Llegué al ecuador de la carrera en plena forma y decidí alcanzar al chaval que me precedía. Pero cuanto más aceleraba yo, más lo hacía él, manteniendo intacta la distancia, como quien persigue un imposible.
Devoramos kilómetros, unas veces sobre la otoñal alfombra de los chopos; otras, viendo verdear los huertos de la ribera o soportando un sol labrado en piedra de Villamayor.
Cuando finalmente lo alcancé, su rostro me sorprendió: ¡aquel joven era yo al inicio de la carrera!
Tan concentrado estuve en darle caza que no advertí que a mí también me perseguían. Lo descubrí al pasar frente a un escaparate de la Rúa, reflejado en mis propias facciones. Las gafas de sol habían mudado en correctoras y la piel se descolgaba, como si la tierra reclamara lo que sabía suyo.
Crucé la meta arrastrando los pies, ayudado por un bastón, pero sonriendo para la última foto finish.











































