XIII CONCURSO DE MICRORRELATOS "SAN SILVESTRE SALMANTINA"
El jurado del XIII concurso de microrrelatos San Silvestre Salmantina estuvo integrado por:
- Daniel Escandell Montiel. Profesor de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca. Presidente del Jurado.
- Sigifredro Crego Martín, Profesor de Secundaria de Lengua y Literatura.
- Alberto Marcos Guillén. Responsable de redes sociales institucionales de la Universidad de Salamanca.
- Sofía Vicente Fiz. Bibliotecaria de la Universidad de Salamanca.
- Jerónimo Hernández de Castro. Corredor veterano y funcionario de la Universidad de Salamanca, que actuó como secretario.
El jurado reconoció la excelente participación en esta XIII edición, en que no solo se mantiene la tendencia al alza de los relatos presentados cada año, sino que su número se ha incrementado de manera extraordinaria pasando de los 369 relatos de 2024, a los 611 de esta edición.
Otro aspecto significativo fue lo ajustado de las votaciones pues, en los puestos con derecho a premio en metálico, se produjo un triple empate entre los votos obtenidos y el número de jueces que los votaron, que tuvo que resolverse por el voto de calidad del profesor Escandell, presidente del jurado. Una muestra más de la igualdad en los relatos más valorados es el texto que merece la mención especial, que no consiguió entrar en el podio final por un solo voto de diferencia.
Se indican a continuación, los relatos destacados y la relación de otros que también obtuvieron votos del jurado. Su publicación en la revista, como se establece en las bases, queda condicionada al espacio disponible y que en esta edición se realizará exclusivamente en formato digital.
Primer premio
Segundo premio
Tercer premio
MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO
Relatos participantes
XIV - 2026
1. Metamorfosis
MARCOS PÉREZ BARREIRO
Subido a mi motocicleta de 500 CC., pienso en la relevancia que supone el hecho de correr una maratón. Y, más, si me pongo ultra reflexivo y, elevo la maratón, a la categoría de San Silvestre. Esa carrera en la que, este año, participaré con el casco puesto, ya que, temo que mi seguridad corre serio peligro. Son muchos los que ansiamos llegar primero y, pocos lo que poseemos una motocicleta de gran cilindrada.
Desde su inicio, los humos del tubo de escape se unen a un respirar contenido. Sabedor él, de que el deseo siempre vence al ultraje del malhechor. Un ser como yo, que recorre las calles entre dos mundos dispares. El de dos ruedas y el de dos piernas. Y, los primeros, apenas dejan huella. El motivo de que alcance la meta alzando los brazos, mientras las piernas son una silla de ruedas modificada a 500 CC..
2. La piedra eterna
Angel Caballero Sayalero
La piedra te arranca hasta la última gota de sudor.
Dura, firme y vetusta, espera tus pisadas, las de todos. Diciembre la enfría; los aplausos no la ablandan. La piedra no entiende de marcas, de disfraces ni de promesas. Solo conoce el peso de cada pisada.
Por ella han volado los primeros corredores; han marcado su ritmo seguro los aficionados que sueñan con ser profesionales; han pasado los recién iniciados, los disfrazados, los que caminan porque la piedra se quedó con sus fuerzas.
La piedra lo sabe. Es inclemente y no descansa, pero también es bondadosa: te recuerda que, una vez pasada, queda menos camino.
La última piedra te sonríe. Un año más lo has conseguido. Cruzas la meta y todavía la llevas en las piernas.
El año que viene seguirá allí.
Como tú. Como todos.
3. Admiración mutua
Ramon Gonzalez Reverter
He aquí un par de corredores que sentían un gran respeto uno por el otro. Era tan sincera la admiración que ambos se profesaban que en cierta ocasión, se encontraron en la San Silvestre salmantina, empeñados en el afán de compartir la alegría de entrar juntos en la meta, anteponiendo el valor de la camaradería y generosidad a la competitividad actual, frenaron el ritmo del sprint final hasta que otro runner aguafiestas les rebasó en la misma línea de llegada con una sonrisa bobalicona en los labios. Aquel deseo, basado en lazos de amistad, se fue al garete y ambos quedaron con un palmo de narices. La ironía parecía una burla del destino o un recordatorio de que a veces el azar puede ser caprichoso y retorcido. Los anhelos, por muy altruistas que sean, si están mal ejecutados, no siempre acaban con un desenlace feliz.
4. EL DORSAL HEREDADO
JOSE CARLOS VARA MATA
El abuelo corría con dos dorsales.
El viejo estaba amarillento y tenía treinta y ocho años. El nuevo aún olía a tinta.
—¿Por qué llevas los dos? —preguntó Claudia antes de la salida.
Él se encogió de hombros.
—Por costumbre.
Claudia tenía siete años y cien metros le parecían una distancia pequeña.
Durante la San Silvestre, el abuelo avanzó despacio entre aplausos, zapatillas, respiraciones y campanas. Al cruzar la meta, no levantó los brazos.
Buscó a Claudia.
Se agachó, desprendió el dorsal viejo y se lo prendió en el abrigo.
—Ahora es tuyo.
—Pero tiene tu número.
—Ya aprenderá el tuyo.
Claudia pasó un dedo por el papel gastado.
—¿Y qué hago con él?
El abuelo señaló hacia atrás, donde aún seguían saliendo corredores.
—Lo mismo que hice yo.
Claudia miró la meta. Después miró la salida.
El dorsal le quedaba todavía demasiado grande para su pecho.
Echó a correr.
5. Niña con muñeca
luis uriarte montero
Después de haber realizado la gran carrera de San Silvestre quedando tercero, marchaba a su casa, en un cubo de basura, una niña removía con un palo la misma, extrae una muñeca sucia, me mira, es su tesoro, sonríe y yo me estremezco, continuo hacia mi refugio, entro en casa y deshago el Belén.
6. UN ENFOQUE DIFERENTE
David Sueiro Pereira
"¡Oh, no!" "No puedo creer que la carrera esté a punto de empezar..." y la señal de salida interrumpe mi diálogo, además de hacerme correr a mí y a los demás corredores hacia la línea de meta. En la San Silvestre Salmantina adopté un enfoque diferente para correr esta distancia relativamente larga de 10 kilómetros que en mi carrera anterior. En lugar de un comienzo lento y aumentar la velocidad para un sprint, salí tan rápido como un guepardo. Al doblar la gran curva, veo a otro corredor acercándose rápidamente a mi posición. Concentré la poca energía que me quedaba en ganar esta carrera. Sin embargo, mis esfuerzos no fueron suficientes para superar al otro corredor, y crucé la línea de meta en segundo lugar.
7. El disfraz del tiempo
Evelyn Megias Carrasco
Entre tres mil corredores vestidos de elfos, Reyes Magos y dinosaurios hinchables, nadie sospechó de mí. Llevo milenios habitando en la portada de la Universidad, pero este año la piedra se me hacía demasiado dura para pasar otra Nochevieja al raso.
Atarse las zapatillas sobre la piel de anfibio fue un reto técnico, pero la zancada la tengo aprendida de ver pasar a generaciones de estudiantes con prisa. Cruzar la Gran Vía arropada por el rugido de la marea amarilla es bastante más estimulante que esperar a que los turistas me descubran entre los relieves.
Rozando el podio, escuché a un espectador señalarme sorprendido. Sonreí sin reducir el paso. Si aprueban los estudiantes que me encuentran, ¿por qué no iba a ganar una rana la San Silvestre?
8. Cincuenta metros
Marcos Avalos Vilas
Salamanca en diciembre no es una ciudad; es un fuelle que inhala gélido y exhala entusiasmo.
En el kilómetro tres, las piernas dejan de pertenecerte. La zancada se convierte en un acto de fe ejecutado por instinto. A la izquierda, la fachada de la Catedral parece empujar el aire; a la derecha, un niño con guantes rojos aplaude con la vehemencia de quien cree que los corredores tenemos superpoderes.
Quizá los tengamos. Porque cuando el ácido láctico grita alto y el aliento dibuja nubes blancas en la penumbra de la tarde, descubres que no huyes del frío ni persigues un cronómetro. Esos últimos cincuenta metros no se corren con el cuerpo, sino con todo lo que te ha dolido a lo largo del año y que por fin dejas atrás en el asfalto.
9. La Cuesta.
AYARI PORRAS ACEVEDO
La cuesta de la Compañía le había vaciado las piernas cuando el pie derecho resbaló sobre la piedra. Recuperó el equilibrio y siguió. A los lados pasaban gorros de Papá Noel, disfraces, cuerpos envueltos en vapor. El olor a linimento se mezclaba con el frío.
Unos metros después volvió a resbalar.
Se detuvo junto a una valla. Miró hacia abajo. Las zapatillas seguían limpias. Había leído durante horas antes de comprarlas: retorno de energía, estabilidad, impulso.
Se ajustó los cordones.
Más adelante, algunos corredores ya caminaban. Otros seguían corriendo.
Volvió a subir. La piedra cedió bajo el pie, pero esta vez no resbaló. Siguió.
Al llegar a la siguiente curva se detuvo a respirar.
Miró las zapatillas.
No había nada que cambiar.
10. La voz que no se fue
Lydia Santos Nieto
El frío de Salamanca se le había metido hasta los huesos. El aire cortaba la cara y cada respiración quemaba en los pulmones. Quedaba un kilómetro para terminar la San Silvestre Salmantina, pero sus piernas pesaban como si llevaran años corriendo.
Avanzaba entre luces, disfraces y gritos. La multitud era un murmullo lejano. Solo escuchaba sus pasos y el latido desbocado de su corazón.
Entonces, entre cientos de voces, oyó una que conocía demasiado bien.
—¡Vamos, hijo! ¡Tú puedes!
Se quedó helado. Giró la cabeza. Nada.
Volvió a mirar hacia la meta. El frío seguía mordiendo, pero algo dentro de él se había encendido.
—¡Un poco más! —volvió a escuchar.
Sonrió, con los ojos llenos de lágrimas. Y corrió.
Porque aquella noche, su padre había vuelto para acompañarlo hasta la meta, bajo el cielo helado de Salamanca.
11. LA META QUE LLEVABA POR DENTRO
Liliana Mercedes Mota García
Apenas sonó la salida, Lisbeli apretó los cordones y sonrió. Desde niña corría distinto: una pierna había quedado más corta después de un accidente, Pero ella decía que la vida no se mide con reglas, sino con ganas. Conoció la San Silvestre Salamantina por un vídeo. Vio aquella calle llena de corredores y pensó: "Algún día voy a estar ahí, aunque sea a mi manera" En Venezuela entrenaba al amanecer, cuando el barrio apenas despertaba la ciudad. "Dale, vale, un kilómetro más", se decía, mientras su prótesis golpeaba el asfalto. A veces faltaba agua, otras veces plata, pero nunca le faltaban arepas, cariño y gente echándole porras. El día de la carrera llegó con el corazón brincando. No buscaba ganar. Quería demostrar que también se puede llegar lejos con una historia difícil y hermosa. Al cruzar la meta, levantó los brazos. _¡Coño, sí se pudo!
Y Salamanca entera pareció aplaudir.
12. El arte del esfuerzo
Rubén Román Correas
Diez meses. Ese era el tiempo de entrenamiento que Josué llevaba en sus piernas. Aeróbico. Anaeróbico. Fuerza explosiva. Fuerza resistencia. Dolores articulares. Umbrales de trabajo. Todas estas palabras habían estado resonando en su cabeza durante ese periodo de tiempo.
Se calzó sus zapatillas, se colocó su dorsal y partió hacia la salida. El Paseo de San Antonio le esperaba.
El clima era frío. El ambiente, festivo, cálido y acogedor.
Sólo pensaba en toda la preparación que su cuerpo había aguantado para poder llegar a ese momento.
La plasticidad de todos sus movimientos auguraba una carrera de alto voltaje, con adversarios que también ansiaban la victoria.
Puso su cronómetro a punto y esperó a que la salida fuera anunciada.
Tres, dos, uno… Josué comenzó a correr. Las piernas le respondían. Tenía todo a su favor. Comenzó a volar. No tenía límites. Sólo los próximos diez kilómetros dictarían sentencia.
13. RITUAL TRIPLE S
SERGIO DAVID REQUENA ROYERO
El granito de la Rúa ruge bajo la violencia de mis suelas. Diciembre escupe escarcha sobre la Plaza y me congela el alma.
—No tragues tanto frío —me aúlla un viejo veterano desde el borde de la acera—. La piedra te abrirá el pecho.
Pero yo trago hondo, mezcla de sudor y la humedad viva de los muros. Mis muslos ya no son míos; son los arcos ciegos del Tormes que empujan en la sombra. El crono martillea en las sienes con la exacta modulación de la Clerecía.
A mi lado, una jauría de siluetas exhala vaho contra la noche monumental. No nos persigue el cronómetro; huimos de la modorra que petrifica los soportales. Cruzo la línea y el rugido de la gente revienta contra los sillares de piedra dorada. Ya no quema el esfuerzo: Salamanca entera galopa desbocada en mis adentros.
14. LA META COMPARTIDA
Dilanlly Mendez Rivas
En el frio de diciembre, la Plaza Mayor palpita al compás de millares de zapatillas impacientes. Salamanca consiente el mero maratón; vibrando en la salida de la San Silvestre Salmantina, donde la grandiosa y la fiesta se gestan en el pavimento.
Comienza el alboroto. La dedicación compartida deja cualquier diferencia: atuendos coloridos corren codo a codo con zancadas de atletismo puro. Es un sacrificio por la superación personal en cada zancada, la solidaridad que se contagia en una mirada de aliento y la constante generosidad del publico regional que impulsa hacia adelante.
Camino del Puente Romano, las piernas cesan, pero la constancia vence al aliento congelado. Cruzar la meta no es ganar una medalla, sino abrazar la meta compartida, la memoria de una ciudad que motiva y la gratitud de sentirse parte de una tradición viva. Allí, en la llegada, el espíritu del atletismo popular resplandece más cálido que nunca.
15. El Último Relevo
Esteban Ramón Eordogh Terán
La meta no era una línea en el asfalto helado, sino el rostro de mi padre. Aquel 31 de diciembre sus piernas ya no respondían; la enfermedad le había robado el ritmo, pero no las ganas. Corrí a su lado, sintiendo cómo el aire de la San Silvestre nos cortaba la piel. Él, con un hilo de voz, susurró: “No pares, el relevo es tuyo”.
Sentí el peso de la historia. No era solo una carrera popular; era la liturgia de un adiós. Apreté los dientes, el corazón golpeando las costillas como un tambor de guerra. Al cruzar la Plaza Mayor, las campanas no anunciaban un año nuevo, sino la eternidad de un vínculo que el asfalto jamás borrará. Lloré, pero seguí corriendo. Porque el verdadero atletismo no se mide en cronómetros, sino en el legado que dejas cuando tus pies dejan de moverse.
16. El podio
ARANTXA BILBAO Cano
**El podio**
Toda mi triste vida corriendo.
Primero corría para crecer. Después, por meterme en líos. Y, por último, de la policía.
Mi vida ha sido una carrera en la que el primer podio solo te daba la oportunidad de volver a correr mañana.
Pero entonces llegó ella.
Había tenido muchos educadores y todos me trataron bien. Pero ella miraba dentro de mí.
Un día, después de que me llevaran allí por uno de mis marrones, me dijo:
—Así que eres rápido, ¿no? Demuéstramelo.
Y aquí estoy, montado en un podio mientras ella me aplaude en primera fila.
Pero esta vez, de verdad.
Sostengo una copa en una mano y, en la otra, mi futuro.
Por primera vez, no quiero correr para huir.
Quiero correr a sus brazos.
17. ZANCASA LIBRE.
Francisca Pérez Ramírez
ZANCADA LIBRE.
El frío de diciembre muerde las calles de Salamanca, pero Ana, a sus sesenta y ocho años, pisa el asfalto con la firmeza de quien ha conquistado su propio destino. A su edad, la jubilación no es un punto final, sino el inicio de una libertad forjada a pulso. Mientras avanza hacia la salida de la San Silvestre, siente el peso invisible de los estereotipos de género y edad que la sociedad insiste en imponer. Sin embargo, cada zancada es un acto de rebeldía y empoderamiento.
—¡Vamos, abuela! —grita un joven desde la acera. Ana sonríe con complicidad, corrigiendo en silencio: —No soy abuela, soy corredora.
Cruzando la Plaza Mayor, bajo los aplausos atronadores, Ana demuestra que el envejecimiento activo rompe cualquier molde. No compite contra el crono, sino contra el olvido, reivindicando su espacio en el deporte y en la vida. Cruza la meta con gran orgullo.
18. PROYECTO
FRANCISCO JAVIER AGUIRRE GONZÁLEZ
Estoy frustrado porque llevo veinte años participando en la carrera San Silvestre Salmantina y no he conseguido ningún trofeo. Y mira que me entreno, pero será que tengo poco pulmón, o las piernas cortas, o el ritmo flojo… no sé. Así que he acordado con mi mujer tener un hijo cuanto antes. En cuanto cumpla cinco años, le animaré a participar en su categoría y así sucesivamente hasta que llegue a los dieciocho. Entonces será cosa suya, pero con el entrenamiento físico, mental y emocional que le vamos a proporcionar entre mi mujer y yo, el éxito lo tendrá asegurado. Y habrá conseguido lo que nunca logró su padre, al menos hasta hoy, porque ya hace días que he comenzado a entrenarme para la 51.
19. MÁS VALE TARDE QUER NUNCA
Gonzalo Prieto Barrera
Sin ruborizarme debo admitir que crecí en un ambiente hostil, degradante, sin valores y, si no hubiese sido por don Roberto, doña Carmen y doña Josefina a quienes de sus tiendas hurté helados y panes para mis hambres y quienes me perseguían armados sin éxito alguno, no hubiese sido el atleta de ahora.
Ciertamente me formé como atleta por necesidad y a medida en que crecía aparte de que de su práctica se derivó mi sustento diario al ganar muchas pruebas, lo importante fue que el atletismo en su rigurosidad me forró también de valores pues luego de ganar varias versiones de la San Silvestre que dignificaron mi vida, volví a las añosas tiendas de don Roberto, doña Carmen y doña Josefina y les pagué con intereses incluidos lo que les hurté pero solo a las dos primeras personas.
A doña Josefina otro día le colmé con flores su tumba.
20. A TIENTAS
Ana Isabel
—Uno... dos, uno... dos. Un paso más... otro, otro más... ¡No pares! Sigue, ya casi estamos.
Siento mi piel humeando en el frío de diciembre. Mis piernas palpitan por el esfuerzo y mis comisuras esbozan una sonrisa mientras las zapatillas marcan el ritmo contra la calzada del Paseo de San Antonio en un trote alegre compartido.
Las risas y vítores de la multitud avivan nuestros pasos. Mi mano sujeta con fuerza la cuerda al tensarse; mi marido acelera, lo alcanzo y mantengo el ritmo. Él guía; yo lo sigo. Por unos instantes, solo somos él y yo corriendo.
Una cinta acaricia mi piel antes de caer. Sin tiempo para reaccionar, sus brazos me levantan, girándome en el aire entre un estallido de felicitaciones. Tras posar mis pies en el suelo, aún aferrada a su mano, sonrío en la oscuridad. Salamanca nunca se había sentido tan viva.
21. Tercer Puesto
Francisco Javier Palacián Cuesta
Último esfuerzo. No pares. No queda nada. Venga, corre. Sigue. Así, con ritmo. Muéstrales que se equivocan. Reserva energía. Respira, respira. Vales mucho. Puedes con ello. Solo un poco más. Un poco más. Más rápido.
El 30 de diciembre de 1984, 348 personas participan en la inauguración de la San Silvestre Salmantina. De entre ellos, 15 mujeres que se atreven a competir contra una mayoría masculina y contra una nueva sociedad que renuncia a la represión y la desigualdad.
En el público, un hombre. En el asfalto, una mujer. Él la mira. Ella agacha la cabeza. Su voz profunda se eleva por encima de todos. Le escucha. Levanta la vista. Asiente. Él sigue gritando instrucciones. Ella corre más rápido.
En la multitud, un padre orgulloso grita. En el asfalto, una hija que llega tercera entre esas 15, pero que se siente victoriosa porque, en 1984, todas lo fueron.
22. EL CORREDOR EN LA CAVERNA
Alejandro Tejerina Gutiérrez
Hoy no salgo a correr con los demás bajo la lluvia. Prefieren que me quede custodiando el fuego. Mis lamentos podrían ahuyentar a los animales y esta semana los víveres están bajo mínimos. Hay quien sospecha que estoy fingiendo; sin embargo, el dolor de mi boca me provoca unas ganas incontenibles de clamar al hoyo de nuestros muertos. Anoche, mientras pulía el bifaz, Sarima se sentó a mi espalda tras muchas lunas y me preguntó: "Miguelón, ¿necesitas un abrazo?". El orgullo me impidió responder en un principio, pero cuando al fin sentí que mi pecho iba a estallar me giré y Sarima ya no estaba. Esta mañana he advertido gestos de burla entre mis antiguos compañeros de caza. Creen que voy a cumplir sumiso sus indicaciones. ¡Qué me importa a mí el dichoso fuego! Hoy más que nunca quiero salir a correr solo bajo la lluvia.
23. Win-win
Álex Holgado Fernández
Cirilo había tenido una inspiración para la San Silvestre. Sus amigos se entusiasmaron y la idea se fue haciendo consigna en los círculos atléticos. Al poco, era ya un clamor y la ciudad latía emocionada con la divisa: “Todos somos ganadores”. Con el bocinazo de salida, los participantes lo sostuvieron en volandas y un Cirilo arrebatado, megáfono en mano, les invitó a disfrutar del recorrido, cada cual a su ritmo, a esperarse al final para anudar uno con otro los dorsales y cruzar a la vez la línea de meta. “¡Habrá medallas de oro para todos!”, rugió. Siete mil gargantas lo vitorearon. Nunca se había visto tamaña fiesta atlética. Corredores y público reían y se abrazaban. Salamanca resplandecía. El mundo iba a ser por fin un lugar mejor. Y todo gracias a Cirilo, el cual, sin embargo, tropezó en el último paso y tuvo que conformarse con la plata.
24. HASTA MI ÚLTIMO ALIENTO
Miguel Salvador Muñoz
No corro por superación personal, ni por autoestima, ni siquiera para abrazar el ego del triunfo. En cierto modo, es un impulso evolutivo; pero, lejos de ser un legado ancestral del instinto de caza y supervivencia, es el amor y la pasión lo que alimenta mi fuerza motriz.
Me enfundo el maillot, como si fuera la coraza de un guerrero listo para la batalla, y salgo tras él. Solo por un fugaz espacio de tiempo puedo deleitarme con la visión de su cuerpo, pues pronto se aleja, dejando a mis ojos en soledad. Tal vez por mi sobrepeso, el agua de mi piel se precipita al vacío; mis piernas exigen quietud y mis pulmones suplican oxígeno al compás de mi corazón. Pronto me detengo, derrotado. Nada puedo hacer salvo graduar mis gafas de lejos.
Cada año entreno para poder seguirlo, aunque sea solo un metro más.
25. La zancada del origen
Gabriel Humberto Rehbani
A sus setenta años, Héctor llegó desde Argentina a Salamanca con la única promesa de pisar las calles que su padre tanto le evocaba en la infancia. Correr la San Silvestre Salmantina no era para él una competencia contra el reloj, sino el abrazo postergado a sus raíces.
A mitad del trayecto, bajo el aire helado de diciembre, vio a un muchacho detenerse a un lado de la calzada, vencido por el calambre y la frustración. Héctor redujo el paso, le ofreció el hombro y marcharon juntos a un ritmo sereno pero firme.
Al cruzar la meta entre los aplausos del público, el anciano comprendió que el verdadero viaje no concluía al llegar al lugar de los antepasados, sino al sembrar en un extraño la certeza de que nadie corre solo cuando la empatía marca el paso.
26. La huella dorada
JORGE ALONSO LUNA
Título: La huella dorada
La niebla bajaba del Tormes mordiendo los tobillos, pero en la salida nadie retrocedía. Bastó el disparo para que cinco mil pechos rompieran el vaho de golpe, convirtiendo la rúa en un combustible unánime. No corríamos contra el cronómetro; avanzábamos empujados por el rumor sordo de las suelas sobre los adoquines y el eco de los aplausos que rebotaban en las cornisas.
Al enfilar la Plaza Mayor, el frío dejó de existir. La piedra dorada de las arcadas devolvía el calor de los corredores como si la propia Salamanca respirase con nosotros. Un veterano a mi derecha me rozó el hombro sin mirarme, ajustando su zancada a la mía para abrirme paso entre el gentío. En ese instante comprendí que cruzar la meta no era llegar antes a ninguna parte, sino haber sostenido, durante unos kilómetros de invierno, el pulso entero de una ciudad.
27. Mis pies en tus huellas
Silvina Potenza
Corro, sudo, pienso. Bordeo la Catedral. Sigo… A ritmo, controlo mi respiración y mis pasos. Pero no puedo con mis emociones. Por primera vez piso tierras castellanas, hago lo que me gusta y mientras estoy sumergido en esta marea humana, su imagen viene una y otra vez a mi memoria. ¿Cómo lo logró? ¿Cómo pudo, apenas un jovenzuelo, ir a pie hasta Vigo para tomar un barco que lo llevaría al otro lado del océano? Hosco, poco comunicativo, trabajador incansable… Manifestaba un amor que no sabía de caricias ni de palabras dulces. Su vida de sacrificio y desarraigo marcó a toda la familia. Como sus pasos, de pies descalzos, que hoy marcan los míos. Sigo su huella, la que nació en esta tierra y se reprodujo en otra. Corro, sudo, veo la Plaza Mayor y recuerdo sus palabras “ve, muchacho, que el mundo es de quienes se atreven a desafiarlo”
28. Lucía y sus sueños
Rocío Hebe Carrillo
Lucía corregía sus sueños con desayunos formales, desechaba imágenes de féminas erizando sus pezones y olvidaba en el café orgasmos arrancados por cortesanas en celo. Defendía su cuerpo de deseos impuros y éste se defendía de ella azotando su inconsciente, acogiendo sus carnes en reposo, enardeciendo su cuerpo con lenguas de diosas que se ofrecían generosas a ella… Ella que sólo gustaba de hombres en el día y mujeres en la noche.
29. El sueño de una ciudad
Lucía Alcázar Lara
Todo comienza con un murmullo entre la multitud. La San Silvestre Salmantina reclama su lugar: las calles vibran, las plazas despiertan. Las zapatillas golpean el asfalto, los dorsales ondean como hojas al viento.
Sopla el frío de diciembre y la ciudad entera se pone en movimiento. Corro entre miles de pasos que laten al mismo ritmo. Las avenidas se llenan de energía; las fachadas históricas contemplan el río humano que avanza entre risas, disfraces y esfuerzo.
Me elevo en el entusiasmo colectivo, floto entre aplausos y ánimos que brotan de cada esquina. El aire huele a superación y a fiesta. Las voces resuenan entre las piedras centenarias, mientras el sol se despide sobre los tejados dorados. Cuando cruzo la meta, soy parte de este hechizo efímero y eterno. Ya no hay prisa. Ya no hay rutina. Sólo alegría. Sólo pasos que siguen latiendo en la memoria colectiva.
30. FOTO FINISH
VICTOR MANUEL VALDESUEIRO BERNABE
Llegué al ecuador de la carrera en plena forma y decidí alcanzar al chaval que me precedía. Pero cuanto más aceleraba yo, más lo hacía él, manteniendo intacta la distancia, como quien persigue un imposible.
Devoramos kilómetros, unas veces sobre la otoñal alfombra de los chopos; otras, viendo verdear los huertos de la ribera o soportando un sol labrado en piedra de Villamayor.
Cuando finalmente lo alcancé, su rostro me sorprendió: ¡aquel joven era yo al inicio de la carrera!
Tan concentrado estuve en darle caza que no advertí que a mí también me perseguían. Lo descubrí al pasar frente a un escaparate de la Rúa, reflejado en mis propias facciones. Las gafas de sol habían mudado en correctoras y la piel se descolgaba, como si la tierra reclamara lo que sabía suyo.
Crucé la meta arrastrando los pies, ayudado por un bastón, pero sonriendo para la última foto finish.
31. La Salmantina, La San Silvestre está de vuelta
Isabel Granero Iglesias
Esperamos con ansias la llegada de diciembre, el 28 es la fiesta elegida… Todos hemos trabajado duro: horas, días y meses de entrenamiento.
Lo hermoso de correr se conjuga con la belleza de la ciudad y si no se consigue ser el primero, no importa, disfrutar de la grandeza de Salamanca es en realidad el gran premio.
32. 2418
José Luis Serrano Alcázar
Entre los siete mil dorsales apiñados en el Paseo de Canalejas, el azar me puso delante el 2418. Era el número con el que Daniel corrió su última carrera antes de que una curva en la carretera de Béjar dejara vacía la mitad de nuestro dormitorio. El hombre que lo llevaba era un desconocido, pero al pisar los sillares del Puente Romano, el aire del Tormes lo quebró con la misma saña de otros inviernos.
Lo vi doblarse contra el pretil, boqueando con el ahogo que años atrás nos obligaba a turnarnos el viento para no claudicar. Me adelanté dos zancadas y planté el cuerpo contra la ventisca para hacerle pantalla. No cruzamos una sola palabra. No me importaba quién era: necesitaba que aquel 2418 volviera a cruzar la meta.
33. El último dorsal
Luis Lexandel Pita Garcia
Me apunté a la San Silvestre por compromiso, no por vocación. Odio correr. Pero mi hermano insistió tanto que acepté. A los dos kilómetros ya quería parar. La gente animaba. Yo solo miraba el suelo. En la cuesta final, alguien me agarró del brazo. Era mi hermano, con su dorsal torcido y una sonrisa enorme. "No me dejes", dijo. Apreté los dientes. Cruzamos juntos. Al quitarle la capucha, vi su cara. Llevaba muerto desde octubre. Pero cada Nochevieja corre conmigo. No sé cómo hace para llevar el dorsal. Yo ya no pregunto. Mis amigos dicen que lo supere. Les contesto que correr es eso: no soltar la mano de quien ya no puede. Y hasta que suene la próxima salida.
34. La muerte al acecho
Sonia Di Marino de Núñez
La piedra dorada de Salamanca parecía encenderse bajo las luces de diciembre.
El aire frío bajaba hacia el Tormes y se colaba entre el casco antiguo.
El Puente Romano tendía su lomo de piedra sobre el río.
Los corredores con zapatillas fluorescentes y el vaho de la respiración suspendido en el aire.
Uno de ellos era diferente.
Llevaba túnica blanca, sandalias impropias para diciembre y un cansancio lejano.
Los vivos pensaron que era un disfraz. Los otros, una apuesta perdida.
Empezó a correr.
Avanzaba con una obstinación extraña, como quien no persigue una meta sino una hora.
—¿Primera vez?
El anciano sonrió.
—No exactamente.
Atravesó Salamanca entre aplausos y respiraciones agitadas. Miró el cielo. Pocos minutos para medianoche.
Aceleró.
Nadie entendió por qué.
Solo él sabía que llevaba siglos intentando ganar aquella carrera.
Porque cada 31 de diciembre, San Silvestre volvía a morir.
Y esta vez quería llegar antes.
35. Un T-rex en San Silvestre
María Isabel Parra Sánchez
El cavernícola se abrió camino dejando a todos estupefactos al verlo adelantar a la velocidad de un Looney Tunes mientras alababan su disfraz, verdaderamente realista.
Atrás, rugidos salidos del mismísimo Parque Jurásico y la visión de un T-rex pasando a su lado, helaron la sangre de los corredores. Parecían minúsculos ¿O, es que él era horriblemente grande?
El cavernícola miró atrás. Un nuevo rugido, le hizo acelerar. Y así, con una velocidad imposible, cruzó la línea de meta.
El nuevo ganador de la carrera atravesó el portal luminoso sin dudarlo un instante. Otro estallido de luz cegó a los presentes.
El cavernícola se derrumbó sobre la tierra agradeciendo estar de vuelta en su hogar pero:
¿Qué habría sido de la bestia?
—Noticia de última hora. Un T-Rex ha quedado segundo en la carrera de San Silvestre. El problema es que ahora no logramos que deje de celebrarlo destrozando la ciudad.
36. La Celebración
Verónica Graciela Bertazza
Sebastián corría con colegas médicos cuando vio a Antonio. Su andar y la pulsera hospitalaria
llamaron su atención.
—¿Cómo vas?
—Bien.
—Te veo algo flojito. Con esa pulserita no me hagas quedar mal, ¿eh?
—Esperé la SanSil todo el año. El año pasado me esguincé. ¿Te puedo acompañar?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué corremos?
Una mujer:
—No sé para qué corro si después me duelen todos los huesos.
Otra se rió:
—Porque me encanta correr con frío.
Un corredor:
—Quizá encuentre novia.
—Pero si estás casado —le recordó su amigo.
—Bueno… que mi esposa no se entere.
Rieron.
Sebastián apuró el paso.
—¡Arriba, que por algo corremos, gente!
Antonio levantó la mirada.
—Porque hoy no estoy haciendo quimio.
Silencio. Después, aplausos, “¡olé!” y risas. Diez kilómetros de fiesta ambulante.
Al llegar, Antonio abrazó a Sebastián.
—Gracias.
Sebastián lo miró.
—Tú, con esa pulserita VIP involuntaria, ¿cómo no ibas a llegar?
37. Nacer lejos, volver siempre.
Alba Cortés Serrano
Yo no corro, pero cada Navidad me gusta ver correr a Salamanca.
Mi hijo y yo buscamos un hueco cerca del parque Picasso para ver la San Silvestre. Él mira los dorsales fascinado y yo sigo sin entender por qué.
—Algún día correré esta carrera —me dice entusiasmado.
Yo sonrío y miro alrededor.
Todo me resulta familiar, aunque haya personas que ya solo pueda encontrar en mis recuerdos. Entre comidas, paseos por el centro y reencuentros, Salamanca vuelve a recordarme por qué nunca he dejado de quererla.
Él nació en Valencia, pero aquí no parece un turista más. Conoce sus calles, disfruta de los pinchos y de cada regreso como si Salamanca le perteneciera.
Hay cosas que no se heredan con los apellidos ni los lugares de nacimiento, sino con las historias que contamos y las veces que decidimos volver.
Salamanca también se puede heredar sin haber nacido en ella.
38. La cuerda
Manuel Campos de la Flor
Pablo, mi guía, me describe hasta los escaparates cuando entrenamos. Hoy, en la salida de la San Silvestre Salmantina, anuda la cuerda sin hablar.
Llevo un año entrenando para bajar de cuarenta.
Arrancamos entre codazos. Pablo se para y me agarra la muñeca. Le tiembla la mano.
—No puedo con tanta gente.
Tiro para seguir. Él no se mueve.
Otro corredor se detiene.
—Yo puedo llevarte.
Pablo empieza a deshacer el nudo.
—Vete con él.
Dejo que lo afloje. El reloj anuncia el primer minuto.
—Perdona —dice Pablo.
Yo también le pedía perdón por cada bordillo.
Busco sus dedos y volvemos a anudar la cuerda.
—¿Y los cuarenta?
Silencio el reloj.
—Cuéntame los disfraces.
Pablo da un paso. Espero el segundo.
39. Regresa
Aitor Saldias Madoz
Regresa (AS)
Al entrar en la biblioteca , me sorprende la falta de luz. Es igual. Me siento en una mesa vacía a revisar mis notas.
Súbitamente escucho un una flauta, débil e incoherente. Veo que no estoy solo, hay un hombre anciano con abundante pelo blanco, y una cicatriz en la frente.
Percibo que sabe quién soy, que no tengo secretos para él.
Le mantengo la mirada y una palabra me llega a la mente, que dice “DEJALO”.
De repente se escucha un ruido horrible, una estantería de libros se cae.
Veo que estoy solo otra vez. En estas circunstancias, abandono mi estudio.
Salgo de la biblioteca oigo la flauta otra vez, enfermiza, y en ese momento me despisto y la puerta me golpea en la frente. “Maldita sea”, veo la sangre manar y adivino que causara cicatriz. Al menos tengo pelo de sobra para cubrirla.
AS
40. 365
María Angelica Morena gonzalez
Seré un número prendido con cuatro alfileres a una camiseta helada. En Salamanca, un domingo de diciembre, saldré a las doce y media, atravesaré la Plaza Mayor, el sudor olerá a campanas y, diez kilómetros después, supondré que mi viaje termina ahí.
Pero aún me faltarán cuatro días. Me tocará, al azar, en São Paulo, una niña que correrá bajo un calor abrasador repitiéndose «puedo, puedo».
Seguiré hacia el oeste, entrando en calor. Por la tarde, en Ciudad de Guatemala, me tocará un abuelo que correrá despacio. Nadie notará que soy el mismo dorsal, salvo él, que me mirará dos veces y susurrará: «¿Te quedas un rato?»
La gente creerá que el año acaba a medianoche y lo despedirá con uvas, sin preguntarle si quiere irse. Pero el año soy yo, el 365, y mientras alguien me lleve prendido al pecho, corriendo en algún lugar, no habrá campanadas.
41. VOLVER
GLORIA FERNÁNDEZ SÁNCHEZ
H.G. Wells, de unos 35 años, corre desesperadamente hacia la meta. La humedad del Tormes evoca su país.
—Sorry! Terribly sorry!
Va dando empujones a los participantes. Ellos, que recuerdan a los seres amados, quienes ya no compiten. Aunque se dirigen al futuro, al año que se aproxima.
—¡He de dar un mensaje a la reina!
Juzgando su extraña indumentaria deportiva lo toman por un excéntrico.
—Sorry!
El siglo XX comienza con Victoria en Osborne. Enero del 1901. Tres semanas después fallecerá de pulmonía.
—Cambiará el destino del imperio. Debo explicárselo.
Tras la línea de llegada detecta su máquina, esa silla brillante con las palancas de marfil.
—Oiga, ¿es usted Wells? -dice un profesor universitario- Creía que estaba muerto.
—Lo estuve. Y lo estaré.
Al fin le cuelgan una medalla, son muy amables.
—Sorry! Pero hay prisa.
Y vuelve enloquecidamente a un pasado que aún no ha existido.
42. Anatomía ancestral
Alex González Duque
«Qué sensación, qué pasión… ¿Cómo puede ser posible que se aglutine tanta gente en base a una cosa tan sencilla y ancestral como es correr?». Ese pensamiento me invadía la cabeza mientras movía las piernas zancada tras zancada, kilómetro tras kilómetro… hasta que, de repente, al levantar la cabeza, allí lo vi: era un arco despampanante en el que se podía leer una palabra en inglés: win. Entonces me di cuenta: correr significaba ganar. Ganar en salud, en experiencias, en momentos, en amigos… Al fin y al cabo, la vida no es más que una carrera que pasa volando y, si no le seguimos el ritmo, nos quedamos atrás.
43. paciencia
Jhon Felipe Benavides Narváez
Vio perderse a lo lejos al corredor número uno. La figura longilínea de su rival era solo un vestigio de la memoria. Dio un paso. Acortó la enorme distancia con otro más lento. Duplicaba al raudo competidor en edad y pesadez. Cuando al fin pudo cruzar la meta, nadie lo esperaba. Ante la ausencia de fanáticos, se sintió ganador al comprender que el tiempo era apenas una ilusión corriendo dentro de su caparazón.
44. Por si acaso
Laura Mindán Sanz
Llevo media vida en la misma esquina, detrás de la misma mesa, tendiendo vasos de agua a gente que no me mira, y no tiene por qué, porque yo tampoco los miro a la cara: los conozco por las manos.
He visto manos de niño que hoy llevan a otro niño de la mano, manos con alianza que un año volvieron sin ella, manos que un diciembre dejaron de pasar y que todavía, a veces, me parece ver entre las demás.
Yo les pongo el agua en la mano y ellos siguen. Así tiene que ser.
Cuando pasa el último, recogemos los vasos del suelo, uno a uno, sin prisa. Luego lleno uno más y lo dejo en el borde de la mesa, por si acaso.
45. El sitio de siempre
ÁLVARO GONZÁLEZ VILLORIA
Mi padre nunca ganó la San Silvestre Salmantina.
Corría con gorro navideño, saludaba a los conocidos y perdía minutos esperando a los rezagados. Decía que para llegar el primero ya estaban los autobuses.
Cuando murió, encontré veintisiete dorsales guardados en una caja de zapatos. Detrás de cada uno había escrito un nombre.
El del panadero. El de su compañero de trabajo. El de aquel vecino que apenas salía de casa.
Este diciembre me puse sus zapatillas y salí por Salamanca. Al cruzar el Puente Romano, alguien me dio una palmada. Después otro. Y otro más.
En la Plaza Mayor comprendí que no eran desconocidos. Eran todas aquellas personas a las que mi padre, durante veintisiete años, había convencido de que podían llegar a la meta.
Mi padre nunca ganó la San Silvestre Salmantina.
Pero aquella tarde comprendí que había pasado toda su vida ayudando a otros
46. Llega la mágica San Silvestre Salmantina
Sergio García Lobo
Pasan los años, pasan las carreras, llegan las navidades y toca despedir el año, pero no sin antes correr un año más nuestra querida San Silvestre de Salamanca.
Cómo cada año, los nervios comienzan la noche de antes, el habitual frio de las mañanas de Salamanca hace que el vaho salga de nuestras bocas. Todos y cada uno tenemos nuestro propio ritual: primero calcetines, después pantalón y por último camiseta, gorra y pulsómetro.
Salimos de casa con nuestra familia, nos acompañan a línea de salida, ellos están para animarnos a lo largo de todo el recorrido.
Justo antes de calentar, gel y al cajón. Los nervios van en aumento y las ganas de disfrutar se disparan.
Es el culmen a un año de entrenos, esfuerzos y tiempo robado a la familia.
Pistoletazo y a correr, es el momento de pasar por los lugares más míticos y mágicos de Salamanca.
47. (Doscientos) Setenta y pico
Jorge Juan Codina Ripoll
Felisa y Rosa sujetan a su madre por las muñecas, una a cada lado, como se sujeta a una prófuga. Faltan diez minutos para el pistoletazo junto al puente romano. En Libreros, llovizna.
La mujer mayor clava el paraguas entre dos losas.
—Es aquí.
—Mamá, ¿estás segura?
—¡Consuelito Guerra me adelantó aquí! Las Kelme se me habían hecho trizas, que si no, hubiera subido al podio. Mirad.
Rosa le suelta la muñeca. Felisa resopla.
La madre se desabrocha el abrigo. Luce un dorsal con rodales marrones, prendido al jersey con cuatro imperdibles; Rosa le endereza el de arriba. El número: doscientos setenta y pico —ilegible la cifra final—.
La madre saca el recorte que ha descolgado de su marco en la salita: el marido, sin ella, sonriente, pecho henchido, el diploma de cuarta clasificada en alto, la camiseta impoluta y el dorsal 272 mal anudado a los tirantes.
48. Contra mí mismo
Félix López Rodríguez
En la Salmantina, Mateo decidió que cada kilómetro sería un año de su vida.
En el primero dejó atrás al niño que corría sin miedo. Frente a la Universidad adelantó al joven que abandonó los estudios. En la Plaza Mayor alcanzó al hombre que llamaba prudencia a cada derrota.
En el Puente Romano, la pierna se bloqueó. Faltaban tres kilómetros.
«Hasta aquí», ordenó su cuerpo.
Entonces vio a un corredor delante: su espalda, sus canas, el mismo dorsal. Mateo lo persiguió. Cada vez que flaqueaba, la figura se alejaba.
En el Paseo de San Antonio reunió sus fuerzas. Antes de la meta, el rival desapareció entre la multitud.
Mateo cruzó. Lo buscó y encontró su rostro en un escaparate junto al cronómetro.
Comprendió quién corría delante: el hombre en que se convertiría si dejaba de luchar.
Mateo sonrió. Acababa de dejarlo atrás.
49. DOS LUNAS
LEYRE ZÁRATE ÁLVAREZ
La salida se abre.
Salgo.
Mis zapatillas buscan el asfalto como un latido.
Respiro cada cuatro zancadas.
La ciudad se abre a mi lado; no miro hacia abajo, no regalo centímetros.
A mitad de carrera, el pecho quiere explotar.
Aquí empieza la batalla.
Un corredor intenta colarse por dentro.
Apoyo fuerte.
La carrera es dura.
Veo la meta.
La cruzo.
Silencio.
Luego, el mundo vuelve.
Alguien repite mi nombre despacio.
Me siento en el suelo; el asfalto está áspero y frío.
Mi entrenador aparece.
Me dice que lo he corrido como si me lo estuvieran contando al oído.
Sonrío.
Abro los ojos.
La sala tiene paredes claras.
Los aros de mi silla de ruedas brillan como dos lunas.
¿Te has visto en la San Silvestre Salmantina? —me pregunta mi terapeuta.
Sí. Y la he vuelto a ganar —respondo.
La carrera me espera cada semana.
Y yo siempre cruzo la meta.
50. PALPITAR
Ángel Saiz Mora
Me apunté al club de atletismo por recomendación de mi médico, para mejorar la salud cardiaca. Nunca hubiese imaginado encapricharme de la entrenadora. En sus miradas creía ver correspondencia unas veces; otras, un espejismo.
Soy tímido e indeciso, aunque no dudé en inscribirme en la San Silvestre Salmantina al saber que ella lo había hecho. Su inoportuno esguince fue decepcionante, pero volví a ilusionarme cuando aseguró que estaría entre el público.
De todas sus enseñanzas, puse mucho esmero en mantener una postura correcta y gallarda, ya desde la salida en el Paseo de San Antonio, pero me desalentaba, metro a metro, no encontrarla tras las vallas, ni escuchar sus ánimos con mi nombre.
Su ausencia logró apagarme traspasada la meta. A este fundido en negro siguió el de unas manos que me taparon los ojos.
Mi corazón, que ya casi había recuperado sus pulsaciones habituales, no esperaba ese beso.
51. LATIDOS DE PIEDRA Y ORO
Adriana Sanz Calvo
El aliento de cientos de corredores se espesaba en la brisa helada de Salamanca. A las 16:00, la marea de camisetas vistió de vida la Calle San Pablo, disolviendo el frío de diciembre bajo un estruendo de aplausos y zapatillas golpeando el asfalto.
Entre la muchedumbre corría Martín, sintiendo cómo cada zancada contra la piedra dorada de la Plaza Mayor amortiguaba el peso de un año difícil. Al atravesar el arco hacia el Ayuntamiento, otro corredor rozó su hombro y le dedicó una sonrisa cómplice: “¡Vamos, que ya casi estamos!”.
No había medallas de oro en juego, solo la gloria compartida de vencer al frío y al cansancio. Al cruzar la meta en el Paseo de San Antonio, ahogado en vítores y serpentinas, Martín respiró hondo. La San Silvestre no era una simple carrera; era el abrazo colectivo de una ciudad despidiendo el año a golpe de zancada y esperanza.
52. CABEMOS TODOS
JULIA FLORES ARENAS
Hoy ha sido la San Silvestre. Hice dos inscripciones, para mi hija Victoria y para mí. He corrido varios años y siempre había venido conmigo, acompañándome.
Hace tiempo que quiere participar, disfrutar, que la hagamos juntas.
“Si entrenamos juntas, corremos juntas”, dice lentamente con mirada transparente, convenciéndome.
Otros años, ante su insistencia, le decía que una forma de participar es acompañar al corredor, que supiera que hay alguien animándolo con aplausos, que lo esperara en meta, alguien con quien celebrar y compartir todos los momentos, buenos y…regulares.
Hoy mi objetivo estaba claro: que corriera, que disfrutara, que resistiéramos hasta el final, no importaba en qué posición quedáramos.
Ha puesto todo su empeño. Hemos llegado, exhaustas, las dos. Lo importante es que se siente una más, que nadie le ha puesto objeción por tener síndrome de Down, que es una corredora como todas que, en la salmantina, comprobado, cabemos todos.
53. El apellido
Nicolás Cabrera García
La Salmantina rugía bajo miles de pasos. Yo corría junto a mi hijo, como cada madrugada, aunque esta vez nadie parecía escuchar mis zancadas.
—No aflojes —le dije.
Apretó el ritmo. La meta se acercaba y, con ella, aquel sueño que durante años habíamos perseguido juntos. Cruzó la línea entre aplausos. Quise abrazarlo, pero él siguió de largo, buscando a alguien entre la multitud.
Entonces levantó la medalla hacia las gradas vacías.
—Lo conseguimos, papá.
Miré mis manos. La lluvia las atravesaba.
En el podio, el locutor pronunció su nombre y, después, el mío. Mi hijo sonrió. Por fin, nuestro apellido tenía un lugar en la historia.
54. Mi primera carrera
Bryan Eber Zea Ventura
Un hombre sin dorsal, con la frente lluviosa y la vista nublándose, corre con una tortuga de felpa en la mano.
—Esa es la meta —dice la tortuga.
El hombre, tambaleando, la lanza hacia el arco del Paseo de San Antonio.
—Felicidades. Me ganaste, hijo —añade, mientras cae.
Desde la cama 203, con el gotero cayendo como reloj de arena, un niño levanta los brazos. En su muñeca, mi dorsal 7887.
55. De cómo se entrenan en el Sur
Silvana de Fátima Santacruz Burbano
Lo nocturno marca el inicio y el ritmo del entrenamiento. Las luciérnagas que pasan rasantes les exigen a los corredores del Sur entrenar toda la noche. La montaña regula su respiración hasta que nadie alrededor pueda sentirla. Respirar, un leve suspiro. Esta práctica suele durar hasta la madrugada. Algunas veces descansan detrás de un árbol, una roca o una pared a punto de derrumbarse. La jornada cesa en la madrugada, cuando el sol devela los cuerpos de metal de aquello que creían insectos. A veces dura meses o años. Los corredores del Sur no conocen el tiempo que nos limita.
56. Lágrimas de lluvia
María Nieves Angulo Salazar
Ahí vamos los dos, con los nervios y la cafeína bailándonos por el cuerpo: la mía ―la cafeína―, en forma de gel energético; la suya, de cortado con un chorrito de pacharán. Es mi primera San Silvestre Salmantina y su primera visita a la ciudad. En silencio, recorremos las calles mojadas por una débil llovizna: yo, calzado con ultraligeras zapatillas de fibra de carbono; él, con los zapatos de vestir apestando a betún.
Me sitúo en la salida, entre los participantes. El abuelo ―orgulloso espectador― enciende un faria. Lo reconvengo con la mirada y se encoge de hombros, como diciendo: “Ya, para lo que me queda…” Tres meses, aseguran los médicos. No habrá otra San Silvestre para él, mi confidente, guía, ejemplo y consejero en el deporte y la vida. Y ambos, pudorosos, fingimos que son lágrimas de lluvia las gotas que nos humedecen las mejillas.
57. La lata de membrillo
Xavier Pardell Peña
Mi abuela guardaba los dorsales del abuelo en una lata de membrillo, doblados en cuatro y con los imperdibles puestos, por si acaso. Eran treinta y uno, uno por cada Nochevieja en que volvió de correr por Salamanca oliendo a linimento y con hambre de caldo.
Este año ella sacó la lata del armario sin que nadie se lo pidiera. Escogió un dorsal sin mirar, lo alisó con la palma sobre el hule de la cocina y me lo prendió en la camiseta, encima del mío.
—Para que no corras solo.
Salí con dos números en el pecho. En la cuesta, cuando ya no podía con las piernas, noté una mano en la espalda. No me volví. El abuelo siempre decía que en la cuesta no se mira atrás.
En la meta me esperaba ella con la lata abierta.
Dentro había sitio para uno más.
58. SALMANTINA SENSORIAL
VICENTE MONGE PRIETO
Sesentón y ciego, se lanza cada año a la San Silvestre Salmantina como quien se mete en una fiesta.
Lo escucha y lo percibe todo: los nervios en el calentamiento, los tiempos que cada uno quiere hacer, y la incansable voz de ánimo del speaker.
Su amigo le toca el codo de vez en cuando, pero él se guía por el ambiente que reina en la carrera: las respiraciones aceleradas, la bravura de los corredores y ese trote de la multitud que resuena en el silencio de una calle estrecha.
Salamanca huele a invierno, a piedra fría, a chimeneas y a churros. Reconoce cada rincón por el que pasa gracias al olor y al sonido que desprende.
Sabe que la meta está cerca. Cada vez se escuchan más fuerte los aplausos, el micrófono y siente el calor de la gente.
Entonces sonríe, cruzando la más bella meta en su imaginación.
59. Diferencias irreconciliables
María Domínguez Blázquez
Venía de un formidable verano, disfrutando de largos paseos y luciendo un esmalte rojo arrebatador.
Pero llegó septiembre, y algún delirio de juventud nubló el juicio a esta madurita de ambiciones desmedidas e inexistente fondo físico. ¡Le ha dado por el running! ¿Propósito del nuevo curso? ¿Síntoma de una evidente crisis existencial?
Llevo semanas soportando el martirio de su zancada agónica por el pavimento salmantino, estampada contra la puntera de una zapatilla flúor. Y ¿para qué? Para terminar la San Silvestre a una inconmensurable distancia de cualquier riesgo de podio y hacerse con el magno trofeo de una pieza de fruta de temporada.
No conforme, en marzo pretende acabar, o profanar, una media maratón. ¿Qué será lo siguiente? ¿Conquistar el asfalto neoyorquino?
Esta afición ha terminado con nuestra relación. Me he teñido de negro luto y estoy lista para cesar la convivencia. Y pensar que éramos uña y carne…
60. Corredor 8
Ricardo Nieto Rodríguez
Como gordo de la clase, no me gustaba nada correr. Sacar buenas notas en función de una marca era complejo por el sobrepeso y la autoestima baja. Los insultos de los compañeros me afectaban hasta que probé la San Silvestre de Salamanca. Era una carrera en la que nadie te miraba, y si te miraban, era para echarse unas risas sanas. Los corredores más llamativos estaban contentillos con un disfraz de otro mundillo. Así es como empecé a disfrutar del ritmo de la carrera, mi propia danza, un estado alternativo, pues se disfruta de la marcha. Poco a poco, año tras año, conseguí autoestima y salud de hierro. Todo era maravilloso hasta que me encontré al negro de los cabezudos de Salamanca, en la marcha. Como era uno de mis traumas, salí disparado y gané la San Silvestre para asombro de los atletas etíopes.
61. ¿Por qué corres?
Ramon Flores Pinedo
El peso pasaba de un pie al otro, era un justo equilibrio. Al principio, mi respiración se quebraba, pero rápidamente encontraba su sitio: tac tun tac, tac tun tac. El golpe de las zapatillas y mi respiración creaban una cálida melodía que me devolvía el ritmo.
De repente, el tiempo se quedaba inmóvil, a la espera de algo. Los coches y los niños, los perros y las aves también guardaban silencio. Y el viento me hablaba. Volvía a repetirme la pregunta que en otras ocasiones no había sabido cómo responderle.
—¿Por qué corres?
Esta vez le respondí: le dije que buscara la respuesta en el asfalto enfrente de mi casa, en el puente de piedra, en los almendros de la vereda, en la sombra de mis pasos y en el aire.
—¿En el aire? —exclamó sorprendido.
Y yo que pensaba que éramos la misma cosa.
62. Salamanca mujer y trota
Wikénferd Oliver-Pérez
Llenarse los pulmones, todo el cuerpo, ojos, entendiendo que no es corto el trayecto del puente siglo uno y andar ligera por más de 2026 años. Haciendo lo mejor para saberse sapiens, erecta y feliz de compartir el mismo modus operandi que miles de atletas juntos por calles y fachadas que cuentan viéndote, ellas, año tras año, conservando a Salamanca la hermosa, la valorada universitas 1218. Darles vida eterna a los sitios inesperados al compás del trote, irte a San Policarpo de 1626 y seguir mirando de un lado a otro, perpleja. Y debajo, el sostén pétreo, mineral, Vía de la Plata, la calzada. El recorrido imponente para disfrutar del sudor y de hacerte historia también. Contarás los pasos que te trajeron a Salamanca y le harás corta la distancia a quien te oiga. Ya lista para partir, miras tu muñeca temporizada y trasciendes el paseo de San Antonio.
63. El hacedor de carreras
Eduardo Cordero Sánchez
―Esas son las campanas de la catedral ―dice un corredor a otro corredor.
―¡No me digas!
―Nos confirman que falta poco para la meta. Dime, ¿has cantado ya los himnos a nuestro Santo?
―¿A qué Santo?
―A San Silvestre, por supuesto. Debemos darle las gracias por haber creado esta carrera.
―Exactamente ―interviene un corredor con ropas muy antiguas.
―¿Y tú quién eres?
―San Silvestre, el creador de esta carrera. ¿Entonces no cantarás para mí?
―¡Me voy! ¡Me voy! ¡Me voy!
―¡Qué canto más hermoso!
―¡Qué himno más devoto!
Y así es como el corredor consigue ganar la carrera.
64. Tú puedes, charro
ALICIA RODRÍGUEZ GARCÍA
Se sentía a punto de desfallecer. Sofocado, notaba el calor concentrándose en su rostro. Su cuerpo, bañado en sudor. Su vista, nublada. Y su respiración, cada vez más jadeante, se le antojaba insuficiente para seguir oxigenando sus músculos entumecidos. El frenético ritmo que mantuvo desde la salida y la aceleración en Calle Zamora le estaban pasando factura: logró ir en el primer pelotón, a la cabeza de los corredores, pero ya en el Puente Romano empezó a dudar de que pudiera lograrlo. Acababan de transitar a paso veloz la calle de la Universidad... cuando la vio. Entre otros desconocidos que animaban, estaba ella. A la altura de la Casa de las Conchas. Gritó, alzando la mano: “¡tú puedes, charro!”. Una inyección de energía recorrió de nuevo sus articulaciones. “Yo puedo”. Y presa de una fuerza desconocida, casi sin aliento, se salió del recorrido hasta llegar a ella, y la besó.
65. Hoy gano yo
Marta Martín Morales
Termina un año más para todo el mundo, pero termina nuestro año para mí. Con 65 años recién cumplidos y la jubilación fresca en el bolsillo, Aurelio aguarda la salida de la San Silvestre salmantina. Mientras a su alrededor decenas de corredores calientan impacientes por dar la primera zancada, él fija la vista en el cielo y murmura hacia dentro:
—Mi amor, hoy corro por ti con esta camiseta de tirantes rosa fucsia que llevaste el año pasado.
Frente a los parches de hidratación, las zapatillas con suela de carbono y los relojes con GPS, seguro que este año gano yo. Mientras suena el cohete de salida, sonrío pensando si la organización terminará incluyéndome en la categoría de disfraces.
66. El ultimo reflejo
P. Diaz
Los aplausos cruzando el puente romano al paso de mi decimotercera San Silvestre me reconfortaban. Correr entre atletas y aficionados disfrazados me parecía divertido, hasta que volví a sentir aquella presencia. Me dí cuenta que llevaba kilómetros pisándome los talones, copiando exactamente mi ritmo. Al girar la cabeza, me crucé con sus ojos: eran idénticos a los míos, pero sin vida. Vestía idéntica ropa técnica, rota y manchada con la misma sangre que yo intentaba dejar atrás. Aceleré el paso, esquivando a un grupo disfrazado de elfos, asfixiado por el pánico; nadie lo miraba. Al rozar la meta, una mano helada se posó en mi hombro.
—No puedes huir de ti mismo —susurró mi propia voz.
Crucé la línea en solitario y me apoyé, exhausto, contra el escaparate de turismo en la plaza mayor. Pero, al mirar mi reflejo, el rostro que me sonreía ya no era el mío
67. ELIXIR DE ENSUEÑO
Julio Cesar Valotta Luna (Julio Cesar Luna)
Cuando llegué del trabajo el silencio me golpeó.Claro,pensé,los niños están en e colegio y Lili los está recogiendo.Cansado,me senté en el sofá y el sueño me atrapó.Sin pausa,soñé que atravesaba un inmenso desierto bajo un sol recalcitrante.Sentiá la garganta seca.No hacía mucho que volví a ver el gran clásico del cine,Lawrence de Arabia,donde muestran las tomas más bellas,a un árido desierto.Mi sueño me llevó a las escenas donde el protagonista sufría la sed más espantosa,después de dos días de estar montado sobre un camello,sin una gota de agua.De pronto algo suave rozó mis labios...sentí luego un sabor celestial .Abro los ojos y Lili, junto a mi sonreía,mientra sostenía en su mano un algodón mojado.Abrí los ojos y pregunté.-¿Es lo que yo me imagino?.-Sí,mi amor,respondió,es el que probaste en España y te fascinó.Me sorprendió verlo en el mercado y lo traje: "BRANDY JEREZ CARDENAL MENDOZA",dijimos al tiempo.Bebimos y nos volvimos enamorar.FIN
68. PINCHAZO
Raúl Garcés Redondo
En el momento en que rebasa la línea de meta, el exhausto corredor extrae de no sé sabe bien dónde, quizá sea mejor no saberlo, su teléfono móvil para llamar a casa. Supone que siendo las fechas que son, estará toda la familia reunida, primos del pueblo incluidos.
—¡He terminado la carrera! —anuncia eufórico elevando la voz entre el bullicio que le rodea —Sí, mamá. La carrera. En Salamanca.
Todo es alborozo al otro lado del auricular. Le parece escuchar incluso el descorche de una botella. Las felicitaciones se suceden y el exultante participante de la San Silvestre se siente flotar como un globo. Tras las despedidas ya se dispone a colgar cuando acierta a oír de fondo:
—¿Lo veis? Y vosotros diciendo que el chico no llegaría a nada en la vida. ¡Toda una carrera universitaria y nada menos que en Salamanca!
69. EN DOS PALABRAS
José Antonio del Olmo del Olmo
En Nochebuena.
Entre cuñados.
Así surgió.
Primera idea.
¡A correr!
¿Nos atrevemos?
Por supuesto.
San Silvestre.
Otra Salamanca.
Con ilusión.
Con emoción.
Con recelo.
Próximo año.
Allí estábamos.
San Antonio.
Emoción máxima.
¡Tanta gente!
Gritos alegres.
Cuenta atrás.
Allá vamos.
Momentos mágicos.
Plaza Mayor.
Rana mira.
Momentos críticos.
Puente Romano.
Hay subida.
No parece.
Se sufre.
Respiración agitada.
Se habla.
Padecimiento compartido.
Su debut.
Dos novatos.
Hablamos largo.
Kilómetros avanzan.
Cansancio apaciguado.
Palabras reductoras.
Dos vidas.
Dos trayectos.
Mismo esfuerzo.
¿Inicio amistad?
Coincidiríamos más.
Mucho más.
Es empezar.
Y seguir.
Así fue.
Carreras infinitas.
Apareció allí.
Se veía.
Un sueño.
Llegamos exhaustos.
Sin resuello.
Pero felices.
Meta conseguida.
Promesa mutua.
Última, no.
Sin espera.
Otras muchas.
Descubrimos algo.
Una oportunidad.
Descubrir mundo.
Visitar pueblos.
Era correr.
Y empezamos.
Hace tiempo.
Hasta hoy.
Medio país.
Nuestra visita.
Aún queda.
Otro medio.
La causa.
Aquel día.
En Salamanca.
Sus calles.
Sus plazas.
70. El adelantamiento
José Luis Mateo Grande
Mi padre llevaba tres años sin correr. Decía que las rodillas, que el frío, que ya no estaba para disfraces. Por eso, al verlo en la salida de nuestra San Silvestre Salmantina, vestido de astronauta y con el dorsal sujeto por imperdibles, pensé que había perdido una apuesta.
—Ve tranquilo, papá. Esto no es la NASA —bromeé.
El que salió disparado fui yo. Entre charangas, renos y espectadores, crucé media Salamanca convencido de que lo había dejado atrás. En la cuesta final oí su respiración detrás de mí.
—Aparta, campeón —dijo.
Me adelantó justo antes de la meta, agitando los brazos como si aterrizara en la luna. Cuando llegué, lo encontré llorando bajo el casco.
—¿Te has hecho daño?
—No. Es que hoy he corrido por primera vez desde que te diagnosticaron el corazón.
Había cruzado la ciudad disfrazado de astronauta solo para aterrizar a mi lado.
71. Imparable
Andrea Carpio Cobo
Cuando ves la meta de lejos: cuesta hablar. Cuesta moverse. Cuesta respirar. Cuesta pensar. Trescientos metros. La mente grita: “no puedo más”. Doscientos cincuenta metros. Los pulmones quieren coger más aire, no pueden. Doscientos metros. Las piernas quieren ir más rápido, no responden. Ciento cincuenta metros. El corazón está desbocado. Cien metros. Parece que no avanzas, pero no te detienes. Amplias la zancada. Cincuenta metros. Te impulsas como nunca. Veinticinco metros. Sientes el furor del público. Diez metros. Nueve, ocho, siete… Cruzas la meta. Te sientas en el suelo con los ojos acuosos mientras te abrazas las piernas. No es la llegada lo que te hace feliz, es no haberte rendido.
72. 10 KMS DE PENITENCIA
ISABEL MARIA PEÑA MACIAS
No quería apuntarme a la San Silvestre porque yo, ejercicio, cero, pero mi hermana insistió. “Por una buena causa” decía…. sólo 10 kms….. ¿¿Sólo 10 kms?? Si ya levantarme de la taza del wc me costaba…. Me inscribí por no oírla. Nombre de dorsal elegido para vengarme: “Ella no quería, oiga”. Pagué 25 euros. ¡Qué desperdicio!…. Una burrada para sufrir. 25 eurazos por una camiseta fosforescente con la que parecía una bola de navidad dorada. Llegó el día de recoger el dorsal. Cuatro horas de cola, frío, gente vestida de cualquier cosa y yo dando el cante con unas mallas ajustadísimas que me hacían parecer el muñeco michelin, una camiseta talla S que pedí en un “éxtasis” de falso optimismo, y un gel energético que olía a tubo de escape. Empecé a correr los 10 kms.sin ganas.Con estas pintas y este garbo no me iban a animar, sino a rescatar.
73. Pareja
Alfonso Pliego Santos
Mi abuelo corrió la primera San Silvestre con zapatillas remendadas. Ahora yo empujo su silla de ruedas por la calle Compañía. Al pasar junto a la Plaza Mayor, él levanta el puño como si aún quedaran cien metros. La multitud aplaude, y yo entiendo que el atletismo no siempre es correr: a veces es sostener, acompañar, cruzar la meta por quien ya no puede. Al terminar, me da su dorsal antiguo, cuidadosamente doblado en cuatro: “Guárdalo –me dice—. El próximo año corre tú por los dos”. La San Silvestre no acaba en la meta: empieza en cada Noche vieja que decides no dejar solo a nadie.
74. La meta invisible
Maroua Bensfia Khiyat
Era mi primera San Silvestre Salmantina y solo pensaba en llegar antes que los demás. Al comenzar la carrera, corrí con todas mis fuerzas, convencida de que ganar era lo único importante. Pero, durante el recorrido, vi a corredores animando a quienes estaban cansados y a personas que sonreían aunque fueran las últimas. Uno de ellos se detuvo para acompañar a otro que necesitaba ayuda. Aquella escena me hizo pensar. ¿De qué servía llegar primero si olvidaba disfrutar del camino? Cuando finalmente crucé la meta, comprendí que había empezado queriendo vencer a los demás, pero terminaba descubriendo algo mucho más valioso: la verdadera victoria estaba en superarme a mí misma.
75. 10.000 metros sin correr
Cristobal Isaac Gutiérrez olivares
Soy veloz… competitivo, un ganador.
[Sí, así es].
¿Hace tiempo me dedico a esto, sabes? Y no hace mucho que gané.
[Obvio, lo mejor].
La gente me halaga, yo me halago.
[Y lo seguirán haciendo].
La prensa ya tiene mi premio… ellos lo saben.
[Yo igual].
Todo el mundo lo sabe: las gradas… la televisión… el periódico…
[Excepto tú].
¿Me estás escuchando? ¡No me ignores! ¡Deja de concentrarte en el disparo de salida!
[¡Engreído!].
Está bien, no importa… esto está ganado.
[Solo tres segundos… solo hasta que suene].
¿Qué te había dicho?
[Linda perforación].
¿Y ustedes…? ¿Qué opinan de mis valores?
76. HERENCIA
Claudia Alejandra Morales
Tuvo que colgar el dorsal el día que empezó a vivir con él. Las prohibiciones se convirtieron en muros y eso que llamaban amor, en un golpe definitivo del que jamás despertó.
Guardé durante años la medalla que conquistó en esta misma ciudad, el único trofeo de su libertad robada. Hoy la llevo colgada al cuello mientras espero el pistoletazo de salida entre miles de corredores.
El aire helado de Salamanca me quema la garganta, pero mis piernas avanzan con una furia heredada. Rompo la niebla, adelanto sombras y aprieto el metal en cada zancada. Esta no es solo una carrera popular; es nuestra justa revancha contra el silencio y el miedo.
Al cruzar la línea de meta, sonrío al cielo. Este año corrí por las dos.
77. Fe de vida
Luisa Fernanda
Remedios se prende el dorsal de Anselmo con cuatro imperdibles, uno por esquina, como hacía él. Debajo, su anorak, que todavía huele a Farias.
Ha calculado el ritmo en la cocina: este año debe llegar cuarenta segundos más tarde que el pasado. Un hombre de ochenta y un años no mejora.
Sale en el último cajón, entre disfraces y niños que gritan. Hace un frío de piedra. Corre despacio, sin adelantar a nadie, igual que corría él.
En la meta, el chip lo confirma: Prieto Garrido, Anselmo. 1:04:37.
El dos de enero llamarán los hijos desde Hamburgo, como siempre.
—Hemos visto la clasificación, mamá. Qué fuerte está papá.
—Ya lo conocéis —dirá ella, mirando el limonero del patio, que nunca ha dado tanto.
78. La última en llegar
Angels vinuesa fernandez
A sus ochenta y dos años, Carmen se colocó el dorsal con manos temblorosas.
—Abuela, ¿seguro que quieres hacerlo?
Ella sonrió.
Los corredores desaparecieron entre aplausos. Carmen avanzó despacio, aferrada a una fotografía que guardaba junto al corazón.
Cuando alcanzó la meta, ya estaban retirando las vallas.
Un voluntario se acercó.
—No, joven. Hoy hemos llegado los dos.
Treinta años atrás, su marido había prometido correr aquella carrera con ella. La muerte se adelantó al disparo de salida.
Carmen besó el dorsal.
Por primera vez en tres décadas, no sintió que caminaba sola.
Porque hay carreras que no se ganan llegando primero, sino consiguiendo que el amor cruce la meta.
79. El hijo de Tomé
José Antonio Pablos
—¡Detén el paso, Lázaro! Oigo voces… y el golpear de pies contra el camino. Prepara los pliegos y los romances. Quizá saquemos de aquí alguna blanca que llevarnos a la boca.
—No os hagáis ilusiones, mi señor. De esa gente no sacaremos ni una moneda. Son mozos y mozas que corren como si el diablo les fuese pisando los talones.
—¿Y qué buscan?
—Dios sabrá. Yo no veo más que piernas, polvo y colores por todas partes. Y mirad: ya toman el puente.
—Pues apresúrate. Si no quieren escuchar nuestros versos, al menos intentaremos seguirles el paso.
—Eso quisiera verlo yo, señor. Antes llegaréis vos al cielo que alcanzaremos a esos locos.
80. El Último Disfraz
BLANCA ELENA RODRIGUEZ VALOY
Soy un dinosaurio tambaleándose entre la multitud de la San Silvestre salmantina. Mi amiga insistió: “¡Disfrázate de algo divertido!”. Pero no corro por diversión. Así que aquí estoy, sudando, sofocada, pero corriendo.
Mientras avanzo, me asalta la duda: ¿por qué siempre cedo a demandas ajenas?, ¿por qué me cuesta decir que no? Es más fácil seguir a la mayoría que liderar un destino pero, ¿a qué precio?
A la altura de la Plaza Mayor algo cambia dentro de mí: el impulso salvaje de extinguir para siempre mis miedos. Para muchos la carrera ha terminado, mientras yo emerjo de la cáscara de mis complejos.
Viejos programas desaparecen con cada zancada ya en los últimos metros. Este es el último disfraz que me pongo. Hoy no se trata de vencer a los demás. A partir de ahora solo seré yo. Sin máscaras.
81. LA SAN SILVESTRE PASA POR GUIJUELO
Roberto Marín Luque
Después de comer, la abuela se puso a rezar un Rosario a ver si así se callaba el gato. En la tele estaban retransmitiendo la San Silvestre Salmantina.
—Este año pasa por Guijuelo—.Dijo el tío Selenio.
El abuelo, se vistió de corto y dijo: «En Jabugo ya no quedan jamones». Todos nos miramos con gran estupor. El gato no paraba de maullar desde hacía dos noches.
Fue en ese preciso instante cuando la vecina, que nunca había ido a misa de nueve, suplicó de rodillas a la abuela que por favor se callara ya con tanto Rosario. El abuelo, que había salido hacía dos horas, volvió con un jamón de Guijuelo y nos invitó a todos a desayunar con la condición de que nos inscribiéramos en la San Silvestre del año que viene, a ver si así dejábamos en paz al gato.
82. RUN FORREST GUN
MARIO MERINO ORTEGA
RUN FORREST RUN
Estaba andando tranquilamente por la calle, de vuelta a casa, cuando, de repente, vi a mucha gente a mi alrededor. No sabía qué estaba pasando. Todo el mundo me gritaba que corriera y que no me parara.
Asustado, me imaginé lo peor y empecé a correr como si no hubiera un mañana. El corazón me latía a toda velocidad y apenas podía respirar. Miraba hacia atrás constantemente, temiendo descubrir qué nos perseguía. Adelantaba a algunas personas, pero no podía detenerme a ayudar a nadie.
Al ver que todavía había gente huyendo, aceleré el paso. ¿Un atentado? ¿Un robo? ¿Un tiroteo? Esas ideas me aterrorizaban, pero también me daban fuerzas para seguir corriendo y salvarme.
Finalmente, llegué a un extraño arco. Allí, varias personas me detuvieron al grito de «¡Enhorabuena!». Confundido, recibí una medalla y un hombre bien vestido me dijo:
—¡Enhorabuena! ¡Has ganado la San Silvestre Salmantina!
83. MISSION IMPOSSI-MAMA
MERCEDES ORTEGA NUÑEZ
MISSION IMPOSSI-MAMA
Cada mañana comienza mi carrera antes de que salga el sol. Corro para levantar a los niños, llevarlos al colegio y llegar al trabajo. Corro al supermercado, preparo la comida a contrarreloj y vuelvo a correr para recogerlos. Después corro para llevarlos a las actividades extraescolares, los deberes, las duchas, la cena y la casa, que nunca termina de estar recogida.
Mis piernas y mis zapatillas conocen cada rincón de Salamanca. No tengo medallas ni público que me anime, pero llevo años entrenando entre mochilas, lavadoras y listas interminables.
Por eso, cuando me inscribí en la San Silvestre Salmantina, todos me preguntaron si estaba preparada.
Sonreí. ¿Preparada? ¡Si llevaba toda la vida corriendo!
84. Cien metros
Enrique Castelló Navarro
Cien metros.
Aquella mañana, en el instituto, habían estudiado el poder igualatorio de la muerte.
Mientras el profesor hablaba, él estaba lejos: las discusiones de sus padres, la habitación compartida con sus dos hermanos, las clases particulares de inglés que no tendría, la bicicleta a la que jamás se había subido, las cenas familiares que nunca fueron.
Por la tarde llegó a la pista.
Allí no importaban los zapatos gastados ni las facturas pendientes, ni su nombre, ni el barrio donde había nacido. Sólo sus piernas, su alma y aquella línea blanca al final de la recta.
Se agachó, apoyó los dedos sobre el tartán y esperó la señal.
Durante cien metros fue dueño de todo lo que la vida le había negado.
Cruzó la meta el primero.
Entonces entendió que la muerte no era lo único que podía igualar.
85. Quinientos
Omar Fernando Argüello
Nadie sabe que una infancia terrible marca cada paso que da. Correr era escapar y escapar era vivir. Su velocidad no nació del entrenamiento, sino de la supervivencia.
El trescientos doce cubre su pecho, pero el único número que valora es el quinientos, que fueron los pasos que le permitieron escapar de la muerte, la noche en que los rebeldes invadieron su aldea y eliminaron a todos. Solo él se salvó.
Por esa razón, cuenta los primeros quinientos pasos, como si su existencia dependiera de ellos. Mira para todos lados, asustado, hasta que recuerda que está corriendo la San Silvestre Salmantina, que la selva pertenece al pasado, que el público le transmite el aliento que necesita y que nadie lo persigue. Recién entonces se concentra en la competencia. No tiene mejor aliciente que saber que, cuando cruce la meta, estará recuperando su identidad, su libertad y su alegría por vivir.
86. ESFUERZO
Jorge Vaquero Andaluz
Ayer busque la luz de la mañana y los colores dorados del Tormes, la ciudad somnolienta espera junto a la escarcha miles de pisadas en sus caminos, en sus veredas, en las sendas, en los puentes, en los adoquines de la Rua.
Hoy es un día especial, me he esforzado, sonreído, sudado, entrenado, los guantes de lana me siguen trayendo viejos recuerdos, añoranzas de los míos que tanto quiero.
Salgo a la calle, sin prisa, miro mi dorsal, mi reloj inteligente, el bullicio que destierra la monotonía, cruzo la Alamedilla, cada vez somos más, me animo, me aferro a mis sensaciones, a mi propósito, a mi ilusión, hoy puede ser mi gran día.
Salimos, me voy posicionando, al llegar a la Plaza suenan más altos los aplausos, el río, el puente romano, seguimos y por mi posición sigo ilusionado.
Subo, callejeo, desenfreno, el corazón alborotado, la cinta, he ganado.
87. 7007
Jessica Muñoz Paredes
Los kilómetros no saben cuántos somos.
Se extienden entre la salida y la meta, indiferentes, idénticos. Los mismos para quien corre a ganar y para quien solo necesita llegar. Para quien lleva una promesa en el bolsillo y para quien lleva un año intentando recuperar el aliento.
Suena el disparo. La Navidad aún está en la mesa. Cada kilómetro es el mismo para todos y distinto para cada uno: alguien deja sudor, alguien pelea con el miedo, alguien bajo un disfraz pronuncia un nombre en voz baja a la altura de la catedral.
De todo lo que podría contarse, solo hay una certeza: somos 7.007. La cifra se lee igual de ida que de vuelta.
Nosotros, no. Volvemos a casa cansados, pero por dentro, más ligeros.
88. PASO OBLIGADO
José Francisco Sánchez Lozano
En el kilómetro seis de la San Silvestre Salmantina, Elena vio salir a un corredor por la puerta lateral de un aparcamiento. Reconoció sus calcetines amarillos: lo había adelantado dos kilómetros antes. El circuito rodeaba el edificio por tres lados; por dentro, un pasillo unía la primera calle con la última.
Iba tercera. Memorizó el dorsal y se detuvo a avisar a un voluntario. Cuando volvió a correr, la cuarta ya la había pasado.
Al publicarse la clasificación provisional, acudió a la Secretaría. Recibió un impreso. En «Fecha de los hechos» escribió la de ese día. Anotó el dorsal y dibujó las dos puertas, la escalera y sus dieciocho peldaños.
La encargada extendió la mano. Elena retuvo la hoja.
Firmó. Pidió otro impreso, copió el dibujo y, en «Fecha de los hechos», escribió la de su victoria del año anterior.
En «Dorsal denunciado» puso el suyo.
89. Descarga las bases
RUBÉN MORATALLA MAYO
Un papel de cuatro dígitos sobre mi pecho. Delante del espejo, con unas canas ya incipientes, escaneo el esguince con unos golpecitos de ánimo. Valoro llegar hasta aquí un año más. Mi cabeza ha dibujado el recorrido durante la semana. Plaza Mayor, Puente Romano, Casa de las Conchas… El running es correr y apreciar. Mi CV guarda el frío de los entrenos, los wasaps de ánimo, las dudas y la nostalgia. Pero necesito algunas palabras más. No puedo limitar a ciento cincuenta la extensión de la carrera. Quiero unas líneas extra que me alienten a anudarme las zapatillas el próximo curso.
Me acerco a la meta emocionado, exhausto, cuando una voz me impide cruzarla.
«Pero no me haga esto, amigo —imploro—, ¿qué importa ahora si lo presenté sin título?».
Niega con la cabeza. Con gesto compasivo, me muestra una tablet, donde alcanzo a leer: «Edición 2027. Descarga las bases».
90. Embutido al ataque
Delia Rosa Santos Benavides
Me disfracé de hornazo de hojaldre gigante para correr la San Silvestre Salamantina, lo que me pareció un apetitoso y hermoso homenaje local. En la práctica –rodeada por miles de atletas— descubrí que el cartón piedra tiene la aerodinámica de un refrigerador.
Después de arrancada la carrera, y en la primera cuesta, me adelantaron un árbol de Navidad con luces led parpadeantes y un pulpo que chocaba sus tentáculos contra el resto de los corredores. Para colmo, mi disfraz era tan realista que un perro me persiguió intentando morder mi “zona de chorizo”.
Crucé la meta sudando grasa imaginaria y con el hojaldre destartalado. No gané, pero nadie puede quitarme el orgullo de haber sido la empanada más sabrosa y veloz de toda Salamanca.
91. SU TRIUNFO SOY YO
ELENA OLIVELLA
La carrera está a punto de iniciarse. En la salida, doscientos millones de participantes arrancan a la vez hombro con hombro, nadando en la oscuridad, batiendo la cola. Todos hacia la misma meta, con la misma ambición ciega empujándolos por el túnel. El favorito marca el ritmo y abre hueco; detrás, el pelotón se deshilacha. El pH ácido dificulta el recorrido. Caen los primeros, exhaustos, antes del ecuador. El medio tramo es una carnicería de rezagados. Quedan mil, cien, diez. El favorito encara la meta con dos cuerpos de ventaja cuando pierde fuerza debido a los glóbulos blancos. Por el carril de la izquierda, uno de cola irregular, aprovecha el momento. Última brazada. Toca la membrana. Entra en el óvulo. ¡Es el ganador!
Y treinta y nueve años después, gracias a ese triunfo, puedo estar en la línea de salida de la San Silvestre.
92. UN SANTO MARATONIANO
JUAN ANTONIO PEÑA CUPEIRO
¿Quién es San Silvestre? ¿un atleta de la antigua Roma?, no, el Santo fue un Obispo que tuvo la suerte o la desgracia de morirse un 31 de Diciembre, si, cuando nos comemos las uvas y despedimos el año, pero su fama no le llega por la ingesta del fruto o el desmadre de esa noche. Fueron los franceses, a principios del siglo XX, quienes iniciaron unas carreras populares con antorchas el día de San Silvestre, después tomo el relevo Sao Paulo, y hoy en día, cualquier lugar que se precie tiene su San Silvestre.
Todas las carreras con el mismo nombre y todas tan diferentes, las hay en la playa, en el campo, en los centros urbanos, pero no hay nada tan inspirador como correr una San Silvestre sobre piedras milenarias y sortear edificios emblemáticos, en donde la historia sale a borbotones, por si alguien la caza al vuelo.
93. La marca
Carlos García Carmona
Mi padre supo dónde había ocurrido antes de que terminara de contárselo.
—Esa curva siempre ha estado mal señalizada.
Tenía la copa encajada entre las rodillas. Había cruzado por el sendero del molino, mientras los demás rodeaban la tapia.
—Nadie te ha dicho nada —añadió, metiendo la llave en el contacto.
Por la ventanilla vi al segundo alisar el dorsal sobre una rodilla antes de guardárselo. Le pedí que esperara.
El juez recogía las vallas. Tuve que contarle lo del atajo dos veces: la primera hablé mirando al suelo. Apuntó mi dorsal y dejó la copa en su mesa. Volví al coche con las manos metidas en las mangas.
En casa, mi padre bajó del estante la copa que nunca me dejaba tocar. Debajo quedó un círculo limpio. La envolvió en un trapo y buscó las llaves.
—¿Me acompañas?
94. El año que viene, mejor
Miren Elixabete Murgiondo
Chocolate, molinillo, corre, corre, que te pillo. Lo repetía sin cesar en su cabeza, con la vista fija en un grupo de treintañeros que comenzaban a alejarse demasiado. El sudor resbalaba por su frente y, cuando aquella maldita gota cayó de lleno en su ojo derecho, el escozor le hizo cerrarlo con fuerza junto con su compañero izquierdo. Ese fue el momento en el que, mientras tropezaba y caía, se propuso dos cosas:
- nunca más hacer caso a su madre en lo que a temperatura se refería (en Salamanca en diciembre hacía fresco, pero no había necesidad de llevar una térmica por debajo);
- reducir en un 50% la ingesta de polvorones para lograr en 2027 igualar su marca de la SanSil 2005.
Se iban a enterar esos millennials. O centennials. Lo que fueran. Se iban a enterar de lo que vale un boomer. Ay qué ricos aquellos chicles.
95. SUSI BRUTAL
César de las Heras Cobas
Nació en la Fuente del Berro en 2018. Sus padres, corredores, le han inculcado su amor por el deporte, el gusanillo de la competición. Susi tuvo unos problemillas al nacer, y eso le impide echar a correr como quisiera, aunque sus padres han creado un trío que nunca se ha detenido ante las dificultades. A Susi (que cuando se enfrenta a un desafío no conoce ni a su madre) le pirra correr por Salamanca. Mario, el padre, se encarga de empujar; Luisi del apartado psicológico y de la fiera; y es que Susi no tiene arreglo: es vestirla de corto, subirla a la silla de ruedas, afirmarla al arnés, y el veneno de la competición la transforma. Así, mientras Mario se afana y Luisi, en paralelo, anima, Susi asoma la gaita por la silla, mira al participante que rebasan con cara angelical y se parte con los cortes de manga.
96. La meta estaba en compartir
Zurisley Rementeria Agüero
La meta estaba en compartir
Cada 31 de diciembre, Salamanca se llenaba de corredores y sonrisas. Marta llevaba semanas entrenando, pero aquella mañana no pensaba en marcas ni en medallas. A sus setenta años, solo quería volver a sentir el latido de la ciudad bajo sus zapatillas.
En la salida, un niño le preguntó si ganaría la carrera.
—Ya he ganado —respondió ella, señalando a la multitud.
Sonó el pistoletazo y las calles se convirtieron en un río de colores. Durante el recorrido, Marta recibió aplausos, chocó manos y ayudó a levantarse a un corredor que había tropezado. El niño pasó junto a ella y le tendió la mano para continuar juntos.
Al cruzar la meta, exhaustos y felices, comprendieron que no importaba quién llegara primero.
Aquella San Silvestre les había regalado algo más valioso que un trofeo: la certeza de que, cuando corremos unidos, todos alcanzamos la meta.
97. Un martes cualquiera
Sergio Arce Sobrao
A ver, me levanto a las seis de la mañana y me pongo a cocinar y a planchar. Luego preparo la ropa, los desayunos. Llevo a los niños corriendo al colegio antes de que suene el timbre, salgo escopetada hacia el trabajo. Como del táper en tiempo récord, vuelvo a por los niños, les doy la merienda, los llevo a extraescolares a la carrera, voy a hacer la compra y derrapo con el carro al tomar los pasillos del súper. Regreso a por mis hijos, preparo la cena y los llevo a dormir. Antes de meterme en la cama, me pongo el cronómetro hasta el próximo pistoletazo de salida.
Así que no creo que me merezca este trofeo, la verdad. Lo llaman la San Silvestre Salmantina, pero para mí bien podría llamarse «un martes cualquiera». Tal vez si hubiera una categoría especial para nosotras, las madres, todavía.
98. PREPARADOS, PENSAMIENTOS… ¡YA!
Carlos San Pedro González
Era la tercera vez que lo veía. Estaba en el Puente Romano y luego en plena calle Libreros.
¿Cómo es posible que ande un conejo suelto en plena Salamanca?
Siguió el curso de la carrera; quedarían unos quinientos metros. Se giró y el conejo seguía ahí quieto, la gente parecía no advertirlo. Entonces paró en seco, viró y empezó a correr para salvarlo.
Asustadizo, el conejo comenzó a brincar huyendo contra la marabunta imparable de atletas.
Carlos entró en pánico. «¿Qué hago corriendo a contracorriente por un conejo? ¿Es que nadie lo ve?». A punto de alcanzarlo, el conejo se detuvo, sonrió y sonó el disparo de salida.
99. El dorsal
Álvaro A. Yáñez
Salió de casa con veinte minutos de retraso y echó a correr. Al doblar la esquina, cientos de personas corrían también en la misma dirección. ¡Qué ciudad tan comprometida con la puntualidad!
Había ancianas, niños, gente disfrazada e incluso algunos parecían disfrutar. Unos volaban; otros se quedaban rezagados, rojos como tomates, sin aire. Un señor le ofreció agua. No tenía tiempo para tonterías.
Apretó el paso y consiguió adelantar a toda aquella marabunta. Al llegar a la plaza, exhausto, se detuvo para recuperar el aliento. Una chica con una libreta se acercó y le pidió el dorsal para incluirlo en la clasificación.
Él la miró, desconcertado.
—¿Qué dorsal? ¡Si yo llego tarde a trabajar!
Aquel año, el ganador de la San Silvestre Salmantina no subió al podio. Tenía que fichar.
100. Huella de sombras
Carmen Apolonia
Salamanca no duerme bajo la escarcha; late. Diciembre exhala su último aliento sobre la piedra franca, tiñendo las catedrales de un dorado antiguo mientras el frío afila el aire.
Un rumor de suelas despierta el asfalto. No corremos para huir del tiempo, sino para alcanzarlo. Miles de pechos abrigan el mismo fuego, una marea humana que desafía al invierno, entrelazando zancadas como versos sobre la calle San Pablo. Cada aliento es una nube de esfuerzo; cada pulsación, un eco que retumba en la Plaza Mayor.
Nuestras sombras, trenzadas por la luz del atardecer, devoran los kilómetros compartidos. Hay un aliento invisible que nos empuja: la certeza de que correr es abrazar la vida antes de que expire el año. Al cruzar la meta, la ciudad entera se vuelve abrazo. No hay prisa, solo la gloriosa eternidad de una zancada que vence al frío.
101. JUNTO A LA CAMA
Araceli fernández Suárez
Las viejas zapatillas reposan junto a la cama un año más.
El disparo. La salida. Las zapatillas despegan. Juan adelanta a los corredores. Sus amigos lo animan; sus padres sonríen.
La meta se convierte en un túnel. Él vuela mientras Salamanca desfila bajo sus pies. Los aplausos crecen. Apenas quedan unos segundos.
Y allí está su hermano, con la copa alzada hacia el cielo y el dorsal entre las manos.
Juan.
Las viejas zapatillas seguirán junto a la cama un año más.
102. En el camino correcto
Mª Sonia Otero Rodríguez
Corrió para no quedarse parada, otra vez.
Corrió porque pensó que si era capaz de hacer media carrera tendría valor para comenzar todo cuanto tenía pendiente y debía hacer, por los demás, pero sobre todo por sí misma.
Corrió porque supo que, si lograba terminarla, estaría en el camino correcto. Nada le impediría cambiar de rumbo. Nada ni nadie volverían a interponerse en sus decisiones. No sería silenciada. Estaba ahí y sería capaz de continuar, de tomar decisiones.
La había visto durante muchos años. Una mera espectadora más.
Ahora era partícipe. Sabía que estaba en el lugar apropiado.
Llegó a la Calle Libreros y aferrándose a la leyenda estudiantil que tantas veces había escuchado, elevó su cabeza hacia la rana sobre la calavera y sintió que la buena suerte estaba de su parte. Para todo lo demás, solo tendría que sudar la camiseta.
103. Tradiciones
Paloma Lucas Hidalgo
Parece que han pasado siglos, aunque apenas hayan transcurrido doce meses. Por fin ha llegado la San Silvestre, anunciando el fin de año.
Los días previos han sido los peores, empiezas a ver a todos entrenar, estirar, presumir de las últimas zapatillas recién traídas por el viejo barbudo ese. Algunos intentarán batir marcas; otros, simplemente, reunirse con los amigos cuando vuelven a la ciudad.Los más sensatos aparecen disfrazados, que siempre me ha parecido una forma estupenda de admitir que uno viene a disfrutar del esfuerzo.
Y por fin empieza la carrera. Pasan a mi lado resoplando, maldiciendo las cuestas y prometiendo que el año que viene comerán menos hornazo el Lunes de Aguas.
Yo no me muevo, llevo aquí muchos años, dispuesta a verlos caer. Cada diciembre vuelven a tropezar conmigo. Literalmente.
Qué quieren que les diga: las piedras también tenemos nuestras tradiciones.
104. El dorsal
Francisco Alfaro Torneiro
Juan Cruz había apostado a que le tocaría el 7007; si acertaba, debía correr en sandalias. Cuando recibió el dorsal, encontró en su simetría la ironía que da fama al universo.
Al primer paso en la avenida, la tira de cuero se cortó. A cada zancada, el extremo suelto le golpeaba el talón como una flecha que le abría la piel de la superstición. Se apretó la herida y siguió; la sangre le manchó los dedos. El ardor borró el bullicio. Los edificios parecieron apartarse; la ciudad se abrió en un baldío resplandeciente: el río. Cerca de la meta, el pie lastimado cedió. Un desconocido lo sostuvo del brazo y lo arrastró hasta el final. Agotado, Juan Cruz se limpió la mano en el pecho: la sangre desfiguró el 7007. El desconocido ignoraba la apuesta; le bastó verlo caer.
105. Línea de meta
Victor Pereira
Cada fin de año, Salamanca celebraba a carrera cuyo vencedor obtenía un deseo, aunque nadie recordaba a quienes llegaban segundos, pues jamás se los volvía a ver. Antonio llevaba once años preparándose; su madre había desaparecido en aquella carrera cuando él tenía seis, y lo único que deseaba era recuperarla.
Corrió junto a una bandada de gorriones que antaño habían sido hombres, entre sombras abandonadas por sus dueños hasta alcanzar la meta, donde lo esperaba el silencio.
—Quiero que vuelva mi madre.
Desde el horizonte, apareció una mujer de la mano de un niño cuya cicatriz sobre la ceja era idéntica a la suya.Mateo tenía seis años de nuevo, frente a una tumba abierta, desde cuyo interior su madre lo llamaba. Comprendió que nunca había corrido hacia la meta, sino hacia el instante anterior a perderla.
Esta vez, entró en la tumba. Y la muerte ya no lo asustó.
106. La luz al final del túnel
Nuria Hernández García
La vidriera estalló en mil pedazos de colores. Salí veloz, camuflándome entre los corredores de la San Silvestre. No llevaba dorsal, pero avancé tan rápido que no pudieron detenerme. La última vez que le rompí algo a mamá juró ponerme las maletas en la calle. Le pedí paciencia, un científico no se hace en un día. Ella alegó que ya tengo treinta años y que me fuese a experimentar al desierto. Así que del susto comencé a acelerar bañado en sudor, convencido de que sería capaz de alcanzarme. Mientras corría pensaba en cómo excusarme. Tal vez si le regalaba el collar de caracolas que tanto le gustó se calmaría. Ya casi alcanzaba la meta cuando lo vi caer. Se había torcido un tobillo. Lo cargué a la espalda y cruzamos juntos. Era el hermano de mamá. Él la llamó para decirle que yo era un héroe. Uff, por los pelos.
107. Desde el balcón .
Maria Figueroa
Desde el balcón observo a la multitud avanzar, la mayoría corren, otros trotan y algunos caminan. Anhelo tener esa motivación para integrarme pero mi mente es muy pesada y mi cuerpo sufre cada vez más.
Una lagrima pequeña cae por mi mejilla mientras veo como las personas disfrutan de su carrera.
—¿Ya le cambiaste el pañal a tu abuelo? —interrumpe la voz de mi madre desde la penumbra de su cama.
—Aún no, ya voy —respondo en voz baja.
Mientras cierro el ventanal, contemplo por última vez la meta lejana y regreso a la marcha infinita que me consume día a día.
108. SILVESTRIS
Rosa María Rodríguez Téllez
Federico y Anselmo llevaban veinte años corriendo juntos la San Silvestre Salmantina. Veinte años discutiendo quién había ganado, aunque jamás hubieran llegado entre los primeros.
Cuando diagnosticaron ELA a Anselmo, Federico le hizo una promesa:
—El día que no puedas correr, te llevo yo.
—Pues entrena, que peso ochenta kilos.
Aquel diciembre, Federico empujó la silla de su amigo durante todo el recorrido. En las cuestas protestó, en las bajadas rezó y en la última recta descubrió que Anselmo llevaba el freno puesto.
—¡Serás desgraciado!
Anselmo sonrió.
Cruzaron la meta entre aplausos.
—Hemos batido nuestro récord —dijo Federico, jadeando.
Anselmo escribió en su comunicador y le mostró la pantalla:
«Reclamo la victoria. Yo he llegado primero».
Federico miró la silla.
Era verdad.
Llevaba veinte años esperando ganarle una carrera.
109. Farinato
Alberto de Frutos Dávalos
Qué llevó a Ramón a disfrazarse de farinato para correr la San Silvestre salmantina nadie lo supo nunca. El hombre se embutió en el embutido, se relamió la manteca de los brazos para coger fuerzas y echó a correr por el paseo de San Antonio como cerdo que llevara su san Martín.
Los kilómetros se sucedieron sobre sus piernas rojo anaranjado. Una niña lo animó en el Puente Romano: “¡Corre, farinato, que tú puedes!”; lo alentaron los voluntarios y también un repartidor desde su bicicleta.
Nada le pesaba, y Ramón entendió cuál era su superpoder. No es que el disfraz le diera velocidad, sino que a sus vecinos les daba el permiso para jalearlo.
Media Salamanca lo empujó cuando cruzó la meta, sudando bajo la grasa, y Ramón sonrió feliz: nunca había llegado tan lejos, ni tan bien acompañado.
–¿Tiempo? –preguntó el juez.
–Qué más da, ¡hoy he volado!
110. Contigo
Alba Bolao Martín
El frío de diciembre inundaba sus pulmones. Ambos sabían la importancia que tenía aquella gesta.
Las calles de Salamanca estaban repletas de gente. La ciudad se había vestido de invierno, pero aquella mañana nadie parecía tener frío suficiente como para quedarse en casa. Los corredores aguardaban la salida, impacientes por echar a correr.
La señal sonó y la multitud se puso en marcha. Los primeros metros fueron un caos de hombros que se rozaban, pasos apresurados y respiraciones entrecortadas. Él buscó su ritmo entre los corredores, intentando ignorar el vacío que sentía a su lado.
Bajó la mirada hacia sus zapatillas. Estaban desgastadas, con la suela vencida y los bordes deshilachados. Había pensado en cambiarlas muchas veces, pero nunca encontraba el momento. Aquellas zapatillas guardaban demasiados recuerdos, demasiados kilómetros compartidos como para abandonarlas ahora.
Aquel día, solo uno corría, pero en cada una de sus huellas seguían cabiendo dos.
111. Ánimo
Antonio Arteaga Pérez
Toda Salamanca parecía agolpada tras las vallas, pero yo solo buscaba un cartón marrón. Me habían advertido que la San Silvestre con tres grados bajo cero era una locura para mis pulmones recién operados, pero necesitaba llegar al kilómetro cuatro. Al doblar la Clerecía, entre capas de abrigos y bufandas rojas, vi una mano solitaria que sostenía el letrero: «¿Ves cómo sí podías, papá?». Las lágrimas se congelaron en mis mejillas de inmediato. No me detuve a buscarla y abrazarla porque me había jurado llegar hasta el final, pero hice un gesto con el pulgar en alto. Cuando crucé la meta y miré el móvil para llamarla, un mensaje de mi hija ya estaba allí esperando: «Papá, acabo de aterrizar en Barajas, no llego a tiempo para verte correr». Me di la vuelta, atónito: una desconocida seguía animando a otros padres con mi mismo milagro.
112. Una voz interior
Miguel Ángel Moreno Cañizares
Hoy es un día importante para ti y me siento feliz. Igual piensas que me precipito, que ya habrá tiempo de hablarlo —las madres siempre llevan razón — pero tendrás que aceptarlo. Mamá, me alegro muchísimo de ser tu hijo y descubrirte poco a poco, y que tú me descubras a mí. No es fácil ser madre soltera, por fortuna eres fuerte, lo noto en cada palabra, pero aún más en cada movimiento. Eres cariñosa, tus susurros siempre me confortan. Cuando escuchas palpitar mi corazón, mi corazoncito te responde que eres la madre más buena, guapa y dinámica. Falta muy poco, lo presiento. Aún no he nacido y estoy impaciente por ver tus ojos, tus labios, tu sonrisa… y cómo me acurrucas en tus brazos. Seguro que el parto va a salir bien, pero, por favor, corre más despacio que igual tenemos que irnos directos de la meta al hospital.
113. El último dorsal
Manuel Vázquez Mourazos
Cada 31 de diciembre, mi abuelo prendía con cuatro alfileres el dorsal 47 a su jersey de lana y se plantaba en la Plaza Mayor. Nunca corrió; la cojera se lo impidió desde joven. Pero aplaudía a todos los que entraban, y más fuerte a los últimos.
—Los primeros ya tienen quien los aplauda —decía.
Este año el jersey me queda grande y el dorsal, amarillento, tiembla en mi pecho. Me adelantan niños, abuelas, un hombre disfrazado de Papá Noel. Entro en la plaza el último, con las piernas ardiendo y el aliento hecho nube.
El aplauso es enorme. Busco entre la gente y no veo a nadie, pero algo en el aire me empuja hacia la meta.
Y sé exactamente quién aplaude más fuerte.
114. Manada
Noelia Poblete García
Adelanto al pelotón sin esfuerzo, pero la pantorrilla izquierda está dando guerra de nuevo. Ni recuerdo desde cuándo arrastro la lesión.
Aprieto el paso. Inspiro profundamente para cambiar el ritmo de la respiración y empiezo a estirar las zancadas.
Una especie de memoria atávica me recorre cada fibra. Intento concentrarme como si me fuera la vida en cada metro conquistado. Puedo anticipar los obstáculos del terreno, me voy fundiendo con el sonido del viento, la densidad de la tierra, el olor de la sangre, hasta que el cielo mengua y la inercia me sigue empujando hacia adelante cuando caigo.
Todo se hace borroso, no puedo despegar la cabeza del suelo. El sudor se enfría sobre mi carne, y la sangre, siento un calor espeso derramarse. Mi pantorrilla izquierda se amalgama con el suelo. Ya no duele.
Se han detenido, alcanzo a distinguirlos. Dudan, huelen mi rastro, se acercan sigilosos.
115. Cambio de planes
José Manuel Dorrego Sáenz
A ver, yo el microrrelato de la San Silvestre lo tenía encauzado con sus protagonistas y secundarios, con sus héroes y villanos y un corredor que quiebra su tobillo a la tercera zancada, o a la tercera curva, no recuerdo. Grito, dolor, aspavientos y todo el drama. Duda si retirarse o no, esa manía que tenemos por salir de nuestra zona de confort. Incluso introduzco el asunto/tema de la superación, ese venirse arriba.
Luego lees las bases del concurso y te dicen que no se puede utilizar la IA. No estaba en mis planes, pero es que te provocan, así que se lo planteo a mi IA de confianza y me sugiere que el corredor lesionado aguanta, tira de heroísmo y finalmente gana: me ha salido una IA algo clásica y con un romanticismo decimonónico, amable, previsible (Si no discuto con ella es porque siempre me da la razón)
El podio
ARANTXA BILBAO Cano
**El podio**
Toda mi triste vida corriendo.
Primero corría para crecer. Después, por meterme en líos. Y, por último, de la policía.
Mi vida ha sido una carrera en la que el primer podio solo te daba la oportunidad de volver a correr mañana.
Pero entonces llegó ella.
Había tenido muchos educadores y todos me trataron bien. Pero ella miraba dentro de mí.
Un día, después de que me llevaran allí por uno de mis marrones, me dijo:
—Así que eres rápido, ¿no? Demuéstramelo.
Y aquí estoy, montado en un podio mientras ella me aplaude en primera fila.
Pero esta vez, de verdad.
Sostengo una copa en una mano y, en la otra, mi futuro.
Por primera vez, no quiero correr para huir.
Quiero correr a sus brazos.
ZANCASA LIBRE.
Francisca Pérez Ramírez
ZANCADA LIBRE.
El frío de diciembre muerde las calles de Salamanca, pero Ana, a sus sesenta y ocho años, pisa el asfalto con la firmeza de quien ha conquistado su propio destino. A su edad, la jubilación no es un punto final, sino el inicio de una libertad forjada a pulso. Mientras avanza hacia la salida de la San Silvestre, siente el peso invisible de los estereotipos de género y edad que la sociedad insiste en imponer. Sin embargo, cada zancada es un acto de rebeldía y empoderamiento.
—¡Vamos, abuela! —grita un joven desde la acera. Ana sonríe con complicidad, corrigiendo en silencio: —No soy abuela, soy corredora.
Cruzando la Plaza Mayor, bajo los aplausos atronadores, Ana demuestra que el envejecimiento activo rompe cualquier molde. No compite contra el crono, sino contra el olvido, reivindicando su espacio en el deporte y en la vida. Cruza la meta con gran orgullo.
PROYECTO
FRANCISCO JAVIER AGUIRRE GONZÁLEZ
Estoy frustrado porque llevo veinte años participando en la carrera San Silvestre Salmantina y no he conseguido ningún trofeo. Y mira que me entreno, pero será que tengo poco pulmón, o las piernas cortas, o el ritmo flojo… no sé. Así que he acordado con mi mujer tener un hijo cuanto antes. En cuanto cumpla cinco años, le animaré a participar en su categoría y así sucesivamente hasta que llegue a los dieciocho. Entonces será cosa suya, pero con el entrenamiento físico, mental y emocional que le vamos a proporcionar entre mi mujer y yo, el éxito lo tendrá asegurado. Y habrá conseguido lo que nunca logró su padre, al menos hasta hoy, porque ya hace días que he comenzado a entrenarme para la 51.
MÁS VALE TARDE QUER NUNCA
Gonzalo Prieto Barrera
Sin ruborizarme debo admitir que crecí en un ambiente hostil, degradante, sin valores y, si no hubiese sido por don Roberto, doña Carmen y doña Josefina a quienes de sus tiendas hurté helados y panes para mis hambres y quienes me perseguían armados sin éxito alguno, no hubiese sido el atleta de ahora.
Ciertamente me formé como atleta por necesidad y a medida en que crecía aparte de que de su práctica se derivó mi sustento diario al ganar muchas pruebas, lo importante fue que el atletismo en su rigurosidad me forró también de valores pues luego de ganar varias versiones de la San Silvestre que dignificaron mi vida, volví a las añosas tiendas de don Roberto, doña Carmen y doña Josefina y les pagué con intereses incluidos lo que les hurté pero solo a las dos primeras personas.
A doña Josefina otro día le colmé con flores su tumba.
A TIENTAS
Ana Isabel
—Uno… dos, uno… dos. Un paso más… otro, otro más… ¡No pares! Sigue, ya casi estamos.
Siento mi piel humeando en el frío de diciembre. Mis piernas palpitan por el esfuerzo y mis comisuras esbozan una sonrisa mientras las zapatillas marcan el ritmo contra la calzada del Paseo de San Antonio en un trote alegre compartido.
Las risas y vítores de la multitud avivan nuestros pasos. Mi mano sujeta con fuerza la cuerda al tensarse; mi marido acelera, lo alcanzo y mantengo el ritmo. Él guía; yo lo sigo. Por unos instantes, solo somos él y yo corriendo.
Una cinta acaricia mi piel antes de caer. Sin tiempo para reaccionar, sus brazos me levantan, girándome en el aire entre un estallido de felicitaciones. Tras posar mis pies en el suelo, aún aferrada a su mano, sonrío en la oscuridad. Salamanca nunca se había sentido tan viva.
Tercer Puesto
Francisco Javier Palacián Cuesta
Último esfuerzo. No pares. No queda nada. Venga, corre. Sigue. Así, con ritmo. Muéstrales que se equivocan. Reserva energía. Respira, respira. Vales mucho. Puedes con ello. Solo un poco más. Un poco más. Más rápido.
El 30 de diciembre de 1984, 348 personas participan en la inauguración de la San Silvestre Salmantina. De entre ellos, 15 mujeres que se atreven a competir contra una mayoría masculina y contra una nueva sociedad que renuncia a la represión y la desigualdad.
En el público, un hombre. En el asfalto, una mujer. Él la mira. Ella agacha la cabeza. Su voz profunda se eleva por encima de todos. Le escucha. Levanta la vista. Asiente. Él sigue gritando instrucciones. Ella corre más rápido.
En la multitud, un padre orgulloso grita. En el asfalto, una hija que llega tercera entre esas 15, pero que se siente victoriosa porque, en 1984, todas lo fueron.
EL CORREDOR EN LA CAVERNA
Alejandro Tejerina Gutiérrez
Hoy no salgo a correr con los demás bajo la lluvia. Prefieren que me quede custodiando el fuego. Mis lamentos podrían ahuyentar a los animales y esta semana los víveres están bajo mínimos. Hay quien sospecha que estoy fingiendo; sin embargo, el dolor de mi boca me provoca unas ganas incontenibles de clamar al hoyo de nuestros muertos. Anoche, mientras pulía el bifaz, Sarima se sentó a mi espalda tras muchas lunas y me preguntó: «Miguelón, ¿necesitas un abrazo?». El orgullo me impidió responder en un principio, pero cuando al fin sentí que mi pecho iba a estallar me giré y Sarima ya no estaba. Esta mañana he advertido gestos de burla entre mis antiguos compañeros de caza. Creen que voy a cumplir sumiso sus indicaciones. ¡Qué me importa a mí el dichoso fuego! Hoy más que nunca quiero salir a correr solo bajo la lluvia.
Win-win
Álex Holgado Fernández
Cirilo había tenido una inspiración para la San Silvestre. Sus amigos se entusiasmaron y la idea se fue haciendo consigna en los círculos atléticos. Al poco, era ya un clamor y la ciudad latía emocionada con la divisa: “Todos somos ganadores”. Con el bocinazo de salida, los participantes lo sostuvieron en volandas y un Cirilo arrebatado, megáfono en mano, les invitó a disfrutar del recorrido, cada cual a su ritmo, a esperarse al final para anudar uno con otro los dorsales y cruzar a la vez la línea de meta. “¡Habrá medallas de oro para todos!”, rugió. Siete mil gargantas lo vitorearon. Nunca se había visto tamaña fiesta atlética. Corredores y público reían y se abrazaban. Salamanca resplandecía. El mundo iba a ser por fin un lugar mejor. Y todo gracias a Cirilo, el cual, sin embargo, tropezó en el último paso y tuvo que conformarse con la plata.
HASTA MI ÚLTIMO ALIENTO
Miguel Salvador Muñoz
No corro por superación personal, ni por autoestima, ni siquiera para abrazar el ego del triunfo. En cierto modo, es un impulso evolutivo; pero, lejos de ser un legado ancestral del instinto de caza y supervivencia, es el amor y la pasión lo que alimenta mi fuerza motriz.
Me enfundo el maillot, como si fuera la coraza de un guerrero listo para la batalla, y salgo tras él. Solo por un fugaz espacio de tiempo puedo deleitarme con la visión de su cuerpo, pues pronto se aleja, dejando a mis ojos en soledad. Tal vez por mi sobrepeso, el agua de mi piel se precipita al vacío; mis piernas exigen quietud y mis pulmones suplican oxígeno al compás de mi corazón. Pronto me detengo, derrotado. Nada puedo hacer salvo graduar mis gafas de lejos.
Cada año entreno para poder seguirlo, aunque sea solo un metro más.
La zancada del origen
Gabriel Humberto Rehbani
A sus setenta años, Héctor llegó desde Argentina a Salamanca con la única promesa de pisar las calles que su padre tanto le evocaba en la infancia. Correr la San Silvestre Salmantina no era para él una competencia contra el reloj, sino el abrazo postergado a sus raíces.
A mitad del trayecto, bajo el aire helado de diciembre, vio a un muchacho detenerse a un lado de la calzada, vencido por el calambre y la frustración. Héctor redujo el paso, le ofreció el hombro y marcharon juntos a un ritmo sereno pero firme.
Al cruzar la meta entre los aplausos del público, el anciano comprendió que el verdadero viaje no concluía al llegar al lugar de los antepasados, sino al sembrar en un extraño la certeza de que nadie corre solo cuando la empatía marca el paso.
La huella dorada
JORGE ALONSO LUNA
Título: La huella dorada
La niebla bajaba del Tormes mordiendo los tobillos, pero en la salida nadie retrocedía. Bastó el disparo para que cinco mil pechos rompieran el vaho de golpe, convirtiendo la rúa en un combustible unánime. No corríamos contra el cronómetro; avanzábamos empujados por el rumor sordo de las suelas sobre los adoquines y el eco de los aplausos que rebotaban en las cornisas.
Al enfilar la Plaza Mayor, el frío dejó de existir. La piedra dorada de las arcadas devolvía el calor de los corredores como si la propia Salamanca respirase con nosotros. Un veterano a mi derecha me rozó el hombro sin mirarme, ajustando su zancada a la mía para abrirme paso entre el gentío. En ese instante comprendí que cruzar la meta no era llegar antes a ninguna parte, sino haber sostenido, durante unos kilómetros de invierno, el pulso entero de una ciudad.
Mis pies en tus huellas
Silvina Potenza
Corro, sudo, pienso. Bordeo la Catedral. Sigo… A ritmo, controlo mi respiración y mis pasos. Pero no puedo con mis emociones. Por primera vez piso tierras castellanas, hago lo que me gusta y mientras estoy sumergido en esta marea humana, su imagen viene una y otra vez a mi memoria. ¿Cómo lo logró? ¿Cómo pudo, apenas un jovenzuelo, ir a pie hasta Vigo para tomar un barco que lo llevaría al otro lado del océano? Hosco, poco comunicativo, trabajador incansable… Manifestaba un amor que no sabía de caricias ni de palabras dulces. Su vida de sacrificio y desarraigo marcó a toda la familia. Como sus pasos, de pies descalzos, que hoy marcan los míos. Sigo su huella, la que nació en esta tierra y se reprodujo en otra. Corro, sudo, veo la Plaza Mayor y recuerdo sus palabras “ve, muchacho, que el mundo es de quienes se atreven a desafiarlo”
Lucía y sus sueños
Rocío Hebe Carrillo
Lucía corregía sus sueños con desayunos formales, desechaba imágenes de féminas erizando sus pezones y olvidaba en el café orgasmos arrancados por cortesanas en celo. Defendía su cuerpo de deseos impuros y éste se defendía de ella azotando su inconsciente, acogiendo sus carnes en reposo, enardeciendo su cuerpo con lenguas de diosas que se ofrecían generosas a ella… Ella que sólo gustaba de hombres en el día y mujeres en la noche.
El sueño de una ciudad
Lucía Alcázar Lara
Todo comienza con un murmullo entre la multitud. La San Silvestre Salmantina reclama su lugar: las calles vibran, las plazas despiertan. Las zapatillas golpean el asfalto, los dorsales ondean como hojas al viento.
Sopla el frío de diciembre y la ciudad entera se pone en movimiento. Corro entre miles de pasos que laten al mismo ritmo. Las avenidas se llenan de energía; las fachadas históricas contemplan el río humano que avanza entre risas, disfraces y esfuerzo.
Me elevo en el entusiasmo colectivo, floto entre aplausos y ánimos que brotan de cada esquina. El aire huele a superación y a fiesta. Las voces resuenan entre las piedras centenarias, mientras el sol se despide sobre los tejados dorados. Cuando cruzo la meta, soy parte de este hechizo efímero y eterno. Ya no hay prisa. Ya no hay rutina. Sólo alegría. Sólo pasos que siguen latiendo en la memoria colectiva.
FOTO FINISH
VICTOR MANUEL VALDESUEIRO BERNABE
Llegué al ecuador de la carrera en plena forma y decidí alcanzar al chaval que me precedía. Pero cuanto más aceleraba yo, más lo hacía él, manteniendo intacta la distancia, como quien persigue un imposible.
Devoramos kilómetros, unas veces sobre la otoñal alfombra de los chopos; otras, viendo verdear los huertos de la ribera o soportando un sol labrado en piedra de Villamayor.
Cuando finalmente lo alcancé, su rostro me sorprendió: ¡aquel joven era yo al inicio de la carrera!
Tan concentrado estuve en darle caza que no advertí que a mí también me perseguían. Lo descubrí al pasar frente a un escaparate de la Rúa, reflejado en mis propias facciones. Las gafas de sol habían mudado en correctoras y la piel se descolgaba, como si la tierra reclamara lo que sabía suyo.
Crucé la meta arrastrando los pies, ayudado por un bastón, pero sonriendo para la última foto finish.











































