27 DE DICIEMBRE DE 2026

Microrrelatos publicados

Microrrelatos presentados al XIII Concurso "San Silvestre Salmantina"

Las obras presentadas al XIII Concurso "San Silvestre Salamantina" no se publican automáticamente, se mostrarán en la web tras una revisión previa de contenido

Notaban el silencio incómodo mientras esperaban en la línea de salida para callar a los que murmuraban para no ser escuchados, bajando la mirada para no ver sus ojos y se apartaban, a su paso, compadeciéndose de ellos. Porque alguien dijo que no podría encontrar la meta si no veía, ni escuchar la señal si no oía, ni correr veloz si no movía sus piernas. Sonó un disparo y alguien sintió vibrar el suelo, alargó la mano para apretar el hombro del que se aferró a la silla de ruedas. El tiempo pareció detenerse cuando llegaron a la meta como uno solo.

Cuando sonó el disparo de salida en la Avenida Mirat, la gente empezó a moverse hacia atrás, bien raro, sin que nadie fuera hacia adelante. Subiendo la cuesta de San Vicente, mirando hacia atrás, cada paso que dábamos borraba un año, una promesa, un recuerdo. Los números se caían solos de las camisetas y flotaban como pájaros en la Plaza Mayor cuando el reloj estaba dando las doce.
—Estáis de vuelta al principio —gritó alguien. Nosotros no queríamos creerlo por increíble que pareciese. Pero de inicio nada; solo necesitábamos volver a coger aire por la boca, como salmones nadando contracorriente. Al cruzar la meta al revés, vi de reojo mi sombra esperándome: tenía mis dudas, mis tenis y una botella de champán vacía.

No llevan capa ni varita, pero transforman calles en ríos de entusiasmo. Antes de que nadie despierte, ya han dibujado flechas que parecen hechizos, han colocado cintas que ondean como conjuros y han escondido en cada esquina un secreto de aliento. Nadie los ve, nadie los nombra, pero cuando suena el pistoletazo, la ciudad entera se convierte en un escenario encantado. Y entonces corres, y sientes que alguien ya había encendido la ciudad para que tú brillases en ella.

Corriendo a toda velocidad, Javier veía la meta brillar a lo lejos. Iba primero, a segundos de coronar la victoria.

Pero entonces tropezó Guzmán, su amigo de toda la vida.

Sin dudarlo, Javier frenó en seco, se agachó y le tendió la mano. Guzmán se levantó entre risas y jadeos.

Juntos siguieron, tomados de la mano, cada paso un eco de confianza y amistad.

La multitud los aplaudía. La línea de meta se acercaba y, al cruzarla, el podio no fue para ellos.

Pero Javier no se lamentó; nunca se había sentido tan ligero.

Porque en aquel instante, más que medallas, habían ganado valentía, lealtad y la certeza de que algunas metas sólo tienen sentido si se cruzan juntos.

Participé hace tiempo y varias veces en la San Silvestre Salmantina tras una preparación minuciosa, prolongada y contundente. Entrené para ello cada una de mis piernas con todos sus músculos; cada uno de mis brazos y antebrazos hasta llegar a las manos y así poder agilizar los dedos, elementos fundamentales en el reto; cada uno de mis ojos para no desorientar a la retina con el esfuerzo y de ese modo disminuir el riesgo de perder las referencias; cada una de mis neuronas para mantener la atención continua y no salirme de la ruta. No fue posible. En ninguno de los intentos conseguí finalizar la carrera. No logré, por tanto, nada. Me desanimé. Dejé de acudir a las siguientes convocatorias: se me habían agotado las palabras.

Ninguna sensación es comparable a la libertad que te da correr.¡Que más quisiéramos los humanos que volar, pero por desgracia, nacimos desprovistos de alas!. Tras el pistoletazo de salida, empieza la carrera.
Mi mente comienza a evadirse como cuando corro por las calles de mi ciudad.
Me imagino dron el día de la San Silvestre Salmantina . Desde las alturas, vería miles de puntitos de infinidad de colores a velocidades diferentes.Sólo un ganador. ¡Noooo! Ganadores son todos los que con su voluntad y entusiasmo hacen posible la carrera. Pero ese día no quiero ser dron. Quiero cruzar la meta con mi menisco jorobado, reír al lado de los otros participantes y dejar de jadear. Pensar en el nuevo año. Acordarme de los que están y los que ya no…,de los sueños cumplidos(como éste) y de los que vendrán. El más inmediato, volver a Salamanca y disfrutarla más sosegadamente.

Nadie parecía notar que algo extraño sucedía. Los corredores avanzaban por los adoquines de Salamanca, pero los pasos de algunos desaparecían al tocar ciertas piedras. Otros sentían que el viento los empujaba suavemente, como guiándolos. La señal de salida cambiaba de lugar cuando nadie miraba, y el confeti caía en patrones imposibles, formando palabras que se deshacían al leerlas. Nadie decía nada; la carrera era tan divertida como desconcertante.

Al cruzar la meta, un murmullo recorrió la torre de la Clerecía y encendió las farolas de Canalejas. El confeti, aún suspendido en el aire, formó un último mensaje:
– Gracias por dejarme correr con vosotros.

Entonces lo comprendieron: Salamanca no son solo piedras, calles ni edificios. Vive en cada rincón, en cada risa, en cada sombra. Y mientras la niebla caía, la ciudad abrazó a los corredores con un latido silencioso, recordándoles que siempre estaría viva.

La San Silvestre comenzaba entre flashes, relojes inteligentes y zapatillas recién estrenadas. De fondo, un eco uniforme marcaba el compás de una generación: “hay que ser productivos”.

A mi alrededor, todos hablaban del nuevo algoritmo que volvía cada pisada más eficiente.

Sonó el pistoletazo y salieron disparados, sincronizados como máquinas. Yo, sin reloj ni auriculares, me quedé atrás. Escuchaba crujir cada piedra del puente romano bajo mis pasos, y mi respiración, libre de métricas.

Cuando crucé la línea de meta, algo no encajaba: nadie más aparecía. Me giré, y a lo lejos los vi… todos seguían corriendo, atrapados dentro de una rueda gigante. Competían por el ritmo perfecto, que jamás parecía detenerse.

El juez se acercó, desconcertado:
– Has ganado.

Yo solo sonreí. No corrí más rápido. Solo salí de la rueda.

En el dorsal: 1957. 1957-2025, dos años que han marcado una etapa que no quiero aceptar que haya acabado.
Por primera vez me pondré tus zapatillas, siguiendo tu tradición de ponermelas justo antes de la carrera.
El pistoletazo de salida dispara los latidos de mi corazón, y ahí comienzo a sentir mis mejillas húmedas por las lágrimas que mis ojos derraman por tu partida.
Llegar a la Plaza Mayor hoy duele más porqué no estás tú a mi lado para cruzarla.
Aún no he llegado y ya puedo oír los vítores de la gente a otros corredores. Desean llegar, mientras que yo llevo temiendo este momento todo el día. Creo que al cruzar la meta me desprenderé de otro poco de ti.
Al caer al suelo he colapsado entre lágrimas y sollozos entorpeciendo a otros corredores. Quizá después me duelan las rodillas por la caída, ahora solo duele mi alma.

La dulce aguerrida pasión está. Se agitaban los convocados y el público presente en cánticos y menciones de atención. Dió comienzo a la festividad. Así comenzó la carrera. Con garra y destreza los envolvía una detonante mayor. Se sostendrian firmes a la convicción de valoración por sí mismos para demostrarse que quien quiere puede llegando a la final o no. En algunos tramos transcurrido el paso del tiempo estarían sumergidos en la esperanza de ese estupor del sudor que inquieta dejando algunas dudas de continuar o no. Allí verificaría sus expectativas cumplidas de cuan valioso se tendrían a sí mismos con la fe de la labor cumplida. Más allá la imploracion de los deseosos de perpetuar este legado en su fuero más íntimo sentían la convicción de la conquista por el Primer Premio

Todo comenzó como si del primer pasito de un niño se tratase. María volvió a nacer.
En ese momento de su vida, se sentía insignificante. Tan sólo sus estremecedoras zancadas conseguían romper las peores cadenas, esas que no se ven pero duelen.
Cada mañana, sus manos pequeñas y frágiles ataban sus cordones con ilusión. Era una sombra persiguiendo la luz, era pequeña pero correr la hacía sentir grande.
¿Qué tendrá este deporte que tanto da y tan poco pide? Al igual que la Salmantina, llegó donde está ahora gracias a creer en ella, a dar pequeños pasos en la dirección correcta, a abrirse al mundo…
Hoy es 28 de diciembre y lo único importante es que está ahí, en la línea de salida, con miles de kilómetros en sus piernas y el título de maratoniana, a punto de cumplir un sueño más porque nada ni nadie fue capaz de detenerla…

Este año, nuestra San Silvestre se celebra el 28 de diciembre, y, como no podía ser de otra manera, el pistoletazo de salida corre a cargo de un catedrático emérito de la Universidad disfrazado de Unamuno, con su barba postiza, sus gafillas redondas y un cronómetro oxidado. Con voz aflautada grita: “¡Corred, en pos de la inmortalidad, pobres diablos! ¡Cuidado en El Rollo! ¡Venceréis, pero no convenceréis a vuestras cansadas piernas de que el sufrimiento es una cuestión de fe!”
En la Plaza de San Antonio siento la verdadera agonía, no la de la fe, sino la del cuádriceps, y cada zancada es una batalla contra el abismo. El sentimiento trágico de la vida me alcanza tras cruzar la meta y con lucidez decido dejar a un lado al hombre abstracto de la razón y tomarme unos churros calentitos para quitarme de encima el frío existencial de Salamanca en diciembre.

Cuento los días para ponérmelas para correr la Salmantina. Mientras tanto, en mis entrenamientos, voy pensando en mis cosas, que no son pocas, y me sirve para ordenar mi vida. Tengo mucho por delante, camino por andar, y por supuesto que correr, porque es algo que nunca dejaré de hacer, no solo aquí en mi tierra charra, allá donde me lleve el destino. Las zapatillas ya están algo gastadas pero es como ponerse las botas: reboso de entusiasmo y ganas de vivir.

Cuando era más joven cada atardecer corría por los paseíllos universitarios. La excusa era perder esas redondeces que me sobraban, aunque cuando desaparecieron seguí gastando suela porque me sentía bien.
Con el título bajo el brazo corría de una entrevista de trabajo a otra. Me especialicé en carrera de fondo y, tras años de tenacidad, ascendí a un puesto bien remunerado.
Y justo entonces, como si el entorno se hubiese confabulado para amargarme la conquista, por doquier me llovía la misma pregunta seguida de la insolente frasecita.
—¿Tienes hijos? Mira que se te va a pasar el arroz.
Volví a la pista, pero a la de velocidad. Análisis, pruebas, recuento de folículos antrales, calendario de ovulación… ¡Una y otra vez! Agotamiento y frustración.
Este año correremos la San Silvestre. Ella en el carrito y yo detrás, empujándolo. Y aunque lleguemos las últimas sabemos que ya hemos ganado.

Sin pies.
Sin pies, como el Cristo, recorrí las aguas del Torme.Aún no existía el toro bravo que blande las alturas de
tus cuestas empinadas, tampoco tenía pies para visitar la catedral vieja, porque no existía el tiempo,ni las
piedras habían parido todavía a la nueva.Pero desde el puente de Roma, mi corazón corrió con el espíritu
salmantino hacia tu cielo dorado,donde yace en los recios arcos de tu plaza.Ahora,correr por tus calles
empedradas es rememorar los triunfos de un pasado que late en cada piedra, en cada arco, en cada rincón
de esta ciudad que respira con el pulso de su historia y aunque ya no tenga pies, seguiré corriendo por el
rio, subiré dichoso la cuesta de Tentenecio y contemplaré desde la terraza de Anaya el pulso encendido de
una multitud que corre en el ocaso del año.

No corría desde hace años, desde que pasó aquello. No corría ninguna carrera en general, y en particular, no corría la San Silvestre. Allí se vieron por primera vez, y se siguieron viendo cada año durante algo menos de tres décadas. Nunca se atrevieron a hablar, y cuando él tuvo el accidente, fue como espectador a la carrera para poderla volver ver. Pero ella no pasó. Así fue el año siguiente. Y también el otro, y los treinta y seis que fueron después. Y con una insensata perseverancia, ahí seguía este año, mirando el reloj frente a la salida, esperando un año más. Se distrajo un momento paseando la vista por el público al otro lado. Ahí estaba ella, con la vista clavada en la muchedumbre que ansiaba el disparo.
Este año tampoco se atrevió a decir nada, pero murmuró: quizás el que viene.

Nos levantamos con la certeza de que aquel día sería especial: participábamos en una de las carreras más divertidas de la provincia charra. Elegimos la vestimenta más apropiada para la ocasión, cómoda y abrigadita, y salimos calentando desde el portal, entre las calles aún dormidas.
Cuando dieron la salida, no dábamos crédito a aquel bullicio. Corríamos entre tropezones y empujones, hasta tomar algo de distancia. En el camino buscábamos rostros del pasado: compañeros del instituto, los de toda la vida del barrio, miradas cómplices.
Al llegar a la Plaza Mayor, sus adoquines contaban historias antiguas bajo nuestras zapatillas. Cada zancada era más ligera, el ritmo más vivo, los kilómetros se hacían más largos.
Y cuando la meta estaba a nuestro alcance, el destino nos jugó una mala pasada: mi compañero, el pie derecho, no vio el cordón que llevaba suelto… y nos hizo tropezar a cuatro metros de llegar.

Antes de que el sol asome, amarra sus zapatillas y emprende su carrera. Recordando el objetivo, para evitar pensar en los dolores y el frío que hiela los huesos; sabiendo que el esfuerzo es lo que da sentido a cada paso. Cuando el cansancio quema y el corazón simula un tambor, ebullen las derrotas, las dudas y las ganas a renunciar… ¡Basta! la meta no está en la pista, la meta es la vida misma. Cada zancada es una promesa: la de no rendirse, la de avanzar incluso cuando nadie aplaude. A lo lejos visualiza la línea de llegada, esa que forma carácter, que acrecienta la fe; mira al cielo, respira y se graba a fuego: ¡prohibido abandonar!