27 DE DICIEMBRE DE 2026

Microrrelatos publicados

Microrrelatos presentados al XIII Concurso "San Silvestre Salmantina"

Las obras presentadas al XIII Concurso "San Silvestre Salamantina" no se publican automáticamente, se mostrarán en la web tras una revisión previa de contenido

En la biblioteca de la Pontificia supe que Yumi corría. Venía de Kioto, hablaba bastante bien castellano y quería saber qué era eso de acabar el año “sudando en piedra dorada”. La apunté a la San Silvestre. Le expliqué el puente, la Moneo, la Plaza Mayor que grita tu nombre sin saberlo. También le dije, como Fermín Cacho, que primero manda la cabeza; y como Abel Antón, que se gana llegando. Salimos juntos. Al pasar junto a la Catedral juntó las palmas en el aire, como pidiendo algo. En el Paseo de San Antonio me ofreció la mano para entrar. Dejé de pensar en los tiempos, en las series, en la marca. La tomé y cruzamos. Luego ella dibujó tres kanjis sobre mi dorsal, mientras yo le escribí: “Ya soy de Salamanca”.

Cada espalda guarda una historia; cada dorsal encierra un microrrelato:

#157, por papá.
#305, por esa promesa que nunca caducó.
#514, por mi Dios, que corría antes que yo.
#581, porque no tengo Dios, pero sí asfalto.
#220, por esa sensación de victoria que no se mide en segundos.
#845, por los días en la cuarta planta.
#192, por los que no están y empujan desde el aire.
#193, por los que vendrán y aún no saben correr.
#367, por ese reto que me susurra: «hazlo».
#838, por los triglicéridos domesticados.
#462, porque me da la gana y porque el año se acaba.
#253, porque sí, sin motivo y con todos.

Y entre todos ellos, uno sin número: #SAL, por SALir, por SALamanca, por los que corren y los que esperan, por contar corriendo los relatos de quienes viven corriendo, por ese instante compartido, por la meta que nos une.

Cuando la liebre se dio cuenta de todo, le quedaba poco tiempo. La tortuga estaba alcanzando la meta. Entonces se teletransportó y pasó al frente. Nadie percibió la trampa. Avanzó velozmente y amplió su ventaja. Sacó seis. Cayó en la 83: retrocede a la 35. Con su ritmo cansino, la tortuga volvía a estar por delante. La liebre aceleró y la alcanzó A la 91 llegaron juntas. Era hasta la 98. En la 94 perdió un turno. La tortuga estaba a la 96, pero sacó tres y rebotó. Empatadas en la 97. Ambas rebotaron dos veces. En eso apareció una muchacha, tan cansada como segura. En el instante de cruzar la línea final, emocionada, le dio un beso a una pulsera que llevaba, donde decía el nombre de un ser querido. Después frenó, brazos en jarra y respiró como pudo.

No se conocían. Él corría por prescripción médica, tratando de recuperar los pulmones que el miedo le había arrebatado. Ella, por promesa, en memoria de su hermano, que nunca logró acabar aquella San Silvestre Salmantina. Se cruzaron en la cuesta que baja a la Plaza Mayor, cuando las fuerzas empezaban a rendirse. Sin palabras, sincronizaron el paso: respiraciones cortas, miradas breves, un entendimiento tácito. En cada zancada compartían algo invisible: el peso del pasado, la fe en llegar, la obstinación de continuar. Al cruzar la meta ella alzó el brazo y él sonrió, exhausto. Nadie los esperaba; sin embargo, ambos sintieron que alguien, en algún lugar, les aplaudía. Se abrazaron sin decir palabra, con la certeza de haber corrido más que una prueba: habían vencido al tiempo, al dolor y a la soledad. Después se perdieron entre la multitud, sabiendo que algunas metas solo cobran sentido cuando se cruzan juntos.

No iba a correr. Iba a estar en la mesa de dorsales, como cada diciembre, viendo pasar el frío y las sonrisas. Pero faltó una chica y el del club me puso el 777: “tú conoces el recorrido, anímate”. Me até las zapatillas temblando más por dentro que por fuera. Al dar la salida, la marea me tragó. Pensé en mis pacientes mayores, los que repiten “yo ya no estoy para eso”. Apreté. Últimos metros, campanas, gritos. Crucé la meta con los brazos arriba. Una niña me dijo: “¿tú también ganaste?”. Le dije que sí, gana quien llega. Y comprendí por qué cada año volvemos: no es la carrera, es despedirnos corriendo del año que no volverá. Juntas, la ciudad y yo, prometimos seguir llegando mientras quedara diciembre y alegría.

La carrera acababa de comenzar y mis pensamientos con ella. Empecé, como todos los años, a despedir lo malo y a dar la bienvenida a lo bueno del año. Estaba llorando en medio de la carrera porque me di cuenta que este año lo había pasado muy mal, pero todo eso daba igual.
Comenzaría un nuevo año cargado de enormes oportunidades. Estaba tan concentrada en la carrera, que no me percaté de mi posición, ni del kilómetro en el que estaba. Al darme cuenta, me vi en segunda posición y a menos de 100 metros de la meta.
Recordé unas palabras que siempre me decía mi difunta abuela y así, en el último minuto, fui la primera en llegar a la meta y pude conseguir el primer premio en memoria de mi abuela.

Año 2011, empieza la carrera”San silvestre Salmantina”. Este año es uno de los mejores se prevé que el número de participantes supere al de otras ediciones. Se están preparando los corredores,3, 2, 1, y empieza la carrera, han empezado con un ritmo suave en los primeros kilómetros, no se esperan adelantamientos.

Mitad de la carrera 1/6 de los participantes abandonan por temas de cansancio. Sin adelantamientos

Última fase de la carrera, va a cruzar la línea de meta el corredor pero se tropieza con un bache provocándose un esguince, el corredor no tiene posibilidades de ganar. Espera, acaba de saltar alguien del público al recinto de la carrera, parece que le está ayudando a cruzar, el corredor acaba de ganar la carrera.

Han pasado unos días desde la carrera, el ayuntamiento le va entregar por su gran acto, la medalla a la solidaridad a la persona que ayudó al corredor.

Un tímido sol de diciembre acaricia el asfalto mojado del Paseo San Antonio. Las zapatillas se alinean ansiosas. No han sido convocados; se han inscrito voluntariamente, aunque la presión de los diez kilómetros hace dudar hasta a los más valientes.
Detrás del “cajón de élite”, se colocan los aficionados. Un médico de mediana edad, que ha logrado reponerse de un ictus, se ajusta el dorsal con manos temblorosas. A su lado, un joven aspirante a guardia civil, con equipación recién estrenada, calienta motores. Detrás, unos jóvenes disfrazados de personajes de Disney ríen frente a la pantalla del móvil, adoptando posturas artificiales. Una muchedumbre variopinta de corredores espera la señal.
Cuando suena el pistoletazo de salida, la marea humana se lanza a correr, mientras otros bailan, alguno tropieza, ríen. Entre aplausos y gritos, cada paso es una pequeña victoria. No todos buscan llegar primeros. Para muchos, llegar ya es ganar.

Uno, dos, tres; empieza la carrera y me pillé a contrapié, con cuatro pensamientos cruzando más rápido que mis piernas.
Choco los cinco a un niño y la carrera se convierte en pacto.
Seis respiraciones profundas me devuelven al presente.
Siete veces me repito que no mire el reloj, que corra con el corazón.
En el ocho ya no hay frío, solo un pulso compartido, una corriente invisible que empuja a todos hacia adelante.
Nueve miradas se cruzan, cómplices, sabiendo que esto no va de ganar, sino de llegar.
Y así, sin darnos cuenta, hemos llegado al diez: la meta brilla entre las torres y las luces de Salamanca, como si la ciudad misma celebrara nuestros pasos.
Porque aquí, donde cada piedra respira historia, entendemos que correr no es escapar, sino volver: volver al origen, al latido, a la alegría de empezar otra vez.

Año 2011, empieza la carrera”San silvestre Salmantina”. Este año es uno de los mejores se prevé que el número de participantes sea superior al de otras ediciones. Ya se están preparando los corredores,3, 2, 1, y empieza la carrera han empezado con un ritmo suave en los primeros kilómetros, no se esperan adelantamientos.

Mitad de la carrera 1/6 de los participantes han abandonado por temas de cansancio. No hay adelantamientos.

Última fase de la carrera va a cruzar al línea de meta el corredor y se tropieza con un bache haciéndose un esguince, no tiene posibilidades de ganar. Un segundo acaba de saltar una persona a ayudarle y otra y otra le están ayudando a cruzar haciendo que gane la carrera.

Días después se les otorga la medalla a la solidaridad a los que ayudaron al corredor a finalizar la carrera.

Diviso al objetivo a la altura del Puente Romano. La niebla me impide verle con claridad; no hay espacio para acercarse entre tanto corredor. El frío y el cansancio empiezan a hacer mella en mis piernas, pero el peso de la placa en mis pantalones me recuerda mi misión.

Al fin consigo aproximarme, fingiendo cansancio compartido.
—Ánimo, ya casi llegamos —digo entre jadeos.

El hombre gira su rostro brevemente; sus ojos, negros, se clavan en los míos.
—No se esfuerce tanto, agente —susurra sin aliento, esbozando una media sonrisa casi enigmática.

En ese parpadeo aflojo el ritmo, y el objetivo se esfuma entre la niebla.

Como llevo haciendo tantos años, me ato las zapatillas antes de que den el pistoletazo de salida. Todos los corredores comienzan a danzar a mi alrededor; unos más rápido y otros más despacio, cada uno a su ritmo. Se palpa en el ambiente las ganas de divertirse, de entregarse, de batir el tiempo de años anteriores. Miro a mi alrededor y veo madres, abuelos, amigos y compañeros. Veo competitividad, pero también disciplina y pasión. Junto a mi mujer, muevo mi cuerpo lentamente hasta la meta sorteando a los que caminan por la acera en dirección contraria. Cuando llego, una sensación de satisfacción recorre mi alma. Apoyada en mi bastón, espero a que mi hijo sobrepase corriendo, al igual que yo durante tantas sansilvestres, la línea de meta. Aunque me haya hecho vieja y ya no pueda correr, hay tradiciones que se pasan de generación en generación. Esa es la magia.

Viajé en silencio, envuelto en sombras, con incertidumbre, sin saber de mi vida ni de mi destino. El trayecto fue largo, monótono, apenas interrumpido por el crujir de cajas y murmullos lejanos. Me sentía olvidado. Sin respuestas. Apenas intuía que mi existencia tenía un sentido. Solo un número dormía en mi piel, aguardando un despertar que parecía no llegar.

Hasta que un golpe seco rasgó mi encierro. La luz irrumpió, cálida, cegadora. Voces. Risas. Aire. Pasos acelerados. Sentí que algo importante estaba por suceder.
—Seiscientos setenta y siete… seis — grita alguien. Me estremecí. ¿Era yo? Sí. Me arrancan del montón, me entregan.

Una mano me toma con cuidado. Me abraza, siento el latir de su pecho y su sentir se volvió también el mío.

Entonces lo comprendí, correría la Sansil. Era el 6776: dorsal y destino.

Siempre llegaban, por correo interplanetario, distintos certámenes y competencias del planeta Tierra que aceptábamos gustosos como una cordial invitación. No solíamos viajar hasta que un evento nos convocó masivamente y, con deportivo entusiasmo, nos presentamos.

Llegamos hasta Salamanca, donde se corría la San Silvestre Salmantina. Allí estaban los pleyadianos que buscaban dónde estacionar la nave espacial; los sirios con sus maletas y los insectoides zoomorfos que buscaban zapatillas nuevas.

Los anunnakis y draconianos se demoraron en inscribirse; al final, los dejaron usar sus alas, en la categoría X, por aire. Les pidieron que las dorsales estuvieran siempre visibles.

Tuvimos que anotarnos, para no causar tanto espanto, en la competencia de disfraces y, aun así, no ganamos. La decepción fue cósmica.

Después, nos enteramos de que los casiopeos se habían teletransportado a la meta y nos descalificaron. ¡Siempre haciéndonos pasar vergüenza!

Al menos los humanos parecían contentos de correr entre nosotros.

-¿Preparados? – gritó el juez de salida.
-Puede que sí, puede que no – respondió una voz aguda en medio de la muchedumbre – ¿Cómo saber si estamos preparados cuando cada paso aumenta el número de futuros posibles, cuando cada zancada puede ser una zancada más hacia el abismo? ¿Acaso hay alguien capaz de prepararse para el abismo? Admito que la ruta de la competición está clara, sí, pero el destino, amigos míos, es siempre incierto.
Un murmullo sobrecogido se extendió entre los corredores con la voracidad del fuego en la montaña.
-¿Listos? – farfulló el juez antes de apretar el gatillo.
El disparo que había de lanzarnos hacia la gloria sonó débil, lastimero, como el eco lejano de un animal que agoniza. La San Silvestre salmantina había comenzado y, sin embargo, todos cuantos participábamos en la carrera permanecimos quietos, con la mirada fija un horizonte de pronto amenazante.

Y aquí seguimos.

Como cada diciembre, aprovecho que la atención de todos en la ciudad está puesta en la San Silvestre y abandono el lugar donde paso el resto del año. Lo hago solo, como siempre, y tras dejar a buen recaudo mi preciada posesión echo a correr hacia el Paseo de San Antonio.
El que muchos vayan disfrazados hace que pase desapercibido. Y con una sonrisa aún mayor que la habitual llego pronto a la salida, donde comienzo a hacer de las mías. A unos les desato las trencillas, a otros, ya en carrera, les hago tropezar, e incluso asusto sacando la lengua a algún niño del público. Luego, cuando pasamos frente a la fachada de la Universidad, me escabullo entre las callejas y voy a la catedral. Allí me acerco al tipo serio de la escafandra, que me devuelve mi helado, y así, de nuevo, me convierto en diablo de piedra.

En la oficina escuché que sales a correr habitualmente y que participarías en la Sansil. Entonces se me ocurrió una idea. Yo también me inscribí, y simularía un encontronazo.
En la salida te estuve buscando como un loco. “No entiendo que tanta gente quiera agotarse trotando diez kilómetros”, pensé. Por fin te distinguí en el paseo de Canalejas, pero en la plaza de España te perdí de vista. Resoplaba ya sin resuello, así que me senté en un banco en la Alamedilla. Decidí esperar a que la serpiente multicolor de corredores llegara a Comuneros, casi acabado el recorrido, para intentar localizarte de nuevo entre ellos. Venían sudorosos y cansados, y con una sonrisa de oreja a oreja que no alcanzaba a comprender. Oí algunas palabras muchas veces: compañeros, disciplina, satisfacción, esfuerzo, superación…
Ayer me picó el gusanillo. En enero empiezo a entrenar y, en cuanto pueda, confío en correr contigo.

DISCREPANCIAS
—Pero vamos a ver ¿Por qué ella sí puede participar en la carrera y yo no? Somos iguales.
—No estáis en igualdad. Es verdad que ella es rauda y veloz, corre como el viento por prados y bosques, pero siempre lo hace descalza o con sandalias. Esta carrera es urbana y con zapatillas deportivas que la lastran y ralentizan. Tú, en cambio, te pongas lo que te pongas siempre tienes alas en los pies y corres con ventaja sobre los demás participantes. ¡Te prohíbo inscribirte!
—¡Pues vaya!
Y Mercurio, el mensajero de los dioses, se marcha malhumorado, cabizbajo y envidioso de Diana, la diosa cazadora, a quien Júpiter sí permite participar en la San Silvestre Salmantina.