Microrrelatos publicados
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Microrrelatos presentados al XIII Concurso "San Silvestre Salmantina"
Las obras presentadas al XIII Concurso "San Silvestre Salamantina" no se publican automáticamente, se mostrarán en la web tras una revisión previa de contenido
Alguien no volverá
Gorka Puertas Martín
Cada 31 de diciembre, miles de corredores nos disfrazamos y participamos en las San Silvestres, ignorando el peligro que nos acecha. En 2023 fue en la Vallecana, en 2024 en la de Oporto. y este año podría ser en la de São Paulo, en la de Vitoria o en la Salmantina. En todas, un extraño corredor vestido de Papa cruza la meta y desaparece… junto a otro participante.
Manuscritos del siglo IV narran cómo el Papa Silvestre se desvaneció en Nochevieja junto con uno de sus fieles, en circunstancias no terrenales. En siglos posteriores, conseguimos ocultar las desapariciones bajo el nombre de milagros.
Cada año, el pacto con los extraterrestres se renueva en tierras en las que antaño se obrara un suceso. El último firmado por estos lares fue en Encina de San Silvestre.
Yo correré con sotana y mitra. ¿Y tú… cómo irás?
La épica empieza así
Javi Bizarro Benítez
Me llamo Honorato, soy un foxterrier con vocación de atleta popular. De cachorro vi la San Silvestre en la tele y desde entonces me preparé persiguiendo palomas y jubilados con churros.
Un día por fin me colé en un tren a Salamanca, camuflado entre una peña con bombos y embutidos de Guijuelo. Nadie me vio, pero desapareció un chorizo. Casualidad.
En la salida un Pikachu gigante me pisó la cola, a veces la épica empieza así. Subí por Mirat con los darthvaders y a la altura de la Catedral, me quedé solo y triunfante.
Llegué primero: victoria incontestable que acabó en tongo. Nadie me dio trofeo, así que lo tomé a golpe de dentadura. Los jueces me persiguieron hasta que me perdí entre los turistas que zampaban tapas en Van Dick.
Balance: un chorizo –lo confieso, fui yo–, una copa roída y un amplio reportaje en La 8 Salamanca.
La carrera interminable
Nerea Díaz Adán
Hoy voy a la carrera interminable. Al llegar había mucha gente, me preparé y me puse en la línea de salida, junto a mi hermana Paula Sevillano. Exacto soy Fabiana Sevillano. Empezamos a correr y sin darme cuenta había pasado ya una hora, a lo lejos mi hermana y yo vimos humo gris, nos extrañó mucho pero seguimos corriendo. Llevábamos ya una hora dentro del humo sin rumbo en línea recta. Mi hermana vio un punto de luz a lo lejos. Al llegar vimos la línea de meta, pero lo extraño era que no había nadie, solo una persona que dijo “lleváis dos meses desaparecidas”.
Respirar la llegada
José Manuel Gómez Hernández
Respirar la llegada
Siempre digo que no sé correr, que voy “a mi ritmo”, como si eso fuera una excusa aceptable. Pero en cuanto suena la salida de la San Silvestre, algo en mí se enciende. No es épico ni heroico. Es más sencillo: una cuerda que tira desde dentro.
El frío corta un poco la piel, y la verdad es que me gusta. Me recuerda a mi padre, cuando salíamos a trotar al barrio casi de noche, y él me decía, medio riendo, que el secreto era no pensar demasiado. “Los pies saben”, aseguraba.
Y es que corro por él, aunque no lo diga. Por esos días que ahora parece que duelen más en los recuerdos que en las piernas.
A mi alrededor, desconocidos respiran como si fueran familia.
La meta aparece.
No levanto los brazos ni grito.
Solo llego.
Y ahí, de alguna manera, vuelvo.
Don Aurelio y la silla de ruedas
Juan Becerra Gómez
El gentío rugía en la Plaza Mayor. Yo ajusté mi gorra con el escudo del Real Madrid —mi casco de gladiador— y miré al frente: el enemigo era numeroso, pero ninguno llevaba ruedas. Don Aurelio, sudaba antes de empezar; no entendía su miedo, yo era el que competía. Al sonar el disparo, las piernas de Aurelio giraban como hélices y yo sentía el viento cortarme la cara, los vítores empujándome más rápido.
Algunos nos adelantaban y yo los bendecía desde mi trono con ruedas. A mitad del puente me dio por gritar: “¡Vamos, que ganamos!”. Aurelio gruñó algo, pero siguió.
Cuando cruzamos la meta, levanté los brazos. Me declaré vencedor universal. Aurelio lloraba. Entonces le di mi medalla imaginaria. La verdadera victoria era suya.
La final carrera de mi existencia
Jesús Domingo Escobar Cacallica
Siempre tuve el sueño de correr en España, la madre patria, pues yo, el moqueguano Jesús, desciendo de españoles, además de aymaras. Sin embargo, sufro de distrofia muscular, poseo un cuerpo adulto y la enfermedad avanza; entonces, antes que sea tarde, subí vídeos donde contaba mi historia por Odysee; acción subsecuente, recibí donaciones de hispanos.
Viajé con mi amigo Cristhian. Cuantiosos creyeron que no arribaría a la meta de la maratón San Silvestre Salmantina y trataron de desanimarme; finalmente, me dejaron competir pues me acompañaría mi hermanito Cristhian.
Corrí en la maratón concluyente de mi vida acompañado de él. Al principio, casi todos me dejaron atrás; luego de un km. le dije a mi compañero que avanzara para que llegue en mejor posición. Desde el cuarto kilómetro pasé a varios maratonistas. En el km. 7 descendí mi velocidad; por fin, tocaron mis pies la meta ante la sorpresa del público.
Inocente
Alberto Martínez Arribas
Diciembre, veintiocho. Salamanca.
No encentraba nada en mi cada vez más esquiva memoria para superar mi miedo.
Pero no temía el fracaso de no terminar la San Silvestre.
Temía la vergüenza por correr con la compañera que las tres décadas de intenso letargo, acomodando con dificultad y esfuerzo familia, hogar y trabajo, me habían dejado: Soledad.
Un reloj sonó “mediodía”. Suspiré. “¡Adelante!”, respondí.
Me calcé. “Salgo”, dije. “Vale” escuché al cerrar.
Casi dos horas y diez mil metros después, me pareció ver a lo lejos los ojos de los que hacía tanto me había enamorado. “¿Habrá venido a buscarme?
Un poco más cerca vi que el Destino, o la miopía, había bromeado conmigo “¡Inocente!, ella está con sus amigas, como siempre”, me pareció oír.
Terminada una carrera resolví comenzar otra. Me volví para decir a Soledad que ya no quería convivir con ella. No pude. Se había vestido de Esperanza.
FELICIDAD COMPARTIDA
Rosalía Guerrero Jordán
Malaika se coloca el dorsal que le han dado en el centro de menores donde vive desde que llegó a bordo de una cáscara de nuez. Todavía no sabe cómo se ha dejado convencer para participar en esa carrera.
«Tu solo tienes que correr», le había dicho una monitora.
Cuando dan la salida las piernas de Malaika se ponen en movimiento, acompasadas con el resto de su cuerpo flexible de gacela.
Malaika ha corrido descalza muchas veces. Siempre para escapar. Del hambre, de los hombres, de la guerra.
Pero esta vez es distinto. Esta vez nadie la persigue. Esta vez parece volar.
Malaika siente el aire frío en su rostro y la alegría de la gente que la rodea. Gente feliz que nunca ha tenido que correr para sobrevivir. Entonces, Malaika respira hondo, aminora la marcha, y se deja mecer por la multitud.
PREPOSICIONES A LA CARRERA
Rosa Mateos García
A veces hay que arriesgar.
ANTE el resto de corredores, si es necesario.
BAJO el cielo de Salamanca, hoy lo haré.
CABE la posibilidad de fracasar.
CON suerte, no será así.
CONTRA los pensamientos negativos lucharé.
DE ellos huiré.
DESDE hace tiempo supe que lo haría aquí, en la SanSil.
EN este mismo lugar, el año pasado te conocí.
ENTRE miles de atletas cruzamos nuestras miradas y todo empezó.
HACIA el mañana, contigo a mi lado, quiero avanzar.
HASTA el infinito y más allá.
PARA mí no hay futuro sin ti.
POR fin va a dar comienzo la carrera.
SEGÚN… según… ¡Segundos fuera!
SIN pausa, empiezo a correr.
SO pena de tropezar, extremo las precauciones.
SOBRE piedras y asfalto parezco levitar.
TRAS llegar el último a la meta, te doy un beso infinito y después…
Después me arrodillo y te hago una preposición de matrimonio.
LA FINAL CARRERA DE MI EXISTENCIA
Jesús Escobar Cacallica
Siempre tuve el sueño de correr en España, la madre patria, pues yo, el moqueguano Jesús, desciendo de españoles, además de aymaras. Sin embargo, sufro de distrofia muscular, poseo un cuerpo adulto y la enfermedad avanza; entonces, antes que sea tarde, subí vídeos donde contaba mi historia por Odysee; acción subsecuente, recibí donaciones de hispanos.
Viajé con mi amigo Cristhian. Cuantiosos creyeron que no arribaría a la meta de la maratón San Silvestre Salmantina y trataron de desanimarme; finalmente, me dejaron competir pues me acompañaría mi hermanito Cristhian.
Corrí en la maratón concluyente de mi vida acompañado de él. Al principio, casi todos me dejaron atrás; luego de un km. le dije a mi compañero que avanzara para que llegue en mejor posición. Desde el cuarto kilómetro pasé a varios maratonistas. En el km. 7 descendí mi velocidad; por fin, tocaron mis pies la meta ante la sorpresa del público.
SIN MIRAR ATRÁS
Gracia Aguilar Bañón
Sudaba y resoplaba, pero la sensación de felicidad superaba la del cansancio.
Sabía que no faltaba mucho y que tenía que hacer un último esfuerzo.
—Vamos, sigue así…
Oyó que le gritaba alguien.
Podía conseguirlo. Mantendría el ritmo y no se dejaría llevar por el entumecimiento de sus manos, al igual que en los meses de atrás no se había dejado embaucar por el desaliento de los primeros entrenamientos. Por el contrario, se centró en cada metro recorrido. Y en la mirada llena de emoción de sus padres. En el empuje y la admiración de sus amigos. En los aplausos y las voces de ánimo de aquella gente que no conocía. En sus ganas por seguir recorriendo el camino.
Cuando cruzó la línea de meta de su primera San Silvestre, frenó la silla de ruedas, levantó los brazos y se echó a reír.
Sentimientos de victoria
Luis Candela Gil
Entra al corral de salida. Una bruma de nervios, miradas cómplices y ese fuerte olor a menta sobre los músculos sobrevuela el ambiente. Alinea el reloj con el satélite como si se tratara de una guía entre la maraña de piernas y emociones encontradas. Allá donde mira, una foto de última hora, un beso a través de la valla. Alguien pone en marcha la lista de reproducción, preparada para levantar el ánimo en los últimos giros. Todo restalla. Acelera. Los más jóvenes se lanzan con la excitación propia de la edad. Unos cuantos se verán sobrepasados por ese veterano que miraba al suelo hasta segundos antes de arrancar en una Salamanca que arde en vísperas de la última noche del año. Pequeñas victorias, una entre miles.
Masalanca 2025 -porque así la bautizó un niño-.
Juan Antonio Veiga Gontán
Arquea las cejas y continúa con los últimos estiramientos, mirando sin ver las cruces del Milagro, al acatar sus órdenes: Cruza la meta 3 segundos antes que la segunda corredora. También en el cajón de élite, con mirada al cielo, otro atleta recibe una peculiar misión: Ganar la prueba masculina por exactamente 12 segundos.
«Comienza la carrera»
Molinero amenazó con policía, tribunales, prensa… tras semanas de aplastamiento sistemático, él y Carbayo claudicaron a finales de octubre, eso o la nada.
«Están cruzando la Palma»
Meses de saber que esta infamia es tan solo probatura, engranaje de un dispositivo infinitamente mayor, es para ellos lo más humillante.
«Alcanzan ya el paseo del Rollo»
Como margaritas entre la hierba coros de niños vitorean al paso de los corredores, gritan ebrios del júbilo servido por sus padres: ¡Vamos charros!
CÓMO CONOCÍ A VUESTRA SANSIL
Elsa Diego Bellido
“Comuneros está cortada, por la Sansil, ya sabe” Pues no, no sé ni quién es “La Sansil”, ni por qué tiene a media Salamanca revolucionada. En serio, ¿Quién es tan importante como para conseguir que la ciudad universitaria por excelencia madrugue?… Suelto una carcajada que recibe varias miradas acusatorias de los de mi alrededor. Los entiendo, yo también me juzgaría si escuchara mis recuerdos, pero creo que su desaprobación no iba por ahí, sino que iba más bien dirigida al momento que he escogido para malgastar aliento, justo antes de llegar a la Avenida de Comuneros, algo que solo un inconsciente o un novato como yo haría. Pero lo que ellos no entienden es que la emoción que siento ahora mismo es superior al cansancio. Estoy a punto de llegar al lugar donde escuché hablar de Sansil por primera vez, y hoy, un año después, estamos teniendo nuestra primera cita.
EL DORSAL NÚMERO 323
SARAI AYALA SORIANO
El aire de diciembre le quema la garganta. Cada paso es una lucha. Salamanca contiene la respiración, inmóvil bajo el resplandor de las farolas.
No puede más. Las piernas le pesan como si corriera dentro de un sueño. A lo lejos, el arco de llegada parpadea entre la niebla, como una promesa.
Durante años planearon cruzar la meta juntos, pero siempre había trabajo y demasiadas responsabilidades. Cada año aplazaban su sueño para el año siguiente.
Aprieta el paso. Siente el latido en los oídos, el frío en los labios y el temblor en el pecho. Él ya no está, se marchó hace unos meses y ella lleva el dorsal con la fecha en que se despidieron. Por fin ha cumplido su promesa. Cierra los ojos y se imagina abrazándolo, porque su vida sigue y él siempre estará esperándola en la meta.
Volver a vivir
Abraham Tinoco Delgado
Jorge estaba muerto en vida. Pasaba sus días sumergido en una rutina estéril y absorbente, repleta de reuniones absurdas.
Se inscribió en la carrera por recomendación médica. El doctor le dijo que su cuerpo estaba en perfectas condiciones, pero que su mente estaba a punto de colapsar. Necesitaba despejarse.
Apenas comenzó a correr cuando aspiró la primera bocanada de aire fresco. Cerró los parpado y sintió el viento acariciando su rostro. A cada paso se sentía más rápido, más fuerte. Cada musculo se tensaba y entraba en calor. En ese momento ya no le preocupaba el pasado, ni le angustiaba el futuro, sólo le importaba el presente.
Casi sin darse cuenta llegó a la meta y sintió una corriente eléctrica que recorría todo su cuerpo. Nunca había estado tan contento. Había vencido a la muerte. Había vuelto a nacer.
Con el viento
Ana María Abad García
Era una tarde de viento. Un viento frío y ululante que jugaba con las hojas de los árboles, prendiendo en las ramas ecos de susurros olvidados. Un viento frío y potente que alzaba el polvo de las calles, cegando al transeúnte para que perdiera norte, razón y sombrero. Un viento frío y despiadado que batía las contraventanas, encrespaba las fuentes, azotaba día y noche las piedras de los campanarios de las iglesias.
Ese viento frío y caprichoso decidió un treinta y uno de diciembre desplegar su manto invisible y envolverme en él, prestarme sus alas para volar a través de Salamanca, hacer suya mi mayor ambición y conducirme el primero hasta la meta. Y, mientras alzaba el trofeo de la San Silvestre, escuché claramente, en medio de los aplausos de la multitud, el ufano rumor de ese viento frío que, una tarde de diciembre, corrió conmigo.
Correr para recordar
Álvaro Gozález Villoria
El último día del año amaneció envuelto en un frío de cristal. Como cada diciembre en Salamanca, el aire se volvió filo y los primeros rayos del sol se reflejaban sobre la característica piedra franca de nuestra ciudad, encendiéndola en un brillo teñido de oro y rosa. El aire helado parecía depurar su haz.
Clara ajustó su dorsal, como quien se ata un recuerdo, y cerró los ojos; no correría por llegar, sino por honrar lo vivido.
Un disparo quebró el aire y los valientes que se atrevían a desafiar el invierno salmantino se pusieron en marcha.
Las dos catedrales, testigos inmóviles, alentaban silenciosas a Clara, que veía en ellas representada la esencia de lo que su ciudad un día fue.
Cruzando el puente romano, el cansancio se convirtió en fe: correr era recordar que seguía viva.
Al vislumbrar la meta, Clara sonreía. Aquel año terminaba, pero otro nacía.