27 DE DICIEMBRE DE 2026

Microrrelatos publicados

Microrrelatos presentados al XIII Concurso "San Silvestre Salmantina"

Las obras presentadas al XIII Concurso "San Silvestre Salamantina" no se publican automáticamente, se mostrarán en la web tras una revisión previa de contenido

Siempre igual. Primeros pasos y voy tranquilo, a mi aire. Pero enseguida presiento que me siguen. No, no miro atrás… pero lo sé, ahora ya incluso creo escucharlos. ¿O soy yo, que voy tarareando tunas que van marcando mis pasos? Eso sí, a un ritmo más bien rápido, para que no me pillen.
¿Son ellos, los tunos, los que me persiguen, lanzando sus cintas y capas al viento? No lo sé, porque no me atrevo a girarme, pero noto muchos ojos, panderetas, incluso guitarras, clavadas en mi espalda como puñales.
Aprieto el paso, pero da igual, Ellos hacen lo mismo. No es manía persecutoria, lo juro. Ni creo que su intención sea deleitarme con una serenata. Pero me siguen.
Adrenalina al principio, miedo después. Al final, puro terror… tengo que correr, correr, correr… hasta que llego a la meta.
Cada uno se motiva como puede. Y casi siempre gano.

La plaza Mayor ruge como un animal antiguo, hambriento de ruido y celebración. En medio del tumulto, Marta espera la salida en silencio, mientras la ciudad respira humo y pólvora. Cuando el disparo estalla, avanza: no con piernas, sino con voluntad. Las calles de Salamanca se curvan bajo la lluvia, y el público estira el cuello, mira, compara y olvida. Entre adoquines y linternas, el mundo parece inclinarse contra ella, pero sus brazos son molinos que giran contra el desamparo. La carrera es larga, y cada metro de la San Silvestre arranca astillas del pasado: el accidente, el hospital, el pensar que todo había acabado.
Pero aquello fue un nuevo comienzo. Cruza la meta con un temblor de hierro. Aplauden sin entender. Porque, al fin y al cabo, nadie mira a la mujer sobre la silla. Y nadie ve ahora que el suelo le devuelve su reflejo incompleto, pero exacto.

….y llego el día….era la san silvestre charra….le dieron la peor noticia por la mañana y no se encontraba con ganas de correrla, más bien de pasar el fin del año metida en la cama, pero no podía decepcionar a su mujer , a su hijo, a sus hermanos, a sus amigos , a toda la sociedad que lucha contra esta enfermedad y decide no quedarse en casa ….por todo eso se cambió la ropa , se puso el los pantalones térmicos y decidió correr la ultima carrera del año en Salamanca , la que precedió a su lucha y a la victoria contra su enfermedad…no ganó la san silvestre si la batalla contra el Cancer.

Tus pensamientos fluyen como el caudal del Tormes en este frígido invierno: descontrolados, desazonados y, a la vez, abrasadores. Se entrecruzan, sin puentes que los unan.

Mareas de individuos asisten a tu desesperación. Te observan bajo los fresnos del bulevar, emplazados junto al Rollo, los más inquisitivos frente a la Catedral.

Quizás puedas atrochar por alguna otra vereda.

Tu corazón es piedra franca, a cada zancada más áspero, más rígido. El Verraco te juzga desde el Mayor; lo percibes: ¿qué haces que no compartes la euforia de los demás?

Engarañada apuras tus últimos pasos. Un corazón que berrea, dispuesto a luchar para llegar a la meta una vez más.

Érase una vez, un niño y su padre, el niño hacía atletismo y lo quería dejar pero el padre de chico le encantaba el atletismo por ello apuntó a su hijo a que hiciera eso, el niño era bueno haciéndolo, el padre le dijo que fuera a la carrera de San Silvestre, era el sueño del chico pero no tenía la suficiente edad, él no quería pero el padre lo llevó a regañadientes, todo allí era muy raro vio a gente que no era real como si fueran fantasmas, derrepente se cayó, cuando miró hacia arriba había ganado el padre ¿Y el hijo? El hijo era uno de esos fantasmas que se había encontrado.

Viajé en silencio, envuelto en sombras, con incertidumbre, sin saber de mi vida ni de mi destino. El trayecto fue largo, monótono, apenas interrumpido por el crujir de cajas y murmullos lejanos. Me sentía olvidado. Sin respuestas. Apenas intuía que mi existencia tenía un sentido. Solo un número dormía en mi piel, aguardando un despertar que parecía no llegar.

Hasta que un golpe seco rasgó mi encierro. La luz irrumpió, cálida, cegadora. Voces. Risas. Aire. Pasos acelerados. Sentí que algo importante estaba por suceder.
—Seiscientos setenta y siete… seis — grita alguien. Me estremecí. ¿Era yo? Sí. Me arrancan del montón, me entregan.

Una mano me toma con cuidado. Me abraza, siento el latir de su pecho y su sentir se volvió también el mío.

Entonces lo comprendí, correría la Sansil. Era el 6776: dorsal y destino.

El frío mordía la piel y las luces de Salamanca temblaban sobre el asfalto. Marta apenas sentía las piernas; cada paso era más ligero gracias a la ilusión. En la acera, su padre agitaba una bufanda roja, la misma con la que la alentó en su primera carrera, antes de enfermarse. Recordó su voz: «No corras para ganar; corre para sentirte viva». Y eso hizo. En el último kilómetro, entre el eco de las campanas y el murmullo del público, sintió que él corría a su lado. Cruzó la meta con lágrimas y una sonrisa nueva, sabiendo que cada zancada, por pequeña que fuera, era una forma de seguir adelante.

«Sansón Carrasco», en el día del Señor, 2 de noviembre de 2025.

¡Vaya modernidad! Un chip en el dorsal para medir el cronometraje, activado al paso por las alfombras de control dispuestas en el circuito.
Sucedió que, al arrancar la carrera, me vino muy nítido el recuerdo de Maruja, en un paseo de hace una vida. Estuvimos juntos cuarenta años. Ella murió durante la pandemia del 2020. Y la memoria se hizo más fuerte por Canalejas y Plaza España. Ni qué decir en el Parque de la Alameda.
En la Puerta de Zamora se me escapó una lágrima. Plaza Mayor, la Catedral Nueva de la Asunción de la Virgen, el Puente Romano sobre el Tormes, siempre con Maruja a mi lado. ¡Es el chip! ¡Por error me han puesto el chip de la memoria!
Unos kilómetros antes de la llegada me escabullí por un callejón. No pienso devolver este chip por nada del mundo.
La mejor San Silvestre de mi vida.

Ganó por foto finish. A primera vista, los jueces determinaron que ambos rivales habían cruzado la línea de meta en completa sincronía anatómica. Sin embargo, un rígido apéndice destacó al hacer zum en la foto de llegada. Solo entonces los miembros del jurado notaron la total desnudez de aquel participante que, al descubrir sobre su entrepierna las miradas de la muchedumbre, alcanzó a inclinarse y a cubrir con una mano la fungiforme extremidad que le dio la victoria. El petrificado ganador fue colocado en la crestería plateresca de la Universidad de Salamanca como fiel reemplazo de la escultura onanista que desapareció poco antes del inicio de la San Silvestre Salmantina.

Tres, dos… uno… ¡YA! Todos los corredores que participaron en la carera San Silvestre salmantina empezaran a moverse rápidamente. Yo estaba en las gradas con mi familia, apoyando a mi tío Juan. Él era el favorito de muchos, ya que sus habilidades lo hacían destacar. La carrera estaba muy igualada y se notaba la tensión entre el público. Se acercaba la meta, mi tío parecía ganar, hasta que nos dimos cuenta de que el de atrás suyo se cayó. Aunque Juan iba el pimero, decidió ayudar a su compañero. Los demás corredores no hicieron lo mismo, lo adelantaron y llegaron antes a la meta. Juan no quedó en primer lugar, pero se ganó una ola de aplausos mayor a la del ganador, y el respeto de toda Salamanca, que vale más que un simple trofeo.

En muchas ocasiones es complicado seguir adelante sin un motivo en concreto por el que luchar cada mañana al despertar.
Eso mismo pensó Leticia el último Domingo de diciembre cuando una taza de café del desayuno le imploraba a salir por la puerta y conseguir sus sueños y es por ello que (aun teniendo dolores musculares) quería correr la prueba más emblemática de su ciudad.
Se colocó la indumentaria de su equipo junto a un gorro y sus cálidos guantes porque aquella mañana fue creada para los valientes.
La prueba comenzó y ella olvidó por un segundo sus problemas rutinarios, corporales e incluso del ritmo que marcaba el reloj y corrió diez kilómetros.
Al llegar a la meta tomó conciencia de la dificultad de recuperar el aliento pero también de la suerte de tener vigente un sueño compartiéndolo con miles de personas.
Y vivir es mucho más que respirar.

Tirado sobre el sofá, con la bata puesta y perdida la cuenta de los botellines engullidos, veía, otra vez, el último videoclip de Rosalía. Su amor por la artista era sobrenatural. Analizaba cada imagen, cada palabra, cuando un alboroto en crecimiento lo perturbó, dificultando su escucha. Exasperado, decidió salir a protestar pero, al abrir la puerta, un río de gente lo arrastró calle abajo. Al principio, intentaba resistirse, pero pronto se vio sometido a la fuerza de aquella marea. Se despojó de la bata y, como Dios lo trajo al mundo, se dejó levitar sobre el asfalto. Rodeado de hombres y mujeres, de niños y ancianos, la energía colectiva era un bálsamo sanador. Nunca antes sintió semejante libertad.
La carrera finalizó en la plaza donde, ¡sorpresa!, Rosalía haría la entrega de premios. «Menos mal que no he ganado» -pensó ocultando sus vergüenzas. «En persona parece poquita cosa.»

Con el dorsal en el torso y los nervios a flor de piel, dio comienzo la San Silvestre Salmantina.

Era mi primera vez en una carrera y tanta gente junta hacía mi corazón intentar salir del pecho, aunque eso no me detendría, completar la San Silvestre era mi meta personal y sabía que podía con ello.

Hombres y mujeres, de tan diferentes edades, empezaron al unísono el trote. En San Antonio fue la salida; supere la calle de Méjico con caminar estable y Cruz de Caravaca logre atravesar, mas algunos comenzaron a desistir. En el Paseo del Rollo sentía agitada la respiración, pero la multitud que nos observaba me dio inspiración y ganas de seguir.

Volví a donde había comenzado, ahí se hallaba la meta, delante de mis ojos y, con un último impulso, esprinte, dejando por detrás corredores que tenían la delantera, logrando así completar la San Silvestre Salmantina.

San Silvestre otra vez. Adriana espera en la meta a un Pablo que sabe, nunca llegará. Entre vítores para los que van arribando, descubre un círculo blanco pintado en el asfalto delante de la meta. Sin importarle que la atropellen los corredores, se acuclilla sobre él y con todas sus fuerzas aprieta el índice desplazándolo hacia la izquierda. Pasa rápidamente la visión de Pablo desparramado junto a su moto. No para hasta el momento en que él se acerca corriendo agotado pero sonriente, justo un año atrás. La imagen tiembla cuando cruza la línea y se arrodilla ante cámara. De algún sitio saca la cajita azul y la abre ante los ojos sorprendidos de Adriana, que sostiene el móvil ya por inercia. ¡Sí, sí!, tiembla la voz de ella tras la pantalla. El dorsal de Pablo en primer plano cuando se incorpora para besarla. Allí la imagen funde a negro.

Aunque me había obsesionado todo el año anterior con ganar la ‘Sansil’ salmantina, a medida que doy zancadas más anchas para acercarme a la meta, las venas de mi frente bombean más sangre y mi respiración se hace más pronunciada, noto que mi corazón parece engranarse con la marea de aplausos y gritos de la gente y con los pasos de los otros corredores sobre las piedras –¡estas piedras que han sentido el peso de tantos otros corredores antes!–, y entonces me parece tan claro que la carrera es algo más grande, un canto, un coro, una muestra más de la fuerza, esa palpitación que no es mía y que mueve mis pies. Sonrío, sonrío y apuro el paso, convencido de que, así no quede en primer lugar, ya he ganado, ya he entendido de qué va todo esto.

Este año sí. Este año la tengo bien preparada. Tres días por semana de entrenamiento, 1.000 pasos, Cross de Cabrerizos. Este año sí. La tengo bien preparada. Calentamiento y quedada con compañeros antes de la salida. Empieza la carrera. Serpiente de colores por Paseo Canalejas. Todo favorable hasta Puente Romano. Me dejo llevar por el grupo y como casi todos los años, empiezan los problemas. Fiestas de Navidad, cenas de empresa y demasiado ritmo de carrera. Ya me sobra la braga, de las dos, una camiseta. Como casi todos los años. Calle Ramón y Cajal, Avenida Villamayor, comienza a pasarme la gente. Comuneros, cabeza abajo y el público grita: “¡Ya no queda nada!”. Paseo del Rollo, se siente la música de llegada y como casi todos los años, este año sí, este año pensaba que la tenía bien preparada.

Cuenta una vieja leyenda que las letras del diccionario discutían cuál debía encabezar el nombre de una prueba deportiva.
La N decía representar la Navidad, la V a los Voluntarios, la K al colegio anfitrión.
Las vocales pedían protagonismo conjunto: Ambiente, Esfuerzo, Inscripciones, Organización, Ubicación. Somos las características fundamentales, afirmaban
La P gritaba “¡Popular!”, y la C respondía “¡Carrera!”.
La D aseguraba que cada año había más Dorsales, mientras la F defendía que ella simbolizaba un día de Fiesta ciudadana y deportiva.
Incluso la X, minoritaria, reclamaba su lugar en ediciones pasadas y futuras: XIV, XXII, XLI…
Entonces, la S pidió silencio y alzando la voz se dirigió al resto: “SSSSSShhhhhh…Yo soy la San Silvestre Salmantina, y creo que en mi nombre os acojo a todas, porque personifico la esencia y el espíritu de esta carrera”.
Cuenta la leyenda que nunca hubo mayor consenso en una tomar una decisión.

Cuando dan la salida de la San Silvestre Salmantina, equipada con los colores del arcoíris, Lucía inicia el recorrido con esfuerzo, pero ilusionada. Intenta sincronizar sus zancadas con sus pulsaciones. Cree que solo así alcanzará la luna.
A su paso, el público aplaude y la ovaciona enardecido. Gritan su nombre y ella se lo agradece con sonrisas sinceras, de esas que solo se irradian desde el corazón.
Busca la mirada cómplice y orgullosa de sus padres. Siempre a su lado, inculcándole disciplina, alabando su fortaleza, sujetando su mano cada vez que flaquea su confianza.
La vida nunca se lo ha puesto fácil, pero hoy es su gran día. Es única, un ejemplo a seguir. Desea demostrar que no hay nada que no pueda conseguir si se lo propone.
Cuando cruza la meta, todos estallan de alegría.
Desde lo más alto del podio, llora emocionada mientras brillan sus maravillosos ojos Down.