espolea a someter jocosamente tus límites.
Melqui Vélez Muñiz
- Una noche de nervios, de desvelo, de vueltas en la cama y miradas una y otra vez al reloj, de frio, de calor, de falta de aire, de agobio, de sensaciones contrapuestas, de dolores y molestias sinsentido, de pensamientos, de imaginaciones, de recuerdos, de deseos, de ansiedad, de que pase el tiempo y llegue la hora...Y ahora que me acabo de poner las zapatillas, todo eso sea calmado.
- Pero, si tu no vas a correr.
- No voy a correr, pero me pondré en la esquina a ver pasar los corredores animándoles del primero al último. Además, quiero que sepas, que hoy es un día de alegría, porque llevo desde anoche presintiendo, que aunque solo sea en mi imaginación y mis entrañas, hoy volveré a ver correr a tu abuelo, como siempre le gustaba hacer este día por las calles de su Salamanca.
ROBERTO GALLEGO
En Salamanca, donde las piedras susurran historias antiguas, vivía Liliana, una niña cuyas risas resonaban por las calles empedradas. Cada diciembre, la emoción crecía: la San Silvestre estaba por comenzar. Lila soñaba con correrla, persiguiendo mariposas.
Una tarde, mientras exploraba, encontró una caja antigua oculta detrás de la catedral. Al abrirla, halló un par de zapatillas doradas brillando en su interior. Al calzárselas, una chispa de felicidad iluminó su corazón. Desde ese día, cada zancada la llenaba de alegría.
El día de la carrera, al cruzar la línea de salida, sintió que el mundo se detenía. Con cada paso, la magia de Salamanca la envolvía: risas, amigos y luces danzantes. Pero al llegar a la meta entre confeti y amor, en lugar de aplausos, se encontró con una multitud confusa y un mensaje en la pantalla: “¡Despierta, Liliana!
A su alrededor, la carrera continuaba, un año más, preciosa, y ella seguía soñando.
Diego García Fernández
Llegó la fecha marcada en rojo en el calendario, llegó la San Silvestre Salmantina.
Me vestí con la ropa de deporte y me coloqué en la salida.
Llevaba meses entrenando con disciplina y estaba preparado para poder disfrutar.
Un sudor frío recorrió mi cuerpo al darme cuenta de que había olvidado el dorsal.
Últimamente estaba bastante despistado y me costaba recordar algunas cosas, aunque a mis setenta años pensaba que era normal.
Puse esfuerzo e ímpetu para volver a casa, coger mi número y llegar a tiempo.
Salí junto a miles de corredores, notando el impulso del público. Con entrega pude finalizar la que sería mi última San Silvestre. Qué gran recuerdo llegar al Paseo De San Antonio entre aplausos y qué pena que el Alzheimer vaya a borrarlo todo. Por ello, antes de que suceda, dejo esto escrito sobre mi lucha y pasión por el atletismo.
MARCOS PÉREZ BARREIRO
Aunque siempre había envidiado las medidas de Jayne Mansfield, 102-54-89, Mónica, celebraba la llegada de San Esteban para echarse al empedrado y, así demostrar que, las suyas, 85-50- 82, podían competir con cualquiera. Incluso, con aquellas mujeres que, a veces, llegaban primero. Las que no tropezaban con el sube y baja de sus pechos. Esos, por los que era conocida en los ámbitos nocturnos de Salamanca.
Ya que, gracias a ellos, al amanecer, en el plato de la ducha, no se mojaba los pies. Un 37,5 en el caso de Mansfield. Un 41, en el caso de Mónica. Porque, aunque Jayne, fuese diez centímetros más alta, Mónica, conservaba el decoro de saberse, también, hermosa. Y, por lo tanto, cada San Silvestre, era para ella la constatación de que podía alcanzar la cinta de la meta gracias al roce natural de sus pechos. Esos que alquilaba a cincuenta euros la hora.
Jose Maximiliano Gimenez
Sacar al “Tío Pablo” de Salamanca había sido todo un logro de mi hija Luciana, que lo extrañaba con locura desde la última vez que lo fuimos a visitar. Sin embargo, no pudimos convencerlo de alargar su estadía en Argentina.
—Te vuelves por una tradición absurda, por una carrera que no vas a ganar, ¡encima a tu edad! En vez de quedarte con nosotros —le recriminó ella, con el enojo típico de una adolescente.
Con una media sonrisa, de esas que tanto vamos a extrañar, se despidió diciendo:
—Luciana, era bastante mayor que tú cuando corrí aquella primera San Silvestre Salmantina. Los que seguimos aquí volvemos con orgullo año tras año; es un pacto nunca escrito. Aunque miles nos rodeen, reconocernos con una simple mirada no es un problema. Cuando llegues a nuestra edad, comprenderás que la meta no es terminar la carrera, sino estar ahí para compartir esas miradas.
Antonio Olmos Belmonte
Érase, pues, una jornada de fin de año cuando, en Salamanca, aconteció un suceso esplendoroso. Partiendo muchos en tropel del Paseo de San Antonio, emprendieron camino con premura y gran estrépito, y poco tardaron en pasar, en hileras, y apretados unos contra otros, por la gran Plaza Mayor. Pero donde el corazón se me estremeció más, en acordamiento del toro de piedra, fue al verlos atravesar el Puente Romano entre el gentío que aclamaba y aplaudía con júbilo. De tal guisa y entre vítores llegaron a la meta, y hasta el viejo ciego se unió al alboroto, aunque, como siempre, sin saber bien de qué iba la cosa. Allí estaba, palmeando y exclamando con tanto entusiasmo como si él mismo hubiese corrido. Y yo, Lázaro, aguantando la risa, pensé que quizás el viejo merecía un buen tropezón por sus andanzas... pero eso, amigo, es otra historia que contarse ha.
VÍCTOR ROLANDO BELLIDO AGUILERA
Desde comienzos del XIII continúo esta carrera. Bajo el escudo y la calavera sorbí
del saber y la vida. Ahora cruzo el Puente Romano. Hoy puedo conseguir el
portento. Rebaso al Padre Basabe. Solo me restan 1218 pasos hasta la meta. Más
de seis mil corredores intentan alcanzarme, redoblan el ímpetu de sus piernas.
Almuneda está adelantándose, casi llega a mi lado. Puedo ver la Fachada
Plateresca de la Universidad. Otra vez el escudo y la calavera. La infinitud del
conocimiento. Los molinos de viento en los Arribes del Duero. Don Quijote a toda
carrera. Medita San Agustín. La grandeza es de España. El Campo de San
Francisco. Detengo la marcha para dar impulso a los más rezagados. La victoria es
inútil, me digo. ¡Qué otros alcancen la gloria!
Vicente Mullor Jorda
Viajaban hacia el reencuentro familiar, y Salamanca era parada obligada. La ciudad les recibió con el gélido frio de diciembre, y con un bullicio inesperado. La pancarta sobre sus cabezas indicaba el evento: XXXVIII San Silvestre Salmantina. El asombro se reflejaba en los ojos de Laura y Mateo, sus nietos. Su subconsciente le alentaba a obviar el peso de sus 72 años, alineándose con ellos junto a la multitud. La emoción eclipsaba el frio. Sonó el pistoletazo de salida, y los dos chavales salieron disparados. Pronto se percataron de que el abuelo no iba tan rápido, y frenando la marcha, le esperan. Este, con una sonrisa entrecortada les dice: “No se trata de correr rápido, sino de que lleguemos juntos”. Entre risas y bromas, y apoyándose en los hombros de sus nietos cruzan la meta, demostrando que la verdadera carrera, no es el tiempo, sino los momentos compartidos.
Samuel Arjona Fernández
Me dijeron que no volvería, que la rodilla no aguantaría, que me despidiera. Pero aquí estoy, en la línea de salida, con los pies firmes en el asfalto. El aire entra despacio, cargado de significado, como si cada inhalación fuera una promesa cumplida. Alrededor, el bullicio de los demás se desvanece. Solo me escucho a mí mismo: el latido en las sienes, el pulso en las muñecas, el temblor en las piernas, no de agotamiento, sino de emoción. Nunca imaginé regresar. Cuando dijeron que la rodilla se había rendido, sentí una fractura en el alma, más profunda que el dolor físico. Pero hoy, en este instante, sé que he conseguido alcanzar mi meta.
Vanesa García Hernández
Antes, paseaba Unamuno. Hoy, compiten los corredores de la San Silvestre. Mañana, aparecerá la UCO de la Guardia Civil.
Y todo gracias a mí, la primera asesina en serie de Salamanca.
Raquel Marín
Las cuerdas flojas que usaba de niña para explorar el mundo desde lo más alto marcaron dulcemente mis carnes. Al poco tiempo empezaron a reunirse cerca mío cientos de personas esperando a que les obsequiara con la gracia del día de caerme mientras sonreía sin parar. Cada vez que intentaba un ejercicio sucedía lo mismo. ¡Quería dejar de llamar la atención por mi torpeza y poder ser una atleta seria de grande!
A pesar del cansancio siempre estuve atenta a los logros de mis ídolos de la pista en la tele. ¡Eran verdaderos Leónidas de Rodas modernos!
Hoy he atravesado el Puente Romano por primera vez. El regocijo soltó su rumor por las calles decoradas con grafiti de los barrios del Oeste apenas inició el día. De reojo, noté un cálido resplandor divino a mis espaldas. ¡Era la diosa del sol alentándome a sentir orgullo por mi hazaña!
Margarita del Brezo
Lo primero que hago es ponerme el dorsal. Luego me recoloco la hoja de parra y, con ayuda de una pequeña rama de alcornoque, sujeto mi melena en un moño, arranco una manzana del árbol prohibido y la mordisqueo mientras me dirijo con parsimonia a la línea de salida. Adán ya está allí, haciendo ejercicios de calentamiento que solo interrumpe para lanzarme una afilada sonrisa de superioridad en cuanto me sitúo a su lado. Al oír la señal divina, echamos a correr. Desde el puente romano, la serpiente, puesta en pie, sostiene una pancarta con frases motivadoras; parece una señal de tráfico vista de lejos. A medida que me acerco a su posición, la balancea. Es la señal acordada para que yo baje el ritmo y él pueda ganarme otra vez. Pero este año no pienso caer en la tentación. Ya es hora de cambiar el argumento de esta historia.
Isabel García Viñao
No es un Usain Bolt.
Mira sus piernas. No son largas ni musculosas.
Inspira. Su pecho se hincha poco.
Calienta los músculos previamente para la carrera de la San Silvestre Salmantina. Los nota entumecidos.
Observa atletas fornidos. ¡Están hechos “unos cachas”!:
Uno hace flexiones y, sin doblar las rodillas, toca el suelo con toda la palma de la mano.
Otro balancea sus piernas: En cada circunvalación recorre unos 240 grados.
A su lado, uno expira. Sopla como el cierzo y le descoloca la gorra.
Por detrás, un negro le sonríe. Mastica chicle.
—Tenga uno. Dejará de temblar. Lo noto muy nervioso para la carrera. Piense como yo. Lo importante es participar y llegar.
¿Cómo decirle que vengo del Valle de la Muerte, al sureste de California, donde el sol abrasa, y que, el día de San Silvestre, en Salamanca, hace un frío que pela y de allí mi tembleque?
Estefanía Jiménez Hernández
En la fría mañana de la San Silvestre, Salamanca se llenaba de un mar de colores. Entre los corredores, un joven con una máscara de superhéroe se preguntaba si podría alcanzar a su hermana, que siempre llegaba primero. Con cada zancada, las risas y los gritos de aliento lo impulsaban, convirtiendo el aire en un festín de emociones.
Al llegar a la última curva, la vio esperándolo, con una sonrisa radiante y los brazos abiertos. En ese instante, comprendió que no se trataba de ganar, sino de correr juntos, de compartir el último día del año.
La meta, más que un final, era solo el comienzo de nuevos recuerdos, un puente hacia el futuro. Mientras cruzaban la línea juntos, el joven sintió que el verdadero triunfo no era el tiempo en el reloj, sino el amor y la alegría que llevaban en el corazón.
Luis Sánchez Travesí
¡PUM! — Pistoletazo de salida.
Una gran masa de dorsales recién colocados, zapatillas bien atadas, y atletas llenos de ilusión avanza por el paseo de San Antonio a trote firme. La corriente de corredores en la que te encuentras es abrumadora, aunque ya en Plaza de España conseguisteis tú y tu grupo crear una distancia del resto del pelotón con la que obtener ese aire tan necesario y fresco para vuestros pulmones. Los animadores del Puente Romano ya consiguen discernir la silueta serpentiforme de tu grupo, aproximándose con brío y elegancia, !casi pareciera que estuvieseis surcando el cielo! El cansancio acumulado toma presencia en Carmelitas, sin embargo, vuestro corazón de fuego os impulsa con fuerzas al último sprint. Al alcanzar la meta, os llenáis de alegría, no es para menos pues ya puede el dragón asiático que portabais como disfraz, volver a su eterno sueño.
José Agustín Blanco Redondo
Un frío de escarcha perfila el cuerpo de Antonia, entumece sus labios, enciende el rubor en sus mejillas. La emoción se alberga en una mirada que se desliza por la cuesta del palacio de Congresos. Una mirada esclava del compromiso por el que interviene en la carrera. No ha sido por solidaridad, ni por divertirse, tampoco por cobijar en el pecho la gloria de la victoria. La plaza Mayor aguanta el frío con la hermosura inerte de sus soportales. La bajada de san Pablo y el puente Romano se enredan con los vientos prematuros del invierno. Hasta que, al fin, llega el descanso, esa tregua satisfecha que concede el fin de tanto esfuerzo. Un esfuerzo deseado, lenitivo, ofrecido a su abuela Carmen. Sí, la anciana ha regresado a casa después de permanecer casi tres semanas en el hospital.
MARGARITA IBAÑEZ DURAN
El FRAILE
Avanzo por la avenida pensando en alcanzar la plaza, debo mantener la calma y seguir con este ritmo, pero hace rato que llevo la respiración forzada y siento que me tiemblan las piernas. No necesito girar la vista para reconocer las calles, las tengo guardadas en forma de recuerdos de tu mano. Esta es la ciudad que amabas y este uno de tus días preferidos. Deseo acabar la carrera, lo merezco y te lo debo. Recuerdo tu sonrisa llegando a la meta entre aplausos y pienso las veces que rechacé hacerla contigo.
Cuento los pasos para concentrarme y olvidar el cansancio; un corredor disfrazado con una túnica negra, apoya su mano firme en mi hombro y me dice que falta poco que vayamos juntos, parece que escuchar su respiración hace que controle la mía.
Se que se acerca el final cuando aparecen los espectadores, los ánimos y las lágrimas.
Eva Álvarez Rodero
El sonido de los pies golpeando el asfalto de la San Silvestre, le recordaba a su hija Olga, atleta de pro. Cada paso la llevaba más cerca de la meta y, con ello, a un último homenaje. Olga no estaba allí, pero algo suyo permanecía.
A pocos metros de la meta, un joven pasó a su lado, con el aliento entrecortado y la mirada clavada en el horizonte. Ella lo reconoció. Aarón. El receptor del corazón de Olga.
Sin decir palabra, ambos cruzaron la meta al mismo tiempo. El mundo parecía detenerse. Se miraron, él jadeante, ella en silencio. En sus pechos, un latido fuerte, sincronizado, como si ese corazón los uniera. En ese momento, sintió que su hija seguía corriendo, que su corazón seguía vivo. Sin necesidad de palabras, supo que ambos habían llegado juntos a la meta, y que Olga, en cierto modo, también acababa de ganar.
Cinthia Riveros Flores
Segundas oportunidades.
Hace tanto que soñaba con ir a Salamanca, la promesa viviente hasta dónde cueste, iríamos juntos hasta allí, tras cinco años de espera, pues la meta fue grande, luego de bajar más de ciento veinte kilos de esa difícil obesidad, por poco y casi nos lleva a correr otra historia.
Una manera de persistencia y lucha, impulsaba nuestros esfuerzos, un cambio de vida, a una nueva vida, por ser parte de la emocionante carrera de San Silvestre.
¡Y corrimos ¡con tantas ganas y fuerza, el impulso de otras personas, a flor de piel, el sol agradable, nuestros atuendos deportivos y nuestros nombres escritos fijaron nuestro compromiso en este evento.
Aquí, era llegar a la meta, no quizás al primer ni segundo lugar, correr juntos mi querido Eivan.
Celebrar con botellas de agua fresca, era diferente, pero sí estabas ahí, valía la pena, no permitiría otro ataque al corazón.
Pau Sanz Planas
Un cielo invernal cubre la ciudad mientras las calles empedradas se llenan de vida. La San Silvestre Salmantina está a punto de comenzar. No es solo una carrera; es una tradición que mezcla esfuerzo y alegría compartida.
Los corredores atraviesan la Plaza Mayor. El esfuerzo se siente en cada paso. La catedral vigila y les susurra que cada piedra suma. La vida es constancia y superación. Al pasar junto a la fachada de la Universidad, una rápida mirada a la rana escondida les recuerda la lección de paciencia, atención y determinación. También que lo importante no suele ser fácil de ver.
Poco a poco, la meta se acerca y al cruzar el umbral uno siente, por un solo instante, el eco pasado de los estudiantes que durante siglos han pisado las mismas piedras en busca de saber y futuro.
Jesus Asensio Valencia
Un tiro me ensordece, huyo hacia adelante. Mis piernas golpean el suelo, noto que el cuerpo responde. La zapatilla se desata demasiado pronto y el calor me sofoca. El asfalto lastima mis pies, la respiración se acelera y a lengua se reseca. El sol empieza a quemar mi cara, recoloco la visera, la camiseta me roza. La velocidad decrece buscando el punto de llegada y comienzo a notar cierta confusión mental.
Oigo pasos detrás de mí; un rival se acerca, le miro, no suda, no jadea, me adelanta y piso su sombra mientras se aleja.
Comienzo a comportarme como un autómata, yo ya no controlo mis esfuerzos, solo me dejo caer hacia adelante y de repente… la cinta golpea mi pecho. Caigo al suelo y vomito.
Me felicitan: —¡Ganaste!
—¡Le he visto pasar! — grito con rabia.
Pero me dicen que por delante de mí no ha pasado nadie.
jody rio manzanas
Pablo no entendía nada. Una sensación de confusión invadía su cuerpo. “¿Qué día es? ¿Por qué llevo ropa deportiva? Un momento… ¿ese es Unamuno? ¡¿Unamuno corriendo con un dorsal?!”
Cada pregunta era aún más desconcertante. Sentado en el suelo, observaba pasar a un montón de personas corriendo en la misma dirección. ¿Acaso había algún incendio? ¡¿Acaso estaba viendo pasar entre la multitud al astronauta de la catedral, con deportivas puestas?!
En medio de la confusión, unos muchachos se pararon jadeantes y le preguntaron si estaba bien. Ahí comprendió que, corriendo la San Silvestre salmantina, había tropezado y por unos instantes había tenido alucinaciones. El tobillo le dolía, pero más le dolía haber entrenado duramente para luego no poder terminar la carrera.
Al escucharle, los muchachos le cargaron a caballito hasta la meta. No les importaba tardar más tiempo en completar la carrera, lo importante era que nadie se quedara atrás.
Víctor Niso García
¿De dónde vino la brisa enigmática y tibia que, a apenas doscientos metros de la meta, nos sorprendió por la espalda? ¿Qué sentido tenían esa temperatura ajena al día de finales de diciembre y esa particular consistencia del aire? ¿Era el eco del coscorrón de Lázaro en el toro de piedra? ¿Los suspiros que se le escaparon, en el huerto, a Calixto y Melibea? ¿El «como decíamos ayer» de Fray Luis de León? ¿El croar que, sobre una calavera, alienta al carpe diem? ¿Las unamunianas tertulias del Novelty?
Todos los corredores sentimos ese soplo, extraño y familiar a un tiempo, y cómo impulsó nuestras carreras.
Era el pasado, que nos adelantaba.
alberto martínez trapiello
Ser un trozo de madera es una aventura. Mi trayectoria laboral comenzó siendo un listón de una verja, para contener al público que acudía a competiciones de atletismo.
Años después, unos carpinteros salmantinos reutilizaron dichos tablones para fabricar vallas de velocidad (ya sabéis, las que se colocan en pista para celebrar carreras de obstáculos). ¡Y yo fui uno de los tablones seleccionados para formar parte de las vallas! Era un trabajo muy emocionante. Ahí estaba, en medio de la pista, viendo a deportistas acercárseme a velocidades asombrosas hasta casi alcanzarme… Confiando en que en el último instante saltarían para sortearme... Terrorífico, ¡trepidante!
Finalmente, con el paso de los años, me ascendieron. La madera de las vallas fue reutilizada para fabricar testigos, empleados en carreras de relevos. La única pega es que ahora me paso el día siendo manoseado por manos sudorosas, pero definitivamente, la adrenalina hace que merezca la pena.
JOSE LUIS GONZALEZ JIMENEZ
Después de cubrir la última edición de la San Silvestre Salmantina, la mayoría de los periodistas acreditados para la prueba decidimos comer en el Figón Charro. Allí se cocinan todos los platos de la gastronomía local. Hornazo y chanfaina y deliciosos guisos de carne de morucha, acompañados de níscalos o trompetas de la muerte, según se tercie.
Antes de despedirme de Eustaquio, el encargado del Figón, le traslado unas preguntas que incluiré en el reportaje.
- Y el día de la prueba, entre participantes y espectadores, recibiréis centenares de comensales ¿verdad?
- Así es, ampliamos el aforo instalando mesas en todos los rincones.
- Y los visitantes, ¿llegan de cualquier parte?
- Pues, verás, hace un par de años junto al Tormes, aterrizó incluso una nave espacial.
- Pero ¿viajaban extraterrestres?
- Sí, los Marciánez. Son una familia excelente. Les encantó Salamanca. Fíjate que se empadronaron a los pocos días.
Rafael Soriazu Gual
Allí estaba en el Paseo de San Antonio dispuesto a correr la San Silvestre
Salmantina como homenaje a su padre, un gran aficionado a ese tipo de pruebas. Se
lo había prometido unos días antes de su muerte. Sonriente el progenitor le contestó
que no hiciera promesas de imposible cumplimiento.
Pero allí estaba tras adelgazar sesenta kilos para lo que se requiere un notable
sacrificio, o más bien una suma de sacrificios. Quemar un kilo es más difícil que
quemar amianto.
Su objetivo era participar pero... curiosamente no llegó el último, aunque tampoco
hubiera importado.
Al día siguiente fue a depositar un ramo de flores ante la tumba de su padre. Y...
sintió que alguien le daba una palmadita en la espalda.
Samuel Arjona Fernández
Me dijeron que no volvería, que la rodilla no aguantaría, que me despidiera. Pero aquí estoy, en la línea de salida, con los pies firmes en el asfalto. El aire entra despacio, cargado de significado, como si cada inhalación fuera una promesa cumplida. Alrededor, el bullicio de los demás se desvanece. Solo me escucho a mí mismo: el latido en las sienes, el pulso en las muñecas, el temblor en las piernas, no de agotamiento, sino de emoción. Nunca imaginé regresar. Cuando dijeron que la rodilla se había rendido, sentí una fractura en el alma, más profunda que el dolor físico. Pero hoy, en este instante, sé que he conseguido alcanzar mi meta.
María Aránzazu Toro Escudero
Cuando Lucas se presentó en el salón el 31 de diciembre con ropa deportiva, “¡listo para la San Silvestre!”, supe que había gato encerrado. Su padre, tan aficionado a esa carrera que no había faltado a la cita ni el año de la pandemia, ni cuando se rompió una pierna y completó el recorrido con muletas, llevaba diecisiete años esperando ese momento. Ya desde mi embarazo soñaba con transmitir su pasión a nuestro vástago, vivirla en su compañía. ¡Oh decepción!: nuestro retoño odiaba las carreras.
Mi marido había apelado al espíritu deportivo, a los beneficios del deporte para la salud física y mental, incluso había intentado sobornar a Lucas con un extra en su paga, sin ningún éxito. ¿Qué habría obrado el milagro?
El misterio quedó aclarado cuando un enorme cerdito de peluche con el dorsal 25 entró en la habitación gritando, con la voz de mi marido: “¡vámonos!”.
Silvia Tévar Garcilópez
No, nunca más podría volver a correr, le habían dicho. Ni saltar. Y no, tampoco servirían las sesiones de fisio. Ni tan siquiera los rezos y las estampitas de su abuela Encarni. Estaba claro: para él no había posible solución. Por eso se había apuntado a la San Silvestre salmantina: decían que una vez chillaba el pitido de salida, te convertías en alguien distinto. Él llevaba ya ¿cinco? ¿seis kilómetros? y la pierna de silicona, espuma y metales empezaba a pesarle, como en esas tardes en las que, después de reuniones, cafés requemados y más reuniones luchaba contra los diagnósticos médicos, el final del día y contra esa vocecita que le taladraba más de lo que le gustaría. No puedes, le decía. Pero el paseo de San Antonio estaba cada vez más cerca. Solo un poco más. Las piernas se aligeraron. Solo un poco más. Empezó a volar. Aplausos. Palmadas.
Natividad Villar Martínez
Denoto movimientos alrededor, María anda loca buscando su dorsal, teme haberlo perdido y reclama a su nueva pareja que aligere al calzarse las zapatillas o llegarán tan tarde que no dispondrán de apenas tiempo para el precalentamiento. Es entonces cuando la melancolía me embarga y saboreo los preparativos previos a cada carrera, el disfrute del roce de las zapatillas sobre el asfalto, el frescor del viento en la piel a cada paso, cierro los ojos e intento correr, pero me doy de bruces con las paredes de este espacio sombrío y reducido. De cara al año que viene, le solicitaré en alguno de sus sueños nocturnos, que para el día de la san silvestre salmantina, deje la tapadera entreabierta de la cajita en la que ando custodiado, las cenizas con solo un soplo de viento podemos llegar bien lejos.
Carlos Sanz Baz
Soy un monje de...muchos años, que rescatado de una maldición caída sobre mi libro, he sido rescatado de las páginas que habitaban en él para descubrir lugares y gentes de todas partes. Mi curiosidad sobre los pueblos de la sierra, hizo que caminando y caminando entre caminos, mis huellas tornaran de un barro empapado por la llovizna ligera que caía sobre el monte, a la sombra de mis sandalias sobre el asfalto de una ciudad que bullía pletórica ante cientos de lo que parecían corredores con una especie de zapatillas que daban una sensación de volar. Era una carrera hacia la gloria, hacia la satisfacción humana, en la que se mezclaba historia, belleza, arte y solidaridad. Mi camino debía continuar después de hallar estas huellas...
Elena Gómez
¡Pum! El sonido de miles de zapatillas golpeando el asfalto resonaba entre los ánimos del numeroso público. Vega avanzaba con paso firme, pero pronto notó algo extraño: un hombre corpulento con camiseta roja no dejaba de correr a su lado, demasiado cerca. Ella aceleraba, él la seguía. Ella giraba, él también. La tensión subía, el corazón le latía con fuerza y no sólo por el esfuerzo.
Trató de despistarlo desviándose entre otros corredores a lo largo de todo el recorrido pero ahí seguía él, pegado como una sombra. Finalmente, en el último kilómetro, Vega no pudo más y gritó:
—¡¿Qué quieres de mí?!
El hombre, jadeando, contestó:
—¡Perdón! ¡Es que... estás pisando mi cordón!
Vega miró hacia abajo y, efectivamente, había estado corriendo con su zapatilla enganchada a la de su perseguidor. Ambos rieron. Al cruzar la meta, se despidieron entre carcajadas, olvidando la tensión que les había unido.
Ana María Tejado León
Había que intentarlo. Finalizado el tratamiento, me sentía sana, fuerte; la enfermedad era ya un recuerdo bien guardado. Estaba preparada y llena de energía.
El paseo, desde la plaza, apenas era visible por la neblina que el sol no había logrado aún despejar. Sentía un frío intenso y el calentamiento previo apenas empezaba a preparar tímidamente mis piernas. Mi padre me había recogido el dorsal en el último momento y no iba a defraudarle. Para un corredor experimentado como él, esta carrera popular era un divertimento. Los trofeos de años anteriores se acumulaban en su colección más preciada.
Sin embargo, esta gélida Nochevieja él tenía otra meta que alcanzar: su aplauso y su aliento iban a ser decisivos en los momentos en que yo flaqueara. Necesitaba su apoyo incondicional, este reto sólo podría superarlo con su confianza en mí y mi afán por mejorar.
Las luces navideñas encendían la ciudad.
Laura Gasulla Parra
Marta entrenaba cada día, desafiando el frío de diciembre y el cansancio que acumulaba tras largas jornadas. La San Silvestre Salmantina no era una carrera cualquiera; era la última del año y, para ella, la última que su cuerpo agotado por la enfermedad le permitiría correr.
La mañana de la carrera, se colocó su dorsal y miró a su alrededor. Miles de corredores compartían su emoción y, al cruzar la meta, sus piernas se rindieron, pero su espíritu seguía en pie. Mientras el público la aplaudía, entendió que no importaban ni el tiempo ni los trofeos.
Ese día, Marta ganó su propia victoria: cruzó la última meta con el corazón lleno y el miedo vacío. La sonrisa en su rostro la acompañaría siempre, como la marca de un logro que no se mide en segundos, sino en coraje.
David Díaz
¡Riiiiiing!
- ¿Dígame?
- Buenos días, mi nombre es Virginia, de "Aventuras Mágicas", empresa líder en crear experiencias que desafían la realidad. Hoy tenemos una oferta única, en "pack Premium", ideal para usted.
- ¿Ah, sí? ¿Qué incluye?
- Un recorrido exclusivo por Salamanca, una ciudad encantada por un día. Imagine: 10.000 pasos por las principales calles y avenidas de la ciudad cerradas para usted. Un recorrido de una hora aproximadamente en un ambiente festivo. ¿Suena bien?
- Sí, pero, ¿hay más?
- Por supuesto. Conocerá los principales monumentos de la ciudad. Una multitud de salmantinos y forasteros le aplaudirá y animará a su paso. Le acompañarán princesas, gnomos, dragones chinos, incluso, Papá Noel o los Reyes Magos. Y todo, por el increíble precio de sólo 12 euros.
- Pero es imposible, será una broma. ¡Una estafa!
- ¡Para nada! Con el nombre del pack lo entenderá: San Silvestre Salmantina.
juan antonio chamorro barrientos
Hoy he vuelto a Salamanca. En realidad, nunca me fui del todo porque ella y yo siempre fuimos uno. Casi no la reconozco. La Plaza Mayor, sin sus jardines. El "Novelty", en cambio, resiste bajo sus soportales, exactamente igual que entonces.
Andorreo sin rumbo evitando los grupos de turistas. En mi época no existían. Nadie repara en mí, parecería que no existiera.
La Catedral, la Casa de las Conchas, la Clerecía... hasta que me topo con una multitud de hombres y mujeres en paños menores multicolores que captan mi atención. Corren por el Paseo de San Antonio, por el Bulevar de San Francisco Javier, por la Cruz de Caravaca, por la Avenida de los Comuneros. En su indumentaria puedo leer "San Silvestre salmantina".
Pero debo irme. Dejo para el final la visita más deseada. Calle Bordadores, cuatro. Continúa majestuoso. Desde aquí comencé mi viaje, precisamente un día de San Silvestre...
Charo Moreno Martínez
Cada año, Faustino regresaba a la San Silvestre Salmantina. En vida, nunca había logrado terminarla: una torcedura, un calambre, una lluvia torrencial... siempre algo. Pero ahora, como fantasma tenaz, podía correr sin cansarse. Ese año se cumplía el XL aniversario y se propuso el mayor reto de su vida, bueno, en realidad de su muerte: ganarla. Atravesó muros, atajó por calles que no estaban en el recorrido, esquivó corredores y, finalmente, llegó el primero. Triunfante y olvidando su etérea condición, se quedó esperando los aplausos, las fotos, el reconocimiento que nunca tuvo en vida. Pero nadie notó su presencia. Aunque era un espectro, sintió un escalofrío de vergüenza, porque había hecho trampas. Arrepentido pensó: «El próximo año seré honesto… y con suerte, quizá haya algún médium entre el público, que valore mi esfuerzo». Y se fue corriendo como alma en pena.
Francisco Javier García Carrera
Con tan solo dos semanas de entrenamiento moderado afrontaba la San Silvestre con mucha emoción, más de la que expresaba mi rostro; a la vez estaba un poco asustado, aunque no creo que ninguno de mis colegas me lo notara y yo a nadie se lo contaba.
Un mes antes era casi seguro que no iba a poder participar y para mí esa carrera era una verdadera tradición, tengo un especial recuerdo de la primera que vez que hice el recorrido largo, era un adolescente y corrí junto a mi padre, él siempre a mi lado.
Justo antes del pistoletazo de salida se me aceleró el corazón, aunque nadie se enteró, y 54 minutos y 47 segundos después era el hombre más feliz del mundo, aunque nadie me lo notara, lo había conseguido y el tiempo era lo de menos, a pesar de ser el peor de mi trayectoria atlética.
José Ramón Alonso Belaustegui
El recuerdo de la carrera del año pasado cercena su fatigado cuerpo. Desea resarcirse de la derrota. Sus ojos son espejos que se pierden en un infinito piélago imaginario de zapatillas desgastadas. Extiende el dorsal de la San Silvestre Salmantina y vuelve a visualizar la prestigiosa prueba. Duele el cansancio acumulado de los duros entrenamientos, pero, notorio de los quehaceres de un atleta, se palpa los acentuados surcos de sus venosas piernas y se consuela al comprobar la magnitud del trabajo que ha realizado hasta volver. En su táctica mental ha resuelto que deberá exprimir su aparato locomotor en el afán de victoria, doblegar al ácido láctico, fiel compañero de fatiga de los desconocidos límites de su yo deportista, y sobre el empedrado asfalto de pilastras y bocanas que rodea al río Tormes junto al Puente Romano, volar por el gen de la nube que le impulsa hacia el triunfo.
Berta Mateos Monteagudo
La San Silvestre Salmantina no era solo una carrera para Pedro; era su manera de cerrar el año con fuerza. Rodeado de corredores de todas las edades, cada paso se sentía como un eco de los desafíos que había superado. El frío se mezclaba con la calidez de las risas y las voces de ánimo de la multitud en las calles de Salamanca.
Faltando apenas unos metros, el cansancio quiso detenerlo, pero escuchó la voz de su hijo entre la multitud: "¡Vamos, papá!". Esa chispa fue suficiente. Con el último esfuerzo, cruzó la meta con los brazos alzados, y, en ese instante, entendió que no corría solo por él. Corría por todo lo que amaba, y la meta era apenas el comienzo de todo lo que le quedaba por lograr.
Edgar Alexander Bautista Meza
Don Álvaro cumplía setenta y cinco años cada diciembre desde hacía una década, como si el tiempo se hubiera detenido en sus huesos, igual que el musgo en las piedras coloniales de Salamanca. Cada San Silvestre, con obstinación heredada, se amarraba sus viejos tenis y salía a “correr” por las calles empedradas. Aquella mañana, Conchita, la chismosa del barrio, lo divisó estirando los tobillos.
—¡Don Álvaro! ¡No le da vergüenza! —le gritó, abanicándose con el delantal—. ¡Esa carrera es para gente joven, no para fósiles!
Sin perder la calma, el viejo se ajustó la bufanda y lanzó una carcajada que retumbó en toda la plaza.
—Conchita, a mi edad, correr es más un acto de fe que de velocidad. Pero le digo algo —se estiró para mirar al cielo— Si San Pedro me busca, que tome asiento: hoy tengo que darle al tiempo un nuevo tirón de orejas.
Carolina Vega Serrano
Cada San Silvestre Salmantina cuenta con su propia historia, pero aquella vez, Salamanca latía al unísono. Sara, que apenas podía correr cien metros el año pasado, se alineó entre cientos, sintiéndose novata y nerviosa. Recordó a su abuelo, que en cada Navidad le contaba cómo corría esta misma carrera hasta que su salud le impidió seguir. Paso a paso, Sara sintió el empuje de la multitud y la voz de su abuelo acompañándola.
El último kilómetro parecía eterno, sus piernas ardían de dolor. Pero a lo lejos, entre el público, creyó ver a su abuelo saludándola con la misma sonrisa que recordaba de niña. En ese último sprint, Sara comprendió que no corría sola: con ella iba el esfuerzo de todos los que alguna vez la apoyaron y el alma de cada corredor.
Al cruzar la meta, entendió que la victoria no era llegar la primera, sino no rendirse nunca.
Jordi Hernández Martínez
Entre el tumulto de zancadas desiguales y risas torpes, los veo. No son rápidos ni certeros; titubean, jadean, se miran entre ellos buscando aprobación, y a veces hasta chocan con la torpeza de quien aún no ha aprendido.
Corren con esa mezcla de miedo y alegría sin razón que tienen los nuevos. Los observo desde la punta, tan lejos en experiencia y distancia que ya no siento el roce de esos nervios, ni la alegría del inicio.
Años atrás, yo también me tambaleaba al correr, tropezaba, y me levantaba con una sonrisa mitad vergüenza, mitad orgullo.
Ahora, al mirar hacia adelante, encuentro la perfección en la técnica, la seriedad en cada paso. Pero en algún punto, también dejé atrás algo más. Los novatos lo tienen aún: esa risa inesperada, el placer de lo simple. Corren por llegar; yo ya solo quiero volver a ser como ellos.
Theresia Maria Widjaja
La última carrera del año. El cielo pardo apenas da para divisar el sendero serpenteante entre las luces de la ciudad vieja. Julián arrastra la mirada hacia la torre de la catedral, su punto de referencia, como si la piedra milenaria le hablara de resistencia y paciencia. La respiración jadeante de los corredores lo envuelve; extraños convertidos en compañeros de fatiga, con el mismo propósito en el pulso. El ritmo de las zancadas sobre el adoquinado resuena como un tambor antiguo, llamando a la voluntad de cada corredor.
En ese tramo final, cuando el cuerpo se deshace en dolor, Julián encuentra algo distinto. No es gloria, ni siquiera orgullo; es la certeza cruda de que el verdadero desafío estaba en el intento, en esa lucha interior con la que cierra el año, mirando al horizonte: un nuevo comienzo, una nueva oportunidad para volver a correr.
Miguel Canovas Sanchez
"Calienta bien, que luego no quiero excusas". A cinco minutos de empezar, creo que me arrepiento de haber apostado que llegaría a la meta por delante de él. No sé si fue la prepotencia de tener dieciocho años o la sempiterna rivalidad de un hijo con su padre lo que me llevó a aceptar la apuesta.
Aiko Hernández Widjaja
El sonido del disparo inicial se disipa en el aire y la multitud avanza en un caos ordenado. Delante de mí, un corredor de camiseta azul eléctrico se destaca con un ritmo constante e hipnótico. Al principio, le sigo, tratando de mantenerme en su estela, pero siento cómo su velocidad me arrastra hacia un límite desconocido.
Mis piernas empiezan a quejarse. Lo veo apretar el paso y no dejaré que se aleje; me aferro a su ritmo, impulsado por la admiración y el desafío. Cientos de corredores me han superado, pero aquí, en este momento, solo somos dos almas luchando contra el cansancio.
Llegando a la meta, la determinación me empuja a un último esfuerzo. Mi aliento se acelera y, en un instante decisivo, lo adelanto. Cruzamos la meta; no hay medallas en juego, solo la satisfacción de haberme superado, de haber encontrado la fuerza para competir contra mí mismo.
CARMEN RUIZ RUIZ
Salieron juntos cogidos de la mano. Cómplices y enamorados, recorrieron la Alameda. Él le susurró al oído halagos y promesas futuras. Ella le sonrió complacida, ajena al avance de la prueba. Durante la primera mitad del trayecto, ambos dibujaron en sus mentes un paisaje imaginario para el porvenir. En la Plaza Mayor decidieron sincronizarse y comprobar si sus sueños iban en la misma dirección. Sin embargo, a la altura del Puente Romano, el Tormes les pareció un reflejo gélido en una noche umbría. Al alcanzar la avenida de los Comuneros, ambos permanecieron absortos en sus pensamientos. Un sudor frío les recorrió el cuerpo en la plaza de Cuatro Caminos. Ya en la meta, aprovecharon el bullicio reinante para elegir caminos diferentes sin necesidad de disculparse. Nunca se volvieron a ver.
ALBERTO DE FRUTOS DÁVALOS
Todos los años se empeñaba en quedar el último en la San Silvestre salmantina. No era una tarea fácil, pues siempre había alguien que le disputaba el farolillo rojo. Pero ahí estaba él, cerrando la clasificación con una marca de bochorno. Lo hacía por guasa o, tal vez, para despertar la admiración de sus hijos por su constancia, que es la madre de todos los éxitos, tal como les había inculcado.
Hasta que aquel 29 de diciembre de 2024 encontró la horma de su zapato: una tortuga boba, un espantapájaros que se negaba, incluso, a dar el primer paso.
–Yo de aquí no me muevo.
–Ni yo tampoco.
Para asegurarse la victoria, los dos no-corredores achicaron sus sombras y dejaron de respirar hasta que concluyó la carrera, por si el jurado medía el calibre de sus alientos. Una corona "ex aequo" conmemoró su triunfo en el tanatorio San Carlos.
Juan Domingo Vilá Cortés
Al llegar a casa, después de aquella larga carrera, noté la puerta entreabierta. Juraría haberla cerrado al salir para la San Silvestre, pero el cansancio me hizo ignorar esa advertencia. Entré y cerré despacio, y un susurro rompió el silencio:
—Bienvenido a casa...
Me quedé quieto, intentando procesar el sonido, convenciéndome de que era fruto de mi agotamiento. Avancé hacia el pasillo y busqué el interruptor, pero la bombilla parpadeaba, lanzando sombras por todas partes. Escuché pasos arrastrándose detrás de mí. Me giré bruscamente, pero el corredor estaba vacío.
Mi pulso se aceleró. Sentí más adrenalina que en la línea de meta. Decidí entrar a la habitación, cerrar con llave y esperar que el silencio me devolviera la calma. Pero los susurros persistieron, cada vez más cerca.
Sin pensarlo, corrí hacia la entrada. Mi corazón se detuvo: la puerta estaba abierta de par en par. Y un susurro familiar me recibió:
—Bienvenido a casa...
Bernardo López Rojas
Gilberto recorrió la ruta como de costumbre. A su edad, caminar diez kilómetros un par de veces a la semana era más que saludable. Había participado en la San Silvestre Salmantina durante más de treinta años, siempre con gran entusiasmo. ¡Vaya hazaña! Sin embargo, la vejez pasa factura, y confundir un cinco con un seis a través de sus anteojos lo desfasó del horario oficial.
Cuando su nieto lo vio regresar en el Barrio de Pizarrales, le reprochó entusiasmado:
—¡Abuelo, te has adelantado!
Gilberto sonrió amorosamente. "Salí a tiempo. Salamanca siempre espera que corras por ella. En unos momentos lo verás.”
IVAN SANTILLAN
Las últimas zancadas lo acercaban a la meta de su última San Silvestre Salmantina, mientras su respiración entrecortada competía con los aplausos del público. A su alrededor, los corredores lo adelantaban sin esfuerzo, pero eso no le importaba; él ya había corrido las mejores carreras de su vida. Era un veterano, un hombre al que el tiempo había tatuado arrugas y recuerdos en la piel, pero sus piernas aún respondían al impulso de seguir adelante.
En su mente resonaban las voces de quienes ya no estaban, aquellos amigos de juventud con los que compartió la pista y los días. Cuando cruzó la línea de meta, sus ojos se llenaron de lágrimas. No era la victoria lo que buscaba, sino la emoción de sentir la vida corriendo en sus venas una vez más.
Ese último tramo fue para ellos, y para él, que nunca dejó de ser joven en su corazón.
Levanté los brazos y me puse a gritar. Mis piernas no podían más. Me sentía Michael Phelps. Acababa de ganar la San Silvestre Salamantina, mi espinita clavada. Nunca imaginé a tanta gente gritando. Pasando por el paseo de San Antonio miré a un lado y vi a mi familia llorando de felicidad, eché una mirada atrás y vi a un niño jugando en el patio de su casa simulando que ganaba la San Silvestre. Crucé la meta y desperté desconcertado, no sabía que acababa de pasar. Me levanté, decidido, me puse mis zapatillas y mi dorsal, me senté en mi escritorio y me puse a escribir este relato.