Inicio / XIV - 2026 / Página 4
El jurado del XIII concurso de microrrelatos San Silvestre Salmantina estuvo integrado por:
El jurado reconoció la excelente participación en esta XIII edición, en que no solo se mantiene la tendencia al alza de los relatos presentados cada año, sino que su número se ha incrementado de manera extraordinaria pasando de los 369 relatos de 2024, a los 611 de esta edición.
Otro aspecto significativo fue lo ajustado de las votaciones pues, en los puestos con derecho a premio en metálico, se produjo un triple empate entre los votos obtenidos y el número de jueces que los votaron, que tuvo que resolverse por el voto de calidad del profesor Escandell, presidente del jurado. Una muestra más de la igualdad en los relatos más valorados es el texto que merece la mención especial, que no consiguió entrar en el podio final por un solo voto de diferencia.
Se indican a continuación, los relatos destacados y la relación de otros que también obtuvieron votos del jurado. Su publicación en la revista, como se establece en las bases, queda condicionada al espacio disponible y que en esta edición se realizará exclusivamente en formato digital.
Primer premio
Segundo premio
Tercer premio
MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO
MARCOS PÉREZ BARREIRO
Subido a mi motocicleta de 500 CC., pienso en la relevancia que supone el hecho de correr una maratón. Y, más, si me pongo ultra reflexivo y, elevo la maratón, a la categoría de San Silvestre. Esa carrera en la que, este año, participaré con el casco puesto, ya que, temo que mi seguridad corre serio peligro. Son muchos los que ansiamos llegar primero y, pocos lo que poseemos una motocicleta de gran cilindrada.
Desde su inicio, los humos del tubo de escape se unen a un respirar contenido. Sabedor él, de que el deseo siempre vence al ultraje del malhechor. Un ser como yo, que recorre las calles entre dos mundos dispares. El de dos ruedas y el de dos piernas. Y, los primeros, apenas dejan huella. El motivo de que alcance la meta alzando los brazos, mientras las piernas son una silla de ruedas modificada a 500 CC..
Angel Caballero Sayalero
La piedra te arranca hasta la última gota de sudor.
Dura, firme y vetusta, espera tus pisadas, las de todos. Diciembre la enfría; los aplausos no la ablandan. La piedra no entiende de marcas, de disfraces ni de promesas. Solo conoce el peso de cada pisada.
Por ella han volado los primeros corredores; han marcado su ritmo seguro los aficionados que sueñan con ser profesionales; han pasado los recién iniciados, los disfrazados, los que caminan porque la piedra se quedó con sus fuerzas.
La piedra lo sabe. Es inclemente y no descansa, pero también es bondadosa: te recuerda que, una vez pasada, queda menos camino.
La última piedra te sonríe. Un año más lo has conseguido. Cruzas la meta y todavía la llevas en las piernas.
El año que viene seguirá allí.
Como tú. Como todos.
Ramon Gonzalez Reverter
He aquí un par de corredores que sentían un gran respeto uno por el otro. Era tan sincera la admiración que ambos se profesaban que en cierta ocasión, se encontraron en la San Silvestre salmantina, empeñados en el afán de compartir la alegría de entrar juntos en la meta, anteponiendo el valor de la camaradería y generosidad a la competitividad actual, frenaron el ritmo del sprint final hasta que otro runner aguafiestas les rebasó en la misma línea de llegada con una sonrisa bobalicona en los labios. Aquel deseo, basado en lazos de amistad, se fue al garete y ambos quedaron con un palmo de narices. La ironía parecía una burla del destino o un recordatorio de que a veces el azar puede ser caprichoso y retorcido. Los anhelos, por muy altruistas que sean, si están mal ejecutados, no siempre acaban con un desenlace feliz.
JOSE CARLOS VARA MATA
El abuelo corría con dos dorsales.
El viejo estaba amarillento y tenía treinta y ocho años. El nuevo aún olía a tinta.
—¿Por qué llevas los dos? —preguntó Claudia antes de la salida.
Él se encogió de hombros.
—Por costumbre.
Claudia tenía siete años y cien metros le parecían una distancia pequeña.
Durante la San Silvestre, el abuelo avanzó despacio entre aplausos, zapatillas, respiraciones y campanas. Al cruzar la meta, no levantó los brazos.
Buscó a Claudia.
Se agachó, desprendió el dorsal viejo y se lo prendió en el abrigo.
—Ahora es tuyo.
—Pero tiene tu número.
—Ya aprenderá el tuyo.
Claudia pasó un dedo por el papel gastado.
—¿Y qué hago con él?
El abuelo señaló hacia atrás, donde aún seguían saliendo corredores.
—Lo mismo que hice yo.
Claudia miró la meta. Después miró la salida.
El dorsal le quedaba todavía demasiado grande para su pecho.
Echó a correr.
luis uriarte montero
Después de haber realizado la gran carrera de San Silvestre quedando tercero, marchaba a su casa, en un cubo de basura, una niña removía con un palo la misma, extrae una muñeca sucia, me mira, es su tesoro, sonríe y yo me estremezco, continuo hacia mi refugio, entro en casa y deshago el Belén.
David Sueiro Pereira
"¡Oh, no!" "No puedo creer que la carrera esté a punto de empezar..." y la señal de salida interrumpe mi diálogo, además de hacerme correr a mí y a los demás corredores hacia la línea de meta. En la San Silvestre Salmantina adopté un enfoque diferente para correr esta distancia relativamente larga de 10 kilómetros que en mi carrera anterior. En lugar de un comienzo lento y aumentar la velocidad para un sprint, salí tan rápido como un guepardo. Al doblar la gran curva, veo a otro corredor acercándose rápidamente a mi posición. Concentré la poca energía que me quedaba en ganar esta carrera. Sin embargo, mis esfuerzos no fueron suficientes para superar al otro corredor, y crucé la línea de meta en segundo lugar.
Evelyn Megias Carrasco
Entre tres mil corredores vestidos de elfos, Reyes Magos y dinosaurios hinchables, nadie sospechó de mí. Llevo milenios habitando en la portada de la Universidad, pero este año la piedra se me hacía demasiado dura para pasar otra Nochevieja al raso.
Atarse las zapatillas sobre la piel de anfibio fue un reto técnico, pero la zancada la tengo aprendida de ver pasar a generaciones de estudiantes con prisa. Cruzar la Gran Vía arropada por el rugido de la marea amarilla es bastante más estimulante que esperar a que los turistas me descubran entre los relieves.
Rozando el podio, escuché a un espectador señalarme sorprendido. Sonreí sin reducir el paso. Si aprueban los estudiantes que me encuentran, ¿por qué no iba a ganar una rana la San Silvestre?
Marcos Avalos Vilas
Salamanca en diciembre no es una ciudad; es un fuelle que inhala gélido y exhala entusiasmo.
En el kilómetro tres, las piernas dejan de pertenecerte. La zancada se convierte en un acto de fe ejecutado por instinto. A la izquierda, la fachada de la Catedral parece empujar el aire; a la derecha, un niño con guantes rojos aplaude con la vehemencia de quien cree que los corredores tenemos superpoderes.
Quizá los tengamos. Porque cuando el ácido láctico grita alto y el aliento dibuja nubes blancas en la penumbra de la tarde, descubres que no huyes del frío ni persigues un cronómetro. Esos últimos cincuenta metros no se corren con el cuerpo, sino con todo lo que te ha dolido a lo largo del año y que por fin dejas atrás en el asfalto.
AYARI PORRAS ACEVEDO
La cuesta de la Compañía le había vaciado las piernas cuando el pie derecho resbaló sobre la piedra. Recuperó el equilibrio y siguió. A los lados pasaban gorros de Papá Noel, disfraces, cuerpos envueltos en vapor. El olor a linimento se mezclaba con el frío.
Unos metros después volvió a resbalar.
Se detuvo junto a una valla. Miró hacia abajo. Las zapatillas seguían limpias. Había leído durante horas antes de comprarlas: retorno de energía, estabilidad, impulso.
Se ajustó los cordones.
Más adelante, algunos corredores ya caminaban. Otros seguían corriendo.
Volvió a subir. La piedra cedió bajo el pie, pero esta vez no resbaló. Siguió.
Al llegar a la siguiente curva se detuvo a respirar.
Miró las zapatillas.
No había nada que cambiar.
Lydia Santos Nieto
El frío de Salamanca se le había metido hasta los huesos. El aire cortaba la cara y cada respiración quemaba en los pulmones. Quedaba un kilómetro para terminar la San Silvestre Salmantina, pero sus piernas pesaban como si llevaran años corriendo.
Avanzaba entre luces, disfraces y gritos. La multitud era un murmullo lejano. Solo escuchaba sus pasos y el latido desbocado de su corazón.
Entonces, entre cientos de voces, oyó una que conocía demasiado bien.
—¡Vamos, hijo! ¡Tú puedes!
Se quedó helado. Giró la cabeza. Nada.
Volvió a mirar hacia la meta. El frío seguía mordiendo, pero algo dentro de él se había encendido.
—¡Un poco más! —volvió a escuchar.
Sonrió, con los ojos llenos de lágrimas. Y corrió.
Porque aquella noche, su padre había vuelto para acompañarlo hasta la meta, bajo el cielo helado de Salamanca.
Liliana Mercedes Mota García
Apenas sonó la salida, Lisbeli apretó los cordones y sonrió. Desde niña corría distinto: una pierna había quedado más corta después de un accidente, Pero ella decía que la vida no se mide con reglas, sino con ganas. Conoció la San Silvestre Salamantina por un vídeo. Vio aquella calle llena de corredores y pensó: "Algún día voy a estar ahí, aunque sea a mi manera" En Venezuela entrenaba al amanecer, cuando el barrio apenas despertaba la ciudad. "Dale, vale, un kilómetro más", se decía, mientras su prótesis golpeaba el asfalto. A veces faltaba agua, otras veces plata, pero nunca le faltaban arepas, cariño y gente echándole porras. El día de la carrera llegó con el corazón brincando. No buscaba ganar. Quería demostrar que también se puede llegar lejos con una historia difícil y hermosa. Al cruzar la meta, levantó los brazos. _¡Coño, sí se pudo!
Y Salamanca entera pareció aplaudir.
Rubén Román Correas
Diez meses. Ese era el tiempo de entrenamiento que Josué llevaba en sus piernas. Aeróbico. Anaeróbico. Fuerza explosiva. Fuerza resistencia. Dolores articulares. Umbrales de trabajo. Todas estas palabras habían estado resonando en su cabeza durante ese periodo de tiempo.
Se calzó sus zapatillas, se colocó su dorsal y partió hacia la salida. El Paseo de San Antonio le esperaba.
El clima era frío. El ambiente, festivo, cálido y acogedor.
Sólo pensaba en toda la preparación que su cuerpo había aguantado para poder llegar a ese momento.
La plasticidad de todos sus movimientos auguraba una carrera de alto voltaje, con adversarios que también ansiaban la victoria.
Puso su cronómetro a punto y esperó a que la salida fuera anunciada.
Tres, dos, uno… Josué comenzó a correr. Las piernas le respondían. Tenía todo a su favor. Comenzó a volar. No tenía límites. Sólo los próximos diez kilómetros dictarían sentencia.
SERGIO DAVID REQUENA ROYERO
El granito de la Rúa ruge bajo la violencia de mis suelas. Diciembre escupe escarcha sobre la Plaza y me congela el alma.
—No tragues tanto frío —me aúlla un viejo veterano desde el borde de la acera—. La piedra te abrirá el pecho.
Pero yo trago hondo, mezcla de sudor y la humedad viva de los muros. Mis muslos ya no son míos; son los arcos ciegos del Tormes que empujan en la sombra. El crono martillea en las sienes con la exacta modulación de la Clerecía.
A mi lado, una jauría de siluetas exhala vaho contra la noche monumental. No nos persigue el cronómetro; huimos de la modorra que petrifica los soportales. Cruzo la línea y el rugido de la gente revienta contra los sillares de piedra dorada. Ya no quema el esfuerzo: Salamanca entera galopa desbocada en mis adentros.
Dilanlly Mendez Rivas
En el frio de diciembre, la Plaza Mayor palpita al compás de millares de zapatillas impacientes. Salamanca consiente el mero maratón; vibrando en la salida de la San Silvestre Salmantina, donde la grandiosa y la fiesta se gestan en el pavimento.
Comienza el alboroto. La dedicación compartida deja cualquier diferencia: atuendos coloridos corren codo a codo con zancadas de atletismo puro. Es un sacrificio por la superación personal en cada zancada, la solidaridad que se contagia en una mirada de aliento y la constante generosidad del publico regional que impulsa hacia adelante.
Camino del Puente Romano, las piernas cesan, pero la constancia vence al aliento congelado. Cruzar la meta no es ganar una medalla, sino abrazar la meta compartida, la memoria de una ciudad que motiva y la gratitud de sentirse parte de una tradición viva. Allí, en la llegada, el espíritu del atletismo popular resplandece más cálido que nunca.
Esteban Ramón Eordogh Terán
La meta no era una línea en el asfalto helado, sino el rostro de mi padre. Aquel 31 de diciembre sus piernas ya no respondían; la enfermedad le había robado el ritmo, pero no las ganas. Corrí a su lado, sintiendo cómo el aire de la San Silvestre nos cortaba la piel. Él, con un hilo de voz, susurró: “No pares, el relevo es tuyo”.
Sentí el peso de la historia. No era solo una carrera popular; era la liturgia de un adiós. Apreté los dientes, el corazón golpeando las costillas como un tambor de guerra. Al cruzar la Plaza Mayor, las campanas no anunciaban un año nuevo, sino la eternidad de un vínculo que el asfalto jamás borrará. Lloré, pero seguí corriendo. Porque el verdadero atletismo no se mide en cronómetros, sino en el legado que dejas cuando tus pies dejan de moverse.
ARANTXA BILBAO Cano
**El podio**
Toda mi triste vida corriendo.
Primero corría para crecer. Después, por meterme en líos. Y, por último, de la policía.
Mi vida ha sido una carrera en la que el primer podio solo te daba la oportunidad de volver a correr mañana.
Pero entonces llegó ella.
Había tenido muchos educadores y todos me trataron bien. Pero ella miraba dentro de mí.
Un día, después de que me llevaran allí por uno de mis marrones, me dijo:
—Así que eres rápido, ¿no? Demuéstramelo.
Y aquí estoy, montado en un podio mientras ella me aplaude en primera fila.
Pero esta vez, de verdad.
Sostengo una copa en una mano y, en la otra, mi futuro.
Por primera vez, no quiero correr para huir.
Quiero correr a sus brazos.
Francisca Pérez Ramírez
ZANCADA LIBRE.
El frío de diciembre muerde las calles de Salamanca, pero Ana, a sus sesenta y ocho años, pisa el asfalto con la firmeza de quien ha conquistado su propio destino. A su edad, la jubilación no es un punto final, sino el inicio de una libertad forjada a pulso. Mientras avanza hacia la salida de la San Silvestre, siente el peso invisible de los estereotipos de género y edad que la sociedad insiste en imponer. Sin embargo, cada zancada es un acto de rebeldía y empoderamiento.
—¡Vamos, abuela! —grita un joven desde la acera. Ana sonríe con complicidad, corrigiendo en silencio: —No soy abuela, soy corredora.
Cruzando la Plaza Mayor, bajo los aplausos atronadores, Ana demuestra que el envejecimiento activo rompe cualquier molde. No compite contra el crono, sino contra el olvido, reivindicando su espacio en el deporte y en la vida. Cruza la meta con gran orgullo.
FRANCISCO JAVIER AGUIRRE GONZÁLEZ
Estoy frustrado porque llevo veinte años participando en la carrera San Silvestre Salmantina y no he conseguido ningún trofeo. Y mira que me entreno, pero será que tengo poco pulmón, o las piernas cortas, o el ritmo flojo… no sé. Así que he acordado con mi mujer tener un hijo cuanto antes. En cuanto cumpla cinco años, le animaré a participar en su categoría y así sucesivamente hasta que llegue a los dieciocho. Entonces será cosa suya, pero con el entrenamiento físico, mental y emocional que le vamos a proporcionar entre mi mujer y yo, el éxito lo tendrá asegurado. Y habrá conseguido lo que nunca logró su padre, al menos hasta hoy, porque ya hace días que he comenzado a entrenarme para la 51.
Gonzalo Prieto Barrera
Sin ruborizarme debo admitir que crecí en un ambiente hostil, degradante, sin valores y, si no hubiese sido por don Roberto, doña Carmen y doña Josefina a quienes de sus tiendas hurté helados y panes para mis hambres y quienes me perseguían armados sin éxito alguno, no hubiese sido el atleta de ahora.
Ciertamente me formé como atleta por necesidad y a medida en que crecía aparte de que de su práctica se derivó mi sustento diario al ganar muchas pruebas, lo importante fue que el atletismo en su rigurosidad me forró también de valores pues luego de ganar varias versiones de la San Silvestre que dignificaron mi vida, volví a las añosas tiendas de don Roberto, doña Carmen y doña Josefina y les pagué con intereses incluidos lo que les hurté pero solo a las dos primeras personas.
A doña Josefina otro día le colmé con flores su tumba.
Ana Isabel
—Uno... dos, uno... dos. Un paso más... otro, otro más... ¡No pares! Sigue, ya casi estamos.
Siento mi piel humeando en el frío de diciembre. Mis piernas palpitan por el esfuerzo y mis comisuras esbozan una sonrisa mientras las zapatillas marcan el ritmo contra la calzada del Paseo de San Antonio en un trote alegre compartido.
Las risas y vítores de la multitud avivan nuestros pasos. Mi mano sujeta con fuerza la cuerda al tensarse; mi marido acelera, lo alcanzo y mantengo el ritmo. Él guía; yo lo sigo. Por unos instantes, solo somos él y yo corriendo.
Una cinta acaricia mi piel antes de caer. Sin tiempo para reaccionar, sus brazos me levantan, girándome en el aire entre un estallido de felicitaciones. Tras posar mis pies en el suelo, aún aferrada a su mano, sonrío en la oscuridad. Salamanca nunca se había sentido tan viva.
Francisco Javier Palacián Cuesta
Último esfuerzo. No pares. No queda nada. Venga, corre. Sigue. Así, con ritmo. Muéstrales que se equivocan. Reserva energía. Respira, respira. Vales mucho. Puedes con ello. Solo un poco más. Un poco más. Más rápido.
El 30 de diciembre de 1984, 348 personas participan en la inauguración de la San Silvestre Salmantina. De entre ellos, 15 mujeres que se atreven a competir contra una mayoría masculina y contra una nueva sociedad que renuncia a la represión y la desigualdad.
En el público, un hombre. En el asfalto, una mujer. Él la mira. Ella agacha la cabeza. Su voz profunda se eleva por encima de todos. Le escucha. Levanta la vista. Asiente. Él sigue gritando instrucciones. Ella corre más rápido.
En la multitud, un padre orgulloso grita. En el asfalto, una hija que llega tercera entre esas 15, pero que se siente victoriosa porque, en 1984, todas lo fueron.
Alejandro Tejerina Gutiérrez
Hoy no salgo a correr con los demás bajo la lluvia. Prefieren que me quede custodiando el fuego. Mis lamentos podrían ahuyentar a los animales y esta semana los víveres están bajo mínimos. Hay quien sospecha que estoy fingiendo; sin embargo, el dolor de mi boca me provoca unas ganas incontenibles de clamar al hoyo de nuestros muertos. Anoche, mientras pulía el bifaz, Sarima se sentó a mi espalda tras muchas lunas y me preguntó: "Miguelón, ¿necesitas un abrazo?". El orgullo me impidió responder en un principio, pero cuando al fin sentí que mi pecho iba a estallar me giré y Sarima ya no estaba. Esta mañana he advertido gestos de burla entre mis antiguos compañeros de caza. Creen que voy a cumplir sumiso sus indicaciones. ¡Qué me importa a mí el dichoso fuego! Hoy más que nunca quiero salir a correr solo bajo la lluvia.
Álex Holgado Fernández
Cirilo había tenido una inspiración para la San Silvestre. Sus amigos se entusiasmaron y la idea se fue haciendo consigna en los círculos atléticos. Al poco, era ya un clamor y la ciudad latía emocionada con la divisa: “Todos somos ganadores”. Con el bocinazo de salida, los participantes lo sostuvieron en volandas y un Cirilo arrebatado, megáfono en mano, les invitó a disfrutar del recorrido, cada cual a su ritmo, a esperarse al final para anudar uno con otro los dorsales y cruzar a la vez la línea de meta. “¡Habrá medallas de oro para todos!”, rugió. Siete mil gargantas lo vitorearon. Nunca se había visto tamaña fiesta atlética. Corredores y público reían y se abrazaban. Salamanca resplandecía. El mundo iba a ser por fin un lugar mejor. Y todo gracias a Cirilo, el cual, sin embargo, tropezó en el último paso y tuvo que conformarse con la plata.
Miguel Salvador Muñoz
No corro por superación personal, ni por autoestima, ni siquiera para abrazar el ego del triunfo. En cierto modo, es un impulso evolutivo; pero, lejos de ser un legado ancestral del instinto de caza y supervivencia, es el amor y la pasión lo que alimenta mi fuerza motriz.
Me enfundo el maillot, como si fuera la coraza de un guerrero listo para la batalla, y salgo tras él. Solo por un fugaz espacio de tiempo puedo deleitarme con la visión de su cuerpo, pues pronto se aleja, dejando a mis ojos en soledad. Tal vez por mi sobrepeso, el agua de mi piel se precipita al vacío; mis piernas exigen quietud y mis pulmones suplican oxígeno al compás de mi corazón. Pronto me detengo, derrotado. Nada puedo hacer salvo graduar mis gafas de lejos.
Cada año entreno para poder seguirlo, aunque sea solo un metro más.
Gabriel Humberto Rehbani
A sus setenta años, Héctor llegó desde Argentina a Salamanca con la única promesa de pisar las calles que su padre tanto le evocaba en la infancia. Correr la San Silvestre Salmantina no era para él una competencia contra el reloj, sino el abrazo postergado a sus raíces.
A mitad del trayecto, bajo el aire helado de diciembre, vio a un muchacho detenerse a un lado de la calzada, vencido por el calambre y la frustración. Héctor redujo el paso, le ofreció el hombro y marcharon juntos a un ritmo sereno pero firme.
Al cruzar la meta entre los aplausos del público, el anciano comprendió que el verdadero viaje no concluía al llegar al lugar de los antepasados, sino al sembrar en un extraño la certeza de que nadie corre solo cuando la empatía marca el paso.
JORGE ALONSO LUNA
Título: La huella dorada
La niebla bajaba del Tormes mordiendo los tobillos, pero en la salida nadie retrocedía. Bastó el disparo para que cinco mil pechos rompieran el vaho de golpe, convirtiendo la rúa en un combustible unánime. No corríamos contra el cronómetro; avanzábamos empujados por el rumor sordo de las suelas sobre los adoquines y el eco de los aplausos que rebotaban en las cornisas.
Al enfilar la Plaza Mayor, el frío dejó de existir. La piedra dorada de las arcadas devolvía el calor de los corredores como si la propia Salamanca respirase con nosotros. Un veterano a mi derecha me rozó el hombro sin mirarme, ajustando su zancada a la mía para abrirme paso entre el gentío. En ese instante comprendí que cruzar la meta no era llegar antes a ninguna parte, sino haber sostenido, durante unos kilómetros de invierno, el pulso entero de una ciudad.
Silvina Potenza
Corro, sudo, pienso. Bordeo la Catedral. Sigo… A ritmo, controlo mi respiración y mis pasos. Pero no puedo con mis emociones. Por primera vez piso tierras castellanas, hago lo que me gusta y mientras estoy sumergido en esta marea humana, su imagen viene una y otra vez a mi memoria. ¿Cómo lo logró? ¿Cómo pudo, apenas un jovenzuelo, ir a pie hasta Vigo para tomar un barco que lo llevaría al otro lado del océano? Hosco, poco comunicativo, trabajador incansable… Manifestaba un amor que no sabía de caricias ni de palabras dulces. Su vida de sacrificio y desarraigo marcó a toda la familia. Como sus pasos, de pies descalzos, que hoy marcan los míos. Sigo su huella, la que nació en esta tierra y se reprodujo en otra. Corro, sudo, veo la Plaza Mayor y recuerdo sus palabras “ve, muchacho, que el mundo es de quienes se atreven a desafiarlo”
Rocío Hebe Carrillo
Lucía corregía sus sueños con desayunos formales, desechaba imágenes de féminas erizando sus pezones y olvidaba en el café orgasmos arrancados por cortesanas en celo. Defendía su cuerpo de deseos impuros y éste se defendía de ella azotando su inconsciente, acogiendo sus carnes en reposo, enardeciendo su cuerpo con lenguas de diosas que se ofrecían generosas a ella… Ella que sólo gustaba de hombres en el día y mujeres en la noche.
Lucía Alcázar Lara
Todo comienza con un murmullo entre la multitud. La San Silvestre Salmantina reclama su lugar: las calles vibran, las plazas despiertan. Las zapatillas golpean el asfalto, los dorsales ondean como hojas al viento.
Sopla el frío de diciembre y la ciudad entera se pone en movimiento. Corro entre miles de pasos que laten al mismo ritmo. Las avenidas se llenan de energía; las fachadas históricas contemplan el río humano que avanza entre risas, disfraces y esfuerzo.
Me elevo en el entusiasmo colectivo, floto entre aplausos y ánimos que brotan de cada esquina. El aire huele a superación y a fiesta. Las voces resuenan entre las piedras centenarias, mientras el sol se despide sobre los tejados dorados. Cuando cruzo la meta, soy parte de este hechizo efímero y eterno. Ya no hay prisa. Ya no hay rutina. Sólo alegría. Sólo pasos que siguen latiendo en la memoria colectiva.
Francisco Javier Palacián Cuesta
Último esfuerzo. No pares. No queda nada. Venga, corre. Sigue. Así, con ritmo. Muéstrales que se equivocan. Reserva energía. Respira, respira. Vales mucho. Puedes con ello. Solo un poco más. Un poco más. Más rápido.
El 30 de diciembre de 1984, 348 personas participan en la inauguración de la San Silvestre Salmantina. De entre ellos, 15 mujeres que se atreven a competir contra una mayoría masculina y contra una nueva sociedad que renuncia a la represión y la desigualdad.
En el público, un hombre. En el asfalto, una mujer. Él la mira. Ella agacha la cabeza. Su voz profunda se eleva por encima de todos. Le escucha. Levanta la vista. Asiente. Él sigue gritando instrucciones. Ella corre más rápido.
En la multitud, un padre orgulloso grita. En el asfalto, una hija que llega tercera entre esas 15, pero que se siente victoriosa porque, en 1984, todas lo fueron.
VICTOR MANUEL VALDESUEIRO BERNABE
Llegué al ecuador de la carrera en plena forma y decidí alcanzar al chaval que me precedía. Pero cuanto más aceleraba yo, más lo hacía él, manteniendo intacta la distancia, como quien persigue un imposible.
Devoramos kilómetros, unas veces sobre la otoñal alfombra de los chopos; otras, viendo verdear los huertos de la ribera o soportando un sol labrado en piedra de Villamayor.
Cuando finalmente lo alcancé, su rostro me sorprendió: ¡aquel joven era yo al inicio de la carrera!
Tan concentrado estuve en darle caza que no advertí que a mí también me perseguían. Lo descubrí al pasar frente a un escaparate de la Rúa, reflejado en mis propias facciones. Las gafas de sol habían mudado en correctoras y la piel se descolgaba, como si la tierra reclamara lo que sabía suyo.
Crucé la meta arrastrando los pies, ayudado por un bastón, pero sonriendo para la última foto finish.