XIII CONCURSO DE MICRORRELATOS "SAN SILVESTRE SALMANTINA"
El jurado del XIII concurso de microrrelatos San Silvestre Salmantina estuvo integrado por:
- Daniel Escandell Montiel. Profesor de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca. Presidente del Jurado.
- Sigifredro Crego Martín, Profesor de Secundaria de Lengua y Literatura.
- Alberto Marcos Guillén. Responsable de redes sociales institucionales de la Universidad de Salamanca.
- Sofía Vicente Fiz. Bibliotecaria de la Universidad de Salamanca.
- Jerónimo Hernández de Castro. Corredor veterano y funcionario de la Universidad de Salamanca, que actuó como secretario.
El jurado reconoció la excelente participación en esta XIII edición, en que no solo se mantiene la tendencia al alza de los relatos presentados cada año, sino que su número se ha incrementado de manera extraordinaria pasando de los 369 relatos de 2024, a los 611 de esta edición.
Otro aspecto significativo fue lo ajustado de las votaciones pues, en los puestos con derecho a premio en metálico, se produjo un triple empate entre los votos obtenidos y el número de jueces que los votaron, que tuvo que resolverse por el voto de calidad del profesor Escandell, presidente del jurado. Una muestra más de la igualdad en los relatos más valorados es el texto que merece la mención especial, que no consiguió entrar en el podio final por un solo voto de diferencia.
Se indican a continuación, los relatos destacados y la relación de otros que también obtuvieron votos del jurado. Su publicación en la revista, como se establece en las bases, queda condicionada al espacio disponible y que en esta edición se realizará exclusivamente en formato digital.
Primer premio
Segundo premio
Tercer premio
MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO
Relatos participantes
XIV - 2026
1. Metamorfosis
MARCOS PÉREZ BARREIRO
Subido a mi motocicleta de 500 CC., pienso en la relevancia que supone el hecho de correr una maratón. Y, más, si me pongo ultra reflexivo y, elevo la maratón, a la categoría de San Silvestre. Esa carrera en la que, este año, participaré con el casco puesto, ya que, temo que mi seguridad corre serio peligro. Son muchos los que ansiamos llegar primero y, pocos lo que poseemos una motocicleta de gran cilindrada.
Desde su inicio, los humos del tubo de escape se unen a un respirar contenido. Sabedor él, de que el deseo siempre vence al ultraje del malhechor. Un ser como yo, que recorre las calles entre dos mundos dispares. El de dos ruedas y el de dos piernas. Y, los primeros, apenas dejan huella. El motivo de que alcance la meta alzando los brazos, mientras las piernas son una silla de ruedas modificada a 500 CC..
2. La piedra eterna
Angel Caballero Sayalero
La piedra te arranca hasta la última gota de sudor.
Dura, firme y vetusta, espera tus pisadas, las de todos. Diciembre la enfría; los aplausos no la ablandan. La piedra no entiende de marcas, de disfraces ni de promesas. Solo conoce el peso de cada pisada.
Por ella han volado los primeros corredores; han marcado su ritmo seguro los aficionados que sueñan con ser profesionales; han pasado los recién iniciados, los disfrazados, los que caminan porque la piedra se quedó con sus fuerzas.
La piedra lo sabe. Es inclemente y no descansa, pero también es bondadosa: te recuerda que, una vez pasada, queda menos camino.
La última piedra te sonríe. Un año más lo has conseguido. Cruzas la meta y todavía la llevas en las piernas.
El año que viene seguirá allí.
Como tú. Como todos.
3. Admiración mutua
Ramon Gonzalez Reverter
He aquí un par de corredores que sentían un gran respeto uno por el otro. Era tan sincera la admiración que ambos se profesaban que en cierta ocasión, se encontraron en la San Silvestre salmantina, empeñados en el afán de compartir la alegría de entrar juntos en la meta, anteponiendo el valor de la camaradería y generosidad a la competitividad actual, frenaron el ritmo del sprint final hasta que otro runner aguafiestas les rebasó en la misma línea de llegada con una sonrisa bobalicona en los labios. Aquel deseo, basado en lazos de amistad, se fue al garete y ambos quedaron con un palmo de narices. La ironía parecía una burla del destino o un recordatorio de que a veces el azar puede ser caprichoso y retorcido. Los anhelos, por muy altruistas que sean, si están mal ejecutados, no siempre acaban con un desenlace feliz.
4. EL DORSAL HEREDADO
JOSE CARLOS VARA MATA
El abuelo corría con dos dorsales.
El viejo estaba amarillento y tenía treinta y ocho años. El nuevo aún olía a tinta.
—¿Por qué llevas los dos? —preguntó Claudia antes de la salida.
Él se encogió de hombros.
—Por costumbre.
Claudia tenía siete años y cien metros le parecían una distancia pequeña.
Durante la San Silvestre, el abuelo avanzó despacio entre aplausos, zapatillas, respiraciones y campanas. Al cruzar la meta, no levantó los brazos.
Buscó a Claudia.
Se agachó, desprendió el dorsal viejo y se lo prendió en el abrigo.
—Ahora es tuyo.
—Pero tiene tu número.
—Ya aprenderá el tuyo.
Claudia pasó un dedo por el papel gastado.
—¿Y qué hago con él?
El abuelo señaló hacia atrás, donde aún seguían saliendo corredores.
—Lo mismo que hice yo.
Claudia miró la meta. Después miró la salida.
El dorsal le quedaba todavía demasiado grande para su pecho.
Echó a correr.
5. Niña con muñeca
luis uriarte montero
Después de haber realizado la gran carrera de San Silvestre quedando tercero, marchaba a su casa, en un cubo de basura, una niña removía con un palo la misma, extrae una muñeca sucia, me mira, es su tesoro, sonríe y yo me estremezco, continuo hacia mi refugio, entro en casa y deshago el Belén.
6. UN ENFOQUE DIFERENTE
David Sueiro Pereira
"¡Oh, no!" "No puedo creer que la carrera esté a punto de empezar..." y la señal de salida interrumpe mi diálogo, además de hacerme correr a mí y a los demás corredores hacia la línea de meta. En la San Silvestre Salmantina adopté un enfoque diferente para correr esta distancia relativamente larga de 10 kilómetros que en mi carrera anterior. En lugar de un comienzo lento y aumentar la velocidad para un sprint, salí tan rápido como un guepardo. Al doblar la gran curva, veo a otro corredor acercándose rápidamente a mi posición. Concentré la poca energía que me quedaba en ganar esta carrera. Sin embargo, mis esfuerzos no fueron suficientes para superar al otro corredor, y crucé la línea de meta en segundo lugar.
7. El disfraz del tiempo
Evelyn Megias Carrasco
Entre tres mil corredores vestidos de elfos, Reyes Magos y dinosaurios hinchables, nadie sospechó de mí. Llevo milenios habitando en la portada de la Universidad, pero este año la piedra se me hacía demasiado dura para pasar otra Nochevieja al raso.
Atarse las zapatillas sobre la piel de anfibio fue un reto técnico, pero la zancada la tengo aprendida de ver pasar a generaciones de estudiantes con prisa. Cruzar la Gran Vía arropada por el rugido de la marea amarilla es bastante más estimulante que esperar a que los turistas me descubran entre los relieves.
Rozando el podio, escuché a un espectador señalarme sorprendido. Sonreí sin reducir el paso. Si aprueban los estudiantes que me encuentran, ¿por qué no iba a ganar una rana la San Silvestre?
8. Cincuenta metros
Marcos Avalos Vilas
Salamanca en diciembre no es una ciudad; es un fuelle que inhala gélido y exhala entusiasmo.
En el kilómetro tres, las piernas dejan de pertenecerte. La zancada se convierte en un acto de fe ejecutado por instinto. A la izquierda, la fachada de la Catedral parece empujar el aire; a la derecha, un niño con guantes rojos aplaude con la vehemencia de quien cree que los corredores tenemos superpoderes.
Quizá los tengamos. Porque cuando el ácido láctico grita alto y el aliento dibuja nubes blancas en la penumbra de la tarde, descubres que no huyes del frío ni persigues un cronómetro. Esos últimos cincuenta metros no se corren con el cuerpo, sino con todo lo que te ha dolido a lo largo del año y que por fin dejas atrás en el asfalto.
9. La Cuesta.
AYARI PORRAS ACEVEDO
La cuesta de la Compañía le había vaciado las piernas cuando el pie derecho resbaló sobre la piedra. Recuperó el equilibrio y siguió. A los lados pasaban gorros de Papá Noel, disfraces, cuerpos envueltos en vapor. El olor a linimento se mezclaba con el frío.
Unos metros después volvió a resbalar.
Se detuvo junto a una valla. Miró hacia abajo. Las zapatillas seguían limpias. Había leído durante horas antes de comprarlas: retorno de energía, estabilidad, impulso.
Se ajustó los cordones.
Más adelante, algunos corredores ya caminaban. Otros seguían corriendo.
Volvió a subir. La piedra cedió bajo el pie, pero esta vez no resbaló. Siguió.
Al llegar a la siguiente curva se detuvo a respirar.
Miró las zapatillas.
No había nada que cambiar.
10. La voz que no se fue
Lydia Santos Nieto
El frío de Salamanca se le había metido hasta los huesos. El aire cortaba la cara y cada respiración quemaba en los pulmones. Quedaba un kilómetro para terminar la San Silvestre Salmantina, pero sus piernas pesaban como si llevaran años corriendo.
Avanzaba entre luces, disfraces y gritos. La multitud era un murmullo lejano. Solo escuchaba sus pasos y el latido desbocado de su corazón.
Entonces, entre cientos de voces, oyó una que conocía demasiado bien.
—¡Vamos, hijo! ¡Tú puedes!
Se quedó helado. Giró la cabeza. Nada.
Volvió a mirar hacia la meta. El frío seguía mordiendo, pero algo dentro de él se había encendido.
—¡Un poco más! —volvió a escuchar.
Sonrió, con los ojos llenos de lágrimas. Y corrió.
Porque aquella noche, su padre había vuelto para acompañarlo hasta la meta, bajo el cielo helado de Salamanca.
11. LA META QUE LLEVABA POR DENTRO
Liliana Mercedes Mota García
Apenas sonó la salida, Lisbeli apretó los cordones y sonrió. Desde niña corría distinto: una pierna había quedado más corta después de un accidente, Pero ella decía que la vida no se mide con reglas, sino con ganas. Conoció la San Silvestre Salamantina por un vídeo. Vio aquella calle llena de corredores y pensó: "Algún día voy a estar ahí, aunque sea a mi manera" En Venezuela entrenaba al amanecer, cuando el barrio apenas despertaba la ciudad. "Dale, vale, un kilómetro más", se decía, mientras su prótesis golpeaba el asfalto. A veces faltaba agua, otras veces plata, pero nunca le faltaban arepas, cariño y gente echándole porras. El día de la carrera llegó con el corazón brincando. No buscaba ganar. Quería demostrar que también se puede llegar lejos con una historia difícil y hermosa. Al cruzar la meta, levantó los brazos. _¡Coño, sí se pudo!
Y Salamanca entera pareció aplaudir.
12. El arte del esfuerzo
Rubén Román Correas
Diez meses. Ese era el tiempo de entrenamiento que Josué llevaba en sus piernas. Aeróbico. Anaeróbico. Fuerza explosiva. Fuerza resistencia. Dolores articulares. Umbrales de trabajo. Todas estas palabras habían estado resonando en su cabeza durante ese periodo de tiempo.
Se calzó sus zapatillas, se colocó su dorsal y partió hacia la salida. El Paseo de San Antonio le esperaba.
El clima era frío. El ambiente, festivo, cálido y acogedor.
Sólo pensaba en toda la preparación que su cuerpo había aguantado para poder llegar a ese momento.
La plasticidad de todos sus movimientos auguraba una carrera de alto voltaje, con adversarios que también ansiaban la victoria.
Puso su cronómetro a punto y esperó a que la salida fuera anunciada.
Tres, dos, uno… Josué comenzó a correr. Las piernas le respondían. Tenía todo a su favor. Comenzó a volar. No tenía límites. Sólo los próximos diez kilómetros dictarían sentencia.
13. RITUAL TRIPLE S
SERGIO DAVID REQUENA ROYERO
El granito de la Rúa ruge bajo la violencia de mis suelas. Diciembre escupe escarcha sobre la Plaza y me congela el alma.
—No tragues tanto frío —me aúlla un viejo veterano desde el borde de la acera—. La piedra te abrirá el pecho.
Pero yo trago hondo, mezcla de sudor y la humedad viva de los muros. Mis muslos ya no son míos; son los arcos ciegos del Tormes que empujan en la sombra. El crono martillea en las sienes con la exacta modulación de la Clerecía.
A mi lado, una jauría de siluetas exhala vaho contra la noche monumental. No nos persigue el cronómetro; huimos de la modorra que petrifica los soportales. Cruzo la línea y el rugido de la gente revienta contra los sillares de piedra dorada. Ya no quema el esfuerzo: Salamanca entera galopa desbocada en mis adentros.
14. LA META COMPARTIDA
Dilanlly Mendez Rivas
En el frio de diciembre, la Plaza Mayor palpita al compás de millares de zapatillas impacientes. Salamanca consiente el mero maratón; vibrando en la salida de la San Silvestre Salmantina, donde la grandiosa y la fiesta se gestan en el pavimento.
Comienza el alboroto. La dedicación compartida deja cualquier diferencia: atuendos coloridos corren codo a codo con zancadas de atletismo puro. Es un sacrificio por la superación personal en cada zancada, la solidaridad que se contagia en una mirada de aliento y la constante generosidad del publico regional que impulsa hacia adelante.
Camino del Puente Romano, las piernas cesan, pero la constancia vence al aliento congelado. Cruzar la meta no es ganar una medalla, sino abrazar la meta compartida, la memoria de una ciudad que motiva y la gratitud de sentirse parte de una tradición viva. Allí, en la llegada, el espíritu del atletismo popular resplandece más cálido que nunca.
15. El Último Relevo
Esteban Ramón Eordogh Terán
La meta no era una línea en el asfalto helado, sino el rostro de mi padre. Aquel 31 de diciembre sus piernas ya no respondían; la enfermedad le había robado el ritmo, pero no las ganas. Corrí a su lado, sintiendo cómo el aire de la San Silvestre nos cortaba la piel. Él, con un hilo de voz, susurró: “No pares, el relevo es tuyo”.
Sentí el peso de la historia. No era solo una carrera popular; era la liturgia de un adiós. Apreté los dientes, el corazón golpeando las costillas como un tambor de guerra. Al cruzar la Plaza Mayor, las campanas no anunciaban un año nuevo, sino la eternidad de un vínculo que el asfalto jamás borrará. Lloré, pero seguí corriendo. Porque el verdadero atletismo no se mide en cronómetros, sino en el legado que dejas cuando tus pies dejan de moverse.
16. El podio
ARANTXA BILBAO Cano
**El podio**
Toda mi triste vida corriendo.
Primero corría para crecer. Después, por meterme en líos. Y, por último, de la policía.
Mi vida ha sido una carrera en la que el primer podio solo te daba la oportunidad de volver a correr mañana.
Pero entonces llegó ella.
Había tenido muchos educadores y todos me trataron bien. Pero ella miraba dentro de mí.
Un día, después de que me llevaran allí por uno de mis marrones, me dijo:
—Así que eres rápido, ¿no? Demuéstramelo.
Y aquí estoy, montado en un podio mientras ella me aplaude en primera fila.
Pero esta vez, de verdad.
Sostengo una copa en una mano y, en la otra, mi futuro.
Por primera vez, no quiero correr para huir.
Quiero correr a sus brazos.
17. ZANCASA LIBRE.
Francisca Pérez Ramírez
ZANCADA LIBRE.
El frío de diciembre muerde las calles de Salamanca, pero Ana, a sus sesenta y ocho años, pisa el asfalto con la firmeza de quien ha conquistado su propio destino. A su edad, la jubilación no es un punto final, sino el inicio de una libertad forjada a pulso. Mientras avanza hacia la salida de la San Silvestre, siente el peso invisible de los estereotipos de género y edad que la sociedad insiste en imponer. Sin embargo, cada zancada es un acto de rebeldía y empoderamiento.
—¡Vamos, abuela! —grita un joven desde la acera. Ana sonríe con complicidad, corrigiendo en silencio: —No soy abuela, soy corredora.
Cruzando la Plaza Mayor, bajo los aplausos atronadores, Ana demuestra que el envejecimiento activo rompe cualquier molde. No compite contra el crono, sino contra el olvido, reivindicando su espacio en el deporte y en la vida. Cruza la meta con gran orgullo.
18. PROYECTO
FRANCISCO JAVIER AGUIRRE GONZÁLEZ
Estoy frustrado porque llevo veinte años participando en la carrera San Silvestre Salmantina y no he conseguido ningún trofeo. Y mira que me entreno, pero será que tengo poco pulmón, o las piernas cortas, o el ritmo flojo… no sé. Así que he acordado con mi mujer tener un hijo cuanto antes. En cuanto cumpla cinco años, le animaré a participar en su categoría y así sucesivamente hasta que llegue a los dieciocho. Entonces será cosa suya, pero con el entrenamiento físico, mental y emocional que le vamos a proporcionar entre mi mujer y yo, el éxito lo tendrá asegurado. Y habrá conseguido lo que nunca logró su padre, al menos hasta hoy, porque ya hace días que he comenzado a entrenarme para la 51.
19. MÁS VALE TARDE QUER NUNCA
Gonzalo Prieto Barrera
Sin ruborizarme debo admitir que crecí en un ambiente hostil, degradante, sin valores y, si no hubiese sido por don Roberto, doña Carmen y doña Josefina a quienes de sus tiendas hurté helados y panes para mis hambres y quienes me perseguían armados sin éxito alguno, no hubiese sido el atleta de ahora.
Ciertamente me formé como atleta por necesidad y a medida en que crecía aparte de que de su práctica se derivó mi sustento diario al ganar muchas pruebas, lo importante fue que el atletismo en su rigurosidad me forró también de valores pues luego de ganar varias versiones de la San Silvestre que dignificaron mi vida, volví a las añosas tiendas de don Roberto, doña Carmen y doña Josefina y les pagué con intereses incluidos lo que les hurté pero solo a las dos primeras personas.
A doña Josefina otro día le colmé con flores su tumba.
20. A TIENTAS
Ana Isabel
—Uno... dos, uno... dos. Un paso más... otro, otro más... ¡No pares! Sigue, ya casi estamos.
Siento mi piel humeando en el frío de diciembre. Mis piernas palpitan por el esfuerzo y mis comisuras esbozan una sonrisa mientras las zapatillas marcan el ritmo contra la calzada del Paseo de San Antonio en un trote alegre compartido.
Las risas y vítores de la multitud avivan nuestros pasos. Mi mano sujeta con fuerza la cuerda al tensarse; mi marido acelera, lo alcanzo y mantengo el ritmo. Él guía; yo lo sigo. Por unos instantes, solo somos él y yo corriendo.
Una cinta acaricia mi piel antes de caer. Sin tiempo para reaccionar, sus brazos me levantan, girándome en el aire entre un estallido de felicitaciones. Tras posar mis pies en el suelo, aún aferrada a su mano, sonrío en la oscuridad. Salamanca nunca se había sentido tan viva.
21. Tercer Puesto
Francisco Javier Palacián Cuesta
Último esfuerzo. No pares. No queda nada. Venga, corre. Sigue. Así, con ritmo. Muéstrales que se equivocan. Reserva energía. Respira, respira. Vales mucho. Puedes con ello. Solo un poco más. Un poco más. Más rápido.
El 30 de diciembre de 1984, 348 personas participan en la inauguración de la San Silvestre Salmantina. De entre ellos, 15 mujeres que se atreven a competir contra una mayoría masculina y contra una nueva sociedad que renuncia a la represión y la desigualdad.
En el público, un hombre. En el asfalto, una mujer. Él la mira. Ella agacha la cabeza. Su voz profunda se eleva por encima de todos. Le escucha. Levanta la vista. Asiente. Él sigue gritando instrucciones. Ella corre más rápido.
En la multitud, un padre orgulloso grita. En el asfalto, una hija que llega tercera entre esas 15, pero que se siente victoriosa porque, en 1984, todas lo fueron.
22. EL CORREDOR EN LA CAVERNA
Alejandro Tejerina Gutiérrez
Hoy no salgo a correr con los demás bajo la lluvia. Prefieren que me quede custodiando el fuego. Mis lamentos podrían ahuyentar a los animales y esta semana los víveres están bajo mínimos. Hay quien sospecha que estoy fingiendo; sin embargo, el dolor de mi boca me provoca unas ganas incontenibles de clamar al hoyo de nuestros muertos. Anoche, mientras pulía el bifaz, Sarima se sentó a mi espalda tras muchas lunas y me preguntó: "Miguelón, ¿necesitas un abrazo?". El orgullo me impidió responder en un principio, pero cuando al fin sentí que mi pecho iba a estallar me giré y Sarima ya no estaba. Esta mañana he advertido gestos de burla entre mis antiguos compañeros de caza. Creen que voy a cumplir sumiso sus indicaciones. ¡Qué me importa a mí el dichoso fuego! Hoy más que nunca quiero salir a correr solo bajo la lluvia.
23. Win-win
Álex Holgado Fernández
Cirilo había tenido una inspiración para la San Silvestre. Sus amigos se entusiasmaron y la idea se fue haciendo consigna en los círculos atléticos. Al poco, era ya un clamor y la ciudad latía emocionada con la divisa: “Todos somos ganadores”. Con el bocinazo de salida, los participantes lo sostuvieron en volandas y un Cirilo arrebatado, megáfono en mano, les invitó a disfrutar del recorrido, cada cual a su ritmo, a esperarse al final para anudar uno con otro los dorsales y cruzar a la vez la línea de meta. “¡Habrá medallas de oro para todos!”, rugió. Siete mil gargantas lo vitorearon. Nunca se había visto tamaña fiesta atlética. Corredores y público reían y se abrazaban. Salamanca resplandecía. El mundo iba a ser por fin un lugar mejor. Y todo gracias a Cirilo, el cual, sin embargo, tropezó en el último paso y tuvo que conformarse con la plata.
24. HASTA MI ÚLTIMO ALIENTO
Miguel Salvador Muñoz
No corro por superación personal, ni por autoestima, ni siquiera para abrazar el ego del triunfo. En cierto modo, es un impulso evolutivo; pero, lejos de ser un legado ancestral del instinto de caza y supervivencia, es el amor y la pasión lo que alimenta mi fuerza motriz.
Me enfundo el maillot, como si fuera la coraza de un guerrero listo para la batalla, y salgo tras él. Solo por un fugaz espacio de tiempo puedo deleitarme con la visión de su cuerpo, pues pronto se aleja, dejando a mis ojos en soledad. Tal vez por mi sobrepeso, el agua de mi piel se precipita al vacío; mis piernas exigen quietud y mis pulmones suplican oxígeno al compás de mi corazón. Pronto me detengo, derrotado. Nada puedo hacer salvo graduar mis gafas de lejos.
Cada año entreno para poder seguirlo, aunque sea solo un metro más.
25. La zancada del origen
Gabriel Humberto Rehbani
A sus setenta años, Héctor llegó desde Argentina a Salamanca con la única promesa de pisar las calles que su padre tanto le evocaba en la infancia. Correr la San Silvestre Salmantina no era para él una competencia contra el reloj, sino el abrazo postergado a sus raíces.
A mitad del trayecto, bajo el aire helado de diciembre, vio a un muchacho detenerse a un lado de la calzada, vencido por el calambre y la frustración. Héctor redujo el paso, le ofreció el hombro y marcharon juntos a un ritmo sereno pero firme.
Al cruzar la meta entre los aplausos del público, el anciano comprendió que el verdadero viaje no concluía al llegar al lugar de los antepasados, sino al sembrar en un extraño la certeza de que nadie corre solo cuando la empatía marca el paso.
26. La huella dorada
JORGE ALONSO LUNA
Título: La huella dorada
La niebla bajaba del Tormes mordiendo los tobillos, pero en la salida nadie retrocedía. Bastó el disparo para que cinco mil pechos rompieran el vaho de golpe, convirtiendo la rúa en un combustible unánime. No corríamos contra el cronómetro; avanzábamos empujados por el rumor sordo de las suelas sobre los adoquines y el eco de los aplausos que rebotaban en las cornisas.
Al enfilar la Plaza Mayor, el frío dejó de existir. La piedra dorada de las arcadas devolvía el calor de los corredores como si la propia Salamanca respirase con nosotros. Un veterano a mi derecha me rozó el hombro sin mirarme, ajustando su zancada a la mía para abrirme paso entre el gentío. En ese instante comprendí que cruzar la meta no era llegar antes a ninguna parte, sino haber sostenido, durante unos kilómetros de invierno, el pulso entero de una ciudad.
27. Mis pies en tus huellas
Silvina Potenza
Corro, sudo, pienso. Bordeo la Catedral. Sigo… A ritmo, controlo mi respiración y mis pasos. Pero no puedo con mis emociones. Por primera vez piso tierras castellanas, hago lo que me gusta y mientras estoy sumergido en esta marea humana, su imagen viene una y otra vez a mi memoria. ¿Cómo lo logró? ¿Cómo pudo, apenas un jovenzuelo, ir a pie hasta Vigo para tomar un barco que lo llevaría al otro lado del océano? Hosco, poco comunicativo, trabajador incansable… Manifestaba un amor que no sabía de caricias ni de palabras dulces. Su vida de sacrificio y desarraigo marcó a toda la familia. Como sus pasos, de pies descalzos, que hoy marcan los míos. Sigo su huella, la que nació en esta tierra y se reprodujo en otra. Corro, sudo, veo la Plaza Mayor y recuerdo sus palabras “ve, muchacho, que el mundo es de quienes se atreven a desafiarlo”
28. Lucía y sus sueños
Rocío Hebe Carrillo
Lucía corregía sus sueños con desayunos formales, desechaba imágenes de féminas erizando sus pezones y olvidaba en el café orgasmos arrancados por cortesanas en celo. Defendía su cuerpo de deseos impuros y éste se defendía de ella azotando su inconsciente, acogiendo sus carnes en reposo, enardeciendo su cuerpo con lenguas de diosas que se ofrecían generosas a ella… Ella que sólo gustaba de hombres en el día y mujeres en la noche.
29. El sueño de una ciudad
Lucía Alcázar Lara
Todo comienza con un murmullo entre la multitud. La San Silvestre Salmantina reclama su lugar: las calles vibran, las plazas despiertan. Las zapatillas golpean el asfalto, los dorsales ondean como hojas al viento.
Sopla el frío de diciembre y la ciudad entera se pone en movimiento. Corro entre miles de pasos que laten al mismo ritmo. Las avenidas se llenan de energía; las fachadas históricas contemplan el río humano que avanza entre risas, disfraces y esfuerzo.
Me elevo en el entusiasmo colectivo, floto entre aplausos y ánimos que brotan de cada esquina. El aire huele a superación y a fiesta. Las voces resuenan entre las piedras centenarias, mientras el sol se despide sobre los tejados dorados. Cuando cruzo la meta, soy parte de este hechizo efímero y eterno. Ya no hay prisa. Ya no hay rutina. Sólo alegría. Sólo pasos que siguen latiendo en la memoria colectiva.
30. FOTO FINISH
VICTOR MANUEL VALDESUEIRO BERNABE
Llegué al ecuador de la carrera en plena forma y decidí alcanzar al chaval que me precedía. Pero cuanto más aceleraba yo, más lo hacía él, manteniendo intacta la distancia, como quien persigue un imposible.
Devoramos kilómetros, unas veces sobre la otoñal alfombra de los chopos; otras, viendo verdear los huertos de la ribera o soportando un sol labrado en piedra de Villamayor.
Cuando finalmente lo alcancé, su rostro me sorprendió: ¡aquel joven era yo al inicio de la carrera!
Tan concentrado estuve en darle caza que no advertí que a mí también me perseguían. Lo descubrí al pasar frente a un escaparate de la Rúa, reflejado en mis propias facciones. Las gafas de sol habían mudado en correctoras y la piel se descolgaba, como si la tierra reclamara lo que sabía suyo.
Crucé la meta arrastrando los pies, ayudado por un bastón, pero sonriendo para la última foto finish.
31. La Salmantina, La San Silvestre está de vuelta
Isabel Granero Iglesias
Esperamos con ansias la llegada de diciembre, el 28 es la fiesta elegida… Todos hemos trabajado duro: horas, días y meses de entrenamiento.
Lo hermoso de correr se conjuga con la belleza de la ciudad y si no se consigue ser el primero, no importa, disfrutar de la grandeza de Salamanca es en realidad el gran premio.
32. 2418
José Luis Serrano Alcázar
Entre los siete mil dorsales apiñados en el Paseo de Canalejas, el azar me puso delante el 2418. Era el número con el que Daniel corrió su última carrera antes de que una curva en la carretera de Béjar dejara vacía la mitad de nuestro dormitorio. El hombre que lo llevaba era un desconocido, pero al pisar los sillares del Puente Romano, el aire del Tormes lo quebró con la misma saña de otros inviernos.
Lo vi doblarse contra el pretil, boqueando con el ahogo que años atrás nos obligaba a turnarnos el viento para no claudicar. Me adelanté dos zancadas y planté el cuerpo contra la ventisca para hacerle pantalla. No cruzamos una sola palabra. No me importaba quién era: necesitaba que aquel 2418 volviera a cruzar la meta.
33. El último dorsal
Luis Lexandel Pita Garcia
Me apunté a la San Silvestre por compromiso, no por vocación. Odio correr. Pero mi hermano insistió tanto que acepté. A los dos kilómetros ya quería parar. La gente animaba. Yo solo miraba el suelo. En la cuesta final, alguien me agarró del brazo. Era mi hermano, con su dorsal torcido y una sonrisa enorme. "No me dejes", dijo. Apreté los dientes. Cruzamos juntos. Al quitarle la capucha, vi su cara. Llevaba muerto desde octubre. Pero cada Nochevieja corre conmigo. No sé cómo hace para llevar el dorsal. Yo ya no pregunto. Mis amigos dicen que lo supere. Les contesto que correr es eso: no soltar la mano de quien ya no puede. Y hasta que suene la próxima salida.
34. La muerte al acecho
Sonia Di Marino de Núñez
La piedra dorada de Salamanca parecía encenderse bajo las luces de diciembre.
El aire frío bajaba hacia el Tormes y se colaba entre el casco antiguo.
El Puente Romano tendía su lomo de piedra sobre el río.
Los corredores con zapatillas fluorescentes y el vaho de la respiración suspendido en el aire.
Uno de ellos era diferente.
Llevaba túnica blanca, sandalias impropias para diciembre y un cansancio lejano.
Los vivos pensaron que era un disfraz. Los otros, una apuesta perdida.
Empezó a correr.
Avanzaba con una obstinación extraña, como quien no persigue una meta sino una hora.
—¿Primera vez?
El anciano sonrió.
—No exactamente.
Atravesó Salamanca entre aplausos y respiraciones agitadas. Miró el cielo. Pocos minutos para medianoche.
Aceleró.
Nadie entendió por qué.
Solo él sabía que llevaba siglos intentando ganar aquella carrera.
Porque cada 31 de diciembre, San Silvestre volvía a morir.
Y esta vez quería llegar antes.
35. Un T-rex en San Silvestre
María Isabel Parra Sánchez
El cavernícola se abrió camino dejando a todos estupefactos al verlo adelantar a la velocidad de un Looney Tunes mientras alababan su disfraz, verdaderamente realista.
Atrás, rugidos salidos del mismísimo Parque Jurásico y la visión de un T-rex pasando a su lado, helaron la sangre de los corredores. Parecían minúsculos ¿O, es que él era horriblemente grande?
El cavernícola miró atrás. Un nuevo rugido, le hizo acelerar. Y así, con una velocidad imposible, cruzó la línea de meta.
El nuevo ganador de la carrera atravesó el portal luminoso sin dudarlo un instante. Otro estallido de luz cegó a los presentes.
El cavernícola se derrumbó sobre la tierra agradeciendo estar de vuelta en su hogar pero:
¿Qué habría sido de la bestia?
—Noticia de última hora. Un T-Rex ha quedado segundo en la carrera de San Silvestre. El problema es que ahora no logramos que deje de celebrarlo destrozando la ciudad.
36. La Celebración
Verónica Graciela Bertazza
Sebastián corría con colegas médicos cuando vio a Antonio. Su andar y la pulsera hospitalaria
llamaron su atención.
—¿Cómo vas?
—Bien.
—Te veo algo flojito. Con esa pulserita no me hagas quedar mal, ¿eh?
—Esperé la SanSil todo el año. El año pasado me esguincé. ¿Te puedo acompañar?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué corremos?
Una mujer:
—No sé para qué corro si después me duelen todos los huesos.
Otra se rió:
—Porque me encanta correr con frío.
Un corredor:
—Quizá encuentre novia.
—Pero si estás casado —le recordó su amigo.
—Bueno… que mi esposa no se entere.
Rieron.
Sebastián apuró el paso.
—¡Arriba, que por algo corremos, gente!
Antonio levantó la mirada.
—Porque hoy no estoy haciendo quimio.
Silencio. Después, aplausos, “¡olé!” y risas. Diez kilómetros de fiesta ambulante.
Al llegar, Antonio abrazó a Sebastián.
—Gracias.
Sebastián lo miró.
—Tú, con esa pulserita VIP involuntaria, ¿cómo no ibas a llegar?
37. Nacer lejos, volver siempre.
Alba Cortés Serrano
Yo no corro, pero cada Navidad me gusta ver correr a Salamanca.
Mi hijo y yo buscamos un hueco cerca del parque Picasso para ver la San Silvestre. Él mira los dorsales fascinado y yo sigo sin entender por qué.
—Algún día correré esta carrera —me dice entusiasmado.
Yo sonrío y miro alrededor.
Todo me resulta familiar, aunque haya personas que ya solo pueda encontrar en mis recuerdos. Entre comidas, paseos por el centro y reencuentros, Salamanca vuelve a recordarme por qué nunca he dejado de quererla.
Él nació en Valencia, pero aquí no parece un turista más. Conoce sus calles, disfruta de los pinchos y de cada regreso como si Salamanca le perteneciera.
Hay cosas que no se heredan con los apellidos ni los lugares de nacimiento, sino con las historias que contamos y las veces que decidimos volver.
Salamanca también se puede heredar sin haber nacido en ella.
38. La cuerda
Manuel Campos de la Flor
Pablo, mi guía, me describe hasta los escaparates cuando entrenamos. Hoy, en la salida de la San Silvestre Salmantina, anuda la cuerda sin hablar.
Llevo un año entrenando para bajar de cuarenta.
Arrancamos entre codazos. Pablo se para y me agarra la muñeca. Le tiembla la mano.
—No puedo con tanta gente.
Tiro para seguir. Él no se mueve.
Otro corredor se detiene.
—Yo puedo llevarte.
Pablo empieza a deshacer el nudo.
—Vete con él.
Dejo que lo afloje. El reloj anuncia el primer minuto.
—Perdona —dice Pablo.
Yo también le pedía perdón por cada bordillo.
Busco sus dedos y volvemos a anudar la cuerda.
—¿Y los cuarenta?
Silencio el reloj.
—Cuéntame los disfraces.
Pablo da un paso. Espero el segundo.
39. Regresa
Aitor Saldias Madoz
Regresa (AS)
Al entrar en la biblioteca , me sorprende la falta de luz. Es igual. Me siento en una mesa vacía a revisar mis notas.
Súbitamente escucho un una flauta, débil e incoherente. Veo que no estoy solo, hay un hombre anciano con abundante pelo blanco, y una cicatriz en la frente.
Percibo que sabe quién soy, que no tengo secretos para él.
Le mantengo la mirada y una palabra me llega a la mente, que dice “DEJALO”.
De repente se escucha un ruido horrible, una estantería de libros se cae.
Veo que estoy solo otra vez. En estas circunstancias, abandono mi estudio.
Salgo de la biblioteca oigo la flauta otra vez, enfermiza, y en ese momento me despisto y la puerta me golpea en la frente. “Maldita sea”, veo la sangre manar y adivino que causara cicatriz. Al menos tengo pelo de sobra para cubrirla.
AS
40. 365
María Angelica Morena gonzalez
Seré un número prendido con cuatro alfileres a una camiseta helada. En Salamanca, un domingo de diciembre, saldré a las doce y media, atravesaré la Plaza Mayor, el sudor olerá a campanas y, diez kilómetros después, supondré que mi viaje termina ahí.
Pero aún me faltarán cuatro días. Me tocará, al azar, en São Paulo, una niña que correrá bajo un calor abrasador repitiéndose «puedo, puedo».
Seguiré hacia el oeste, entrando en calor. Por la tarde, en Ciudad de Guatemala, me tocará un abuelo que correrá despacio. Nadie notará que soy el mismo dorsal, salvo él, que me mirará dos veces y susurrará: «¿Te quedas un rato?»
La gente creerá que el año acaba a medianoche y lo despedirá con uvas, sin preguntarle si quiere irse. Pero el año soy yo, el 365, y mientras alguien me lleve prendido al pecho, corriendo en algún lugar, no habrá campanadas.
41. VOLVER
GLORIA FERNÁNDEZ SÁNCHEZ
H.G. Wells, de unos 35 años, corre desesperadamente hacia la meta. La humedad del Tormes evoca su país.
—Sorry! Terribly sorry!
Va dando empujones a los participantes. Ellos, que recuerdan a los seres amados, quienes ya no compiten. Aunque se dirigen al futuro, al año que se aproxima.
—¡He de dar un mensaje a la reina!
Juzgando su extraña indumentaria deportiva lo toman por un excéntrico.
—Sorry!
El siglo XX comienza con Victoria en Osborne. Enero del 1901. Tres semanas después fallecerá de pulmonía.
—Cambiará el destino del imperio. Debo explicárselo.
Tras la línea de llegada detecta su máquina, esa silla brillante con las palancas de marfil.
—Oiga, ¿es usted Wells? -dice un profesor universitario- Creía que estaba muerto.
—Lo estuve. Y lo estaré.
Al fin le cuelgan una medalla, son muy amables.
—Sorry! Pero hay prisa.
Y vuelve enloquecidamente a un pasado que aún no ha existido.
42. Anatomía ancestral
Alex González Duque
«Qué sensación, qué pasión… ¿Cómo puede ser posible que se aglutine tanta gente en base a una cosa tan sencilla y ancestral como es correr?». Ese pensamiento me invadía la cabeza mientras movía las piernas zancada tras zancada, kilómetro tras kilómetro… hasta que, de repente, al levantar la cabeza, allí lo vi: era un arco despampanante en el que se podía leer una palabra en inglés: win. Entonces me di cuenta: correr significaba ganar. Ganar en salud, en experiencias, en momentos, en amigos… Al fin y al cabo, la vida no es más que una carrera que pasa volando y, si no le seguimos el ritmo, nos quedamos atrás.
43. paciencia
Jhon Felipe Benavides Narváez
Vio perderse a lo lejos al corredor número uno. La figura longilínea de su rival era solo un vestigio de la memoria. Dio un paso. Acortó la enorme distancia con otro más lento. Duplicaba al raudo competidor en edad y pesadez. Cuando al fin pudo cruzar la meta, nadie lo esperaba. Ante la ausencia de fanáticos, se sintió ganador al comprender que el tiempo era apenas una ilusión corriendo dentro de su caparazón.
44. Por si acaso
Laura Mindán Sanz
Llevo media vida en la misma esquina, detrás de la misma mesa, tendiendo vasos de agua a gente que no me mira, y no tiene por qué, porque yo tampoco los miro a la cara: los conozco por las manos.
He visto manos de niño que hoy llevan a otro niño de la mano, manos con alianza que un año volvieron sin ella, manos que un diciembre dejaron de pasar y que todavía, a veces, me parece ver entre las demás.
Yo les pongo el agua en la mano y ellos siguen. Así tiene que ser.
Cuando pasa el último, recogemos los vasos del suelo, uno a uno, sin prisa. Luego lleno uno más y lo dejo en el borde de la mesa, por si acaso.
45. El sitio de siempre
ÁLVARO GONZÁLEZ VILLORIA
Mi padre nunca ganó la San Silvestre Salmantina.
Corría con gorro navideño, saludaba a los conocidos y perdía minutos esperando a los rezagados. Decía que para llegar el primero ya estaban los autobuses.
Cuando murió, encontré veintisiete dorsales guardados en una caja de zapatos. Detrás de cada uno había escrito un nombre.
El del panadero. El de su compañero de trabajo. El de aquel vecino que apenas salía de casa.
Este diciembre me puse sus zapatillas y salí por Salamanca. Al cruzar el Puente Romano, alguien me dio una palmada. Después otro. Y otro más.
En la Plaza Mayor comprendí que no eran desconocidos. Eran todas aquellas personas a las que mi padre, durante veintisiete años, había convencido de que podían llegar a la meta.
Mi padre nunca ganó la San Silvestre Salmantina.
Pero aquella tarde comprendí que había pasado toda su vida ayudando a otros
46. Llega la mágica San Silvestre Salmantina
Sergio García Lobo
Pasan los años, pasan las carreras, llegan las navidades y toca despedir el año, pero no sin antes correr un año más nuestra querida San Silvestre de Salamanca.
Cómo cada año, los nervios comienzan la noche de antes, el habitual frio de las mañanas de Salamanca hace que el vaho salga de nuestras bocas. Todos y cada uno tenemos nuestro propio ritual: primero calcetines, después pantalón y por último camiseta, gorra y pulsómetro.
Salimos de casa con nuestra familia, nos acompañan a línea de salida, ellos están para animarnos a lo largo de todo el recorrido.
Justo antes de calentar, gel y al cajón. Los nervios van en aumento y las ganas de disfrutar se disparan.
Es el culmen a un año de entrenos, esfuerzos y tiempo robado a la familia.
Pistoletazo y a correr, es el momento de pasar por los lugares más míticos y mágicos de Salamanca.
47. (Doscientos) Setenta y pico
Jorge Juan Codina Ripoll
Felisa y Rosa sujetan a su madre por las muñecas, una a cada lado, como se sujeta a una prófuga. Faltan diez minutos para el pistoletazo junto al puente romano. En Libreros, llovizna.
La mujer mayor clava el paraguas entre dos losas.
—Es aquí.
—Mamá, ¿estás segura?
—¡Consuelito Guerra me adelantó aquí! Las Kelme se me habían hecho trizas, que si no, hubiera subido al podio. Mirad.
Rosa le suelta la muñeca. Felisa resopla.
La madre se desabrocha el abrigo. Luce un dorsal con rodales marrones, prendido al jersey con cuatro imperdibles; Rosa le endereza el de arriba. El número: doscientos setenta y pico —ilegible la cifra final—.
La madre saca el recorte que ha descolgado de su marco en la salita: el marido, sin ella, sonriente, pecho henchido, el diploma de cuarta clasificada en alto, la camiseta impoluta y el dorsal 272 mal anudado a los tirantes.
48. Contra mí mismo
Félix López Rodríguez
En la Salmantina, Mateo decidió que cada kilómetro sería un año de su vida.
En el primero dejó atrás al niño que corría sin miedo. Frente a la Universidad adelantó al joven que abandonó los estudios. En la Plaza Mayor alcanzó al hombre que llamaba prudencia a cada derrota.
En el Puente Romano, la pierna se bloqueó. Faltaban tres kilómetros.
«Hasta aquí», ordenó su cuerpo.
Entonces vio a un corredor delante: su espalda, sus canas, el mismo dorsal. Mateo lo persiguió. Cada vez que flaqueaba, la figura se alejaba.
En el Paseo de San Antonio reunió sus fuerzas. Antes de la meta, el rival desapareció entre la multitud.
Mateo cruzó. Lo buscó y encontró su rostro en un escaparate junto al cronómetro.
Comprendió quién corría delante: el hombre en que se convertiría si dejaba de luchar.
Mateo sonrió. Acababa de dejarlo atrás.
49. DOS LUNAS
LEYRE ZÁRATE ÁLVAREZ
La salida se abre.
Salgo.
Mis zapatillas buscan el asfalto como un latido.
Respiro cada cuatro zancadas.
La ciudad se abre a mi lado; no miro hacia abajo, no regalo centímetros.
A mitad de carrera, el pecho quiere explotar.
Aquí empieza la batalla.
Un corredor intenta colarse por dentro.
Apoyo fuerte.
La carrera es dura.
Veo la meta.
La cruzo.
Silencio.
Luego, el mundo vuelve.
Alguien repite mi nombre despacio.
Me siento en el suelo; el asfalto está áspero y frío.
Mi entrenador aparece.
Me dice que lo he corrido como si me lo estuvieran contando al oído.
Sonrío.
Abro los ojos.
La sala tiene paredes claras.
Los aros de mi silla de ruedas brillan como dos lunas.
¿Te has visto en la San Silvestre Salmantina? —me pregunta mi terapeuta.
Sí. Y la he vuelto a ganar —respondo.
La carrera me espera cada semana.
Y yo siempre cruzo la meta.
50. PALPITAR
Ángel Saiz Mora
Me apunté al club de atletismo por recomendación de mi médico, para mejorar la salud cardiaca. Nunca hubiese imaginado encapricharme de la entrenadora. En sus miradas creía ver correspondencia unas veces; otras, un espejismo.
Soy tímido e indeciso, aunque no dudé en inscribirme en la San Silvestre Salmantina al saber que ella lo había hecho. Su inoportuno esguince fue decepcionante, pero volví a ilusionarme cuando aseguró que estaría entre el público.
De todas sus enseñanzas, puse mucho esmero en mantener una postura correcta y gallarda, ya desde la salida en el Paseo de San Antonio, pero me desalentaba, metro a metro, no encontrarla tras las vallas, ni escuchar sus ánimos con mi nombre.
Su ausencia logró apagarme traspasada la meta. A este fundido en negro siguió el de unas manos que me taparon los ojos.
Mi corazón, que ya casi había recuperado sus pulsaciones habituales, no esperaba ese beso.
51. LATIDOS DE PIEDRA Y ORO
Adriana Sanz Calvo
El aliento de cientos de corredores se espesaba en la brisa helada de Salamanca. A las 16:00, la marea de camisetas vistió de vida la Calle San Pablo, disolviendo el frío de diciembre bajo un estruendo de aplausos y zapatillas golpeando el asfalto.
Entre la muchedumbre corría Martín, sintiendo cómo cada zancada contra la piedra dorada de la Plaza Mayor amortiguaba el peso de un año difícil. Al atravesar el arco hacia el Ayuntamiento, otro corredor rozó su hombro y le dedicó una sonrisa cómplice: “¡Vamos, que ya casi estamos!”.
No había medallas de oro en juego, solo la gloria compartida de vencer al frío y al cansancio. Al cruzar la meta en el Paseo de San Antonio, ahogado en vítores y serpentinas, Martín respiró hondo. La San Silvestre no era una simple carrera; era el abrazo colectivo de una ciudad despidiendo el año a golpe de zancada y esperanza.
52. CABEMOS TODOS
JULIA FLORES ARENAS
Hoy ha sido la San Silvestre. Hice dos inscripciones, para mi hija Victoria y para mí. He corrido varios años y siempre había venido conmigo, acompañándome.
Hace tiempo que quiere participar, disfrutar, que la hagamos juntas.
“Si entrenamos juntas, corremos juntas”, dice lentamente con mirada transparente, convenciéndome.
Otros años, ante su insistencia, le decía que una forma de participar es acompañar al corredor, que supiera que hay alguien animándolo con aplausos, que lo esperara en meta, alguien con quien celebrar y compartir todos los momentos, buenos y…regulares.
Hoy mi objetivo estaba claro: que corriera, que disfrutara, que resistiéramos hasta el final, no importaba en qué posición quedáramos.
Ha puesto todo su empeño. Hemos llegado, exhaustas, las dos. Lo importante es que se siente una más, que nadie le ha puesto objeción por tener síndrome de Down, que es una corredora como todas que, en la salmantina, comprobado, cabemos todos.
53. El apellido
Nicolás Cabrera García
La Salmantina rugía bajo miles de pasos. Yo corría junto a mi hijo, como cada madrugada, aunque esta vez nadie parecía escuchar mis zancadas.
—No aflojes —le dije.
Apretó el ritmo. La meta se acercaba y, con ella, aquel sueño que durante años habíamos perseguido juntos. Cruzó la línea entre aplausos. Quise abrazarlo, pero él siguió de largo, buscando a alguien entre la multitud.
Entonces levantó la medalla hacia las gradas vacías.
—Lo conseguimos, papá.
Miré mis manos. La lluvia las atravesaba.
En el podio, el locutor pronunció su nombre y, después, el mío. Mi hijo sonrió. Por fin, nuestro apellido tenía un lugar en la historia.
54. Mi primera carrera
Bryan Eber Zea Ventura
Un hombre sin dorsal, con la frente lluviosa y la vista nublándose, corre con una tortuga de felpa en la mano.
—Esa es la meta —dice la tortuga.
El hombre, tambaleando, la lanza hacia el arco del Paseo de San Antonio.
—Felicidades. Me ganaste, hijo —añade, mientras cae.
Desde la cama 203, con el gotero cayendo como reloj de arena, un niño levanta los brazos. En su muñeca, mi dorsal 7887.
55. De cómo se entrenan en el Sur
Silvana de Fátima Santacruz Burbano
Lo nocturno marca el inicio y el ritmo del entrenamiento. Las luciérnagas que pasan rasantes les exigen a los corredores del Sur entrenar toda la noche. La montaña regula su respiración hasta que nadie alrededor pueda sentirla. Respirar, un leve suspiro. Esta práctica suele durar hasta la madrugada. Algunas veces descansan detrás de un árbol, una roca o una pared a punto de derrumbarse. La jornada cesa en la madrugada, cuando el sol devela los cuerpos de metal de aquello que creían insectos. A veces dura meses o años. Los corredores del Sur no conocen el tiempo que nos limita.
56. Lágrimas de lluvia
María Nieves Angulo Salazar
Ahí vamos los dos, con los nervios y la cafeína bailándonos por el cuerpo: la mía ―la cafeína―, en forma de gel energético; la suya, de cortado con un chorrito de pacharán. Es mi primera San Silvestre Salmantina y su primera visita a la ciudad. En silencio, recorremos las calles mojadas por una débil llovizna: yo, calzado con ultraligeras zapatillas de fibra de carbono; él, con los zapatos de vestir apestando a betún.
Me sitúo en la salida, entre los participantes. El abuelo ―orgulloso espectador― enciende un faria. Lo reconvengo con la mirada y se encoge de hombros, como diciendo: “Ya, para lo que me queda…” Tres meses, aseguran los médicos. No habrá otra San Silvestre para él, mi confidente, guía, ejemplo y consejero en el deporte y la vida. Y ambos, pudorosos, fingimos que son lágrimas de lluvia las gotas que nos humedecen las mejillas.
57. La lata de membrillo
Xavier Pardell Peña
Mi abuela guardaba los dorsales del abuelo en una lata de membrillo, doblados en cuatro y con los imperdibles puestos, por si acaso. Eran treinta y uno, uno por cada Nochevieja en que volvió de correr por Salamanca oliendo a linimento y con hambre de caldo.
Este año ella sacó la lata del armario sin que nadie se lo pidiera. Escogió un dorsal sin mirar, lo alisó con la palma sobre el hule de la cocina y me lo prendió en la camiseta, encima del mío.
—Para que no corras solo.
Salí con dos números en el pecho. En la cuesta, cuando ya no podía con las piernas, noté una mano en la espalda. No me volví. El abuelo siempre decía que en la cuesta no se mira atrás.
En la meta me esperaba ella con la lata abierta.
Dentro había sitio para uno más.
58. SALMANTINA SENSORIAL
VICENTE MONGE PRIETO
Sesentón y ciego, se lanza cada año a la San Silvestre Salmantina como quien se mete en una fiesta.
Lo escucha y lo percibe todo: los nervios en el calentamiento, los tiempos que cada uno quiere hacer, y la incansable voz de ánimo del speaker.
Su amigo le toca el codo de vez en cuando, pero él se guía por el ambiente que reina en la carrera: las respiraciones aceleradas, la bravura de los corredores y ese trote de la multitud que resuena en el silencio de una calle estrecha.
Salamanca huele a invierno, a piedra fría, a chimeneas y a churros. Reconoce cada rincón por el que pasa gracias al olor y al sonido que desprende.
Sabe que la meta está cerca. Cada vez se escuchan más fuerte los aplausos, el micrófono y siente el calor de la gente.
Entonces sonríe, cruzando la más bella meta en su imaginación.
59. Diferencias irreconciliables
María Domínguez Blázquez
Venía de un formidable verano, disfrutando de largos paseos y luciendo un esmalte rojo arrebatador.
Pero llegó septiembre, y algún delirio de juventud nubló el juicio a esta madurita de ambiciones desmedidas e inexistente fondo físico. ¡Le ha dado por el running! ¿Propósito del nuevo curso? ¿Síntoma de una evidente crisis existencial?
Llevo semanas soportando el martirio de su zancada agónica por el pavimento salmantino, estampada contra la puntera de una zapatilla flúor. Y ¿para qué? Para terminar la San Silvestre a una inconmensurable distancia de cualquier riesgo de podio y hacerse con el magno trofeo de una pieza de fruta de temporada.
No conforme, en marzo pretende acabar, o profanar, una media maratón. ¿Qué será lo siguiente? ¿Conquistar el asfalto neoyorquino?
Esta afición ha terminado con nuestra relación. Me he teñido de negro luto y estoy lista para cesar la convivencia. Y pensar que éramos uña y carne…
60. Corredor 8
Ricardo Nieto Rodríguez
Como gordo de la clase, no me gustaba nada correr. Sacar buenas notas en función de una marca era complejo por el sobrepeso y la autoestima baja. Los insultos de los compañeros me afectaban hasta que probé la San Silvestre de Salamanca. Era una carrera en la que nadie te miraba, y si te miraban, era para echarse unas risas sanas. Los corredores más llamativos estaban contentillos con un disfraz de otro mundillo. Así es como empecé a disfrutar del ritmo de la carrera, mi propia danza, un estado alternativo, pues se disfruta de la marcha. Poco a poco, año tras año, conseguí autoestima y salud de hierro. Todo era maravilloso hasta que me encontré al negro de los cabezudos de Salamanca, en la marcha. Como era uno de mis traumas, salí disparado y gané la San Silvestre para asombro de los atletas etíopes.
61. ¿Por qué corres?
Ramon Flores Pinedo
El peso pasaba de un pie al otro, era un justo equilibrio. Al principio, mi respiración se quebraba, pero rápidamente encontraba su sitio: tac tun tac, tac tun tac. El golpe de las zapatillas y mi respiración creaban una cálida melodía que me devolvía el ritmo.
De repente, el tiempo se quedaba inmóvil, a la espera de algo. Los coches y los niños, los perros y las aves también guardaban silencio. Y el viento me hablaba. Volvía a repetirme la pregunta que en otras ocasiones no había sabido cómo responderle.
—¿Por qué corres?
Esta vez le respondí: le dije que buscara la respuesta en el asfalto enfrente de mi casa, en el puente de piedra, en los almendros de la vereda, en la sombra de mis pasos y en el aire.
—¿En el aire? —exclamó sorprendido.
Y yo que pensaba que éramos la misma cosa.
62. Salamanca mujer y trota
Wikénferd Oliver-Pérez
Llenarse los pulmones, todo el cuerpo, ojos, entendiendo que no es corto el trayecto del puente siglo uno y andar ligera por más de 2026 años. Haciendo lo mejor para saberse sapiens, erecta y feliz de compartir el mismo modus operandi que miles de atletas juntos por calles y fachadas que cuentan viéndote, ellas, año tras año, conservando a Salamanca la hermosa, la valorada universitas 1218. Darles vida eterna a los sitios inesperados al compás del trote, irte a San Policarpo de 1626 y seguir mirando de un lado a otro, perpleja. Y debajo, el sostén pétreo, mineral, Vía de la Plata, la calzada. El recorrido imponente para disfrutar del sudor y de hacerte historia también. Contarás los pasos que te trajeron a Salamanca y le harás corta la distancia a quien te oiga. Ya lista para partir, miras tu muñeca temporizada y trasciendes el paseo de San Antonio.
63. El hacedor de carreras
Eduardo Cordero Sánchez
―Esas son las campanas de la catedral ―dice un corredor a otro corredor.
―¡No me digas!
―Nos confirman que falta poco para la meta. Dime, ¿has cantado ya los himnos a nuestro Santo?
―¿A qué Santo?
―A San Silvestre, por supuesto. Debemos darle las gracias por haber creado esta carrera.
―Exactamente ―interviene un corredor con ropas muy antiguas.
―¿Y tú quién eres?
―San Silvestre, el creador de esta carrera. ¿Entonces no cantarás para mí?
―¡Me voy! ¡Me voy! ¡Me voy!
―¡Qué canto más hermoso!
―¡Qué himno más devoto!
Y así es como el corredor consigue ganar la carrera.
64. Tú puedes, charro
ALICIA RODRÍGUEZ GARCÍA
Se sentía a punto de desfallecer. Sofocado, notaba el calor concentrándose en su rostro. Su cuerpo, bañado en sudor. Su vista, nublada. Y su respiración, cada vez más jadeante, se le antojaba insuficiente para seguir oxigenando sus músculos entumecidos. El frenético ritmo que mantuvo desde la salida y la aceleración en Calle Zamora le estaban pasando factura: logró ir en el primer pelotón, a la cabeza de los corredores, pero ya en el Puente Romano empezó a dudar de que pudiera lograrlo. Acababan de transitar a paso veloz la calle de la Universidad... cuando la vio. Entre otros desconocidos que animaban, estaba ella. A la altura de la Casa de las Conchas. Gritó, alzando la mano: “¡tú puedes, charro!”. Una inyección de energía recorrió de nuevo sus articulaciones. “Yo puedo”. Y presa de una fuerza desconocida, casi sin aliento, se salió del recorrido hasta llegar a ella, y la besó.
65. Hoy gano yo
Marta Martín Morales
Termina un año más para todo el mundo, pero termina nuestro año para mí. Con 65 años recién cumplidos y la jubilación fresca en el bolsillo, Aurelio aguarda la salida de la San Silvestre salmantina. Mientras a su alrededor decenas de corredores calientan impacientes por dar la primera zancada, él fija la vista en el cielo y murmura hacia dentro:
—Mi amor, hoy corro por ti con esta camiseta de tirantes rosa fucsia que llevaste el año pasado.
Frente a los parches de hidratación, las zapatillas con suela de carbono y los relojes con GPS, seguro que este año gano yo. Mientras suena el cohete de salida, sonrío pensando si la organización terminará incluyéndome en la categoría de disfraces.
66. El ultimo reflejo
P. Diaz
Los aplausos cruzando el puente romano al paso de mi decimotercera San Silvestre me reconfortaban. Correr entre atletas y aficionados disfrazados me parecía divertido, hasta que volví a sentir aquella presencia. Me dí cuenta que llevaba kilómetros pisándome los talones, copiando exactamente mi ritmo. Al girar la cabeza, me crucé con sus ojos: eran idénticos a los míos, pero sin vida. Vestía idéntica ropa técnica, rota y manchada con la misma sangre que yo intentaba dejar atrás. Aceleré el paso, esquivando a un grupo disfrazado de elfos, asfixiado por el pánico; nadie lo miraba. Al rozar la meta, una mano helada se posó en mi hombro.
—No puedes huir de ti mismo —susurró mi propia voz.
Crucé la línea en solitario y me apoyé, exhausto, contra el escaparate de turismo en la plaza mayor. Pero, al mirar mi reflejo, el rostro que me sonreía ya no era el mío
67. ELIXIR DE ENSUEÑO
Julio Cesar Valotta Luna (Julio Cesar Luna)
Cuando llegué del trabajo el silencio me golpeó.Claro,pensé,los niños están en e colegio y Lili los está recogiendo.Cansado,me senté en el sofá y el sueño me atrapó.Sin pausa,soñé que atravesaba un inmenso desierto bajo un sol recalcitrante.Sentiá la garganta seca.No hacía mucho que volví a ver el gran clásico del cine,Lawrence de Arabia,donde muestran las tomas más bellas,a un árido desierto.Mi sueño me llevó a las escenas donde el protagonista sufría la sed más espantosa,después de dos días de estar montado sobre un camello,sin una gota de agua.De pronto algo suave rozó mis labios...sentí luego un sabor celestial .Abro los ojos y Lili, junto a mi sonreía,mientra sostenía en su mano un algodón mojado.Abrí los ojos y pregunté.-¿Es lo que yo me imagino?.-Sí,mi amor,respondió,es el que probaste en España y te fascinó.Me sorprendió verlo en el mercado y lo traje: "BRANDY JEREZ CARDENAL MENDOZA",dijimos al tiempo.Bebimos y nos volvimos enamorar.FIN
68. PINCHAZO
Raúl Garcés Redondo
En el momento en que rebasa la línea de meta, el exhausto corredor extrae de no sé sabe bien dónde, quizá sea mejor no saberlo, su teléfono móvil para llamar a casa. Supone que siendo las fechas que son, estará toda la familia reunida, primos del pueblo incluidos.
—¡He terminado la carrera! —anuncia eufórico elevando la voz entre el bullicio que le rodea —Sí, mamá. La carrera. En Salamanca.
Todo es alborozo al otro lado del auricular. Le parece escuchar incluso el descorche de una botella. Las felicitaciones se suceden y el exultante participante de la San Silvestre se siente flotar como un globo. Tras las despedidas ya se dispone a colgar cuando acierta a oír de fondo:
—¿Lo veis? Y vosotros diciendo que el chico no llegaría a nada en la vida. ¡Toda una carrera universitaria y nada menos que en Salamanca!
69. EN DOS PALABRAS
José Antonio del Olmo del Olmo
En Nochebuena.
Entre cuñados.
Así surgió.
Primera idea.
¡A correr!
¿Nos atrevemos?
Por supuesto.
San Silvestre.
Otra Salamanca.
Con ilusión.
Con emoción.
Con recelo.
Próximo año.
Allí estábamos.
San Antonio.
Emoción máxima.
¡Tanta gente!
Gritos alegres.
Cuenta atrás.
Allá vamos.
Momentos mágicos.
Plaza Mayor.
Rana mira.
Momentos críticos.
Puente Romano.
Hay subida.
No parece.
Se sufre.
Respiración agitada.
Se habla.
Padecimiento compartido.
Su debut.
Dos novatos.
Hablamos largo.
Kilómetros avanzan.
Cansancio apaciguado.
Palabras reductoras.
Dos vidas.
Dos trayectos.
Mismo esfuerzo.
¿Inicio amistad?
Coincidiríamos más.
Mucho más.
Es empezar.
Y seguir.
Así fue.
Carreras infinitas.
Apareció allí.
Se veía.
Un sueño.
Llegamos exhaustos.
Sin resuello.
Pero felices.
Meta conseguida.
Promesa mutua.
Última, no.
Sin espera.
Otras muchas.
Descubrimos algo.
Una oportunidad.
Descubrir mundo.
Visitar pueblos.
Era correr.
Y empezamos.
Hace tiempo.
Hasta hoy.
Medio país.
Nuestra visita.
Aún queda.
Otro medio.
La causa.
Aquel día.
En Salamanca.
Sus calles.
Sus plazas.
70. El adelantamiento
José Luis Mateo Grande
Mi padre llevaba tres años sin correr. Decía que las rodillas, que el frío, que ya no estaba para disfraces. Por eso, al verlo en la salida de nuestra San Silvestre Salmantina, vestido de astronauta y con el dorsal sujeto por imperdibles, pensé que había perdido una apuesta.
—Ve tranquilo, papá. Esto no es la NASA —bromeé.
El que salió disparado fui yo. Entre charangas, renos y espectadores, crucé media Salamanca convencido de que lo había dejado atrás. En la cuesta final oí su respiración detrás de mí.
—Aparta, campeón —dijo.
Me adelantó justo antes de la meta, agitando los brazos como si aterrizara en la luna. Cuando llegué, lo encontré llorando bajo el casco.
—¿Te has hecho daño?
—No. Es que hoy he corrido por primera vez desde que te diagnosticaron el corazón.
Había cruzado la ciudad disfrazado de astronauta solo para aterrizar a mi lado.
71. Imparable
Andrea Carpio Cobo
Cuando ves la meta de lejos: cuesta hablar. Cuesta moverse. Cuesta respirar. Cuesta pensar. Trescientos metros. La mente grita: “no puedo más”. Doscientos cincuenta metros. Los pulmones quieren coger más aire, no pueden. Doscientos metros. Las piernas quieren ir más rápido, no responden. Ciento cincuenta metros. El corazón está desbocado. Cien metros. Parece que no avanzas, pero no te detienes. Amplias la zancada. Cincuenta metros. Te impulsas como nunca. Veinticinco metros. Sientes el furor del público. Diez metros. Nueve, ocho, siete… Cruzas la meta. Te sientas en el suelo con los ojos acuosos mientras te abrazas las piernas. No es la llegada lo que te hace feliz, es no haberte rendido.
72. 10 KMS DE PENITENCIA
ISABEL MARIA PEÑA MACIAS
No quería apuntarme a la San Silvestre porque yo, ejercicio, cero, pero mi hermana insistió. “Por una buena causa” decía…. sólo 10 kms….. ¿¿Sólo 10 kms?? Si ya levantarme de la taza del wc me costaba…. Me inscribí por no oírla. Nombre de dorsal elegido para vengarme: “Ella no quería, oiga”. Pagué 25 euros. ¡Qué desperdicio!…. Una burrada para sufrir. 25 eurazos por una camiseta fosforescente con la que parecía una bola de navidad dorada. Llegó el día de recoger el dorsal. Cuatro horas de cola, frío, gente vestida de cualquier cosa y yo dando el cante con unas mallas ajustadísimas que me hacían parecer el muñeco michelin, una camiseta talla S que pedí en un “éxtasis” de falso optimismo, y un gel energético que olía a tubo de escape. Empecé a correr los 10 kms.sin ganas.Con estas pintas y este garbo no me iban a animar, sino a rescatar.
73. Pareja
Alfonso Pliego Santos
Mi abuelo corrió la primera San Silvestre con zapatillas remendadas. Ahora yo empujo su silla de ruedas por la calle Compañía. Al pasar junto a la Plaza Mayor, él levanta el puño como si aún quedaran cien metros. La multitud aplaude, y yo entiendo que el atletismo no siempre es correr: a veces es sostener, acompañar, cruzar la meta por quien ya no puede. Al terminar, me da su dorsal antiguo, cuidadosamente doblado en cuatro: “Guárdalo –me dice—. El próximo año corre tú por los dos”. La San Silvestre no acaba en la meta: empieza en cada Noche vieja que decides no dejar solo a nadie.
74. La meta invisible
Maroua Bensfia Khiyat
Era mi primera San Silvestre Salmantina y solo pensaba en llegar antes que los demás. Al comenzar la carrera, corrí con todas mis fuerzas, convencida de que ganar era lo único importante. Pero, durante el recorrido, vi a corredores animando a quienes estaban cansados y a personas que sonreían aunque fueran las últimas. Uno de ellos se detuvo para acompañar a otro que necesitaba ayuda. Aquella escena me hizo pensar. ¿De qué servía llegar primero si olvidaba disfrutar del camino? Cuando finalmente crucé la meta, comprendí que había empezado queriendo vencer a los demás, pero terminaba descubriendo algo mucho más valioso: la verdadera victoria estaba en superarme a mí misma.
75. 10.000 metros sin correr
Cristobal Isaac Gutiérrez olivares
Soy veloz… competitivo, un ganador.
[Sí, así es].
¿Hace tiempo me dedico a esto, sabes? Y no hace mucho que gané.
[Obvio, lo mejor].
La gente me halaga, yo me halago.
[Y lo seguirán haciendo].
La prensa ya tiene mi premio… ellos lo saben.
[Yo igual].
Todo el mundo lo sabe: las gradas… la televisión… el periódico…
[Excepto tú].
¿Me estás escuchando? ¡No me ignores! ¡Deja de concentrarte en el disparo de salida!
[¡Engreído!].
Está bien, no importa… esto está ganado.
[Solo tres segundos… solo hasta que suene].
¿Qué te había dicho?
[Linda perforación].
¿Y ustedes…? ¿Qué opinan de mis valores?
76. HERENCIA
Claudia Alejandra Morales
Tuvo que colgar el dorsal el día que empezó a vivir con él. Las prohibiciones se convirtieron en muros y eso que llamaban amor, en un golpe definitivo del que jamás despertó.
Guardé durante años la medalla que conquistó en esta misma ciudad, el único trofeo de su libertad robada. Hoy la llevo colgada al cuello mientras espero el pistoletazo de salida entre miles de corredores.
El aire helado de Salamanca me quema la garganta, pero mis piernas avanzan con una furia heredada. Rompo la niebla, adelanto sombras y aprieto el metal en cada zancada. Esta no es solo una carrera popular; es nuestra justa revancha contra el silencio y el miedo.
Al cruzar la línea de meta, sonrío al cielo. Este año corrí por las dos.
77. Fe de vida
Luisa Fernanda
Remedios se prende el dorsal de Anselmo con cuatro imperdibles, uno por esquina, como hacía él. Debajo, su anorak, que todavía huele a Farias.
Ha calculado el ritmo en la cocina: este año debe llegar cuarenta segundos más tarde que el pasado. Un hombre de ochenta y un años no mejora.
Sale en el último cajón, entre disfraces y niños que gritan. Hace un frío de piedra. Corre despacio, sin adelantar a nadie, igual que corría él.
En la meta, el chip lo confirma: Prieto Garrido, Anselmo. 1:04:37.
El dos de enero llamarán los hijos desde Hamburgo, como siempre.
—Hemos visto la clasificación, mamá. Qué fuerte está papá.
—Ya lo conocéis —dirá ella, mirando el limonero del patio, que nunca ha dado tanto.
78. La última en llegar
Angels vinuesa fernandez
A sus ochenta y dos años, Carmen se colocó el dorsal con manos temblorosas.
—Abuela, ¿seguro que quieres hacerlo?
Ella sonrió.
Los corredores desaparecieron entre aplausos. Carmen avanzó despacio, aferrada a una fotografía que guardaba junto al corazón.
Cuando alcanzó la meta, ya estaban retirando las vallas.
Un voluntario se acercó.
—No, joven. Hoy hemos llegado los dos.
Treinta años atrás, su marido había prometido correr aquella carrera con ella. La muerte se adelantó al disparo de salida.
Carmen besó el dorsal.
Por primera vez en tres décadas, no sintió que caminaba sola.
Porque hay carreras que no se ganan llegando primero, sino consiguiendo que el amor cruce la meta.
79. El hijo de Tomé
José Antonio Pablos
—¡Detén el paso, Lázaro! Oigo voces… y el golpear de pies contra el camino. Prepara los pliegos y los romances. Quizá saquemos de aquí alguna blanca que llevarnos a la boca.
—No os hagáis ilusiones, mi señor. De esa gente no sacaremos ni una moneda. Son mozos y mozas que corren como si el diablo les fuese pisando los talones.
—¿Y qué buscan?
—Dios sabrá. Yo no veo más que piernas, polvo y colores por todas partes. Y mirad: ya toman el puente.
—Pues apresúrate. Si no quieren escuchar nuestros versos, al menos intentaremos seguirles el paso.
—Eso quisiera verlo yo, señor. Antes llegaréis vos al cielo que alcanzaremos a esos locos.
80. El Último Disfraz
BLANCA ELENA RODRIGUEZ VALOY
Soy un dinosaurio tambaleándose entre la multitud de la San Silvestre salmantina. Mi amiga insistió: “¡Disfrázate de algo divertido!”. Pero no corro por diversión. Así que aquí estoy, sudando, sofocada, pero corriendo.
Mientras avanzo, me asalta la duda: ¿por qué siempre cedo a demandas ajenas?, ¿por qué me cuesta decir que no? Es más fácil seguir a la mayoría que liderar un destino pero, ¿a qué precio?
A la altura de la Plaza Mayor algo cambia dentro de mí: el impulso salvaje de extinguir para siempre mis miedos. Para muchos la carrera ha terminado, mientras yo emerjo de la cáscara de mis complejos.
Viejos programas desaparecen con cada zancada ya en los últimos metros. Este es el último disfraz que me pongo. Hoy no se trata de vencer a los demás. A partir de ahora solo seré yo. Sin máscaras.
81. LA SAN SILVESTRE PASA POR GUIJUELO
Roberto Marín Luque
Después de comer, la abuela se puso a rezar un Rosario a ver si así se callaba el gato. En la tele estaban retransmitiendo la San Silvestre Salmantina.
—Este año pasa por Guijuelo—.Dijo el tío Selenio.
El abuelo, se vistió de corto y dijo: «En Jabugo ya no quedan jamones». Todos nos miramos con gran estupor. El gato no paraba de maullar desde hacía dos noches.
Fue en ese preciso instante cuando la vecina, que nunca había ido a misa de nueve, suplicó de rodillas a la abuela que por favor se callara ya con tanto Rosario. El abuelo, que había salido hacía dos horas, volvió con un jamón de Guijuelo y nos invitó a todos a desayunar con la condición de que nos inscribiéramos en la San Silvestre del año que viene, a ver si así dejábamos en paz al gato.
82. RUN FORREST GUN
MARIO MERINO ORTEGA
RUN FORREST RUN
Estaba andando tranquilamente por la calle, de vuelta a casa, cuando, de repente, vi a mucha gente a mi alrededor. No sabía qué estaba pasando. Todo el mundo me gritaba que corriera y que no me parara.
Asustado, me imaginé lo peor y empecé a correr como si no hubiera un mañana. El corazón me latía a toda velocidad y apenas podía respirar. Miraba hacia atrás constantemente, temiendo descubrir qué nos perseguía. Adelantaba a algunas personas, pero no podía detenerme a ayudar a nadie.
Al ver que todavía había gente huyendo, aceleré el paso. ¿Un atentado? ¿Un robo? ¿Un tiroteo? Esas ideas me aterrorizaban, pero también me daban fuerzas para seguir corriendo y salvarme.
Finalmente, llegué a un extraño arco. Allí, varias personas me detuvieron al grito de «¡Enhorabuena!». Confundido, recibí una medalla y un hombre bien vestido me dijo:
—¡Enhorabuena! ¡Has ganado la San Silvestre Salmantina!
83. MISSION IMPOSSI-MAMA
MERCEDES ORTEGA NUÑEZ
MISSION IMPOSSI-MAMA
Cada mañana comienza mi carrera antes de que salga el sol. Corro para levantar a los niños, llevarlos al colegio y llegar al trabajo. Corro al supermercado, preparo la comida a contrarreloj y vuelvo a correr para recogerlos. Después corro para llevarlos a las actividades extraescolares, los deberes, las duchas, la cena y la casa, que nunca termina de estar recogida.
Mis piernas y mis zapatillas conocen cada rincón de Salamanca. No tengo medallas ni público que me anime, pero llevo años entrenando entre mochilas, lavadoras y listas interminables.
Por eso, cuando me inscribí en la San Silvestre Salmantina, todos me preguntaron si estaba preparada.
Sonreí. ¿Preparada? ¡Si llevaba toda la vida corriendo!
84. Cien metros
Enrique Castelló Navarro
Cien metros.
Aquella mañana, en el instituto, habían estudiado el poder igualatorio de la muerte.
Mientras el profesor hablaba, él estaba lejos: las discusiones de sus padres, la habitación compartida con sus dos hermanos, las clases particulares de inglés que no tendría, la bicicleta a la que jamás se había subido, las cenas familiares que nunca fueron.
Por la tarde llegó a la pista.
Allí no importaban los zapatos gastados ni las facturas pendientes, ni su nombre, ni el barrio donde había nacido. Sólo sus piernas, su alma y aquella línea blanca al final de la recta.
Se agachó, apoyó los dedos sobre el tartán y esperó la señal.
Durante cien metros fue dueño de todo lo que la vida le había negado.
Cruzó la meta el primero.
Entonces entendió que la muerte no era lo único que podía igualar.
85. Quinientos
Omar Fernando Argüello
Nadie sabe que una infancia terrible marca cada paso que da. Correr era escapar y escapar era vivir. Su velocidad no nació del entrenamiento, sino de la supervivencia.
El trescientos doce cubre su pecho, pero el único número que valora es el quinientos, que fueron los pasos que le permitieron escapar de la muerte, la noche en que los rebeldes invadieron su aldea y eliminaron a todos. Solo él se salvó.
Por esa razón, cuenta los primeros quinientos pasos, como si su existencia dependiera de ellos. Mira para todos lados, asustado, hasta que recuerda que está corriendo la San Silvestre Salmantina, que la selva pertenece al pasado, que el público le transmite el aliento que necesita y que nadie lo persigue. Recién entonces se concentra en la competencia. No tiene mejor aliciente que saber que, cuando cruce la meta, estará recuperando su identidad, su libertad y su alegría por vivir.
86. ESFUERZO
Jorge Vaquero Andaluz
Ayer busque la luz de la mañana y los colores dorados del Tormes, la ciudad somnolienta espera junto a la escarcha miles de pisadas en sus caminos, en sus veredas, en las sendas, en los puentes, en los adoquines de la Rua.
Hoy es un día especial, me he esforzado, sonreído, sudado, entrenado, los guantes de lana me siguen trayendo viejos recuerdos, añoranzas de los míos que tanto quiero.
Salgo a la calle, sin prisa, miro mi dorsal, mi reloj inteligente, el bullicio que destierra la monotonía, cruzo la Alamedilla, cada vez somos más, me animo, me aferro a mis sensaciones, a mi propósito, a mi ilusión, hoy puede ser mi gran día.
Salimos, me voy posicionando, al llegar a la Plaza suenan más altos los aplausos, el río, el puente romano, seguimos y por mi posición sigo ilusionado.
Subo, callejeo, desenfreno, el corazón alborotado, la cinta, he ganado.
87. 7007
Jessica Muñoz Paredes
Los kilómetros no saben cuántos somos.
Se extienden entre la salida y la meta, indiferentes, idénticos. Los mismos para quien corre a ganar y para quien solo necesita llegar. Para quien lleva una promesa en el bolsillo y para quien lleva un año intentando recuperar el aliento.
Suena el disparo. La Navidad aún está en la mesa. Cada kilómetro es el mismo para todos y distinto para cada uno: alguien deja sudor, alguien pelea con el miedo, alguien bajo un disfraz pronuncia un nombre en voz baja a la altura de la catedral.
De todo lo que podría contarse, solo hay una certeza: somos 7.007. La cifra se lee igual de ida que de vuelta.
Nosotros, no. Volvemos a casa cansados, pero por dentro, más ligeros.
88. PASO OBLIGADO
José Francisco Sánchez Lozano
En el kilómetro seis de la San Silvestre Salmantina, Elena vio salir a un corredor por la puerta lateral de un aparcamiento. Reconoció sus calcetines amarillos: lo había adelantado dos kilómetros antes. El circuito rodeaba el edificio por tres lados; por dentro, un pasillo unía la primera calle con la última.
Iba tercera. Memorizó el dorsal y se detuvo a avisar a un voluntario. Cuando volvió a correr, la cuarta ya la había pasado.
Al publicarse la clasificación provisional, acudió a la Secretaría. Recibió un impreso. En «Fecha de los hechos» escribió la de ese día. Anotó el dorsal y dibujó las dos puertas, la escalera y sus dieciocho peldaños.
La encargada extendió la mano. Elena retuvo la hoja.
Firmó. Pidió otro impreso, copió el dibujo y, en «Fecha de los hechos», escribió la de su victoria del año anterior.
En «Dorsal denunciado» puso el suyo.
89. Descarga las bases
RUBÉN MORATALLA MAYO
Un papel de cuatro dígitos sobre mi pecho. Delante del espejo, con unas canas ya incipientes, escaneo el esguince con unos golpecitos de ánimo. Valoro llegar hasta aquí un año más. Mi cabeza ha dibujado el recorrido durante la semana. Plaza Mayor, Puente Romano, Casa de las Conchas… El running es correr y apreciar. Mi CV guarda el frío de los entrenos, los wasaps de ánimo, las dudas y la nostalgia. Pero necesito algunas palabras más. No puedo limitar a ciento cincuenta la extensión de la carrera. Quiero unas líneas extra que me alienten a anudarme las zapatillas el próximo curso.
Me acerco a la meta emocionado, exhausto, cuando una voz me impide cruzarla.
«Pero no me haga esto, amigo —imploro—, ¿qué importa ahora si lo presenté sin título?».
Niega con la cabeza. Con gesto compasivo, me muestra una tablet, donde alcanzo a leer: «Edición 2027. Descarga las bases».
90. Embutido al ataque
Delia Rosa Santos Benavides
Me disfracé de hornazo de hojaldre gigante para correr la San Silvestre Salamantina, lo que me pareció un apetitoso y hermoso homenaje local. En la práctica –rodeada por miles de atletas— descubrí que el cartón piedra tiene la aerodinámica de un refrigerador.
Después de arrancada la carrera, y en la primera cuesta, me adelantaron un árbol de Navidad con luces led parpadeantes y un pulpo que chocaba sus tentáculos contra el resto de los corredores. Para colmo, mi disfraz era tan realista que un perro me persiguió intentando morder mi “zona de chorizo”.
Crucé la meta sudando grasa imaginaria y con el hojaldre destartalado. No gané, pero nadie puede quitarme el orgullo de haber sido la empanada más sabrosa y veloz de toda Salamanca.
91. SU TRIUNFO SOY YO
ELENA OLIVELLA
La carrera está a punto de iniciarse. En la salida, doscientos millones de participantes arrancan a la vez hombro con hombro, nadando en la oscuridad, batiendo la cola. Todos hacia la misma meta, con la misma ambición ciega empujándolos por el túnel. El favorito marca el ritmo y abre hueco; detrás, el pelotón se deshilacha. El pH ácido dificulta el recorrido. Caen los primeros, exhaustos, antes del ecuador. El medio tramo es una carnicería de rezagados. Quedan mil, cien, diez. El favorito encara la meta con dos cuerpos de ventaja cuando pierde fuerza debido a los glóbulos blancos. Por el carril de la izquierda, uno de cola irregular, aprovecha el momento. Última brazada. Toca la membrana. Entra en el óvulo. ¡Es el ganador!
Y treinta y nueve años después, gracias a ese triunfo, puedo estar en la línea de salida de la San Silvestre.
92. UN SANTO MARATONIANO
JUAN ANTONIO PEÑA CUPEIRO
¿Quién es San Silvestre? ¿un atleta de la antigua Roma?, no, el Santo fue un Obispo que tuvo la suerte o la desgracia de morirse un 31 de Diciembre, si, cuando nos comemos las uvas y despedimos el año, pero su fama no le llega por la ingesta del fruto o el desmadre de esa noche. Fueron los franceses, a principios del siglo XX, quienes iniciaron unas carreras populares con antorchas el día de San Silvestre, después tomo el relevo Sao Paulo, y hoy en día, cualquier lugar que se precie tiene su San Silvestre.
Todas las carreras con el mismo nombre y todas tan diferentes, las hay en la playa, en el campo, en los centros urbanos, pero no hay nada tan inspirador como correr una San Silvestre sobre piedras milenarias y sortear edificios emblemáticos, en donde la historia sale a borbotones, por si alguien la caza al vuelo.
93. La marca
Carlos García Carmona
Mi padre supo dónde había ocurrido antes de que terminara de contárselo.
—Esa curva siempre ha estado mal señalizada.
Tenía la copa encajada entre las rodillas. Había cruzado por el sendero del molino, mientras los demás rodeaban la tapia.
—Nadie te ha dicho nada —añadió, metiendo la llave en el contacto.
Por la ventanilla vi al segundo alisar el dorsal sobre una rodilla antes de guardárselo. Le pedí que esperara.
El juez recogía las vallas. Tuve que contarle lo del atajo dos veces: la primera hablé mirando al suelo. Apuntó mi dorsal y dejó la copa en su mesa. Volví al coche con las manos metidas en las mangas.
En casa, mi padre bajó del estante la copa que nunca me dejaba tocar. Debajo quedó un círculo limpio. La envolvió en un trapo y buscó las llaves.
—¿Me acompañas?
94. El año que viene, mejor
Miren Elixabete Murgiondo
Chocolate, molinillo, corre, corre, que te pillo. Lo repetía sin cesar en su cabeza, con la vista fija en un grupo de treintañeros que comenzaban a alejarse demasiado. El sudor resbalaba por su frente y, cuando aquella maldita gota cayó de lleno en su ojo derecho, el escozor le hizo cerrarlo con fuerza junto con su compañero izquierdo. Ese fue el momento en el que, mientras tropezaba y caía, se propuso dos cosas:
- nunca más hacer caso a su madre en lo que a temperatura se refería (en Salamanca en diciembre hacía fresco, pero no había necesidad de llevar una térmica por debajo);
- reducir en un 50% la ingesta de polvorones para lograr en 2027 igualar su marca de la SanSil 2005.
Se iban a enterar esos millennials. O centennials. Lo que fueran. Se iban a enterar de lo que vale un boomer. Ay qué ricos aquellos chicles.
95. SUSI BRUTAL
César de las Heras Cobas
Nació en la Fuente del Berro en 2018. Sus padres, corredores, le han inculcado su amor por el deporte, el gusanillo de la competición. Susi tuvo unos problemillas al nacer, y eso le impide echar a correr como quisiera, aunque sus padres han creado un trío que nunca se ha detenido ante las dificultades. A Susi (que cuando se enfrenta a un desafío no conoce ni a su madre) le pirra correr por Salamanca. Mario, el padre, se encarga de empujar; Luisi del apartado psicológico y de la fiera; y es que Susi no tiene arreglo: es vestirla de corto, subirla a la silla de ruedas, afirmarla al arnés, y el veneno de la competición la transforma. Así, mientras Mario se afana y Luisi, en paralelo, anima, Susi asoma la gaita por la silla, mira al participante que rebasan con cara angelical y se parte con los cortes de manga.
96. La meta estaba en compartir
Zurisley Rementeria Agüero
La meta estaba en compartir
Cada 31 de diciembre, Salamanca se llenaba de corredores y sonrisas. Marta llevaba semanas entrenando, pero aquella mañana no pensaba en marcas ni en medallas. A sus setenta años, solo quería volver a sentir el latido de la ciudad bajo sus zapatillas.
En la salida, un niño le preguntó si ganaría la carrera.
—Ya he ganado —respondió ella, señalando a la multitud.
Sonó el pistoletazo y las calles se convirtieron en un río de colores. Durante el recorrido, Marta recibió aplausos, chocó manos y ayudó a levantarse a un corredor que había tropezado. El niño pasó junto a ella y le tendió la mano para continuar juntos.
Al cruzar la meta, exhaustos y felices, comprendieron que no importaba quién llegara primero.
Aquella San Silvestre les había regalado algo más valioso que un trofeo: la certeza de que, cuando corremos unidos, todos alcanzamos la meta.
97. Un martes cualquiera
Sergio Arce Sobrao
A ver, me levanto a las seis de la mañana y me pongo a cocinar y a planchar. Luego preparo la ropa, los desayunos. Llevo a los niños corriendo al colegio antes de que suene el timbre, salgo escopetada hacia el trabajo. Como del táper en tiempo récord, vuelvo a por los niños, les doy la merienda, los llevo a extraescolares a la carrera, voy a hacer la compra y derrapo con el carro al tomar los pasillos del súper. Regreso a por mis hijos, preparo la cena y los llevo a dormir. Antes de meterme en la cama, me pongo el cronómetro hasta el próximo pistoletazo de salida.
Así que no creo que me merezca este trofeo, la verdad. Lo llaman la San Silvestre Salmantina, pero para mí bien podría llamarse «un martes cualquiera». Tal vez si hubiera una categoría especial para nosotras, las madres, todavía.
98. PREPARADOS, PENSAMIENTOS… ¡YA!
Carlos San Pedro González
Era la tercera vez que lo veía. Estaba en el Puente Romano y luego en plena calle Libreros.
¿Cómo es posible que ande un conejo suelto en plena Salamanca?
Siguió el curso de la carrera; quedarían unos quinientos metros. Se giró y el conejo seguía ahí quieto, la gente parecía no advertirlo. Entonces paró en seco, viró y empezó a correr para salvarlo.
Asustadizo, el conejo comenzó a brincar huyendo contra la marabunta imparable de atletas.
Carlos entró en pánico. «¿Qué hago corriendo a contracorriente por un conejo? ¿Es que nadie lo ve?». A punto de alcanzarlo, el conejo se detuvo, sonrió y sonó el disparo de salida.
99. El dorsal
Álvaro A. Yáñez
Salió de casa con veinte minutos de retraso y echó a correr. Al doblar la esquina, cientos de personas corrían también en la misma dirección. ¡Qué ciudad tan comprometida con la puntualidad!
Había ancianas, niños, gente disfrazada e incluso algunos parecían disfrutar. Unos volaban; otros se quedaban rezagados, rojos como tomates, sin aire. Un señor le ofreció agua. No tenía tiempo para tonterías.
Apretó el paso y consiguió adelantar a toda aquella marabunta. Al llegar a la plaza, exhausto, se detuvo para recuperar el aliento. Una chica con una libreta se acercó y le pidió el dorsal para incluirlo en la clasificación.
Él la miró, desconcertado.
—¿Qué dorsal? ¡Si yo llego tarde a trabajar!
Aquel año, el ganador de la San Silvestre Salmantina no subió al podio. Tenía que fichar.
100. Huella de sombras
Carmen Apolonia
Salamanca no duerme bajo la escarcha; late. Diciembre exhala su último aliento sobre la piedra franca, tiñendo las catedrales de un dorado antiguo mientras el frío afila el aire.
Un rumor de suelas despierta el asfalto. No corremos para huir del tiempo, sino para alcanzarlo. Miles de pechos abrigan el mismo fuego, una marea humana que desafía al invierno, entrelazando zancadas como versos sobre la calle San Pablo. Cada aliento es una nube de esfuerzo; cada pulsación, un eco que retumba en la Plaza Mayor.
Nuestras sombras, trenzadas por la luz del atardecer, devoran los kilómetros compartidos. Hay un aliento invisible que nos empuja: la certeza de que correr es abrazar la vida antes de que expire el año. Al cruzar la meta, la ciudad entera se vuelve abrazo. No hay prisa, solo la gloriosa eternidad de una zancada que vence al frío.
101. JUNTO A LA CAMA
Araceli fernández Suárez
Las viejas zapatillas reposan junto a la cama un año más.
El disparo. La salida. Las zapatillas despegan. Juan adelanta a los corredores. Sus amigos lo animan; sus padres sonríen.
La meta se convierte en un túnel. Él vuela mientras Salamanca desfila bajo sus pies. Los aplausos crecen. Apenas quedan unos segundos.
Y allí está su hermano, con la copa alzada hacia el cielo y el dorsal entre las manos.
Juan.
Las viejas zapatillas seguirán junto a la cama un año más.
102. En el camino correcto
Mª Sonia Otero Rodríguez
Corrió para no quedarse parada, otra vez.
Corrió porque pensó que si era capaz de hacer media carrera tendría valor para comenzar todo cuanto tenía pendiente y debía hacer, por los demás, pero sobre todo por sí misma.
Corrió porque supo que, si lograba terminarla, estaría en el camino correcto. Nada le impediría cambiar de rumbo. Nada ni nadie volverían a interponerse en sus decisiones. No sería silenciada. Estaba ahí y sería capaz de continuar, de tomar decisiones.
La había visto durante muchos años. Una mera espectadora más.
Ahora era partícipe. Sabía que estaba en el lugar apropiado.
Llegó a la Calle Libreros y aferrándose a la leyenda estudiantil que tantas veces había escuchado, elevó su cabeza hacia la rana sobre la calavera y sintió que la buena suerte estaba de su parte. Para todo lo demás, solo tendría que sudar la camiseta.
103. Tradiciones
Paloma Lucas Hidalgo
Parece que han pasado siglos, aunque apenas hayan transcurrido doce meses. Por fin ha llegado la San Silvestre, anunciando el fin de año.
Los días previos han sido los peores, empiezas a ver a todos entrenar, estirar, presumir de las últimas zapatillas recién traídas por el viejo barbudo ese. Algunos intentarán batir marcas; otros, simplemente, reunirse con los amigos cuando vuelven a la ciudad.Los más sensatos aparecen disfrazados, que siempre me ha parecido una forma estupenda de admitir que uno viene a disfrutar del esfuerzo.
Y por fin empieza la carrera. Pasan a mi lado resoplando, maldiciendo las cuestas y prometiendo que el año que viene comerán menos hornazo el Lunes de Aguas.
Yo no me muevo, llevo aquí muchos años, dispuesta a verlos caer. Cada diciembre vuelven a tropezar conmigo. Literalmente.
Qué quieren que les diga: las piedras también tenemos nuestras tradiciones.
104. El dorsal
Francisco Alfaro Torneiro
Juan Cruz había apostado a que le tocaría el 7007; si acertaba, debía correr en sandalias. Cuando recibió el dorsal, encontró en su simetría la ironía que da fama al universo.
Al primer paso en la avenida, la tira de cuero se cortó. A cada zancada, el extremo suelto le golpeaba el talón como una flecha que le abría la piel de la superstición. Se apretó la herida y siguió; la sangre le manchó los dedos. El ardor borró el bullicio. Los edificios parecieron apartarse; la ciudad se abrió en un baldío resplandeciente: el río. Cerca de la meta, el pie lastimado cedió. Un desconocido lo sostuvo del brazo y lo arrastró hasta el final. Agotado, Juan Cruz se limpió la mano en el pecho: la sangre desfiguró el 7007. El desconocido ignoraba la apuesta; le bastó verlo caer.
105. Línea de meta
Victor Pereira
Cada fin de año, Salamanca celebraba a carrera cuyo vencedor obtenía un deseo, aunque nadie recordaba a quienes llegaban segundos, pues jamás se los volvía a ver. Antonio llevaba once años preparándose; su madre había desaparecido en aquella carrera cuando él tenía seis, y lo único que deseaba era recuperarla.
Corrió junto a una bandada de gorriones que antaño habían sido hombres, entre sombras abandonadas por sus dueños hasta alcanzar la meta, donde lo esperaba el silencio.
—Quiero que vuelva mi madre.
Desde el horizonte, apareció una mujer de la mano de un niño cuya cicatriz sobre la ceja era idéntica a la suya.Mateo tenía seis años de nuevo, frente a una tumba abierta, desde cuyo interior su madre lo llamaba. Comprendió que nunca había corrido hacia la meta, sino hacia el instante anterior a perderla.
Esta vez, entró en la tumba. Y la muerte ya no lo asustó.
106. La luz al final del túnel
Nuria Hernández García
La vidriera estalló en mil pedazos de colores. Salí veloz, camuflándome entre los corredores de la San Silvestre. No llevaba dorsal, pero avancé tan rápido que no pudieron detenerme. La última vez que le rompí algo a mamá juró ponerme las maletas en la calle. Le pedí paciencia, un científico no se hace en un día. Ella alegó que ya tengo treinta años y que me fuese a experimentar al desierto. Así que del susto comencé a acelerar bañado en sudor, convencido de que sería capaz de alcanzarme. Mientras corría pensaba en cómo excusarme. Tal vez si le regalaba el collar de caracolas que tanto le gustó se calmaría. Ya casi alcanzaba la meta cuando lo vi caer. Se había torcido un tobillo. Lo cargué a la espalda y cruzamos juntos. Era el hermano de mamá. Él la llamó para decirle que yo era un héroe. Uff, por los pelos.
107. Desde el balcón .
Maria Figueroa
Desde el balcón observo a la multitud avanzar, la mayoría corren, otros trotan y algunos caminan. Anhelo tener esa motivación para integrarme pero mi mente es muy pesada y mi cuerpo sufre cada vez más.
Una lagrima pequeña cae por mi mejilla mientras veo como las personas disfrutan de su carrera.
—¿Ya le cambiaste el pañal a tu abuelo? —interrumpe la voz de mi madre desde la penumbra de su cama.
—Aún no, ya voy —respondo en voz baja.
Mientras cierro el ventanal, contemplo por última vez la meta lejana y regreso a la marcha infinita que me consume día a día.
108. SILVESTRIS
Rosa María Rodríguez Téllez
Federico y Anselmo llevaban veinte años corriendo juntos la San Silvestre Salmantina. Veinte años discutiendo quién había ganado, aunque jamás hubieran llegado entre los primeros.
Cuando diagnosticaron ELA a Anselmo, Federico le hizo una promesa:
—El día que no puedas correr, te llevo yo.
—Pues entrena, que peso ochenta kilos.
Aquel diciembre, Federico empujó la silla de su amigo durante todo el recorrido. En las cuestas protestó, en las bajadas rezó y en la última recta descubrió que Anselmo llevaba el freno puesto.
—¡Serás desgraciado!
Anselmo sonrió.
Cruzaron la meta entre aplausos.
—Hemos batido nuestro récord —dijo Federico, jadeando.
Anselmo escribió en su comunicador y le mostró la pantalla:
«Reclamo la victoria. Yo he llegado primero».
Federico miró la silla.
Era verdad.
Llevaba veinte años esperando ganarle una carrera.
109. Farinato
Alberto de Frutos Dávalos
Qué llevó a Ramón a disfrazarse de farinato para correr la San Silvestre salmantina nadie lo supo nunca. El hombre se embutió en el embutido, se relamió la manteca de los brazos para coger fuerzas y echó a correr por el paseo de San Antonio como cerdo que llevara su san Martín.
Los kilómetros se sucedieron sobre sus piernas rojo anaranjado. Una niña lo animó en el Puente Romano: “¡Corre, farinato, que tú puedes!”; lo alentaron los voluntarios y también un repartidor desde su bicicleta.
Nada le pesaba, y Ramón entendió cuál era su superpoder. No es que el disfraz le diera velocidad, sino que a sus vecinos les daba el permiso para jalearlo.
Media Salamanca lo empujó cuando cruzó la meta, sudando bajo la grasa, y Ramón sonrió feliz: nunca había llegado tan lejos, ni tan bien acompañado.
–¿Tiempo? –preguntó el juez.
–Qué más da, ¡hoy he volado!
110. Contigo
Alba Bolao Martín
El frío de diciembre inundaba sus pulmones. Ambos sabían la importancia que tenía aquella gesta.
Las calles de Salamanca estaban repletas de gente. La ciudad se había vestido de invierno, pero aquella mañana nadie parecía tener frío suficiente como para quedarse en casa. Los corredores aguardaban la salida, impacientes por echar a correr.
La señal sonó y la multitud se puso en marcha. Los primeros metros fueron un caos de hombros que se rozaban, pasos apresurados y respiraciones entrecortadas. Él buscó su ritmo entre los corredores, intentando ignorar el vacío que sentía a su lado.
Bajó la mirada hacia sus zapatillas. Estaban desgastadas, con la suela vencida y los bordes deshilachados. Había pensado en cambiarlas muchas veces, pero nunca encontraba el momento. Aquellas zapatillas guardaban demasiados recuerdos, demasiados kilómetros compartidos como para abandonarlas ahora.
Aquel día, solo uno corría, pero en cada una de sus huellas seguían cabiendo dos.
111. Ánimo
Antonio Arteaga Pérez
Toda Salamanca parecía agolpada tras las vallas, pero yo solo buscaba un cartón marrón. Me habían advertido que la San Silvestre con tres grados bajo cero era una locura para mis pulmones recién operados, pero necesitaba llegar al kilómetro cuatro. Al doblar la Clerecía, entre capas de abrigos y bufandas rojas, vi una mano solitaria que sostenía el letrero: «¿Ves cómo sí podías, papá?». Las lágrimas se congelaron en mis mejillas de inmediato. No me detuve a buscarla y abrazarla porque me había jurado llegar hasta el final, pero hice un gesto con el pulgar en alto. Cuando crucé la meta y miré el móvil para llamarla, un mensaje de mi hija ya estaba allí esperando: «Papá, acabo de aterrizar en Barajas, no llego a tiempo para verte correr». Me di la vuelta, atónito: una desconocida seguía animando a otros padres con mi mismo milagro.
112. Una voz interior
Miguel Ángel Moreno Cañizares
Hoy es un día importante para ti y me siento feliz. Igual piensas que me precipito, que ya habrá tiempo de hablarlo —las madres siempre llevan razón — pero tendrás que aceptarlo. Mamá, me alegro muchísimo de ser tu hijo y descubrirte poco a poco, y que tú me descubras a mí. No es fácil ser madre soltera, por fortuna eres fuerte, lo noto en cada palabra, pero aún más en cada movimiento. Eres cariñosa, tus susurros siempre me confortan. Cuando escuchas palpitar mi corazón, mi corazoncito te responde que eres la madre más buena, guapa y dinámica. Falta muy poco, lo presiento. Aún no he nacido y estoy impaciente por ver tus ojos, tus labios, tu sonrisa… y cómo me acurrucas en tus brazos. Seguro que el parto va a salir bien, pero, por favor, corre más despacio que igual tenemos que irnos directos de la meta al hospital.
113. El último dorsal
Manuel Vázquez Mourazos
Cada 31 de diciembre, mi abuelo prendía con cuatro alfileres el dorsal 47 a su jersey de lana y se plantaba en la Plaza Mayor. Nunca corrió; la cojera se lo impidió desde joven. Pero aplaudía a todos los que entraban, y más fuerte a los últimos.
—Los primeros ya tienen quien los aplauda —decía.
Este año el jersey me queda grande y el dorsal, amarillento, tiembla en mi pecho. Me adelantan niños, abuelas, un hombre disfrazado de Papá Noel. Entro en la plaza el último, con las piernas ardiendo y el aliento hecho nube.
El aplauso es enorme. Busco entre la gente y no veo a nadie, pero algo en el aire me empuja hacia la meta.
Y sé exactamente quién aplaude más fuerte.
114. Manada
Noelia Poblete García
Adelanto al pelotón sin esfuerzo, pero la pantorrilla izquierda está dando guerra de nuevo. Ni recuerdo desde cuándo arrastro la lesión.
Aprieto el paso. Inspiro profundamente para cambiar el ritmo de la respiración y empiezo a estirar las zancadas.
Una especie de memoria atávica me recorre cada fibra. Intento concentrarme como si me fuera la vida en cada metro conquistado. Puedo anticipar los obstáculos del terreno, me voy fundiendo con el sonido del viento, la densidad de la tierra, el olor de la sangre, hasta que el cielo mengua y la inercia me sigue empujando hacia adelante cuando caigo.
Todo se hace borroso, no puedo despegar la cabeza del suelo. El sudor se enfría sobre mi carne, y la sangre, siento un calor espeso derramarse. Mi pantorrilla izquierda se amalgama con el suelo. Ya no duele.
Se han detenido, alcanzo a distinguirlos. Dudan, huelen mi rastro, se acercan sigilosos.
115. Cambio de planes
José Manuel Dorrego Sáenz
A ver, yo el microrrelato de la San Silvestre lo tenía encauzado con sus protagonistas y secundarios, con sus héroes y villanos y un corredor que quiebra su tobillo a la tercera zancada, o a la tercera curva, no recuerdo. Grito, dolor, aspavientos y todo el drama. Duda si retirarse o no, esa manía que tenemos por salir de nuestra zona de confort. Incluso introduzco el asunto/tema de la superación, ese venirse arriba.
Luego lees las bases del concurso y te dicen que no se puede utilizar la IA. No estaba en mis planes, pero es que te provocan, así que se lo planteo a mi IA de confianza y me sugiere que el corredor lesionado aguanta, tira de heroísmo y finalmente gana: me ha salido una IA algo clásica y con un romanticismo decimonónico, amable, previsible (Si no discuto con ella es porque siempre me da la razón)
116. Ojos bien abiertos
Diego Murgia
Para evitar que el sudor le moleste la vista, Ángel lleva un pañuelo en la mano. Entre esos siete mil participantes, se ha preparado como siempre y como nunca para este día. Casi ni pestañea. Lleva sus ojos bien abiertos, registrando cada paso, metro y kilómetro de su Salamanca querida en esta travesía. Ya no pretende ganar como cuando joven, ni competirle al reloj, al contrario. Completar el certamen, a un paso lento y seguro, le permite esta vez disfrutar del lugar en el que creció. Ángel sonríe con nostalgia al ver la Plaza Mayor ya sin escenario ni autos estacionados, o el Puente Romano tan turístico y sin tráfico, o las impensadas puertas abiertas de la Casa de las Conchas... El público, al lado del camino ve su esfuerzo y lo anima. Es su última carrera. El sudor no llega a los ojos de Ángel. Pero sí las lágrimas.
117. PARECE MENTIRA
Manuel González
Parece mentira,
Pero otro año más estaré pendiente de mi teléfono,se abren inscripciones para la sansil de salamanca,bufff
Solo en pensar,llegar a ese patio de colegio a coger dorsal,luego calentar y ahora si.....salidaaa
Nervios algún que otro codazo y curva y ya estoy aquí donde tantas veces se me pone la piel de gallina al pasar por esas calles que me emociona hasta escribirlo,y cuando la carrera se pone más dura más gente hay animándote,no importa el clima y esa llegada que tengo la gran suerte de esperarme mi familia y si encima me sale buen tiempo de carrera pues mejor y sino para otro año nos volveremos a ver salamanca,
Sin esfuerzo no hay recompensa......
Parece mentira
118. LA CARRERA DE SILVERIO
María José Toquero del Olmo
A sus setenta y dos años, Silverio tomó la salida de la San Silvestre Salmantina. Le pesaban las piernas.
En la Plaza Mayor tenía sesenta. Sus hijos lo animaban desde los soportales y su mujer sostenía al primer nieto.
Al cruzar el Puente Romano, su edad se redujo a treinta. Empujaba el cochecito de su hija mientras su hijo perseguía las palomas.
En Libreros tenía veinte. Llevaba pantalones de campana y besaba a su novia en el Café Novelty.
En la avenida de Comuneros era un adolescente que corría para llegar al instituto.
Finalmente alcanzó el paseo de San Antonio. Tenía ocho años y estrenaba zapatillas.
—¡Vamos, campeón! —gritó su padre.
Silverio corrió hacia sus brazos.
119. LAS FLECHAS
Joaquín Iborra Mateo
La vi en la salida y decidí al instante dos cosas: primera, que iría toda la carrera junto a ella; segunda, que al terminar haría lo posible por conocerla.
Si he de serles franco, fue más difícil ir tras ella durante los diez kilómetros que entablar conversación al terminar la prueba. Su ritmo era muy superior al mío: 27 años frente a mis 52.
Me esforcé en que percibiera que seguía su estela, así me resultaría más fácil darle palique al llegar a la meta. No di un relevo y llegué muerto, pero llegué con ella. Con la bella y grácil Elsa.
Este año volveremos juntos a Salamanca, pero siento defraudar a los amantes de los finales felices: las flechas de 2025 no la alcanzaron a ella, solo a mí. Somos buenos amigos ahora, aunque la imaginaria herida amorosa sigue siendo en mi caso una herida abierta.
120. El corredor que no corría
ALDO OSCAR MIRANDA
Mi nieto nunca pudo correr. Su discapacidad lo dejó mirando la vida desde una cama, observando la carrera que comienza sin él. Cada año, cuando llega la San Silvestre Salmantina, me pide lo mismo: —Abuelo, corré por los dos. Ya no soy joven y cargo mis viejos achaques, pero salgo igual. No para ganar, sino para que él sienta que también está en la línea de salida. Mientras avanzo, imagino sus manos apretando los apoyabrazos, como si empujara conmigo, como si quisiera regalarme la energía de su juventud. El aire me falta, las piernas duelen, pero su sonrisa —esa que solo él sabe dar— me empuja más que los dolores. Cuando cruzo la meta, levanto los brazos. No por mí. Por él. La gente aplaude a todos, entendiendo que algunos triunfos no se miden en tiempo, sino en amor. Porque cada llegada simboliza el dolor de los que no pudieron.
121. MÁS ALLÁ DE LA CARRERA
Jacobo Vieites Sánchez
Corrían por las calles de Salamanca con la respiración acelerada y el corazón desbocado. Las zapatillas golpeaban el asfalto de forma incesante. Desde el Paseo de San Antonio hasta la Plaza Mayor, sus figuras avanzaban entre el sudor, el cansancio y una ilusión que parecía empujarlos. Algunos apretaban los dientes; otros sonreían. Todos querían llegar.
Los vi cruzar la plaza bajo la noche salmantina. Pálidos, casi transparentes, con el rostro desencajado y su figura espectral. Pero uno tras otro seguían corriendo.
La interminable fila de fantasmas completaba su particular carrera.
Desde el balcón, contemplé cómo desaparecían entre las sombras.
Miré mis zapatillas junto a la cama y la ropa preparada sobre la silla. Mañana yo volvería a correr la San Silvestre.
Después sonreí y apagué la luz.
Era cierto que nadie quiere perderse la San Silvestre.
122. Volveré
Jorge Guzmán
No quiero parar. No es que no deba… es que simplemente no quiero. Las rodillas me están matando. Creí haberme preparado, pero tantos años dedicado al ritmo que marca la vida no se olvidan por unos meses de preparación. Tendría que haberme cuidado más. Querido más. Hoy estoy aquí por ti… pero prometo que volveré… volveré por mi. Frente a tanto arte mis zancadas parecen cubistas. No puedo evitar sonreír. Esa broma me la habrías hecho tú. Te hecho tanto de menos. Aquí estoy por ti. Porque no te lo olvido, porque te añoro y más te quiero. Yo cubista y tu plateresco… vaya familia. Aquí hay tanto ruido. Se siente la emoción. Se siente el cariño y el apoyo. No los conozco… ah, bueno, a ese sí. Ha venido Paco. Te veo a su lado. Ya queda menos. Volveré. Volveré más fuerte por ti. Por ti y por mi.
123. Alcanzando metas
Angel Blázquez García
Cuando mis pies me condujeron al Paseo de San Antonio, el éxtasis apenas me permitió vislumbrar los rostros fugaces de los aficionados y percibir el eco de sus desgañitados gritos de aliento. Verme solo, con la pancarta de meta al fondo aguardándome, me espoleó a sacar fuerzas de flaqueza para superar a mi último rival. Guiado por mi ritmo enfermizo, no me extrañó el no divisar la cinta que los campeones rasgamos con el pecho erguido cuando franqueamos una línea más. En ese instante mis ojos avistaron el luminoso cronómetro: pasaban cuarenta minutos desde la llegada del vencedor y de una masa de corredores que había quemado el gélido asfalto.
En los últimos metros, mientras unos ancianos gozaban acribillándome con su espray “efecto nieve”, la chiquillería se unió a mi carrera para llevarme en volandas y certificar la apoteósica victoria moral que cambiaría para siempre el ritmo de mi vida.
124. A la par
Martín Ariel Monforte Salcedo
A la par
Encontré el dorsal de mi madre entre las páginas de un libro. Detrás había escrito un tiempo y una palabra: «Mejorar».
No recordaba haberla visto correr. Para mí, siempre había sido la mujer que sostenía los abrigos, esperaba junto a las mochilas y nos encontraba entre la multitud.
La llamé.
—¿Vos corrías la San Silvestre Salmantina?
—Todos los años.
—¿Y por qué dejaste?
Tardó en contestar.
—No sé. Un año no fui.
Este diciembre nos inscribí a las dos. Antes de salir, me acomodó el dorsal y comprobó que estuviera bien sujeto. Después me pidió que hiciera lo mismo con el suyo.
Cuando dieron la salida, estaba a mi lado. Me pregunté cuántas cosas más de ella me faltaba conocer.
125. CORRER POR LA VIDA
Omar Arévalo
CORRER POR LA VIDA
Corre que la vida se acaba y te falta ver más atardeceres
Corre y renueva la vida para disfrutar más amaneceres
Corre y siente la brisa balsámica de la San Silvestre Salmantina
Corre y escucha el tropel de almas con protones de emoción
Corre, corre, corre y respira la esencia de la eterna navidad
Corre y deléitate con sabores, olores y colores maravillosos
Pasa el otoño, alcanza al invierno y vence con el calor de un espíritu inquieto.
126. El precio de ser el primero
Javier González Delgado
Ser un campeón no es un regalo, tiene que ver con la ambición, pero también con la disciplina, la concentración y el sufrimiento. Iba en cabeza desde la salida en la San Silvestre. Todos quedaron atrás, también sus amigos. Incluso ella.
Al cruzar el puente romano, sintió la humedad del Tormes calarle la camiseta y le invadió ese olor mineral de los ríos en invierno, como si el agua arrastrara, entre rocas milenarias, el aliento helado de la sierra. No tenía frío, al contrario, aquellas piedras antiguas parecían transmitirle una cálida serenidad.
Nunca había sentido nada igual. Entonces se vio a sí mismo en la meta, envejecido, con el pecho cubierto de medallas. Solo.
Despertó en la habitación del hotel. Con calma repasó mentalmente el recorrido. No pensaba perder aquella noche, pero, por primera vez, se preguntó si alguien lo esperaría en la meta.
127. Cuestión de cálculo
Javier Acín Biota
Llevo un caparazón de cartón piedra que me obliga a correr encorvado. A mi espalda oigo el resoplido inconfundible del vigente campeón. Con sus zapatillas de trescientos euros y su pulsómetro de última generación, es el favorito de las apuestas.
Doblamos por la calle Libreros. Él acelera. Cada poco, recorta la distancia entre nosotros por mitades. Lo que en el tramo inicial de la San Silvestre parecía una diferencia insalvable ahora es una ventaja exigua. Sé lo que piensa: me va a adelantar, como a todos los demás.
Justo cuando su mano va a rozar mi hombro, la sombra de la fachada de la Universidad nos envuelve. El espacio se vuelve infinito, fraccionado en una sucesión de momentos eternos. Mientras tanto, mantengo mi paso firme, inexorable.
Aquiles sigue persiguiéndome en el mismo milímetro. Yo cruzo la meta, sonrío a las cámaras y prosigo mi marcha, rumbo al estanque.
128. LA SOMBRA
GÉNESIS
Cuando desperté, la pulga dio un salto y pensé que debía ser ella la que corriera la San Silvestre. Pero me calcé las zapatillas y salí, dejando mi sombra encerrada en casa.
Salté la primera valla maldiciendo el picor. Tras la segunda, el chip del tobillo pitó. En el control dijeron algo de otra lista.
La tercera apareció de repente, en la calle Compañía. Cuanto más me acercaba, más se elevaba. El juez advirtió que nada de trampas. Cerré los ojos para no ver el miedo de mi novia, la rabia de mis compañeros. Salté. Me despellejé las manos al caer.
La última valla estaba en el paseo de San Antonio. Al otro lado estaba la orden de alejamiento.
También mi sombra. No pregunté qué hacía allí. Para llegar a la meta tendría que mudar de piel.
129. Nunca dejes de correr
María Mora Muñoz
Mis piernas arrastran miles de kilómetros desde aquel punto de partida en 1984 donde todo comenzó con mi primera carrera que fue la San Silvestre Salmantina. Comencé a correr con treinta y ocho años y una fuerte depresión que minaba mis ánimos. Un buen día leí en el periódico que el deporte ayudaba a sanar y mi esposa me animó a inscribirme y prepararme. Aquella fue la primera de muchas, pues, poco a poco, volví a sentirme vivo cada vez que el aire acariciaba mi rostro, sentía la velocidad y la adrenalina que mi cuerpo generaba al correr. Recuperé la vitalidad, la energía, mi vida y me prometí que nunca dejaría de correr. Cuarenta años han pasado ya desde aquel día y, hoy, sonrío realmente emocionado porque mi hija y yo aquí estamos calentando para recorrer juntos las calles en esta nueva edición.
130. AMIGOS
EVA MARÍA VALENCIA CAMINOS
Lleco 5 minutos de carrera, mi disfraz de pintor salmantino me queda a la perfección, me siento bien, no muy cansado. Durante el trayecto voy disfrutando de la ciudad y su belleza. Me coloco segundo cuando ya llevamos 20 minutos, y siento una punzada de nervios y alegría pensando que podría llegar el primero. Al avanzar 100 metros el que va delante mía cae de bruces, mi primer pensamiento es de triunfo, pero al instante una bofetada de culpa recorre mi cara. Paro en seco, y vuelvo a por él. Lo levanto. Él llora. Va vestido de payaso. Y las lágrimas le borran la pintura de su sonrisa. Llegamos juntos, entre llantos y risas y desde entonces sin saber en que posición quedamos, fuimos los primeros en no perder la esperanza. Ahora somos inseparables, y que mejor trofeo que conocer a un buen amigo.
131. Autorretrato
Lorenzo de Castro Mazarro
Nací español. Muy pronto, empecé a correr. También fui extranjero. Y maté ballenas. Y continué corriendo. Y bebí sangre. Y morí. Y resucité. Y nunca dejé de correr. También fui duelista. Gané ocasionalmente. Otras veces, perdí. Pero nunca decaí. Siempre adelante. Fui escribiente. Y surqué mares. Y visité Marte. Y allí también corrí. También fui contrabandista. Y ladrón. Y juez. Y esclavo. Y sacerdote. Y escarabajo. Y nunca deje de correr. Asesiné inocentes. Cometí adulterio. Ascendí montañas. Guillotiné reyes. Y siempre fui adelante. Además, fui Dios. Y también demonio. Desarbolé molinos. Y enamoré jóvenes. Siempre, siempre adelante. Padecí enfermedades. Creé universos. Maté leones. Corté manos. Vendí almas. Inventé monstruos. Pero nunca me di por vencido. Leí y corrí mucho. Sé poco, pero vi mucho. Y sí, viví mucho.
132. La línea que nadie veía
Gervasio Villaverde
Mi madre dibujaba una línea de tiza en el portal y me decía: «Hoy, hasta aquí». Yo la cruzaba siempre.
Después llegó la prótesis. Aprendí a correr contando farolas, no kilómetros; a conocer el asfalto de Salamanca por sus piedras, que guardan el frío como una promesa. Cada mañana, antes de que la ciudad abriera los ojos, pasaba junto a la catedral y saludaba a las campanas con la mano.
El día de la San Silvestre llevo tiza en el bolsillo. En la salida, alguien me empuja sin querer y caigo. Me levanto antes de que nadie pueda preguntar si estoy bien.
En la última recta, la Plaza Mayor arde de voces. No pienso en el cronómetro: pienso en la línea de tiza.
Cruzo la meta.
Y, con el dedo, borro del aire la palabra hasta.
133. 7006
José Antonio Abellán Contreras
La San Silvestre de Salamanca exhala el último aliento del año y, de pronto, vuelvo a ser aquel niño que corría con las mejillas heladas un domingo cualquiera, hacia el parque de La Alamedilla para intercambiar cromos.
"Sile" puedo ver a mi abuelo aplaudiendo orgulloso en la Plaza Mayor. "Nole" permito a mis piernas vacilar cuando desciendo al Tormes, donde ya creyéndome un hombre, la besé por primera vez. Sus labios fueron el puente que unió dos arcos tan diferentes.
Desde entonces el cambio de tercio no me asustaba, pues nunca más ascendí solo por repechos y falsos llanos. Solo rendimos el paso en la Universidad donde nuestros hijos se graduaron. Parecían Escipión y Marco Aurelio, aunque para nosotros siempre fueron ranitas.
Y cuando la agonía llama a las puertas, me desplomo junto a Picasso. En la meta exhalo mi último aliento y, de pronto, vuelvo a ser aquel niño.
134. DORSAL 7007, EL ÚLTIMO SERÁ EL PRIMERO
Isabel García Viñao
En el itinerario de la Carrera San Silvestre Salmantina, el invierno enseña sus esqueletos desnudos, después de que el otoño preparara sus inyectables para borrar los verdes de los arboles e inocularles ocres, áureos, anaranjados, amarillos…
El sol es un botón cobrizo con hilos de luz casi imperceptibles que despierta somnoliento. En Salamanca hace frío en diciembre pero la ciudad se enciende de colores y fiesta. Las zapatillas de los corredores van mordiendo el asfalto. El Tormes escucha los azotes de las zancadas y su agua refleja los colores vivos.
El atleta con dorsal 7007 (llamado Ammar, que se inscribió por los pelos y por eso es el último) es un forofo del arte. Al pasar por delante de la Universidad de Salamanca, frena sus zancadas en seco para buscar la rana. Luego, recupera los segundos perdidos y llega el primero a meta.
135. De mano en mano
Constanza Garcías
No le deseo a nadie correr cuando estás hecho un arsenal de mocos. Tampoco deseo que me miren y demuestren lástima mientras me pasan los pañuelitos.
“Pobrecito, ¿así va a correr?”
“Va a arriesgar al equipo”.
¡Infelices! No entienden que doy la vida por este grupo. Por la espera mientras los veo correr en la pista, o por la dulce agonía de buscarlos a lo lejos cuando corremos al aire libre.
Cuando veo a uno de mis compañeros, todo chiquito, acercándose para alcanzarme el testigo, el corazón me late a toda velocidad. Cuando inicio el trote, late igual.
Qué tarado que es el corazón. Parece que no sabe distinguir una cosa de la otra.
Al cruzar la línea de llegada, mis compañeros vienen a abrazarme (mocos incluidos) y el corazón sigue latiendo como un condenado. ¡Qué tarado! Confunde los abrazos con las carreras.
Y, la verdad, yo no pienso corregirlo.
136. El último kilómetro
Maria del Carmen Luna Marín
Cada año mi padre se calzaba las zapatillas y corría la San Silvestre Salmantina. Yo lo esperaba en la meta, buscándolo entre cientos de corredores, hasta distinguir su sonrisa cansada. Después me abrazaba con las mejillas rojas y el corazón lleno de orgullo. Este año las zapatillas las llevo yo. Al colocarme en la salida siento un nudo en la garganta. A mi alrededor la gente ríe, estira las piernas y espera el disparo. Yo solo pienso en todas las veces que lo vi correr, en cómo el viento le revolvía el pelo, en su mano levantada al encontrarme entre el público. Su ausencia pesa más que cualquier kilómetro. Empiezo a correr. Las lágrimas se mezclan con el frío, pero sigo. Cada zancada es un recuerdo, cada respiración, una promesa. Al cruzar la meta, sonrío entre lágrimas. Por primera vez, no lo espero. Corro para alcanzarlo en mi memoria.
137. LA PRÓXIMA CARRERA
ROBERTO VEGA PEÑA
- ¿No sabrás si la caravana de aventureros va a ir a Kenia-Valonsadero?
- Buenos días. Hoy no vamos a Kenia. Vamos a la Junta de los Ríos que es Etiopía.
- ¡Rediós! ¿Y eso qué significa?
- Que hay otros sitios donde correr. Nada más.
Cuando el sol baja, que suele coincidir cuando uno está más ocioso, se puede ir entrenando por las fronteras urbanas.
En el último trimestre del año quedan carreras por descubrir, sin embargo Marcos se había encabezonado con correr una sansilvestre.
Al parecer quería probar una carrera diferente y corta. Quería preparársela sin exigencias mentales. Quería que fuera en su comunidad autónoma. Además quería disfrutar con su pareja de unos días culturales.
- ¿Una carrera para despedir el año?
- Todavía no he corrido ninguna.
- ¡Y hasta Salamanca quieres ir?
- Querías ver la Casa Lys, ¿no?
- Tú lo que quieres es liarme.
138. EL LUGAR QUE LO ESPERÓ
Maria Dolores Martinez Gea
Contempló a los corredores que tenía delante, se colocó bien el dorsal y se ató sus zapatillas de deporte con doble lazada. Sonó el disparo de salida. Comenzó a correr con dificultad, un pie, otro pie… esforzándose en cada pisada por las calles de Salamanca. Habían transcurrido tres años desde la última vez que estuvo en la San Silvestre y, ahora, sus entumecidas piernas se movían, no querían detenerse.
En su cara se dibujó una sonrisa al verse allí, recorriendo las calles de su amada ciudad, pasando por delante de la Casa de las Conchas, pisando el puente romano, la Plaza Mayor… después de superar la dura enfermedad, dejándole volver al lugar que siempre lo esperó.
139. MARI, MUJER ABNEGADA
MARÍA SOLEDAD GARCÍA GARRIDO
Mari se apuntó a correr la San Silvestre por orgullo. Estaba harta de que en casa la acusaran de apoltronarse, cuando no paraba de faenar en todo el día, de lavar ropa y satisfacer el apetito voraz de sus vástagos.
¡Basta!, se dijo. Se desvivía por su familia y solo recibía críticas. ¡Fuera amasar croquetas, emparejar calcetines y planchar camisetas deportivas! ¡Cada uno que apechugue con sus necesidades!
Compró unas zapatillas de amortiguación estándar y se plantó en el Paseo de San Antonio dispuesta a darlo todo. Lo consiguió ya oscurecido, pero sin rastro de música, arco de meta o vallas.
A Mari se le podía atribuir cierto sedentarismo, pero nadie podía dudar de sus dotes organizativas y ahorradoras. Aun agotada, avistó el escaparate de un supermercado que anunciaba ofertas el lunes en pescado y huevos. ¡Irresistible! Y se plantó en la puerta dispuesta a ser la primera en atravesarla.
140. Por las calles
Elvis Fernando Tinco Dávila
Eduardo se dirigía a por el pan cuando la San Silvestre bloqueó las calles. Eduardo intentó pasar pero un voluntario le señaló la ruta. Eduardo corrió como siempre para evitar perder el turno de su pan. Pasaron por él tres dinosaurios, una monja y un cangrejo; llevaba el pan consigo como testigo.
En la línea de meta el locutor le pidió su número de dorsal. Eduardo mostró el pan y todos aplaudieron.
Un niño le entregó una medalla de cartón. Por años había estado yendo y viniendo sin que nadie lo viera; levantó el pan como un trofeo.
Su esposa contó el dinero y pidió el cambio. Eduardo puso la medalla en su reloj. La casa finalmente tuvo algo de qué hablar.
141. 2036
Jesús Francés
El disparo de salida fue tan de verdad que acertó a un corredor entre los ojos. Uno menos, pensé. El recorrido había cambiado con los años. A peor. Más duro. Ahora corríamos extramuros bajo la mirada de niños soldado apostados en garitas a lo largo de la fortaleza. El vestuario era innovador: elegante traje a rayas, zapatos de madera que no eran de nuestro número y dorsal grabado en el antebrazo. Pedir agua era motivo de descalificación. Eterna. Oíamos las carcajadas que llegaban desde dentro del castillo, donde se retransmitía mediante pantallas la San Silvestre. Me ahorraré detalles de la carrera porque me faltan palabras y esperanza. Solamente diré que en línea de meta nos esperaba un general con el pecho chapado de aguiluchos y cruces siniestras vociferando proclamas sobre la cultura y la muerte. «¡Venceréis, pero no convenceréis!», grité. Pero tras la damnatio memoriae nadie conoce a Unamuno.
142. Adentro
Vera Jereb
—No creo que pueda seguir.
—¿Cómo? Sí, mira el sol.
—Es que…
—Ya, concéntrate en otra cosa.
—No puedo.
—¿Seguir o concentrarte en otra cosa?
—No trates de engañarme.
—Solo quiero que lleguemos.
—No podrías llegar sin mí, de todas formas.
—Por eso, dame un poco más.
—¿Un poco más de qué?
—De vigor, de sangre, de fuerza, que ya alcanzo a verla.
Una cinta blanca atraviesa la calle. Una pierna tras otra se extienden a zancadas de potro desbocado, sus brazos en un aleteo aerodinámico como rayos. El corredor solo, con gran distancia del resto, murmura algo. Palabras hacia adentro.
143. LA ESENCIA DEL TARTÁN
ANA MARÍA LOJO DIESTE
La palabra desahucio siempre me sonó a pobreza, a fracaso, a soledad. Hoy, mi opinión es diferente. Cualquier persona puede ser desahuciada. Te lo digo yo que lo estoy viviendo.
Las cartas recibidas durante meses fueron una amenaza psicológica y la guardia civil en la puerta fue el indicador fatídico de que mi tiempo se acababa en aquel hogar que me vio crecer.
Lo peor: meter en cajas todo aquello que quería que permaneciera conmigo. Buen momento para hacer esa limpieza que llevaba años pendiente.
Lo mejor: aquel álbum con fotos descoloridas que me regalaron un viaje a mi niñez. Sentí un pinchazo en el corazón al ver aquella imagen con mi abuelo en el Paseo de San Antonio. Era mi primera vez en la San Silvestre. Yo: nerviosísimo y el viejo: emocionado.
Cogí aquella fotografía y la acerqué a mi pecho para luego olerla. Percibí la esencia del tartán.
144. Recorrido A
MARTA MARÍA QUINTANA ÁLVAREZ
—El año pasado ganó Oliver cariño.
—¡En el recorrido A! Ese es muy fácil mamá. No es justo. Siempre he corrido más que él. Mucho más. ¡Mira!
Enzo echó a correr por la callejuela. Fue hasta el final y volvió. Tan rápido que temí que se cayera. Era el más rápido de una saga de corredores pero, de momento, tenía más rapidez que técnica.
—Es un kilómetro Enzo cariño. Es muchísimo. ¿Sabes cuánto es?
—Pues claro. Mil metros. Lo he estudiado en el colegio.
Abrí mis brazos para enseñarle cuanto era un metro.
—Mil así cariño.
¬—Vamos al Paseo mamá. Y lo hacemos andando.
—¿Ahora?
—Ahoraaaaaaaaaaaa, porfa… mamá, si no corro la San Silvestre este año como mis hermanos, te prometo, que me muero.
Le tendí la mano. Estábamos cerca del Paseo de San Antonio. Mandé un audio, llegaríamos más tarde. De una u otra manera, Enzo haría la carrera.
145. FUERA DE TIEMPO
ESTER LORENTE PEÑALVA
Al terminar la San Silvestre Salmantina, un corredor presentó una reclamación.
—Quiero que me descuenten el tiempo perdido este año.
—¿Por algún problema durante la carrera?
—Seis meses esperando una operación. Cuarenta y tres mañanas buscando empleo. Y cuatro horas junto al teléfono.
—Eso no figura en el reglamento.
—Precisamente por eso reclamo.
El juez, que llevaba veinte años resolviendo protestas por unas décimas, examinó el formulario.
—¿Y cuánto tiempo solicita recuperar?
—El que me corresponda.
—Tendrá que concretar.
El corredor vaciló.
—Las cuatro horas del teléfono no. Mi hija llamó al final.
—Entonces, ¿por qué las incluye?
—Porque cuando sonó, ya no sabía qué decirle.
El juez tachó aquella partida y anotó las restantes.
Después miró su reloj.
Faltaban tres minutos para medianoche.
Por primera vez en veinte años, cerró la mesa de reclamaciones antes de tiempo.
146. La raíz de los pasos
Lara Salillas Martínez
La raíz de los pasos
Mi padre barría Salamanca antes del alba: apartaba la noche para que amanecieran otros. Después, junto a la Casa de las Conchas, me enseñaba a correr.
—Ánimo, mi charro. El miedo también se cansa.
Mamá cosía junto a la ventana. Su aguja remendaba rodillas y ensanchaba mañanas.
Crecí. Mis zapatillas devoraron distancias; sus botas siguieron conversando con las piedras.
Este diciembre, para la San Silvestre Salmantina, mamá cosió el primer dorsal de papá dentro de mi camiseta.
—Las raíces van por dentro.
En la Plaza Mayor me venció el cansancio. Sentí rabia, vergüenza. Entonces los vi: ella abría los brazos; él venía hacia mí, con sus botas de trabajo.
Les tendí las manos. Avanzamos juntos bajo la luz dorada.
Me temblaba la barbilla. Aquellas manos habían trabajado una vida para que yo llegara más lejos.
Las apreté suavemente.
Que lo supieran sin palabras: conmigo
147. A paso firme
Diana Marisol Ronquillo Portilla
Te despiertas una mañana
Casi no deseas salir de las sábanas.
Te cuestionas todo.
“por qué para qué”
el despertador todos los días
sigue y sigue.
Pero una vez sales de casa
empiezas con la rutina, lo sientes.
sientes el viento sobre tu cara,
tus pies cansados molidos
sientes que todo tu cuerpo tiembla
y para qué seguir?
pues notas algo y es que ese día
que no querías continuar
ha sido superado
y si hoy te superaste
mañana te seguirás superando
aún más y seguirás avanzando
a paso firme
porque siempre buscarás
la forma de ser mejor de lo que fuiste ayer.
148. ¿Qué comparten todos aquellos que corren?
Daniela Ciudin David
Una persona que corre por las calles, alguien que llega tarde, otra que quiere encontrarse a sí misma… Todos corren con objetivos diferentes. Cada uno con su propia cursa. Pero a todos les late el corazón, rápido, desbocado. Todos sudan: ríos que les recorren la piel. Todos respiran, inhalando el aire a grandes bocanadas, como si fueran recién nacidos. Algunos tienen miedo; otros se sienten completos.
Cuando te crecen alas, vuelas. Cuando tienes manos, pintas. Cuando puedes alzar la voz, gritas. Por eso, cuando sientes el impulso de avanzar, corres. Porque es una necesidad humana. Y en las cursas nos juntamos: cada uno con su objetivo, con su cursa, con su impulso.
En la San Silvestre Salmantina volvemos a encontrarnos.
¿Y tú? ¿Por qué correrás esta vez?
149. La última celda
Maribel Campos Fernández
Nos mantuvo cautivas en aquel zulo húmedo durante meses, obligadas a ver cómo otras más jóvenes y estilizadas se llevaban todo el afecto y protagonismo mientras acumulábamos un rencor infinito. Pero llegó diciembre, y el tirano decidió que éramos las elegidas para acompañarlo en su capricho anual por la San Silvestre Salmantina. En la línea de salida, rodeadas de competidoras profesionales dopadas de carbono, disimulamos el pánico. Al cruzar la Plaza Mayor soportamos los pisotones y el sudor ajeno sin rechistar. En la avenida de Portugal nos obligó a frenar en seco para socorrer a una rival caída. Amortiguamos sus quejas el resto del trayecto y aguantamos el asfalto ardiente sin recibir un gesto de agradecimiento. Ahora, tras cruzar la meta, nos desabrocha con desprecio y nos arroja al maletero. Si sobrevivimos a este infierno, juro que pinchamos nuestra cámara de aire en la próxima carrera.
150. LATIDO DE PIEDRA
YOLANDA DIEZ GONZÁLEZ
Como cada diciembre, desde su medallón de piedra dorada de la Plaza Mayor, Miguel de Unamuno contempla emocionado el discurrir de la San Silvestre Salmantina. Esa marea multicolor une a veteranos de zancada firme, disfraces que regalan sonrisas y valientes en sillas de ruedas, impulsados con ahínco por voluntarios sobre el resbaladizo granito. Su mirada inerte se conmueve al ver a los atletas desafiar al frío y al viento, con el único afán de superarse a sí mismos.
En el Paseo de San Antonio, la multitud se agolpa en un cálido ambiente festivo, estallando en aplausos para recibir a los participantes. Al cruzar la meta, exhaustos y doloridos por el esfuerzo, celebran el triunfo del compañerismo, convirtiendo el cansancio en abrazos. Saben que hoy, más que nunca, el corazón de Salamanca late con fuerza.
151. Cada zancada por ti
Petra Ramos Hidalgo
Cada zancada por ti Cada mañana, cuando todavía no había amanecido, me calzaba las zapatillas y salía a correr. El frío, el cansancio y el dolor parecían pequeños comparados con lo que me impulsaba a seguir: conseguir aquel premio para alguien que estaba luchando contra una enfermedad terminal. Sabía que no podía cambiar su destino, ni quitarle el sufrimiento, pero quería regalarle una alegría, demostrarle que había cosas por las que sonreír. Renuncié al descanso, a las tardes tranquilas y a muchos momentos de mi vida. Hubo días en los que las lágrimas me acompañaban durante los entrenamientos. Me preguntaba si sería capaz de llegar hasta el final, pero pensaba en su sonrisa y volvía a levantarme. El día de la carrera corrí con el corazón, no con las piernas. Cada zancada llevaba su nombre. Cuando crucé la meta, comprendí que mi mayor victoria no era ganar, sino poder regalarle
152. El testigo
Alberto Vara Muñoz
El chico corría que se las pelaba. Había trazado la curva de Canalejas dejando tras de sí una estela de pisadas sobre el asfalto mojado. A pocos metros ya, la mole parda del colegio: la meta.
—Los policías me han dicho que les ha costado echarte el guante, Juan, que parecías un galgo.
El hermano Emeterio llevaba allí desde que se levantó el primer aulario y a lo más que había llegado era a portero de noche.
—Si corres la San Silvestre, no le contaré nada al director y nadie te expulsará del colegio.
—¡Si son diez kilómetros, hermano! ¡Y encima yo soy de los que fuman!
Sería la primera vez que Juan Expósito, el eterno castigado, fuese capaz de terminar algo que había empezado. Por eso, el hermano Emeterio había corrido también los diez kilómetros en paralelo, por las aceras, para ser testigo de su hazaña.
153. Regalo familiar
María Perla Díez Arcos
El intercambio de regalos lo harían tras la comida de Año Nuevo. Le correspondió llevar un regalo para su hermano. Estaba decidido. No quería que estuviera en casa hasta el momento crítico. Él correría la San Silvestre Salmantina, llegaría rendido, sin ánimos para olfatear. Mientras la carrera, iría a buscar el regalo. No contó con los desvíos de los autobuses. La caminata fue una sorpresa. Llegó a los grandes almacenes, seguía expuesto el equipo deportivo. El dependiente dijo que era el único que quedaba, no se podía sacar del expositor. Su respuesta fue una mirada tan enérgica como le permitían sus fuerzas. Vino el responsable de la sección. La misma explicación. —Esperaré —fue la suya. —Señora, no se puede. —¿Quién lo impide? Silencio, palabras musitadas entre los dependientes. —Señora, esto nunca se puede hacer. —Se ha podido. Ahora la aventura del regreso. Al llegar al portal, coincidió con su hermano.
154. Ni una palabra
Claudia Vivas González
Me va ganando. Es lo único en lo que puedo pensar.
Va a volver a ganarme.
He corrido contra ella en casi cien carreras. ¡Cien! Y no he ganado en más de quince, siempre porque ella estaba con molestias en la cintilla iliotibial.
Hemos crecido juntas, hemos aprendido la belleza del atletismo en el mismo club, y siempre hemos sido rivales.
Por eso tenía la esperanza de ganarla en esta San Silvestre Salmantina. Pero la veo delante... cerca de la meta.
Está haciendo un gesto extraño, va encorvada hacia un lado, casi cojeando ¿Se estará burlando de mí? ¿Puede ganarme aun perdiendo tiempo?
Sin embargo, no tardo en adelantarla. Está llorando, y cuando paso por su lado me mira. La meta está a menos de diez metros, pero no puede ni andar. Es su lesión otra vez.
Ni si quiera lo dudo: cargo con ella y cruzamos la meta juntas.
155. ELRELEVO
MANUELA GÓMEZ GARCÍA
Mi padre corrió la San Silvestre Salmantina durante veintisiete años. El primero fue por mí. Yo había nacido con una cardiopatía congénita y, mientras los médicos discutían mi porvenir, él prometió que, si lograba salvarme, correría cada Nochevieja por las calles de Salamanca.
Cumplió su palabra incluso los inviernos en que apenas podía anudarse las zapatillas. Nunca le pregunté si corría para dar gracias o para mantener a raya el miedo de aquellos primeros días.
Cuando murió, encontré su último dorsal dentro de un sobre, junto a una fotografía mía recién nacida.
Hoy, recuperada de aquella enfermedad, corro en su nombre. Al cruzar la plaza Mayor, comprendo que algunas promesas no terminan cuando quien las hizo desaparece.
156. LA CINTA
JOSÉ ANTONIO PÉREZ CHECA
Mi padre llevaba cuarenta años jurando que aquella sería su última San Silvestre.
—Ya lo dijiste en el Puente Romano —le recordé.
—Y hablaba en serio.
Resopló a mi lado, el aliento hecho nube, una cinta de tela atada a su muñeca y a la mía. Desde que la vista se le apagó, yo era sus ojos; él seguía siendo mi terquedad, mi ritmo.
—Escalón a la derecha. Ahora la Plaza Mayor, ¿notas cómo cambia el eco?
—Huele a castañas y a gente —sonrió—. No me sueltes.
—Nunca.
Le temblaban las rodillas. A mí, el pecho entero. Cruzamos la meta y me apretó la mano con aquella fuerza suya.
—Gracias por llevarme, hija.
No supe decirle que llevaba años ocurriendo al revés: desde que mamá no está, cada diciembre el que tira de mí hacia delante es él.
157. Los participantes invisibles
Irvin José Guachi Ibarra
"Es hoy", hablo una voz a la derecha. "Claro que es hoy", respondió otra voz dos cuadras a la izquierda. "Quisiera participar" agregó una voz triste desde arriba. Aún no empezaba la carrera, frío alegraba las manos de muchos. "Yo" primero se escuchó, "quisiera" luego otra voz, "mirar o" una tercera, "sentir" terminó una sexta voz que pasaba por el puente. Desde el abajo se dijo "todos participamos". Y así las voces y iban y venían pidiendo y festejando, alegrando y queriendo lo que serían muchísimos pies sobre ellos. En la mitad de la multitud, un niño le preguntó a su padre:
-¿Crees que ellos también sienten?
-¿Quienes?
-Las calles.
158. Hasta que solo quede
Rafael Fuentes Pardo
Mi padre le dijo al geriatra que estaba preocupado porque cada vez pesaba menos. El doctor contestó que, en efecto, más que un viejo, parecía un pajarito. Pero la vida era eso: ni perder las cosas ni olvidarlas, solo dejar que vayan desapareciendo poco a poco hasta que solo quede un anciano ligero.
Mi padre salió de la consulta dando un portazo y renegando. Unas horas después, cuando superó el cabreo, decidió rentabilizar su nueva condición y se apuntó a la San Silvestre.
El día de la carrera soplaban rachas de setenta quilómetros por hora, los corredores se agarraban a los árboles o llevaban lastres, la edad media superaba los noventa años. Lo que no le sorprendió tanto fue ver al geriatra en la salida, pistola en mano, diciendo: «A la de tres, volad alto y mostrad a todo el mundo que es la vida, pajaritos».
159. Lastre
Julia Castellano
El barco no avanzaba. Mar quieto como un plato de sopa.
—Algo pesa de más, capitán —dijo la gaviota.
No recordaba que las gaviotas navegaran a vela. Sospeché.
Arbolé por la borda un cofre lleno de «el lunes empiezo». Luego, unos barriles de «¿qué dirán?». Ahuyenté al loro del «¿y si, y si?», que se perdió en el horizonte.
El barco empezó a moverse. Un pasillo de manos emanaba del mar acariciando el barco, que se dirigía hacia un arco iris rojo.
El sombrero me pesaba como un planeta y la pata de palo empezó a resquebrajarse.
El suelo me besó la frente.
Abrí los ojos. Cielo.
Me quitaron el sombrero. Agua.
—Te dije que ese parche te marearía —dijo mi amigo.
Detrás de mí, la meta. ¡La había cruzado!
Me levanté, algo dolorido, pero feliz y ligero como un barco sin ancla.
160. RENACER
Marta Garcia Gil
Un año más que despedir. No ha sido un año cualquiera; para bien o para mal, este año ha sido especial.
Regreso a mi amado refugio, donde siempre encuentro paz. No imagino a Salamanca sin mí ni a mí sin Salamanca; somos uno y así se lo hago saber.
Es el momento, llegó la hora. Me calzo las zapatillas y me dirijo al paseo de San Antonio. Las calles están repletas de gente de todas las edades. Se respira buen ambiente por doquier, lo que, junto al espíritu navideño, evoca en mí un mayor sentimiento de orgullo.
Dan la salida y comenzamos a correr, pero no es una carrera más. Dejo que mis pies me guíen mientras mis ojos absorben la belleza de cuanto nos rodea y arropa a nuestro paso.
Y sí, así es. Definitivamente puedo confirmar que no ha sido un año cualquiera: sencillamente, ha sido especial.
161. Recorridos por el tiempo
Víctor Niso García
¿De dónde vino la brisa enigmática y tibia que, a apenas doscientos metros de la meta, nos sorprendió por la espalda? ¿Qué sentido tenían esa temperatura ajena al día de finales de diciembre y esa particular consistencia del aire? ¿Era el eco del coscorrón de Lázaro en el toro de piedra? ¿Los suspiros que se le escaparon, en el huerto, a Calixto y Melibea? ¿El «como decíamos ayer» de Fray Luis de León? ¿El croar que, sobre una calavera, alienta al carpe diem? ¿Las unamunianas tertulias del Novelty?
Todos los corredores sentimos ese soplo, extraño y familiar a un tiempo, y cómo impulsó nuestras carreras.
Era el pasado, que nos adelantaba.
162. Una sonrisa única
Alvaro Ruiz Crespo
Meses arrastrando ese terrible sentimiento de pena, esa sensación de angustia, esa tristeza que te sume en lo más profundo de tus pensamientos, boicoteando tu percepción sobre tus capacidades y que los especialistas categorizan como depresión. Pero ahí estaba yo, rodeado de miles de corredores, personas cuyos meses se han centrado en preparación, esfuerzo y sudor, cuarenta minutos en los que mis problemas pasarían a segundo plano, cuarenta minutos que pretendía lograr tras haber conseguido mi anterior marca en cuarenta y dos. Y fue en la plaza mayor donde mi mirada se encontró con la de mis padres, que me alentaban orgullosos con un brillo de admiración en sus ojos. Entonces entendí todo: esa sonrisa que lograron dibujar mis padres, que no logró abandonar mi rostro durante la carrera, era el motivo que me hizo comprender, por qué había decidido refugiarme en un deporte tan bello como es el running.
163. CALIXTO Y MELIBEA
JUAN BECERRA GÓMEZ
Era el último día del año y miles de corredores cruzaron la Plaza Mayor bajo un cielo de aplausos. En la línea de meta, Melibea sonrió entre la multitud y le entregó la medalla a Calixto; descubrieron así que la verdadera eternidad siempre fue la solidaridad y el esfuerzo compartido de correr en Salamanca.
164. TOCAR LAS ESTRELLAS
ESPERANZA BECERRA GÓMEZ
El inspector Rufino jamás había corrido, salvo para coger un autobús; sin embargo, Salamanca entera latía en las calles y la tentación fue irresistible. Vestido con un chándal de felpa, se mezcló entre miles de atletas. Sonó el disparo y la majestuosa masa se lanzó a tumba abierta por la Gran Vía, convirtiéndola en un río de júbilo.
Ya en la Plaza Mayor, se preguntó para qué corría; corría por la gloria de ser parte de aquella maravillosa locura colectiva. Casi sin aliento, cruzó la meta bajo una lluvia de aplausos y, exhausto y sonriente, comprendió que en esta ciudad cualquiera puede tocar las estrellas.
165. SEMBRANDO LA CIUDAD
JUAN BECERRA TORVISCO
El frío serrano apretaba los tobillos mientras la marea de corredores aguardaba la salida. El tío Cesáreo, con las pantorrillas curtidas por las rastrojeras, no entendía de pulsómetros ni de barritas energéticas. A sus sesenta y tantos, bastábale el pantalón de franela y su terquedad como hombre de campo. Al tomar la calle Toro, flanqueado por el gentío que voceaba ánimos, sintió el ramalazo de juventud de sus mejores años. Salamanca relucía bajo la luz declinante de diciembre y Cesáreo, trotando a compás sereno, no perseguía otra gloria que saberse, un año más, en paz con la tierra y con los suyos.
166. Nebrija no cuenta el aliento
Yoshitaka Morita
En la meta del Paseo de San Antonio el control cierra a las dos, y mi oficio es borrar del acta a quien pise la alfombrilla un segundo después. Una cosa es segura: diciembre vuelve vaho cualquier disculpa y la casilla del nombre solo admite doce letras. Durante tres años, el viejo cajista don Hipólito quitó una hache muda en cada inscripción: primero del apellido paterno, luego del materno y hoy de su nombre, para que el materno cupiera entero. Según escribió Nebrija aquí en mil cuatrocientos noventa y dos, la letra es huella de la voz y sobra lo que no suena. A las dos y un segundo cayó en la meta como plomo caído de un diccionario viejo. El sistema lo rechazó, pero oí en su pecho la áspera aspiración de las efes latinas. Abrí observaciones y, en vez de su baja, tecleé
167. Paso firme
Teresa Yorgina Camacho Almeida
La carrera de San Silvestre está a punto de empezar. Se respira un ambiente de feria y entusiasmo. Este año dieron oportunidad a las personas con discapacidad. Oportunidad que aprovechó Carlos.
Es la primera vez que Carlos participa en esta carrera desde aquel accidente, hace ya varios años. Ha entrenado para esta ocasión y las infinitas sesiones de terapia le han dado la seguridad para competir.
Se escucha a lo lejos la partida. Hombres y mujeres corren como si los persiguiera el mismísimo demonio mientras que Carlos va a un ritmo parsimonioso. Su familia, apostada a lo largo del recorrido, le muestran pancartas con frases alentadoras.
A medida que avanza la carrera, él queda en la retaguardia, su sombra proyectada en el suelo refleja dos franjas delgadas como piernas.
Se acerca a la meta, solo se escucha el sonido de sus prótesis de metal impactando sobre el asfalto.
168. La promesa
Iván Santamaría Pampliega
En la salida no tengo marca para estar en el primer cajón. Llevo una fotografía doblada en el bolsillo.
Kilómetro 1. Ocho minutos largos.
Kilómetro 3. Miro el reloj. Un desastre. Recuerdo Valencia, Berlín y aquellos días en que corría con los de cabeza.
Kilómetro 8. No entiendo por qué nos aplauden. Las piernas pesan demasiado. Estoy a punto de parar. Saco la fotografía. La miro apenas un segundo.
Kilómetro 9. Aprieto los dientes. Corro más rápido de lo que he corrido en toda la mañana.
Kilómetro 10. Noventa y dos minutos.
Mi peor carrera.
Todos me aplauden.
Mi mujer corre hacia mí y me abraza llorando. Diez operaciones después del accidente, todavía me hace daño.
Lo siento, hija.
Te prometí que volvería a ganar.
Sólo pude volver.
169. _Cimientos de asfalto.
Belbahi Oualid
_En Médéa, Sofian ordenaba los planos urbanísticos de otros; en Salamanca, sus bolsillos vacíos apenas le permitían proyectar el mañana.
El cartel de la San Silvestre le hizo detenerse. De joven había jugado al fútbol en Argelia, aunque hacía años que no entrenaba. Una organizadora, al conocer su situación, le consiguió un dorsal gratuito.
A mitad de carrera, el frío le calaba el pecho y el cansancio le obligó a caminar. No competía contra nadie; solo intentaba no rendirse. Cerca de la meta, un «¡Ánimo!» anónimo se abrió paso entre los aplausos.
Llegó exhausto, muy lejos de los primeros. Sus problemas seguían esperándolo al otro lado de la línea. Sin embargo, mientras recuperaba el aliento sobre el asfalto, comprendió que aquellas calles ya no le eran del todo ajenas: acababa de poner la primera piedra.
170. Sin dorsal
Carmen Sarmiento
Sin dorsal. Rizos ausentes. Me enfundo en un turbante. No me reconozco.
Me reconforta el aroma a castañas cerca del Paseo de San Antonio.
Quiero despedir el año como otras veces: corriendo la San Silvestre Salmantina.
Percibo mareas de corredores, concentrados en sus rituales. Y yo fantaseo con un dorsal y un poco de salud.
Mis piernas tienen memoria. Arranco al compás de los cascabeles.
Recorro cada curva, cada bajada y las cuestas de las narices.
Aplausos. Cruzo la meta y busco mi premio: un chupito de licor de bellota.
Una brisa seca mis lágrimas. Sonrío al ver a algunos superhéroes con pelucas y maquillajes imposibles.
El pelotón eufórico se amontona en la salida y arranca el trote. Yo ya pienso en la próxima: la de vuelta a casa.
171. La corredora
Sofía Cruz Lozano
El pistoletazo de salida rompe el murmullo de los participantes. Corro. Un pie tras otro. Lo hago porque hace tres días le prometí a mamá que me esforzaría, que dejaría las drogas y me pondría en forma. En la siguiente zancada me desequilibro. Las pantuflas del hospital no son el mejor calzado para esto. Una parte de mí lo sabe. Una parte de mí comprende que algo sucede. Algo que…
—¡Lorena, vuelve!
Me giro, extrañada. ¿Quién será esa señora? No importa. Corro, porque en eso me transformé después de su muerte. Tropiezo. ¿Su muerte? ¿Mamá está…? La claridad llega cuando veo las arrugas de mis temblorosas piernas. Hace años que dejé de ganar medallas. Hace años que… La enfermera me persigue. Nunca me gustó que me ordenaran lo que hacer, así que la esquivo. Corro. Corro con lo poco que queda de mi cuerpo, pero con toda mi memoria intacta.
172. El destino no quiso que fuéramos dieciséis
Julián García Gallego
«¡Manoli, tienes que olvidarte de esto!» es lo que repite cada año mi marido cuando me ayuda a vestirme. Menudas pintas tengo con estas mallas de colores y el dorsal pegado en el pecho; así no íbamos en 1984. Pero no me importa. Y, siendo sincera, solo el temblor de las manos me hace dudar. Algún día Pedro se cansará de este loco ritual; solo lo hace porque me quiere.
Bueno, no voy a darle vueltas ahora. Voy a coger aire y pedirle que me seque las lágrimas.
En ocasiones, me brota la rabia. La imagen de aquel coche atropellándonos se hace casi insoportable, incluso después de tantísimo tiempo. Todavía recuerdo la sonrisa de mamá mientras le hacía la promesa: «Mañana tomaré la salida con las chicas y ganaré la carrera». Ella falleció esa misma noche sin saber que aquel accidente me dejaría para siempre atada a esta cama.
173. ARCOIRIS
CONSTANTINO GÓMEZ GÓMEZ
—¡Mira, hermana. Ahí vuelve a pasar el arcoíris.
—¡Pero no llovió!
—Digo ese que no aparece después de la lluvia. El que forman hombres, mujeres y niños cruzando las calles de Salamanca cada San Silvestre.
¿No recuerdas, concha vieja? Ese arcoíris tan alegre en el que vemos pasar corriendo pastores, atletas, reyes magos y hasta bebés en carrito.
Mira aquel niño que regresó año tras año. Primero corría buscando entre la multitud los ojos orgullosos de su abuelo al cruzar el Tormes.
Después a su Padre en la plaza. Luego corrió solo y hoy espera como voluntario a su hijo.
—¿Y por qué sonríe tanto?
—Porque ellos lo ven. Aquellos que el tiempo pliega.
—Ahora lo entiendo, hermana. No corren para ganar.
—Exacto. Corren para encontrarse.
174. Pasos compartidos
Michael Nelson
Una bocanada evocadora.
Una brisa cargada de aplausos.
No es solo otra carrera ni despedirnos del año. Es celebrar que seguimos aquí.
Demasiado desde la última.
Cuando el veneno me atravesaba por dentro, me imaginaba en el Paseo de San Antonio. Con mi dorsal. Y con ellos. Juntos, volábamos por la ciudad que me vio crecer.
Ahora mi pecho vibra: me atraviesa la música, las risas, los cánticos. Estoy aquí de nuevo. Siento mis piernas, aún demasiado débiles para correr, pero más fuertes que nunca.
Escucho el pistoletazo de salida. Cierro los ojos y saboreo el momento. Un leve empujón me trae de vuelta.
–Esto arranca –dice Jaime mientras empuja la silla.
–Dale rápido –anima Ramón–. En calle Zamora me encargo yo.
–Y en la Plaza dejadme a Manu –pide Javi con su mano sobre mi hombro–. Vamos a batir tu récord.
–Gracias, chavales –murmuro al cruzar la salida.
175. Temario vital
José Ramón Alonso Belaustegui
Si corres y bebes alcohol como si fueses un ferroviario argentino del siglo XIX, tendrás una trayectoria atlética con más curvas que el vals de un tirolés, por eso dejé de darle a los cubatas y comencé con rutinas saludables que pusieron a prueba mi síndrome de abstinencia y mis disciplinadas creencias sobre lo que se debe hacer y lo que no. Pero cuando todo parecía tenerlo bajo control, surgió otra vez el oscuro e insondable desorden. Desde entonces, el deporte se ha convertido en mi evasión: una epopeya diaria que me ayuda a equilibrar mi salud de plastilina.
Y aquí, preparado para competir, justo antes de que el juez dé el pistoletazo de salida de la San Silvestre Salmantina, decido entregar a un corredor que está mi lado, con pinta de velocista, una nota manuscrita que dice:
«Todo puede cambiar cuando el afán significa ganarle terreno a la vida»
176. Cuando el premio apremia
Judit Oliva Blázquez
Cuando el cañón marcó el inicio de la gran aventura, izamos las velas y con el viento en contra nos dimos a la mar. Nos enfrentamos a toda clase de enemigos, sorteamos obstáculos y evitamos los más duros abordajes, pero nuestra voluntad nunca flaqueó; la brújula de a bordo apuntaba hacia un único objetivo: el Gran Tesoro.
Con los músculos ardiendo y en tensión, nos encontrábamos surcando la más brava de las mareas cuando el vigía divisó la línea de meta. Íbamos los primeros. Ya podía sentir el frío del oro entre mis dedos. De repente, un hombre pez nos adelantó por la izquierda. Jamás había visto algo igual: su velocidad era inusitada.
Ganó.
Cuando cruzamos la meta, mucho después, nos quitamos los sombreros, los parches y las bandanas, exhaustos. Al ganador lo vimos salir suspirando de un baño portátil.
177. RESISTENCIA MATERIAL
Miguel Angel de la Calle
Llevo tres siglos en la Cuesta de la Compañía y detesto vuestro neón. Zapatillas de carbono, disfraces de Papá Noel de poliéster barato… bípedos efímeros que pisotean mi lomo buscando una gloria que se oxida en una semana.
A mí no me conmueve vuestro aliento. Todavía me duele la rodilla de granito que me astilló un cojo hace una década; una grieta íntima que guardo como un secreto geológico.
Hoy pasa el favorito. Su zancada es un metrónomo perfecto. Siente mi dureza, confía en ella. Pero entonces, por pura coquetería tectónica —nunca por maldad—, cedo exactamente un milímetro bajo su pie derecho.
Un chasquido sordo. Él tropieza, recupera el equilibrio, pero el ritmo se quiebra. Llegará tercero. Nadie entenderá el fallo del terreno. Yo, mientras tanto, vuelvo a ser piedra bajo la escarcha.
178. El útimo que cierre
Virginia Mas
Mi padre siempre llegaba el último a la San Silvestre. «Alguien tiene que cerrar el año», decía, riendo con la boca llena de frío. Cerraba el año como se cierra un bar. Despacio, apagando luces, comprobando que no quedara nadie dentro.
Hoy corro con su dorsal, sujeto con los mismos alfileres oxidados. Los demás se dispersan hacia la Plaza Mayor; yo dejo que me adelanten todos, que los operarios empiecen a recoger vallas a mi paso.
Un camarero que friega la acera me aplaude con el trapo en la mano, sin saber muy bien por qué.
En la meta solo espera un voluntario que mira el reloj. Cruzo bajo la pancarta medio desinflada. Soy la última, la más lenta, la mejor.
—Ya puede cerrar —digo.
Y por primera vez en meses, el año tiene un final al que sé ponerle nombre.
179. El oro de la charra
David Rivas Fernandez
Salamanca se echó a la calle aquella mañana de diciembre, vestida de fiesta y zancadas. Entre zapatillas veloces y disfraces imposibles corría una charra, con su saya bordada y el oro reluciendo en las orejas. La San Silvestre era un río de piernas, risas y aliento. Ella corría con su tierra prendida al cuerpo, hasta que descubrió la desgracia: ¡había perdido un pendiente! ¡Ni que el oro tuviera alas! protestó. Pero la Navidad guarda milagros en los bolsillos. Junto a una hoja de acebo, un duende de barba blanca, gorro rojo y botas puntiagudas encontró la joya. —Buscaba estrellas para el árbol y me he encontrado una luna —dijo, guiñando un ojo. Al devolverle el pendiente, la charra rio agradecida y continuó la carrera. Y aquella mañana, entre zancadas y villancicos, Salamanca descubrió que hasta el oro perdido puede encontrar su estrella, cuando la magia corre por sus bellas calles.
180. La línea de meta
Francesc Vicent Nogales Sancho
Ajustó los cordones gastados con la ilusión intacta de los grandes días. La Plaza Mayor vibraba en una fiesta dorada: sonó el pistoletazo y se lanzó al río de corredores, sintiendo el latido triunfal del asfalto salmantino. Cada zancada era pura victoria, aire limpio inflando los pulmones y una marea de vítores empujándole hacia la meta con una fuerza invencible. Llevaba una vida corriendo cada diciembre, y este veintisiete no sería diferente.
En ese instante, la luz de la mañana inundó la habitación del hospital. Tras meses de silencio, bajo la sábana blanca, su pie derecho se flexionó con brío, como quien marca el ritmo firme de una carrera. Su mujer liberó un grito de ánimo y, con lágrimas encendidas de pura esperanza, sabía que la meta de la carrera era cruzar la línea de regreso a casa.
181. Bufanda y mosto
Rocío Bueno Rodríguez
Dos vueltas de bufanda cada uno y un curioso rayo de sol apuntando a sus caras.
En el Paseo del Rollo era tradición ver a ese abuelo con su nieta animando en los últimos metros a los corredores para después, siempre con la llegada del último, irse a tomar un mosto con un pincho de tortilla a un bar del barrio.
25 años después, Manuel ya no está, pero ella lo recuerda. Anima por los dos y juega a encontrar caras conocidas entre los corredores.
Es lo bonito de esta carrera: ver a tus amigos, vecinos, incluso a aquel compañero del instituto con el que compartías apuntes pero no recuerdas su nombre.
Jamás estás solo en la San Silvestre.
182. La última meta
M PAZ SCHEZ MIGALLON URDA
Nunca había corrido una carrera. A sus setenta años, todos le decían que era tarde para empezar. Pero aquella mañana de diciembre, mientras Salamanca se llenaba de corredores, se ató las zapatillas y salió a la calle.
No quería ganar. Solo quería demostrarle a la vida que todavía le quedaban caminos por recorrer.
Los primeros metros fueron fáciles. Después llegaron el cansancio, el frío y las dudas. Pensó en abandonar, hasta que vio a una niña animando desde la acera.
—¡Tú puedes! —gritó ella.
Y siguió.
Cuando cruzó la meta, no hubo medallas ni grandes aplausos. Solo una sonrisa, unas manos temblorosas y una lágrima que le resbaló por la mejilla.
Aquel día comprendió que nunca es tarde para empezar, que cada paso cuenta y que algunas victorias no se miden con un cronómetro.
Porque la meta más importante es la que uno se atreve a alcanzar.
183. Perdedor absoluto
Aleix Ortiz Cantó
Todavía en cabeza, diviso la línea. Exprimo las fuerzas restantes y…sin avisar, mi cuerpo se detiene. Se abre paso, fulminante, solamente una pregunta: ¿para qué? Pese a todo lo hecho para llegar hasta aquí, asombrado, no sé responder.
Noto cómo los demás corredores se acercan por detrás y pasan de largo.
Rápidamente, me sube desde el estómago una ola de frustración ante la inexplicable derrota. Sin embargo, la frustración también me adelanta.
Percibo la algarabía de imágenes y sonidos que producen los últimos instantes de carrera. Veloces, las imágenes y los sonidos me avanzan.
Entonces, me inundan pensamientos de incredulidad e incertidumbre. En un instante, todos los pensamientos me aventajan.
Finalmente, me pierdo en una serenísima soledad. No obstante, incluso la soledad me deja atrás.
Ahora, todo lo he perdido, salvo esta mañana fría de diciembre, el asfalto salmantino y la línea de meta que cruzo, por fin, último.
184. ORACIONES SIMPLES
SALVADOR VAQUERO MONTESINO
Si lee con detenimiento las ciento trece palabras de este microrrelato y retira los adjetivos y adverbios para centrarse solo en los sustantivos y los verbos, siente que todo fluye más deprisa, como la primera vez que corrió la San Silvestre, cuando le importaba el lugar en que llegaría a la meta. No como ahora, después de aquella noche de alcohol y desenfreno, de pisar el acelerador sin conocimiento y de una curva mal trazada que terminó en vueltas de campana, una cama de hospital y meses de operaciones que apenas consiguieron salvarlo.
Ahora la sintaxis es más sencilla: mover la silla de ruedas. Ver pasar a los corredores. Mirarlos con envidia. Recordar.
185. La carrera de todos
Adriana Castellá
En el bar me han preguntado quién ha ganado la carrera de Salmantina, Pablo Sanchez no es la única respuesta.
Éramos tres guerreros como mosqueteros unidos por las mismas circunstancias. Enhorabuena todos reunidos por la carrera. Los niños de la clase B salieron como palomas liberadas, y luego nosotros entre un gentío de árboles navideños, bailarinas con tutú rosa y hasta mariposas fuimos a poner nuestro corazón, darle el mejor traje a nuestros años. Y hemos ganado , todos los enfermos con parálisis cerebral que reciben las donaciones y nosotros.
Aplaudidos por la gente tras el vallado azul que nos recibió como héroes. Y aquí felices con los brazos cansados de tanto correr, nobles como caballeros andantes sobre nuestras sillas de ruedas.
Todos ganamos. Y lo dije en aquel bar que ayer miraba desde la calle mientras corría con un sol solidario que nos hermanaba a todos.
186. El Corredor
Ángel Joshua Ortiz Tavarez
En la recta final de la Calle Compañía, el corredor veterano sintió que su sombra se salía.
No era el sol bajo de diciembre; era ella, alargada y precisa, adelantándose entre los charcos de luz.
Cruzó la meta unos metros antes que él. Y al llegar, la encontró vuelta, con los mismos ojos cansados y un dorsal gastado sobre el pecho: el de su primer San Silvestre, que perdió años atrás, cuando aún corría por alguien que ya no está.
La sombra extendió su mano y se lo devolvió. Él lo prendió sobre el nuevo, sintiendo el alfiler como una aguja antigua. Y por primera vez en mucho tiempo, no levantó los brazos.
A lo lejos, sonó una campana de Año Nuevo. Dejó que el aliento le llenara el pecho, y que la calle, vacía, lo nombrara de nuevo.
187. El dorsal
Víctor Noel Morcillo
Los pies se me ampollaron en el kilómetro cinco. Me acalambré en el siete. Desde las veredas, la gente aplaude y grita un nombre que no es el mío, el que dice el dorsal. Me emociona la confusión. Estoy último. Sigo porque su dueño me espera en la llegada. Promesa de hospital.
188. LOS CUATRO MAGNÍFICOS
ESTEBAN TORRES SAGRA
El sanguíneo llegó cuarto, lo que no está mal si nos atenemos a sus características. Hubiera ganado sin el tiempo invertido en saludos desde la Plaza Mayor al Puente Romano. Se fue con treinta direcciones de Instagram de quienes, sin duda, se convertirán pronto en sus amigos.
El melancólico acabó tercero, también pudo vencer. Su interés le hizo detenerse en cada monumento para profundizar en su historia. Se marchó con la promesa de volver para documentarse mejor sobre tanta maravilla.
El flemático fue segundo. Habría obtenido mejor clasificación si no hubiese dejado pasar al líder sin resistencia.
El colérico cruzó la línea dando gritos de júbilo. Tras varios intentos, lo había conseguido, ¡por fin! Este año ningún atleta de élite ostenta su tipo de personalidad. ¡Qué pena su descalificación tras analizar el codazo en las costillas al flemático, quien, ni aun así, quiso denunciarlo y buscarse un conflicto,
189. UNA, DOS Y TRES
ANE GOIKOETXEA BILBAO
Una, dos y tres se repetía en silencio, venga esta vez sí. Una, dos y tres. Una, dos y tres. Una, dos, tres, cuatro...necesitaba más tiempo, necesitaba más números, necesitaba tomárselo con calma.
No por mucho correr avanzaría más rápido. Ella se daba lecciones, era su mejor mentora, nadie le conocía mejor. Sabía que lección tocaba en cada momento,. Ahora, Calma. Una, dos y tres, cuantas veces había aprendido esa lección, más Calma. No importaba que se la supiese de la C a la A, necesitaba más. Esta vez tampoco seleccionó Inscripción. No estaba preparada. Aún quedaban muchas lecciones y ediciones de su querida San Silvestre Salmantina. Bajó la tapa del portátil y guardó las zapatillas, pero no las colgó, no, aún quedaba... Empezó a leer Tiempo.
190. DIEZ KM
JOHAN LILIANA JIMENEZ MALAGON
Se inscribió con temor, pero diciéndose que valía la pena. Que fuera lo que fuera, valía la pena. Se dijo: - si gano, si logro correr los 10 km en el tiempo impartido, devuelvo el dinero. Ya estaba harto de su vida fugitiva. Había llegado a Salamanca huyendo, se instaló como pudo, le encantó la ciudad, se quiso quedar. Quizá porque, como el Lazarillo, sabía lo que era abrirse camino a golpes. Eligió la última carrera del año para empezar de nuevo. Recorrido D master veterano B 46 años. Una carrera popular y humana. Eso fue lo que lo convenció. Y se llegó el gran día. Ahí estaba él. Sostenido por los otros. Lloró. Sonó la salida y arrancó. Por primera vez en muchos años corría sin mirar atrás. Entonces entendió que la carrera, nunca había sido cuestión de 10 kilómetros.
191. ME ARRODILLO ANTE EL CIELO
SORAYA
Marcaban las once y media en el reloj. Sólo faltaban veinte minutos para la carrera y yo estaba preparada. Es un desafió que tengo pendiente, el dolor no me lo va a impedir, y me conformo con no tener alguna fractura. No deseo ganar, sólo que me deje terminar.
Ahora, hoy es el día. Cuántas tardes con mi padre iba a correr por los caminos cerca del pueblo. Empecé poquito a poco hasta llegar a los 20 km. Qué recuerdos de aquellas carreras con mi padre al lado. ¡Ay padre, qué grande eres!, gracias por tu apoyo incondicional. En el año 2023 me diagnosticaron una enfermedad rara en los huesos.
Oigo la voz del juez de salida que dice: “¡A sus puestos!, ¡listos!…”, y suena el disparo de la pistola. Ahora me arrodillo, miro al cielo y le grito ¡déjame vivir!
192. El corazón trotando
Camila Andrea Cely Simanca
Pablo se amarra las zapatillas con un nudo indestructible; busca su tercera victoria. Susan y Víctor llevan diez meses planeando un disfraz, y no sé quién se emociona más: si yo, al ver su esmero, o ellos, anhelando las risas del público.
El bautizado como “el atleta experto” correrá su edición 43. Llámenme loca, pero cada vez que recorre mis 10 kilómetros lo veo más vital. Que nos revele su secreto, porque ya me dobla la edad.
Cada 31 de diciembre los reúno para retarse y divertirse. Hoy dicen que el nieto de don Pacho —el atleta experto— correrá sus primeros metros al lado de su abuelo. Y yo, con el asfalto helado y el corazón trotando, contengo el aliento para ver cómo dos generaciones le dan sentido a mi existencia en una sola zancada.
193. Mi primera carrera
Óscar Jiménez Otero
Llevaba dos mil años en el mismo sitio. Bueno, exactamente en el mismo no: alguna tormenta me había arrastrado unos centímetros y una carreta me cambió las vistas durante años.
No es una queja. Para una piedra del Puente Romano, moverse no suele formar parte de los planes.
Había visto pasar sandalias, herraduras, procesiones, soldados, amantes y borrachos. Todos cruzaban Salamanca. Y yo seguía sin moverme.
Hasta aquella mañana.
Miles de zapatillas golpeaban el puente cuando una pisada me arrancó del suelo. Quedé atrapada en una hendidura y, de pronto, todo empezó a pasar muy deprisa: el río, las calles, la Plaza Mayor, la respiración del hombre que me llevaba.
Al cruzar la meta levantó los brazos y miró su reloj.
Cuarenta y tres minutos.
Yo hice mis cuentas.
Dos mil años y cuarenta y tres minutos.
No era gran cosa, pero no estaba mal para ser mi primera carrera.
194. Correr en el borde de la página
Nerea González Pascual
No sé quién tiene la razón, solo sé que no importa. Al menos, no ahora mismo -el último domingo del año-, con las piernas golpeando el suelo, con la mirada en el horizonte y el aire helado alrededor. Tac, tac, tac. Correr es como parar un momento para escribir en el borde de la página algo que necesita aclaración.
Hay días que no me acuerdo de mi nombre, pero sí del tuyo. Otros, me pesa cada metro que he puesto -que hemos puesto, no te olvides- de por medio. Igual por eso no cuento sumando kilómetros, sino restándolos, aunque sea un espejismo. Y, mientras, pienso: ¿estamos todos corriendo por algo o solo queremos poder parar el reloj al final? Pero entonces alguien disfrazado ha pasado a mi lado, sorprendentemente rápido, y me ha hecho reír. No sé quién tiene la razón, solo sé que ahora no importa.
195. Quien la vive es quien la goza
Evelio Cely Caicedo
Aprovechando mi pretemporada como ciclista, viajé de Barranquilla a Salamanca invitado por Eduardo. Quería que corriéramos la San Silvestre Salmantina. Al llegar, me vi rodeado de una marea alegre; atletas africanos convivían con gente disfrazada en un auténtico carnaval popular.
Arrancamos a ritmo fuerte. Sin conocer el circuito, mis piernas respondieron. Avanzar por las calles salmantinas fue un viaje en el tiempo: transitamos entre el románico, el gótico y el barroco. De repente, al pasar frente a una iglesia, la voz de mi abuela fallecida me sacó del letargo: «¡Venga, niño, ánimo!». Sentí su mano. Mis zancadas se alargaron y devoré kilómetros flotando sobre el asfalto.
Dicen que entré en los primeros puestos, pero el resultado ya no importaba. Había gozado una fiesta patrimonial junto a mis amigos y el recuerdo de mi abuela. Esta carrera es como mi carnaval: quien lo vive es quien lo goza.
196. La primera carrera.
JESÚS RODRÍGUEZ ASENSIO
Lucy, que llevaba a su pequeña cría aferrada firmemente a su pecho, decidió alzarla con sus brazos y comenzó a caminar empleando únicamente sus extremidades inferiores. De este modo, la joven madre se convirtió en una figura imponente y se sintió orgullosa de su fuerza. Se notaba extraña: era mucho más alta y podía observar el bosque desde otra perspectiva. A lo lejos, divisó a sus congéneres formando una verdadera colonia; apuró el paso para dirigirse hacia ellos y, sin darse cuenta, comenzó a correr. Tal vez hoy en día se vería como un trote desordenado, pero ella sentía que estaba realizando una frenética carrera hacia el mañana. Como no estaba acostumbrada al tremendo esfuerzo de la bipedestación, decidió hacer una pequeña parada y descansar unos instantes. Un ligerísimo rictus facial, que estiraba la comisura de sus labios, surcó su rostro. Era consciente de que había logrado algo muy especial.
197. Siempre he querido correr
Raquel Rodriguez Quevedo
Recuerdo lo mal que lo pasaba en el instituto cuando teníamos que hacer la prueba de Cooper. Había que correr doce minutos sin parar. Al poco de empezar sentía flato en el costado y me quería morir. Llegar al final de aquellos doce minutos se me hacía imposible.
Lo intenté años después. Me compré unas zapatillas en una tienda especializada, me estudiaron la pisada y, durante varios meses, cuando terminaba de trabajar y llegaba a casa, salía sola a correr por un parque de noche.
Nunca conseguí correr más de cinco minutos seguidos.
Ahora, a los cincuenta, todavía no me doy por vencida. Cuando veo una revista de running, aún la compro.
Me gusta pensar que correr no consiste solo en mover las piernas, sino en conseguir que el cuerpo y el alma avancen por fin juntos en la misma dirección.
Y esa sigue siendo mi meta.
198. Siempre llegando último
Paula Piñeiro
Como todos los años en la San Silvestre Salamantina un hombre mayor siempre llegaba último, nadie entendía si era por el cansancio, por la vejez o porque en realidad no quería correr.
Se detenía siempre en una casa, mirandola atentamente y quedando siempre en último lugar, poco parecía importarle, llegaba trotando y se iba enseguida finalizaba.
Fue en la última San Silvestre Salamantina qué no se le vio más, pero si a su hijo quien explicó que había sucedido: su padre siempre posponia correr con su esposa, hasta que esta falleció, allí juro correr hasta su muerte, y la casa en la que se quedaba mirando, era su casa y donde ella siempre disfrutaba del evento desde la ventana.
199. Ochenta
Luz Alfonso Martínez
Ochenta primaveras, y también inviernos. Pero aquí estoy, dispuesta a correr.
Mi nieta Irene me espera en la meta. “Abu, ¡eres lo más!”. Y yo me hago miel y leche, y torrijas.
Ochenta. ¿Y qué más da? En vez de jaguar, ardilla. “Chica, ya tienes ganas, a tu edad”. Gracias por lo de chica, y sí, tengo ganas. Muchas.
Está lloviznando. Me recuerda a mi primera vez, hace treinta años. Empecé a correr cuando se me retiró la “costumbre”, así llamábamos a la de cada mes, y un año después hice mi primera San Silvestre. Lloviznaba, como ahora.
Entonces sí que era un jaguar. Hoy sin embargo una ardilla.
“Abu, te espero en San Antonio para cruzar la meta juntas, ¿vale?”
200. Antes de la carrera
María Valentina Nevot Santese
El aire forma nubes frente a mi boca, que exhala el aire de la primavera en Salamanca. Mi cuerpo corta el frío aire, mis brazos, siguiendo el movimiento de mis piernas. Algunos dirán que es pronto para salir a correr, las cinco de la mañana, pero es para mí la hora perfecta: las calles vacías, el aire fresco, el silencio, la tranquilidad... Aparte de que no hay nada mejor que ver salir el sol en el parque. Sigo corriendo. Noto el duro suelo contra mis zapatillas, el movimiento de mis músculos, de mi cuerpo. No hay nada como correr. Para mí, correr es vida. Correr es reiniciarme del mundo, centrarme en mí, en avanzar, en mi cuerpo, en seguir adelante, y superarme. Como los últimos años, entreno arduamente para cualquier carrera que se me presenta aquí.
Y no corro por el premio, o por la gloria.
Yo corro para mí.
201. A los pies de la Historia
Darío Pérez Montiel
Son las dos y seguimos sin noticias de mi padre. Se rumorea que, por el Puente Romano, han visto pasar a un hombre que podría ser él (si no fuera porque llevaba sandalias), mientras que otros testigos lo sitúan usando borceguíes junto a la Universidad. Protección Civil confirma que ha atendido a un varón de avanzada edad, magullado tras tropezar en la Plaza Mayor con sus zapatos de tacón. Y el remate de tranquilidad, o de preocupación, nos llega a través de la Policía, quien asegura que un individuo, que se corresponde con su descripción, cruzó Puerta de Zamora vistiendo ballugas.
— ¿Dónde estabas, papá? —le inquiero cuando por fin gana la meta.
—Haciendo un homenaje —responde tan ufano—. He usado en cada tramo el calzado propio de su época.
—Con razón tardabas…
—Pues he batido el récord: apenas tres horas en recorrer veinte siglos.
202. ANNA
DESSISLAVA IVANOV ANGELOVA
Firmó su acta de ingreso, y con ella la despedida de su amada.
Sabía que jamás volvería a tocarla, besarla, ni siquiera mirarla de la misma forma.
Y por muchas promesas por parte de Anna,el sabía la verdad.
Que el tiempo y la distancia no son amigos del amor. El amor necesita del calor, la cercanía y la constancia.
Él sabía todo eso, pero lo que Anna no sabía,es que él dió su vida por ella. No de forma literal. O él vivía sin ella, o ella viviría sin él.
Claramente Anna es más fuerte, pensó él. Ella sabría seguir adelante. ¿Pero él? Él no, él era un cobarde, que solo pudo defender el honor de su amada.
203. Pared
Javier Sotelo Mancebo
Recuerdo la música y los colores. Recuerdo a la gente, toda vestida de azul, y la voz distorsionada que salía de los altavoces, ahogada por los grandes éxitos de principios de siglo. Recuerdo el ambiente, el olor a frío y las montañas de botellas de agua y manzanas. Recuerdo ir a recoger mi dorsal, azul, con mi nombre y número, y colgarlo en mi habitación nada más llegar a casa. Recuerdo pensar, aún detrás de la línea de salida, lo mucho que iba a recordar esa carrera.
Pero ahora, cuando miro hacia mi pared, veo un dorsal casi azul, con mi nombre y número. Me veo en aquel día lleno de vida. Parece que oigo los gritos de desconocidos, animándome como si me conociesen desde siempre. Parece que huelo el frío y las manzanas.
No sabía, ya llegando a la línea de meta, que la carrera era lo de menos.
204. Adiós Digno.
Nadia Genesis Garzón Infanfe
Las piernas le pesaban demasiado, sabía que este sería el último año en el que podría correr en Salamanca antes de partir al que sería su nuevo destino, hacía frío, pero no un frío normal, era uno de esos que se sienten como despedidas nostálgicas.
-¡Tú puedes Rodrigo! -Le Gritó su amor desde la línea de espectadores.
Al cruzar el puente se escuchaban gritos y vitoreos de la gente “Un tramo más” -Pensaba Rodrígo-
Se abre frente a él la plaza mayor, tan monumental rodeada de furor y aplausos que amortiguaba el cansancio de su cuerpo.
Al cruzar la meta se detuvo para dar un respiro profundo. Dejó atrás las zancadas del y sonrió: Había ganado, corrió hacia los brazos de su esposa y la besó, sabiendo que había dado lo mejor de Sí y que se iba con el corazón lleno de agradecimiento.
205. Huellas de Memoria
Alexei Darién Rodríguez Coronel
Bajo el sol dorado de Salamanca, persiguiendo la marcha de inspiradores atletas.
Miro hacia las nubes celestinas que el cielo clarea, pintando con pálidos nubarrones el reflejo de mi visera.
Con cada avance aprecio los rastros ancestrales de este magistral recorrido.
La Plaza Mayor, el puente romano… Paradójicamente, me siento en la piel de uno de los magistrales soldados de Roma; tras mis propios pasos viene una nueva generación de deportistas, dejándose el corazón en la carrera.
Veo que me esperan mis amigos, que me apoyan animados, felices y pensando en la noche de mágica y cálida celebración que nos espera.
El corazón lo llevo acelerado, el pensamiento es claro más allá de abstraerme contemplando los juegos de luz presentes en el paisaje.
Deseo competir desde hace años y hoy, por primera vez, en verdad he tomado el valor para intentarlo.
Huellas de memoria en sus ancestrales locaciones he dejado.
206. EL ATLETA DESCONOCIDO
Sara Patricia Salas U.
Jimena tropezó con un tronco y se lastimó el tobillo. Un joven empleado del hotel la ayudó. Días después, descubrió que era Moisés Morales, medallista de plata en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y participante por Colombia en competencias nacionales y centroamericanas. Tras perder a su padre y entrenador, Moisés abandonó el deporte para sostener a su familia, situación agravada por los recortes al presupuesto deportivo. Confesó soñar con correr la San Silvestre Salmantina, mejorar su marca y recorrer el patrimonio histórico de Salamanca. También quería conocer el origen de esa carrera. Jimena explicó que el nombre de la carrera honra a san Silvestre I, cuya festividad celebra el 31 de diciembre, según el santoral católico. Además, se ofreció a pedir ayuda a su padre, socio del Club Deportivo Padre Basabe, para apoyarlo. Moisés cruzó la meta llorando de emoción. Jimena lo abrazó sutilmente y gritó: ¡Felicidades, atleta!
207. A MI NO ME SIENTA NI CRISTO
Patricia Aliaga Rodrigo
Tengo ochenta y tres años, una rodilla que cruje como puerta de corral y más conocimiento que ganas de conversación. Pero llega la San Silvestre y allá voy, por Salamanca, con mi dorsal, mis imperdibles y una camiseta debajo, que luego vienen los catarros y nadie te los corre.
Ahora los zagales salen con reloj, móvil, auriculares y no sé cuánta cacharrería. Corren mirando si los miran. ¡Qué fatiga, hijo! Yo bastante tengo con mirar dónde piso.
Mi nieta dice: «Abuela, hazte un selfi». ¿Un qué? Tú corre, criatura, y deja de retratarte el morro.
Luego me adelantan cuatro mozos vestidos de butano y, en la cuesta, los paso yo resoplando como una cafetera.
No voy deprisa. Voy.
Que a estas alturas una aprende que la carrera no es contra los demás.
Es contra la silla.
Y a mí todavía no me sienta ni Cristo.
208. Carrera mixta
Julia San Miguel Martos
Parece que sigues escuchándole. Que ya es la hora. Que esta vez no se te puede pasar el plazo, por favor. Así que no vuelvas a recrear lo que quedó inacabado aquella tarde cuando el monitor trazó una línea infinita a un destino inevitable. Ya lloraste el duelo, que nunca cesa. Es mucho el vaivén emocional sintiendo a tu alrededor su ausencia. Tan presente. Pero por mucho que deambules por la casa, por las calles y vayas al parque donde ambos entrenabais, debes dejar de seguir buscándole en lo cotidiano. Venga, siéntate frente al ordenador. Se lo prometiste. Entra en la web oficial del Cross de Atapuerca, y rellena los datos para la carrera popular… ¿Otra vez su nombre? ¡Borra y escribe el tuyo! Por muy doloroso que te resulte, eres tú la que va a participar. Venga, te dice, ponte las zapatillas y sal a correr. Que te acompaña.
209. REVELACIÓN
carmen r
REVELACIÓN
Coincidimos al recoger los dorsales. Le propuse acudir juntos a la carrera. Aceptó, ligeramente contrariado. Antes me pasaría por su casa y le llevaría las fotos que mi mujer guardaba de años anteriores. «Ya sabes: es una fanática de la fotografía».
Siempre corría la Sansil con el 212. Aseguraba, fanfarrón, que le traía suerte, y así era: entraba entre los primeros. Curiosamente, todas las fotos de mi esposa eran de aquel atlético vecino que levantaba los brazos y miraba siempre a cámara con su reconocible capicúa.
Cuando la megafonía anunció mi dorsal, al alcanzar la meta, elevé los brazos y miré fijamente al objetivo. Percibí el fogonazo del flash y alcancé a coger la cámara analógica de mi mujer antes de que se rompiera.
Este año, no me gustaría, por nada del mundo, perderme el revelado.
210. El alma al aire
Francisco Sacristán Romero
Se presentó una accidentada San Silvestre Salmantina con una ráfaga de viento que arrancó los dorsales a todos los atletas. Durante unos minutos los números quedaron flotando varios metros por encima de la tierra, como una bandada de aves que no se atreviera a emigrar, hasta que comenzaron a caer, poco a poco, sobre los espectadores, sobre el suelo, sobre mí. Un tembloroso cuarenta con bandera brasileña me abrazó y me fue imposible arrancármelo, de modo que no tuve más remedio que terminar la carrera. Entré en tercer lugar. Desde entonces vivo en Brasilia y entreno a diario. Ya me he acostumbrado a la caipiriña, pero sigo echando de menos Salamanca y pronto anunciaré mi retirada. Eso sí, lo haré con orgullo, en este tiempo he competido por todo el mundo y he logrado varias medallas. No creo que le pueda pedir mucho más a una humilde rana de piedra.
211. Campeón
Enrique Manuel Milanés León
Corría por la arcilla con las manos descalzas. Uno más en la fiesta de ropas deportivas y disfraces alegres, comprobaba a cada centímetro el poder del agarre y la fuerza muscular. Pensándolos bien, nunca le parecieron tan palpables el paseo de San Antonio, la glorieta de los Milagros, la plaza Mayor, el puente Romano…
En el alborozo, apenas recordaba la vieja lesión y, amo de su cuerpo, avanzaba alegremente sobre la corteza motora, extasiado en la belleza salmantina.
Competidor al fin, sabía qué se traía entre manos. Una vez más, en la mesa del taller de cerámica y guiado por el maestro artesano, movió su parálisis cerebral y se sintió campeón: el trofeo que terminaba seguiría trotando en los corazones muchos años después de que los ganadores de la SanSil hayan colgado las últimas zapatillas.
212. Casta y tradición
David Delgado Morales
El disparo acaba con los nervios y da comienzo a la carrera. Te debates entre el entusiasmo de haber comenzado y la prudencia de saber lo que te espera. Dosificas tus fuerzas, obligándote solo a pensar en el siguiente paso, tratando de olvidar una meta aún lejana. Cada paso cuesta más. Cada kilómetro recorrido pesa. La fe entra en juego. Necesitas creer en ti; en tus piernas, en tu corazón, en tu alma. Pero estás cansado; muy cansado. Terminas llegando, extenuado y feliz. Ha merecido la pena.
Los enfermeros te entregan un diploma entre aplausos. Te felicitan por tu última sesión de quimio. Pero el mérito no es solo tuyo. Tantos años de San Silvestre Salmantina te prepararon para la carrera más importante de tu vida.
213. Los tiempos
José Luis Pulido Calvo
Me acuerdo de todo por los tiempos. A los veintiséis hice diez kilómetros en cuarenta y dos minutos; a los treinta perdí a Elena por no detenerme cuando cayó. No fue su rodilla lo que tardó en curarse.
Este diciembre la reconocí en la San Silvestre Salmantina, en la Cuesta de Moneo.
—Elena.
—No hables.
Corrí tras ella. Se me escapaba por un paso, siempre el mismo. Entonces otro corredor tropezó junto al bordillo. Pensé en seguir. Pero las piernas ya habían decidido.
Volví. Al levantarlo, vi que tenía mi cara de treinta años.
—Perderás la carrera —me dijo.
—Ya la perdí hace tiempo.
Cuando alcé la vista, Elena me esperaba. Llevaba una venda limpia en la rodilla.
—Ahora podemos continuar —dijo.
Aún quedaban diez kilómetros.
214. La carrera de mi vida
Eduardo Quiles
Horacio, de 70 años, desahuciado por los médicos, con la San
Silvestre salmantina a punto de empezar, se evadió de la residencia
de mayores con el sigilo de un gato montés y, en el Paseo de San
Antonio, por la línea de salida, se vio envuelto en una nube de
corredores de diversas nacionalidades y etnias. Cuando sonó un
disparo en tan mítica carrera, Horacio empezó a correr controlando
con sabiduría su caudal de energías. A su lado corría un individuo
muy alto y enjuto, disfrazado con vestimenta lúgubre y capucha
negra. Al cruzar el Puente Romano sobre las aguas del Tormes, le
susurró con voz de bajo: “No te inquietes, amigo, aún te queda tiempo
para bailar tangos y quizá varias San Silvestres más. Ah, añadió,
¿qué tal un chocolate caliente luego de la carrera? Vendería mi alma,
de tenerla, por saborear todos los días tan dulce tentación”.
215. A su ritmo
Fátima Chamorro Merino
Ahí están, bajo el frío inclemente que este año ha vuelto. Van vestidas como Jane Fonda en sus clases de aeróbic: mallas chillonas; los calentadores y la cinta elástica del pelo, a juego. Por encima, un body que les marca el pecho caído. Quizá deberían haber elegido algo más suelto, dice Dora. A las demás les da igual. Lo que echan en falta es el abrigo. Dan pequeños saltos, sin despegar mucho los pies, para no quedarse heladas. Corren porque Teo, la mayor, las retó mientras jugaban al dominó en el centro de jubilados. Entre risas y chanzas, aceptaron. Era abril. Ahora, el vaho brota en sus palabras y tienen las manos ateridas. A ver si esto empieza ya, piensan. A la señal, salen emocionadas. Trotan primero unos cuantos metros. Luego andan ligeras. Pasean después. No llegan a la meta, pero sonríen contentas cuando reciben una ovación cerrada.
216. SILVESTRE DE INVIERNO – A pocos metros del milagro
Ludwing Orlando Arias Morales
El aire frío de diciembre envolvía Salamanca cuando María ajustó sus zapatillas para la San Silvestre Salmantina. Había entrenado más allá de sus fuerzas, corriendo al amanecer y al anochecer, soñando con el premio que le permitiría comprarle a su hijo el regalo que tanto deseaba. Cada paso era una promesa, cada respiración un sacrificio. El Puente Romano la recibió con vítores; el centro histórico se convirtió en un túnel de aplausos y luces. A pocos metros de la meta, su cuerpo, agotado por semanas de esfuerzo, cedió. Cayó entre los gritos del público, mientras el reloj marcaba el final de la carrera. En el hospital cercano, su corazón se apagó lentamente. Los médicos dijeron que había corrido más allá de lo posible. Su hijo, con la mirada perdida, sostuvo la medalla que le entregaron en su nombre: el último símbolo de una madre que corrió por amor.
217. Nuestra carrera de fondo
Fernando Martín Vaquero
Salimos del Paseo de San Antonio con veinte años y un solo dorsal para los dos.
En la Plaza Mayor me dijiste que sí. Cruzamos el Puente Romano con lo puesto. Llegaron años de Progreso.
En la Glorieta de los Milagros nació Vega.
La Cuesta de Oviedo casi nos para. En la Plaza de la Merced te pedí perdón, y me lo diste.
Volviste a Libreros a los cincuenta. Yo aprendí para qué sirve la Compañía: sobre todo, para las cuestas.
Por la Avenida de Portugal se nos fue Vega. La despedimos en la Estación.
En el Alto del Rollo nos jubilamos, y el resto fue un Paseo.
En Cuatro Caminos elegimos el de siempre.
Hoy entramos en San Antonio los últimos, andando, con el mismo dorsal prendido en tu chaqueta.
La organización dice que así no vale.
Que prueben ellos a correrla cuarenta y un años.
218. Carrera real
María Teresa Blasco Bermejo
La idea se le ocurrió a Gaspar. A Baltasar le pareció bien; claro, con ese cuerpo tan atlético, era obvio quién de los tres tenía más opciones de ganar. A mí, en cambio, me pareció una ocurrencia arriesgada. Estoy en muy mala forma y temía lesionarme en fechas tan señaladas.
El día de la carrera me coloqué un chándal y unas deportivas y me preparé para correr la San Silvestre de la forma más digna posible. Baltasar, como imaginábamos, se puso en cabeza nada más empezar, pero Gaspar le siguió de cerca. En un momento dado, un tipo gordo en mallas con una barba blanca más larga que la mía me adelantó y me guiñó un ojo. Al principio no lo reconocí, pero luego me di cuenta de que era él. Otra vez. Deseé con todas mis fuerzas que Baltasar ganara, pero el pesado de Noel siempre acaba adelantándose.
219. Kilómetro cinco
ISMAEL F. CABEZA
En el kilómetro cinco se aparta un poco hacia la derecha. Lo hace todos los años.
Durante dos décadas, su hija había corrido a su lado hasta ese punto. Allí le apoyaba una mano en la espalda, fingía darle un empujón y salía disparada.
—Te espero en la meta, papá.
Este año nadie se adelanta. Su hija murió en febrero.
Él tarda unos segundos en darse cuenta de que sigue dejando libre aquel espacio. Después continúa, con las rodillas doloridas y la respiración cada vez más entrecortada.
Cuando llega al Paseo de San Antonio, algunos voluntarios recogen las vallas. Cruza la meta sin mirar el reloj. Busca entre los espectadores el lugar donde su hija solía esperarlo. Lo ocupa un hombre que habla por teléfono.
Se queda allí un rato.
Por primera vez, es él quien espera.
220. SALAMANCA LA BELLA
Jose Manuel López Huertas
Siempre amé practicar deporte en cualquier modalidad, correr por la inigualable Salamanca era mi meta y mi sueño. Pasaría el fin de año en la ciudad de las dos catedrales. Me encanta Castilla, quizá mis raíces sean de por allí, ese carácter sobrio y noble me resultaba familiar y me hacía sentir en casa. ¡Ya estaba decidido! Correré la San Silvestre salmantina como un charro más, yo que he crecido a orillas del Mare Nostrum. Empezaremos en el Paseo de San Antonio y las calles comerciales que le siguen, tan bulliciosas y transitadas, divisaríamos la puerta de Zamora donde los reyes entraban triunfantes y ufanos, disfrutaremos del casco histórico con sus antiguos palacios flanqueados por conventos de un pasado pío, pero lo que más anhelaba era correr por la plaza mayor más bella de Europa, ya seré un salmantino más…
221. El último avituallamiento
Tomás Daniel Cuesta Cuesta
En el kilómetro siete una voluntaria le tendió un vaso de agua y él lo rechazó sin frenar. Llevaba el dorsal de su hermano, que se había inscrito como una forma de esperanza de llegar a fin de año. Le había prometido correr entera la carrera con su sed, la de tantas noches en la lista de espera de un riñón, con la boca seca y el agua racionada. La voluntaria leyó el nombre impreso en el pecho y se quedó con el brazo en el aire. Había cuidado a Iván Ferrer durante meses en la planta de nefrología.
En la meta, el chip pitó y la megafonía anunció que Iván Ferrer había terminado la San Silvestre salmantina. La enfermera también había llegado corriendo, para ofrecerle de nuevo el vaso. Esta vez él lo aceptó y bebió despacio, hasta el fondo.
222. La primera en llegar
Adrián Cuesta Vergara
El pelotón de cabeza dobló hacia el paseo de San Antonio. Delante de ellos corría una mujer sin dorsal, con un chaleco reflectante y un bulto blanco bajo el brazo.
—¡Apártese! —le gritó el favorito.
Ella miró atrás y aceleró. Los salmantinos, que no entendían nada, empezaron a animarla.
A cincuenta metros de la llegada tropezó pero recuperó el equilibrio y esprintó hasta dos voluntarios que la esperaban con los brazos levantados. Desplegó el bulto, dio un extremo a cada voluntario y cayó sentada en el bordillo. Apenas tuvieron tiempo de tensar la cinta antes de que el vencedor la rompiera con el pecho.
El juez de meta se acercó furioso.
—¡La cinta de meta tenía que llevar puesta dos horas!
—Habría llegado antes en coche.
—¿Y quién se lo impedía?
Ella señaló las calles acordonadas.
—Ustedes.
223. El caracol
María Belén Vergara Rodríguez
Nadie apostaba por el caracol. Medía casi dos metros, arrastraba una concha de cartón piedra y llevaba las antenas sujetas con alambre. En la salida los demás corredores lo fotografiaban entre risas. En la Plaza Mayor ya iba en cabeza y los comentaristas, desconcertados, empezaron a buscar adjetivos. Cruzó el puente romano con una zancada limpia, sacó medio minuto a los favoritos en el paseo de San Antonio y entró en la meta con los brazos en alto mientras el público que lo había despedido con burlas lo ovacionaba ahora en pie.
La jueza de meta le pidió que se quitara la cabeza para identificarse. Salió un abuelo de setenta años, sin resuello, que miró al juez y preguntó:
—¿Tienen medallas para diez?
224. Infinito puente
Darío Cuesta Vergara
En la San Silvestre de Salamanca, junto al verraco del Puente Romano, Aquiles termina de atarse una zapatilla cuando la tortuga pisa la primera losa, bajo las campanas de las catedrales.
Aquiles sale tras ella entre bufandas y gorros navideños; cuando alcanza aquella losa, la tortuga, con paso lento pero constante, ya se desliza sobre la siguiente.
Él persigue el reflejo de su caparazón en la piedra húmeda pero la luna lo deja siempre un poco más adelante.
Los corredores desaparecen; a Aquiles le queda el rumor del Tormes y un roce de uñas.
Cada losa que pisa él es una losa que ella ya dejó.
Cuando alcanza el roce, oye otro que se aleja.
Todavía distingue una sombra, apenas.
Aquiles alarga la zancada. Ella avanza.
El puente continúa bajo ambos.
Una losa, una sombra.
Temblor delante.
Casi la...
Todavía...
Todav...
Toda...
Tod...
To...
T...
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...
..
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225. EL BRONCE ES EL METAL MÁS SINCERO
Diego Mauricio Alvarez Rubio
Desde lo alto, los cuatro que veían, tenían una panorámica perfecta de la carrera. Un detonar sulfuroso dio la señal de partida.
El primero en hablar fue fray Luis de León:
—Decíamos ayer que la de este año sería la más concurrida, y no me he equivocado: es imposible contar tantas cabezas.
—¡Pardiez! No nos digas lo obvio —refunfuñó el ciego—. Todos los años es la más concurrida. Más bien dime tú, Lázaro, quién va encabezando la carrera. Espero que sea un alma caritativa que me dé al menos unos maravedís del premio.
—¡Qué veloces han sido esta vez! —exclamó el arquitecto Alberto Churriguera—. Casi se llevan volando mis planos.
El último en hablar fue Unamuno, al ver al ganador cruzar la meta:
—¡Qué bien ha corrido! —dijo emocionado.
Pero inmediatamente frunció su ceño de bronce y añadió:
—¡Lástima que, aun coronado de oro, haya de morir como todos nosotros!!
226. Llegar tarde
Ander Villanueva Llorente
Durante treinta años, Julián llegó tarde a la Plaza Mayor.
Su padre lo esperaba bajo el reloj, con dos dorsales prendidos en la chaqueta y esa tos que el frío volvía más profunda. Corrían despacio. Al cruzar la meta, el viejo siempre consultaba su cronómetro.
—El año que viene, bajamos de una hora.
Luego fue Julián quien esperó bajo el reloj. Primero diez minutos; después, veinte. Cuando sonaron las campanadas, comenzó a correr solo.
Las calles estaban donde siempre, pero parecían más largas. En cada esquina creyó distinguir la chaqueta de su padre alejándose entre el público. Aceleró hasta que el aire le quemó los pulmones.
Cruzó la meta en cincuenta y nueve minutos.
Entonces detuvo el cronómetro que llevaba treinta años guardado y leyó, bajo la esfera rayada, la inscripción que nunca se había atrevido a mirar:
«Empieza cuando puedas seguir sin mí».
227. Once,el deporte siempre gana
María Carmen García Jaén
Once es una gatita atigrada moteada gris, ella tiene superpoderes como los atletas de la San Silvestre Salmantina, porque; aunque le falta un ojo es capaz de mantenerse fuerte y ágil. Ella sigue la carrera, valorando más que nadie el esfuerzo y la solidaridad que inspira su recorrido por Salamanca. Desde los tejados contempla la prueba, ella también recorre la ciudad admirando todos sus encantos con agilidad. Su figura indómita se yergue en los tejados señoriales y en la universidad. Once es una superheroína de cuatro patas del mismo modo que lo son los atletas participantes; corriendo por grandes causas, más allá de ganar, porque el deporte siempre gana. Once es especialista en sortear obstáculos y afrontarlos con éxito como los participantes de la San silvestre Salmantina.
228. Zancadas de fibra de carbono
Dolores Asenjo Gil
La imaginación es libre. No sabe de los corsés impuestos al cuerpo. La mía fantaseaba con la agilidad de la gacela y la rapidez del guepardo. Y aunque nunca había ido a clase de gimnasia y me desplazaba en silla de ruedas podía soñar con ser el más rápido de clase.
No me cansaba de ver vídeos de atletismo. Paraba la imagen y estudiaba la pisada, con la zona media del pie; la posición de la cabeza y el ángulo de flexión de los brazos. Dominaba la teoría.
Hoy será mi primera práctica. Luzco un dorsal y formo parte de una muchedumbre que ansía la orden de salida. Correré con dos piernas, una cubierta de piel blancuzca y la otra metálica y brillante. Gracias a las hojas de carbono diseñadas para replicar el impulso natural de un pie que nunca tuve podré, por fin, ser ágil y veloz.
229. SAN SILVESTRE SALMANTINA
Elías Argüello Alonso
SAN SILVESTRE SALMANTINA
Tengo 59 años. Me gusta correr y pertenezco a la categoría de veteranos. Uno más entre los 7000 que pisaremos con prisas las calles de la ciudad. Yo estaré entre el montón, ni de los primeros ni de los últimos, feliz de volver a participar.
He aprendido a mirar la ciudad, el Puente Romano, la Universidad, la plaza Mayor, al mismo tiempo que disfruto, perdido entre multitud de personas, al obligar a mi cuerpo a poner a prueba su resistencia.
Salir con ilusión, correr con calma de veterano, y respirar satisfecho, un año más, al cruzar la línea de meta. Sentir al cruza la meta que levantarme cada día corriendo por las calles de mi barrio mantiene mi cuerpo en forma.
No soy raro, veo a los que cruzan la meta conmigo sonreí felices. Un año más, un nuevo recuerdo descansando satisfecho de poder participar.
230. RETO PERSONAL
Rafael Soriazu Gual
Noche. Inspiraba la oscuridad con un placer casi de yonki. Sonrió.Estaba ahí, en
la salida de la San Silvestre Salmantina. Algo que se había propuesto cuando se
jubiló, cuando todos creían que ya no valía para nada. Entonces empezó a correr. No
pensaba quedarse abotargado todo el día viendo la tele en un sofá. Él no. Él no era
de esos. No era un mueble viejo que se llena de polvo.
Noche. Se acercaba el fin de año. La familia le haría bromas con su carrera. Pero
ahí estaba, en un reto personal. Lo importante es competir con uno mismo, los otros
eran sombras que nada significaban con éxito o fracaso. El éxito era estar ahí. Y el
año que viene volvería. Y el siguiente y el siguiente hasta que...
231. El aroma de la meta
Alicia Cantero Iza
Un frío voraz se clava en mis huesos. Tiemblo. La niebla me ciega; todo es gris, dudo y apenas puedo respirar. ¿Por qué continúo? Doy un paso, otro y otro más. No puedo parar; tengo que continuar.
Repentinamente, la bruma desaparece. La estática se rompe cuando un grito anónimo retumba. Llega directo a mi pecho, como un aliento de energía. Otro paso. Los tonos grises, blancos y negros se desvanecen; nace el color. Miro abajo. Mi camiseta es azul. Miro a los lados. Reconozco el mismo esfuerzo en los rostros de los demás. No estoy solo.
Otro paso. Siento una ráfaga nueva, un calor inesperado: huele a alegría. Levanto la mirada y diviso un arco custodiado por disfraces y sonrisas. Solo cincuenta centímetros me separan del pasado a la meta. Doy ese paso y todo es luz, abrazos y risas. Miro atrás, me despido de las sombras y sigo avanzando.
232. CITIUS, ALTIUS, FORTIUS
Adrián Moro Sánchez
Amanece sintiéndose atleta profesional, día emotivo en su ciudad.
Los nervios se apoderan de él mientras coloca el dorsal en la camiseta y esboza una sonrisa de orgullo.
Calienta mientras observa caras conocidas deseándole suerte y el cajón es su destino.
El “speaker” alienta a los participantes y una pistola dicta la salida.
Raudos kilómetros por la Plaza España, ambientación en la Plaza Mayor y piernas alegres en el puente Romano a partir del cual toca sufrir.
El cuerpo consigue llegar a la Avenida Portugal y es momento de dejarse el alma.
Decide no mirar el reloj y fluir.
Se adentra en la última subida, con los ánimos de su familia por bandera.
Aprieta los dientes, corre rápido para estar a la altura de sus contrincantes y aunque las fuerzas parecen esquivas, consigue su objetivo.
No es el primero, pero ha rebajado su marca personal.
Luchando como un auténtico olímpico.
233. El doble nudo
Luis eduardo De Miguel martinez
Lo primero que olvidó mi madre fue mi nombre. Lo último, mis cordones.
La residencia permitió que la llevaran a ver la San Silvestre, a la esquina donde, de niño, me esperaba después del colegio. Eran las ocho del 31 de diciembre. Olía a castañas y a sudor; los corredores cruzaban la plaza entre disfraces y vaho.
Cuando llegué a su altura, fingí un tropiezo. Tenía el cordón suelto. Ella se levantó antes de que pudiera agacharme. Le temblaron los dedos al hacer los dos nudos de siempre: uno para que no me cayera, otro, decía, por si el primero se rendía.
—Ya está —murmuró.
Quise abrazarla, pero retrocedió, asustada por un desconocido que lloraba.
Me señalé el dorsal.
—¿Voy bien?
Miró la cuesta, la multitud, mis zapatillas.
—Corre —dijo—. Tu madre te está esperando.
234. Cálculo
IGOR ARMANDO COLLAO FUENTEALBA
En la salida de la San Silvestre salamantina, el ácaro californiano presumía de velocidad. El escarabajo tigre, de reflejos. La hormiga plateada del Sáhara no presumía de nada: tenía frío.
Sonó el silbato. El ácaro desapareció calle arriba. El escarabajo aceleró hasta perder de vista los adoquines. Entre las zapatillas humanas, la hormiga apenas podía mover las patas.
Buscó al corredor mejor equipado: calzado ligero, chaleco fluorescente, paso seguro. Falló dos veces al trepar. A la tercera, encontró refugio entre los cordones.
El ácaro ganó la carrera. Nadie supo que había participado. El escarabajo seguía discutiendo con un adoquín.
Cuando empezaban a recoger las vallas, apareció su anfitrión. La hormiga salió y leyó en el chaleco: CIERRE DE CARRERA.
El hombre dio media vuelta. Ella regresó a los cordones.
235. Geografía del primer paso
Daisy E Ruiz Diaz Lovera
El aliento de los corredores flota en el aire helado. Miles de zapatillas hacen retumbar el adoquín salmantino y un codo anónimo me sostiene antes de caer.
Agradezco el gesto en silencio y aprieto el paso hacia el Puente Romano. Al pisarlo, siento el peso de tantos otros que cruzaron antes buscando la otra orilla.
A miles de kilómetros, la Avenida Paulista conoce este mismo ritmo. El recuerdo de aquella carrera del año pasado vuelve a mi mente, y el temblor de mis piernas me trae al presente.
Al cruzar la meta, no miro el cronómetro. Apoyo las manos en las rodillas y busco en el asfalto la marca de mis propias huellas; debajo de ellas, aún tiritan todas las demás.
236. Atados
Jose Alberto Ruiz Cembranos
Corro atado a Mateo por la muñeca, con un cordón de zapatilla. Él pone las piernas; yo pongo los ojos. Es su duodécima San Silvestre. La mía, la primera.
…mira, el de la cuerda…
…¿y ese cómo va a ver la Plaza Mayor?…
Se la cuento yo, en voz baja: los soportales llenos, una monja con zapatillas fluorescentes. Un abuelo con boina nos adelanta y le da a Mateo una palmada en la espalda. Él se ríe y aprieta el paso.
En la Cuesta de Oviedo se me acaba el aire. Mateo lo nota por la cuerda.
—Tira tú —le digo.
Y tira. Durante doscientos metros, el ciego me lleva a mí.
…¡vamos, que ya está!…
…¡vamos, que se acaba el año!…
Cruzamos la meta con las manos juntas, levantadas. Él no vio el arco. Yo no había visto nunca a nadie tan entero.
237. Corres en mí
Adaeze Christina Ezugworie Achukwu
Juan se coloca ante la línea de salida. Se cruje el cuello. Estira las piernas. Respira. Respira. Y vuelve a respirar. Está siguiendo la rutina. Sin embargo, este año es diferente.
A nadie le ha pasado por alto que lleva un zapato de cada color, como solía hacer su padre. Durante veinte años corrieron juntos la San Silvestre Salmantina.
Por un instante, no puede evitar fijarse en los niños acompañados de sus padres. Él fue uno de ellos, no hace tanto tiempo. Inconscientemente, se gira a su lado, pero quien está ahí es Paco, su amigo. Este le desea suerte, pero sobre todo ánimo.
Suena el disparo. Juan corre con todas sus fuerzas. El dorsal veinte vuela entre el resto de participantes. Va a ganar. Tiene que ganar. La gente debe volver a ver esos zapatos azul y amarillo cruzar la línea de meta. Fue lo último que le prometió.
238. Esta mañana
jose agustin blanco redondo
Esta mañana
Tres meses entrenando. Cuatro en la facultad de farmacia. Cinco en esta ciudad que desconocía. Frío en las piernas, en los pómulos, en la nariz. El puente romano bulle de ilusión y entrega, de asombro y voluntad. La Plaza Mayor es aún más elegante cuando la atravesamos con la mirada así, abierta, tierna, fugaz. La Catedral destella muy cerca, algo tendrá que decirnos esta mañana. Todo en Salamanca tiene un mensaje, un destino, unas palabras, quizá inaudibles, de acogida, de franqueza, de solidaridad. Estoy cansada, pero no me rindo.
Tres meses entrenando. Cuatro en la facultad de farmacia. Cinco en esta ciudad que desconocía, en esta ciudad de la que ya no quiero marcharme.
239. Diez kilómetros para descubrir una ciudad
José Carlos García Martagón
A Juan Escobo no le gustaba correr, ni hacer maratones. Eso venía de cuando estudiaba en San Estanislao: El deporte no era lo suyo. Solo iba a la San Silvestre por su padre, que le había pedido que fuera con él. A pesar de su juventud, no podía negar que la Plaza de España era bonita, la estatua del charro les daba la bienvenida a la carrera. Avanzaron en dirección a la plaza mayor, sin prestar atención a los detalles históricos del lugar.
Estaba cansado, pero quería seguir. El Palacio de la Salina le gustaba, pero fue en el puente romano, sobre el Tormes, donde sintió brío y serenidad. Había aprendido la belleza de su ciudad, desde la casa de las conchas hasta su futura universidad. En el ocaso de la carrera, cruzado el paseo de San Vicente, solo quedaba un pensamiento en su cabeza: “Quiero hacerla de nuevo”.
240. El parte
Sergio Capitán Herraiz
Atención, corredores, actualización de última hora: salida en el Paseo de San Antonio. Sensación térmica de nerviosismo, dos grados bajo cero, niebla densa y visibilidad reducida.
Al paso por la Plaza Mayor, se esperan rachas de aplausos que frenen el viento. La temperatura sube gracias a los ánimos del público, mientras aparecen intervalos nubosos de fatiga en las piernas.
Afrontamos el último tramo. Se aconseja precaución: la presión aumenta, los corazones se disparan, faltan las fuerzas. Madre mía, cómo pican los gemelos. ¡Alerta por calambres! No sé si aguantaré este último sprint hasta la meta o me sorprenderán chubascos de ácido láctico.
Previsión para la medianoche: cielos despejados y ligera brisa de calma y satisfacción.
Para el año que viene, alta probabilidad de volver a encontrarnos aquí.
241. TEMPUS FUGIT
Jose Luis Baños
Aquella fría mañana de diciembre, de camino al Paseo de San Antonio para reunirse con los demás corredores, Juan se detuvo frente al escaparate de una antigua tienda de artículos deportivos y observó su imagen reflejada en el cristal. Siendo sincero, no se reconoció. Las numerosas arrugas de su cara habían desaparecido por completo y su calva se veía cubierta con una abundante y ensortijada mata de cabello negro. Poco antes de continuar su camino, aquel rostro reflejado le dedicó una leve sonrisa, haciéndole recordar a un joven soñador que, cuarenta y dos años atrás, participó en la primera San Silvestre Salmantina.
242. Zancadas de vida
Rebeca Dueñas González
Sin previo aviso para templar la mente me mandaron correr para Salamanca. Que allí estaban los mejores profesionales, que ellos me prepararían para quedar en los primeros puestos. Al llegar y ver las luces parpadeantes, tomé conciencia de que la competición era seria. Enseguida me proporcionaron todo tipo de sueros y preparados para ayudar al cuerpo. Cuando llegó el día, comencé a dar los primeros pasos, muy despacito. Poco a poco fui cogiendo ritmo, aunque de vez en cuando me veía frenado por los numerosos virus del camino. Esta vez la carrera era de fondo. Hubo momentos en los que pensé que no cruzaría la meta. Sin embargo, oía a una multitud animarme, “un poco más” “sigue, ya lo tienes”. Toda la familia sufría conmigo. Por fin llegué al final, el nuevo año me abría sus brazos. Cansado, pero orgulloso de mi particular San Silvestre salmantina.
243. Zapatillas rotas
DILANYER ANGELICA VICTORIA GARCIA
Esta será la última vez que nos use, estamos tan cansadas y desgastadas, faltan pocos hilos para rompernos del todo; pero hoy tenemos mucha motivación, esta carrera la vamos a terminar para que Sofi, nuestra dueña pueda ganar y demostrarse que SÍ puede, así al fin entenderá que tiene valor. Estamos a mitad de camino y hemos comido césped, arena, un pequeño trozo de envoltorio; además bebimos agua hasta casi ahogarnos y quedar sus pies inundados. Ya vemos la meta, estamos tan cerca, sentimos cómo nos despegamos por todas partes, ¡Resistencia! queda poco, vamos a lograrlo. Los agujeros en nuestros talones han herido los de Sofi, sangran un poco pero ella sigue, no se rinde. “Tú puedes Sofi”, pensamos nosotras mientras nos terminamos de romper al cruzar la meta. La felicidad en su rostro vale todo nuestro esfuerzo y el suyo, ahora descansaremos, también felices para siempre.
244. Un año más
Pilar Medina Chico
El salero no tenía gracia sin su pimentero, pero me ajusto las costuras de cartón de todos modos. Una década entera habíamos sido la broma compartida del pelotón. Hoy, el hueco a mi derecha pesa más que los diez kilómetros de asfalto.
El pistoletazo quiebra el bullicio festivo y me abro paso entre serpentinas y zancadas ajenas, con el vacío amenazando con frenarme a cada kilómetro. Sin embargo, al enfilar la recta final, a punto de claudicar, siento una calidez repentina entrelazarse en mi mano vacía, tirando hacia delante con la fuerza de otros años. Aprieto los dedos contra esa nada tibia y esprinto hasta vaciarme. Bajo el arco de la meta acaricio su alianza colgada de mi cuello, sonriendo por haber cruzado la meta a su lado, un año más.
245. SUCESIÓN GENERACIONAL
JUANMA VELASCO CENTELLES
Va a ser mi última.
Mis rodillas han fagocitado los últimos alientos de cartílagos, de meniscos; solo queda lo óseo para friccionar entre sí.
A mis 66, la actual significará mi postrera presencia en la San Silvestre de mi ciudad, Salamanca. Debuté, a mis añorados hoy 37, y he participado ininterrumpidamente en las 29 ediciones anteriores. Álex, mi hijo, nació aquel 30 de diciembre.
Recuerdo que nevusqueaba en aquella inauguración. Recuerdo también que exigí de mi corazón de corredor popular (jamás me he considerado runner) un sobreesfuerzo que me alejara los remordimientos por el abandono del cabezal dramático del lecho hospitalario.
Un sol mortecino de mediodía alivia la tensión de la salida. Un minuto para el disparo, diez kilómetros de viacrucis. Adosado a mí, aquel chaval de 30 años, confinado en una silla de ruedas desde sus primeros pasos, calienta sus brazos mientras me enorgullezco.
Va a ser su primera.
246. El último dorsal
Delma Oliveros
Cada 28 de diciembre me abrocho dos dorsales: el mío y el 417, el de mi añorado hijo Carlos, que hoy cumpliría treinta y cinco años. Él corría antes que yo; nunca había soñado con hacerlo: él me hizo descubrir ese mundo. Tenía el atletismo en las piernas y la vida entera por delante. Un quiebro del destino se lo llevó. Yo, Ernesto, su padre, cogí el testigo. En la Plaza Mayor, entre villancicos, Salamanca me acompaña sin preguntar. El Tormes arrastra el año hacia el Puente Romano; yo, su número, su risa, sus zancadas. En la Cuesta de Oviedo me detengo: miro al cielo; él sabe que sigo aquí. Al cruzar la meta, el chip pitó una vez. Después, como si el invierno hubiera aprendido a esperar, pitó otra. De nuevo descolgué el 417 y susurré: «Hijo, hemos llegado». Beatriz, su madre, llorando, me abrazaba en silencio.
247. SIGO ESPERANDO
Natividad Villar Martínez
Todo estaba previsto; el escenario, el personaje principal y los secundarios, la indumentaria, el dorsal, las ganas y algo de inquietud. A la señal de salida, le siguió un silencio mustio, aquel que pronto quedó fracturado por un sonido armónico, era el roce de miles de zapatillas sobre el asfalto acompañado de respiraciones sibilantes. El viento empujaba mi cuerpo, cada vez más ligero. Mis sentidos se abrían a una ciudad de piedras doradas y estilos plurales.
De pronto caí en la cuenta, habían pasado trece ediciones y la suerte nunca estuvo de mi parte, solo me quedaba un kilómetro para llegar a la meta, lo que equivalía a treinta y seis palabras para finalizar este microrrelato. Había apostado por hacer la San Silvestre Salmantina, pues no hay nada como escribir sobre nuestras vivencias para que la pluma corra por el lienzo. Este año esperaba tener más suerte.
248. La mejor herencia
Lara Suárez-Mira Reija
Aún no ha amanecido, pero ya estoy despierta y preparada para afrontar el día. Me visto rápidamente y anudo con cuidado mis zapatillas especiales. Bajo las escaleras de dos en dos y recorro la calle hasta la plaza saltando los charcos con alegría.
No soy la primera en llegar. Veo a varias personas que, como yo, disfrutan con el atletismo. El circuito está preparado y ya han empezado a repartir los dorsales de color violeta. Recojo el mío y empiezo a calentar y estirar mis envejecidos músculos.
Ha llegado el momento. Salgo disparada; bueno, todo lo posible porque mis 60 años empiezan a pesar. Es mi última carrera, un homenaje a mi padre, fallecido hace un año. Creo que es él quien me impulsa porque sus zapatillas parecen volar sin que yo tenga que esforzarme.
La meta está muy cerca. Gracias papá por hacerme amar el atletismo.
249. VIAJE AL PASADO
JORGE PEREZ DIEZ
No puedo creer que me haya dejado convencer por mi hijo para volver a Salamanca y acompañarle a correr la San Silvestre en su primer año universitario.
Bares y tiendas han cambiado, pero la esencia de la ciudad sigue igual, cada calle que paso, recuerdo aquellas tapas y aquellas largas noches de fiesta que terminaban con un buen desayuno en la plaza Mayor.
Correr aquí de nuevo es como un viaje al pasado, y mis piernas y corazón me lo recuerdan a los pocos minutos. Hace pocos años cambié los bares por las zapatillas y he ganado salud y vitalidad para vivir muchos años más.
Cuando cruzo la meta, busco a mi hijo que llegó antes, y que me recibe con un fuerte abrazo. Mi corazón late fuerte, me siento en buenas condiciones. Al final, la vida es eso, llegar aunque sea un poco más despacio.
250. Correr no es de cobardes
Azucena Fernández Alba
—Tía, ¡KevinFit va a correr la San Silvestre!
—¿El de los abdominales? ¡Nos apuntamos!
El treinta y uno de diciembre aparecieron con mallas nuevas y zapatillas que costaban más que su capacidad pulmonar.
En cuanto vieron a Kevin, salieron disparadas detrás de él. Al kilómetro ya no hablaban; a los dos, una juraba ver donuts animándola desde una farola. Cruzaron la meta veinte minutos después que el influencer, echando los higadillos.
Al día siguiente les dolían hasta las pestañas; pero los seiscientos likes y el reto #CorrerNoEsDeCobardes las animaron a apuntarse a la Maratón de Madrid.
Esta vez entrenaron juntas, sin cámaras, ni filtros ni Kevin Fits.
Tres meses después seguían sin abdominales, pero corrían seis kilómetros sin desfallecer.
—Tía, ¿y si Kevin deja de correr?
—Pues que lo deje. A estas alturas, ya corremos nosotras.
251. El dorsal 7007
Aldo Renato Guardatti
El frío de diciembre quemaba en la Plaza Mayor, pero Marta solo sentía el peso del dorsal 7007, el mismo con el que su pequeña Lucía corrió antes de que la enfermedad se la arrebatara.
Cada zancada que avanzaba sobre el Puente Romano era un grito mudo hacia el cielo.
En la recta final, un joven la alcanzó sin aliento:
—¿Marta?
Ella asintió con el alma en un hilo. Él posó la mano sobre su pecho:
—Su hija me dio esto. El corazón. Late tan fuerte que hoy corro por ella.
El mundo de Marta se detuvo. Entre lágrimas de pura emoción, ella escuchó los latidos de Lucía palpitando con fuerza bajo otra piel, y comprendió que su pequeña jamás había dejado de correr.
252. ANTORCHA
Deyanira Sanguino Mateus
Iluminando el sendero, todas se disputaban el primer lugar. Desde la ventana del sombrío ancianato, el viejo observaba las jóvenes antorchas correr, anhelando fuerza para perderse entre ellas. Sin embargo, su cuerpo era frágil y el vigor solo ardía en sus venas. De pronto sintió un impulso nuevo y sus piernas se agitaron inquietas. Se calzó sus gastados deportivos, de los años en que correr lo hiciera famoso, esos años que ya nadie recordaba. Salió por la puerta principal, sorprendido de ser invisible, pues no encontró quién impidiera su huida. Enseguida se unió a la carrera, ondeando su majestuosa antorcha. Alcanzó la meta, aclamado por la multitud, como lo había logrado en sus sueños. Solo al coronar el cielo, comprendió que corría sin antorcha y observó su frágil figura cruzando la meta, cargada por brazos atletas, justo un minuto antes de conquistar su adiós.
253. En depósito
Gerardo Peña Hernández
En la salida de la San Silvestre Salmantina, un corredor dejó su abrigo sobre mi banco.
—¿Me lo guarda?
Quise explicarle que aquello no era un guardarropa, pero ya se alejaba.
Lo esperé hasta que retiraron las vallas. Busqué en los bolsillos algún documento. Encontré unos guantes, un bocadillo y una nota:
«El año que viene me lo devuelve».
Me puse el abrigo.
Al anochecer regresó. Llevaba una chaqueta fina y se frotaba las manos.
Intenté devolvérselo. Negó con la cabeza.
—¿Me guarda un sitio?
Aparté mis cartones. Él se sentó.
Partí el bocadillo.
254. Honor a la vida.
Blanca Johana García de Vásquez
La última vez que estuve parado sobre esta línea de meta fue hace veinte años, mi esposa y mi hijo sostenían una pancarta con mi nombre apoyándome, suena el silbato y yo tengo que correr por primera y ultima vez después de tantos años, mis pulmones no pueden más, consecuencia de haber sido fumador, decidí correr sin mi oxígeno, quiero respirar por mi mismo una última vez, la ascitis de mi abdomen tampoco ayuda, esa fue cortesía de mi alcoholismo, cinco años limpio de todo, un año de diagnóstico terminal, los diez kilómetros de la san silvestre salmantina pueden ser los más importantes de mi vida, mi medalla es ver a mi hijo corriendo delante de mí, en el último kilómetro logro ver cómo cruza la meta y como su esposa y su hija lo abrazan, esa imagen en mi cabeza es lo todo lo que necesitaba.
255. Cronofagia
RAFAEL MARTÍNEZ PEREZ
Mi padre ganó la San Silvestre. Mi abuelo, la carrera del Turrón. Yo aún soy muy lento. Para ganar, debo soltar lastre. Los recuerdos pesan demasiado. Empiezo por las cortinas del salón. Saben al verano en que conocí a Manoli, mucho antes de divorciarnos. Al tragármelas, su recuerdo desaparece. Me como los muebles, las fotografías, el paragüero... Lo que devoro me hace ligero como una mariposa. Cuando solo queda la puerta, también me la como. Me ato el dorsal en el Paseo de San Antonio. Al dar la salida, soy un torbellino. Por primera vez, voy en cabeza. En la Plaza Mayor, peso tan poco que el viento me levanta del suelo. Asciendo como un globo de helio. Los niños gritan al verme volar. Llego tan alto que solo los pájaros reparan en mí. De todos los que corren la San Silvestre, soy el primero en llegar al cielo.
256. DOS CORAZONES
Yolanda Nava Miguélez
La diversidad de participantes embellece la carrera. A mi lado, un mago desaparece de forma intermitente, tan pronto está a mi altura como lo veo adelantarse unos puestos más allá. Un grupo de jóvenes con faldas de ballet, avanzan con elegantes pasos; una anciana, con alas en la espalda y nariz ganchuda, como de pájaro, alza débiles vuelos para no quedarse atrás. Estoy tranquila, ninguno igualará el motor que me mueve en esta Sansil, es tan potente que se me ha salido del pecho y, muy dentro de mí, otro más diminuto, acompasa al mío sus latidos.
257. Sin batería
Jordi Millas Perez
En el grupo de WhatsApp éramos cuarenta y dos. Pero en la salida de la San Silvestre Salmantina solo veintidós. Los demás estaban lesionados, tenían compromisos o habían descubierto el pádel. Marcos, el influencer oficial del grupo, nos reunió en el paseo de San Antonio: -¡Sonreíd! Hoy corremos por algo más grande que nosotros. No supe qué significaba, pero todos sonreímos sin pensarlo. En el kilómetro cinco se le apagó el móvil, ¡No puede ser! - Gritó Entró en pánico. Sin cámara, música ni reloj, se detuvo. -¿Y ahora cómo sé el ritmo? - preguntó. -Escucha tu respiración - Dijo Marta, que corría desde antes de que existiera Instagram. Seguimos los tres juntos. Marta saludaba al público que animaba y se conocía el recorrido de memoria. Al llegar, Marcos buscó la cámara de alguien. -¡No tengo ni una foto! Marta lo miró sonriendo. -Yo sí te he visto
258. DORSAL 19
JUAN ALBERTO PUYANA DOMINGUEZ
Inspira, espira…
Primero fueron los meses de entrenamiento y, después, el día de la carrera, el frío, la lluvia, el chapoteo de las zapatillas en el asfalto, aquel esguince mal curado que empezaba a decir «hola, estoy aquí», los dientes apretados, los rivales quedándose atrás, el dolor del tobillo, el dorsal 19 que se me escapa, y toca apretar más la marcha, pero el tobillo ya quema y veo que al dorsal 19 le voy dando caza, y escucho al público bajo los paraguas animando, y corre, corre que al dorsal 19 lo alcanzo y adelanto poco antes de cruzar la meta. Y entonces viene el júbilo y mis lágrimas mezcladas con la lluvia, y el pódium, y la medalla…
Inspira, espira…
Ahora el trabajo lo hace el respirador de la UCI. Y me juro que esta maldita enfermedad, que imagino con el dorsal 19, tampoco podrá conmigo.
259. Volver a Mí
PAULA ANDREA TELLEZ STERLING
Al cruzar el río Tormes y llegar nuevamente al Paseo de San Antonio —sin aliento, con la respiración acelerada y el corazón a punto de salir de mi pecho—, me encontré con la reportera del canal de televisión. Sin previo aviso, frente a la cámara, me lanzó una pregunta: “¿Por qué corres?”.
Me quedé en silencio, tratando de controlar mi respiración. Podría decir mil cosas, pero la verdad es que corro para volver a mí, para desconectar de lo que me rodea. Cuando corro solo soy yo; a pesar de los espectadores que avivan mi ánimo, en ese momento solo doy lugar a la adrenalina en cada zancada y a la memoria de lo que he vivido este año que ya se acaba y no me dio tiempo de poner orden en mi vida.
Contesté:
—No corro… Me despido de una versión de mí que no volverá.
260. Como oveja sin cencerro
JOSE LUIS PULIDO CARRASCO
Benjamín no daba crédito. Se revolvía, agitado, en la cocina.
—Pero ¿te estás escuchando? ¡A su edad!
Esmeralda permanecía callada.
—¡Díselo tú, que eres su hija! A ti te tiene que hacer caso —insistía.
—Ella es mayor para hacer lo que quiera.
—¡Solo dices majaderías! Porque sea mayor, ¿puede tirarse de cabeza por la ventana, no?
Esmeralda se encogió de hombros.
—No va a estar sola. Alegría y yo estaremos con ella.
A la mañana siguiente, inscrita con el dorsal 365 y enfundada en una camiseta y unas mallas fucsias, sorteaba el gentío de la San Silvestre de Salamanca.
Tenía ochenta años y era la primera vez que corría en su vida. Una vida de hormiga obrera quedaba atrás con el pistoletazo de salida. Por fin haría lo que le saliera del pisto. Por fin recorrería su propio camino.
Su sprint comenzaba ahora.
261. Mi Meta
Zuleima Decán de Rivadeneira
Lo decidí, decidí que era tiempo de llegar a ti, entre fortalezas de piedras de nuestra historia, con sonrisas a los lados, solo te escucho diciéndome: "no importan las limitaciones, lo lograrás". No hay tiempo para el sufrimiento, por la ausencia, queda correr, correr y correr. Quizás esto me libere de tanta carga y llegaré cuando deba, igual me recibirás con un abrazo o no. Sigo mirando paisajes de nuestra tierra, la que nos unió y aunque mi cuerpo manifieste cansancio, mi alma va contigo, te siento a mi lado y te sigo escuchando: "Es un nuevo comienzo, tienes fortaleza para seguir". A lo lejos veo una cinta blanca, que alguien cruzó y sin embargo, algo me impulsa para acelerar, ¿La vida? ¿La nueva oportunidad? ¿La despedida? Si, una oportunidad que se acerca a mi, un nuevo comienzo si cruzo mi meta, al llegar, te vi sonriendo elevándote al cielo.
262. EL TRUCO
Viviana Katherine Quispe Perez
Mitad de la San Silvestre, subiendo Villamayor. Siete mil corredores alrededor. Las piernas me temblaban. Necesitaba los quinientos euros para el alquiler y la leche de mi hijo recién nacido.
La competencia seguía. No podía más. En mi extenuación, recordé un recurso. Ese sería mi salvación.
De niño, con mi hermano por los campos, aprendí el truco: “si cierras los ojos mientras corres, el cansancio desaparece y entras en otro mundo”.
Lo hice.
Cerré los ojos en el tramo más recto: toda la Avenida de Portugal. Recta, larga, infinita.
Corrí a ciegas. Oí el viento pasar. No sentí a nadie. Solo mis pies.
Abrí los ojos en Comuneros. Había pasado a todos los competidores.
Llegué primero al Paseo de San Antonio.
La gente me ovacionaba. Yo no oía.
Solo veía el premio en mi mano, convertido en una caja de leche para mi hijo.
263. San Silvestre
Luis Alberto Arredondo Ortiz
Correr es una locura hecha para masoquistas. No estamos hechos para correr, pero ahí estoy de nuevo, en la calle, sintiendo el asfalto duro. Sufro cada zancada. Cuento de uno en uno, de diez en diez.
Es 31 de diciembre, San Silvestre, y miles de personas corren conmigo.
Pienso en ella: ¿qué hará?, ¿pensará en mí? Me da risa: si no lo hace, para ella no soy nadie.
Aun así avanzo con zancadas firmes, rogando que esta carrera termine, pero esperando que sea más rápida que la anterior.
8 km.
Cruzo la meta. Entre tanta gente, la busco. Aún espero.
264. Spoiler de ausencia
Luz Muñoz Corvalán
Cuando leas esta nota, yo ya no estaré aquí. Me habré marchado.
Ojalá no la leas nunca.
265. Cosa de orgullo.
Denys Alberto Quiros Barrabí
_Cuales son sus palabras para el público, tras haber ganado la carrera de San Silvestre de Salamantina señor Luis Alfonso._ preguntó el periodista.
_Me cago en mi entrenador que me hizo correr con deseos de orinar, me dijo: o ganas o te orinas encima.
266. DORSALES
Joan Ramon Mur Bages
Principios de Noviembre, con el frio incipiente levantando la mañana, los músculos y articulaciones se ponen en marcha. La cita ineludible de fin de año, es la referencia que motiva a muchos corredores de “domingo” a prepararse con mayor intensidad. Las calles se llenan, las avenidas y los parques están ocupadas por jadeos y sudores de los “runners” ocasionales.
El sóleo, los “isquios”, las lumbares son términos que entran en las conversaciones. Llegado el día, preparo la indumentaria, zapatillas recién estrenadas y con los nervios a flor de cuádriceps y los gemelos bailando al unísono, entro en el cajón asignado al 3112.Coincido con María, antigua compañera, con el 1231. Nos saludamos, hablamos, recordamos. En la meta tras 48 minutos agotadores Ella me espera, yo emocionado se lo agradezco.
Hoy los dos dorsales, enmarcados presiden la chimenea de nuestra casa, junto a la lumbre. Allí flamea el amor de atletas.
267. Razones
Miren Arrate Monzón Navarro
Algunas veces corro para dejar mi pasado atrás; corro cuando tengo demasiado pasado acumulado; corro para liberar el estrés, combatir el cortisol; corro rodeado de gente y sintiéndome en soledad. Pero no hoy, hoy corro porque quiero correr, ser parte de algo, y no me importaría llegar en último lugar.
268. EL CORREDOR
MANUEL ÁNGEL MORALES ESCUDERO
Comenzó a correr después de meses de entrenamiento. Unos pocos kilómetros y llegaría. Solo tenía que aguantar hasta el final.
Y corrió. Vio pasar los edificios y luego las naves industriales hasta que llegó al bosque.
Fue allí cuando vio a otro corredor delante de él. Apretó el paso dispuesto a alcanzarlo.
Pero por mucho que lo intentaba no era posible llegar hasta él.
Solo se escuchaban sus pasos golpeando la tierra y el jadeo de su respiración.
Volvieron a aparecer las naves y luego los edificios en la lejanía. Pero el otro seguía ahí y él iba detrás.
Por eso se sorprendió cuando por fin llegó a la meta y todos lo aplaudieron como al ganador. Y más aún cuando, ya en el podio, recibió la copa y vio grabada en el dorado metal la figura que lo había precedido durante toda la carrera…
269. Estéfano en la San Silvestre
Mónica Peña-Marin Beristain
Venía histérico,estaba claro algo había tomado o era realmente así, nunca lo sabría.....
Le quería pero no le podía ayudar. Tenía que irme ya a Salamanca a correr la San Silvestre.
Me quedaban quince eternos minutos en los que si discutía con él, me llevaría un mal recuerdo.
Por eso le dejé hablar no le contradije en ningún momento, conseguí despedirme sin broncas...
Me quedé dormida en el autobus, cuando quise darme cuenta...
Allí estaba rodeada de gente alguien dió la salida. Mis pies corrían sin parar yo no dejaba de pensar en Estéfano.-"Va por tí querido amigo!
De repente le vi gritando: - Corre Mónica! -Corre cariño
Yo seguí, siempre pensando en él.
Cómo habría venido? Sentí un amor que me alegró el alma...
Una cinta roja me tocó, mi estómago la rompió con fuerza.
Nos fundimos en un abrazo. Yo sonreí
270. La meta invisible
Izaskun Morte
No empecé a correr para encajar en un espejo, sino para escapar del ruido de mi propia cabeza. En cada zancada no buscaba moldear mi cuerpo, sino encontrar un espacio de calma donde respirar cuando todo lo demás pesaba demasiado. El asfalto se convirtió en mi refugio y el atletismo, en mi salvación.
Con los años, el dolor se transformó en vida y en una tradición sagrada. Cada treinta y uno de diciembre, bajo el frío invernal de Salamanca, mis amigas y yo volvemos a colocarnos el dorsal sobre un disfraz imposible. Reímos, nos abrazamos y nos fundimos en la marea de corredores que inunda las calles.
Al cruzar la meta, entre aplausos y aliento, lo comprendo: la verdadera victoria nunca fue batir una marca personal, sino descubrir que, paso a paso, también se puede sanar. Y que el camino es aún más hermoso cuando lo recorremos juntas.
271. Ese, ese, ese.
Carlos Moro Valero
La mecánica de mis recuerdos ha estado siempre más vinculada a la piel que a las palabras. Así, puedo todavía sentir sus manos heladas en mi cara de niña. Volvía exhausta pero feliz. Hablaba de la aglomeración de corredores en el Paseo de San Antonio, de lo rápido que conseguía ir por la Calle Zamora o de haberse encontrado a un antiguo compañero de trabajo. Yo no entendía nada. ¿De dónde vienes mamá? De la San Silvestre. ¿Sestre? De la San Silvestre Salmantina. ¿Sestre Tina? Ese, ese, ese cariño. Más fácil. Así, cada diciembre preguntaba cuándo era ese, ese, ese. Y cuando ella volvía, siempre el ritual de las manos heladas en mis mofletes. Yo nunca me animé a correr la San Silvestre. En realidad, nunca me animé al deporte. Hoy vamos juntas a ver a mi hijo correrla. Su nieto. Le señala y dice: Ese, ese, ese.
272. El impulso de tu ausencia
Carmen Rivas Cividanes
Era una helada mañana de domingo, 29 de diciembre de 2024. Mi amiga Julia y yo salíamos a desayunar un chocolate con churros cuando nos encontramos con una enorme multitud animando la salida de la San Silvestre. Nosotras, derrotadas después de haber salido la noche anterior, lo tomamos como una señal: llevábamos tiempo queriendo cambiar nuestros hábitos. Nos prometimos correrla juntas al año siguiente. Nuestro reto: 28 de diciembre de 2025. Empezamos a entrenar, pero en verano Julia comenzó a sufrir fuertes dolores de cabeza. El diagnóstico fue devastador: un tumor cerebral. Seguir entrenando dejó de tener sentido. El reto siempre había sido hacerlo juntas. Pero llegó el día. Y corrí. Corrí por ella. Cada vez que quería rendirme, sentía un pequeño empujón que me hacía continuar. Crucé la meta y lo entendí: Julia había corrido conmigo. Ahora correré cada año porque, durante unos kilómetros, volveré a estar con ella.
273. De viento y carreras
Alberto Randado Díaz
Los guantes que le regalaron la semana anterior evitaban que le sangrasen los nudillos, como ocurría cada vez que llegaba esta fecha. El frío helaba los rostros en El Paseo de San Antonio y Arantxa repasaba en su mente si había dejado bien cerrado el piso. No he preparado nada para el almuerzo, pensó. Llevaré a Bruno a la pizzería, es un día especial. Comenzó a dar algunos saltos. Se cogía las puntas de los pies con los dedos de las manos mientras sonreía nerviosa. Recordó tener que pagar el seguro del coche antes de terminar el año. Olvídalo Arantxa. Se hizo hueco entre la multitud. Los demás corredores se fueron apartando dejando paso a ambos. Arantxa miró a su hijo. Su rostro risueño y la mirada perdida. Agarró los puños de la silla de Bruno y echaron a correr con el viento.
274. El triunfo de los invisibles
Marina Martín Norte
Alicia llevaba cuarenta años limpiando portales en la calle Compañía. Conocía todo de Salamanca; el sonido de las campanas, el bullicio joven, el fulgor miel de la piedra. Crio hijos dejando siempre el camino limpio para los demás; casi nadie sabía que, de joven, una caída truncó su futuro como atleta. Desde entonces, nunca volvió a ponerse un dorsal.
A los sesenta, con la artrosis royéndole las piernas, su nieta la inscribió en la San Silvestre Salmantina. Estaba cansada de escucharla añorar aquella carrera que la vida le había negado.
Alicia corrió mientras pudo; después, caminó. Cruzó la Plaza Mayor llorando; culpó al frío. Cuando llegó al paseo de San Antonio, la carrera había terminado, pero alguien empezó a aplaudir y pronto la ovación la envolvió.
Alicia sonrió y, por una vez, Salamanca no miraba lo que había limpiado, sino a ella. Y esa fue la mejor medalla de oro.
275. Mi primer carrera
Adriana Veronica Penerini (telefono + 54 9 11 1153793155)
Anunciarán la largada.
Desde pequeño, supe que un día estaría allí.
Todo me gustaba, sus ropas de colores, sus rostros concentrados, sus respiraciones agitadas.
La llegada a la meta, se me antojaba como un sueño, algo que deseaba silenciosamente.
Me daba curiosidad, la forma en que mi padre los veía.
No les quitaba el ojo de encima, estiraba su cogote por sobre las cabezas de otros.
Sonreía levemente, y me hacía callar si osaba decirle algo.
Me subía sobre sus hombros para que siguiera todo mejor.
Lo vi aplaudir, agitar sus manos, saludar a gente que no conocía.
Hubiera querido algún día esa forma de mirarme, toda para mi.
Qué hacía que esas personas lo emocionaran tanto?
Hoy por fin llegó ese día, ya no estaré de su mano, ni viendo a otros pasar.
Por fin correré.
¿Podrá él mirarme, con esos mismos ojos , desde tan lejos?
276. LAS ZAPATILLAS
Alberto Hugo Di sisto ( argentina)
Me desperté sobresaltado. Miré el reloj y sin dudarlo salté literalmente de la cama; sin bien faltaban unas cuantas horas para La San Silvestre, quería ser uno de los primeros en llegar al lugar. En estos casos aconsejan desayunar livianamente, hacer algunos ejercicios de elongación. Hoy es mí día.
Salí del apartamento tranquilo, sin nervios; respirando adecuadamente con un paso seguro y calmo al mismo tiempo. Salamanca amanecía con un cielo pleno, sin nubes. En verdad estaba enfocado tanto en la carrera que ni cuenta me di. Todo me resultaba familiar: el aire, la calle, el silencio. Hinchaba mi pecho exhalando una y otra vez, que ni cuenta me di.
-Qué tonto, me olvidé las zapatillas. Tendré que volver por ellas-..... me dije mirándome los pies tan blancos como las mismas nubes. Salamanca amaneció con el murmullo y la esperanza de miles. Mientras lo contemplaba desde un cielo pleno.
277. Máster
Jonatan Penón Franch
Cuando llego a la plaza veo a un hombre en el suelo quejándose del tobillo. Los corredores delante de mí le rebasan apresurados pendientes de sus relojes.
Sin pensármelo dos veces, me paro y le ayudo a incorporarse. Cuelgo su brazo de mi hombro y recorremos juntos el paseo de San Antonio.
Antes de llegar a la meta, mi compañero se descuelga para alzar mi mano y dejar que el público me ovacione, sin descuidar la clasificación y cruzando la meta ligeramente por delante. Más sabe el diablo por viejo, por algo corremos en la categoría Máster G.
En el podio, recibo más aplausos que el ganador. La emoción es contenida porque el lesionado iba primero en nuestra categoría. De haberlo sabido, habría seguido corriendo. Con lo fácil que habría sido no haberle visto, fingiendo estar distraído con el belén de Playmóbil del escaparate de la peluquería Prieto Borges.
278. Guárdate
Dino Arata
Guárdate.
Me apego a la directriz, como un santo a su fe. Se lo que viene, el dolor ya lo he experimentado. La mayor dificultad es mantener el equilibrio, entender las circunstancias, aprovechar el momento y dar el máximo. Sigo el ritual. La boca se me ha resecado, pero puedo seguir tragando saliva. El calor corporal va en aumento y aun así puedo soportar una temperatura mayor. El sudor me dificulta la visual. Continúo enfocado. Los músculos de las piernas resisten, aun lejos de su límite. Los pies obedientes, sincronizados, pueden dar más. Mantengo la concentración. EL corazón me golpea el pecho a una velocidad vertiginosa, sin embargo, se que aun no ha alcanzado su límite. Respiro como si el aire estuviera a punto de extinguirse, pero mis pulmones guardan una reserva. He sido fiel.
Por fin cruzo la meta.
Llegue último.
279. Frio y sudor
PEDRO GUILLERMO PALACIOS Tel. +54 11 45578464
El frío calaba los huesos. Sobre el equipo térmico me puse el dorsal azul.
Tomamos Av. De las canalejas hasta plaza España; el reloj inteligente marcaba 600 metros.
En la Puerta de Zamora iban 1100 metros y faltaban 550 para llegar a la Plaza Mayor.
Pasé el Lienzo de la Muralla Romana a los 2400.
Cuando llegué al Puente Romano y al Paseo del Progreso iban 3200 metros.
Me habían dicho que en la calle de los libreros el rumor de la carrera se encajona y retumba, y así fue: 4900.
Terminé el tramo de Avenida Portugal cansado. El aliento era una nubecita delante de mi nariz: 8100.
Volví a pasar por Plaza España y doblé hasta Plaza del Alto del Rollo. El reloj marcaba que faltaban 900 metros.
San Silvestre no fue solo una carrera para mí. Estuve una hora y media corriendo sobre la historia de occidente.
280. El último
Vittorio Francesco Massone Casaletti
Para llegar último también había que entrenar. Ramiro llevaba veinte San Silvestres fingiendo calambres, buscando piedras inexistentes y atándose unos cordones que nunca se aflojaban. Así acompañaba hasta el final a los rezagados.
Aquel diciembre corrió junto a un muchacho que jadeaba desde la primera cuesta.
—No me espere.
—No te espero. Tengo una piedra.
El viento sacudía los banderines de llegada cuando Ramiro pisó mal. Cayó junto a una valla, a pocos metros del arco.
—Sigue —le dijo—. Ya casi estás.
El muchacho obedeció. Al pasar bajo el arco, rozó una cinta blanca que se había descolgado. Se desprendió y una ráfaga la empujó calle arriba.
Ramiro la vio venir. La cinta le rozó el pecho y siguió volando.
Fue la meta la que lo cruzó.
281. Mi mejor carrera
Ismael García Morales
La Salmantina arrancó cuando los vítores rompieron el mediodía. Había tintes de fiesta, el sol parecía sumarse.
En busca de mi mejor marca dejé atrás a superhéroes, dinosaurios y a unas simpáticas tortugas que me sorprendieron con su ritmo.
Corrí al grupo de cabeza con la ilusión por bandera. Dos kilómetros para meta. Mi objetivo más cerca.
Una avanzadilla de seis corredores se estiraba hasta descolgarse, ese era mi momento y me lancé raudo al ataque.
Adelanté echando el resto hasta séptimo en la escapada y...
¡PLASH!
Mi tobillo torcido, yo de bruces contra el suelo.
Me levanté y cojeando fui cabizbajo hacia la meta.
Una tortuga me dio su hombro y acompañándome me dijo:
- No importa ser el mejor si no dar lo mejor que tienes.
Hoy la linda tortuga es el amor de mi vida.
Y no, no fue mi mejor marca pero sí mi mejor carrera.
282. Otra carrera por delante
Álvaro Mauricio Guerra González
Salí de la universidad listo para enfrentar mi futuro. Vaya sorpresa la mía que en la salida me esperaba mi pasado. Me vi a mí mismo, reflejado en otro, junto a mi amada, mientras esperaban el semáforo. Fue como morir pues hace mucho que no la recordaba. Cuando pudieron, los enamorados cruzaron, o eso creo, porque yo ya me había ido hace mucho.
283. Entre corazones
Iris Lizet Borda Duarte
Entre corazones.
El frío matutino en estas épocas poco podía aplacar sus ansias. Un poco más de siete mil personas reunidas en el paseo de San Antonio, cada una de ellas corriendo por un motivo diferente. ¿Cuál era el suyo?
Disfrutar.
Mover las piernas en una marcha rítmica, mientras lo llevaban entre las avenidas amplias.
La brisa fría que se levantaba del río Tormes le acariciaba la cabeza, atenuando un poco el agotamiento.
Aunque la fatiga se hizo presente en algunos tramos, ver a los demás dar todo de sí no le dejaba parar. Algún que otro disfraz le causaba risa distrayendo a su mente del desgaste físico.
En el trayecto final dio lo último que le quedaba.
Se repetía:
“Un poco más”.
Una sonrisa satisfecha empezaba a formarse. Estaba casi sin aliento mientras el corazón le latía en el pecho como el de las personas a su alrededor.
284. Zapatillas cansadas, corazón agradecido
MIRIAM MARTÍN GONZÁLEZ
Llegó el día. Un nerviosismo constante recorría mi cuerpo mientras torpemente me ataba las zapatillas. La San Silvestre Salmantina me esperaba, y yo a ella. Constituía la manera de reafirmarme que todavía era aquel mozo que llegaba a la meta el primero sin despeinarse, aquel en el que el cansancio no tenía cabida.
Recorrí los primeros tramos sin esfuerzos, bien lozano me sentía yo, hasta que mi maquinaria comenzó a chirriar. Las piernas me flaqueaban y casi sin aliento intentaba avanzar, sintiendo que aquel cuerpo arrugado ya no respondía.
De repente, varias personas comenzaron a animarme, a jalearme, a arroparme en los últimos metros. Abrumado, conseguí alcanzar la meta gracias a aquellos entusiastas anónimos a los que estaré eternamente agradecido.
Me he dado cuenta que lo importante no es ganar, sino participar, y que no habré ganado una medalla, pero esas personas me han ganado el corazón. Bravo por ellas.
285. Hasta el día de la carrera
Anahid Villegas Pérez
Caminaba meditabundo en el armonioso cuadrilátero de la Plaza Mayor, una pregunta lo mantenía absorto ¿quién era aquélla muchacha que le ofreció su bidón para mitigar su sed a media carrera?
<> Se preguntaba.
<>.
27 de diciembre de 2026. Las calles de Salamanca se impregnaron de historias contadas por los pasos de los corredores, la algarabía irradiaba los rostros de los participantes. Amigos, vecinos, familia, todos estaban listos para vivir la experiencia, y ahí, entre la tumultuosidad estaba ella.
286. La ciudad bajo tus pies
Laura Santos Nieto
Hoy era el día. Ya llegó. Todo un año entrenando y ahí estaba...mirando absorta por la ventana mientras engullía un bol de avena. ¿Cómo ha pasado tan rápido? Sólo tenía una hora para prepararse. Dejó el bol vacío sobre la mesa y se calzó sus deportivas; las mismas que le habían acompañado en tantos entrenamientos y carreras. Miró su dorsal y salió a la calle. El aire fresco le dio en la cara. Vio a otros corredores que se dirigían a la salida. Sus pulsaciones se aceleraron por la adrenalina del momento; y tan sólo tuvo que cerrar los ojos un momento para verlo. La hermosa ciudad bajo sus pies: a cámara lenta las imágenes iban pasando. Primero la Plaza Mayor y su reloj; después la hermosa fachada universitaria; (...) el puente romano y su Lazarillo... Ya... Miró a su alrededor, cogió aire y comenzó la carrera.
287. Sin perder la sonrisa
Ángel Alejandro Nieto Felipe
«Diez ventajas de correr para tu salud mental».
«Un sencillo gesto que te ayudará a sobrellevar el esfuerzo durante la carrera».
«Dos horas sin parar, bate el récord del mundo y sin dejar de hacerlo: el secreto del plusmarquista mundial de maratón».
Sigo haciendo scroll, nuevas noticias. Me asomo a la ventana y está escampando. Aprovecho la oportunidad para calzarme las zapatillas. Mientras bajo en el ascensor, hago muecas frente al espejo —alzo los ojos, tuerzo la cabeza, saco levemente la lengua y observo con la mirada fija— buscando una tarde de verano en el pueblo. Estoy en el patio junto a mi abuela, con la manguera y un trozo de sandía, jugando a la brisca.
Volveré a ponerme el dorsal para despedir el año en el Paseo de San Antonio. Atravieso el portal al trote y salgo a la calle sin perder la sonrisa.
288. BUSCANDO EL EQUILIBRIO
Alejandro Miguel Toledo Arruego
Afronto la carrera con relevos puntuales de mis fantasmas y amigos imaginarios quienes, según me relevan, van desapareciendo hasta que afronto en total soledad, jaleado por el público, los dos últimos kilómetros. Cuando atraviese la meta, habré cruzado al mundo de los elegidos, el territorio de aquellos que, en cada respiración, en cada zancada, concentran pensamientos, dudas y sueños en un baile sincopado, evitando que el sudor caiga en los ojos, nublando las pistas casi imperceptibles que te guían hacia tu objetivo. Cuerpo y alma por fin conjuntado. “Mens sana in corpore sano”, que decían los sabios. Gran verdad.
289. Gracias San Silvestre Salmantina
Mónica Fuertes Yuguero
Dos mil veintiséis no ha sido mi año. La tristeza me invade, me paraliza. El cuerpo responde a este malestar. Detiene la voluntad para hacer cualquier acción, sobre todo aquellas que están ligadas a un esfuerzo físico importante y las que se realizan en sociedad.
Sin embargo, ahí, en el cuerpo, es dónde se deben aunar los esfuerzos en busca de las ganas. Tu malestar puede mejorar mediante acciones físicas que ejecuta tu cuerpo sin permiso de tu mente.
Y llega, el último domingo del año, me esperan los grandes de Salamanca, el puente romano entrelazado eternamente con del rio Tormes, el cuarto de estar de la ciudad, las conchas adornando la fachada de la casa más conocida y la rana que me croa “vamos,¡ tú puedes!”.
Agradezco cada aplauso y palabra de ánimo. Agradezco con las mismas ganas, como si fuera a salvar a alguien, probablemente, a mí misma.
290. LO TUVIMOS QUE HACER
MANUEL FERNANDEZ DE LA CUEVA VILLALBA
La noticia nos cayó como un jarro de agua fría. Ángel siempre ha sido el alma de la fiesta; hasta le decíamos el “amigo vitamina”. Y sucedió que fuimos a apuntarnos a la S. Silvestre Salmantina, pero del grupo de amigos solo se apuntaron dos. Ángel, sin que nadie lo esperase, tomó la palabra.
- Queridos amigos. ¡No pasa nada! El año que viene intentamos apuntarnos todos. Y bueno, ahora quería deciros que…, me han detectado un brote de esclerosis múltiple y, tal vez, éste sea mi última S. Silvestre.
Nos dejó a todos sin palabras.
El día de la carrera Ángel se echó a llorar porque no esperaba que participásemos todos los amigos. Hicimos una camisa, pusimos un lazo naranja, símbolo de la esclerosis, y escribimos la frase: “Tu alegría siempre quedará intacta”. Al final hicimos la carrera junto a él y el público, al vernos unidos, nos aplaudía.
291. Dorsal 31
Amalia María Castellot de Miguel
Hay una edad en la que uno deja de correr para ganar y empieza a hacerlo para no perder ciertas cosas. Felipe llegó a esa edad sin darse cuenta, un 31 de diciembre cualquiera, con el dorsal prendido con imperdibles y las manos tan frías que no sentía los dedos.
Dani decía que corría mal, con los brazos demasiado altos y la espalda demasiado recta, y tenía razón, aunque ya no pueda decírselo cada diciembre.
Todavía hoy corre con su dorsal, el que la madre de Dani le dejó encima de la mesa sin decir nada y, al subir la última cuesta, lo imagina esperándolo en la meta, como hizo tantas veces para luego irse a tomar un chocolate caliente. Dani siempre llegaba primero. También había sido su primer amigo, desde su más tierna infancia.
292. Contención
Mónica Hernández Tumbaco
Sobre el asfalto, Freddy ya está corriendo, y esta mañana es más fría de lo habitual.
Quiero darle mi aliento, pero sé que no debo, que tengo que soltarlo; lo he protegido por tantos años.
Su asma me contiene; me aferra y ata a su inhalador en mi bolsillo.
Entrenamiento tras entrenamiento he sufrido este suplicio.
Claro que me enorgullecen su constancia y disciplina, pero no disminuyen esta angustia en mi pecho.
Freddy intensifica su esfuerzo; el aire helado desafía sus bronquios, el vaho sube.
Su paso se acelera: contra las burlas, contra la discriminación por las veces que no lo escogieron, contra su fatiga precoz. No quiere ni puede detenerse. Sé que no es contra mí.
Sé que cada zancada no cuenta kilómetros; descuenta muros de la cárcel que nunca dejé de construir.
El cronómetro marca el tiempo.
El tiempo de mi represión. El tiempo de su liberación.
293. Entrega
Benjamín Eduardo Martínez Hernández
Ella corría, devoraba todo a su paso: la espera, la inmediatez de la fuga, el sueño. Se alistaba, entrenaba día a día desde muy temprano, inevitable selfie al final del recorrido, un buen vaso de jugo, preferiblemente naranja y el sudor secándose bajo una tenue sombra, recitaba las metas alcanzadas, las compartía en el estado de su red social como quien va realizando una penitencia, se miraba por un breve instante, luego las suelas, gastadas, invocaban la fortaleza de una deidad reconocida sólo en el momento en que la brisa regresaba envolviendo su cuerpo para decirle en qué consistía la vida, con el temblor todavía en las piernas se hizo presente. Para quienes la siguen ella sólo guarda un consejo, ese que yo recuerdo como una gran pista abriéndose entre la multitud, y regresa, nítido, impulsando mi andar. Es así como yo ejecuto mi acto, entrega precisa de mi fe.
294. Falsa salida
Emanuel Elías Sánchez
El árbitro sube a la banqueta con la tarjeta roja en el bolsillo y el acta en blanco, sujeta por una pinza de tender. Cien metros más allá, el juez de salidas. Tras la raya, el pelotón mira la pistola; el 214, la lámpara que colgaron del arco esa mañana.
El juez de salidas levanta el brazo. La lámpara destella; el 214 sale. A su alrededor, las caras se quedan vueltas hacia el brazo, las zapatillas pegadas a la raya.
El disparo llega a la banqueta. Arranca el pelotón, medio paso por detrás del 214. El árbitro saca la tarjeta y toca el silbato dos veces. El 214 no vuelve la cabeza; ya entra en la curva.
ACTA DE INCIDENCIAS
Dorsal: 214
Infracción: salida anticipada
Margen: una décima
Hora de la infracción: 16:00:00
Hora del disparo: 16:00:00
Observaciones: se le llamó por megafonía y con silbato; no atiende.
295. Premio de consolación
Carlos de Benito García
Premio de consolación
Corría contra más de siete mil participantes en la San Silvestre de Salamanca. Me faltaba tomar la decisión de adelantar al favorito que me precedía. Mi mente contra mi cuerpo. Le rebasé en el puente, sabiendo que no aguantaría hasta el final. Mereció la pena. ¡Había ganado!
296. LOS ÚLTIMOS TRECE KILOMETROS DEL CORAZON
Reina Gozalbo
El Dorsal 1331 le bailaba en el pecho y el frío de Salamanca le mordía las mejillas.
A sus setenta años, Julián volvía a correr la San Silvestre Salmantina, esta cita que
durante Trece Décadas había compartido con su hijo. Desde que él faltaba, cada
diciembre se calzaba las zapatillas y recorría aquellas calles con un nudo en la
garganta. A la altura de la Plaza Mayor, las piernas le temblaron. Pensó en
abandonar. Entonces, un niño que corría junto a su padre tropezó y cayó. Julián
se detuvo, lo ayudó a levantarse y esperó a que pudiera continuar. Cuando reanudó
la marcha, la meta seguía lejos, pero algo había cambiado. Cruzó el arco entre
aplausos, sin marca que celebrar ni trofeo que levantar. Alguien le preguntó si había
ganado. Julián sonrió, mirando al cielo.
«Hoy he vuelto a correr con mi hijo. Y eso no lo gana cualquiera».
297. La víspera
Marta Gracia
Nueve metros. Los he medido tres veces desde el Puente Romano. La coleta de la chica aparece y desaparece entre los disfraces. En el kilómetro cuatro me prometí alcanzarla, no para ganarle: para preguntarle cómo podría volver a hacerlo. En Comuneros calculé recortar tres, pero la cuesta también hace cuentas.
Un dinosaurio me adelanta y, a mis cuarenta y nueve, lo dejo pasar con dignidad.
Ella corre tan tranquila, sin mirar el reloj ni atrás. Me irrita más de lo debido.
La veo cruzar la meta, saltar, firmar en el aire y rematar con el puño en alto.
Llego sin aire. Mi mano repite su gesto sin pedirme permiso. Me miro la mano, luego a ella.
¡Pero si esa era yo! Firmaba así cuando iba por la vida con la mochila aún vacía y ganas de todo.
Mi puño espera su turno. ¿Y si lo dejo subir?
298. Selección natural
Tomás Piedra Pérez
El granito de la Rúa no perdona cuando la niebla invernal muerde las rodillas y convierte los huesos en piedra de Villamayor. Pero esta vez no correría solo contra los elementos y el crono. Guardaría la compostura al pasar frente a la fachada de la universidad, cuidando que el frío no doblase el talle ni mermase resuello. Fantaseaba con volver a verla junto al Tormes, convencido de que esperaba un héroe con mi dorsal.
Crucé la meta con el penúltimo aliento. Justo cuando ella sacaba un termo caliente y se lo ofrecía al que iba disfrazado de dinosaurio.
299. Elige tu propia aventura
Sebastián Barranco Ledo
1
Te encanta correr. Sentir el aire libre llenar tus pulmones mientras tus pies vuelan sobre el suelo.
2
Has salido a entrenar cada mañana durante meses, ignorando la voz que siempre prefiere quedarse en la cama.
3
Mañana es la San Silvestre, tu carrera favorita. En el móvil suena un mensaje del grupo de la cuadrilla: “¿quién se apunta a unas rondas por Van Dyck y alrededores?”.
Si el “FOMO” te domina, pasa al párrafo 4.
Si por el contrario, lo dejas en “visto” —esta quedada tiene mucho peligro—, salta al párrafo 5.
4
Calientas y esperas la señal. Las primeras zancadas liberan la tensión acumulada. Tu mejor versión detiene el crono en una marca increíble. FIN
5
Suena el disparo. El tapeo de anoche —hornazo, chanfainas, farinato, vinos de Sierra— pesa en las piernas. Resignado, lo intentas, sonriendo: “siempre nos quedará el concurso de microrrelatos”. FIN.
300. BEBER DE LOS MAESTROS
PILAR SÀNCHEZ GÓMEZ
Cada año comenzaban a preparar antes la San Silvestre. Atleta fracasado, recauchutado en entrenador, Padre proyectaba sobre Hijo todas sus frustraciones. Obviaba que el niño carecía de "actitudes" de corredor y que le había salido innecesariamente académico —"Aptitudes, padre, no actitudes que son parónimos"—. Parónimos o no, Padre ponía actitud a la falta de aptitudes filiales, imponiéndole sus anacrónicas rutinas de entrenamiento: sufrimiento, hidratos de carbono, beber de los maestros. Ahí tenemos a Hijo visionando estoicamente las mejores marcas de Fermín Cacho.
Ha llegado el día. Este año Padre no compite. Prefiere esperar en la meta. Ser el primero en divisar ese triunfo que no llega; tampoco lo hace el niño. Los corredores, en su mayoría, han terminado. Padre, confuso, recorre el camino inverso. Ve a Hijo casi al comienzo, de cuclillas, mirando una hilera de hormigas saliendo del agujero.
-¿Se puede saber qué haces?
-Bebiendo de las maestras, Padre.
301. EL ULTIMO ALIENTO
LUIS PODESTA
Mi abuela decía que correr era una forma de enderezarse por dentro. Ella no podía: su espalda era un signo de interrogación y el asma le robaba el aire a mitad de frase.
Hoy corro la San Silvestre con su inhalador en el bolsillo, como un amuleto. En el kilómetro cinco, el pecho me arde. Me falta el aire, ese aire que a ella le sobraba en poesía, pero le faltaba en los pulmones. Me detengo, jadeando, y siento que su joroba me empuja hacia la meta.
Corro por mí y corro para que ella, desde donde esté, sienta que sus pulmones rotos por fin se llenan de oxígeno. Cruzo la línea de meta y respiro hondo. Caigo, sobre el asfalto. Miro el cielo y por un segundo, la siento derecha, sonriendo a mi lado.
302. Zapatillas nuevas
Nikte Hernández González de Tánago
Y de pronto, el pistoletazo. Me cubro la cabeza. Hay mucho ruido, humo, gritos. La gente pasa a mi lado y corre. La sigo. Todos vamos en la misma dirección.
Personas sonríen y aplauden. Miro hacia arriba y el cielo es el mismo. Miro a mi alrededor, parpadeo, solo veo ruinas. Silencio. Se acerca el zumbido del dron. Aumento el ritmo.
¿Seguirá en pie el puente? Nos lanzamos en masa sobre el Tormes. Recuerdo el ardor del agua helada en mis pies desnudos. Miro hacia abajo, parpadeo, veo mis zapatillas nuevas. Aumento el ritmo.
Delante de mí corre un número. A mi alrededor hay otros números. Yo también tengo un número. No hay nombres. Nunca sabré el nombre de aquellos que se quedaron sin fuerzas para correr.
¿Falta mucho?
Por fin, la franja. Veo a mi madre, grita mi nombre. Esta carrera sí termina en la línea de meta.
303. Porque Jurásico
Pablo Bueno Rodríguez
Ha hecho una planificación perfecta. Mide cada segundo y cada pulsación durante cinco meses. Pesa la comida, revisa análisis de zapatillas y ropa técnica. Conoce el perfil de cada cuesta. Ha calculado el ángulo de las curvas para un trazado óptimo. Nada se le escapa. Todo está pensado.
El día de la carrera se aparta de sus amigos, necesita concentrarse. Mira al horizonte con severidad, repitiéndose mantras de autoafirmación. Realiza un calentamiento de doce minutos. El que seleccionó tras un cuidadoso estudio.
Llega la hora. Se prepara. Una mano en el pulsómetro, la respiración acelerada. Presiona el botón justo cuando un dinosaurio hinchable le hace trastabillar al sobrepasarle entre bamboleos. Se queda petrificado. Unos corredores con peluca brillante y tutú le adelantan bromeando. La música atruena y le entra la risa floja. Sus amigos le alcanzan y la carrera agónica que tanto temía se convierte en una fiesta
304. ESPERARME QUE VOY
Antonio Belizon Reina
Dice mi amigo Pepe que soy el tío más raro del mundo. Todo porque quiero correr esa San Silvestre de Salamanca y pienso ir hasta allí andando, como si estuviese haciendo el Camino de Santiago.
No se puede pasar por la vida sin hacer alguna locura, pensé.
Estoy en Chiclana, a cerca de 700 kilómetros de distancia y he calculado las dificultades, planificado el tiempo y creo que todo va ir como tiene que ir.
Así que me colgué una mochila a la espalda con varias cosas necesarias. Algo de dinero, un bocadillo para el primer día, otras zapatillas y papel higiénico.
Tengo más de un mes por delante, con la nochebuena de por medio y el sorteo del gordo.
Me gustan las carreras, las maratones y no quiero dejar de correr esta salmantina.
Mi mujer dice que no cuente con ir a recogerme.
¡ Para allá voy !
305. El 21 de Pauleta
Pablo Marco Aroca
Navidad del 97. Papá Noel me trajo una camiseta de la UD, con el «21» de Pauleta en la espalda. La estrené en la San Silvestre, muerto de frío, pero muy orgulloso de correr con ella y mi padre al lado.
La lavamos al volver, quería tenerla lista para ir al Helmántico contra el Barça el día de Reyes.
—Si la llevo, ganamos —dije convencido. Mi padre se echó a reír.
Cuando Silvani metió el «4-3», me volví loco.
—¡Te lo dije! —le grité, cogiéndome la camiseta.
Desde entonces, se convirtió en mi talismán. Corría siempre la San Silvestre con ella y mi padre.
Casi treinta años después no me cabe, ya no tengo once años…
Mi padre y la UD ya no están…
Pero estas navidades, se la he regalado a mi hijo. Y correremos la San Silvestre con una foto del abuelo y el «21» de Pauleta.
306. La unión hace la fuerza
Mercedes Castillo Merino
Cada mañana los mismos gritos, peleas, golpes, insultos… Un auténtico infierno. ¿Por qué no se separan ya de una vez?.
En la lotería de la vida le habían tocado tan malos progenitores… Una losa demasiado pesada para sus todavía doce añitos.
Al terminar las clases se echaba a correr por las calles. Empezaba y ya no podía parar. Sentía un gran desahogo, alivio…
Pero necesitaba algo que encauzara esa necesidad de no quedarse quieto. ¡La San Silvestre!. Sería su meta, participar, unirse a esa marabunta de gente con un mismo objetivo. Un día en que verdaderamente se iba a sentir acompañado.
Año tras año esperaba ilusionado este acontecimiento, culminación de todos sus esfuerzos.
Y pasados los años, con sus papás ya separados, seguía sintiendo que su único, verdadero vínculo era con ese mágico momento en que todos se reunían para llegar al mismo destino.
307. La Victoria
Ana María Laín Moreno
Dicen que el primer kilómetro siempre miente, pero está ya en la cuesta del Palacio y sus piernas no dejan de decirle que el dolor es real, que pare de una vez. Continúa. Los pulmones le arden. Constantemente pasan corredores a su lado. Algunos le animan. La multitud también. Oye los aplausos como en una nube, como en un sueño en el que apenas consiguiera levantar la vista del suelo. Lleva bastante más de una hora tirando de los músculos cuando atisba la meta a lo lejos. Solo entonces mira atrás. Ve su sillón, con la forma del cuerpo en el respaldo; con el bastón apoyado al lado. Siempre a su lado; siempre el bastón. Entonces sonríe, con lágrimas cayendo por las mejillas. Se tambalea unos cuantos metros más hasta cruzar el arco y alza los brazos, porque sabe que ha ganado. No hay nadie más feliz ese día
308. COMO HEMOS CAMBIADO
Xavier Casas Sanvicens
La humedad matinal afloraba en el parque, a vista del balcón del piso compartido. Recuerdos en tiempos de facultad. Ese domingo de navidades, colmábamos las calles con gran entusiasmo y se abarrotaban cafés con largas colas del WC. Los transeúntes asombrados por unos locos semidesnudos con zapatillas y algunos despistados, enlatados en sus coches, entre los atletas escurridizos y sonrientes en el calentamiento. Una ciudad creciente, todavía algo intransigentes al deporte popular. Después vino la carrera, el esfuerzo individual, el ánimo de las gentes, la fatiga, el cansancio, la satisfacción al llegar, la comida en casa de Pedro y las impertinentes agujetas.
Recuerdo a unos pocos amigos, pero si el bienestar del momento, las caras, sus risas y lo compartido. Y de vuelta a Madrid, en el tren, una radio cantaba Soledad Giménez esa canción que decía…Como hemos cambiado. Donde ha quedado, aquella amistad.
309. Sin hacer ruido
Javier Revilla Cuesta
El corazón le hablaba a todas horas. Para poder escucharlo, ella siempre caminó por el mundo de puntillas, sin hacer ruido. Quizá por eso estuvo años en el Conservatorio Superior de Danza. Sin embargo, aunque se deslizaba sigilosa sobre el escenario, sus delicadas piruetas arrancaban sonoros aplausos. Su éxito atronaba tanto que dejó de escuchar sus latidos. Tras un trastorno alimentario, tuvo que dejarlo.
En terapia decidió probar el atletismo. Con un estilo peculiar. Más que correr, avanzaba a saltitos. Se impulsaba, se mantenía ingrávida unas décimas de segundo y se posaba después con la puntera de las zapatillas. Luego otro saltito. Con el entrenamiento, las décimas se convirtieron en segundos. Hasta que, en una San Silvestre, se impulsó con tanto arrojo que permaneció suspendida en el aire y el cierzo la elevó sobre los árboles. Ahora, en silencio, planea entre las aves hasta donde el corazón la lleva.
310. La carrera de Omari
JAVIER AMADO CANILLAS
En el chaflán del Banco Santander, sentado sobre un cojín de cartones, un muchacho negro y flaco pide una ayuda para comer. El lugar - abierto a la plaza de San Antonio - le permite ver con claridad la escultura “Homenaje al carnicero”, ubicada delante del Museo del Comercio. Se fija en el hacha enhiesta a punto de descargar sobre el costillar de carne. El solecito en la cabeza y el vacío en las tripas le hacen imaginar reales los chuletones de bronce. Un jugo de agüilla y bilis le estremecen de dolor y deseo… Fue en ese momento cuando pasó la furgoneta-anuncio. Fue entonces cuando decidió apuntarse a la carrera. Y es hoy, cuando Omari Kofi, ha sido coronado campeón de la XIV San Silvestre salmantina. Cuando desde La Gaceta le preguntan: ¿qué harás con el premio? Abdel se acuerda del carnicero…y ya no puede parar de salivar.
311. CORRE, TORMES, CORRE.
Angel Santiago Colina Madrazo
Corre raudo desde Fuente Tormella, por dominios de vacceos y vettones, desde Gredos y sus estribaciones, el Tormes, dejando su estela y huella.
Corre agreste, animoso, haciendo mella en dehesas ávidas de agua y canciones, entre fandangos, toros y blasones, hasta Ambasaguas, do el Duero lo sella.
Corre quedo, cual siseo de doncella, al adentrarse en urbanos rincones de la Salmantica, mítica y bella.
Corre, en San Silvestre, con sus razones, en este último día, tras una estrella, como los humanos corren tras sus ilusiones.
312. GLORIA
PAULO ROBERTO DE OLIVEIRA CARUSO - BRASIL - CÓDIGO DEL TELÉFONO 05521
Gloria
Oscar por fin corría hacia su primera victoria en la San Silvestre Salmantina. Un águila para traspasar la tranquilidad de las aguas en busca de más salmones para sus crias y, quién sabe, para sí misma. Una victoria en casa ya era entonces una realidad palpable. El sudor que exhalaba por todos los poros se mezclaba con los folículos de hierba espesados en sus vigorosas piernas de tantas caídas, arreglos y torceduras. El número de su camiseta era ahora un auténtico talismán deportivo y colgaría para siempre en la pared del salón. Sin embargo, cuando menos lo esperaba, un aficionado de otro corredor invadió la pista y corrió para agarrarlo. Hambriento como un puma. Pero Oscar, como un águila que atrapa a su presa y la suelta desde kilómetros de altura para alimentarse, se apartó de él con fuerza, desequilibrándolo y dirigiéndose hacia el
313. TIEMPO DE ENTREGA
Emmanuel Guerra martos
Durante tres años, Amin aprendió Salamanca en porciones de veinte minutos. La aplicación le enseñó portales, atajos y cuestas; también cuánto tardaba en subir cuatro pisos cuando el ascensor estaba averiado.
En diciembre se apuntó a la San Silvestre Salmantina. Guardó el móvil en el bolsillo y, por costumbre, miró la pantalla varias veces en la salida.
A mitad de carrera reconoció una calle de entregas bajo la lluvia. Más adelante, el portal donde una vez recibió una queja por llegar tarde. Esta vez pasó de largo. Desde la acera le tendieron vasos de agua. Su reloj marcaba el tiempo para él.
Cruzó la meta último entre sus amigos.
Cuando encendió el teléfono, la aplicación ofrecía un pedido a ochocientos metros. Amin leyó el aviso, se quitó el dorsal con cuidado y lo dobló en cuatro.
Lo guardó en el bolsillo donde llevaba siempre el móvil.
314. EL CABLE
María de Felipe González
Cuando Daniel pasó por el kilómetro seis, un voluntario ya recogía los vasos. Dos calles después retiraban una valla. Detrás, el coche de cierre avanzaba despacio.
Había salido rápido. Ahora corría con una punzada bajo las costillas y los cordones húmedos. Cada vez quedaban menos aplausos.
En la meta, un técnico se agachó junto a la alfombra de cronometraje. Tiró del primer conector.
Daniel vio el cable levantarse del suelo.
Apretó los dientes. El técnico miró hacia la avenida, soltó el conector y volvió a colocarlo.
Daniel cruzó.
Durante un segundo no sonó nada.
El técnico golpeó la pantalla con un dedo. El aparato emitió un pitido.
Daniel apoyó las manos en las rodillas. A su espalda, el técnico desenchufó el cable y empezó a enrollarlo mientras el coche de cierre doblaba la última esquina.
315. La caída controlada
António Pedro Ramalho Antunes Lopes Barreiro
Antes de cerrar la puerta, Mariano miró hacia el interior de la casa.
El Niño sonreía desde las pajas del Belén. El árbol titilaba con luces amarillas. El calendario del nuevo año esperaba su turno en la pared. Sobre la mesa, las facturas crecían y, con ellas, la incertidumbre.
Al acercarse al Paseo de San Antonio, Mariano llevaba esas preocupaciones. Y entonces, al sonar la salida, se dio cuenta de que la carrera tiene su propia forma de vértigo.
Quien corre no tiembla ante la altura, ante la cercanía del abismo, sino ante lo que tiene delante. Y, aun así, sigue.
Sigue, porque correr es entregarse a una caída controlada. Desplazar su centro de gravedad hacia un punto de equilibrio futuro. Y hacerlo con velocidad, con técnica, con el deseo de llegar.
Mariano corría. Hacia el vértigo. Hacia el futuro. Hacia las promesas de un nuevo año.
316. CARRERA DE OBSTÁCULOS
Juan Molina Guerra
Llevaba varios años corriendo la San Silvestre salmantina, y, hasta ahora, todo había sido correr y disfrutar. Mis amigos y familiares se distribuían por las calles de la ciudad y me animaban al pasar. ¡Animo, Federico!, me gritaban y aplaudían, y yo procuraba superarme y bajar mi tiempo en cada cita anual. Pero este año quizás iba a ser distinto, porque no tenía muy claro qué iba a ocurrir cuando dijera, al inscribirme, que mi nombre era Valeria. ¿Supondría eso un obstáculo?
317. Yo ya estuve allí y no me acordaba
Daniel Gómez Rodríguez
El tumulto de los corredores inunda el espacio que se hace breve; sin embargo, una escena interpela mi atención: una familia. Una madre y dos niños pequeños, todos disfrazados. Uno mayor que el otro, tan solo un año quizá. Es una escena que me paraliza: un hombre yace en el suelo, inconsciente, mientras todos lloran; mientras tanto, el tumulto sigue agolpando la vida.
Entonces recordé: ese hombre era mi padre.
318. Traición
Marc Serna Rius
Kilómetro 25 o cerca. Quedan pocos corredores y nadie animando ni dando agua. Corro mas lento que si andase.
Me encuentran mis amigos y me gritan que lo deje, que queda demasiado.
Pero mi amigo Fausto es corredor y se apiada. Me compra fruta y agua pero me explica que voy muy lento y hace mucho sol.
Pasa otro corredor por detrás, lento pero estable, buen ritmo. Antes de irse, Fausto dice que me pegue a él como sea
20 kilómetros juntos. Caminando y Corriendo. Parándonos en fuentes. Me salva, sacrificando decenas de minutos de su tiempo.
Ya llegamos. Veo meta a 50 metros. Reto a mi acompañante con la mirada. Le digo algo. No me entiende o no quiere. Le abandono al esprint.
Un, dos, tres pasos. Me encojo al suelo y vomito sandía y agua, mi nuevo amigo sigue adelante caminando. Me levanto y acabo último. 4.58.
319. Superfamilia.
Javier López Vaquero
La del segundo sacó a tender los trajes con los que correrán la San Silvestre, para presumir ante el vecindario. Son muy horteras, con sus capas y esos calzoncillos rojos por encima del traje azul. En las reuniones de la comunidad exponen los trofeos en una vitrina agradeciendo nuestro apoyo. Vaya majaderos. Su soberbia disfrazada de bondad da arcadas . Este año hicimos en secreto un grupo de entrenamiento para ponérselo difícil. Incluso se ha apuntado la señora Balbina que anda fastidiada de la cadera. Por las tardes corremos a la orilla del Tormes y en verano nos concentramos en las Arribes. Lo pasamos fenomenal . El nuevo vecino, que se llama Lex y es de Kansas, los conocía de América y nos ha puesto al día de sus extravagancias. Nos dió una barrita verde cuya cercanía les deja derrengados. La tenemos en la recámara, por si las moscas.
320. El Corredor
Nicolás WOLF
Acaba de dejar atrás la última posta de hidratación. Resta, entonces, el tramo final de la maratón, aquel donde la mente surca conjeturas inverosímiles y las piernas se vuelven dos anguilas nerviosas. Ignora si la culpa la tuvo el agua, cuando sufre calambres severos en el estómago. Las calles pedrosas de Salamanca se estampan de bruma. Pese a tener la visión borrosa puede observar, al costado del camino, a una jirafa galopando desbocada y, más atrás, a un león que acecha riguroso. Los reflejos ya le son ajenos a su voluntad, pero continúa en la búsqueda de la añorada cinta horizontal. Durante el trayecto atraviesa una aldea como tantas, como la suya. Confundido nota que ahora corre descalzo, quien sabe desde hace cuantos kilómetros. De pronto, inesperada, siente sobre su hombro la mano suave del brujo congo. Enseguida le anuncia que se detenga, que ya ha llegado a su meta.
321. Antes de que todo colapse
Ana Cristina Hernández Santomé
Su vida era un agujero negro. Deudas, desempleo, desorden. Corrió la San Silvestre buscando un destello de luz.
Al pasar por la Universidad, un croar lo sobresaltó.
—¿Eso es correr? ¡Colapsarás antes de la Plaza Mayor!
Poco después, en la dura subida, las torres de la Catedral susurraron:
—¡Hasta nuestras piedras mantienen mejor la postura!
Contra todo pronóstico, cruzó la meta. Nada fuera ha cambiado; pero él ya no se siente igual. Su oscuro universo, comenzaba a expandirse.
322. Salamanca en la sangre
David Vargas Ortega
Corríamos juntos, Moisés y su hijo Pablo,
como dos antorchas heredadas
en la noche de la XIV San Silvestre Salmantina.
Yo iba detrás,
con el pecho hecho trizas.
El golpe, seco, en el Puente Romano.
No me detuve.
Cada paso era una herida abierta
sobre la piedra dorada de siglos.
Entonces me atravesó la fuerza de todos los que alguna vez amaron estas calles:
estudiantes, soldados, poetas, madres.
Sus pasos se fundieron con los míos
y el dolor se hizo canto antiguo
bajo las torres de la Catedral.
Cruzé la meta tambaleándome,
casi sin cuerpo.
Y Moli me abrazó.
Sus brazos se abrieron como una granada de fuego antiguo
y en ellos estalló Salamanca entera:
la Plaza Mayor girando,
el Tormes rugiendo,
las aulas y los siglos
corriendo, vivos, por mi sangre.
323. Último kilómetro
Ruben Favio Mila Perez/ Uruguay.
Último kilómetro
Cuando vi el arco de salida de la San Silvestre Salmantina, pensé que corría contra el reloj. Me equivoqué.
A mis dieciocho años, los primeros kilómetros fueron ligeros; los últimos parecían eternos. El frío de diciembre se colaba por las mangas y las piernas protestaban a cada zancada. Entonces escuché los aplausos de personas que no me conocían. Vi a una corredora detenerse para ayudar a otro participante que había tropezado. Nadie hablaba de ganar, pero todos hablaban de seguir.
Seguí avanzando. No porque quisiera llegar antes que nadie, sino porque quería demostrarme que era capaz de continuar cuando aparecían las dudas.
Al cruzar la meta, el reloj marcaba un tiempo que olvidé enseguida. Lo que permaneció fue otra cosa: el valor del esfuerzo, la solidaridad compartida y la confianza nacida paso a paso.
Aquella tarde no gané una carrera.
Me gané a mí misma la carrera hoy.
324. ¿Cuál es el verdadero disfraz?
Lucía Rodríguez Añón
Estoy viendo el casco histórico de la ciudad de Salamanca mientras corro disfrazado de payaso. ¿Curioso, no? Cualquiera diría que soy yo, ese hombre tan maduro que en la oficina no levanta la cabeza del ordenador porque “van a pensar que no estoy trabajando”. Y también ese hombre que ignora a su sobrino cuando le pide jugar porque ”ya no tengo seis años para andar haciendo tonterías”, aunque en realidad le apetezca.
Veo a mi alrededor a Cenicienta corriendo y gritando; la reconozco, es aquella profesora que nunca sonreía porque era poco profesional. Justo detrás viene Spiderman, y también sé quién es: mi hija, que dice que ella no va a esas carreras de niños pequeños.
Todos disfrutan sin pensar en nada más. Y entonces caigo: ¿esos que llevamos puestos son los disfraces, o el verdadero disfraz es el que llevamos el resto del año?
325. Corred, corred, malditos
Karim El Khaidousti El Mrabet Cobeña
No era una carrera cualquiera.
Aunque el recorrido estaba preparado, la meta se alejaba cada vez más. De hecho, hacía media hora que la habíamos pasado. El frío nos obligaba a apretar el paso. El pánico nos impedía detenernos. Miguel me miró.
—Estoy cansado, papá.
Eché un rápido vistazo hacia atrás y cogí a mi hijo a caballito. El ruido de la muchedumbre tapaba el sonido de mis pisadas. El vaho salía por mi boca y el aliento me olía a hierro. Notaba el de Miguel en la nuca.
—Tengo miedo, papá.
No me atreví a confesarle que sentía lo mismo. Me saqué unos tapones del bolsillo del vaquero y le pedí que se los pusiera mientras cantaba conmigo la canción que habían aprendido en clase antes del puente de Todos los Santos.
Que corran los malditos, que corran ya.
Que el último que llegue, maldito está.
326. El último kilómetro.
Dario Mate Diaz
El frío de diciembre mordía las calles de Salamanca. Miles de zapatillas golpeaban el asfalto al ritmo de una ciudad que, por un día, corría unida. Él no buscaba ganar; buscaba demostrarse que podía llegar hasta el final. En la cuesta, las piernas ardían. A su alrededor, desconocidos se convertían en compañeros, las palmadas sustituían a las palabras y cada metro parecía una pequeña victoria. Entonces vio a un corredor detenido junto a la acera. Dudaba. Miraba el suelo, derrotado por el cansancio. Él también estaba agotado. Su marca se escapaba, los segundos volaban. Podía seguir. Pero se detuvo. —¿Vamos juntos? El desconocido asintió. Cruzaron la meta sin saber quién había ayudado a quién. Esa misma tarde, Salamanca volvió a encender sus luces. En algún reloj quedó registrada una marca mediocre. En algún lugar de la memoria, sin embargo, dos corredores habían ganado una carrera que ningún cronómetro
327. Gordo
Roberto López García
—¿De verdad tienes que participar también este año? —le preguntó Ana, con el número en la mano. En su voz había una mezcla de rabia, lástima y súplica.
—Joder, Ana. ¿Cómo te lo tengo que explicar? Es muy importante para mí. Corro en la San Silvestre todos los años y este no va a ser menos.
Juan se explicaba con toda la tranquilidad que podía. Estaba abrochándose las deportivas.
—No pretendo ganar. No quiero hacer mi mejor tiempo. Solo quiero estar ahí y sentir el calor de los corredores en el frío de la mañana, la emoción de la salida, el ambiente… Y si tengo que terminar andando, terminaré andando.
Se incorporó y cogió la chaqueta.
—¿Y si te pasa algo?
Juan la miró, desconcertado.
—No me va a pasar nada. Solo quiero correr.
Ana se apartó, sin soltar el número con el que habían ganado el Gordo de Navidad.
328. DOS METROS
ENRIQUE BENITO PEÑALVA
Miraba hacia atrás, y apenas aventajaba en 10 metros a Marcos. Sus 93 kgs. y el poco ejercicio que hace últimamente no le limitaban, siempre había sido una bestia competitiva, jugásemos a lo que jugásemos, ya fueran las canicas, el ajedrez, el frontenis o los videojuegos. Cuando le animé para apuntarnos a la San Silvestre y aceptó, supe que su plan no iba a ser divertirse corriendo disfrazado.
Apreté en Libreros, conociendo bien lo que quedaba hasta meta, y volví a mirar hacia atrás, parecía que le sacaba más ventaja, pero en la Avenida de Portugal estaba corriendo a la par conmigo. Parecía no poder respirar, pero aceleró, y yo miraba el reloj, iba a conseguir mi marca en 10 kilómetros, pero seguí su ritmo, y viendo la meta hice un sprint largo; larguísimo. Al cruzar la meta miré hacia atrás. Gané por dos metros a mi amigo.
329. El tiempo al tiempo
María del Mar Villanueva Martín
Ahora es un pequeño motor de titanio en mi pecho el que dicta mi ritmo circadiano. Tras la operación de corazón, los médicos dijeron que me habían regalado un tiempo extra, y yo decidí emplearlo en correr.
Imagino a San Silvestre y a San Antonio echándose unas risas allá arriba, viéndome ajustar las alas de cartón de mi disfraz sobre la cicatriz que me atraviesa el torso. Ya me gané el premio al participante más veterano, pero mi verdadera victoria no es la medalla que cuelga en el salón.
Mientras la multitud ruge por las calles de Salamanca, mi marcapasos marca un compás perfecto, ajeno a los años. Los jóvenes corren para arañarle segundos al cronómetro; yo corro para celebrar cada latido ganado. El tiempo me dio una tregua, y yo pienso apurarla para atarme las zapatillas.
330. Mil km para llegar a la san sil 2019
David Sánchez Rubio
La madrugada de el 28 de Diciembre quería llegar a salamanca para poder correr mi carrera como todos los años desde 2007, salí de casa el día 27con idea de ir a Madrid y bajar a Sevilla y regresar las cosas se complicaron y a las 4 de la madrugada estaba cenando en casar de Cáceres ,después de una larga jornada y una noche de Niebla intensa conseguí llegar a casa y preparar el dorsal y la ropa para la carrera que bien pensé que no llegaría a correr , finalmente me acosté 4 h para poder recuperar fuerzas y finalmente poder correr la carrera que más ilusión me hace en todo el año.
Quien nos iba a decir que si aquella fue complicada al año siguiente también la pudimos correr a pesar de ser recorrido virtual debido a la pandemia con aquel fotocol del puente Romano, menudo show Runer
331. Navidad, velocidad y felicidad.
Ana García Rodríguez
Prepárate, que va a comenzar. Estamos en Salamanca, con el gorro torcido y unos cascabeles sonando sin parar. Correr entre amigos, villancicos y risas, ¡nada puede salir mal!
Una elfa no entiende porqué, pero se pone un traje muy incómodo y por el Puente Romano, Casa de las Conchas y cada rincón salmantino trata de correr.
Visita completa, toca cruzar la meta. Todo cobra sentido cuando abres bien los ojos, superas tu marca y lo mejor de todo, es que te has divertido.
Frío charro, mejillas rojas e incluso nariz como un reno, una sonrisa enorme y a esperar el Año Nuevo. Lo tengo muy claro, ¡repetiremos!🎄
332. LA CARRERA DE MI VIDA
Alexis Laguna Murillo
Solo abrí los ojos y ya estaba ahí, no supe cómo llegué.
Llegué en automático pero ahora estaba completamente vivo. Mi pecho latiendo, mis piernas tibias y con temblores intermitentes.
Volteé a mi alrededor, todos parecían decididos, moviéndose de un lado a otro. Nos veíamos sin fijar la mirada, íbamos al mismo lugar pero en diferentes momentos.
Dejó eco en mí el disparo de salida.
Mis pies avanzaban confiados, como si hubieran crecido en ese camino, que cada vez se sentía más corto y me regalaba más vida.
Vi quedarse atrás a muchos. Los de adelante solo me mostraban en dónde quería estar y estuve ahí.
Cruce la línea de meta. Sin pensar en el tiempo. Sin pensar en el lugar. Fue un triunfo mío, enseñarle a mis pies a automatizar sus pasos para enfocarme solo en vivir.
333. Leyendas
José Gómez Paredes
Cuentan las leyendas que un joven humilde debía ganar la San Silvestre Salamantina para poder ver a su amada, encerrada tras la ventana. Vendió su alma al diablo para vencer en la carrera. El demonio le conminó a encontrar una rana encima de una calavera: «si así lo hicieras, ganarás la carrera».
Seguro de si mismo, el deportista acudió a la competición. Iniciada ésta, y carcomido por los remordimientos, fue perdiendo poco a poco la fe, y la tristeza le invadió. Las zancadas se hicieron más cortas, como si arrastrara una pesada carga. A la altura del Puente Romano se disipó su rastro y, hoy en día, se sigue sin saber qué fue de él.
Algunos corredores aseguran que, cuando atraviesan el Puente Romano, un aire más frío del habitual les azota la cara. Mientras, la ventana de su amada, por orden de su padre, permanece cerrada.
334. La otra mitad
Juan Claver
Lo que hace reír a la gente es la grupa. Entre tambores y gritos, un caballo de trapo avanza hacia Vallecas con una cabeza enorme, dos patas que corren y dos que se arrastran, vacías, por el asfalto.
—¡Que has perdido el culo!
Ella sonríe bajo la crin. Doce años fue la cabeza: la que veía el camino, la que marcaba el ritmo. Detrás, Lucía protestaba, tropezaba, se reía tan fuerte que tenían que pararse.
Ahora la grupa no pesa nada: solo lleva el dorsal de Lucía, prendido con imperdibles.
En la última cuesta, la cola se engancha en una valla. Ella se detiene y la suelta con cuidado, como quien le aparta a alguien el pelo de la cara.
En la recta final, Vallecas entera grita: «¡Vamos, caballo!».
Y por primera vez en toda la carrera, la grupa empuja.
335. UNA PROMESA
Aranzazu Polo Margareto
Sentí las respiraciones agitadas de quienes llevaban meses preparándose. Al finalizar la cuenta atrás, una marea humana se movió al unísono y, arrastrado por la adrenalina grupal, recorrí los primeros kilómetros. Hacia la mitad de la carrera, el cansancio empezó a pasar factura y, el cuerpo, se volvió pesado. Sin embargo, continué corriendo arropado por el público que gritaba. Al acercarme a la meta, las voces me hicieron olvidar el dolor y sentí que flotaba cruzando la meta. Entonces, los aplausos se convirtieron en la melodía del móvil. Adormecido me incorporé. Allí, estaban las zapatillas y el dorsal sobre la ropa. Al contestar, escuché los jadeos de mis amigos entre el bullicio y les prometí que, el próximo San Silvestre, no olvidaría conectar la alarma del despertador.
336. Preparador Físico
Carlos Mauricio Álvarez Gómez
Estaba contento. Sus gemelos crecían fuertes y sanos.
337. Historias que hacen historia
Marta Delgado Plaza
Recuerdo que de pequeña me contaban la historia del padre Basabe y como ladrillo a ladrillo fue levantando " el milagro". Ese "milagro",que cada año, es el punto de encuentro de miles de personas dispuestas a vivir una experiencia inolvidable por las calles de Salamanca.
Y es que así es la San Silvestre, donde cada zancada , cada esfuerzo, cada aplauso , cada kilometro crean un recuerdo en el alma. Porque pequeñas historias hacen Historia . Y porque lo inolvidable vive para siempre.
338. EL CAMPEÓN POR ACCIDENTE
Elena Martínez Horcajo
Joaquín nunca había sido deportista. Su mayor hazaña consistía en correr detrás del autobús. Pero aquel año decidió apuntarse a la San Silvestre Salmantina.
Antes de empezar, los nervios le llevaron al baño, donde conoció a un famoso atleta. Le pidió una foto y, sin darse cuenta, intercambiaron las mochilas.
Joaquín terminó la carrera entre los últimos, orgulloso simplemente de haber sobrevivido.
Durante la entrega de premios anunciaron al ganador:
—¡Joaquín!
Resulta que el atleta había corrido con su dorsal.
Joaquín subió al escenario intentando aclararlo.
—Perdonen, tiene que haber un error…
Pero entre aplausos, fotografías y felicitaciones nadie le escuchaba.
Finalmente aclararon el malentendido y entregaron el premio a su verdadero ganador.
A la mañana siguiente, Joaquín apareció en portada del periódico, levantando el trofeo.
Su familia todavía conserva aquel recorte. Joaquín, por supuesto, sigue cogiendo el autobús.
339. El relevo
Rafael Fernández Mejías
El cuerpo despierta antes que el despertador. A oscuras encuentra las zapatillas. La calle es mía a esas horas. Llueva o haga sol. El cielo elige. Yo salgo.
Los primeros metros son una negociación con el frío y con la cama. La respiración se acompasa —cuatro pasos dentro, tres fuera—. Ese paso de diferencia deja el compás cojo, siempre con ganas de seguir. El corazón toma el relevo.
Al principio miro el reloj cada poco. Luego, cada vez menos. Cuanto menos lo miro, más dentro estoy.
No pienso en correr, no pienso en nada, y correr se vuelve lo más parecido a estar quieto. No hay meta, no hay testigos. Solo el ritmo, que es una manera de silencio.
Cuando regreso, el pueblo abre los ojos y ya llevo el día entero dentro.
La gente pregunta cuántos kilómetros hago. Ya no sé qué responder. Cuando corro, no estoy.
340. El Rector
Iván Barba Rodulfo
Se hablaba de rituales en los que personas venidas de todo lugar y marcadas con números, cual ganado, alcanzaban la extenuación física narcotizados por dulces brebajes.
¿Acaso hubiera resultado propio de un honrado profesor no investigar tales rumores? Y, aunque de algunos no quedara ni su sombra, tantos son mis discípulos en esta vetusta ciudad que merecían mi intercesión.
Logré ser testigo de su liturgia, una estantigua de cuerpos semidesnudos, una competición de rostros dislocados y jadeantes. Con gran esfuerzo y sin entrar en detalles, conseguí ocultarme y hui como alma que lleva el diablo. Este es el presagio del fin.
Por tu bien, no persigas su misma meta, no te dejes seducir por sus disfraces. Pero si ya es tarde, te ofrezco el placer del conocimiento para salir de la secta: aún hay sitio este curso para otra alma. Ya sabes dónde está mi cueva.
341. Contra pronóstico
María Eugenia Manzano
«¡Corre!», escuchaba, y yo corría. Corrí a pesar de la lluvia, del barro que salpicaba, del frío cuando atravesamos la Plaza. Corrí contra cualquier pronóstico mi primera San Silvestre, pero sobre todo corrí contra ti, que me habías abandonado una semana antes. En la calle nos animaban. Yo corría.
Llegamos a Tentenecio y me embalé cuesta abajo. Como contigo, pensé. «Que te has encoñado, tío», se había burlado Javier. Y yo ahí, erre que erre, haciendo hueco en mi armario y desayunando kiwis. Valiente idiota.
Alcancé el río, iba en cabeza. «¡Envidiosos! —grité—. ¡Maldita sea! Si pudierais follar con ella, hubierais hecho lo mismo». Entonces paré de correr. De debajo del disfraz saqué una muñeca pintada al más puro estilo Kokoschka y la puse en el Puente Romano. No tardé en rebanarle el cuello, pero perdí posición. La gente se puso histérica.
Y me descalificaron.
342. CONSIGUIÓ UN ESTUDIANTE…
Luis Romero de Ávila Prieto
CONSIGUIÓ UN ESTUDIANTE….
Era blanca la paz, y la sonrisa portadora de sueños en el beso sagrado de una esperanza, un deseo que llegaba a convertirse en ansiedad cuando la voz del alma pronunciaba San Silvestre y Salamanca.
Pero allí estaba yo, varado en la estrechura de mi silla. Ruedas de luna giraban cada noche intentando alcanzar la meta de una sonrisa. Y en el vuelo mágico de algún amanecer, volaba sobre un sueño de fantasía, pero a mi lado solamente el viento se postraba acariciando mi rostro.
Un año más me he contagiado de esperanzas, pero sigo postrado en el atrio dorado de un trono que me atrapa.
Hoy, he despertado pronto, y en la almohada se han quedado los últimos suspiros buscando un corazón y una aventura nueva.
He mirado alrededor de mi estancia y cerrando los ojos he descubierto que sigo estando vivo todavía.
343. La pista era mía
Boasso Oliva, Victoria
Eran las 07:43 de la mañana y el aire frío me quemaba la garganta. El bullicio que había en el estadio era ensordecedor. Fuera de eso, solo estaba yo frente a una amplia pista de carrera. Me coloqué en los tacos de salida. Por fuera parecía una estatua, pero por dentro era un huracán de emociones. Los fuertes latidos de mi corazón me tapaban el ruido de fondo. Sentí una corriente eléctrica recorriendo mis piernas y un vacío abismal en el estómago debido al acúmulo de nervios. Llegó un momento en el cual me olvidé por completo de la existencia de los demás atletas y del público. Solo quedamos la pista, el aire entrando a mis pulmones, la espera ansiosa por la orden del juez, y yo. En el último segundo lo supe: la pista era mía, el viento era mío y la gloria ya llevaba mi nombre.
344. Avanzo
Mathias Rodrigo Rivera Mamani
“Papá , como puedes llegar siempre a la meta”
“Mira hijo, tan solo miro al frente, intento verme cruzando la meta y continuo”
Recordé esa simple conversación hace unos días, mientras intentaba despedir a mi madre junto a mi padre, ahora estoy corriendo, pensando por qué hago esto en vez de estar de luto, tal vez persigo algún significado oculto en un simple recuerdo de mi infancia, buscando cualquier posible ayuda en un simple momento, sobre pensando una conversación que no debería tener significado más haya de una simple respuesta para un niño curioso, pero tal vez ese sea mi consuelo, mis piernas arden miro al frente y sigo, mi pecho quiere explotar, miro al frente y sigo, mi visión se nubla, tal vez por lagrimas o simple cansancio, miro al frente, visualizo y sigo, cruzo la meta, doy una bocanada de aire y creo que se como continuar.
345. El bolsillo mágico de la San Silvestre
Almudena Muñoz Puche
Aquel último día del año corría la San Silvestre Salmantina disfrazado de Doraemon. Mientras avanzaba entre miles de corredores, escuchaba risas, aplausos y el sonido constante de las zapatillas golpeando el asfalto. Muchos me pedían fotos, pero yo tenía una misión secreta.
Cada vez que alguien parecía rendirse, metía la mano en mi bolsillo mágico. No sacaba inventos futuristas ni artilugios imposibles. Sacaba algo mucho más valioso: una palabra de ánimo, una sonrisa o un gesto de compañerismo. A una niña le regalé confianza para terminar su primera carrera. A un corredor agotado, la fuerza para seguir unos metros más. A una mujer que corría sola, la compañía de quienes la rodeaban.
Cuando crucé la meta comprendí que el verdadero bolsillo mágico no estaba cosido al disfraz. Era la capacidad de una carrera popular para unir a miles de personas y sacar lo mejor de cada una de ellas.
346. Todos juntos con la misma pasión- San Silvestre Salmantina
Angela Rey Figueira
Qué pasión, que emoción,
¡El orgullo charro en plena acción!
.
- No me digas que tenías como objetivo ir al gimnasio y que aún no has ido…
Por lo que queda de año, cariño, ¡hoy es el último domingo de diciembre! ¿Qué tal si llegas a tu propósito de año haciendo deporte pero sin ir al gimnasio?
- ¿Te refieres a hacer ejercicio desde el sofá?
- No, tranquilo que mi propuesta te va encantar… ¿y si vamos tú y yo a correr la San Silvestre Salmantina?
- Pues qué buen plan, y qué bonito que sea recorriendo mi Salamanca. Las luces de la Plaza Mayor a ver si me motivan, el año pasado me quedé agotado antes de acabar la carrera.
- Sí, la verdad es que son tan bonitas que hasta parece que animan el cuerpo. Pero tú ve a tu ritmo, lo importante es disfrutar.
347. Sombras
AIQUE RODRÍGUEZ LÓPEZ
Siempre salía a correr de madrugada, por un asfalto negro cuyas sombras me devoraban los talones. Parecían rivales simulando rebasarme o, quizás, las dudas que se reían en mis mejillas heladas.
El día de la competición lucía un sol de justicia. En la curva final, una luz intensa me deslumbró cuando iba en primer lugar, como si uno de mis fantasmas nocturnos hubiese madrugado para tragarme.
Entonces la veo aparecer. Me mira profundo: exige el límite, pero a la vez intenta frenarme con violencia. Veo que saca una daga apuntando directamente a mi pecho. Y cuando va a asestar el golpe, justo antes de abandonar, le pregunto si se trata del fracaso.
Se ríe fuertemente y me dice que no tenga miedo, que solo es la Victoria. Se acerca a mi oído en los metros finales y me susurra:
- Mi trabajo ya está hecho, ahora acelera y vuela.
348. META VOLANTE
EDUARDO HERNÁNDEZ HERRERO
No era frecuente en él a esas horas estar sentado en una terraza de la calle compañía, pero la mañana era extrañamente soleada. Cuando quiso darse cuenta, toda la calle estaba ocupada por corredores de diferentes edades, que la cruzaban arropados entre aplausos y vítores de espontáneos que habían decidido animarlos. Después de ver a unos cuantos y, contagiado por ese ambiente, decidió unirse repentinamente a la carrera. Desconocía si aún faltaba mucho o no para la meta, pues ni siquiera tenía unas zapatillas deportivas. No importaba, estaba acostumbrado en los últimos años a ir detrás de cosas que las que no sabía si eran metas volantes o el final de algún camino.
349. TERAPIA DE KILOMETROS
SUSANA MARTIN ALVAREZ
He de reconocer que mi primera San Silvestre nace de una crisis existencial, necesitaba un revulsivo que me hiciera salir del estado de apatía en el que llevaba años inmersa y para ello hice una regresión mental a uno de los momentos en el que más libre y feliz me sentí: volví a mis 12 años, a la pista de atletismo de Playaudi en Irun , recordé como el viento chocaba contra mi cara, como mis piernas avanzaban al compás de mi respiración, como mi corazón latía fuerte, lo tuve claro , San Silvestre 2026 sería mi nuevo objetivo. Volví a los entrenamientos, a la fatiga, a los madrugones. Llego el día y me volví a sentir como esa niña, nerviosa e ilusionada, a mi alrededor todo eran sonrisas, aplausos de ánimo, yo avanzaba inmersa en un gran mar de colores y crucé la meta, si, llena de vida.
350. El camarero
Fernando Saiz Cerreda
Cruzó el Tormes por el puente romano. Se había preparado para hacer buen tiempo, y corría con una bandeja en la mano izquierda en la que portaba una botella de champán, un bol con frutos secos y un vaso ancho lleno de agua hasta la mitad. Había dejado el trabajo un momento para correr y llevaba el uniforme, aunque se había puesto unas zapatillas. Era la atracción de aquella carrera, porque su pericia se observaba en el líquido derramado, y hasta el puente no era nada. Andaba rápido, y a veces corría unos metros. No llevaba mal ritmo y los espectadores y los otros corredores que le adelantaban le animaban.
Pero tras pasar el puente comenzó a correr a gran velocidad. La botella no se le caía, ni el agua se le derramaba. ¡Parecía imposible! Al cruzar la meta desveló su secreto frente a una cámara de televisión.
351. EL PESO LIGERO DEL CHIP
FERRAN MARQUINA MARTÍNEZ
En la Plaza Mayor, las voces se elevaban como un coro humano. Gema evocaba las manos de ASPACE modelando trofeos de cerámica con paciencia infinita, los voluntarios abriendo senderos invisibles entre la multitud y la urbe entera convertida en refugio cálido para cuerpos y almas. Cada zancada era reconocimiento profundo; cada aliento, homenaje silencioso a una prueba que rehusaba limitarse a cronometrar minutos y prefería medir esperanza.
Cruzando el Tormes, percibía que aquel pequeño objeto no oprimía. Dentro de ella latían ediciones de generosidad: cientos de euros entregados a quienes más lo precisaban. El viento frío de diciembre rozaba su rostro mientras las piedras antiguas parecían susurrarle historias de esfuerzo compartido.
Al alcanzar la meta, acarició el galardón artesanal con dedos temblorosos. Sus yemas captaron el latido vivo de una solidaridad que nunca se extingue. Aquella Salamanca luminosa no solo avanzaba: se ofrecía como hogar solidario donde nadie quedaba atrás.
352. A pie de página
Ernesto Ortega
Las palabras aparecían bajo sus pies. Cada zancada lo transportaba a un territorio desconocido. Le llegó un olor a guayaba y surgió Macondo. Los Buendía lo observaban, asombrados de que alguien corriera para huir del tiempo en lugar de perseguirlo.
Un giro brusco y el calor se convirtió en polvo. Voces sin cuerpo intentaban agarrarlo de los tobillos para contarle sus desgracias. Había llegado a Comala. Si se detenía, no saldría de allí.
Apretó el ritmo. El ambiente se volvió más fresco: la Comarca, en plena Tierra Media. Curiosos, los hobbits lo saludaban ondulando sus jarras al viento. Venció el deseo de quedarse. Más allá, las ciudades invisibles, los bosques de Obaba, Vetusta… El paisaje cambiaba a cada paso. Tras cruzar la última colina, oyó el bullicio de la meta. Salamanca lo esperaba entre aplausos. En el camino, un reguero de 150 palabras. La última aún brillaba bajo sus pies.
353. Un trayecto especial
Maria Laura Bonoris Höchli
Es una gran fiesta, una costumbre.
Para algunos una promesa, para otros un verdadero desafío, pero para todos, sin diferencia alguna, es el momento de plena libertad y la posibilidad de que un sueño se haga realidad.
Cuerpo y mente acompañan a un conjunto de emociones latentes. Paso a paso, cada cual a su ritmo, con más o menos dificultad, pero en ese preciso momento hacia adelante. La respiración comienza a agitarse y los latidos del corazón se aceleran, las primeras gotas de sudor se deslizan por las pieles.
El público está colmado de alegría y su clamor animado es la melodía que deleita y se mezcla con este momento especial.
Una carrera popular, donde el tiempo y las distintas categorías, marcan a los ganadores de la misma manera que la multitud en movimiento, llena y tapiza, con disfraces originales e ingeniosos de todos colores, las calles de Salamanca.
354. La revuelta de los Santos
Roberto Federico Kopta
Los Santos hacen cosas como acá, en la Tierra, además de rezar. En un asado, Juan el Evangelista estalló
-“¡No va más! ¡La carrera Salmantina se hace en mi día, y otra vez el nombre lo lleva Silvestre! ¿A quién van a rezar para correr rápido?”
Los Inocentes también protestaron:
-“El año pasado, nos tocó a nosotros. Los corredores solo se hacían bromas, pero la chapa fue para Silvestre”.
-“¡Qué culpa tengo yo que me hayan puesto al final del calendario!” bramó el Santo acusado, ya entonado con media botella de vino mistela.
Todos los Santos lanzaron una carcajada. Claro, por algo son santos y no les importa el prestigio ni la gloria. Los Inocentes, que al fin y al cabo son niños, cerraron la comida con una guerrita de sodazos.
Cuentan que en esa edición de la San Silvestre Salmantina, hubo una lluvia sin nubes. Nadie supo explicarlo.
355. Coaching gratuito
Alfonso José Prado Rey
Posicionada en la salida –nerviosa, presionada–, empecé a escuchar todas aquellas voces que, en las últimas semanas, no habían parado de darme manidos y bienintencionados consejos motivacionales no solicitados. Así, el «Quien va despacio, llega lejos» de mi abuela era afín al «Lo importante no es correr más rápido, sino no dejar de avanzar» de su marido. Por esta línea iba mi jefa con: «Si crees que puedes dar un paso más, probablemente puedas dar dos»; en oposición al «Ve a tu ritmo y haznos sentir orgullosos» de papá. Mi hermana quiso restarle importancia afirmando: «La meta está más cerca de lo que crees», mientras que mi pareja solo dijo: «Disfruta del camino». Tirando de afecto, mamá había sentenciado: «Corre con la cabeza, aguanta con el corazón», y el entrenador: «Recuerda que la lucha es contigo misma».
Suena el pistoletazo y los nervios se van. «Lo importante es participar».
356. CADENAS ROTAS
Romualdo Pedro Fernández Centeno
Paredes sucias, frías, gruesas. Reforzadas con leyes de otros tiempos. Tan cerradas que no dejaron que salieran mis miedos, mis recuerdos, mis sueños….
Solo hormigón en perfecto entendimiento con cientos de cerrojos que ofrecían una melodía de derrota y humillación a los internos. Un soniquete de tambores secos y metálicos con puertas anclando un cierre que sepulta al ser que queda dentro.
Pero yo, interno numerado sin ganas de recordar aquel perdido número, salgo de mi presidio y al llegar a mi localidad encuentro Luz.
Me encuentro alegría, colores, zapatillas atadas con las mismas manos que preparan el almuerzo para resistir estos kilómetros. Me encuentro con el esfuerzo de esos atletas que con su dedicación coronarán la meta, con aquellos “presos” variopintos de cadenas rotas con los pasos. Y yo, con mis miserias olvidadas al ponerme esos zapatos, ocupo como uno más mi lugar en la San Silvestre.
357. Lentejas
Angel Toribio Sevillano
Los curiosos que esperaban la llegada se quedaron atónitos cuando vieron que la corredora con el dorsal 1001 cruzaba la meta en primer lugar. Ese dorsal correspondía a Benita Alaejos Sánchez, de 84 años. El cronómetro marcaba 28:30. Los jueces, incrédulos, procedieron a revisar su chip. No había duda: Benita no solo había recorrido la distancia reglamentaria de 10 km, también había aventajado en más de un minuto a los atletas de élite que participaban en la prueba. Contó a los medios que, desde que enviudó, llevaba una vida muy ajetreada: cuando no se citaba con su club de lectura en la casa de las Conchas, lo hacía con sus compañeros de running en la Alamedilla. Preguntada por su hazaña, contestó con naturalidad: «Cuando esperaba el pistoletazo recordé que había dejado las lentejas en el fuego».
358. La carrera en un puño
Máximo Fernández Navas
Ernesto alisó nervioso su dorsal. Nunca imaginó correr la San Silvestre Salmantina. Tenía sobrepeso y odiaba hacer ejercicio. Cerró la mano derecha y besó sus nudillos.
Sonó la salida. El corazón le dio un vuelco. Esperó a que arrancara la multitud y subió el volumen de la música.
El público aplaudía. Entre lágrimas, vio cómo lo adelantaban un pitufo, una jirafa y la Pantera Rosa. Pronto le faltó el aire.
Las zancadas pesaban cada vez más. Los aplausos lo sostenían cuando las piernas empezaron a fallarle. A mil metros de la meta, un calambre lo obligó a continuar cojeando. Apretó el puño con más fuerza.
Siguió. Despacio. Sin detenerse.
Al cruzar la meta, abrió la mano. La medalla de su hermano, fallecido meses atrás, había dejado una marca en su palma. La besó y acarició la fotografía estampada en su camiseta.
359. Help!
Gabriel Pérez Martínez
Mi corazón late al ritmo de las canciones mientras corro con los auriculares puestos. Las melodías alegres de los cuatro de Liverpool me han salvado varias veces. He escuchado “Ob-La-Di, Ob-La-Da” y “Birthday”. Ahora debería empezar “Here Comes the Sun”, pero suena “Julia”, que Lennon dedicó a su madre muerta. Así no puedo seguir. Me detengo en seco y, antes de darle al stop, noto un golpe de viento enorme. Un autobús ha estado a punto de atropellarme. De nuevo los Beatles me han salvado la vida. O quizás ha sido mi madre, otra hermosa canción que terminó antes de tiempo.
360. Mariano Haro. El palentino de oro
Carlos Miguel Herrera Molpeceres
Corría mucho, muchísimo, devoraba kilómetros como un galgo, pulverizaba récords, fue uno de los grandes fondistas europeos de todos los tiempos, campeonatos de Europa, Olimpiadas, campeonatos del mundo de cross, Mediterráneos, Iberoamericanos, destacó en todos; medallas y diplomas olímpicos a doquier. Era palentino, el grandísimo Mariano Haro, el león de Becerril; de Becerril de Campos. En los Juegos Olímpicos de Múnich, en la final, hizo una carrera meteórica, una galopada de principio a fin, eran veinticinco vueltas a la pista y se mantuvo hasta el final con los mejores, Viren, Yifter, Puttemans o Shorter; todos ellos campeones Olímpicos o plusmarquistas mundiales ......... ¡ Genial !. ¡ Fantástico !. En Montreal - 76 hizo una gesta similar, alcanzando la sexta posición; también contra los mejores atletas del mundo. Descansé en paz, el legendario Mariano Haro, un león en Becerril de Campos; el palentino de oro.
361. HOMO TECHNOLOGICUS
ENCARNA RUIZ RODRÍGUEZ
En la San Silvestre Salmantina le tomaron por un corredor más. Llevaba el dorsal torcido porque estaba concentrado en mantener el equilibrio sobre sus piernas de titanio, ocultas bajo calcetines térmicos de oferta.
Se apuntó como Miguel, aunque era R-12. Había decidido probar aquello de correr «como un humano», aunque su tarjeta madre no entendía la sensación de sudar ni el absurdo de competir por llegar antes a ninguna parte.
En la salida, un joven le dio un golpecito amistoso en la espalda.
—¡Suerte, señor!
Miguel archivó el gesto como experiencia agradable.
El asfalto no lo frenaba. Al pasar por los edificios de piedra dorada, algo remoto, anterior a su programación, vibró en sus circuitos.
Cruzó la meta sin que nadie sospechara que tenía un corazón de litio.
—¡Enhorabuena! —le dijo jadeando un corredor.
Miguel sonrió. Por primera vez, había sentido —o creído sentir— que era un humano más.
362. MIS MEJORES DESEOS
GUSTAVO ADOLFO AURELIANO VALCÁRCEL CARROLL
Soy colombiano, de setenta y siete años, y pronto viajaré con el propósito de participar en la San Silvestre Salmantina, para conocer y asimilar los valores de la solidaridad, el espíritu comunitario y la superación personal, que caracterizan esta carrera maravillosa, de fama mundial. Y al regresar al hogar, contaré a mi familia y amigos, la experiencia vivida, con la esperanza de que en mi patria, cada día seremos mejores seres humanos. Y como docente universitario, visitaré las estatuas y monumentos de dos ilustres personajes, que dejarán en mi alma el mejor de los recuerdos: Fray Luis de León, y Miguel de Unamuno, escritores, filósofos, catedráticos y eruditos de la Universidad de Salamanca, la más prestigiosa e influyente de España, en los tiempos históricos. Y hoy tengo el convencimiento de que el deporte y la historia siempre serán dos valiosos hermanos.
363. Coche escoba
Juan Francisco Castillo Gallego
Llevo once años conduciendo detrás del último. El último es siempre Tomás, ochenta y tantos, mallas de su nieta y un gorro de Papá Noel que se le escurre en las cuestas. Va a cuatro por hora. Yo, a cuatro por hora, con el intermitente puesto, que no sé para qué. La piedra de Villamayor se ponía naranja y luego ya no, y por las aceras la gente volvía con las uvas en una bolsa, porque era treinta y uno y a esa hora en Salamanca ya no corre nadie más que él. Este año se paró. Bajé la ventanilla. —¿Subes? Me miró como al camarero que trae la cuenta sin pedirla. —Tú no has corrido nunca, ¿verdad? No contesté. Eché el freno de mano, dejé el coche en medio y me puse a su lado, con los zapatos del domingo. Llegamos los dos últimos. Que conste: él
364. Medio paso detrás
Elvira Fernández Morcillo
En el kilómetro siete Tomás me pidió que no le mintiera.
—¿Cuánto falta?
—Poco.
—Eso no es un número.
Era la última noche del año, hacía tres grados, o dos, y Salamanca echaba vaho por todas las bocas mientras la piedra de Villamayor, dorada por las farolas, nos devolvía el eco de miles de zapatillas y yo llevaba la cinta como me enseñaron: ni guiar ni arrastrar, acompañar el brazo.
En la cuesta final le fallaron las piernas. Lo noté por la cinta antes que por su cara.
—Dime qué ves.
Le dije la verdad. Gente subida a los bancos. Un crío con gorro de Papá Noel gritando su nombre, que llevaba escrito en el dorsal. La meta al fondo, roja.
Tomás apretó la cinta y tiró.
Seis años guiándolo. Crucé medio paso detrás, como manda el reglamento, y lo único que vi de la meta fue su espalda.
365. LAS ZAPATILLAS DE MI ABUELO CORREDOR
JOSE REINALDO POL GARCÍA
“ LAS ZAPATILLAS DE MI ABUELO CORREDOR”
La San Silvestre Salmantina fue la última competición en la que tomó parte mi abuelo. En su habitación tenía unas zapatillas viejas llenas de tierra y polvo. Mamá las cogió y dijo:
-“ Papá, lo que no tiene uso debe tirarse.”
El abuelo le contestó:
-“ Esas zapatillas son mi mayor trofeo”
Mamá responde:
-“ No me digas, tanto valoras un calzado viejo. .”
Él comenta:
-“ Hija, estas han pisado siempre el circuito de esta prueba salmantina , para mi son imprescindibles. Si las arrojas al contenedor demuestras que no valoras nuestros orígenes. Si las consideras inservibles también puedo pensar que lo harás algún día conmigo por viejo y me arrojarás de esta casa.”
Mi madre abrazándolo le dijo:
-“ Aunque no las calces, si para ti son valiosas, como salmantina que soy para mi también.””. “
366. PEQUEÑÍN PERO MATÓN
JUAN JOSE SANCHEZ BENITO
Mi profesor de gimnasia se emocionó al ver una San Silvestre y me pidió que me preparara y la corriera. Vivía a cien kilómetros de la ciudad y en una mina a dos kilómetros del pueblo. El director del yacimiento minero daba clases en el instituto donde yo iba. Le dejaba los libros en el coche y salía corriendo por un valle. Él rodeaba un poco y llegábamos iguales cosa que le admiraba. El día de la San Silvestre me acompañó. Estaba con unos amigos charros y se reían que como había llevado tal "renacuajo" . Yo también estaba asustado viéndome tan chiquitín y estuve a punto de no salir. Mucho rato fuí atrás por un dolor en un costado. Cuando se me quitó fuí pasando a todos y gané. Mi jefe y profesor me abrazó. Sus amigos se marchaban avergonzados cuando él les decía veis pequeñín pero matón.
367. MALVADA TUNA
ERNESTO PÉREZ ESTEVE
Siempre igual. Primeros pasos y voy tranquilo, a mi aire. Pero enseguida presiento que me siguen. No, no miro atrás… pero lo sé, ahora ya incluso creo escucharlos. ¿O soy yo, que voy tarareando tunas que van marcando mis pasos? Eso sí, a un ritmo más bien rápido, para que no me pillen.
¿Son ellos, los tunos, los que me persiguen, lanzando sus cintas y capas al viento? No lo sé, porque no me atrevo a girarme, pero noto muchos ojos, panderetas, incluso guitarras, clavadas en mi espalda como puñales.
Aprieto el paso, pero da igual; ellos hacen lo mismo. No es manía persecutoria, lo juro. Ni creo que su intención sea deleitarme con una serenata. Pero me siguen.
Adrenalina al principio, miedo después. Al final, puro terror… tengo que correr, correr, correr… hasta que llego a la meta.
Cada uno se motiva como puede.
Y casi siempre gano.
368. En mis propias carnes
Celso Pedreira Pérez
Estiro, caliento y suspiro profundamente.
Evado mi mente hacia un lugar lejano y cálido, procurando no pensar en lo que viene a continuación. Mi imaginación vuela escapando del frío de la calle.
Me siento bien en los primeros minutos, voy trotando en medio del enjambre de corredores y acompaso mi respiración a las exhalaciones que siento a mí alrededor.
Poco a poco mi ritmo se va ralentizando y una vez más abandono toda esperanza de llegar entre los primeros.
Mi corazón va demasiado rápido, creo que quiere desquiciame. Trato de concentrarme en mi zancada, pero me duelen los pies al golpear contra el asfalto.
La molestia en mi muslo derecho de los días anteriores se acaba de transformar en un dolor punzante e insoportable.
Estoy desesperado, ¡Ya no puedo más! Levanto la vista y consigo ver la meta.
No siento dolor.
Un año más. ¡He conseguido acabar!
369. Formulación empírica
Ana María Abad García
Recién instaladas las cúpulas en la Luna, quise comprobar si hacían el aire tan respirable como el de la Tierra. Desoyendo a mi ayudante, que corría tras de mí con una escafandra, abrí las compuertas y salí al exterior. “¡Todo bien!” grité para tranquilizarla, y procedí a explorar las flamantes calles. Creí reconocer el trazado de la última San Silvestre Salmantina en la que había participado, incluyendo aquel maldito charco en el que había resbalado, impidiéndome el esguince resultante terminar la carrera. Un momento. ¿Un charco? ¿Aquí? ¡Imposible! Lo pisé despacio. Un vértigo me revolvió las tripas y alguien pasó rozándome: volvía a tener veinte años a la espalda y un dorsal en el pecho, y sin pensar salí disparado, jurándome que esta vez llegaría al final. Y, mientras cruzaba la línea de meta, mi cerebro ya iba dando forma a una nueva teoría de agujeros de gusano.
370. La libertad brota de sus pies
Julio Alberto Lino Ratto
Bajo la amenaza de tiempos recios, sobre bellas colinas europeas, con el busto erguido, la punta del pie indicando el camino, corre. Casi vuela. En su pensamiento solo hay una idea: «Llegar a la meta». No le incita ganar la gloria del Olimpo, sino la buenaventura de sus congéneres. En su camino aprecia la gloria de la ciudad de la sabiduría. Esa sede del saber que dio filosofía, letras y ciencia, cuando la oscuridad devoraba el pensar. Un Filípides redivivo cruza la meta y grita en plural: «Vencimos».
371. Superheroína
Zaira Gómez-Hidalgo Jiménez
Solo íbamos por el bar de mis padres pero no podía más. Me ardían las piernas y habría preferido meterme a tomar algo con mis amigas que seguir corriendo. Supongo que soy una persona muy fácil de convencer. O quizá ellos son implacables.
La primera vez que me lo pidieron me reí, pensaba que era una broma tonta. Lo raro fue que siguieron insistiendo, todas las mañanas la misma pregunta: ¿te has apuntado ya? Y siempre respondía que no. Al final, cogieron el ordenador y lo hicieron ellos mismos.
Quizá podría decir que tuve que ir al baño, que me surgió un compromiso o que me equivoqué de camino. Alguna excusa sencilla.
Pero justo me adelantó Raúl.
—¡Profe! ¡Venga, que lo estás haciendo muy bien!
No sé cuándo empecé a acelerar, pero sí sé que haría cualquier cosa por estos niños.
372. Primera vez
Kevin Daniel Cordero Sanchez
Es mi primera carrera y me tiemblan las piernas. Llevo meses preparándome ¿porqué ahora siento que no puedo dar ni un paso siquiera? Los nervios me traicionan, mi respiración es cada vez más agitada. ¡Y ni siquiera ha empezado aún! ¿Qué va a ser de mí? Una voz en mi cabeza me habla: “déjalo, no vas a poder”. Esto es demasiado para mí. El aire se vuelve pesado. Debo abandonar, voy a hacer el ridículo. Miro a mi alrededor y, como un rayo silencioso, veo de pronto algo en la mirada de los que están allí, todos preparándose para salir. Esperanza, furor, eso es. Y entonces al fin lo comprendo: que por más distintas que sean nuestras vidas, todos los que estamos allí, en ese momento, tenemos un mismo objetivo. Me digo a mi mismo “tranquilo, no estás solo” y una sonrisa se me dibuja en el rostro. Estoy listo.
373. Fuego en las piernas
Silvia Asensio García
Qué locura lo de mi padre. Con setenta tacos ya y la rodilla hecha un desastre, no se le ocurre otra cosa que apuntarse conmigo a la San Silvestre Salmantina. A él nunca le dio por correr, qué va; siempre andaba diciendo que ya había tenido que hacerlo más de la cuenta en esta vida. Yo le solté que hasta dónde pensaba llegar así. Él, muy muy suyo, me dijo que hasta donde aguantase y punto.
Dieron la salida y nos metimos de lleno entre el denso vaho y las bufandas de la gente. Pero al cruzar la plaza de España, empezó a descolgarse bastante. Me gritó que tirase yo, que para algo había ido.
Crucé la meta entre la multitud y lo esperé y lo esperé. Al final apareció el último, cojeando una barbaridad, pero con una sonrisa increíble. Lo abracé, no nos dijimos nada, no hacía falta.
374. La carrera de los recuerdos
Tomás Jorge Pérez
A sus setenta y ocho años, Carmen volvía a correr la San Silvestre salmantina y aunque últimamente las palabras se le escondían y olvidaba dónde dejaba las cosas, recordaba perfectamente aquel recorrido.
Avanzó despacio por la Plaza Mayor, la calle Zamora y la Rúa, mientras el bullicio le acariciaba el corazón. Allí, junto a la Casa de las Conchas, se detuvo. Algo importante había ocurrido en aquel lugar, aunque no lograba recordar qué.
De pronto, un corredor con el pelo blanco se acercó y le tendió la mano.
- ¿Bailamos, Carmen?
La voz le resultaba familiar y le sonrió. Él la acompañó hasta la meta, y allí le mostró una fotografía antigua: dos jóvenes abrazados tras la San Silvestre de 1972.
Carmen le apretó la mano.
-No recuerdo tu nombre -susurró.
-No importa, cariño. Yo te recordaré por los dos.
375. CONTAGIO
Victoria Sánchez Aranda
Un peculiar virus se extiende en la San Silvestre Salmantina. Racimos de uvas desmiembran sus aglobados frutos para lanzarlos a los espectadores, bandadas de pavos reales se arrancan las plumas y colocan sus ocelos entre el cabello de los fondistas, árboles defolian sus hojas para tapizar el recorrido... Y aquellos que corren sin nada material de lo que desprenderse lanzan besos, saludos o carcajadas. El nivel de contagio es tan extremo que los cuentistas nos deleitan con sus relatos en plena marcha, e incluso los atletas de élite esperan a los rezagados.
Traspasada la línea de meta, el virus, arropado por una sensación de bienestar inimaginable, muta en forma de sonrisa en nuestros rostros. Todos hemos terminado la carrera con la misma marca. La tarea más compleja recae ahora sobre el jurado, a quien compete la difícil decisión de fallar los premios.
376. Día a día
Silvia Cuadrado Pérez
Constancia, esfuerzo y disciplina. Madrugadas de frío y oscuridad con la compañía de tu música favorita mientras sientes el balanceo de tu cuerpo, el latido acelerado y rítmico de tu corazón. Pasan los días y sigues con la misma rutina, al principio te cuesta, luego te gusta y al final forma parte de tu día a día. A veces te preguntas, ¿para qué? Pero llega el día y ya no estás solo, te unes a toda esa gente que te has ido cruzando a lo largo de los días. Avanzas entre risas y disfraces, disfrutas de la compañía y entiendes que tu esfuerzo ha merecido la pena. La gente que está alrededor te alienta sin conocerte y ese es tu motor para continuar. Llegas a la meta con una gran satisfacción, y te dices: "el año que viene volveré a correr la San Silvestre Salmantina", y, por supuesto, lo haces.
377. CORRE, CORRE
MARÍA NIEVES SORIA SOMOLINOS
—Chica no sé cómo lo haces, no te veo entrenar, pero siempre llegas entre las veinte primeras —dijo mi compañera Marta nada más salir del paseo de San Antonio.
—¡Bah! pura casualidad.
¿Entrenar? Nada. Correr es un acto reflejo de mis piernas cuando mi mente da la salida. Reminiscencias de mi adolescencia cuando mi padrastro llegaba a casa, no estaba mi madre, y me buscaba ¿Dónde esta mi princesa? Yo ya sabía qué quería. Me escapaba por la puerta de atrás y corría, corría como Jenny pero sin la compañía de Forrest Gump, entre las encinas hasta encontrar una que me cobijara y dejara de escuchar su asquerosa voz. Mi extraño comportamiento, mi extrema delgadez y las vecinas alertaron a mi madre y aquello terminó drásticamente.
¡Qué gusto correr sólo por placer, por deporte en la San Silvestre Salmantina|
378. Anhelo
Ernesto Miralles Díez
Paso a recogerla en breve por su trabajo, cargamos la mochila en el maletero y emprendemos camino a Salamanca; unas siete horas, calculo. Estoy muy emocionado, es nuestra primera San Silvestre juntos. En realidad, es la primera carrera tras la lesión. Nunca pensé que volvería a competir después de mi operación de rodilla izquierda. Aún mucho menos me hubiese imaginado que en el club de atletismo conocería a quien me hace volar en la pista y en mis sueños. Coincidimos hace poco en una salida rutinaria del grupo; un martes. Yo no me había fijado en nadie, corría solo pendiente de mi rodilla, pero al regresar al centro ella se acercó y me dijo:
—Me encantan tus ‘zapas’ japonesas.
De ahí, a duplicar los días de entreno, apuntarme a las salidas grupales de los viernes, vinos y tapas, muchas miradas, alguna charla… y nos seguiremos conociendo hoy durante el viaje.
379. Propósitos a la carrera
Alejandro Mora Eugenio
Miles de corredores calientan a la espera del pistoletazo de salida mientras mis nervios están a flor de asfalto. Queda nada, cinco minutos. Siento las presiones sobre mí de Antonio el jardinero y de María la barrendera entre la multitud. Las reconozco porque me pisan de lunes a viernes.
Antonio corre porque se propuso hacer algo más de deporte a principios de año. María acompaña a su hermana porque hicieron una promesa esta primavera. Llevan casi un año preparándose. Para el próximo año me he puesto como propósito que Antonio y María se crucen en mis calles y se conozcan.
El primer día laborable del año Antonio poda los setos del parque de los Jesuitas. A María le han cambiado la ruta a esa zona.
380. LA BUFANDA DE LUCÍA
EDUARDO ISAI SANTIAGO FLORES
La última vez que Julián corrió la San Silvestre tenía treinta años y los pies llenos de ampollas. Ahora, a sus sesenta, la ciudad le parecía más empinada. Su nieta le había dejado el dorsal con una nota: "Corre por la abuela".
Salió despacio, con la bufanda roja que Lucía le tejió hace treinta años. En la Avenida de Mirat, un grupo de niños lo rodeó. Él les guiñó un ojo.
En el Puente Romano, donde Lucía le había dado su primer beso bajo una farola, se detuvo a respirar. Las piernas le ardían, pero la farola seguía ahí, como esperándolo.
Cuando cruzó la meta, llego como el ganador. con cansancio vio a Lucía, ella festejaba como si el triunfo fuera suyo. Julián sonrió, aplaudió a la nada y miró el con ternura y nostalgia, sabiendo que solo la ilusión la traía de vuelta y lo mantenía fuerte
381. La liebre
Jackson Pierre de Andrade
A Martín le pagan por ser un cortavientos de carne y hueso: sesenta kilos para abrir el aire a dos minutos cincuenta el mil. Su contrato no contempla la gloria; debe fijar el paso, triturar a los rivales y disolverse en el arcén al filo del kilómetro treinta.
Al cruzar la marca pactada, el comisario le agita el banderín de retirada. Martín no afloja. Mira de reojo la escabechina: los favoritos boquean a su espalda, asfixiados por el ritmo implacable que él mismo les ha impuesto.
En vez de apartarse, alarga la zancada. Se arranca el pinganillo, por el que rugen las amenazas del equipo, y enfila solo la recta final. Sabe que anularán su registro y que perderá la prima, pero le basta reventar la cinta de meta para que los galgos descubran que han corrido detrás de su verdugo.
382. De vuelta a la vida
Abraham Tinoco Delgado
Jorge había decidido suicidarse esa noche. Estaba cansado de la vida y se presentó el día del certamen sólo para hacer algo nuevo antes de fallecer. Ni siquiera había comenzado la carrera cuando aspiró la primera bocanada de aire fresco. Cerró los parpados y sintió el viento acariciando su rostro. Escuchó el pistoletazo de salida y comenzó a correr. A cada paso se sentía más rápido, más fuerte. Cada musculo se tensaba y entraba en calor mientras dejaba de pensar y se concentraba con la intención de que ese instante se volviera eterno. En ese momento ya no le preocupaba el pasado, ni le angustiaba el futuro, sólo le importaba el presente.
Casi sin darse cuenta llegó a la meta y sintió una corriente eléctrica que recorría todo su cuerpo. Nunca había estado tan feliz. Ya no quería morir. Había vuelto a nacer. De eso se trata correr
383. Lo sé
Fernando José Palacios León
Sé que no lo entiendes, que crees que ya no tengo edad para correr. No es la carrera, hija, no es por la tradición. Sé que no te gusta que vaya solo. El ambiente, las zapatillas, el dorsal... son lo de menos. Es porque es la última forma que tengo de estar con tu madre. Cuando atravieso el Paseo del Rollo, escucho su voz dándome ánimos entre un millar de voces, el hueco de su mano derecha rodeando su boca, su silueta apoyada en los barandales de metal, sus rizos azotados por el viento. Mi viejo corazón galopa repitiendo su nombre; la San Silvestre me devuelve un eco del cuerpo de mi juventud, el lugar que éramos tu madre y yo. Sé que nadie me aguarda ya en la meta; pero también sé que ella me esperará en el último día, en la noche más vieja de la vida.
384. Un cohete hacía la luna
Esther Rija
Rafael era un tipo apuesto, con las manos pegadas a la tierra y los pies siempre dispuestos a correr los campos castellanos. De familia humilde, se ganaba la vida en el campo tachando los días hasta llegar al domingo, día de descanso según el señor, día de carrera para él. Era conocido en su pueblo como 'El cohete'. Aunque nunca pudo participar en ninguna carrera, el deber de una casa, una mujer y tres hijos le ataban a la realidad, siempre soñó con cruzar la meta. Poco se podía imaginar que su pasión traspasaría el tiempo y que ahora es su nieto quien, tras mas de 60 maratones y medallas acumuladas, conquista el podio de la San Silvestre Salmantina con la única compañía del rugido del público rompiendo el tiempo. Por fin Rafael, el viejo cohete, vuela hacia la eternidad.
385. Compartir la meta
Giulia Marchiò
Línea de salida. Lo he hecho ya muchas veces, no sé por qué me tiemblan tanto las piernas.
Pistoletazo de salida. Por fin.
Km 1. ¿Tiene sentido esto?
Km 2. ¿Tiene sentido sin ti?
Km 3. Mira esta gente, lo feliz que está. Ojalá pudiera yo.
Km 4. ¡Menuda faena!
Km 5. Mitad ya, bien.
Km 6. Cuántas veces pasamos juntos por aquí. ¿Te acuerdas?
Km 7. Me parece que puedo verte.
Km 8. Jo, se me está mojando la mejilla. El sudor. Sí, claro, el sudor.
Km 9. Te echo de menos. Deberías estar aquí conmigo.
Km 10. Línea de meta.
He cumplido. He cumplido con nuestra promesa. Lo he hecho también por ti.
Mira cuánta gente. Mira cómo sonríen. ¿Ellos también estarán cumpliendo con promesas, dedicándole la meta a alguien que ya no está, compartiéndola con sus queridos invisibles?
Mírame, ahora sonrío yo también como un tonto.
386. Claveles
Shirley Caballero Sahonero
Arranco sin mirar a quienes dejo atrás. Ha llovido ayer y el camino tiene un poco de barro y hojas amarillas. Resbalo varias veces. En la subida de Oviedo me duele el flanco. Estoy haciéndome viejo… ¿Manuel? Lo veo un instante al pasar por la Clerecía. Me detengo a buscarlo y lo distingo lejos, camino hacia la meta. ¡Allá voy! ¡Ya no me duele nada!
Estoy agotado… Termino la carrera antes que todos los demás. Bebo agua a borbotones y enseguida Luis, uno de los organizadores, acomoda un ramo de claveles en mi collar. Lamo su mano. Sabe que iré al camposanto a visitar a Manuel, de quien fui lazarillo cuando corríamos juntos hace varios años ya. Lo que no sabe es que esta vez Manuel me ha esperado en la meta y que nos vamos los dos llevando los claveles para él y, ahora, también para mí.
387. Merece la pena
JULIA RUBIO FERRER
Desde hace ocho meses bajo los cuatro pisos saltando cada peldaño de un lado a otro. Al pisar la calle acelero las pulsaciones hasta entrar en el trabajo. Aquí descargo del palé las cajas doblando bien las rodillas, antes de colocar los productos en las estanterías con una extensión del brazo.
Al caer la tarde, siento a mi madre en la silla de ruedas y paseamos por el parque. Siempre que encuentra alguna amiga para charlar aprovecho para fortalecer el abdomen. A la vuelta cenamos juntas, lavo los platos y la acuesto.
Al regresar a mi vivienda subo tres escalones y desciendo dos, elevando las piernas hasta el pecho. Para finalizar unos estiramientos y una buena ducha.
Antes de descansar, beso la foto de mi padre con el trofeo de la San Silvestre Salmantina. Este año espero ser yo quien le entregue el premio a mi madre.
388. El pulso de la ciudad
Sergio Antoraz Martín
Las pisadas se suceden, las respiraciones se aceleran, la temperatura aumenta. El torrente de corredores es bombeado por las arterias de Salamanca. Fluye entre sus calles insuflando vida a la ciudad y recogiendo sus experiencias en cada rincón, que de eso Salamanca tiene de sobra.
Zancada a zancada la corriente avanza, alejándose de la salida hasta que las calles se convierten en venas que traen de vuelta a los atletas. El mismo corazón que los impulsó por el recorrido los recibe ahora, agotados pero exultantes, dispuestos a repetir la experiencia.
Ah, pero este corazón no late tan rápido. Hay que esperar otro año. Otro latido. Otra San Silvestre.
389. Un segundo entero
CARMEN GARCÍA MARTÍNEZ
Mi madre es una casa que va apagando sus luces. El disparo de salida enciende una ventana. Lleva el dorsal que ella misma guardó en un cajón.
Suena la megafonía. Las zapatillas rascan la calle Zamora. Pasa los dedos por el número alisando el papel. Sus manos se cierran en puños. Respira cada vez más hondo. Retiene el aire. Lo suelta.
Paseo de San Antonio.
Mueve los labios: cuenta, creo. De niño contábamos juntos los últimos metros. Me mira un segundo entero. Sonríe. ¿Me reconoce?
Empujo la silla. No sé si habrá otra carrera. Corro despacio.
390. LA CANCION DEL CORREDOR (TRIBUTO A ESPRONCEDA)
ADRIAN NIETO CARRERO
Con cien zancadas por calle,
frecuencia cardiaca a toda vela,
no corta el frío, sino calienta
un invierno Salmantino.
San Silvestre Charra que llaman
por su alegría la más esperada
y entre vítores y jadeos
no hay cuesta empinada.
El sol sobre la plaza cae,
en la Rúa atiza el cierzo,
y alza entre luces de navidad
la bandera charra al viento.
A un lado, la Catedral
al otro, la Clerecía
y allá al frente, la gloria
que un hornazo prometía.
Aprieta, corredor mío,
sin temor los dientes
Que ni el frío salmantino,
ni cuestas, ni cansancio
bajarán jamás tu ritmo
ni apagarán tu Garmin en el camino.
Veinte calles hemos cruzado
con los pulmones a reventar,
apretando el paso en Comuneros
vemos la meta llegar.
Que son mis piernas mi tesoro
y es el correr mi libertad,
el umbral aeróbico a controlar
y Helmántica, mi ciudad.
391. LA LIBERTAD DE LOS PASOS
Álvaro Navarro Rodríguez-Villanueva
Me calcé despacio. Los zapatos conocían cada piedra de Salamanca, cada sombra del Tormes, cada campana que llama a los que aún tienen algo que decir.
Salí a la carrera. El aliento me traicionó; las piernas, rígidas por el largo silencio, dudaron en cada paso. Pero el que corre aprende a no rendirse en la primera fatiga: se sostiene en el ritmo, en el aire, en la promesa callada de llegar. No hay mayor libertad que poder salir y correr.
No corría por laureles ni por vencer a nadie; corría contra la distancia, contra el olvido, contra aquella parte de uno que quiere quedarse quieta. Cuánto había echado de menos este frío, este rumor de pasos, esta ciudad que guarda las cicatrices de quienes hablaron demasiado.
Me apresuré hacia las Escuelas Mayores. En el aula, todos guardaban silencio. Subí al estrado, tomé aliento y dije:
—Como decíamos ayer…
392. Niebla en Bordadores
Alberto Bravo Sánchez
Me tiré al Tormes el último día del año para comprobar que existía. El agua, fría como una verdad, me respondió que sí, aunque poco.
Subí después Tentenecio en bicicleta. Allí un santo detuvo a un toro gritándole necio, y la cuesta me gritaba lo mismo a mí. No le hice caso. Agonizaba, que es como decir que luchaba.
Y corrí por Libreros, por la Rúa, por Bordadores, hasta que un viejo de gafas redondas me cortó el paso.
—¿Para qué corre usted, si el año se muere igual?
—Para no morirme con él, don Miguel.
—¡Bah! Usted no corre. Le corro yo. Es usted criatura mía.
—Pues déjeme al menos inventarme la meta.
Llegué. Y no supe si había corrido yo o si me había soñado él. Solo sé que me dolía todo, y que doler, como agonizar, es la única manera de saberse vivo.
393. Lista de cosas pendientes
Antonio Miguel García Corral
Lo tengo en la lista de las cosas pendientes. La que hice el sábado después de recibir la noticia.
El doctor fue profesional y empático. No me lo pintó bien, pero explicó los distintos tratamientos, graduales, con sus posibilidades de éxito. Me habló de la salud física y también de la mental, de las fases por las que mi mente se movería, miedo, rabia, tristeza. Me habló de la dificultad. Me habló de esperanza.
Ese sábado hice la lista.
En tercer lugar puse correr la San Silvestre de mi ciudad. Ser de las que en Navidad salen a correr con un par de grados sobre cero. Sentir el orgullo de llevar el dorsal. Sentirme acompañada.Ser de las que cruzan la meta, aunque sea la última.
María no llegó a la meta.Yo llevé su dorsal.
394. Memoria de un cuerpo erguido
MANUEL ALFREDO PUEBLA
Durante meses, sus entrenamientos en secreto fueron la única salida al infierno que vivía en casa. Aquel último domingo de diciembre, mintió sobre su destino y marchó a la San Silvestre Salmantina. Corrió como si devorara el asfalto para alcanzar la libertad que le habían arrebatado. Al cruzar la meta, lloró de triunfo.
Cuando regresó, él la esperaba en la penumbra del salón, ciego de rabia por la demora. Inmediatamente alzó la mano para asestarle el acostumbrado escarmiento. Ella no se encogió: detuvo el impacto interponiendo el trofeo ganador que sostenía en la mano.
Él retrocedió, atónito. Ella, erguida como nunca, apoyó el galardón en la mesa, lo miró fijamente a los ojos sin un solo rasgo de miedo y sentenció:
—Quédatelo. Es la última victoria que vas a arrebatarme.
Dio media vuelta y cruzó la puerta para no regresar jamás.
395. Más allá de la meta
Anna Domènech Roca
Suspiro entrecortadamente, con los pies sobre la línea de salida, listo para dar el primer paso fruto del esfuerzo de estos últimos meses, plenamente consciente de que sin ello no habría llegado tan lejos. No me atrevo a mirar atrás, no quiero divisar los cientos de competidores que esperan tan ansiosos como yo llegar a la meta, de la cual aún no han partido. Inspiro lentamente, recordando todos los momentos que me han llevado hoy hasta aquí, dando gracias a las personas que me han impulsado, inculcándome los valores de la disciplina, que hasta hace poco creía innecesarios. Ahora expiro, calmado, con la mente clara ante mi objetivo, que no es ganar, sino correr. Porque uno no gana sin valores, uno no gana sin esperanza, uno no gana sin todos aquellos que nunca había creído necesitar. Uno gana cuando logra su objetivo. Y el mío es avanzar.
396. «1984»
Nino Elgarrista Ibáñez
El Ministerio de Felicidad Atlética ha prohibido la memoria. Muy poca gente recuerda aquella primera carrera, y nadie se atreve a hablar de ella. Entre los participantes destacaba un nombre: Eric Arthur Blair. Londinense, de aspecto vulgar y peinado con la raya al medio, se paseaba por las calles de Salamanca mientras observaba monumentos y participantes con la intensidad de una radiografía. Los organizadores esperaron a su llegada para detener el cronómetro, tras cruzar la línea de meta, las declaraciones del atleta disidente fueron: “Correr es descansar, llegar el último es ganar”.
397. EL RELOJ DE LA ENVIDIA
Leon Esteban Guichard Reyes
Una gélida y lluviosa mañana de fines de diciembre, Anselmo trotaba por Salamanca creyéndose un atleta legendario. Calado hasta los huesos, pero lleno de orgullo, devoraba kilómetro tras kilómetro en el famoso maratón local.
Al llegar a la mitad del recorrido, cruzando el famoso Puente Romano, un fulgor deslumbrante llamó su atención. A su lado, otro competidor lucía un reloj inteligente tan estrafalario y gigantesco que parecía una pantalla de cine pegada a la muñeca.
Fascinado por las mil luces parpadeantes del artefacto, y carcomido por la envidia, Anselmo se quedó boquiabierto. Encandilado por lo ajeno, se distrajo y no vio una pequeña e impertinente piedrecilla sobre el milenario adoquín del puente.
El impacto contra el suelo fue muy poco glamoroso. Allí, tirado bajo la lluvia y con el tobillo inflamado, comprendió que su reloj de pulsera, ese que solo daba la hora, le avisaba que la carrera había terminado.
398. Corriendo más allá
OLIVER DE LA ROSA ANZURES
Como cada año, emocionado estaba por correr.
Tan ansioso estaba que sin querer le gané al amanecer.
Desperté como si tuviera los ojos abiertos por adelantado.
Augurando que quizá esta vez conquistaría mis metas.
Desde temprano organicé mi reloj, atuendo y calzado.
Salgo a la calle, siento que algo no está bien.
El viento es pesado y la luz parece atardecer.
Noto muchos cabizbajos, desvelados y despistados.
Saludo a quienes veo, pero no responden a mi encuentro.
De la línea de salida salgo disparado, liviano como pluma,
Pero para mi sorpresa un corredor me rebasa,
Otros más pasan a través de mí, el pánico me invade.
¿Acaso la muerte me ganó? ¿En qué momento pasó?
Luego pasaron los cabizbajos, que con lucha corrían.
Uno de ellos me dijo, «al menos todavía podemos correr».
Otro más agregó, «¿te vemos en la meta?»
Nunca he renunciado a una buen carrera. ¡Ahí voy!
399. La carrera de la vida
Nuria Rodríguez Fernández
Me ato las zapatillas y me coloco en la salida de la San Silvestre Salmantina. Tengo ocho años y mi padre me sujeta por los hombros para que no me pierda entre los corredores.
Salimos.
Corro con los niños, tropezando y riendo. Después quiero ganar, adelantar a todos. En una curva conoceré a la mujer con la que compartiré tantas Navidades. Más tarde correremos con nuestro hijo, que se escapará unos metros para esperarnos.
Con los años, algunos dorsales dejarán de aparecer. Mi padre no volverá a correr. Mi mujer empezará a caminar a mi lado, hasta que un invierno tendré que hacerlo solo.
Este año me pierdo antes de llegar a la Plaza Mayor. No recuerdo la meta ni por qué llevo un dorsal prendido al pecho.
Un niño me tiende la mano.
—Vamos, abuelo. Que ya hemos salido.
No recuerdo su nombre, pero reconozco su manera de correr.
400. YO PODRÉ
FERMÍN HERNÁNDEZ ANDRÉS
Miró desde el balcón, estoy sentada. Hace mucho frío. Pasan por la calle los primeros participantes de la San silvestre salmantina, quisiera estar entre ellos como otros años.
No quiero pensar en lo que me pasó, menos lamentarme. El pasado, pasado está. Aunque desde entonces, no soy la misma.
Hace frío, me dicen que entre para dentro. Que estoy débil y me puedo resfriar. Aquel día perdí las ganas de vivir. Desde el balcón he visto pasar compitiendo a dos personas en silla de ruedas. Yo también iré el próximo año, nada me detendrá. Sentiré los nervios en la salida, la fuerza que no tienen mis piernas, la tendrán mis brazos moviendo las ruedas de quien es mi compañera inseparable.
Las adversidades no podrán conmigo, yo tengo que poder con mi propia yo. Competiré en la San silvestre Charra, y en mi nuevo día a día. Porque tengo vida.
401. Conspiración
Manuel Vega Pérez
Yo soy la persona más razonable del mundo. Tal lucidez me permite comprender situaciones que la mayoría es incapaz de descifrar. Cuando aquel semáforo se negó a ponerse en verde tras nueve minutos esperando, comprendí que no estábamos ante un problema eléctrico: aquel artefacto nos estaba desafiando.
Los demás corredores se agolpaban detrás de mí, tocando sus bocinas, desesperados. ¿Por qué nadie se había dado cuenta de la conspiración?
Supe mantener la calma, saqué un martillito que llevaba bajo el dorsal y corrí hacia el tubo metálico. Unos cuantos golpes fueron suficientes para liberar a la San Silvestre salmantina de aquel tiránico aparato y devolver la competición a la cordura.
La carrera continuó y fui el vencedor. Sin embargo, nadie aplaudió y algunos me llamaron loco. Pero yo sé que no es más que el precio que debo pagar por atreverme a enfrentarme a las fuerzas que controlan nuestro destino.
402. Los que todavía llegan
Anna Cánovas Trujillo
Cada diciembre, una mujer de abrigo rojo esperaba junto a la meta de la San Silvestre Salmantina.
Nunca aplaudía a los primeros.
Cuando las calles comenzaban a vaciarse y los voluntarios recogían las vallas, ella permanecía inmóvil, mirando hacia la última curva.
Solo al aparecer el corredor más rezagado se levantaba y aplaudía hasta que le dolían las manos.
Una tarde, un voluntario le preguntó a quién esperaba.
—A mi marido. Corría todos los años. Siempre llegaba el último.
—¿Y hoy también participa?
—Murió en febrero.
El muchacho bajó la mirada.
—Entonces, ¿por qué sigue viniendo?
La mujer señaló a un corredor que avanzaba solo, con las piernas temblorosas. El hombre levantó la cabeza al escuchar los aplausos.
—Porque él siempre decía que lo peor de llegar el último era que nadie te estuviera esperando.
403. Tirones
Beltrán Ibáñez Pérez
Veinte Nocheviejas trabajando las uvas de la Plaza Mayor y nunca había bajado por la tarde. Miles de personas en mallas y dorsales, y ni una cartera.
Me arrimé a uno con la tarjeta metida en un brazalete de velcro. Cosa de un segundo, pero sonó el pistoletazo y salió disparado. Yo detrás, por no perder la faena.
En el kilómetro tres dio un tirón. De tirones sé un rato, así que se lo seguí. En el cinco ya no me acordaba de la tarjeta. Me ardía el costado, una señora me dio agua y un crío me gritó «¡vamos, abuelo!». Y fui.
Llegué a meta sin dorsal, con los mocos helados. El del brazalete me estaba esperando. Me dio un abrazo largo, de los de haber sufrido juntos.
La inscripción del año que viene ya está pagada. Con su tarjeta.
404. La revancha
Josefina Trujillo Maillo
Llevaban diecisiete años sin hablarse.
Todo empezó por una herencia, una firma y una frase que ninguno quiso retirar.
Cuando Andrés reconoció a su hermano entre los corredores de la San Silvestre Salmantina, aceleró.
Luis también lo vio.
Atravesaron Salamanca adelantándose una y otra vez, como cuando eran niños y competían por llegar primero a casa.
En el último kilómetro, Andrés sintió una punzada en el costado. Luis lo adelantó.
Por supuesto, pensó. Siempre igual.
Pero unos metros después, su hermano empezó a aflojar.
Andrés lo alcanzó.
Cruzaron la meta juntos.
—Te has dejado ganar —dijo Andrés.
—Tú también.
Luis miró el cronómetro.
—Habrá que repetirla.
—¿El año que viene?
—El domingo. Como antes.
Andrés llevaba diecisiete años esperando una disculpa.
—A las nueve —respondió.
405. Preparada, lista, ¡Ya!
Patricia Collazo González
Recojo los juguetes esparcidos, preparo una colada, pongo a remojar los garbanzos, apunto yogur en la lista del frigo, sacudo el mantel, guardo la vajilla y cojo cita para vacunar al perro. Todo esto de puntillas, susurrando, no vaya a ser que despierten.
El padre, no. Ese no se inmuta, aunque aterrice un platillo volador sobre su cama. En cambio, el niño podría despertarse con el sonido de una de las gotas de sudor que me bajan por el cuello.
Respiro profundo, intento no perder ritmo y visualizar la meta. Me imagino brazos en alto, la puerta de casa cerrada a mis espaldas. ¡Lo he conseguido! ¡Podré unirme a la Sansil!, grito triunfal en mi visión.
El niño lloriquea. Es ahora o nunca. Preparada, lista, ¡Ya!. Giro el picaporte y hago oídos sordos cuando el ruidoso platillo volador se asoma al pasillo mientras su padre apenas se revuelve en sueños.
406. Solo por correr.
Iván Pinilla Gómez
Mañana del 27 de diciembre. Coloco sobre la mesa el reloj y el pulsómetro de pecho. También el móvil, donde están todas las aplicaciones que utilizo para correr y los auriculares. Los miro contento, porque hoy los voy a dejar aquí. En la San Silvestre solo vamos a estar la ciudad y yo mismo. Quiero disfrutar y sentir cada pisada, el calor en los músculos y el aire entrando en mis pulmones. Sentir el suelo de Salamanca, sus sonidos y su entorno.
Esta vez no voy a ir a competir, no me importa ganar. Después de tanto tiempo centrado en mejorar y en cada entrenamiento, quiero volver a correr por el cariño que le tengo a este deporte, por lo que me hace sentir y no hay mejor sitio para ello que hacerlo aquí, en casa.
407. UN CAMPEÓN INESPERADO
RICARDO SÁNCHEZ DEL PULGAR RICO
Todo había salido según los planes. El botín de la joyería ya estaba en su poder; la huida debía ser indetectable para la policía.
Fuera, miles de corredores participaban en la San Silvestre Salmantina y, entre ellos, un cómplice disfrazado de superhéroe le esperaba en una bocacalle. Allí se intercambió el traje con el microchip del dorsal y se introdujo en el pelotón.
Inició una carrera agónica. Sus piernas flaquearon rápido; no estaba hecho para el atletismo. Para colmo, un veterano corredor vio cómo de su riñonera asomaba una cadena de oro y corrió la voz.
Al cruzar la meta con la lengua fuera, varios atletas le cortaron el paso entre risas. La multitud lo rodeó en un ambiente festivo y jocoso. Levantándole los brazos como a un héroe olímpico, el gentío comenzó a corear:
—¡Este ladrón es un campeón! ¡Que devuelva el oro y le den jamón!
408. Anto Trabajo está escribiendo
LUIS JESÚS PÉREZ LOZANO
ANTO TRABAJO ESTÁ ESCRIBIENDO
—Oye, so mierda. Te hice los bizum y la mercancía no está. Cómo venga el Piero y no se le entregue… me corta los coj... Cada perro que se lama su capullo. Si tengo que abrirte en canal como a un guarro en el matadero, lo hago, carajote. Me importa un cojón que seas el presidente de la empresa o un limpiador. El que quiera calidad, a
pagarla y si no, plomo…No sé si me estaré explicando bien, pendejo.
— ¿?
— Disculpe, señor, me equivoqué de número …
“Se eliminó este mensaje”
“Se eliminó este mensaje”
409. «FIELES TESTIGOS»
EDUARDO VIDAL JUSTIZ
Sebastián apresúrate que vamos a llegar tarde - gritó Genaro mirando hacia el cuarto. :- Abuelo ya estoy listo , podemos irnos - le respondió. :- No quiero llegar tarde porque seguramente esta será mi ultima carrera y desde el cielo mi Azucena ,me estará mirando. Mientras se dirigían hacia la zona donde se efectuara la Carrera de la Salmantina , Genaro no dejaba de pensar en el amor de su vida , a quien la vida se la apartó repentinamente. Ambos siempre fueron fervientes seguidores de participar en las competencias y desde que eran muy jóvenes ,las calles y plazas de Salamanca vieron sus figuras trotar sobre el pavimento y, quedaron como fieles testigos, La Plaza Mayor , el Puente Romano , el Paseo de la Estación. La Avenida de Villamayor guarda para siempre el secreto, que por primera vez allí se besaron y juraron amarse por toda la
410. «ZANCADAS DE ORO Y PIEDRA»
Mª ESTHER RUIZ ZUMEL
El corazón de Salamanca latía al ritmo de miles de zapatillas. Lucas se ajustaba los cordones bajo la mirada imponente de la Universidad, contagiado por el ambiente festivo de la San Silvestre Salmantina. No era una tarde cualquiera de diciembre; era el día en que la ciudad se transformaba en una marea de disfraces, risas y esfuerzo compartido.
Al sonar el disparo de salida, el frío castellano desapareció. Sus piernas, forjadas en meses de duro atletismo, respondieron con fuerza al subir los repechos históricos. Pero lo verdaderamente mágico no era el cronómetro, sino los valores que flotaban en el aire: el compañerismo de quien frena para animar al rezagado y la energía de un público entregado que abrigaba con aplausos.
Al cruzar la meta, exhausto pero feliz, Lucas abrazó a un corredor desconocido. Descubrió que la verdadera victoria no era llegar primero, sino compartir la zancada final.
411. Listos, preparados, TRES, DOS , UNO
OSWALDO XAVIER MARTINEZ DIAZ
TRES, DOS , UNO. Fueron las palabras que mi cerebro escucho muchas veces, para que automáticamente mis músculos encendieran cuál motor V8 a combustión. Hoy 27, quiero ser como ese veloz corredor que me divertía en mi infancia: El correcaminos inalcanzable para el coyote. Ahora quiero que muchos disfruten verme correr, con un constante esfuerzo, fe y valor, alcanzando la meta, así quiero ser en este Domingo especial. Deseo en mi corazón terminar la meta siendo el número uno, aunque mi meta principal es: correr y correr, dando muestra de felicidad. Serán solo unas pocas horas del trayecto, pero han sido muchas de preparación, consciente de que las grandes metas se consiguen poco a poco. Y dedicaré la Gran Victoria, si una incluso entre los primeros 30 puestos, para todos aquellos que corren por primera vez, incentivándolos a seguir participando en la gran San silvestre Salmantatina.
412. Saber perder
Alberto Román Carpio
Nunca he ganado nada hasta el
Momento presente porque toda mi vida he sido un perdedor. Al nacer perdí a mi madre en el parto,la relación con mi padre a día de hoy está rota.Me divorcié de mi mujer al poco de casarme y también perdí la custodia de mis hijos.He perdido la cartera y las llaves ,los papeles y la cabeza en innumerables situaciones.La calma y la razón otras veces, incluso el rumbo.Ahi fue cuando llegué a perder la ilusión y la alegría de vivir y la esperanza en un futuro mejor.
Pero La San Silvestre Salmantina me ha devuelvo al ser que verdaderamente llevo dentro: un ganador.¡Por fin! Estoy entrando en solitario a la meta.Estoy a 10 metros de alzarme como vencedor.De repente alguien de la organización me retira del recorrido:voy sin dorsal.Lo he debido de perder.
413. Victoria
ANA MARIA ZUMETA PEREZ
Me veo inmerso entre tanta gente diferente: unos disfrazados, otros corriendo y empujándose, todos disfrutando... Soy uno más, uno cualquiera, sin disfraz, sin silla de ruedas, sin llamar la atención. Nadie sabe que cada paso que doy me pesa toneladas y mi alma llora por dentro, pero sé que, si no se moviera, todo acabaría como estuvo a punto de ocurrir hace seis meses. El día que me levanté de la cama y decidí participar en la San Silvestre salmantina, empecé a salir a la calle y solo entonces, con esa meta, conseguí seguir vivo. Y mi enemiga, la depresión, muerta.
414. LA META
Iker
META
Las zapatillas devoran el asfalto helado de Salamanca mientras mi pulso late al unísono con el de miles de corredores. De reojo, veo al soldado que inauguró la maratón desplomarse en la historia, al mensajero entregar la buena noticia y a Forrest huir de su propio pasado. Pero la zancada que realmente persigo es otra: la de aquel niño que, con las manos sucias de jugar a las canicas, corría para que su madre no lo regañara al llegar tarde a casa. Hoy, treinta años después, mis piernas vuelven a quemar con la misma urgencia. Cruzo la línea de meta buscando la mirada de mi madre entre la multitud, y al fin comprendo que sigo corriendo, veloz, para no alejarme de mi infancia.
415. La mirada del ciego
Almudena Casado García
Aguardo a la orilla del Tormes cada último día del año con una impaciente expectación, cuando Salamanca retumba con el alborozo de una marea humana multicolor. Es la anhelada San Silvestre Salmantina.
Mi amo, sospechando que una enardecida multitud marcha en pía procesión, me pide que le deje asido a una columna rezando avemarías para desatar la misericordia de aquellas siete mil almas ante un escuálido ciego.
Aprovecho ese momento y dejo que mis pies descalzos vuelen ligeros por los adoquines salmantinos, esquivando a villanos disfrazados mientras el viento azota mi rostro. Mas freno el paso al divisar la meta, pues jamás quise el oro o la plata, sino el tercer lugar.
Furioso me golpea el ciego considerando vanas mis correrías, ignorando que, tratando de restituir lo que el escultor olvidó, labro los ojos de bronce para sus cuencas vacías, esperando que algún día pueda mirarme sin la sospecha constante.
416. Solo
Ángel Fernández de Cano Martín
Uno, dos, tres, cuatro, poco a poco, uno, dos, tres, cuatro, no aceleres, baja el ritmo, uno, dos tres, cuatro, evita ese grupo, no te quedes encerrado, uno, dos, tres, cuatro, así mejor, coge de una vez un ritmo bueno, constante, pero, ojo, no muy alto, uno, dos, tres, cuatro, no descuides la respiración, uno, dos, tres, cuatro, qué de gente, cuánto ruido, prefiero las calles solitarias, uno, dos, tres, cuatro, cuidado, te aceleras, uno, dos, tres, cuatro, por qué habré elegido estas zapatillas, uno, dos, tres, cuatro, quizá entre esta gente ande ella, o no, uno, dos, tres, cuatro, o sí, o a mí qué me importa ya, uno, dos, tres, cuatro, me duele el pie, el maldito dedo, uno, dos tres, cuatro, no debí haber entrenado ayer, uno, dos, tres, cuatro, esté o no esté, ya da igual, uno, dos, tres, cuatro, correr, sólo correr, correr, correr...
417. Una vida en diez segundos
Héctor Rodríguez Basalo
El corredor jamaicano es el favorito. Toma aire profundamente dejando entrar el limpio de alrededor: uno ajeno a la atmósfera que lo rodea, un aire despreocupado. Después salen sus miedos e inseguridades en otros tres fuertes soplidos que el viento arrastra fuera del estadio, donde no los puede ver.
Se prepara en la línea de salida. Sacude de forma vigorosa la pierna de atrás para espantar las últimas inseguridades agarradas en la piel.
Suena el pistoletazo y su salida es gloriosa. No se siente mecido por la corriente porque directamente es el vendaval. Ni oye ni ve al público. Solo escucha su respiración entrecortada y divisa la línea de llegada. Lo separan escasos metros de ella cuando siente una raíz que lo atrapa y lo arrastra hasta el suelo.
El cordón de su zapatilla fue la raíz que creció hasta tumbar el árbol de un éxito que nunca llegó.
418. Aquel Palpito.
Pereyra Plaza Candela Belen
Uno despierta con ello en la mañana, está o no está; ese palpitó de victoria o derrota, y no es algo de carácter generativo. Ya le traspasa a quien lo vive cual virutas por la sangre y promueve la euforia cuando puede. Cuando no desliza en el espíritu una incomodidad inigualable. A veces, un pesimismo extraño que te hace bajar los hombros pero todavía insistir en la superficie, intentando reprimirlo de arruinar lo todavía no decaido. Dicen que es cuestion de practica y valor, pero... Oh, cuánto saben mis piernas que con eso no basta, y debes sentirlo por dentro. Lo siento hoy y mi euforia viendo la pista me transforma con ella uno de paso en paso, grabandome en el pavimento cuál línea paralela más blanca que las otras y en los últimos metros, sabiendo y no pudiendo saber el resultado, me hace cruzar la meta con una sonrisa.
419. Desde el otro lado
Adriana Marcela Sanchez Garcia
Casi todos los días, Emilio iba al centro del pueblo para practicar atletismo. Soñaba con representar a su país en ese deporte.
Una tarde, mientras se dirigía a entrenar, un carro lo arrolló. En instantes sus ojos se cerraron y cayó desvanecido en el suelo.
Despertó en el hospital, consternado. Miraba el pie envuelto en gasas y contaba los días que faltaban para la competencia.
—Debes recuperarte —dijo el doctor—. No podrás competir.
Emilio se sintió impotente, pero, resignado, tuvo que aceptarlo.
El día de la carrera llegó y fue al estadio. Esta vez no estaba entre los corredores, sino entre el público.
Observó la pista en silencio, con la vista fija en los corredores. Cuando terminaron, se levantó y aplaudió. Luego miró su pie vendado y, por primera vez en varios días, sonrió.
420. Señalando la victoria
Samuel Rappuoli
Os voy a contar un secreto. Me pusieron al revés.
Nunca me pierdo ni un maratón de la San Silvestre Salmantina. De hecho, ya estoy aquí mientras vosotros dormís.
Da igual que haga lluvia, niebla, granizo o un sol asfixiante. Con mi mejor cara ( si así puede definirse) me encontraréis.
Yo señalo el camino y a cambio, me empapo de cada grito de júbilo, cada lágrima de derrota, cada gota de sudor, cada risa por un disfraz ocurrente, cada ánimo del publico, cada suspiro de resignación y, por encima de todo, de cada última zancada hacia la meta.
Y sin embargo los corredores no me ven, me pasan delante sin mirarme ni saludarme.
Lo que no entiendo, como os dije al principio, es porque los de mantenimiento de vías me pusieron al revés, pero vete tú a saber...
421. Disfraz
Raúl Clavero Blázquez
Este año corro la San Silvestre disfrazado. Soy un Papá Noel entre muchos otros. También hay varios renos y algún Rey Mago. Los atletas de verdad se escapan enseguida y yo termino, como siempre, en mitad del pelotón. En cuanto cruzo la meta ella se acerca y me abraza.
-Antonio, ¡qué orgullosa estoy de ti!
Después me envuelve en una toalla, me ofrece chocolate caliente y me besa con tanto amor que no me atrevo a decirle que yo me llamo Lucas.
-Hemos quedado a comer con mis padres. Pregunta mamá que si prefieres arroz o pescado.
Espero unos segundos y me quito la barba para aclarar la confusión. La miro fijamente. Ella me devuelve la mirada sin mutar el gesto, aguarda con una sonrisa mi respuesta.
-Arroz – le digo al fin, y cogido de su mano caminamos juntos hacia un futuro incierto.
422. ¿…?
Modes Lobato Marcos
El niño corre feliz.
No sabe que, horas más tarde, un policía encontrará su dorsal.
Flotando en el Tormes.
423. Mi propósito
José Carlos Jiménez Pérez
Salida. Unidos por un propósito, arrancamos. Los corredores, como células, van conformando el gusano multicolor, que se desliza alegre por el trazado.
Kilómetro 1. Los pasos se hacen firmes por el empedrado ilustre, y el aire, cargado de rezos antiguos, de canticos estudiantiles, de lecciones magistrales, deja paso al jolgorio de la carrera, a los mensajes de ánimo, los retos, las apuestas.
Kilómetro 5, tras el ecuador, asoma alguna duda. Un niño del publico tiende su mano, la choca contigo y tu ánimo se multiplica empujado por aquella energía sencilla, amiga, gratuita.
Kilómetro 8, mi número mágico, comienzo a caminar. El tiempo se adecúa a mi ritmo hasta detenerse. Me aseguro de que esta fiesta no se acaba.
La meta se anuncia en el ánimo. Los pasos se aceleran, con risas, y canciones.
Avanzo casi a cámara lenta y cumplo mi objetivo: ¡último!
424. La promesa
Estela Barrientos Calero
Inhalo. Noto cómo mi caja torácica se asemeja a un diorama y mis latidos parecen arañar oxígeno de las paredes de cada ventrículo.
Exhalo. La meta está a tan solo unos metros. La San Silvestre Salmantina se abre ante mí como una herida abierta. Conseguirlo o no es solo cuestión de tiempo.
Inhalo. Soy consciente de que no seré el primero, pero no importa: una promesa es una promesa.
Exhalo. La vista empieza a nublarse.
Inhalo. Voy a cruzar la meta.
Exhalo. Caigo al suelo como fulminado por un rayo invisible. Toco la prótesis de mi pierna izquierda. Todo está en su sitio.
Inhalo. Una sensación de tranquilidad invade mi alma y mi cuerpo. He cumplido mi palabra. Si sobrevivía, acabaría lo que un día empecé.
No quedé el primero, pero ya gané.
Exhalo.
425. Andanzas y vórtices
Marcos Dios Almeida
Mientras se bañaban en el Tormes, aquel remolino, que era un poderoso vórtice espacio-temporal, había succionado a Alonso y Sancho, escupiéndolos en el mismo lugar cuatro siglos después.
Con holgadas camisas y calzones, el hidalgo y su escudero se habían allegado a una ciudad increíblemente moderna, poblada por transeúntes trajeados de manera extraña, carretas de metal sin caballos que andaban solas y los edificios más altos que habían visto jamás.
Una muchedumbre corría por la calle con disfraces o pantalones cortos y camisetas. Don Quijote no quiso ser menos y se unió a la comitiva, con Panza detrás.
—¿Pero qué hacéis? —preguntó el labriego corriendo tras su señor.
—Lo que debo, Sancho. Si ese torbellino nos ha traído a una Salamanca que ya no reconozco, mejor será actuar como los lugareños de aquestos tiempos. No vaya a ser que nos encierren por comportarnos como locuelos.
426. VOLVER LA VISTA ATRÁS
María Jesús Perucha Arranz
Observé la San Silvestre Salmantina y solo la entendí cuando llegaron a meta.
Miles de personas corrían hacia la misma línea, aunque no todas perseguían lo mismo.
Unos buscaban un ascenso. Otros, un amor. Algunos querían sanar heridas. Otros aliviar culpas. Muchos perseguían la vida que habían imaginado.
Corrían deprisa.
Unos llegaron. Otros se quedaron a unos metros.
Pero, al cruzar la meta, ocurrió algo extraño.
Nadie siguió mirando al frente.
Unos buscaron a sus familiares entre la multitud. Otros levantaron la vista al cielo. Algunos se abrazaron. Otros lloraron.
Entonces comprendí que la meta no estaba delante.
La meta era aquello que volvíamos a mirar al llegar.
Y, entre el ruido de los aplausos, escuché a un corredor preguntar:
—¿He ganado?
La mujer que lo abrazó sonrió:
—No. He venido.
427. Cuando Vuelo
Leon Cavalheri
Empecé a correr para huir: de los plazos, del espejo y de un fantasma que se había instalado en mi mente.
Durante el primer kilómetro, los pensamientos me acompañaron, pesados como el plomo. En el tercero, se quedaron atrás, sin aliento. En el quinto, solo quedó el sonido de mis pasos.
Por fin pude comprender, lejos de los fantasmas, que correr no significa huir ni llegar. Es el único momento del día en que mi cuerpo habla y mi mente se detiene a escuchar. El suelo se alza al encuentro de mi pie, el pie perdona al suelo y, entre un paso y otro, hay un instante de vuelo en el que nada me sostiene y, aun así, no caigo.
428. Pepe’s Dream!
Roberto Crespo Ramos
Este año no iba a escatimar medios. Terminó el menú rico en aminoácidos ramificados que su chef deportivo de élite le había preparado. Sube ágilmente al helicóptero y aterriza en el Museo del Comercio, donde le recoge su chofer, que le lleva a la calle Campoamor. Su fisio particular le termina de dar un masaje con aceite de foca antichupiteles. Se viste con la indumentaria personalizada. Sesión de fotos con el fotógrafo profesional. Zapatillas de competición Frog2030 de silicio con los calcetines técnicos premium a juego. El reloj, que le realizará 3 tests de lactato y los transmitirá en tiempo real a su entrenador. Este se le aparecerá en sus gafas inmersivas y le dará indicaciones tácticas: ¡aprieta!... ¡Qué va pisando huevos! … ¡Pepe!, ¡aprieta que vas pisando huevos y no llegas!… ¡Te dejo una tostada de pan de ayer con mermelada que no te dé una lipotimia en Comuneros!
429. PRIVILEGIADOS
Maite Berrueta Santos
Son muchos. Hoy no harán su mejor marca. Ese dorsal de fondo blanco solía realizar series con su equipo a última hora de la tarde. Desde que su mujer trabaja más horas él baña a los niños, prepara la cena y la comida para el día siguiente. Un poco más allá calienta un dorsal azul. Entrenó más durante los primeros meses de embarazo que en los dos últimos años. Es lo que tiene ser madre soltera, no puede estar constantemente pidiendo favores para dejar al niño. A su lado, un dorsal que no hace tanto tiempo fue amarillo. Una mala racha, un ERE, un divorcio... Cuando no está enviando currículums o haciendo entrevistas acude a la residencia donde le espera la mirada cada vez más perdida de alguien muy querido.
No es fácil, pero estar en sus cajones de salida el último domingo de cada año les convierte en privilegiados.
430. El asfalto y la eternidad
Felipe Claudio Urrutia Ponce
Correr la San Silvestre Salmantina a mi edad es un claro desafío a las leyes de la cardiología y al sentido común. Mi terapeuta insiste en que busco la inmortalidad a través del agotamiento físico, pero yo solo quería evitar la cena familiar. De pronto, me vi rodeado de miles de personas sonrientes bajo el frío de Salamanca. Al cruzar la Plaza Mayor, con los pulmones pidiendo clemencia y las piernas flojas, sentí una epifanía cósmica: el universo se expande, la vida carece de sentido, pero correr junto a estos desconocidos es lo más cerca que estaré de la felicidad.
431. EL HECHIZO DEL RIO
ANA JIMENEZ MARTIN
Sólo una vez en mi vida, experimenté ese sentimiento humano de "envidia sana". Era diciembre y acontecía la San Silvestre salmantina. Abandoné mi pedregoso lecho, me transformé en hombre: brazos, piernas, pies y un bonito rostro. Tenía en mi interior la fuerza de las nevadas, el deshielo de las cumbres, el aplomo de la lluvia otoñal sobre los macizos. Preparado con un dorsal sobre mi ropa deportiva, eché a correr a la señal de salida. Podía sentir el aire, el júbilo y la algarabía bañaban mis oídos. Dejé a un lado los bellos rostros dorados de reyes descansando en sus medallones, me distraje buscando la rana entre historias milenarias, me impresionó el cimborrio escamado, y las campanas de la Catedral me cautivaron tanto, que a punto estuve de perder mi excelente ritmo. Crucé el primero la meta. El mágico conjuro estaba apunto de abandonarme y lloré amargamente.
432. La séptima uva
ALFONSO ESTEBANEZ ALDONZA
Éramos doce amigos disfrazados de uvas en la San Silvestre salmantina. El plan era cruzar la meta en fila india, una uva por campanada, mientras el speaker hacía la cuenta atrás. Lo ensayamos tres meses.
Pero en la Gran Vía, Fermín, que era la séptima, olió un puesto de churros y se descolgó. Las uvas ocho a doce, por una solidaridad mal entendida, fueron detrás.
Llegamos seis. El speaker, que no estaba en el ajo, contó seis campanadas y felicitó el año nuevo antes de tiempo. Media grada se besó. La otra media protestó. Un señor de Béjar se comió sus seis uvas y se quedó mirando la mano vacía con una angustia metafísica que todavía le dura.
Las otras seis llegaron un cuarto de hora después, rebozadas de azúcar. Nadie supo qué hacer con ellas.
Este año volvemos. De pasas. Dicen que aguantan mejor.
433. Después también
Teresa Ochagavia Pelayo
Voy a correr el año que viene, pensé nada más despertarme. Luego dormí en el sueño de la anestesia. Soñé con calzarme las zapatillas, ajustarme los cordones, vestir mi pantaloneta de todos los años, mis amigos esperándome en la misma esquina. En la salida, el frío haciendo vahos al respirar, mi aliento caliente en los guantes.
Aquel año no corrí. Tendría que ser al siguiente. El dolor me cortaba la pierna.
Por fin. Esperaba aquel momento con la ilusión de un chiquillo, como el primer año.
Me calcé una zapatilla. La otra la ajusté sin saber si me apretaba. Mi pantaloneta era otra, había engordado, y mis amigos me esperaban en la puerta de casa, con los ojos arrasados. El frío fue el mismo, el calor en mis guantes, también. Cojeé al principio, luego, las dos piernas encontraron el paso y volé por Salamanca.
434. Vuelta a casa
Inmaculada Bosch Racero
El olor a café me despierta antes que la alarma.
En la mesa de la cocina, me ha preparado dos tostadas con mermelada. Nada más verme, me planta un beso en la frente. Sé que está feliz de volver a tenerme en casa.
Sobre el edredón de mi infancia, ha extendido mi camiseta y mi dorsal, perfectamente planchados. Me tiende una bolsa con una botella de agua, un plátano y una perrunilla de la panadería de la esquina. Le explico entre bromas que voy a correr la San Silvestre, no de excursión a la granja. Ríe también.
Suena el pistoletazo de salida y empiezo a buen ritmo entre la multitud. De repente, oigo mi nombre.
—¿Mamá? ¿Qué haces aquí?
—¡Te has dejado la chaqueta, y daban lluvia! —grita ella, alcanzándome—. ¡Y no me has dado un beso al irte!
LA LIBERTAD DE LOS PASOS
Álvaro Navarro Rodríguez-Villanueva
Me calcé despacio. Los zapatos conocían cada piedra de Salamanca, cada sombra del Tormes, cada campana que llama a los que aún tienen algo que decir.
Salí a la carrera. El aliento me traicionó; las piernas, rígidas por el largo silencio, dudaron en cada paso. Pero el que corre aprende a no rendirse en la primera fatiga: se sostiene en el ritmo, en el aire, en la promesa callada de llegar. No hay mayor libertad que poder salir y correr.
No corría por laureles ni por vencer a nadie; corría contra la distancia, contra el olvido, contra aquella parte de uno que quiere quedarse quieta. Cuánto había echado de menos este frío, este rumor de pasos, esta ciudad que guarda las cicatrices de quienes hablaron demasiado.
Me apresuré hacia las Escuelas Mayores. En el aula, todos guardaban silencio. Subí al estrado, tomé aliento y dije:
—Como decíamos ayer…
Niebla en Bordadores
Alberto Bravo Sánchez
Me tiré al Tormes el último día del año para comprobar que existía. El agua, fría como una verdad, me respondió que sí, aunque poco.
Subí después Tentenecio en bicicleta. Allí un santo detuvo a un toro gritándole necio, y la cuesta me gritaba lo mismo a mí. No le hice caso. Agonizaba, que es como decir que luchaba.
Y corrí por Libreros, por la Rúa, por Bordadores, hasta que un viejo de gafas redondas me cortó el paso.
—¿Para qué corre usted, si el año se muere igual?
—Para no morirme con él, don Miguel.
—¡Bah! Usted no corre. Le corro yo. Es usted criatura mía.
—Pues déjeme al menos inventarme la meta.
Llegué. Y no supe si había corrido yo o si me había soñado él. Solo sé que me dolía todo, y que doler, como agonizar, es la única manera de saberse vivo.
Lista de cosas pendientes
Antonio Miguel García Corral
Lo tengo en la lista de las cosas pendientes. La que hice el sábado después de recibir la noticia.
El doctor fue profesional y empático. No me lo pintó bien, pero explicó los distintos tratamientos, graduales, con sus posibilidades de éxito. Me habló de la salud física y también de la mental, de las fases por las que mi mente se movería, miedo, rabia, tristeza. Me habló de la dificultad. Me habló de esperanza.
Ese sábado hice la lista.
En tercer lugar puse correr la San Silvestre de mi ciudad. Ser de las que en Navidad salen a correr con un par de grados sobre cero. Sentir el orgullo de llevar el dorsal. Sentirme acompañada.Ser de las que cruzan la meta, aunque sea la última.
María no llegó a la meta.Yo llevé su dorsal.
Memoria de un cuerpo erguido
MANUEL ALFREDO PUEBLA
Durante meses, sus entrenamientos en secreto fueron la única salida al infierno que vivía en casa. Aquel último domingo de diciembre, mintió sobre su destino y marchó a la San Silvestre Salmantina. Corrió como si devorara el asfalto para alcanzar la libertad que le habían arrebatado. Al cruzar la meta, lloró de triunfo.
Cuando regresó, él la esperaba en la penumbra del salón, ciego de rabia por la demora. Inmediatamente alzó la mano para asestarle el acostumbrado escarmiento. Ella no se encogió: detuvo el impacto interponiendo el trofeo ganador que sostenía en la mano.
Él retrocedió, atónito. Ella, erguida como nunca, apoyó el galardón en la mesa, lo miró fijamente a los ojos sin un solo rasgo de miedo y sentenció:
—Quédatelo. Es la última victoria que vas a arrebatarme.
Dio media vuelta y cruzó la puerta para no regresar jamás.
Más allá de la meta
Anna Domènech Roca
Suspiro entrecortadamente, con los pies sobre la línea de salida, listo para dar el primer paso fruto del esfuerzo de estos últimos meses, plenamente consciente de que sin ello no habría llegado tan lejos. No me atrevo a mirar atrás, no quiero divisar los cientos de competidores que esperan tan ansiosos como yo llegar a la meta, de la cual aún no han partido. Inspiro lentamente, recordando todos los momentos que me han llevado hoy hasta aquí, dando gracias a las personas que me han impulsado, inculcándome los valores de la disciplina, que hasta hace poco creía innecesarios. Ahora expiro, calmado, con la mente clara ante mi objetivo, que no es ganar, sino correr. Porque uno no gana sin valores, uno no gana sin esperanza, uno no gana sin todos aquellos que nunca había creído necesitar. Uno gana cuando logra su objetivo. Y el mío es avanzar.
«1984»
Nino Elgarrista Ibáñez
El Ministerio de Felicidad Atlética ha prohibido la memoria. Muy poca gente recuerda aquella primera carrera, y nadie se atreve a hablar de ella. Entre los participantes destacaba un nombre: Eric Arthur Blair. Londinense, de aspecto vulgar y peinado con la raya al medio, se paseaba por las calles de Salamanca mientras observaba monumentos y participantes con la intensidad de una radiografía. Los organizadores esperaron a su llegada para detener el cronómetro, tras cruzar la línea de meta, las declaraciones del atleta disidente fueron: “Correr es descansar, llegar el último es ganar”.
EL RELOJ DE LA ENVIDIA
Leon Esteban Guichard Reyes
Una gélida y lluviosa mañana de fines de diciembre, Anselmo trotaba por Salamanca creyéndose un atleta legendario. Calado hasta los huesos, pero lleno de orgullo, devoraba kilómetro tras kilómetro en el famoso maratón local.
Al llegar a la mitad del recorrido, cruzando el famoso Puente Romano, un fulgor deslumbrante llamó su atención. A su lado, otro competidor lucía un reloj inteligente tan estrafalario y gigantesco que parecía una pantalla de cine pegada a la muñeca.
Fascinado por las mil luces parpadeantes del artefacto, y carcomido por la envidia, Anselmo se quedó boquiabierto. Encandilado por lo ajeno, se distrajo y no vio una pequeña e impertinente piedrecilla sobre el milenario adoquín del puente.
El impacto contra el suelo fue muy poco glamoroso. Allí, tirado bajo la lluvia y con el tobillo inflamado, comprendió que su reloj de pulsera, ese que solo daba la hora, le avisaba que la carrera había terminado.
Corriendo más allá
OLIVER DE LA ROSA ANZURES
Como cada año, emocionado estaba por correr.
Tan ansioso estaba que sin querer le gané al amanecer.
Desperté como si tuviera los ojos abiertos por adelantado.
Augurando que quizá esta vez conquistaría mis metas.
Desde temprano organicé mi reloj, atuendo y calzado.
Salgo a la calle, siento que algo no está bien.
El viento es pesado y la luz parece atardecer.
Noto muchos cabizbajos, desvelados y despistados.
Saludo a quienes veo, pero no responden a mi encuentro.
De la línea de salida salgo disparado, liviano como pluma,
Pero para mi sorpresa un corredor me rebasa,
Otros más pasan a través de mí, el pánico me invade.
¿Acaso la muerte me ganó? ¿En qué momento pasó?
Luego pasaron los cabizbajos, que con lucha corrían.
Uno de ellos me dijo, «al menos todavía podemos correr».
Otro más agregó, «¿te vemos en la meta?»
Nunca he renunciado a una buen carrera. ¡Ahí voy!
La carrera de la vida
Nuria Rodríguez Fernández
Me ato las zapatillas y me coloco en la salida de la San Silvestre Salmantina. Tengo ocho años y mi padre me sujeta por los hombros para que no me pierda entre los corredores.
Salimos.
Corro con los niños, tropezando y riendo. Después quiero ganar, adelantar a todos. En una curva conoceré a la mujer con la que compartiré tantas Navidades. Más tarde correremos con nuestro hijo, que se escapará unos metros para esperarnos.
Con los años, algunos dorsales dejarán de aparecer. Mi padre no volverá a correr. Mi mujer empezará a caminar a mi lado, hasta que un invierno tendré que hacerlo solo.
Este año me pierdo antes de llegar a la Plaza Mayor. No recuerdo la meta ni por qué llevo un dorsal prendido al pecho.
Un niño me tiende la mano.
—Vamos, abuelo. Que ya hemos salido.
No recuerdo su nombre, pero reconozco su manera de correr.
YO PODRÉ
FERMÍN HERNÁNDEZ ANDRÉS
Miró desde el balcón, estoy sentada. Hace mucho frío. Pasan por la calle los primeros participantes de la San silvestre salmantina, quisiera estar entre ellos como otros años.
No quiero pensar en lo que me pasó, menos lamentarme. El pasado, pasado está. Aunque desde entonces, no soy la misma.
Hace frío, me dicen que entre para dentro. Que estoy débil y me puedo resfriar. Aquel día perdí las ganas de vivir. Desde el balcón he visto pasar compitiendo a dos personas en silla de ruedas. Yo también iré el próximo año, nada me detendrá. Sentiré los nervios en la salida, la fuerza que no tienen mis piernas, la tendrán mis brazos moviendo las ruedas de quien es mi compañera inseparable.
Las adversidades no podrán conmigo, yo tengo que poder con mi propia yo. Competiré en la San silvestre Charra, y en mi nuevo día a día. Porque tengo vida.
Conspiración
Manuel Vega Pérez
Yo soy la persona más razonable del mundo. Tal lucidez me permite comprender situaciones que la mayoría es incapaz de descifrar. Cuando aquel semáforo se negó a ponerse en verde tras nueve minutos esperando, comprendí que no estábamos ante un problema eléctrico: aquel artefacto nos estaba desafiando.
Los demás corredores se agolpaban detrás de mí, tocando sus bocinas, desesperados. ¿Por qué nadie se había dado cuenta de la conspiración?
Supe mantener la calma, saqué un martillito que llevaba bajo el dorsal y corrí hacia el tubo metálico. Unos cuantos golpes fueron suficientes para liberar a la San Silvestre salmantina de aquel tiránico aparato y devolver la competición a la cordura.
La carrera continuó y fui el vencedor. Sin embargo, nadie aplaudió y algunos me llamaron loco. Pero yo sé que no es más que el precio que debo pagar por atreverme a enfrentarme a las fuerzas que controlan nuestro destino.
Los que todavía llegan
Anna Cánovas Trujillo
Cada diciembre, una mujer de abrigo rojo esperaba junto a la meta de la San Silvestre Salmantina.
Nunca aplaudía a los primeros.
Cuando las calles comenzaban a vaciarse y los voluntarios recogían las vallas, ella permanecía inmóvil, mirando hacia la última curva.
Solo al aparecer el corredor más rezagado se levantaba y aplaudía hasta que le dolían las manos.
Una tarde, un voluntario le preguntó a quién esperaba.
—A mi marido. Corría todos los años. Siempre llegaba el último.
—¿Y hoy también participa?
—Murió en febrero.
El muchacho bajó la mirada.
—Entonces, ¿por qué sigue viniendo?
La mujer señaló a un corredor que avanzaba solo, con las piernas temblorosas. El hombre levantó la cabeza al escuchar los aplausos.
—Porque él siempre decía que lo peor de llegar el último era que nadie te estuviera esperando.
Tirones
Beltrán Ibáñez Pérez
Veinte Nocheviejas trabajando las uvas de la Plaza Mayor y nunca había bajado por la tarde. Miles de personas en mallas y dorsales, y ni una cartera.
Me arrimé a uno con la tarjeta metida en un brazalete de velcro. Cosa de un segundo, pero sonó el pistoletazo y salió disparado. Yo detrás, por no perder la faena.
En el kilómetro tres dio un tirón. De tirones sé un rato, así que se lo seguí. En el cinco ya no me acordaba de la tarjeta. Me ardía el costado, una señora me dio agua y un crío me gritó «¡vamos, abuelo!». Y fui.
Llegué a meta sin dorsal, con los mocos helados. El del brazalete me estaba esperando. Me dio un abrazo largo, de los de haber sufrido juntos.
La inscripción del año que viene ya está pagada. Con su tarjeta.
La revancha
Josefina Trujillo Maillo
Llevaban diecisiete años sin hablarse.
Todo empezó por una herencia, una firma y una frase que ninguno quiso retirar.
Cuando Andrés reconoció a su hermano entre los corredores de la San Silvestre Salmantina, aceleró.
Luis también lo vio.
Atravesaron Salamanca adelantándose una y otra vez, como cuando eran niños y competían por llegar primero a casa.
En el último kilómetro, Andrés sintió una punzada en el costado. Luis lo adelantó.
Por supuesto, pensó. Siempre igual.
Pero unos metros después, su hermano empezó a aflojar.
Andrés lo alcanzó.
Cruzaron la meta juntos.
—Te has dejado ganar —dijo Andrés.
—Tú también.
Luis miró el cronómetro.
—Habrá que repetirla.
—¿El año que viene?
—El domingo. Como antes.
Andrés llevaba diecisiete años esperando una disculpa.
—A las nueve —respondió.
Preparada, lista, ¡Ya!
Patricia Collazo González
Recojo los juguetes esparcidos, preparo una colada, pongo a remojar los garbanzos, apunto yogur en la lista del frigo, sacudo el mantel, guardo la vajilla y cojo cita para vacunar al perro. Todo esto de puntillas, susurrando, no vaya a ser que despierten.
El padre, no. Ese no se inmuta, aunque aterrice un platillo volador sobre su cama. En cambio, el niño podría despertarse con el sonido de una de las gotas de sudor que me bajan por el cuello.
Respiro profundo, intento no perder ritmo y visualizar la meta. Me imagino brazos en alto, la puerta de casa cerrada a mis espaldas. ¡Lo he conseguido! ¡Podré unirme a la Sansil!, grito triunfal en mi visión.
El niño lloriquea. Es ahora o nunca. Preparada, lista, ¡Ya!. Giro el picaporte y hago oídos sordos cuando el ruidoso platillo volador se asoma al pasillo mientras su padre apenas se revuelve en sueños.
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