Microrrelatos publicados
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Microrrelatos presentados al XIII Concurso "San Silvestre Salmantina"
Las obras presentadas al XIII Concurso "San Silvestre Salamantina" no se publican automáticamente, se mostrarán en la web tras una revisión previa de contenido
Rebelión en Salamanca: ¡Los renos se escapan!
JUAN JOSE LARA LOZANO
¡Luces! ¡Música! ¡Aplausos! Salamanca brilla como un estallido de color, y él jadea como locomotora averiada, su respiración “bufa”. La barriga le baila y los gemelos gritan “¡basta!”.
Su primera San Silvestre… “¡Genial!”, se dijo al empezar.
—¿Quién me mandaría…? —susurra entre jadeos.
Los amigos le alientan: “¡Venga, arriba!”.
Se detuvo, manos en las rodillas. “No puedo…”, murmuró resoplando.
Entonces, girando el rostro, un escaparate navideño lo atrapa: gorro rojo torcido, casaca ajustada, pantalón estrecho, saco, luces brillando, una auténtica estampa de Papá Noel …agotado.
Un niño le señala: “¡Tú puedes, Papá Noel, No te rindas!”
Levantando el rostro, se coloca la barriga, inhala como dragón y dice:
“Papá Noel jamás se rinde… !ya verás alcanzaré a mis renos!”
Con un guiño y una inmensa sonrisa, ¡arranca!. Sus zancadas retumban en el casco antiguo. Salamanca ruge en aplausos, y allí mismo, al calor del cross silvestrino, nace una leyenda.
CORRE, CORRE, CORRE…
J.L.Baños
Soy uno más de los 7007 corredores de la San Silvestre Salamantina. Solo pretendo acabar la carrera; algo que este año veo difícil porque la noche fue movidita y no he pegado ojo. He llevado un ritmo demasiado lento durante toda la carrera, escuchando música por los auriculares para animarme. Cuando por fin crucé la línea de meta en el Paseo de San Vicente, después de los 10 Km recorridos, he visto un amplio despliegue policial unos metros más allá. Alguien comenta que se trata de un control en busca de un tipo, captado por las cámaras, que la noche pasada perpetró un atraco en una conocida joyería de la ciudad. Doy media vuelta y esquivo a los últimos corredores que están llegando a la línea de meta, mientras suena por los auriculares la particular voz de Rosendo: «Corre, corre, corre. Que te van a echar el guante…»
«EL VALOR DE SALAMANCA»
Mª ESTHER RUIZ ZUMEL
Es la tradición de la ciudad que encarna los valores se unen en un ambiente festivo y lúdico para despedir el año practicando deporte.
Esta carrera popular fomenta un espíritu de comunidad inigualable. El «chip solidario» es un pilar fundamental, que permite a los participantes contribuir a causas benéficas mientras disfrutan de la experiencia de correr por las calles de Salamanca. La implicación de voluntarios, patrocinadores y la colaboración ciudadana demuestran que, más allá de la competición, prevalece la solidaridad.
Las experiencias de los corredores son variadas, pero todas convergen en la magia de este evento: la emoción en la salida, el apoyo del público y la satisfacción de cruzar la meta, ya sea persiguiendo una marca personal o simplemente disfrutando del momento con amigos y familiares. Es una celebración del deporte para todos, un patrimonio de los salmantinos que potencia un estilo de vida saludable y valores humanos esenciales.
CORREMOS POR OBLIGACIÓN
Carlos Utrilla Paniagua
Si correr dicen que es de cobardes, nosotros lo somos y a mucha honra.
Corremos como quien huyó de Ucrania, como quien por fin pone tierra de por medio con su maltratador, como quien escapa de un ataque de Hamas o Boko Haram, como quien tiene a la muerte por hambre pisándole los talones, como quien perdió su casa y a varios seres queridos bajo bombardeo israelí, como quien cree en un Dios distinto al de sus fanáticos vecinos, como quien sufre su calvario en silencio o un conflicto que el mundo ignora, como quien no entra al juego de las mafias, como quien vive una guerra civil en su país (o en su familia), como quien es perseguido por los fantasmas de su pasado o los monstruos de su presente.
Corremos como ellos y por ellos, porque creemos que los verdaderos cobardes son quienes les obligan a correr.
SOBRE EL RÍO TORMES
Natividad Villar Martínez
Cientos de zapatillas rozan el asfalto, crean un sonido metálico, que junto con las acompasadas inspiraciones y expiraciones, conforman una melodía por las calles salmantinas, de la que es difícil escapar. La velocidad de tantos cuerpos en movimiento, me envuelve y me empuja a forjar el recorrido, las piedras pulidas de su casco histórico, hablan de generaciones de artistas e intelectuales. Percibo belleza y esfuerzo en cada kilómetro, queda poco para la meta, deseo dilatar la llegada, su fin de nuevo me devolverá con mi ciego compañero al puente romano, que fielmente aguarda a su lazarillo, lástima él no pueda acompañarme; allí esperaré un año más la fuerza de otra carrera que me permita recrearme en nuevas aventuras por esta ciudad, cuyo río me dio su nombre.
Carrera con memoria
David Fernández González
Partieron del Paseo de San Antonio con la niebla como compañera y la esperanza por equipaje.
Cada zancada era una historia que el frío grababa en los adoquines de Helmántica.
En la Avenida de Mirat latían los ecos de los años primigenios; en la Puerta de Zamora, el peso amable de las promesas que aún quedaban por cumplir.
La Plaza Mayor abrazaba con un aplauso antiguo, la ciudad recordaba.
Las campanas de la Catedral marcaban el pulso de su esfuerzo; el Puente Romano los alzó sobre el Tormes, como antaño a Aníbal y sus elefantes.
Junto a la Casa de las Conchas, la piedra susurraba su fortuna “seguid corriendo”.
Y al llegar a la Plaza del Alto Rollo, el sol sangraba el cielo.
Se detuvieron, cerraron los ojos y escucharon sus corazones.
Salamanca palpitó con ellos.
Porque hay carreras que no miden kilómetros, sino vivencias e historia.
LA META IMAGINARIA
JOSELIN CASTAÑEDA TRIANA
Jesús amarra las zapatillas prestadas —dos tallas grandes— y clava su dorsal 4.871 con los últimos alfileres del cajón de su madre. Cuarenta y cinco años, currículums sin respuesta, entrevistas donde detectan el olor a derrota.
El pistoletazo lo devuelve al mundo.
Corre entre miles que jadean igual, sangran igual. Aquí nadie pregunta dónde trabajas, quién eres. Solo importa el siguiente paso sobre las piedras salmantinas que no juzgan.
Kilómetro siete: las rodillas ruegan clemencia. Resiste. Una anciana lo adelanta. Un niño lo anima. Desconocidos que lo ven, que confirman su existencia.
Cruza la meta sin récord, sin medalla, sin futuro claro.
Pero llora.
Llora porque durante cincuenta y tres minutos ocupó un lugar legítimo en el universo. Porque resistir también es ganar. Porque en esta ciudad de piedra y sabiduría ancestral aprendió que la dignidad no se pierde en la línea del paro.
Se mide en kilómetros de obstinación.
COMO DECÍAMOS AYER
Margarita del Brezo
Este año la estatua de Fray Luis participa en la San Silvestre. Se rumorea que, harto de fotos, palomas e ignorancia, bajó del pedestal anoche, aprovechando la despiadada niebla que se instaló en la ciudad. Corre despacio, con los brazos cruzados a la espalda y cara de estar meditando. A su paso, los corredores se santiguan y le piden que les bendiga las piernas y el ánimo. Yo intento seguirle, pero me adelanta en la cuesta del Rectorado, donde deja una estela de versos en el aire de lo más inspiradores.
Al llegar a meta, el jurado lo descalifica por no llevar dorsal. Ante tamaño despropósito, el público silba y lanza abucheos y protestas de «fuera la Inquisición». Para evitar males mayores, Fray Luis vuelve a su pedestal con la cabeza gacha. Pero en cuanto la gente se aleja, empieza a estirar para la carrera del año que viene.
Moviendo emociones
Francisco Sacristán Romero
Se presentó una accidentada San Silvestre Salmantina con una ráfaga de viento que arrancó los dorsales a todos los atletas. Durante unos minutos los números quedaron flotando varios metros por encima de la tierra, como una bandada de aves que no se atreviera a emigrar, hasta que comenzaron a caer, poco a poco, sobre los espectadores, sobre el suelo, sobre mí. Un tembloroso cuarenta con bandera brasileña me abrazó y me fue imposible arrancármelo, de modo que no tuve más remedio que terminar la carrera. Entré en tercer lugar. Desde entonces vivo en Brasilia y entreno a diario. Ya me he acostumbrado a la caipiriña, pero sigo echando de menos Salamanca y pronto anunciaré mi retirada. Eso sí, lo haré con orgullo, en este tiempo he competido por todo el mundo y he logrado varias medallas. No creo que le pueda pedir mucho más a una humilde rana de piedra.
En la línea de salida
Jorge Luis Rodriguez
El gel en el bolsillo trasero del pantalón, las zapatillas bien anudadas, el smartwatch con la batería a tope, las gafas bien limpias, el dorsal de la San Silvestre Salmantina ajustado sobre el abdomen, ahí donde me resulta más cómodo llevarlo… Todo está en su sitio.
He cumplido con nota las series y las tiradas largas del programa de entrenamiento, he descansado la semana de la carrera… Sin embargo, ¿por qué me sube este gusanillo inquieto por el pecho? ¿por qué se aceleran las pulsaciones antes de empezar la carrera?
Sin más preguntas siento en mi interior una explosión incontrolable de vida, motivación y energía mientras, a mi alrededor, todos los runners completan sus protocolos y manías justo cuando empieza la cuenta atrás. Cronómetro en marcha, ¡ahora a fuego porque los espíritus de Bikila y Zatopek corren conmigo por las calles de Salamanca!
Decálogo de la San Silvestre Salmantina.
Sergio Capitán Herraiz
Km 1. Amarás la salida desde el Paseo de San Antonio sobre todas las dudas.
Km 2. No tomarás el nombre del cansancio en vano, aunque el frío de diciembre muerda.
Km 3. Santificarás cada respiración que te acerque al Puente Romano.
Km 4. Honrarás a quienes te animan desde las aceras doradas.
Km 5. No matarás tu impulso en las pendientes que llevan cerca de la Catedral.
Km 6. No cometerás trampas: el Tormes siempre está mirando.
Km 7. No robarás el paso ajeno ni el aliento del vecino.
Km 8. No mentirás al cronómetro: el pulso no engaña.
Km 9. No consentirás que el miedo te detenga en la Plaza Mayor iluminada.
Km 10. No codiciarás el podio: todos podrán descargarse su diploma al acabar.
Diez kilómetros, diez mandamientos. No escritos en piedra, sino en sudor. La fe la pones tú, y la San Silvestre Salmantina es testigo.
Primer paso
Esther Miranda Garrido
Como cada uno de enero, ahí estaba, pegada sobre la puerta del frigorífico la lista de propósitos para el año nuevo. Sabía que para junio el papel empezaría a estar sucio y arrugado y como cada año acabaría en la basura junto a todos sus propósitos.
Siempre celebraban el inicio del año en su casa y cuando todos se iban volvía a mirar la lista. Este año alguien había añadido: “Correr la San Silvestre Salmantina. Te recojo mañana a las diez”.
Y así con un proyecto ajeno, que parecía imposible de cumplir, comenzó el cambio. La meta, los 10 kilómetros, tenían una fecha: último domingo del año.
El principio fue difícil, correr unos metros era un tormento, pero para diciembre correr era libertad. La lista que aún seguía en la puerta del frigorífico le recordaba cada día que lo importante era dar el primer paso y continuar con el segundo.
Los últimos metros
Natanael Panzani
Sus músculos le anunciaban que le quedaban doscientos metros. Podía divisar incluso con que acciones los transitaría. Se vio doblando una curva, con sus brazos colgando, a punto de rendirse. Fue en ese momento, cuando reconoció, que a sus músculos le quedaban doscientos metros, pero a la carrera doscientos diez. Como si tuviese una porción de agua para lanzarse en la cara, sacudió sus manos hacia sus ojos, realmente creyéndose que los estaba refrescando, tomó las últimas gotas y se preparó. No podía ir para atrás el tiempo pero estaba decidido a llegar a ese punto soñado. Sus piernas pesaban y el sudor le molestaba. Como si todo se detuviera lentamente, logró superar a dos o tres corredores. Salamanca estallaba en griterío, entre burbujas pasó él. Habían llegado corredores antes pero celebró igual, aunque no había ganado, sintió que ese año pudo alcanzar su objetivo con esfuerzo y amor propio.
El Latido de la Ciudad
Javier Prieto Martínez
El frío cortaba, pero la calle estaba viva. Un mar de camisetas inocentes llenas de esperanza, monigotes y dorsales latía al unísono. Salamanca brillaba, más dorada que nunca. Yo, entre la multitud, buscaba el recuerdo de mi abuelo. Él ya no estaba en la línea de salida, con su viejo chándal y su sonrisa ancha, pero su espíritu empujaba cada zancada.
El asfalto resonaba al ritmo de miles de pisadas. No era una competición, sino un rito. Un pulso de humanidad en un mundo de pantallas. El sudor era el mismo, el esfuerzo idéntico, la camaradería que convierte a extraños en compañeros de viaje durante diez mil metros.
Al doblar la última curva, jadeante, lo sentí correr a mi lado. No era un adiós, era una promesa. Mientras la San Silvestre siga latiendo, él estará aquí, en cada respiro, en cada paso que une a un pueblo. Siempre.
En paños menores
Ximena Rodríguez
Corro hasta la multitud. Mi ropa interior pasa desapercibida entre tantos atletas. Suena un disparo. Horrorizado, miro hacia atrás. Veo de nuevo al hombre de corbata que me persigue. Los corredores comienzan a trotar. Acelero al máximo la marcha. Me camuflo entre los deportistas que quedan rezagados a mi paso. Solo el regordete con zapatos de cuero me pisa los talones. Me siento al borde del desmayo. Planeo escabullirme entre los espectadores. Pero, metros más adelante, noto que he perdido de vista hasta a mi perseguidor. La gente me anima eufórica desde la tribuna. Cuando finalmente rompo la cinta de meta de la San Silvestre Salmantina, soy recibido como un auténtico ganador. Han de pensar que mi dorsal se extravió durante el recorrido. La dicha dura solo un instante. Poco después de mí, arriba el esposo de mi amante. Jadeando, denuncia ante cámaras y micrófonos que nos ha encontrado infraganti.
Cuesta arriba
Manuel Alfredo Puebla
Prometió no volver a correr después de perderla.
Durante años creyó que el dolor podía evitarse del mismo modo en que se evita un camino.
Pero hay sendas que nos buscan.
Esa mediodía de diciembre, la ciudad era un laberinto de pasos, y él, una sombra más entre las sombras.
Subió la Cuesta de Comuneros sin mirar atrás, aunque atrás y adelante fueran ya lo mismo.
El aire helado traía rumores antiguos; acaso la risa de su hija, o la suya en otro tiempo.
Pensó que correr no era avanzar, sino volver.
Al llegar a la cima comprendió que todo regreso es imposible y, sin embargo, necesario.
Descendió sin prisa, riendo y llorando, reconciliado con la memoria.
Cuando cruzó la meta levantó los brazos, no por victoria, sino por la humilde certeza que hay amores que siguen corriendo en nosotros, aun después de la meta.
La especialidad del tío Carlos
Alfredo Mario Spaccesi Buchaillot
Cuando tenía diez años un camión atropelló a mi perro. Escuché cómo sus huesos se quebraban contra el asfalto, vi sus ojos hincharse por la presión. Expiró mientras sujetaba su hocico entre mis manos.
El camionero no paró.
Llevé mi tristeza con estoico silencio. Mi tío Carlos supo escucharlo. Llegó un día con su ropa de atletismo y me llevó a correr.
No corrimos mucho, pero fue un descubrimiento. Correr me libró de los pensamientos oscuros.
A los veintidós años, mi mejor amigo murió en un accidente de moto. Sentí una rabia sorda que no sabía dónde dirigir.
Mi tío Carlos se apareció con sus zapatillas y salimos a correr. Nuevamente escuchó mi silencio. Era su especialidad.
Ayer me llamó mi madre.
—Se trata del tío Carlos.
Esta vez correré por él.
En silencio.
Modo espectador
Luis María Borrego Curto
La San Silvestre Salmantina aquel año iba a ser especial: la primera carrera totalmente narrada por inteligencia artificial.
Los corredores llevaban chips que registraban emociones, ritmo y pensamientos, mientras un sistema los retransmitía en directo.
Miguel corría con entusiasmo. El público digital comentaba su esfuerzo, su zancada, e incluso su duda existencial cuando vio a un corredor disfrazado de jamón.
El algoritmo era brillante, poético.
– Miguel acelera. Salamanca brilla. El humano vence al dato.
Cuando cruzó la meta, exhausto, levantó las manos y gritó:
– ¡Lo logré!
Pero nadie lo aplaudió. Las cámaras flotaban, y el silencio se repetía en bucle.
Entonces escuchó una voz metálica: “simulación narrativa completada. Entrenamiento exitoso del modelo Miguel, versión 12. Datos emocionales mejorados”.
Desde el otro lado de la pantalla, el verdadero Miguel pulsó el botón de “generar otra historia”… y el mundo volvió a empezar desde la línea de salida.